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Complejidad, resolución de problemas y sociedades sostenibles

COMPLEJIDAD,RESOLUCIÓN DE PROBLEMAS Y SOCIEDADES SOSTENIBLES[i]

Por Joseph A. Tainter

INTRODUCCIÓN

En nuestra búsqueda para entender la sostenibilidad, nos hemos afanado por comprender factores tales como las transformaciones energéticas, los límites biofísicos y el deterioro medioambiental, así como las características humanas que impulsan la producción y el consumo y los supuestos de la economía neoclásica. A medida que aumenta nuestro conocimiento de estos asuntos, van surgiendo las aplicaciones prácticas de la economía ecológica. Pero aún con estos avances, se pierde algo importante. Cualquier problema humano no es sino un momento de reacción a anteriores eventos y procesos. Los patrones históricos maduran a lo largo de generaciones e incluso siglos. Difícilmente la experiencia de una vida desvelará completamente las razones de un suceso o un proceso. Los niveles de empleo en la producción de recursos naturales, por ejemplo, pueden responder a un ciclo de inversiones de capital con un periodo de latencia de varias décadas (Watt 1992). Los factores que hacen que las sociedades se colapsen, tardan siglos (Tainter 1988). Para llevar a cabo las políticas actuales y futuras necesitamos entender los procesos sociales y económicos en sus escalas de tiempo y comprender dónde nos encontramos dentro de un patrón histórico. El conocimiento histórico es fundamental para la sostenibilidad (Tainter 1995a). Ningún programa para mejorar la sostenibilidad podrá considerarse práctico, si no incorpora ese conocimiento fundamental.

En esta era de cambios medioambientales globales, nos enfrentamos a lo que puede ser la mayor crisis de la Humanidad. El conjunto de las transformaciones mencionadas como cambio global, dejan en pañales a todas las anteriores experiencias en cuanto a la velocidad, el ámbito geográfico de sus consecuencias y el número de personas que se verán afectadas (Norgaard 1994). De todas formas, muchas veces en el pasado las poblaciones humanas se han enfrentado a unos retos extraordinarios y la diferencia entre sus problemas y los nuestros es sólo de orden de magnitud. Se podría esperar que, en una sociedad que resuelva sus problemas de forma racional, procurásemos entender de forma apremiante las experiencias históricas. En realidad, nuestros modelos de educación y nuestra impaciencia por la innovación, nos han hecho refractarios al conocimiento histórico (Tainter, 1995a). En su ignorancia, los políticos tienden a buscar las causas de los sucesos sólo en el pasado reciente (Watt 1992). Como resultado de ello, aunque disponemos de mayores oportunidades que cualquier grupo humano anterior para entender las razones profundas de nuestros problemas, esas oportunidades pasan generalmente desapercibidas. No sólo no sabemos donde nos encontramos en la historia, sino que la mayoría de nuestros conciudadanos y políticos no son todo lo conscientes que debieran.

Una limitación recurrente a la que se enfrentaron las sociedades anteriores, ha sido la complejidad en la resolución de problemas. Es una limitación que pasa generalmente desapercibida en los análisis económicos contemporáneos. En los últimos 12.000 años, las sociedades humanas parecen haberse desarrollado, de forma casi inexorable, hacia una mayor complejidad. La mayor parte de ellas han tenido éxito: la complejidad ofrece ventajas y una de las razones para nuestro éxito como especie, ha sido nuestra capacidad para “aumentar rápidamente la complejidad de nuestro comportamiento” (Tainter 1992, 1995b). Pero la complejidad puede ser también dañina para la sostenibilidad. Puesto que la forma de resolver nuestros problemas ha sido la de desarrollar la sociedad y la economía más compleja de la historia humana, es importante entender el precio que tuvieron que pagar las sociedades anteriores cuando siguieron estrategias similares. En este capítulo discutiré los factores que causaron que las sociedades anteriores entrasen en colapso, los principios económicos de la complejidad en la resolución de problemas y algunas implicaciones de los patrones históricos en nuestros esfuerzos por resolver los problemas actuales. Esta discusión señala que parte de nuestra respuesta al cambio global tiene que ser la de entender la evolución a largo plazo de los sistemas de resolución de problemas.

EL DESARROLLO DE LA COMPLEJIDAD SOCIOECONÓMICA

La complejidad es un concepto clave en este ensayo. En un estudio anterior, la califiqué de la siguiente forma:

La complejidad se entiende generalmente para referirse a cosas tales como el tamaño de una sociedad, el número y clases distintas de las partes que la componen, la variedad de los roles especializados que incorpora, el número de las distintas personalidades presentes y la variedad de los mecanismos para organizar todo ello en un todo coherente y funcional. Al aumentar cualquiera de esas dimensiones, aumenta la complejidad de la sociedad. Las sociedades de cazadores-recolectores (como forma de ilustrar el contraste con la complejidad) no poseían más de unas pocas docenas de personalidades sociales diferentes, mientras los modernos censos europeos reconocen entre 10.000 y 20.000 distintos roles de ocupación y las sociedades industriales pueden tener, en conjunto, más de un millón de tipos diferentes de personalidades sociales (McGuire 1983; Tainter 1998)1

Para ilustrar una diferencia sencilla en complejidad, Julian Steward señaló el contraste entre los nativos de Norteamérica, entre los cuales los primeros etnógrafos documentaron entre 3.000 y 6.000 elementos culturales y el ejército de los EE.UU., que colocó en Casablanca, en la Segunda Guerra Mundial, más de 500.000 tipos de artefactos (Steward 1955). La complejidad es cuantificable.

