La gran negación

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en esta web podría resultar complicada, hemos añadido un enlace en cada uno de ellos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título del artículo.

PRESENTACIÓN DE “LA GRAN NEGACIÓN

El tamaño de la población humana y su crecimiento son factores que influyen de forma muy importante en la destrucción y sometimiento de la Naturaleza salvaje. La mayor parte del siguiente texto rebate gran parte de los argumentos que se esgrimen habitualmente para restar importancia a la superpoblación o incluso justificarla. Y lo hace desde un punto de vista en gran medida materialista y ecocéntrico. Esta es la razón por la que consideramos que este artículo merece la pena ser publicado.

Sin embargo, el texto tiene también algunos defectos, localizados en los dos últimos puntos (“El prejuicio procrecimiento” y “La cultura de la negación”), que cabe comentar:

El autor considera que, en el fondo, los argumentos procrecimiento de la población humana (o contrarios a la estabilización y reducción de la misma) se basan en el individualismo. Esto es un grave error de enfoque que lleva al autor a poner en cuestión incluso el concepto de libertad individual. Por desgracia, éste es un error muy extendido; en la sociedad tecnoindustrial abundan las críticas al “individualismo” supuestamente imperante en dicha sociedad. Sin embargo, la sociedad tecnoindustrial moderna es precisamente una de las sociedades más colectivistas (o sea, menos individualistas; o incluso más antiindividualistas) de la historia y la creencia generalizada en que es “individualista” actúa como una pantalla de humo ideológica que la protege. Las críticas al supuesto individualismo moderno se basan en observaciones realmente superficiales y simplistas de los derechos y libertades individuales que supuestamente tienen los ciudadanos modernos. Pero dichos derechos y libertades se reducen, en general, a aspectos o bien inocuos, o bien, incluso, beneficiosos para el sistema tecnoindustrial (como, por ejemplo, las diversas formas modernas de expresión artística o estética y de entretenimiento). Básicamente las libertades individuales se reducen a elegir entre distintas opciones triviales y/o totalmente enmarcadas e integradas en la sociedad moderna. Lo realmente importante, aquellos comportamientos que, de ser practicados libremente y de forma masiva, pondrían en peligro la cohesión y supervivencia de la sociedad tecnoindustrial, suelen estar fuertemente reglamentados y limitados. Y, por supuesto, la sociedad moderna ha desarrollado una ideología y una moral que refuerzan lo anterior ratificando los comportamientos que la benefician y demonizando (tachándolos de “individualistas”, por ejemplo) los que la perjudican, independientemente de que realmente sean malos o no. Los seres humanos no estamos hechos para vivir en grandes grupos sociales ni para preocuparnos por, o identificarnos con, ellos de forma natural. Para lograr que lo hagamos, la sociedad ha de crear todo un aparato legal e ideológico. Y la crítica del supuesto individualismo moderno forma parte de dicho aparato. A pesar de lo que parece creer el autor, el supuesto “derecho a hacer lo que a uno le venga en gana” no es precisamente algo que se dé en la sociedad moderna en la mayoría de las ocasiones (al menos no en las que realmente importan).

Por otro lado, el motivo por el que en esta sociedad mucha gente no reconoce las restricciones ecológicas no es el presunto individualismo moderno. Las condiciones naturales no amenazan la verdadera libertad individual, sino que, precisamente, la hacen posible. Lo que más bien amenazan es la falsa noción de libertad imperante, que es una noción humanista e idealista de la libertad: la libertad entendida como la ausencia de total de límites (incluidos los límites naturales) y/o como la trasgresión de los mismos. Mientras se siga pensando que la Naturaleza es un estorbo para la libertad, en lugar de ser el marco necesario e inevitable para su existencia, se seguirán pasando por alto los límites físicos y creyendo en vano que se puede superarlos sin sufrir consecuencias negativas.

Por último, el hecho de que las consecuencias de las acciones individuales de los seres humanos afecten negativamente a otros seres (humanos o no) y a los ecosistemas no justifica el colectivismo (antiindividualismo). Poner lo colectivo o común por delante de lo individual o particular no va a impedir buena parte de dichas consecuencias (en el dudoso supuesto de que deban ser siempre impedidas) sino que va a añadir aún mayores problemas (derivados de la reducción de la verdadera libertad, es decir, de la expresión autónoma de la naturaleza humana), como la historia ha demostrado una y otra vez. El enfoque necesario para analizar y afrontar el asunto es otro: es el sistema social el que genera los problemas, no los individuos. En el caso que nos ocupa, lo que genera los problemas asociados a la superpoblación, es el inmenso número de personas y de nacimientos no la tendencia natural de los individuos a reproducirse. A pesar de lo que el autor plantea, el hecho de que un individuo o unos pocos individuos decidan dejar de hacer algo que afecta negativamente a la Naturaleza (en este caso reproducirse) no tiene efectos apreciables a nivel global. Estadísticamente hablando, uno o unos pocos entre millones o miles de millones viene a ser lo mismo que ninguno. El efecto de los comportamientos individuales sólo resulta apreciable cuando son llevados a cabo por un gran número de gente. El autor menciona la “tragedia de los comunes” dando a entender que consiste en que “la gente, normalmente, no tiene en cuenta los efectos que sus propias decisiones y acciones individuales tienen en el bienestar común”. Sin embargo, la tragedia de los comunes se refiere a aquellos casos en que un recurso común de acceso libre es explotado individualmente, no a la reproducción de los individuos. Lo que el autor menciona es más bien la causa última de problemas como el de la “tragedia de los comunes”. Dicha causa es la misma tanto en la explotación de recursos de acceso libre como en la reproducción: la frecuente tendencia humana a la anteposición de los intereses propios frente a los comunes. Sin embargo, ésta es parte de la naturaleza humana y, como ya se ha señalado, tratar de modificar su expresión con regulaciones y moralidad sólo acarreará más problemas. Cuando la población es escasa y dispersa y los recursos son muy abundantes, no existen problemas del tipo de la tragedia de los comunes y no hace falta regular los comportamientos que los acarrearían en otras situaciones. Esta es la situación ideal, y la meta que se debe plantear y la estrategia a seguir han de ir en concordancia con ella.

