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Confusión Profunda en "Lugares Íntimos"

CONFUSIÓN PROFUNDA EN LUGARES ÍNTIMOS. Algunos comentarios sobre el artículo “Lugares Íntimos”.

Por A. Q.

 

Efectivamente, este artículo trata algunos temas enormemente importantes para aquellos que consideramos la autonomía de la Naturaleza salvaje nuestro valor fundamental y deseamos hacer lo posible por defenderla. Algunos ejemplos de ello serían: la influencia de la educación/el aprendizaje en los valores morales del individuo, la influencia de las ideologías progresistas en el desarrollo de los factores materiales de la sociedad industrial moderna, la importancia de la ciencia y la racionalidad en la defensa de la Naturaleza salvaje, si existen o no los ecosistemas salvajes allá donde habiten seres humanos y la confusión entre modificar el entorno y gestionarlo. Sin embargo, las conclusiones a las que llega Revington (o quien quiera que escribiera este artículo) difícilmente podrían ser más erróneas y confusas en la mayoría de estos casos. Si este artículo puede tomarse como muestra de los valores y motivaciones de aquellos individuos encuadrados dentro de la “Ecología Profunda” actual, y teniendo en cuenta que para muchos, dentro del ecologismo, ésta es la corriente ideológica que promueve unos cambios más radicales a favor de la Naturaleza salvaje, estamos apañados. Veamos algunos motivos de por qué:

Para empezar, el artículo se basa en un enfoque idealista (no materialista) de la realidad. Parece suponer que son las ideas, el pensamiento… lo que genera las circunstancias materiales bajo las cuales viven los individuos. La conclusión a la que algunos llegamos analizando la realidad es justo la contraria: que son las condiciones materiales las que, a largo plazo y gran escala, determinan qué valores o ideas pueden extenderse y cuales no.

Parece ser que para Revington la raíz de los problemas que sufre actualmente el mundo natural está en la cultura como expresión de las ideas y el pensamiento humanos (a pesar de su propia definición de cultura) y no en el sistema tecnológico industrial como ente físico. Si no es así (y yo me temo que sí que es así), debería al menos haberse expresado más claramente. No parece tener en cuenta que dicho sistema tecnológico posee unas pautas de funcionamiento autónomas, es decir, independientes de los intereses humanos. Ni que, precisamente por dichas pautas de funcionamiento autónomas, ciertas ideas (algunas de las cuales muy bien señaladas por Revington en su artículo), se han extendido y popularizado entre la población de la sociedad tecnoindustrial. Cualquier sistema social genera una ideología que lo justifique y que favorezca su estabilidad; y la sociedad actual no es precisamente una excepción. Pero, de ahí a considerar que son las ideas las que generan las circunstancias materiales, hay una inversión de causas y efectos que no debería llevarse a cabo si se tienen en cuenta las grandes escalas de tiempo y espacio.

Veámoslo más claro con un ejemplo: El autor de Lugares Íntimos (L.I.) afirma que “si permitimos que nuestras atareadas vidas nos dicten la cantidad de tiempo que podemos pasar en lugares naturales, entonces entablaremos apresurados monólogos en lugar de buenas conversaciones”. De esta frase se desprende la idea de que “todo está en la mente”, es decir, que si nos mentalizamos, podemos dedicar a la Naturaleza el tiempo que queramos a pesar de vivir dentro de la sociedad tecnoindustrial. Nada más lejos de la realidad: esta sociedad obliga al individuo de mil maneras a dedicar buena parte de su tiempo a colaborar con ella (por ejemplo, por medio de un empleo) y, además, hoy en día muchas de las necesidades y tendencias innatas del individuo pueden satisfacerse o desarrollarse más eficazmente (aunque no sea la forma verdaderamente adecuada) en los entornos artificiales creados por la sociedad tecnoindustrial que en los espacios naturales que aún quedan (debido principalmente a que estos últimos son escasos y su uso está cada vez más restringido). Por lo tanto, en la práctica la mayoría de los individuos tienden a pasar la mayor parte de su tiempo en lugares muy humanizados, tengan o no unos valores de respeto hacia la Naturaleza salvaje. Esta paradójica realidad no depende de la voluntad del individuo, sino que viene marcada por las circunstancias materiales que rodean a éste y por su propia biología.