Más del 99% de la historia de la humanidad hemos vivido como cazadores-recolectores[ii] de baja densidad o granjeros en comunidades igualitarias de no más de unas pocas docenas de personas (Carneiro 1978). Leslie White señaló que en tales sistemas culturales, que se basaban principalmente en el trabajo humano, sólo se podía generar alrededor de 1/20 de caballo de vapor (de potencia) per cápita al año (White 1949, 1959). A partir de esta base de sociedades no diferenciadas que requerían pequeñas cantidades de energía, el desarrollo de sistemas culturales complejos era, a priori, bastante poco probable. La idea convencional ha sido la de que las sociedades humanas tienen una tendencia latente hacia una mayor complejidad. Se suponía que la complejidad era algo deseable y el resultado lógico de un exceso de alimentos, de tiempo libre y creatividad humana. Aunque éste es el escenario generalmente asumido, no resulta adecuado para explicar la evolución de la complejidad. En un mundo de complejidad cultural no hay, por decirlo de una forma coloquial, nada gratis. Las sociedades complejas son más costosas de mantener que las sencillas y exigen mayores niveles de aporte per cápita. Una sociedad más compleja, tiene más subgrupos y roles sociales, más redes entre grupos e individuos, más controles horizontales y verticales, un mayor flujo de información, mayor centralización de la información, más especialización y una mayor interdependencia entre las partes.

El aumento de cualquiera de estas dimensiones exige energía biológica, mecánica o química. En los días previos al aporte de los combustibles fósiles, el aumento de la complejidad de una sociedad significaba, generalmente, que la mayoría de su población tenía que trabajar más (Tainter 1988, 1992, 1994a, 1995a, 1995b).

Hay muchos aspectos del comportamiento humano que parecen ser reacios a la complejidad (Tainter 1995b). La denominada “complejidad de la vida moderna” es un lugar común del discurso popular. Parte del descontento público con los gobiernos procede del hecho de que el gobierno añade complejidad a la vida de las personas. En ciencia, el principio de la navaja de Occam[iii] sigue teniendo atractivo, porque establece que la simplicidad es preferible a la complejidad en las explicaciones.

La complejidad ha estado siempre inhibida por la carga de tiempo y energía que impone y por la repugnancia frente a la complejidad (que está sin duda relacionada con el coste). Por tanto, explicar por qué las sociedades humanas se van haciendo cada vez más complejas supone un reto mayor que el que generalmente se cree. La razón de por qué la complejidad aumenta es porque la mayor parte de las veces funciona. La complejidad es una estrategia para la resolución de problemas que surge en condiciones de obligada necesidad o de un beneficio percibido. A lo largo de la historia, las tensiones y los retos a los que se han enfrentado las poblaciones humanas se han resuelto, frecuentemente, al hacerse más complejas. Aunque no es posible hacer aquí una revisión completa, esta tendencia es evidente en los siguientes campos:

1. Caza-recolección y agricultura (Boserup 1965; Clark y Haswell 1966; Asch et al. 1972; Wilkinson 1973; Cohen 1977; Minnis 1995; Nelson 1995)

2. Tecnología (Wilkinson 1973; Nelson 1995)

3. Competición, guerra y carrera de armamentos (Parker 1988; Tainter 1992)

4. Control sociopolítico y especialización (Olson 1982; Tainter 1988)

5. Investigación y Desarrollo (Price 1963; Rescher 1978, 1980; Rostow 1980; Tainter 1988, 1995a)

En cada una de estas áreas la complejidad aumenta mediante una mayor diferenciación, la especialización y la integración.

El desarrollo de la complejidad es, por tanto, un proceso económico: la complejidad implica costes y proporciona beneficios. Es una inversión y proporciona un rendimiento variable. La complejidad puede ser tanto beneficiosa como perjudicial. Su potencial destructivo es evidente en casos históricos en los que el aumento de gastos de la complejidad socioeconómica llega a ofrecer rendimientos decrecientes y finalmente, en algunos casos, rendimientos negativos (Tainter 1998, 1994b). Este resultado surge del proceso económico normal: las soluciones sencillas y baratas se adoptan antes que las más complejas y caras. Así, a medida que las poblaciones humanas han ido aumentando, la caza y la recolección ha dado paso a una agricultura crecientemente intensiva y a la producción de alimentos industrializada que consume más energía que la que produce (Clark y Hasewall 1966; Cohen 1977; Hall et al. 1992) La producción de minerales y energía ha ido cambiando, de forma continua, desde las reservas fácilmente accesibles y de explotación barata a las que son más costosas de encontrar, de extraer, de procesar y de distribuir.