Por tanto, lo que se debe cuestionar y atacar son las sociedades humanas de gran tamaño, en general, y la sociedad tecnoindustrial, en particular, no los comportamientos individuales. Algo que, por desgracia, la mayoría de los críticos de la superpoblación, como por ejemplo el autor, no llegan a comprender.

 

LA GRAN NEGACIÓN. DESINFLANDO LOS MITOS PRONATALISTAS

Por Sandy Irvine[1]

 

Un rasgo notable asociado al crecimiento demográfico humano es la gran cantidad de personas que niegan que el número de seres humanos importe. A todo lo largo del espectro de la opinión pública hay una unanimidad casi total acerca de que la noción de superpoblación es o bien una estúpida fantasía ideada por unos pocos ecofrikis o bien un fenómeno pasajero que afecta sólo a unos pocos lugares del Tercer Mundo y que se disipará por sí mismo. En este último caso, se suele pensar que es suficiente con pronunciar las palabras “transición demográfica” para que el espectro se desvanezca.

Abundan los ejemplos de la afección mental y moral que podríamos denominar el Síndrome de la Negación de la Superpoblación (SNS). Por ejemplo, cuando se celebró el primer Día de la Tierra, en 1970, había una preocupación considerable acerca del aumento de la población, en parte debido a los escritos del ecólogo Paul Ehrlich. Desde entonces, la población mundial se ha disparado, aumentando en 1.600 millones de personas (un incremento del 43 por ciento) y, sin embargo, en el Día de la Tierra de 1990 prácticamente había un silencio total acerca del tema.

La Cumbre de la Tierra de 1992 ignoró en gran medida los problemas asociados a la superpoblación. Friends of the Earth, Greenpeace y la mayoría de las organizaciones ecologistas apenas tocan el tema. Los partidos políticos, incluidos los “verdes”, guardan silencio. Ninguna de las guías para un modo de vida verde menciona la superpoblación, a pesar de que no tener hijos es la opción medioambientalmente más significativa que una pareja pueda tomar.

Detrás del silencio o la ambigüedad se encuentran los grupos antiaborto, los economistas procrecimiento, los “libertarios” de derechas y gente similar, que niegan el problema de forma radical. El economista de derechas Julian Simon, con su idea de que los humanos somos el recurso fundamental, afirma que a largo plazo, “más gente conlleva menos contaminación”. Y están los defensores religiosos del aumento explosivo de la natalidad[2]. La oposición de la Iglesia Católica (o, más bien, de facciones poderosas dentro de ella) al control de natalidad “artificial” es bien conocida, pero otras religiones -incluidos los mormones, los sionistas ortodoxos, los rastafaris y los musulmanes- comparten su devoción por la procreación.

Desafortunadamente, esta gente no está sola en su error. El científico y excandidato a la presidencia de EE.UU. Barry Commoner asegura que “afirmar que la creciente población en cualquier parte del mundo es la responsable del deterioro del medio ambiente es una idea totalmente falsa” (Utne Reader, enero 1988). Muchos ecologistas sociales, ecofeministas y ecologistas de la liberación se centran ahora en los “derechos reproductivos”, afirmando que toda mujer debería tener libertad completa para elegir cuántos niños quiere tener (en lugar de concentrarse en, digamos, ofrecer anticoncepción y educación sexual gratuitas). La revista izquierdista sobre el desarrollo mundial New Internationalist incluso dice que, “dado que la población se tendrá que estabilizar en meramente el doble del número actual, parece que hay pocas razones para preocuparse” (octubre de 1987, la cursiva es mía). Las organizaciones de ayuda al Tercer Mundo como Oxfam denuncian categóricamente a aquellos que osan sugerir que el crecimiento de la población podría ser un factor causal del creciente nivel de miseria en África, Asia y Latinoamérica.

Muchas ecofeministas comparten esta postura. The Women’s Environment Network en el Reino Unido publicó un panfleto que cuestionaba el “mito de la superpoblación”. Algunas van aún más lejos. Farida Akher, en Depopulating Bangladesh sugiere incluso que existe una siniestra confabulación por parte de los planificadores familiares para despoblar Bangladesh. De un modo similar, Ynestra King afirma que “la superpoblación es un engaño promovido por los varones blancos privilegiados” (Utne Reader, enero 1988). Whose Common Future?, un número especial de la célebre revista verde The Ecologist publicado en 1992, sugería que la superpoblación era un mito promovido por los tecnócratas (blancos y varones, por supuesto).

Añádanse a las filas de los pronatalistas los múltiples gobiernos que por todo el mundo promueven el crecimiento demográfico. En 1988, por ejemplo, el gobierno de Quebec ofreció 500$ de premio por el primer hijo, 1.000$ por el segundo y 4.500$ por los siguientes; en 1989 hubo un aumento de un 6 por ciento en el número de bebés nacidos. En Zimbabwe, que experimentó una de las mayores tasas de crecimiento poblacional del mundo tras su independencia, el ministro de sanidad del gobierno atacó la planificación familiar tachándola de “contubernio colonialista blanco” para limitar el poder de los negros.

A veces el crecimiento poblacional toma la forma de carrera demográfica, como en el caso de Israel tratando de apelotonar en su territorio tantos judíos como sea posible con el fin de igualar la creciente población árabe dentro y fuera de sus fronteras. Otras veces, las tasas de nacimiento estabilizadas o incluso decrecientes son vistas como señal de debilidad nacional; un miedo que a menudo toma la forma de advertencias en contra del envejecimiento de la población. En la República Checa, por ejemplo, existe una campaña publicitaria financiada anónimamente que alienta a los checos a producir más hijos. Presenta, erróneamente, al compositor Bach con veinte hijos varones.

