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Entrar en conflicto

PRESENTACIÓN DE “ENTRAR EN CONFLICTO”

No es raro oír o leer que la guerra no existía entre los pueblos primitivos; que la guerra no existía entre los cazadores-recolectores; que los conflictos bélicos constituyen actividades exclusivas de las sociedades civilizadas o modernas; que la guerra primitiva era poco más que un juego que no merece ser llamado “guerra”; etc. El autor del texto que se presenta a continuación, S. A. LeBlanc, trata de desmontar todos estos mitos, que el incluye en su libro bajo la denominación general del “mito del buen salvaje pacífico”, con numerosos datos extraídos del registro arqueológico, histórico y etnográfico. Y es en este sentido, como fuente de datos empíricos, donde radica principalmente el interés de dicho texto.

Aparte de esto, también es interesante el modo en que el autor utiliza la noción darwinista de evolución por selección natural para argumentar sus ideas acerca de la guerra en sociedades primitivas. El autor aplica la idea de selección natural a la interacción entre grupos sociales humanos, con resultados que, como mínimo, dan mucho que pensar acerca de las teorías sociales basadas en la naturalidad, superioridad, conveniencia y/o mayor eficacia de cosas como la gestión racional de los recursos y del comportamiento, la cooperación, la conciencia ecológica, el pacifismo, etc. Hasta qué punto son realmente válidos estos argumentos del autor basados en la selección natural es algo de lo que se podría discutir largo y tendido (y ello es en sí mismo un buen motivo para incluir su texto en esta página), pero es evidente que al menos ponen en evidencia las ideas ingenuas acerca de la naturaleza humana, de la evolución de las sociedades y de los factores que la dirigen o la deberían dirigir.

Otro punto a favor de este texto es la utilización que el autor hace de algunas nociones procedentes de la ecología o biología de ecosistemas, como la capacidad de carga. Muchos antropólogos, historiadores y arqueólogos olvidan demasiado a menudo que los seres humanos son una especie animal más que necesita consumir unos recursos extrayéndolos de su entorno y que ello condiciona el modo y el grado en que los grupos humanos se desarrollan.

Como contrapartida, hay que señalar que parte de lo que el autor considera y presenta como evidencias indiscutibles no lo son tanto (como el propio autor reconoce, a pesar de usar el término “prueba” -“evidence”, en el original- para referirse a ellas). Algunos de los indicios que el autor presenta son sólo eso, indicios más o menos probables de que hubo guerra en esas sociedades, pero no pruebas concluyentes y seguras de que la hubiese. Dichos indicios podrían servir para reforzar en su postura a quien realmente ya creía que hubo guerra en las sociedades a que se refiere el texto, o incluso a quien tiene ciertas dudas pero está inclinado a creerlo. Pero no sirven para desmontar las afirmaciones de quienes creen que no había guerra en esas sociedades, ni para convencer a los escépticos recalcitrantes que no creen más que lo que quede empíricamente demostrado más allá de toda duda.

Asimismo, el autor junta en el mismo artículo datos procedentes de sociedades cazadoras-recolectoras nómadas, de sociedades agricultoras no civilizadas, de civilizaciones prehistóricas, de sociedades civilizadas históricas e incluso de sociedades industriales. Esto es algo que puede ser aprovechado por aquellos que no quieren reconocer que la guerra es tan antigua como la humanidad para acusar al autor de falta de rigor o para inhabilitar gran parte de sus argumentos (éstos se basan en datos de sociedades civilizadas, o demasiado desarrolladas, por lo que algunos podrían seguir defendiendo que en sociedades humanas menos desarrolladas y complejas, como las cazadoras-recolectoras nómadas, no había guerra), aunque no todos (hay en el texto incluso algunos datos procedentes de sociedades cazadoras-recolectoras nómadas). Aunque a este tipo de gente no suele haber nada que la baje de su cómodo “burro primitivista”, ni siquiera los datos empíricos.


ENTRAR EN CONFLICTO

Por Steven A. LeBlanc[i]

El valle del Mimbres, situado en el extremo sudoeste de Nuevo México, es un lugar de fértiles campos regados por el pequeño y claro río Mimbres, que fluye desde las montañas del norte. El pueblo mimbres prosperó alrededor del año 1000 d.C., época en que había más de una docena de aldeas y muchos pequeños asentamientos situados a lo largo de todo el valle. Al pueblo mimbres se le conoce por su peculiarísima cerámica, unos espectaculares cuencos pintados en blanco y negro. Típicamente adornados con intrincados diseños geométricos o con pinturas acerca de la vida diaria, eran usados como recipientes para servir la comida y solían enterrarlos junto a los muertos. Los mimbres enterraban a sus muertos cerca de sus hogares natales, normalmente bajo el propio suelo sobre el que habitaban.

A principios de los años 70, durante la primera de la media docena de campañas que llevamos a cabo en el Mimbres, nuestro sitio de excavación tenía su sede en la vieja casa de un rancho situada justo sobre el río, directamente al lado de una aldea muy grande que había sido poblada durante un largo periodo hace unos mil años. Mi equipo estaba empezando a excavar en el lugar de la gran aldea, pero aún estábamos explorando los alrededores. Varios miembros se percataron de que directamente al otro lado del río había una empinada colina con una pequeña área ligeramente plana en la cima. Por mera curiosidad, un día, algunos miembros del equipo subieron a la colina y al volver nos informaron de que albergaba los restos de aproximadamente quince casas. La superficie estaba cubierta de fragmentos de cerámica que indicaban que algunos de los primeros agricultores que vivieron en el valle debían haberse asentado allí (alrededor del año 200 de nuestra era).

Ya se conocían asentamientos en cimas de colinas en otras partes del Sudoeste[ii], pero nos resultaban inexplicables. ¿Los primeros agricultores viviendo en la cima de altos cerros aislados? ¿Por qué vivían en la cumbre cuando podían haberse asentado en la parte baja de la ladera, donde nosotros habíamos instalado nuestro campamento? Nosotros estábamos más cerca del agua y de los campos de cultivo, y nuestra localización evitaba la empinada ascensión que habría que realizar para abastecerse de comida, leña, agua y todo lo demás que esta comunidad de quizá entre treinta y cuarenta personas habría necesitado.

Los arqueólogos se habían estado devanando los sesos durante años con estas preguntas sobre los “asentamientos en cimas”, y mi equipo consideró la cuestión mientras seguíamos excavando. En el transcurso del mes, hicimos un descubrimiento fascinante: prácticamente todos los asentamientos de este mismo periodo en el valle del Mimbres estaban situados sobre promontorios. Tras haber descubierto otro asentamiento situado encima de una colina a unos setecientos pies[iii] sobre la ribera del río, el ranchero propietario del terreno en que estábamos excavando mencionó que los rayos solían caer en esa colina. Caían tan a menudo, dijo, que de hecho todos los años perdía una vaca por culpa de los rayos en ese promontorio en particular.

Esta información nos dejó perplejos. Aquellos asentamientos mimbres en lo alto de colinas no sólo eran poco prácticos sino también peligrosos en esta tierra de tormentas veraniegas diarias. Tras saber esto, comencé a sospechar que el pueblo mimbres construyó estos asentamientos en las cimas de las colinas porque se vio obligado a ello. La posibilidad de una guerra prehistórica estaba justo delante de mis ojos. Las colinas debieron haber brindado a sus comunidades posiciones defensivas estratégicas.1 Sospechar que las aldeas de las cimas eran fortificaciones es una cosa, tener pruebas fehacientes de guerra, otra muy distinta. Como casi siempre en arqueología, necesitaba situar este descubrimiento dentro de un contexto más amplio.