La organización socioeconómica ha evolucionado desde la reciprocidad igualitaria, el liderazgo provisional y las reglas generales a complejas jerarquías con una creciente especialización.

El gráfico de la figura 1 se basa en estos argumentos. Según crece la sociedad en complejidad, expande sus inversiones en cosas tales como la producción de recursos, el procesamiento de la información, la administración y la defensa. La curva de beneficio/coste para esos gastos puede aumentar, de forma favorable, en un principio, mientras se adoptan las soluciones más sencillas y económicas (una fase que no se muestra en este gráfico). Pero a medida que la sociedad va encontrando nuevas tensiones y las soluciones baratas no son suficientes, evoluciona en una dirección más costosa. Finalmente, una sociedad en crecimiento alcanza un punto en el que las continuas inversiones en complejidad producen mayores dividendos, pero con una tasa marginal decreciente. En un punto como el (B1, C1) de este gráfico, una sociedad ha entrado en la fase en la que comienza a ser vulnerable al colapso.2

Llegados a este punto, dos cosas hacen que una sociedad sea propensa al colapso. Las primeras nuevas emergencias afectan a la gente que está invirtiendo en una estrategia que produce unos rendimientos marginales cada vez menores. Según esa sociedad se va debilitando económicamente, tiene menos reservas con las que afrontar las grandes adversidades. Una crisis a la que esa sociedad podría haber sobrevivido al principio, se convierte ahora en insuperable.

Segundo, los rendimientos decrecientes hacen menos atractiva la complejidad y alimentan el descontento. A medida que aumentan los impuestos y otros costes y hay menos beneficios a nivel local, cada vez más personas se ven atraídas por la idea de hacerse independientes. La sociedad se “descompone” en cuanto las personas procuran satisfacer sus necesidades inmediatas antes que los objetivos a largo plazo de sus líderes.3

Figura 1. Rendimientos decrecientes frente al aumento de complejidad (a partir de Tainter 1988).

Según evoluciona esta sociedad a lo largo de la curva de rendimientos marginales decrecientes más allá de (B2, C2), cruza un punto tal como (B1, C3) en el que los costes van aumentando, pero los rendimientos realmente han caído a aquellos niveles anteriormente disponibles a un menor nivel de complejidad. Es el ámbito de los rendimientos negativos de las inversiones en complejidad. Una sociedad descubriría en este punto que los costes de las inversiones en complejidad aumentarían de forma sensible justo antes del colapso. Una sociedad en estas condiciones es extremadamente vulnerable al colapso.

Este razonamiento, desarrollado y puesto a prueba para explicar por qué las sociedades se colapsan (Tainter 1988), es también un registro de las tendencias históricas en la economía de la resolución de problemas. La historia de la complejidad cultural es la historia de la resolución de los problemas humanos. En muchos de los sectores en que se produce una inversión, tales como la producción de recursos, la tecnología, la competición, la organización política y la investigación, la complejidad aumenta como una necesidad continua para resolver los problemas. Dado que las soluciones más sencillas ya están agotadas, la resolución de problemas avanza inexorablemente hacia una mayor complejidad, mayores costes y rendimientos decrecientes. Esto no necesariamente lleva al colapso, pero es importante entender las condiciones bajo las cuales éste puede darse. Para ilustrar esas condiciones, es útil echar un vistazo a tres ejemplos de aumento de la complejidad y alto precio de la resolución de problemas: el colapso del Imperio Romano, el desarrollo del industrialismo y las tendencias de la ciencia contemporánea.