Los afectados por el SNS ocupan todo el espectro político: marxistas, socialdemócratas, conservadores y liberales comparten la misma fe básica en el crecimiento industrial. Puede que riñan acaloradamente acerca de cuáles son los mejores medios -planificación colectiva versus empresa privada, por ejemplo- pero en el fondo yace la misma idea del progreso tecnoindustrial y la misma hostilidad a la tesis de la superpoblación.

 

FALSAS IDEAS

 

Los errores de los afectados por el SNS son mantenidos por una rica variedad de falsas asunciones y non sequiturs. Estos errores acerca de los problemas relacionados con la población surgen en las conversaciones cotidianas, son reciclados por los comentaristas y analistas en los medios de masas y hacen aparición regularmente en libros de texto serios.

Algunas de las falacias y medias verdades populares que acompañan al síndrome se basan en una mala ecología y en la incapacidad para tomar en serio las matemáticas de la situación. Otras derivan de centrarse sólo en una parte del problema -en las tasas de natalidad pero no en las de mortalidad, por ejemplo. A veces, un optimismo ciego lleva a la gente a considerar los descensos en las tasas de crecimiento poblacional como si fuesen descensos reales en los niveles de población. Los diez mitos siguientes son perniciosos en el sentido de que encierran cierto grado de verdad. El lobby pronatalista usa estos pedacitos de verdad para ocultar o negar otras verdades más importantes.

Mito 1: la riqueza es la solución.

El mito clásico, defendido por científicos sociales y otra mucha gente, es que el problema de la población se resolverá solo como resultado de los cambios económicos y sociales conocidos colectivamente como “transición demográfica”. Esta teoría sugiere que a medida que la gente se va volviendo más saludable y más rica va teniendo menos hijos. Esto, dicen, explica el descenso en los tamaños de las familias en Europa a lo largo de los últimos doscientos años. La pobreza engendra familias grandes, aseguran. La riqueza, afirman, es el mejor anticonceptivo.

Da igual lo popular y generalizada que sea esta teoría, sigue siendo una visión de la realidad simplista y sesgada que crea esperanzas irrealistas acerca de un “final feliz” demográfico. El medio ambiente global simplemente no podría aportar el volumen de recursos, ni asimilar la consiguiente contaminación, que se requerirían para generalizar el nivel de riqueza característico de los países materialmente más ricos. Por ejemplo, si la población mundial alcanza, tal y como se predice, los 11.000 millones antes de estabilizarse y cada persona ha de vivir como los estadounidenses de hoy, en treinta y cinco años se agotaría casi la mitad de nuestros veinticuatro minerales clave. La degradación ambiental y la contaminación alcanzarían niveles catastróficos.

La misma historia se repite a nivel de los países individuales. Los ingresos medios anuales en Etiopía hoy en día son 120$; con una tasa de crecimiento del 3 por ciento, llevaría sesenta años elevarlos a 700$ al año y para entonces ya no quedaría ni una pizca de suelo fértil en ese país debido a la presión demográfica a lo largo de ese periodo. A pesar de lo que diga la teoría de la transición demográfica, la planificación familiar está empezando a tener éxito en países pobres como Bangladesh, aun cuando en ellos no haya habido un aumento general de la riqueza.

Es más, la explosión de la natalidad de la posguerra[3] tuvo lugar durante un periodo de aumento del consumo per cápita sin precedentes, cuando los padres se podían permitir tener más hijos. Más tarde se produjo un cambio hacia familias más pequeñas -a medida que las oportunidades de acceder fácilmente a la educación, las carreras y la riqueza decrecían[4]. En Gran Bretaña, en las últimas décadas, el descenso en el tamaño familiar ha sido más acusado en las parejas de clase obrera que en parejas más ricas, de clase media.

Más en general, no existen conexiones automáticas. En Sri Lanka, los ingresos medios per cápita son 400$ y el tamaño familiar es de 2,5 hijos. En Libia, los ingresos medios per cápita son mucho más elevados -superiores a 3.000$ al año- y, sin embargo, la mayoría de las mujeres tienen más de cinco hijos. En las últimas décadas, Francia ha pasado de una situación de ausencia de crecimiento de la población a otra de crecimiento demográfico. En suecia, también, hay indicios de un retorno a familias más grandes.

A pesar de lo que afirma la teoría de la transición demográfica, los individuos extremadamente ricos a menudo tienen más hijos que aquellos situados más abajo en el escalafón económico. La reina Isabel de Gran Bretaña parece ser que es la mujer más rica del mundo, sin embargo ella y el príncipe Philip pasaron por alto la teoría demográfica y concibieron cuatro hijos. El difunto tiburón financiero Sir James Goldsmith fue uno de los hombres más ricos del mundo... y padre de ocho hijos.

Por último, en el corto periodo de dos generaciones, la mejora de la sanidad y de los ingresos en países como la India o Turquía ha llevado a un crecimiento poblacional más rápido. Puede que se estabilice, pero mientras tanto, la población de estos países se habrá cuadruplicado, y con ella se habrán cuadruplicado todos los problemas que afrontan. Como Garret Hardin y otros científicos han mostrado, el aumento en el aporte de recursos tiende a convertirse en una población mayor. En la década de los 50, por ejemplo, la redistribución de las tierras en Turquía (algo bueno en sí) animó a los campesinos que antes no tenían tierras a incrementar significativamente el tamaño de sus familias. En el caso de los pastores del Sahel, los pozos profundos para la extracción de agua excavados por países donantes en las décadas de los 50 y 60 favorecieron que los rebaños de cabras fuesen mayores, que los matrimonios fuesen más tempranos (ya que los precios de las novias se pagaban en animales y se hizo más fácil acumular el número requerido) y, por tanto, que la fertilidad fuese mayor. Sin embargo, enseguida se produjo el desastre ya que las restricciones ecológicas básicas de la región seguían siendo las mismas.

Mito 2: la riqueza es el problema.