Comencé a estudiar los trabajos de otros arqueólogos y descubrí que ellos también habían encontrado un buen número de pruebas de guerra, a pesar de que no siempre lo reconocían. Los asentamientos mimbres sobre cimas de colinas no eran los únicos. Estos asentamientos agrícolas tempranos pertenecientes al periodo que va desde el 1000 a.C. hasta los primeros dos siglos de nuestra era aparecen por todo el Sudoeste. Muchos de ellos son claramente defensivos, tanto por su localización como por la presencia de de muros defensivos de poca altura. Los arqueólogos también encuentran pruebas de guerra prehistórica en esta región en forma de masacres, cabelleras arrancadas y caza de cabezas como trofeos. Este tipo de pruebas se prolonga a lo largo de un periodo de mil años; incluso en una gran área del Sudoeste, que data del siglo IX de nuestra era, casi cualquier yacimiento excavado había sido incendiado; otro indicador de la existencia de conflictos intergrupales en épocas tempranas.

El Sudoeste prehistórico, durante mucho tiempo considerado el hogar de los “pacíficos indios pueblo”, se había visto turbado por la guerra. Nuestros asentamientos mimbres en cimas de colinas eran sólo un ejemplo más de ello, aun cuando mostraban sólo unos pocos de los rasgos distintivos de la guerra. Comencé a pensar que si el Sudoeste no había sido pacífico había pocas razones para creer que cualquier otro lugar de la Tierra también lo hubiese sido durante mucho tiempo. La totalidad de la idea de un pasado pacífico fue puesta en cuestión.

Hasta ahora he usado el término guerra en un sentido amplio, pero antes de continuar este viaje a través de los seis millones de años de historia humana, debería aclarar a qué me refiero cuando digo “guerra”. El conflicto entre animales, especialmente entre los chimpancés, tiene las características distintivas de lo que yo considero que es la guerra. A su vez, no todo conflicto humano es necesariamente guerra. La palabra induce a imaginar conflictos que impliquen ejércitos con grandes batallas campales y soldados profesionales, sin embargo, las peleas, las emboscadas y las incursiones también son importantes. Muchos estudiosos definen la guerra de tal modo que se refiera a algo que sólo las sociedades complejas que emplean utensilios de metal puedan llevar a cabo. Cualquier otra cosa –por ejemplo, un ataque que otro de vez en cuando- no es auténtica guerra, según ellos, sino más bien algo similar a un juego que no merece darle mucha importancia. Este tipo de enfoque o actitud, sin embargo, confunde los métodos de la guerra con sus resultados.

Creo que es más útil enfocar el tema de la guerra con preguntas como, “¿conduce el conflicto entre unidades políticas independientes a una cantidad considerable de muertes y de territorio perdido o tiene como consecuencia que parte del territorio quede sin uso porque es demasiado peligroso vivir allí? ¿Invierte esa gente una gran cantidad de tiempo y energía en defenderse?”. Las respuestas a estas preguntas revelan un concepto de la guerra muy diferente. Si una lucha tiene como resultado impactos significativos en la gente, es guerra independientemente de cómo sea llevada a cabo. Entenderlo de otro modo es o bien edulcorar o bien malinterpretar el pasado. Resulta difícil creer que el mundo fuese pacífico hasta que alguien en China o Mesopotamia forjó la primera espada de bronce. Realizar emboscadas contra las aldeas vecinas y matar a unos pocos hombres y mujeres con lanzas y cuchillos provistos de filos de piedra es una guerra seria, especialmente si se lleva a cabo de forma regular. Se conocen casos de este tipo de emboscadas en todo el mundo y debió haber sido la forma de conflicto más común en el pasado; así que debería prestársele atención.

No toda forma de conflicto es guerra, y es útil hacer unas pocas distinciones válidas acerca del conflicto. Por ejemplo, el homicidio y las peleas no son guerra. Matarse unas personas a otras, un comportamiento no aprobado por la sociedad en su conjunto, no es guerra, aunque hay que admitir que los límites pueden ser borrosos.2 La frecuencia de los combates y el número de personas asesinadas en cada ocasión deben ser tenidos en cuenta a la vez –por separado no son significativos a la hora de decidir si hubo guerra o no. En algunas sociedades, como las de las tierras altas de Nueva Guinea o los yanomamo de Venezuela, la guerra era extremadamente frecuente, y llevaban a cabo incursiones, emboscadas o batallas todos los años, o incluso mensualmente. A menudo estos conflictos provocaban sólo una o dos muertes en cada incidente. Si se hace recuento de las cifras a lo largo del intervalo de vida de una persona, se ve que muchos de los varones adultos morían luchando. El total de los sucesos relacionados con la guerra, incluidos los intentos de defenderse, refleja la intensidad de la guerra.

La idea de que existen algunos “pueblos feroces” que son más propensos a hacer la guerra y que son de algún modo diferentes del resto de los pueblos de la Tierra se halla muy extendida. Los comanche del sur de las Praderas y los yanomamo han sido descritos como especialmente agresivos y combativos. Otros, incluidos los aborígenes australianos o los bosquimanos del sur de África, han sido considerados más pasivos. Estas nociones forman parte de mitos preconcebidos acerca del conflicto humano y no están basadas en hechos reales.


Fig. 1. La distribución de los idiomas indígenas de California indica que se produjeron repetidas conquistas por parte de pueblos que hablaban idiomas no emparentados entre sí, un patrón que ha sido descubierto en muchas otras zonas del mundo. Inicialmente gran parte del estado estaba ocupado por pueblos que hablaban lengua yukianas que fueron disgregados por la incursión de pueblos hablantes de idiomas hokanos, quienes a su vez acabaron siendo eliminados en muchas zonas por los hablantes de lenguas penutianas, y más tarde por los hablantes de lenguas uto-aztecas.

Una cosa es definir la guerra y otra descubrirla. No es fácil ver pruebas de guerra en el pasado por diversos motivos. En El Morro[iv], la evidencia arqueológica de guerra era clara e inconfundible, con las fortificaciones masivas como ejemplos más obvios. La arqueología no siempre es tan inequívoca. Al tratar de descifrar nuestro pasado, los antropólogos y los arqueólogos se enfrentan al reto de tener que juntar pruebas fragmentarias procedentes de diversas fuentes y, como sucede con cualquier rompecabezas, el proceso puede ser lento y tedioso. Hasta hace muy poco, muchos antropólogos y arqueólogos preferían no buscar pruebas de guerra o las ignoraban si las encontraban.

Muchas de las pruebas disponibles fueron recogidas e interpretadas por estudiosos que a menudo estaban inclinados a no reconocer la guerra o sus consecuencias. Por consiguiente, descubrir la guerra en el pasado es más difícil de lo que a primera vista podría parecer. Por ejemplo, un castillo es fácil de reconocer como un objeto de guerra, al igual que una espada o un escudo. Pero un arco puede ser usado para cazar y para luchar. Cuando se recopila información sobre gente del pasado, y cuando buscamos pruebas de guerra, el verdadero problema es saber qué buscar.