El colapso del Imperio Romano

Una de las consecuencias de los rendimientos decrecientes de la complejidad, se verifica con la caída del Imperio Romano de Occidente. Como toda sociedad con altos impuestos basada en la energía solar, el imperio poseía pocas reservas fiscales. Cuando se tuvo que enfrentar a crisis militares, los emperadores romanos tuvieron que responder devaluando las monedas de plata (figura 2) e intentando obtener nuevos ingresos. En el tercer siglo d.C., las constantes crisis forzaron a los emperadores a duplicar el tamaño del ejército y a aumentar también el tamaño y la complejidad del gobierno. Para pagar esto, se produjeron cantidades masivas de monedas sin valor, se requisaron las provisiones a los campesinos y el nivel de impuestos se hizo todavía más opresivo (hasta dos tercios del rendimiento neto después de pagar la renta). La inflación devastó a la economía. Se inspeccionaron las tierras y la población por todo el imperio y se valoraron de cara a los impuestos. Se hizo responsables de los impagos a las comunidades. Mientras los campesinos pasaban hambre o tenían que vender a sus hijos como esclavos, se construían fortificaciones gigantescas, se dobló el tamaño de la burocracia, la administración se hizo más compleja, se pagaron grandes subsidios en oro a las tribus germánicas y se establecieron nuevas ciudades y cortes. Con unos impuestos en aumento, las tierras poco productivas fueron abandonadas y la población disminuyó. Los campesinos no podían mantener grandes familias. Para evitar unas obligaciones cívicas tan opresivas, los ricos se fueron de las ciudades a establecerse en propiedades rurales autosuficientes. Finalmente, para escapar a los impuestos, los campesinos entraron voluntariamente en relaciones feudales con esos propietarios de tierras. Unas pocas familias ricas dispusieron de tantas tierras en el imperio occidental que se sintieron capaces de desafiar al gobierno imperial. El imperio tuvo que mantenerse a base de consumir sus recursos más importantes: las tierras productivas y la población campesina (Jones 1964, 1974; Wickham 1984; Tainter 1988, 1994b). El Imperio Romano proporciona el ejemplo mejor documentado de la historia de cómo el aumento de complejidad para resolver problemas conlleva mayores costes, rendimientos decrecientes, la pérdida del apoyo de la población, la debilidad económica y el colapso. Al final no pudo resolver por más tiempo los problemas de su propia existencia.

 Figura 2. Devaluación de la moneda de plata romana, 0-269 d.C. (a partir de Tainter 1994b con modificaciones). El gráfico muestra los gramos de plata por denario (la moneda básica de plata) del 0 al 237 d.C. y por el medio denario de 238 a 269 d.C. (cuando el denario fue reemplazado por una moneda más grande valorada en dos denarios).

Población, recursos e industrialismo

El destino del Imperio Romano no es el destino inevitable de las sociedades complejas. Es útil discutir un caso que resultó de forma bastante diferente. En uno de los trabajos más interesantes de historia económica, Richard Wilkinson (1973) mostró que en la Inglaterra del final de la era medieval y posterior a dicha era, el crecimiento de la población y la deforestación estimularon el desarrollo económico y fueron, al menos parcialmente, responsables de la Revolución Industrial. Los grandes aumentos de población alrededor de 1300, 1600 y a finales del siglo XVIII, condujeron a la intensificación de la agricultura y la industria. Según se talaban bosques para obtener tierras de cultivo y combustible para esa creciente población, en Inglaterra las necesidades de calefacción, cocina y fabricación no podían satisfacerse simplemente quemando madera. El carbón comenzó a ser cada vez más importante, aunque fue adoptado a regañadientes. El carbón era más costoso de obtener y de distribuir que la madera y sus yacimientos estaban sólo en ciertos lugares. Exigían un nuevo y costoso sistema de distribución. A media que el carbón ganó en importancia en la economía, los yacimientos más accesibles se agotaron. Se tuvieron que excavar minas cada vez más profundas, hasta que el agua subterránea se convirtió en un problema. Finalmente, se desarrolló la máquina de vapor, que se utilizó para bombear el agua de las minas. Con el desarrollo de una economía basada en el carbón, un sistema de distribución y la máquina de vapor, se pusieron en marcha algunos de los más importantes elementos técnicos de la Revolución Industrial. El industrialismo, ese gran generador de bienestar económico, llegó, en parte, de los pasos dados para contrarrestar las consecuencias del agotamiento de los recursos, que se supone son un generador de pobreza y que provocan colapso. Pero era un sistema de creciente complejidad que no tardó en mostrar rendimientos decrecientes en algunos sectores. Volveremos sobre este punto más tarde.

La ciencia y la resolución de problemas

La ciencia contemporánea es el mayor ejercicio humano para la resolución de problemas. La ciencia es un aspecto institucional de la sociedad y la investigación es una actividad de la que nos gusta creer que ofrece grandes beneficios. Como el conocimiento generalizado se establece al comienzo de la historia de una determinada disciplina, el trabajo que queda por hacer se va especializando cada vez más. Esos tipos de problemas tienden a ser crecientemente costosos y (cada vez) más difíciles de resolver y, en promedio, el avance del conocimiento se da en pequeños incrementos (Rescher 1978, 1980; Tainter 1988). Las inversiones crecientes en investigación producen rendimientos marginales en declive.

Algunos notables eruditos han tratado estos asuntos. Walter Rostow, dijo una vez que la productividad marginal crece primero y después cae en campos concretos (1980). El gran físico Max Planck, en una declaración que Rescher denomina “El principio de Planck de Esfuerzo Creciente”, observó que “...con cada avance (de la ciencia), aumenta la dificultad de las tareas” (Rescher 1980).

A medida que se resuelven los asuntos más fáciles, la ciencia se mueve inevitablemente a áreas de investigación más complejas y a organizaciones mayores y más costosas (Rescher 1980).