Un modo de evadir o negar el problema de la población es culpar de las desgracias del mundo al consumo excesivo por parte de los sectores más ricos de la sociedad global. Ciertamente, es verdad que un pequeño sector de la población mundial en los estados industriales superdesarrollados consume una parte extremadamente grande de los recursos del mundo y que, en consecuencia, tiene un impacto desproporcionado en el medio ambiente y la economía globales. Sin embargo, esto simplemente demuestra que dichos países están superpoblados y que son, usando la metáfora del cáncer, más cancerosos que las naciones menos despilfarradoras. Esta realidad no altera otro hecho, a saber, que la mayoría del resto de la gente aspira a alcanzar el nivel de riqueza de esa minoría.

Más aun, los que no son tan ricos están ya provocando impactos insostenibles que la mayoría de los cálculos subestiman debido a que las estadísticas oficiales, como el registro del producto nacional bruto, prefieren los datos cuantificables, en especial las transacciones monetarias. Los que no son tan ricos a menudo operan en los límites o al margen de la economía formal y sus actividades quedan sin registrar. La mayor causa de deforestación, por ejemplo, es el impacto acumulado de las talas a pequeña escala que llevan a cabo los colonos y los campesinos. Sin embargo, la mayoría de los datos se refieren a los impactos de la explotación maderera comercial, la construcción de presas, los proyectos de cría de ganado y otros aspectos que forman parte de la economía formal. A menudo los mitos rodean estos asuntos, en especial la exagerada conexión entre “las hamburguesas” y la deforestación (y con esta observación no pretendo exculpar completamente a los barones de la hamburguesa).

Mito 3: el país X tiene una alta densidad de población pero no padece hambrunas.

Los pronatalistas a menudo mencionan a países densamente poblados que sin embargo son ricos, como Holanda o Gran Bretaña, y a veces a lugares que se han vuelto ricos recientemente, como Singapur, afirmando que la densidad de población no es algo desastroso. Sin embargo, las poblaciones de esos lugares sólo pueden sobrevivir explotando los recursos de otras tierras, bien como “fuentes” de materias primas o bien como “sumideros” para deshacerse de sus desechos y del exceso de su población. Si no hubiese sido por los nuevos mundos de América y Australia, la población en el Reino Unido habría alcanzado los 70 millones en 1900.

El argumento de la densidad es de hecho bastante torpe, ya que pasa por alto el hecho de que la base de recursos explotada por una población dada a menudo no coincide con sus fronteras políticas. Los británicos, los holandeses y otros pueblos escapan de la pobreza y el hambre debido a que en gran medida usan terrenos de cultivo y caladeros de pesca “fantasmas” más allá de sus fronteras a la vez que explotan el capital natural (fertilidad del suelo, bosques regenerados de forma natural, poblaciones de peces sanas, etc.) que una gente responsable dejaría intacto para sus descendientes. Además, al expandir la agricultura y la urbanización, han eliminado tanto la riqueza como la diversidad de flora y fauna que en su día caracterizó a sus territorios. Las huellas ecológicas, o más bien los pisotones ecológicos, de estas sociedades son inmensos, tanto geográfica como temporalmente, y son enormemente insostenibles.

Mito 4: Malthus se equivocó, así que los neomaltusianos se equivocan.

El reverendo Thomas Malthus fue el padre de los temores modernos acerca de que el crecimiento poblacional exceda al aporte de recursos. La hambruna provocada por la población que él predijo no llegó a suceder, ya que no previó la refrigeración y otros avances tecnológicos que hacen posible el transporte de alimentos a larga distancia desde las tierras colonizadas.

Sin embargo, Malthus acertó en unas cuantas cosas. A partir de su análisis de la población y los recursos alimentarios, por ejemplo, predijo que en los siguientes 200 años la población humana no crecería más de siete veces y media respecto a la de su propia época, la primera década del siglo XIX. El crecimiento real ha sido de cinco veces y media la población de 1800, una predicción notablemente precisa para alguien ampliamente ridiculizado por errar en sus cálculos. Su verdadero acierto, de todos modos, fue reconocer que nuestra especie es tan dependiente de los sistemas biogeofísicos de la Tierra como lo es cualquier otra especie, algo que mucha gente aún no logra tener en cuenta.

Mito 5: Hay recursos más que suficientes.

Entre la gente “progresista”, incluidos los principales grupos de presión y organizaciones humanitarias, es un artículo de fe que el problema real es la mala distribución de los recursos. El mundo es un lugar muy injusto, obviamente, con relativamente unos pocos acaparando la mayoría de los recursos mundiales. En cierto modo, la solución que proponen -redistribución de la tierra, el alimento y otros recursos- puede darnos un respiro.

No obstante, una distribución equitativa de los recursos disponibles no hará que el problema de la población desaparezca. La actual expansión, sea del número de personas o del consumo per cápita, engulliría los beneficios derivados de cualquier reparto de la riqueza. Estudios realizados en Guatemala, por ejemplo, muestran que los beneficios de la redistribución de las tierras desaparecerían en el plazo de una generación a causa simplemente del crecimiento de la población y del aumento en la demanda de tierras. Incluso en el frecuentemente ensalzado estado indio de Kerala, donde ha habido un genuino progreso social y la tasa de crecimiento demográfico del estado ha sido reducida hasta el 1,7 por ciento, la población aún doblará su número en sólo cuarenta y siete años. En otras palabras, el problema de la inadecuación entre la población y los recursos reaparecerá dentro de medio siglo.

Una parte de este mito la constituye la noción de que, dado que los precios de los recursos no han subido tan rápido como se predecía (e incluso han bajado en algunos casos), no hay necesidad de preocuparse acerca de la disponibilidad de los recursos en el futuro. Sin embargo, la crisis medioambiental no consiste simplemente en la escasez de ciertos recursos en un futuro cercano, aunque ya estén surgiendo conflictos cada vez mayores acerca de los derechos al agua y a ciertos minerales en algunas regiones. A corto plazo, una mayor eficiencia y la sustitución de ciertos recursos más escasos por otros más abundantes probablemente mantengan las fábricas en funcionamiento.