Quizá debido a este enfoque idealista, el autor de L.I. parece creer que toda o la mayoría de la población de la sociedad tecnoindustrial actual puede cambiar su valoración de la Naturaleza salvaje por medio de técnicas psicológicas, propagandísticas y legislativas (lo que en el artículo se llama “educación ambiental”). Aquí habría otro error: olvidar que las bases del comportamiento humano (y con ello de los valores morales) son innatas, no culturales. Los individuos poseemos unas tendencias y capacidades innatas creadas por la evolución por selección natural, es decir, una naturaleza. De modo que, las técnicas psicológicas, por muy sofisticadas que sean, no pueden transformar el comportamiento del individuo de forma duradera y eficaz más allá de ciertos límites marcados por nuestra naturaleza.

Aquellos individuos que, a lo largo de sus vidas, nunca han tendido a valorar la Naturaleza salvaje y todo lo que ella conlleva (autonomía individual, esfuerzo, dureza, agresividad…) difícilmente van a cambiar su valoración por verse sometidos a algún programa de “lavado de cerebro ambiental”. Puede que, por medio de algún tipo de coerción (física y/o psicológica), buena parte de los individuos de una sociedad manifestasen públicamente una “valoración positiva de la Naturaleza salvaje” y tratasen de comportarse de acuerdo a lo que la sociedad reclamase de ellos por una mera cuestión de conveniencia. Pero, sea como sea, eso distaría mucho de ser una valoración positiva sincera de la Naturaleza salvaje. No habría una verdadera devoción por la Naturaleza salvaje (por no hablar de la libertad de que gozarían los individuos en una sociedad que tuviera que obligarles a “valorar la Naturaleza salvaje”). Por lo que sería necesario un aparato coercitivo muy potente para lograr que dicha sociedad se perpetuase en el tiempo. En otras palabras: sería necesario mantener la mayor parte de lo que más daño a causado a la Naturaleza salvaje: el sistema tecnológico industrial.

Incluso, ciñéndonos a las primeras etapas de la vida (infancia y adolescencia), momentos en los que, a priori, el individuo está más abierto de forma innata a realizar cambios en su conducta, el alcance de las técnicas educacionales y propagandísticas sigue siendo limitado. Revington (apoyándose en los estudios de otros a los que cita) parece haber encontrado una conexión entre las experiencias en la Naturaleza durante la infancia y las actitudes ecologistas, pero olvida un principio científico a la hora de probar algo: relación no implica necesariamente causalidad. Seguramente el lector conocerá no pocos casos en los que, habiendo tenido un individuo relación directa con la Naturaleza durante su infancia (excursiones, acampadas, talleres en el campo o en el monte…) no ha desarrollado después unos valores de respeto hacia lo salvaje, ni tan siquiera hacia el mundo rural. Además, de esa supuesta conexión podría extraerse la conclusión contraria: los individuos con actitudes ecologistas podrían tener esa tendencia de forma innata y, por tanto, es normal que den muestras de ello desde la infancia. Pero la causalidad no estaría probada en ninguno de los casos. Por lo tanto, basándose sólo en esa supuesta relación entre las experiencias de la infancia y las actitudes ecologistas, Revington no debería extraer la precipitada conclusión de que la educación es clave para desarrollar unos valores de respeto hacia el mundo natural y salvaje. Quizá ni siquiera tenga mucha importancia.

La cita de Lovelock es otro ejemplo de este “olvido” acerca de la biología humana. Puede que unos humanos criados de forma separada a los miembros del sexo contrario tuviesen alguna dificultad más para relacionarse entre ellos llegados a la edad adulta, pero si Lovelock hubiese tenido más en cuenta que las bases de la comunicación y la sexualidad humanas son innatas, no hubiese puesto tal ejemplo ni pensaría del mismo modo acerca de los valores de respeto hacia la Naturaleza (que éstos pueden “aprenderse” durante la infancia). Si menospreciar la influencia de la biología humana en sus ideas fuese algo puntual, los errores a este respecto de Lovelock y Revington no pasarían de lo meramente anecdótico. Pero, desgraciadamente, por lo que yo he visto hasta ahora, esto es una constante dentro del ecologismo (al menos del europeo).