Rescher sugiere que “A medida que la ciencia progresa en cualquiera de sus ramas especializadas, hay un marcado aumento en el coste global de los recursos para realizar los descubrimientos científicos de un determinado nivel de significación intrínseca...” (1978). Se necesita un crecimiento exponencial del tamaño y del coste de la ciencia, simplemente para mantener una tasa de progreso constante (Rescher 1980). Derek de Solla Price señaló que en 1963 la ciencia estaba, incluso en aquel entonces, creciendo más que la población o la economía y que, de todos los científicos que jamás hubieran vivido, el 80 ó 90% estaban vivos en el momento en que escribía (Price 1963). En ese mismo momento, esos asuntos empujaron a Dael Wolfle a plantear una duda, publicando en Science un artículo titulado “¿Cuánta investigación por un dólar?” (Wolfle 1960).

Los científicos raras veces piensan en la relación entre beneficio y coste a la hora de invertir en sus investigaciones. Incluso si valoramos la productividad de nuestras inversiones en ciencia por algún método, como la publicación de patentes (figura 3), la productividad de ciertos tipos de investigación parece estar en declive. Las patentes son un indicador controvertido entre aquellos que estudian estos asuntos (Machlup 1962; Schmookler 1966; Griliches 1984) y no indican, por sí mismas, la recuperación económica de los gastos. La medicina es un campo de la ciencia aplicada en el que la recuperación de las inversiones se puede determinar con mayor rapidez. En el periodo de 52 años que se muestra en la figura 4, desde 1930 a 1982, la productividad del sistema de salud de los Estados Unidos para mejorar la esperanza de vida, cayó cerca de un 60%.

La decreciente productividad del sistema de salud de los Estados Unidos muestra con claridad el desarrollo histórico en el ámbito de la resolución de problemas. Rescher (1980) señala: Una vez que han tenido lugar todos los descubrimientos de un determinado nivel de la tecnología de investigación, hay que moverse a niveles de mayor coste... En ciencias naturales, estamos metidos en una carrera armamentística: con cada victoria sobre la naturaleza, aumenta la dificultad para alcanzar los nuevos hitos que hay por delante.

 

Figura 3. Solicitudes de patentes con respecto a los gastos de investigación, 1942-1958 (datos de Machlup 1962).

La productividad menguante de la medicina se debe al hecho de que se vencieron primero las enfermedades y los achaques simples (la investigación básica que condujo a la penicilina, no costó más allá de 20.000 dólares estadounidenses), de forma que los que quedan son más difíciles y costosos de resolver (Rescher 1978). Y cada vez que se vence a una enfermedad crecientemente más costosa, el aumento del promedio de la esperanza de vida se hace menor.

Implicaciones de los ejemplos

El Imperio Romano, el industrialismo y la ciencia no sólo son importantes por sus propios méritos, sino también porque ejemplifican: (1) como evoluciona la resolución de problemas por el camino de la creciente complejidad, los mayores costes y los menguantes rendimientos marginales (Tainter 1988), y (2) los diferentes resultados de esos procesos. En la siguiente sección, trataré lo que implican esos patrones para nuestros esfuerzos a la hora de enfrentarnos a los problemas contemporáneos.

RESOLUCIÓN DE PROBLEMAS, ENERGÍA Y SOSTENIBILIDAD

Esta discusión histórica da una perspectiva sobre lo que resulta práctico y sostenible. Hace pocos años describí una docena de sociedades que habían llegado al colapso (Tainter 1988). En ningún caso es evidente o ni siquiera probable que esas sociedades llegasen al colapso porque sus miembros o sus dirigentes no dieran los pasos concretos para resolver sus problemas (Tainter 1988). La experiencia del Imperio Romano es de nuevo instructiva al respecto. La mayoría de las acciones que emprendió el gobierno romano en respuesta a crisis como la de devaluar la moneda, elevar los impuestos, ampliar el ejército y los reclutamientos forzosos de mano de obra, fueron soluciones prácticas a los problemas inmediatos. Hubiera sido impensable no adoptar tales medidas. Sin embargo, de forma acumulativa esos pasos debilitaron aún más al imperio, a medida que las principales reservas (la tierra agrícola y los campesinos) se agotaban con los impuestos y los reclutamientos. Con el tiempo, el desarrollo de soluciones prácticas, llevó al Imperio Romano, primero, a rendimientos menguantes y luego a pérdidas por la complejidad. Lo que esto implica es que centrar un sistema de resolución de problemas, tal como la economía ecológica, en la búsqueda de aplicaciones prácticas, no hará que aumente automáticamente su valor ante la sociedad, ni mejorará la sostenibilidad. El desarrollo histórico de los sistemas de resolución de problemas debe ser entendido y tomado en consideración.

 

Figura 4. Productividad del sistema de salud de los EE.UU. 1930-1982 (datos de Worthington 1975; de la Oficina del Censo de los EE.UU. 1983). Índice de productividad = (Esperanza de vida)/ (Gastos nacionales en salud, como porcentaje del PIB).