Los precios sólo reflejan la interacción entre compradores y vendedores dentro de un mercado dado. La madera puede que se venda por una miseria, pero su bajo precio no significa que los bosques sean abundantes ni que estén sanos. Nuestro sistema económico ignora las preferencias de aquellos que no tiene poder adquisitivo, de quienes aún no han nacido y de los que no son físicamente capaces de unirse a la puja (los búhos moteados no son famosos precisamente por intervenir en el mercado maderero[5]). Este sistema también desestima muchos aspectos intangibles, cosas a las que no se puede poner precio: un clima estable, una capa de ozono intacta, la retención de agua en las laderas boscosas, la existencia de especies no comestibles ni directamente utilizables de cualquier otro modo, la salud humana, etc. Los economistas pueden tratar de poner precios “ocultos” a estos bienes que no tienen precio, pero normalmente tal intento es algo absurdo. En resumen, las tendencias en lo referente a los precios de la energía, los alimentos y los minerales no son una guía fiable para prever el futuro. La geología y la ecología básicas resultan más apropiadas para ello. Además, algún día los recursos geológicamente finitos y no renovables se agotarán o explotarlos se volverá demasiado caro; hoy en día estamos “extrayendo” reservas de agua, pescado, suelo fértil y bosques de un modo tan extenso que probablemente los agotemos mucho antes de que el carbón se vuelva escaso.

Una barrera más impresionante en lo que respecta a los recursos es el agotamiento que se producirá como resultado de los intentos de extender a todos los países los estilos de vida predominantes en las regiones ricas como Europa occidental. Si el resto de Asia, por ejemplo, tuviese que alcanzar la misma proporción de coches por persona que Japón (que no es muy alta comparada con la de Estados Unidos), el número de automóviles en el mundo se duplicaría. Sin embargo, el planeta se está asfixiando ya con los niveles de tráfico actuales. Para que China tenga el mismo número de ordenadores por cabeza que los Estados Unidos en 1993 se requerirían 315 millones de máquinas más. Sin embargo, ya hoy en día, la computarización está causando muchos problemas ecológicos graves, como la contaminación del agua en torno a las plantas de fabricación de circuitos impresos.

El principal problema ecológico no es la escasez a corto plazo sino la degradación resultante de la extracción y del procesamiento de recursos, y de la manufactura, el consumo y la eliminación de bienes y servicios. Nuestra preocupación por el carbón, por ejemplo, no debería ser por el tamaño de las reservas no explotadas sino por las consecuencias de seguir quemándolas a una escala semejante a la actual.

La corteza terrestre puede que contenga grandes cantidades de minerales útiles. El problema vendría del intento de explotarlas. El procesamiento de minerales normalmente consume ingentes cantidades de energía y agua a la vez que produce cantidades igualmente enormes de contaminantes. La extracción y el procesamiento de los depósitos actualmente explotados ya está causando grandes daños al suelo, al agua, a la vida salvaje y a la salud humana en todo el mundo, y dichos daños no harán más que empeorar a medida que los mineros intenten explotar las fuentes menos accesibles y de peor calidad. La producción de una tonelada de cobre de una mina a cielo abierto, no de una mina profunda, crea más de 500 toneladas de desechos. La producción anual mundial de oro y plata genera unos 900 millones de toneladas de residuos rocosos. El consumo de la producción del combustible de uranio que consume anualmente un reactor nuclear típico requiere extraer a la superficie 100.000 toneladas de roca, la mayoría de las cuales son tiradas en vertederos en los que se conserva el 90 por ciento de la radiactividad original de la roca. En general, el aterrador daño causado a la naturaleza no es debido a una mala gestión sino que es una consecuencia inevitable del procesamiento de la energía y la materia en la economía humana.

Mito 6: si se eliminase el despilfarro, habría recursos suficientes para satisfacer las necesidades de todos.

Este es una extensión del mito 5. La gente menciona acertadamente el colosal despilfarro de recursos en armamento y en la preparación para la guerra, entre otras muchas insensateces. Si la energía y las materias primas derrochadas en dichas actividades destructivas fuesen dedicadas a cosas socialmente útiles como la producción de alimentos y la sanidad habría suficiente para cubrir las necesidades de todos, asegura este argumento.

De nuevo, aunque hay una gran parte de verdad en este argumento también contiene una gran falacia. Confunde completamente los aspectos ecológico y termodinámico. Por ejemplo, aunque el gasto en sanidad sea indudablemente más beneficioso para el bienestar humano que el gasto en armamento, fabricar ambulancias implica el mismo gasto que fabricar tanques en el libro de cuentas de la naturaleza. Del mismo modo, los procesos ecológicos no distinguen entre el fertilizante esparcido en campos de golf y el usado en campos de cultivo.

Podría añadirse que el término necesidades a menudo queda sin definir. Lo que para una persona es un lujo para otra es una necesidad. Unos ven en el desvío del gasto militar un medio de resolver la crisis sanitaria, otros la forma de financiar más educación, otros dinero para promover las artes, otros la manera de asegurar a todos un techo, otros fondos para erradicar la pobreza, etc.

Mito 7: poner la producción de alimento en primer lugar puede acabar con el hambre.

Una pariente cercana de la Falacia de la Redistribución es la creencia en que habría más que suficiente alimento para todos si se repartiese el pastel equitativamente. Este argumento es poderoso y está muy extendido, con defensores de alto nivel como Frances Moore Lappé. Afirman que el hambre podría ser erradicada y que cualquiera de los peligros derivados de la superpoblación desaparecería si la tierra se dedicase, antes que nada, a cultivar alimentos. Algunos van más lejos y aseguran que si el consumo de carne se redujese habría mucho más alimento disponible. Señalan acertadamente que cuantas más conversiones sufre el alimento (grano para alimentar vacas, por ejemplo), más energía se pierde por el camino hasta llegar a la mesa.