Uno de los indicadores más obvios de guerra en el registro arqueológico es la llamada “evidencia directa de violencia” que aparece en los esqueletos. Ésta incluye puntas de flecha o de lanza incrustadas en los huesos o cráneos con fracturas graves provocadas por “instrumentos sin filo”. Tales evidencias se remontan muy atrás en el tiempo. El yacimiento de la cueva de Shanidar, en el actual Irak, aportó varios esqueletos de neandertales de entre cuarenta y cincuenta mil años de antigüedad. De entre ellos, uno tenía un filo de piedra insertado entre dos costillas y otro mostraba evidencias de golpes en la cabeza. Estos hallazgos probablemente indican violencia, aunque otras explicaciones son posibles. Otra evidencia inequívoca de guerra en esta época es el esqueleto humano fosilizado llamado Skhul IX, encontrado en una cueva de Israel. En este caso, el individuo fue alanceado en una pierna y en la pelvis, como se puede ver por los daños que muestran los huesos, provocándole heridas que de seguro le causaron la muerte. Esta desafortunada persona pudo haber sufrido también otras heridas, lo que ofrece pruebas del tipo clásico de heridas de guerra que se suelen descubrir entre los cazadores-recolectores –primero inmovilizado por una flecha o una lanza y después rematado con golpes en la cabeza.

Arrancar cabelleras, tanto si se lleva a cabo con cuchillos de metal como si se realiza con utensilios de piedra, suele dejar unas marcas de corte rectas y alargadas en el cráneo. Realmente, arrancar cabelleras es sólo una forma de conseguir trofeos y la caza de cabezas como trofeos era común en el pasado. Durante la decapitación, las primeras dos vértebras solían quedar unidas a la cabeza y, por tanto, faltarían en el cuerpo. Cuando un cráneo tiene unidas las dos primeras vértebras o a los cuerpos les faltan los cráneos y las dos primeras vértebras del cuello, la respuesta probable es la decapitación deliberada. Tal fue el caso de un lote de cuarenta y ocho cabezas-trofeo de hace mil quinientos años descubiertas en el yacimiento de Cerro Carapo, en la costa de Perú. En una pequeña cueva del cañón Kimboko, cerca de Marsh Past en el norte de Arizona, una cabeza-trofeo fue enterrada hace unos dos mil años como ofrenda funeraria junto a un varón adulto, aproximadamente en la misma época a que corresponden las fortificaciones del valle del Mimbres, más al sur. Las cabezas habían sido desolladas y las pieles fueron cuidadosamente cosidas y pintadas –moldeadas de un modo tan concreto y pintadas de una forma tan similar que esta práctica debió haber sido generalizada. En las pinturas rupestres de los alrededores aparecen representadas cabezas-trofeo con un aspecto casi idéntico.3 Durante esta misma época, arrancar cabelleras fue lo bastante común en el Sudoeste como para que se tejiese un tipo especial de cesta con el fin de estirar y exponer los cueros cabelludos. Estas cestas extensoras de cabelleras se han conservado únicamente gracias a que las cuevas de esta zona son muy secas. En la mayor parte del resto del mundo una prueba arqueológica tan antigua se habría degradado y no habría sido descubierta.4

Los arqueólogos a veces recuperan huesos que muestran claramente “fracturas de parada” –roturas que indican el levantamiento de los brazos para evitar un golpe dirigido a la cabeza. Cuando un individuo está a punto de ser aporreado en la cabeza, instintivamente eleva un brazo para amortiguar o “parar” el golpe. El golpe bien puede ser lo suficientemente fuerte como para romper o fracturar el brazo aunque no como para causar la muerte. Después de que la fractura sane, el hueso aún muestra señales de la rotura. Dicha fractura pudo ser debida a un accidente, pero la frecuencia general de miembros fracturados puede ser calculada, y cuando las fracturas de parada son mucho más habituales de lo que sería de esperar si fuesen debidas a accidentes, hemos de extraer la conclusión de que son debidas a batallas. Recientemente se encontró la tumba del rey que es conocido, según las inscripciones, como el fundador del linaje gobernante del yacimiento maya de Copán y tenía precisamente esa fractura de parada. La arqueología sugería que el linaje se había fundado mediante la conquista y ahora está claro que el rey no tomó el poder pacíficamente.

No toda prueba de guerra es tan inequívoca como estos ejemplos. Asumimos que se practicaba canibalismo cuando los huesos humanos han sido tratados del mismo modo que la gente trata los huesos de los animales. En épocas pasadas, con el fin de aprovechar todo lo posible los animales, la carne era asada dejando porciones chamuscadas de hueso.

Mientras el cadáver era procesado, los huesos se rompían para extraer el tuétano, luego a veces los hervían como parte de una sopa o unas gachas. Todas estas formas de procesamiento se han hallado por todo el mundo en huesos humanos procedentes de diversos periodos de tiempo.

Algunas sociedades comen partes de sus parientes muertos. Herodoto, el famoso historiador griego, describió esta práctica en el siglo V a.C. en Escitia.5 La práctica está mejor documentada en el pueblo fore de las tierras altas de Nueva Guinea. Dicho consumo está relacionado con la preservación del espíritu y el vínculo entre los muertos y los vivos. Este comportamiento es extremadamente raro a nivel mundial. La mayoría de las veces que unos humanos se comen a otros, consumen a los enemigos que han muerto o han sido capturados en alguna batalla, bien para alimentarse o bien como un acto ritual. Esta práctica se ha confirmado a lo largo de casi todo el mundo y en Europa hasta fechas tan recientes como el siglo XVII. Ejemplos históricos de canibalismo incluyen casos modernos en España, Polonia y Bohemia y se conocen ejemplos prehistóricos en Europa, Indonesia (dayaks), Polinesia (maoríes), Melanesia (Nuevas Hébridas, Islas Salomón, Nueva Caledonia, Fiyi), África (Congo, Uganda, ovimbundu[v]), Sudamérica (cuenca amazónica), Centroamérica (aztecas, caribes) y Norteamérica (iroqueses). Parte de este comportamiento es ritual y parece ser que sólo se consumían cantidades mínimas de carne humana. Por ejemplo, entre los hurón, toda la aldea participaría en la tortura y ejecución de un prisionero, culminando en el consumo colectivo del corazón, de modo que probablemente no quedarían restos detectables por la arqueología en dichos casos.6 Cuando los arqueólogos descubren señales de canibalismo, esto es también una prueba de guerra casi con toda seguridad.

A pesar de lo significativo de tales restos “directos”, muchas de las pruebas arqueológicas de la existencia de guerra prehistórica no tienen nada que ver con cuerpos. Las fortificaciones son la señal más común y evidente de guerra en el pasado. Los asentamientos en cumbres de colinas rodeados de múltiples muros, fosos y puertas fácilmente defendibles son bastante convincentes. La cantidad de dichas fortificaciones puede ser impresionante. Existen más de mil fortificaciones de colina, llamadas pa, construidas por los maoríes en Nueva Zelanda y, en Inglaterra, el número de fortificaciones de colina de la Edad del hierro (primer milenio a.C.) es de varias veces dicha cantidad. La Gran Muralla en China y el Muro de Adriano en Inglaterra son ejemplos obvios de fortificación, aun cuando no haya registros escritos acerca de ellos. En Perú, existen también grandes muros defensivos de miles de millas de longitud, los cuales deben haber sido construidos debido a la misma necesidad defensiva. Los bastiones –partes de una fortificación que se proyectan hacia afuera- también son reveladores. Cuando los muros se hallan tachonados de torres u otras partes que sobresalen, los defensores pueden disparar a cualquiera que intente escalar la muralla. Tal arquitectura deja poco espacio para las dudas acerca de la función del muro en sí. Los ejemplos conocidos más antiguos de estas murallas se encuentran en la actual Turquía y datan del 6.000 a.C. Estos muros pueden ser enormes. Algunas murallas que rodeaban ciertas ciudades en la antigua China eran lo suficientemente anchas como para que una carroza con sus caballos pudiese desplazarse sobre ellas.