Por cierto que, la última frase de la cita de Lovelock y unas cuantas afirmaciones de Revington en su artículo llevan implícitas la idea de que los humanos primitivos, por el mero hecho de vivir en un contacto más directo con la Naturaleza, poseían una mayor conciencia ecológica que los humanos civilizados, lo cual es, al menos en algunos casos, más que cuestionable en base a la información etnográfica y arqueológica disponible. (Espero que en el futuro se trate en mayor profundidad el mito del “ecologista concienciado primitivo” y, más en general, la idealización de las sociedades primitivas en otros textos en esta página).

Otro punto digno de mención de este artículo es el rechazo que el autor de L.I. parece experimentar por la ciencia y la racionalidad, algo habitual dentro del hippismo contracultural. He argumentado antes que Revington había dejado a un lado una regla científica (relación no implica necesariamente causalidad) a la hora de extraer conclusiones, y que no parece tener muy en cuenta ni el materialismo ni la biología humana en sus argumentaciones. Y llega a afirmar, justo en la última frase, que la ciencia es “reduccionista” porque desprecia la “sensación mágica”. Puede que las interpretaciones científicas de la realidad no siempre se ajusten a ésta totalmente (entre otras cosas porque el conocimiento siempre tiene unos límites), pero algunos, como yo, estamos convencidos de que la ciencia (la oficial, no las pseudociencias esotéricas, “ocultas”, etc.) es el medio más eficaz (el más ajustado a la realidad y fiable) del que disponemos para comprender el funcionamiento de la sociedad tecnoindustrial y desarrollar un movimiento contrario a la misma. Del mismo modo que estoy convencido de que no podemos aspirar a comprender la realidad y combatir eficazmente un sistema social tan complejo como el tecnoindustrial por medio de la magia y los espíritus (por mucho que las sociedades primitivas utilizasen dichos medios para tratar de comprender la realidad). El rechazo hippy-contracultural de la ciencia y la racionalidad está más motivado con su necesidad de rechazar la cultura establecida (algunas de las aplicaciones científicas son un elemento clave en el desarrollo de la sociedad moderna) que con una verdadera base argumentativa racional.

Otro aspecto importante relacionado con lo anterior es la forma de expresarse públicamente. Puede que el autor de L.I. simplemente esté usando metáforas, poesía y otros recursos estilísticos, pero algunas de sus expresiones son pura metafísica, más propias de un chiflado que de una persona cuerda: “dialogar con la Naturaleza”, “entrar en contacto con su espíritu”, “hacer el amor con un lugar”. Quizá el autor de L.I. sea consciente de que dichas expresiones son metáforas y no se las crea a pies juntillas, pero no parece ser consciente de que en no pocas ocasiones no ocurre lo mismo con el lector u oyente: a veces éste cree literalmente en dichas expresiones y se siente identificado con las palabras de quienes así se expresan. Por ello, Revington y todos aquellos que pretendan hacer algo eficaz en favor de la Naturaleza salvaje deberían pensar, antes de intervenir públicamente, qué tipo de personas quieren atraer con su discurso y a cuáles distanciar. Revington, con su rechazo de la ciencia y la racionalidad, su apego por la magia y sus expresiones metafóricas no va a atraer precisamente a individuos racionales y serios… sino a hippies, izquierdistas, chiflados y otras gentes que un movimiento contrario a la sociedad tecnoindustrial debería mantener lejos de sí.

Uno de los puntos clave de este artículo es el debate acerca de si existen o no los ecosistemas salvajes allá donde habiten seres humanos y la confusión entre modificar y gestionar el entorno. El autor de L.I., parece que tratando de defender la importancia de lo salvaje, afirma que las culturas primitivas ya gestionaban los ecosistemas que habitaban. Esta afirmación es a veces utilizada por quienes defienden el desarrollo tecnológico para argumentar que, dado que todas las sociedades humanas gestionan su entorno, no tiene nada de malo que la moderna civilización industrial lo haga. Por tanto, sería importante analizar si la afirmación de Revington es cierta y, por otro lado, si la aparente lógica utilizada para justificar el desarrollo tecnológico lo es realmente.