De nuevo, este argumento toca una fibra sensible. Su influencia viene apoyada por la visión de excedentes alimentarios quemados o eliminados de cualquier otro modo para mantener los precios del mercado. Mucha gente encuentra obsceno, con razón, que buena tierra de labor sea usada para satisfacer los caprichos de los ricos mientras, al lado, la gente se muere de hambre. Países como Gran Bretaña y los Estados Unidos ni necesitan ni tienen derecho a usar “tierras fantasmas” en países más pobres para abastecerse a sí mismos de frutas y hortalizas exóticas, flores o sustancias manifiestamente peligrosas como tabaco u opio.

El argumento de El Alimento Primero es persuasivo pero erróneo. Equivocadamente, da por sentados los actuales niveles de producción de alimentos. La agricultura de alto rendimiento está socavando rápidamente sus propios cimientos a través del empobrecimiento y la erosión de los suelos, el agotamiento de los acuíferos, la dependencia de aportes químicos y otros impactos insostenibles con los que va inevitablemente asociada. La necesaria adopción de la agricultura ecológica y de otras formas menos destructivas de producción de alimentos reducirá inicialmente las cosechas, dado que menos aportes (fertilizantes sintéticos, por ejemplo) significarán menor producción; al menos hasta que la fertilidad de los suelos pueda recuperarse.

El argumento El Alimento Primero también pasa por alto la probable disminución del suministro de alimentos en el futuro debida al aumento de la contaminación y de la radiación ultravioleta y a las perturbaciones climáticas asociadas al calentamiento global. Con el calentamiento global, un aumento del nivel del mar podría inundar algunas de las tierras de cultivo más productivas del mundo.

El actual, por no hablar del futuro, aumento de la población hace que incluso una dieta básica para todos sea un objetivo difícil de lograr. La meta oficial del gobierno chino es aumentar el consumo anual de huevos por persona de 100 a 200. Pronto habrá 1.300 millones de chinos. Asumiendo que una gallina pueda poner 200 huevos al año, esa meta requerirá 1.300 millones de aves. Alimentarlas requeriría más del total de la producción de grano de Australia.

Es más, dedicar tierras a la producción de cualquier cultivo (de primera necesidad o de lujo) producido convencional o ecológicamente significa menos bosques y humedales naturales y menor cantidad de otros hábitats para la vida silvestre. El Instituto para la Investigación Silvícola de Hunan, en China, estima que, por ejemplo, la tasa anual de crecimiento de 28 millones adicionales de personas conlleva la destrucción de 1 a 1,4 millones de hectáreas de bosque al año. Tal conversión del hábitat es desastrosa para la biodiversidad, por supuesto; pero, a largo plazo, es también mala para la gente, dado que los ecosistemas salvajes o relativamente no modificados son vitales para una Tierra sana, el prerrequisito de toda actividad humana -incluida la agricultura.

Mito 8: más gente significa más trabajadores y mayor producción.

Este mito ha tomado muchas formas. Una de sus manifestaciones era la Teoría del Valor-Trabajo de Marx. Más recientemente, Julian Simon lo ha resucitado en la forma de la teoría de La Gente como Recurso Fundamental. Sin embargo, la falacia subyacente sigue siendo la misma. La pura verdad es que los humanos no crean riqueza. Transforman aquello que los sistemas biogeoquimicos de la Tierra y la energía solar ponen a su disposición. La humanidad depende de que las plantas verdes realicen el proceso de la fotosíntesis. Los residuos que inevitablemente crean las actividades humanas no son eliminados por la gente sino reabsorbidos por esos mismos sistemas ecológicos. Existen límites geológicos, termodinámicos y ecológicos para todas las etapas de lo que arrogantemente llamamos creación de riqueza y esos límites están siendo transgredidos. Un mayor número de gente no hará más que incrementar esas transgresiones.

Este mito de las “manos extra” también confunde lo que podría ser verdad a un nivel individual o doméstico, especialmente a corto plazo, con las ganancias y pérdidas generales, especialmente a largo plazo. Una familia de granjeros podría salir ganando si añade un trabajador más a sus campos. Sin embargo, este par de manos adicional podría llevar a un aumento en la tala de bosques, a apacentar un mayor número de vacas y cabras o a intensificar los cultivos, lo cual, en conjunto, conllevará una mayor erosión del suelo así como menos recursos para las especies no humanas.

Mito 9: la innovación tecnológica hace que el crecimiento demográfico sea irrelevante.

Una falacia muy extendida es la asunción de que la ciencia y la tecnología han liberado a los seres humanos de las influencias y restricciones a las que otras especies están sometidas. Prácticamente todos los problemas tienen solución, dicen, la mayoría de ellos gracias a la innovación tecnológica. El escritor radical del siglo XIX Friedrich Engels, por ejemplo, no dudaba en afirmar que el avance de la ciencia “es tan ilimitado y al menos tan rápido como el de la población... Estamos a salvo para siempre de la amenaza de la superpoblación”. Este mito ha sido popularizado recientemente por el biólogo socialista estadounidense Barry Commoner en su libro The Closing Circle.

Mientras que algunas personas ven la tecnología como la salvación, otras la perciben -o las formas que ésta ha tomado- como una fuente y un amplificador de nuestros problemas ecológicos. Piénsese en tecnomonstruos como la energía nuclear o los productos químicos cancerígenos y que destruyen la capa de ozono como los CFCs y los PCBs, o en tecnologías cotidianas como los automóviles y los ordenadores y contémplense las enormes perturbaciones del mundo natural que han provocado.