La mayoría de los que estudian asuntos contemporáneos estarían ciertamente de acuerdo en que la resolución de los problemas medioambientales y económicos exige conocimientos y educación. Una gran parte de nuestra respuesta a los problemas actuales ha sido la de aumentar el nivel de investigación en aspectos medioambientales, incluyendo el cambio global. Según aumente nuestro conocimiento y surjan soluciones prácticas, los gobiernos pondrán en práctica dichas soluciones y las burocracias se encargarán de que se lleven a cabo. Se desarrollarán nuevas tecnologías. Cada uno de esos pasos aparecerá como una solución práctica a un problema específico. Pero de forma acumulada, esas medidas prácticas para la resolución de problemas traerán una mayor complejidad, mayores costos y rendimientos menguantes. Richard Norgaard ha planteado bien el problema: “Asegurar la sostenibilidad aumentando los objetivos... exigirá una mayor recopilación, interpretación, planificación, toma de decisiones políticas y control burocrático de los datos, en varios órdenes de magnitud.” (Norgaard 1994).

Donella Meadows y sus colegas han ofrecido ejemplos excelentes de las limitaciones económicas de la resolución de problemas actual. Para aumentar la producción de alimentos de 1951 a 1966 en un 34%, por ejemplo, se tuvieron que aumentar los gastos en tractores en un 63%, en fertilizantes nitrogenados en un 146% y en pesticidas en un 300%. Retirar todos los desechos orgánicos de una planta de procesamiento de azúcar, cuesta 100 veces más que retirar el 30%. Reducir el dióxido de azufre del aire en una ciudad estadounidense en 9,6 veces, o las partículas en 3,1 veces, eleva el coste del control de la contaminación 520 veces (Meadows et al. 1972) Toda resolución de problemas medioambientales se enfrenta a límites de este tipo.

La regulación burocrática genera por sí misma mayor complejidad y costos. Al establecer regulaciones e impuestos, aquellos a quienes se regula o se cobra buscan resquicios (por donde evadirse) y los legisladores se afanan por cerrar dichos resquicios. Se establece, entonces, una espiral de descubrimiento de resquicios y cierre de los mismos, de una complejidad constantemente creciente (Olson 1982). En cuanto el coste del gobierno deja de tener apoyo político, la estrategia se hace insostenible. A menudo, se sugiere que el comportamiento medioambiental benigno debería ser alcanzado mediante incentivos fiscales, más que por medio de regulaciones. Aunque esta idea tiene algunas ventajas, no considera el problema de la complejidad y puede no reducir los costes regulatorios totales tanto como se esperaba. Puede que esos costes simplemente se trasladen a las autoridades fiscales y a la sociedad en general.

No es que la investigación, la educación, la regulación y las nuevas tecnologías sean incapaces de aliviar nuestros problemas. Con suficiente inversión quizá sí puedan hacerlo. La dificultad es que esas inversiones serán costosas y pueden exigir un porcentaje creciente del PIB. Con una resolución de problemas de rendimientos menguantes, tratar los asuntos medioambientales de una forma convencional, significa que se tendrán que destinar más recursos a la ciencia, la ingeniería y el gobierno. En ausencia de un gran crecimiento económico, esto exigiría, al menos, un declive temporal del nivel de vida, ya que la población dispondría, comparativamente, de menos para gastar en alimentos, hogar, vestidos, atención médica, transporte y ocio.

Para evitar el alto coste de la resolución de problemas, se sugiere frecuentemente que se utilicen los recursos de forma más eficiente e inteligente. Timothy Allen y Thomas Hoekstra, por ejemplo, han sugerido que para gestionar la sostenibilidad de los ecosistemas, los responsables deberían identificar lo que falta en los procesos regulatorios naturales y sólo proporcionar eso. El ecosistema haría el resto. Dejar que el ecosistema (por ejemplo, la energía solar) sostenga el esfuerzo de gestión y no al revés. Es una sugerencia inteligente. Sin embargo, poner esto en marcha, exigiría un conocimiento que ahora no poseemos. Eso significa que se necesita una investigación que es compleja y costosa y requiere el apoyo de los combustibles fósiles. Reducir los costes de la complejidad por una parte, conduce a aumentarlos por otra.

El control agrícola de las plagas ilustra este dilema. A medida que la fumigación con pesticidas exigía mayores costos y rendía menores beneficios, se desarrolló la gestión integrada de pesticidas. Este sistema descansa en el conocimiento biológico para reducir la necesidad de productos químicos y emplea la supervisión de las poblaciones de plagas, controles biológicos, una juiciosa aplicación de los productos químicos y una cuidadosa selección de los tipos de cultivos y de las fechas de plantación (Norgaard 1994). Es una solución que exige tanto una investigación especializada por parte de los científicos, como una cuidadosa supervisión de los agricultores. La gestión integrada de las plagas viola el principio de la aversión a la complejidad, lo que puede explicar en parte por qué no se utiliza más ampliamente.