Tal y como descubrí en el Sudoeste, las aldeas o pueblos pueden ser mejor defendidos si son construidos en lo alto de colinas o sobre lugares estrechos. “Controlar las elevaciones” es un principio militar básico. En muchos casos se consideraba que la altura por sí sola ofrecía una defensa adecuada. Mucha gente por todo el mundo en lugar de construir murallas defensivas construyó sus casas unidas entre sí de modo que las paredes externas de las habitaciones conectadas ofreciesen un muro defensivo continuo. Este tipo de arquitectura defensiva se puede encontrar en el sudoeste asiático y en el sudoeste estadounidense. Los famosos pueblos de los taos, los acoma y los hopi en Arizona y Nuevo México estaban construidos en un principio precisamente de esta manera defensiva –aunque ahora que la paz impera en la región, esas comunidades se han expandido y ya no presentan una apariencia defensiva. Muchos pueblos prehistóricos llevaron estas tácticas defensivas un paso más allá. Situaron sus comunidades cerca de sus aliados. Por medio del estudio de mapas de yacimientos y del trazado de patrones de asentamiento a lo largo de periodos de tiempo, se han descubierto pruebas claras de agrupamientos de comunidades. Estos “grupos de asentamientos” a menudo están cuidadosamente colocados de modo que se puedan hacer señales desde un asentamiento a otro, presumiblemente para pedir ayuda durante un ataque.


 

Fig. 2. Estos proyectiles de honda demuestran la ampliamente extendida tendencia a no querer aceptar lo común que fue la guerra en el pasado. Se solía creer que este conjunto de proyectiles de honda hechos de yeso (A y B) encontrados en un yacimiento arqueológico de Turquía correspondiente al año 5.000 a.C. eran usados para hacer hervir el agua tras haberlos calentado. Sin embargo tienen una forma idéntica a la de los proyectiles de piedra usados en Hawai antes del contacto con los europeos (C), y a la de los proyectiles de plomo fabricados por los antiguos griegos (D) alrededor del año 500 a.C.

A menudo, cuando las comunidades están agrupadas, el territorio entre los agrupamientos se vuelve febrilmente conflictivo y, por tanto, inhabitable. Estas zonas relativamente vacías, o “tierras de nadie”, aparecen por todo el mundo en sociedades de muy diferentes tipos y son una prueba clara de conflicto. Se han reconocido zonas vacías en el valle de Oaxaca durante los últimos siglos a.C., época de la que existen otras muchas pruebas de guerra. Se encuentran dichas zonas vacías en el este de los Estados Unidos en el último periodo de la prehistoria y en el valle del Nilo antes de la formación del estado de Egipto.7 A veces, muchas de las características defensivas de las comunidades prehistóricas pueden ser deducidas sin siquiera cavar.

Cuando los arqueólogos excavan un yacimiento, a menudo encuentran pruebas de incendios. Ciertamente, en el pasado las casas a veces se quemaban por accidente, pero cuando comunidades enteras de casas de piedra difícilmente inflamables aparecen abrasadas, con todas las posesiones de la gente aún en su interior, hay que sospechar que hubo guerra.8 El incendio es un acto de guerra tan común que en la escritura mesoamericana el glifo que significaba “conquista” representaba un templo que estaba siendo destruido por el fuego. Los arqueólogos también recuperan acumulaciones de armas –mucho más numerosas de lo que jamás hubiese sido preciso para la caza- o armas que no serían útiles para cazar. En un antiguo poblado de Oriente Próximo, se excavó una larga muralla a lo largo de la aldea. Espaciados a lo largo de su cara interior, habían sido excavados en el suelo agujeros del tamaño de un cubo, y cada uno de ellos estaba lleno de cientos de proyectiles de honda. Esto no sólo es una prueba de guerra sino también de almacenamiento de armas anticipándose al ataque.9

Se encuentran los escudos y armaduras que fueron hechos exclusivamente para la guerra. Dejando aparte el metal, la variedad de materiales usados en su fabricación es ingeniosa: armaduras de placas fabricadas con segmentos de hueso cosidos como las lamas de las persianas, hechas por grupos esquimales, tanto prehistóricos como históricos, que las vestían bajo sus parkas; largas piezas de cuero envueltas alrededor del cuerpo, también en los esquimales; y armaduras tejidas con fibras vegetales resistentes en Nueva Guinea. Los escudos no sólo se hacían de cuero y metal; en el Sudoeste prehistórico se tejían escudos con aspecto de cestos de tres pies de diámetro. Cuando los estudiosos observan con atención estas armas y se preguntan por qué gente como los aborígenes australianos, que tenían tan pocas posesiones, tendrían tantas armas de guerra –lanzas especiales, bumeranes especiales, propulsores especiales y escudos y mazas que sólo usaban para la guerra- la importancia de dicho armamento se hace patente. La cantidad de esfuerzo y el grado de dedicación y habilidad invertidos en la fabricación de armaduras y otros artículos relacionados con la guerra mostrados a lo largo de todo el mundo a menudo son considerables. De hecho, esta diferencia en la “calidad de los útiles” puede ser muy reveladora. Por ejemplo, si usted fabrica una herramienta para cavar y se rompe, usted pierde algo de tiempo en el campo. En cambio, si su maza de guerra se rompe en la batalla, es posible que usted muera. En Norteamérica, entre los indios de las Praderas, los mejores y más fuertes escudos se fabricaban con piel de bisonte, pero no de cualquier bisonte. Se elegía cuidadosamente la piel que cubría la joroba de un gran bisonte macho. Luego, la piel era ahumada lentamente durante días para volverla más rígida y dura.10 Fabricar armas y armaduras de la más alta calidad podía salvar la vida del guerrero en el campo de batalla. Con frecuencia, el arqueólogo ve reflejados en la manufactura de las armas un cuidado meticuloso y una labor de calidad. Esto es una prueba clara de que dichos artículos estaban dedicados a una guerra seria y mortífera y no meramente a un combate ritual.

Una línea inesperada de pruebas de guerra es la presencia de cuerpos no enterrados o enterrados de manera inapropiada. Una de las señas de identidad de los humanos es nuestra casi universal necesidad de enterrar o tratar de alguna otra manera formal a nuestros muertos. Existen muchas formas diferentes en que los humanos nos ocupamos de nuestros muertos, pero todos hacemos algo con ellos. No abandonamos simplemente el cuerpo sobre el suelo ni lo arrojamos a una fosa, ni tratamos a nuestros muertos de forma irrespetuosa. Cuando los humanos tratan a un difunto de este modo, el cuerpo es de un enemigo o de alguien rechazado por la sociedad. Cuando los arqueólogos recuperamos los suficientes restos funerarios de una cultura prehistórica, podemos identificar la forma normal de funeral. Cuando encontramos cuerpos que se desvían de este tratamiento de forma que podríamos considerar irrespetuosa, podemos sospechar que la causa es la guerra. Cientos de cuerpos arrojados al interior de fosas, como en el yacimiento de Crow Creek en el curso alto del Missouri, o apiñados en hoyos subterráneos de almacenamiento, o abandonados en lugares en los que sus huesos fueron roídos por carnívoros o ratas, todos estos casos indican que se trata de enemigos, no de parientes –o si no, que hubo una masacre de la que nadie salió vivo para atender a los muertos de forma apropiada. De vez en cuando, las pilas de cuerpos sí muestran algún intento de tratamiento funerario. En un lugar del sudeste de Utah llamado Cueva 7, que data de la misma época que los asentamientos en cimas de colinas de los mimbres y que las cabezas trofeo de la cueva de Arizona, casi un centenar de personas fueron asesinadas en una masacre. Parece como si alguien hubiese intentado enterrar algunos de los cadáveres, pero la mayoría no fueron enterrados y algunos aún tenían insertadas en sí puntas de cuchillos y restos de otras armas.