Los reformistas pregonarán una eficiencia mayor y una tecnología más adecuada pero son incapaces de reconocer que todas las tecnologías tienen un impacto ambiental, de modo que una población creciente con el mismo consumo per cápita al final anula los beneficios de las tecnologías menos contaminantes y con un uso de recursos más eficiente. Normalmente se exagera tremendamente el potencial para la reforma tecnológica. Muchos estudios de los ciclos de vida, es decir, de los impactos de diferentes bienes -vírgenes/reciclados, “naturales”/sintéticos, renovables/no-renovables- desde la extracción de las materias primas hasta su eliminación, han mostrado que las diferencias no son tan grandes como comúnmente se supone. El control de la contaminación no hace que la contaminación desaparezca: simplemente cambia los contaminantes de una forma, lugar o momento a otros, quizá haciendo que sean más seguros pero a menudo a expensas de un mayor consumo de energía. La contaminación es simplemente consecuencia de las conversiones de energía y materia, de modo que también está relacionada con los niveles de población. Además, los impactos de una creciente población humana no se limitan al agotamiento de los recursos finitos o a la generación de contaminantes. También es importante la degradación general del entorno (erosión del suelo, deforestación, drenaje de humedales, perturbaciones hidrológicas, introducción de especies exóticas, etc.), para la cual los filtros para contaminantes y cosas similares no ofrecen una solución.

Mito 10: los derechos reproductivos constituyen las más básicas de las libertades.

La sola mención de la política poblacional hace que salga a la luz un último mito empleado por los pronatalistas, a saber, que la libertad de reproducirse es el más fundamental de los derechos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas asume que el individuo tiene un derecho inalienable a tener tanta descendencia como desee. En muchos países, esto ha sido socialmente respaldado, por ejemplo, con ayudas económicas que no se limitan a los dos primeros hijos.

Sin embargo, los derechos no son abstracciones separadas de los contextos y de sus consecuencias. Los derechos tienen un significado real sólo si las condiciones en que son ejercidos pueden ser sostenidas. De otro modo, son sólo una licencia para crear la ruina para todos. En relación a la procreación, la incapacidad para adoptar metas y políticas razonables ha abierto un peligroso abismo entre el poder (para reproducirse, así como para moverse y asentarse libremente) y la responsabilidad (para controlar el tamaño familiar y evitar la superpoblación).

La pretensión de tener derecho a reproducirse sin límites es una presunción arrogante. En efecto, conlleva tomar innumerables decisiones que afectan a esta generación y a las futuras, a otras especies y a los hábitats y procesos naturales de la Tierra sin su consentimiento. Es más, un derecho ilimitado a reproducirse en un mundo finito e interconectado sólo puede significar la reducción de otros derechos. La libertad en un mundo finito no es indivisible. En otras palabras, hay muchas otras libertades, la mayoría de las cuales menguan a medida que el número de seres humanos crece.

Por ejemplo, el “peso” democrático de cada votante desciende a medida que crece el número de votantes del electorado. O, por citar un ejemplo más improbable, si todas las personas en el Reino Unido ejerciesen su “derecho” a ir a la costa en un mismo día caluroso de verano, cada cual disfrutaría de diez centímetros de litoral. (Por supuesto, no llegarían allí debido al atasco de tráfico que su gran número ocasionaría). El equilibrio entre población y libertad puede observarse más claramente en las ciudades, donde todo tipo de controles de planificación y otras restricciones son necesarios simplemente porque hay mucha gente junta en ellas.

En lo que respecta a los ejemplos de medidas extremas para la limitación de la población, tales como la política china del hijo único, debería recordarse que por muy desagradables que pudiesen ser, la alternativa -hambruna masiva y colapso social- habría sido mucho peor. También se debería tener en cuenta que si China hubiese promovido la planificación familiar mucho antes (en vez de tacharla de truco imperialista, como sucedió bajo el mandato de Mao), no habría habido necesidad de tomar medidas tan drásticas.

EL PREJUICIO PROCRECIMIENTO

Aunque es posible refutar mediante la razón todos y cada uno de los engaños defendidos por los afectados del Síndrome de Negación de la Superpoblación, desgraciadamente esta gente se aferra a creencias profundamente arraigadas y no tiene en cuenta los hechos probados.[6] Las afirmaciones acerca de que los sistemas que mantienen la vida en la Tierra no pueden sustentar los niveles actuales de la población humana (no digamos ya los que se prevén en el futuro) chocan de pleno con los, a menudo no mencionados, artículos de fe centrales de la sociedad moderna. La nuestra es una civilización adicta a la noción de que el crecimiento ilimitado es tanto posible como deseable. Como señaló el biólogo estadounidense Garret Hardin, “el crecimiento, el cambio, el desarrollo, el gasto [y] la renovación rápida [son] vistos como bienes sin límite”. Estas ideas se han vuelto omnipresentes en los tiempos modernos. El futurista Herman Jahn, coautor del estudio The Next Two Hundred Years (1976) no tenía dudas de que el crecimiento sin fin fuese posible y de que, en el año 2176, la gente sería “numerosa, rica y [tendría] el control de las fuerzas de la naturaleza”.

Semejantes nociones del progreso y del potencial humano tienen en su base un individualismo virulento. La gratificación egocéntrica es algo central en la cultura contemporánea. Algo sintomático de ello es la retórica acerca de la opción personal que invocan todo tipo de individuos y grupos, desde el lobby a favor de las armas hasta los supermercados que defienden sus ventas de productos nocivos para el medio ambiente en base a que son algo que depende de la decisión de los consumidores. En consecuencia hay una hostilidad patológica hacia cualquier cosa que amenace el derecho a hacer lo que a uno le venga en gana. Y nada lo amenaza más directamente que la idea de que los individuos están sujetos a restricciones ecológicas, dado que afecta a todos los aspectos de nuestro ser y a ninguno en mayor medida que a las preferencias reproductivas. El derecho a procrear sin límites -ayudados por la tecnología si es preciso- es considerado como un derecho personal inalienable que, según se cree ampliamente, sólo los ecofascistas podrían cuestionar.