Es bastante evidente que las modificaciones que la sociedad tecnoindustrial ha generado en los ecosistemas tienen una escala y una intensidad muy superior a las modificaciones que podían realizar no ya sólo las culturas primitivas, sino cualquier civilización preindustrial. Pero, además, con respecto a las sociedades primitivas y especialmente a las culturas de cazadores-recolectores nómadas, la diferencia no es sólo de grado, sino de cualidad. ¿Puede hablarse de “gestión del entorno” cuando no hay ni voluntariedad ni planificación a gran escala? Ser un elemento constituyente de un ecosistema (aunque sea influyente e importante) no es lo mismo que gestionar amplios territorios desde el exterior. Por ejemplo, sabemos que los grandes herbívoros africanos son en buena medida responsables del aspecto de la sabana africana, ya que con sus actividades desbrozan y abren claros en el ecosistema, impiden el crecimiento de los retoños…etc. ¿Se le ocurriría a alguien con dos dedos de frente decir que los grandes herbívoros africanos gestionan su entorno? Seguramente no a muchos, porque nos damos cuenta de que tener un impacto en un ecosistema (aunque sea notable) no es lo mismo que una planificación voluntaria a gran escala (trascendiendo multitud de limites ecológicos a los que otras especies están sujetas), tal y como puede hacerlo un moderno servicio forestal estatal. ¿A cuál de estas dos cosas se parecen más las modificaciones del entorno que generan las culturas primitivas? Puede que haya dudas sobre si los humanos primitivos actuaban exactamente, en la práctica, de forma similar a la de otros animales, como los grandes herbívoros africanos del ejemplo. Pero lo que está claro es que hay que tener muy poco juicio o motivos ideológicos (justificar la gestión de los ecosistemas por parte de la sociedad tecnoindustrial) para llamar por el mismo nombre (“gestión”) a lo que podían hacer con su entorno las culturas primitivas y a las tremendas y continuas (y planificadas en muchos casos) modificaciones en buena parte de los ecosistemas del planeta Tierra por parte de la civilización industrial moderna. Y esto es así por mucho que algunos aborígenes se hayan vuelto “académicos” y digan que sus antepasados ya gestionaban los ecosistemas… la estupidez no es solamente cosa del hombre blanco.

Más importante aún, independientemente de si existe o no algún modo de vida humano que pueda estar plenamente integrado en los ecosistemas salvajes, de todas las culturas humanas existentes, los modos de vida cazadores-recolectores nómadas son aquellos que, por su sencillez y pequeño tamaño, menor impacto sobre los ecosistemas salvajes pueden llegar a tener y más acordes con la naturaleza humana pueden llegar a ser. Y, de hecho, habitualmente así ha sido. Es precisamente por esto que algunos tomamos dichos modos de vida, y no otros, como ideal social de referencia.

En conclusión, un movimiento contrario a la sociedad tecnoindustrial que pretenda ser realmente eficaz debería ser materialista, científico, racional y mantener alejados de sus ideas y actividades no sólo el progresismo, sino también el humanismo, el izquierdismo y el hippismo. Revington en este artículo no es en la mayoría de las ocasiones materialista, ni científico, ni racional y sus ideas parecen estar notablemente influenciadas por algunos valores humanistas de la civilización, especialmente por la llamada “contracultura”. No he leído todo lo dicho por los defensores de la “Ecología Profunda” y, ciertamente, comparto más valores con esta corriente que con la mayoría del ecologismo europeo (al menos es una corriente ecocéntrica, no como la mayoría del ecologismo europeo), sin embargo, en base a lo que he visto hasta ahora (los principios enumerados por Arne Naess, un artículo de George Sessions, éste de Revington y un artículo que resultó estar centrado en la autoayuda) yo diría que lo más profundo de la “Ecología Profunda” no es su ecología, sino su confusión.

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Nat Ind,
12 may. 2017 2:59