Estos asuntos ayudan a clarificar lo que constituye una sociedad sostenible. El hecho de que los sistemas de resolución de problemas parezcan evolucionar hacia una mayor complejidad, mayores costes y rendimientos decrecientes tiene implicaciones significativas para la sostenibilidad. Con el tiempo, los sistemas que se desarrollan de esta forma o se quedan sin financiación, o no pueden solucionar los problemas, o colapsan, o terminan necesitando grandes aportes energéticos. Este ha sido el patrón histórico en casos tales como los del Imperio Romano, los mayas clásicos de las tierras bajas, la sociedad chacoana del Sudoeste estadounidense, las guerras en la Europa medieval y del Renacimiento y en algunos aspectos de la resolución contemporánea de problemas (esto es, en cualquier caso que yo haya investigado con detalle) (Tainter 1988, 1992, 1994b, 1995a). Esos patrones históricos sugieren que una de las características de una sociedad sostenible será que dispone de un sistema sostenible de resolución de problemas, con beneficios en aumento o estables, o con rendimientos menguantes que puedan ser financiados con aportes energéticos que tengan un suministro, un coste y una calidad garantizados.

El industrialismo ilustra este punto. Generó sus propios problemas de complejidad y elevado coste. Estos incluían los ferrocarriles y canales para distribuir el carbón y los bienes manufacturados, el desarrollo de una economía basada cada vez más en el dinero y los salarios y el desarrollo de nuevas tecnologías. Aunque se suele pensar que tales elementos de complejidad facilitan el crecimiento, en realidad lo hacen solamente cuando son mantenidos por la energía. Algunas de las tecnologías, como la de la máquina de vapor, mostraron rendimientos menguantes ya desde el principio de su desarrollo (Wilkinson 1973; Giarini y Louberge 1978; Giarini 1984). Lo que distingue al industrialismo de toda la historia previa de nuestra especie, fue su dependencia de energía abundante, concentrada y de alta calidad (Hall et al. 1992).5 Con el sostén de los baratos combustibles fósiles, durante mucho tiempo muchas de las consecuencias del industrialismo no importaron efectivamente. Las sociedades industriales se las podían permitir. Cuando los costes de la energía se satisfacen con facilidad y de forma indolora, la relación beneficio/coste de las inversiones sociales puede ser prácticamente ignorada (como sucede con la agricultura industrial contemporánea). Los combustibles fósiles hicieron el industrialismo y todo lo que fluyó de él (como la ciencia, el transporte, la medicina, el empleo, el consumismo, las guerras de alta tecnología y las organizaciones políticas contemporáneas), un sistema de resolución de problemas que fue sostenible durante varias generaciones.

La energía siempre ha sido la base de la complejidad cultural y siempre lo será. Si, según parece, nuestros esfuerzos por entender y resolver cuestiones como la del cambio global, implican una creciente complejidad política, tecnológica, económica y científica, la disponibilidad de energía per cápita será un factor limitante. Aumentar la complejidad manteniendo un suministro energético estático o menguante implicaría la disminución de los niveles de vida en todo el mundo. En ausencia de una crisis evidente, muy pocas personas lo apoyarían. Por tanto, mantener el apoyo político a nuestras inversiones actuales y futuras en complejidad, requiere un aumento en el suministro efectivo de energía per cápita -tanto mediante el aumento de la disponibilidad física de energía, como mediante innovaciones técnicas, políticas o económicas que reduzcan los costes energéticos de nuestro nivel de vida. Desde luego, desarrollar estas innovaciones requiere energía, lo que hace patentes las limitaciones de la relación entre energía y complejidad.

CONCLUSIONES

Este capítulo sobre el pasado clarifica las potenciales vías hacia el futuro. Una vía frecuentemente discutida es la simplicidad cultural y económica y unos menores costes energéticos. Esto podría llegar por medio de la “caída” que muchos temen -un verdadero colapso dentro de una o dos generaciones, con mucha violencia, hambre y pérdida de población. La alternativa es el “aterrizaje suave”, que mucha gente espera que se produzca -un cambio voluntario a la energía solar y a los combustibles verdes, a las tecnologías para la conservación de la energía y a un menor consumo en general. Esta es una utopía alternativa que, como antes se ha sugerido, sólo llegará si severas y prolongadas privaciones en las naciones industriales la hacen atractiva y si el crecimiento económico y el consumismo se logran hacer desaparecer del campo ideológico.

La opción más probable es un futuro de mayores inversiones en la resolución de problemas, el aumento de la complejidad general y un mayor uso de energía. Esta opción viene impulsada por el confort material que proporciona, por los intereses ocultos, por la falta de alternativas y por nuestra convicción de que es buena. Si la trayectoria que la humanidad ha seguido para la resolución de problemas en los últimos 12.000 años tiene que continuar, éste es el camino que posiblemente tomaremos en un futuro cercano.