LA CULTURA DE LA NEGACIÓN

Existen otras razones por las cuales mucha gente se niega a afrontar el problema ecológico, incluida la decadencia en la conciencia y la comprensión generales. Sin embargo, quizá la razón más importante para la estrechez de miras humana sea lo que Garret Hardin bautizó originalmente como la Tragedia de los Comunes (aunque quizá un nombre mejor podría haber sido la Tragedia de las Decisiones Comunes). La gente, normalmente, no tiene en cuenta los efectos que sus propias decisiones y acciones individuales tienen en el bienestar común: “Yo no soy más que una persona. ¿Qué diferencia suponen mi coche, mi ordenador, mi hijo, etc.?”. La mayoría de la gente no busca activamente crear un mundo lleno hasta los bordes de seres humanos. Ni hay ninguna organización siniestra, algo así como una Colmena Progente, lavando el cerebro o manipulando a las personas de otros modos para que produzcan más descendientes. El crecimiento demográfico es el producto de un sinnúmero de acciones individuales cotidianas cuyo resultado es el nacimiento de niños, planeado o no.

Sean cuales sean la motivación y las circunstancias el resultado es el mismo: más gente. En los próximos tres días, el aumento neto de la población humana será suficiente para llenar una ciudad del tamaño de San Francisco. Cada año hay otro México de bocas que alimentar y cada nueve años otra India. Sin embargo poca gente ve que la gestación del macrocosmos se lleva a cabo en el microcosmos de la procreación individual.

En el momento de escribir este texto hay aproximadamente 5.900 millones de personas en el mundo. Alrededor del 7 u 8 por ciento de todos los seres humanos jamás nacidos viven hoy en día. Se han añadido más seres humanos a la población mundial en los últimos cuarenta años que en los 3 millones de años precedentes. En el año 2000, habrá más de 1.500 millones de mujeres en edad de procrear, el mayor número de toda la historia. Y es probable que esta cifra se quede corta.

[...][7] Hay una evidencia apabullante de que debemos revertir dichas tendencias si queremos que la Tierra retenga su capacidad de mantener tanto nuestras vidas como las de las otras miles de especies que hoy están amenazadas de extinción. Las políticas para la limitación de la población beneficiarán a las mujeres que ven su salud amenazada, sus oportunidades restringidas y sus derechos violados por el conjunto de presiones económicas, sociales y culturales que actúan para que produzcan más descendientes. De un modo similar, el desempleo, la falta de vivienda, los atascos de circulación, las demandas de educación y de servicios de bienestar social, las rivalidades étnicas, la expansión urbana, los conflictos por el uso de los terrenos rurales, el agotamiento de recursos, la contaminación, la destrucción de la vida salvaje... todos estos problemas y más serían menos graves y más fácilmente solubles si el tamaño de la población humana no fuese tan grande. Parafraseando a  Paul y Anne Ehrlich, sea cual sea tu causa, será una causa perdida sino se produce, primero, la estabilización del número de seres humanos y, después, su reducción.

FUENTES

Briggs, V. 1992. Despair behind the riots: The impediment of mass immigration to Los Angeles blacks. Carrying Capacity Network Bulletin 10: 3-4.

Catton, W. R. 1980. Overshoot: The Ecological Basis of Revolutionary Change. Urbana: University of Illinois Press.[8]

Catton, W. R. 1993. Can irrupting man remain human? Focus 3(2): 19-25.

Crosby, A. 1986. Ecological Imperialism: The Biological Expansion of Europe, 900-1900. Nueva York: Cambridge University Press.[9]

Ehrlich, P y A. H. Ehrlich. 1990. The Population Explosion. Nueva York: Simon & Schuster.[10]

Estrada, R. 1993. The impact of immigration on Hispanic-Americans. Focus 3(2): 26-30.

Galle, O. R., et al.1972. Population density and pathology: What are the relations for man? Science 176:23-30.

Grant, L., ed. 1992. Elephants in the Volkswagen. Nueva York: W. H. Freeman.

Hardin, Garret. 1993. Living within Limits: Ecology, Economics, and Population Taboos. Nueva York: Oxford University Press.

Kyllonen, R. L. 1967. Crime rates versus population density in United States cities: A model. General Systems 12: 137-45.

McGraw, E. 1984. Population Misconceptions. Londres: Population Concern.

McGraw, E. 1990. Population: The Human Race. Detroit: Bishopstage Press.

Wisniewski, R. L. 1980. Carrying capacity: Understanding our biological limitations. Humboldt Journal of Social Relations 7(2):55-70.



[1] Traducción a cargo de Último Reducto de “The Great Denial. Puncturing Pro-Natalist Myths” según la version publicada en Wild Earth. Wild Ideas for a World Out of Balance (Tom Butler, ed., Milk Weed Editions, 2002) del artículo original que apareció en la revista Wild Earth 7, nº 4 (Invierno 1997/1998): 8-17. © 1997 Sandy Irvine. N. del t.

[2] “Religious baby boomers” en el original. N. del t.

[3] El autor se refiere al periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial. N. del t.

[4] El autor, que es británico, seguramente se refiera aquí sobre todo al Reino Unido y a Estados Unidos. N. del t.

[5] El búho moteado (Strix occidentalis) es una especie que buena parte del ecologismo estadounidense tomó como símbolo de la lucha por salvar los bosques primarios del oeste de Estados Unidos, ya que éstos constituyen su hábitat. N. del t.

[6] “We are arguing with deeply held beliefs, not evidence” en el original. N. del t.

[7] En el original había aquí la siguiente frase “It is no wonder that we are called the human race”. En ella el autor hace un juego de palabras con el doble significado en inglés de “race”: “raza” y “carrera”, refiriéndose al aumento, en general cada vez mayor y más rápido, de la población humana a lo largo de su historia. Dado que dicho juego de palabras es imposible de traducir, se ha eliminado de esta traducción esa frase. N. del t.

[8] Existe edición en castellano: Rebasados: las bases ecológicas para un cambio revolucionario. Océano, 2010. N. del t.

[9] Existe edición en castellano: Imperialismo ecológico. La expansión  biológica de Europa, 900-1900, Ed. Crítica, 1988. N. del t.

[10] Existe edición en castellano: La explosión demográfica. Salvat Ed., 1993. N. del t.