A veces este trato irrespetuoso representa sacrificios humanos, casi seguro de prisioneros, ya que a menudo eran enterrados con las manos atadas, tal y como se hallaron en el yacimiento de Teotihuacán cerca de Ciudad de México.11 El centro de esta gran ciudad estaba dominado por varias pirámides y templos monumentales. Cerca del Templo de la Serpiente Emplumada, tuvieron lugar los sacrificios en masa de al menos doscientos muchachos, probablemente en relación con la consagración del templo. Los cadáveres fueron enterrados en fosas comunes, dentro y alrededor del perímetro del templo. En dichas fosas, muchos individuos fueron hallados con los brazos cruzados en la espalda, probablemente debido a que sus manos estaban atadas.12

El arte visual es otra fuente de pruebas de guerra. El arte rupestre, pintado y grabado en piedra, y los murales en paredes, desde las pinturas en cuevas del Paleolítico Superior hasta las bellas salas pintadas de los mayas, a menudo representan escenas de guerra, escudos y cosas similares. Algunas tradiciones alfareras, como la cerámica moche de la costa norte de Perú, muestran batallas, cabezas trofeo, prisioneros de guerra sacrificados y hombres engalanados con escudos, armas, armaduras corporales y cascos. En las fachadas de piedra de los edificios públicos de Perú y México se hallan grabadas en bajorrelieve imágenes que representan hombres muertos, decapitados y desmembrados. Dichas imágenes públicas sugieren ciertamente que la guerra era importante. Se consideraba que una de las utilidades importantes del arte era demostrar lo exitosa que había sido una sociedad en la guerra.

En la arqueología existen pocas pruebas de batallas que ocurrieran lejos de los lugares de residencia. Los restos de estos sucesos son tan escasos y tan difusos –algunas armas abandonadas y cosas similares- que casi nunca quedan lo suficientemente bien preservados como para que los arqueólogos los reconozcan. Casi todo lo que sabemos acerca de dichas batallas proviene de registros históricos y etnográficos, de modo que este aspecto de la guerra prehistórica está perdido en la actualidad, pero seguro que existió.


Fig. 3. Muchos de los primeros fósiles humanos muestran evidencias de que la carne fue separada de los huesos y despiezada. El canibalismo fue practicado a lo largo de todo el mundo y se remonta a nuestro pasado más remoto. La víctima habitual era un enemigo derrotado. Este cráneo procedente del yacimiento neandertal de Kaprina, en los Balcanes, muestra cortes hechos con un cuchillo de piedra.

Trasladándonos en la línea del tiempo humano hasta el periodo “histórico”, encontramos una variedad de información acerca de los conflictos más amplia que la que podemos extraer de la mera arqueología. Los registros históricos tempranos, a veces escritos por personas nativas que aprendieron el idioma de la cultura invasora, son de gran ayuda, ya que constituyen información recogida por los primeros exploradores. Los relatos de los antropólogos, misioneros o agentes del gobierno que aprendieron el idioma local y escribieron diarios o extensos informes contribuyen al registro. Estas últimas fuentes pueden también incluir los relatos escritos de tradiciones, leyendas, historias épicas, etc. transmitidas de forma oral. La Biblia, el Mahabharata de la India, las sagas escandinavas y la Iliada de Homero fueron, todas ellas, transmitidas oralmente y sólo más tarde capturadas en forma escrita. Todas incluyen la guerra como uno de sus temas importantes. Una historia tradicional de los hopi da una idea de tales sucesos y a la vez revela detalles y aspectos de algunos tipos de guerra, desde el uso del fuego hasta la sincronización de los ataques.

Justo cuando el cielo comenzaba a amarillear al amanecer, Ta’palo se puso en pie sobre el techo de la kiva[vi]. Ondeó su manta en el aire, y acto seguido los atacantes treparon a la cima de la meseta y comenzaron el asalto. Había muchos de ellos, tantos que llenaban la aldea de Awat’ovi… Corriendo de kiva en kiva, descubrieron que los hombres estaban dentro. Inmediatamente, retiraron las escaleras, privando así de toda oportunidad de escapar a quienes estaban en el interior. Entonces todos vinieron a Awat’ovi con corteza de enebro finamente desmenuzada y leña. Tras quitar las escaleras, prendieron la corteza… encendieron la corteza de enebro y la leña, y las arrojaron dentro de las kivas. A continuación, le pegaron fuego a las pilas de leña que había en el techo de las kivas y las tiraron por las escotillas. Luego dispararon sus flechas contra los hombres que estaban abajo… entonces los atacantes irrumpieron en todas las casas. En cuanto se topaban con un hombre, no importaba si era joven o viejo, lo mataban. A algunos simplemente los agarraron y los tiraron dentro de una kiva. No pasaron por alto ni un solo hombre o muchacho.

Manojos de guindillas secas colgaban de las paredes… los atacantes las pulverizaron… y esparcieron el polvo dentro de las kivas, justo encima de las llamas. Entonces cerraron todas las escotillas de las kivas. A consecuencia de ello, el humo no podía escapar. El polvo de guindilla se incendió y, mezclado con el humo, picaba insoportablemente. Hubo llantos, gritos y toses. Después de un rato las vigas del techo se incendiaron. Mientras ardían comenzaron a ceder, una tras otra. Finalmente, los gritos cesaron y todo quedó en calma. Al final, los techos se desplomaron sobre los muertos, sepultándolos. Sólo había silencio.13

Además de las tradiciones orales, existen en todo el mundo relatos etnográficos y otros registros más recientes acerca de la naturaleza e intensidad de la guerra tradicional. El tremendo impacto que la sociedad occidental y otras sociedades complejas, como China, tenían en los pueblos estudiados ya antes de la llegada de los antropólogos u otros cronistas hacen que sus registros sean problemáticos. A pesar de que muchos etnógrafos intentan describir la sociedad “tradicional” que se proponen observar, su obra en realidad relata el modo en que los ancianos de la sociedad vivían cuando eran jóvenes. Semejante investigación no describe exactamente la situación “anterior al impacto”, la cual a menudo había dejado de existir hacía ya varios siglos. Por ejemplo, los alemanes habían pacificado el archipiélago de Samoa casi cien años antes de que la joven Margaret Mead llegase allí para realizar su famoso estudio a mediados de los años veinte del siglo XX. Aunque en otro tiempo había habido mucha guerra, todo estaba en paz cuando Mead llegó, lo cual queda reflejado en su bastante idílico retrato de la vida en las islas. Relatos anteriores presentan un panorama muy diferente. Los samoanos habían luchado entre sí y con grupos de isleños vecinos durante mucho tiempo. El misionero John Williams, entre 1830 y 1832, informa de que una aldea había mantenido un registro de 197 batallas. Un día preguntó acerca de las llamas y el humo que envolvían las montañas en la lejanía y le informaron de “que se había librado una batalla esa misma mañana y que las llamas que veíamos estaban consumiendo las casas, las plantaciones y los cuerpos de las mujeres y de los niños y de la gente enferma” que habían caído en manos de los conquistadores. Samoa estaba en paz en los años 20 del siglo XX pero en guerra en los años 20 del siglo XIX.