Independientemente de cuándo nuestros esfuerzos por entender y resolver los problemas actuales comienzan a generar rendimientos menguantes, una cuestión debería quedar clara. Es esencial saber en qué punto de la historia nos encontramos (Tainter 1985a). Si los patrones macroeconómicos se desarrollan en periodos de generaciones o siglos, no es posible comprender nuestras condiciones actuales a menos que entendamos en qué parte de este proceso estamos. Tenemos la oportunidad de llegar a ser las primeras personas en la historia que entiendan cómo cambia la capacidad de resolver los problemas de una sociedad. Saber que esto es posible y no actuar en consecuencia, sería un gran fallo en la aplicación práctica de la economía ecológica.

RECONOCIMIENTOS

Este capítulo se ha revisado para su presentación en el plenario de la Tercera Reunión Internacional de la Sociedad Internacional para la Economía Ecológica (Third International Meeting of the International Society for Ecological Economics) en San José de Costa Rica el 28 de octubre de 1994. Quedo agradecido a Cutler J. Cleveland, Robert Cosanza y Olman Segura por la invitación a presentar este documento; a Maureen Garita Matamoros por su asistencia durante la conferencia, a Denver Burns, John Faux, Charles A. S. Hall, Thomas Hoekstra, Joe Kerkvliet y Daniel Underwood por los comentarios sobre el plenario y a Richard Periman y Carol Raish por revisar esta versión.

NOTAS

1. En ciertas publicaciones de las ciencias físicas, que se afanan por una definición, tan objetiva como sea posible, se considera que la complejidad de un sistema puede ser la longitud de una descripción de sus regularidades (Gell-Mann 1992, 1994). Esto es compatible con la definición que aquí se emplea. Una sociedad con menos partes, partes menos diferenciadas y menos sistemas integrados o más simples, desde luego se puede describir de forma más sucinta que una sociedad más compleja (Tainter 1995b).

2. El colapso es una rápida transformación a un menor grado de complejidad, que generalmente implica un menor consumo de energía (Tainter 1988).

3. Esto es parte del proceso responsable de los actuales movimientos separatistas en los EE.UU.

4. [No señalada en el texto]. No he considerado las denominadas alternativas “verdes” en este análisis. Hay dos razones por las que éstas parecen poco prácticas en el corto plazo. En primer lugar, las economías industriales están estrechamente ligadas a la producción de sistemas y a los recursos básicos, incluyendo la energía convencional. (Hall et al. 1992; Watt 1992). Los costes principales de esta gigantesca conversión industrial podrían ser muy altos. En segundo lugar, la experiencia desde 1973 indica que las meras proyecciones abstractas sobre suministros a largo plazo de energía u otros recursos no harán cambiar sus patrones de consumo a la mayoría de los miembros de las sociedades industriales. Sólo cambiarán cuando los precios de la energía y de los bienes y servicios que de ella dependen aumenten de forma acusada durante un largo periodo de tiempo. Convencer a la gente de que el mundo al que ha estado acostumbrada ha cambiado de forma irrevocable, supone esfuerzos prolongados. Las penalidades menores o episódicas lo único que permiten es que los líderes exploten el descontento popular para su provecho personal. El crecimiento económico se ha mitificado como parte de nuestra ideología, lo que hace particularmente difícil discutirlo objetivamente en el ámbito público (Giarini y Louberge 1978).

5. El carbón no fue, desde luego, el único elemento que promovió la industrialización. Otros factores fueron los suministros menguantes de combustible de madera (Wilkinson 1973), los cambios en el uso de la tierra y la disponibilidad de los trabajadores que se podían emplear en la fabricación.

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[i] Adaptación de la traducción a cargo de Pedro Prieto de “Complexity, Problem Solving, and Sustainable Societies”, Getting Down to Earth, Island Press (1996). Nota de Naturaleza Indómita.

[ii] “Foragers” en el original. N. de N.I.

[iii] Principio filosófico debido a William de Occam que dice que la mejor teoría es la que usa el menor número de elementos a la hora de explicar un fenómeno. N. de N.I.

[iv] Existe traducción al castellano: Las condiciones del desarrollo en la agricultura: la economía del cambio agrario bajo la presión demográfica, Tecnos, 1967. N. de N.I.

[v] Existe traducción al castellano: La crisis alimentaria de la prehistoria: la superpoblación y los orígenes de la agricultura, Alianza, 1993. N. de N.I.

[vi] Existe traducción al castellano: El quark y el jaguar: aventuras en lo simple y lo complejo, Tusquets, 2007. N. de N.I.

[vii] Existe traducción al castellano: Los límites del crecimiento: informe al Club de Roma sobre el predicamento de la humanidad, Fondo de Cultura Económica, 1985. N. de N.I.

[viii] Existe traducción al castellano: Auge y Decadencia de las Naciones, Ariel, 1986. N. de N.I.

[ix] Existe traducción al castellano: La revolución militar: innovación militar y apogeo de Occidente, 1500-1800, Alianza, 2002. N. de N.I.

[x] Existe traducción al castellano: Hacia una ciencia de la ciencia, Ariel, 1983. N. de N.I.

[xi] Existe traducción al castellano: La ciencia de la cultura: un estudio sobre el hombre y la civilización, Paidós, 1982. N. de N.I.