Los diversos tipos de tácticas para hacer la guerra que los grupos sociales han usado a lo largo del tiempo son otro aspecto más del conflicto. Los ataques por sorpresa son la forma más común de guerra en las sociedades no complejas. El objetivo de un ataque por sorpresa es dañar al enemigo, sin intención de exterminarlo ni de conquistar su territorio. Infligir daño al enemigo mientras se corre el menor riesgo posible es el modus operandi en los ataques por sorpresa. El ataque al amanecer, en la cual los atacantes tienen la ventaja de tener luz pero las víctimas están aún dormidas o desprevenidas, es un comportamiento universal clásico. Ernest Burch recopiló numerosos relatos sobre historias de guerra que los ancianos esquimales del noroeste de Alaska habían oído cuando eran jóvenes: “El procedimiento más común para conseguir el objetivo táctico de [la aniquilación] era el ataque por sorpresa. Éste era llevado a cabo aproximándose a un asentamiento gateando amparados por la oscuridad… La situación ideal era que la aproximación fuese realizada mientras todos los del asentamiento estuviesen en el centro social [una casa especialmente grande]… si los atacantes hubiesen llegado demasiado tarde, cuando todos se hubiesen ido a casa [desde el centro social]… los [atacantes] habrían tenido que probar a eliminar a los habitantes de la aldea uno por uno, yendo de casa en casa y matándolos mientras dormían”.14

Incluso las modernas naciones-estado realizan ataques por sorpresa. Winston Churchill estaba enamorado del concepto de ataque por sorpresa, y los comandos de la Segunda Guerra Mundial se crearon para llevarlos a cabo. Las emboscadas son en realidad un tipo especial de ataque repentino en el que el objetivo es sorprender a uno o dos individuos, matarlos y después salir corriendo.

Las batallas campales, en las cuales grandes grupos de combatientes se sitúan y forman unos frente a otros, son menos comunes, pero todo tipo de sociedades las han llevado a cabo. Dado que muchas batallas son más peligrosas para los atacantes que las incursiones, se dan con menor frecuencia. Variando en tamaño desde cincuenta hombres en cada una de las partes hasta las batallas masivas del Somme en la Primera Guerra Mundial, las batallas campales son lo que hoy en día la mayoría de la gente concibe como guerra. Tales encuentros pueden a veces acabar en una desbandada, cuando los derrotados huyen y pierden cohesión. Bajo tales circunstancias los ejércitos grandes son aniquilados o comunidades enteras son masacradas. El objetivo de Alejandro Magno en las batallas era siempre atacar tan duramente una parte de la línea enemiga que ésta se rompiese y los soldados se dispersasen, entonces su ejército los masacraba mientras huían. Algunas masacres del pasado afectaron sólo a cincuenta o cien individuos, pero si en ellas el conjunto del grupo social era aniquilado, el suceso era más devastador que la derrota de un gran ejército.

Otro aspecto de la guerra implica hasta qué grado el conflicto está vinculado a otro tipo de interacción entre los oponentes. Muchas sociedades comercian o incluso cambian cónyuges con otros grupos durante una parte del año y les lanzan ataques durante el resto del año. Planear una masacre traicioneramente disfrazada como un festín o una celebración es un ejemplo de dichos comportamientos cambiantes y es un tema recurrente en todo el mundo. Un relato etnográfico referido al antropólogo Napoleon Chagnon en los años 60 por Kaobawa, un líder de una pequeña aldea yanomamo, revela cómo esto podía suceder. El grupo de Kaobawa, con pocos aliados y bajo la presión de sus enemigos, trató de entablar una alianza con un grupo vecino. Esta aldea formaba en realidad parte de la alianza enemiga y se aprovechó de la desesperación de Kaobawa invitando a su grupo a una supuesta fiesta. Cuando llegaron a la aldea anfitriona, “los hombres del grupo de Kaobawa danzaron por separado y en grupo y fueron invitados a entrar en los hogares de sus anfitriones. Entonces, sus anfitriones cayeron sobre ellos con hachas y palos, matando a alrededor de una docena de visitantes antes de que éstos pudiesen abrirse paso a través de la empalizada y escapar”.15

Los alemanes y los rusos estuvieron comerciando activamente con materiales útiles para la guerra justo hasta el día antes de que los nazis atacasen en la Segunda Guerra Mundial. En las tierras altas de Nueva Guinea, los ataques por sorpresa a menudo habían de ser planeados en secreto, dejando al margen a los hombres y mujeres que tenían familiares cercanos en los grupos que iban a ser atacados, ya que de lo contrario era de esperar que avisasen a las futuras víctimas. Todos los tipos de sociedad, desde los cazadores-recolectores a los estados, muestran estas relaciones duales de amistad-enemistad.

Las pruebas y las características de la guerra en el pasado aparecen juntas, de nuevo, en Tikopia, ese ejemplo particularmente apropiado de “paraíso” del Pacífico Sur. A pesar de los esfuerzos para controlar la población, incluyendo el infanticidio y “exploraciones” periódicas para reasentarse, los tikopianos ni pudieron controlar su número, ni la abundancia del mar y de la tierra fue ilimitada. En una sociedad tan pequeña, con una población total en la isla de quinientas personas, no sería de esperar que una presión grave sobre los recursos acabase en guerra. Si alguna vez hubo un lugar en que la gente podría haber preferido morir de hambre cuando las demás vías de acción estuviesen agotadas, sería una pequeña isla en medio de ninguna parte. Sin embargo, hubo guerra en el paraíso. En un momento dado, Tikopia tuvo tres entidades políticas. A mediados del siglo XVIII, el grupo que vivía en el área menos productiva de la isla prácticamente exterminó a las otras dos entidades políticas o les obligó a huir. Sabemos por los registros históricos que al menos otro importante episodio bélico había tenido lugar un par de siglos antes. Cuando Tikopia no tenía un solo gobierno político, se producía una violenta y devastadora guerra al menos cada pocos siglos.16

Una vez hube descubierto que las pruebas de guerra en el pasado pueden encontrarse en cualquier parte del mundo en que se haya realizado una investigación arqueológica razonablemente buena –y que lo mismo indican los registros histórico y etnográfico- quedaba claro que la idea de un pasado pacífico era un mito. Con esto en mente, volví a mis dos décadas de investigación en el Sudoeste y me pregunté por qué había habido tanta guerra. El hilo común a todas estas guerras que descubrí, incluidas las del Sudoeste, era que existía una correlación con el hecho de que la gente excedía la capacidad de carga de su zona. Creo que el desequilibrio ecológico es la causa fundamental de la guerra. Pero una cosa es creer esto y otra demostrar dicha relación. Para lograrlo, hay que ser capaz de mostrar que existió dicho desequilibrio. Además, es necesario poder ofrecer una idea de cómo la presión sobre los recursos provocaría una guerra crónica y continua en lugar de otros efectos.

Obtener pruebas arqueológicas de la presión sobre la capacidad de carga requiere suerte e inteligencia, de modo que es algo poco frecuente. Las pruebas de cambio climático, el cual afecta a la capacidad de carga, son más fáciles de encontrar. En un lugar como el Sudoeste, en que la agricultura es, y probablemente siempre haya sido, marginal, el deterioro del clima debería coincidir con periodos de escasez de alimentos. La arqueología de la región en su totalidad muestra que cuando el clima fue benigno, la población creció y no hubo mucha guerra. Cuando el clima se deterioró, la guerra se intensificó, tal y como se puede ver en El Morro, donde encontré pruebas de guerra y una rápida construcción de pueblos fortificados. La guerra parecía cambiar según las épocas fuesen buenas o malas. Aunque mi equipo tuvo problemas a la hora de determinar el grado de presión sobre la capacidad de carga en la época en que la gente vivía en lo alto de las colinas del Valle del Mimbres, cuando situamos estos asentamientos dentro de un contexto regional, todo cobró sentido. La guerra en la región fue real y seguía un patrón. Si la gente del antiguo Sudoeste respondía a los cambios en el clima con más o menos guerra, la guerra era el resultado de algún suceso externo y no venía causada por nada intrínseco.

Es posible describir un modelo del modo en que el potencial reproductivo humano combinado con los límites de la capacidad de carga da como resultado el desequilibrio ecológico y la guerra. Si los humanos no poseían mecanismos para impedir la sobreexplotación de sus recursos a largo plazo y no pudieron mantener su poblaciones lo suficientemente por debajo de la capacidad de carga para evitar verse sometidos regularmente a la escasez de alimentos, la inanición debió haber sido una constante amenaza en el pasado. Una vez que se reconoce que la noción del conservacionismo inherente es un mito, se hace patente que los humanos habrían sufrido escasez de alimentos regularmente. De hecho, independientemente del tipo de organización humana, esta escasez ocurrió en el pasado, según muestran la arqueología y la historia.

Antes de morir de hambre, los humanos perciben que están cayendo por debajo de lo que consideran su nivel de vida mínimo. Tal y como aprendí en Samoa, una crisis alimentaria puede tardar varios meses en desarrollarse tras un desastre natural y dicha crisis inminente puede ser anticipada. La gente reconoce lo que está sucediendo mucho antes de que les afecte de forma grave, y si pueden reaccionan. Para la mayoría de los animales, los desastres naturales, las enfermedades y el hambre son los limitadores de la población. Aunque el número de humanos se ve afectado por las enfermedades y los desastres naturales (y había poco que pudiésemos hacer respecto a ellos en el pasado), el hambre es un asunto diferente. El hambre es diferente porque los humanos, con sus cerebros y sus estructuras sociales, pueden hacer algo respecto al hecho de estar quedándose sin comida. Los humanos se mueren de hambre sólo cuando no hay otras opciones. Una de dichas opciones es intentar quitar a otros o bien el alimento, o bien las tierras que producen el alimento. La gente percibe la escasez de recursos antes de estar muriéndose de hambre. Si no existe ningún estado o autoridad central que les pare, pelearán antes de que la situación ya no tenga remedio. Es la escasez de recursos en forma de hambruna, y no la inanición, lo que precipita la guerra. Si la escasez de recursos es la condición humana normal, entonces la guerra ha sido parte integrante de la vida la mayor parte del tiempo en la mayoría de lugares.

Cuando el número de humanos crece, la inanición y las enfermedades pueden posiblemente contener la población. Este es un escenario potencial, pero no parece haber sucedido nunca en el pasado. Es difícil imaginar a toda una sociedad que dejase que la inanición controlase el tamaño de su población. Incluso el pacifista más pasivo admitirá que la gente luchará antes que dejarse morir de hambre –especialmente si la amenaza de inanición es un suceso crónico y recurrente. Incluso los desastres naturales que pueden dar como resultado una escasez de alimentos pueden causar una reacción. Lo más probable es que la mayoría de las catástrofes hayan instigado guerras y no que hayan causado que los grupos esperen a ver quién se muere de hambre primero. La inanición, o incluso la amenaza de ella, raramente siguen su curso sin provocar conflictos.

Esto no significa que la guerra sea inevitable. Los humanos podían elegir morirse de hambre, o los líderes podían elegir dejar morir de hambre a parte de la población. Los campesinos hambrientos de las sociedades más complejas, sea en China, Irlanda, Japón o el Yucatán, probablemente habrían luchado por la comida antes de morir de hambre, pero normalmente el gobierno central no se lo permitió. En algunas ocasiones, pudo no haber nadie alrededor de quien obtener recursos. Una banda de esquimales que se quedase sin alimento no habría tenido la opción de quitárselo a nadie más si no tenían vecinos cercanos. La mayoría de la gente tenía a otras sociedades lo suficientemente cerca como para que pelear y quitarles los recursos fuera siempre una posibilidad. Cuando los recursos son críticamente escasos, pelear por ellos lleva siendo una opción para los humanos desde hace más de un millón de años.

Si la guerra era común en el pasado, tal y como sospecho, entonces las consecuencias biológicas serían considerables. Desde el punto de vista de cada sociedad, la guerra es un medio de obtener los recursos que se necesitan más imperiosamente. Desde una perspectiva más amplia, la guerra puede ser un factor en el control de la población. Los efectos de la guerra son tanto directos como indirectos. Las incursiones, batallas y masacres ocurren y dan como resultado un considerable número de muertes, especialmente de varones jóvenes en las sociedades sin estado. (Los niños también son asesinados a menudo, pero las mujeres con frecuencia suelen ser hechas cautivas en lugar de asesinadas). El asesinato de varones jóvenes no controla directamente mucho la población si los hombres supervivientes pueden tomar varias esposas. Los arqueólogos han encontrado que en muchas situaciones un pequeño pero considerable porcentaje de mujeres en edad reproductiva son asesinadas. Esto tendría un impacto considerable en la tasa de crecimiento de la sociedad. Es más, los hombres producen la comida. Si un grupo pierde un número importante de hombres, el resto de miembros de la sociedad puede morir de inanición a consecuencia de ello. De todos modos, la mayoría de los efectos del conflicto en el crecimiento de la población son mucho más indirectos.


Fig. 4. El uso de armaduras no se restringía a los pueblos que usaban el metal. Los esquimales viven en el entorno más inhóspito de la tierra, y podría parecer que no había motivos para guerrear, sin embargo los ataques y las emboscadas eran tan comunes que vestían armaduras de hueso (izquierda) bajo sus parkas. Y los habitantes de la Tierras Altas de Nueva Guinea fabricaban con fibra armaduras capaces de parar flechas (derecha), desmintiendo la idea de que su guerra no era seria y mortal.

Sabemos por el análisis de los esqueletos que, por ejemplo, en el sudoeste estadounidense, cuando la guerra se intensificó en el siglo XIII, la salud general empeoró, sobre todo entre los niños. En esta época, la gente se asentó en grandes poblados defensivos, lo que aumentó la posibilidad de que si las cosechas eran malas, lo fuesen para todos. Había pocos medios para compartir entre las comunidades. La población en el sudoeste descendió precipitadamente durante este periodo de tiempo, pero probablemente más a causa de las enfermedades y la inanición que a causa de la guerra en sí misma. De un modo similar, en las tierras altas de Nueva Guinea, cuando un grupo contendiente es derrotado, los supervivientes huyen. Antes de asentarse y ser asimilados en otro grupo, se hallan sometidos a la intemperie, la desnutrición e incluso la inanición. Tales derrotas afectan a las tasa de mortalidad de los niños y de las mujeres, aunque raramente se ha medido en qué grado lo hacen realmente. El conflicto no debería ser considerado en sí mismo como un medio de controlar la población sino como parte de un proceso general. El mero hecho de que la población se vea reducida por las enfermedades y la inanición no significa que la guerra no sea un componente clave del proceso y que pueda ser fácilmente separada de él. La guerra, junto con la inanición y las enfermedades, se convierte en un componente del control de la población –aunque sea fútil tratar de aislar su efecto directo.

A pesar de que exista la tendencia a pensar acerca de las sociedades como si existiesen de forma aislada, la gente nunca vive en aislamiento. Nunca ha habido una época en que grandes extensiones de tierra utilizable permaneciesen vacías alrededor de cada sociedad.17 Casi ningún grupo a lo largo de la historia tuvo una capacidad de carga que se mantuviese fija en el espacio –todos tenían vecinos, y los recursos de esos vecinos siempre eran una nueva fuente potencial de recursos. Era posible, y ciertamente sucedía, que un grupo, o miembros de ese grupo, pudiesen obtener recursos pacíficamente de grupos vecinos en tiempo de necesidad. Esos mismos vecinos veían la situación a la inversa. Veían los recursos del primer grupo como potencialmente utilizables si podían apoderarse de ellos. Todos los grupos sociales tienen vecinos a su alrededor, y esos vecinos tienen los mismos problemas potenciales de aprovisionamiento y también recursos deseables. Se puede tratar de cooperar con los vecinos para obtener comida o tierra de ellos cuando se necesiten, o se puede competir con ellos y tratar de quitarles la comida o la tierra cuando se necesiten. La mayoría de la gente hacía ambas cosas a la vez; cooperaban y competían con sus vecinos, dependiendo de las circunstancias.

Lo que nos sitúa a los humanos aparte de casi todos los demás animales es nuestra capacidad para quitarles los recursos a otros grupos, mediante la acción en grupo. Un gran macho de oso puede expulsar a otros osos de los mejores lugares de pesca a lo largo de un río, y un león macho puede defender de otros leones su preciado territorio, pero los humanos llevan este proceso mucho más allá. Mediante la cooperación pueden apoderarse del territorio o de los recursos de otro grupo –bien matando a sus miembros o bien alejándolos de los recursos. Tal agresión en grupo no carece de riesgos, pero es asequible. La capacidad de llevar a cabo la cooperación social establece una relación dinámica entre el crecimiento de la población, la capacidad de carga y el potencial para el conflicto.

Las sociedades humanas no sólo nunca está solas sino que, independientemente de lo bien que controlen su propia población o de lo ecológicamente que actúen, no pueden controlar el comportamiento de sus vecinos. Cada sociedad debe enfrentarse a la posibilidad real de que sus vecinos no vivan en equilibrio ecológico sino que crezcan en número e intenten quitarles los recursos a los grupos de su alrededor. Las sociedades no sólo han vivido siempre en un entorno cambiante sino que siempre han tenido vecinos. El mejor modo de sobrevivir en dichas circunstancias no es vivir en equilibrio ecológico con un crecimiento lento, sino crecer rápidamente y ser capaz de repeler a los competidores a la vez que se toman los recursos de otros.

Para ver el modo en que esta dinámica tan típicamente humana funciona, imagine un mundo extremadamente simple con sólo dos sociedades y sin tierra desocupada. Bajo condiciones normales, ningún grupo tendría una gran motivación para quitarle los recursos al otro. La gente podría estar algo hambrienta, pero no lo suficiente como para arriesgarse a morir intentando comer un poco mejor. Unos pocos miembros de cada grupo podrían morir indirectamente a causa de la escasez de alimentos –debido a enfermedades o por mortalidad infantil, por ejemplo- pero visto desde una perspectiva individual, es mucho más probable morir intentando robar la comida a los vecinos que a causa de las habituales carencias en el aprovisionamiento. Un mundo tan estable nunca duraría mucho. Las poblaciones crecerían y la actividad humana degradaría la tierra y los recursos, reduciendo su abundancia. Incluso si, por mera casualidad, todo permaneciese igual, hay que recordar que el clima nunca es constante: se producirían épocas de escasez alimentaria debido a cambios en la meteorología, especialmente a lo largo de periodos que abarcasen varias generaciones. Cuando se produce un mal año o una serie de malos años, la disponibilidad para arriesgarse a pelear aumenta porque la probabilidad de morir de hambre crece.

Si uno de los grupos se enfrenta a la inanición y es mucho mayor, está mejor organizado o cuenta con mejores combatientes entre sus miembros, la motivación para quitar el territorio a sus vecinos es alta, ya que es muy probable que tenga éxito. Dado que los grupos humanos nunca son idénticos, siempre habrá algún grupo para el cual la guerra como solución sea una opción razonable en cualquier crisis alimentaria, ya que tendrá muchas probabilidades de conseguir tomar los recursos de sus vecinos mediante la guerra.

Ahora viene la parte más importante de esta historia simplificada: el grupo con una población mayor siempre tendrá ventaja en cualquier situación de competencia por los recursos, sean cuales sean dichos recursos.  A lo largo de la historia de la humanidad una de las partes contendientes raramente posee mejores armas o tácticas durante mucho tiempo, y la mayor parte de las guerras entre sociedades de pequeña escala son guerras de desgaste. Con las mismas habilidades y armas, sería de esperar que cada parte matase el mismo número de oponentes. A lo largo del tiempo, el grupo más grande finalmente acabaría aplastando al menor. Esta ventaja del tamaño es ampliamente reconocida por los humanos en todo el mundo, y llegan a extremos insospechados con el fin de mantener un número comparable al de sus enemigos potenciales. Esto se observa antropológicamente en el deseo universal de tener muchos aliados, y en la táctica, común a los grupos más pequeños, de invitar a otras sociedades a unírseles, incluso en épocas de escasez alimentaria.

Asuma por un momento que, por medio de algún milagro, uno de nuestros dos grupos esta lleno de genios ecológicos con una amplia visión de futuro. Son capaces de mantener su población bajo control y, lo que es más, de mantenerla lo suficientemente por debajo de la capacidad de carga como para que los pequeños cambios en la meteorología, o incluso los cambios en el clima a más largo plazo, no provoquen una escasez alimentaria. Si sólo necesitan consumir la mitad de lo que haya disponible cada año, incluso cuando sea un año terrible, este grupo probablemente superará la adversidad sin problemas. Es más, cuando se den unos pocos años buenos, esta gente magistralmente ecológica no crecerá rápidamente, ya que hacerlo significará tener problemas cuando acabe la época de bonanza. Considerémosles como el equivalente ecológico de las industriosas hormigas.

El segundo grupo, por su parte, es justo lo contrario –está compuesto de cretinos ecológicos. No disponen de maravillosos procesos para controlar su población. Siempre están en el límite de la capacidad de carga, se reproducen desenfrenadamente y sufren frecuentemente la escasez alimentaria y sus inevitables consecuencias. Consideremos a esta caterva como el equivalente ecológico de las despreocupadas cigarras. Cuando se dan años buenos, tienen más niños y aumentan su población rápidamente. Al cabo de veinte años, han duplicado su número y, con el primer pequeño cambio meteorológico, se han quedado rápidamente sin comida. Por supuesto, si éste hubiese sido un grupo de “nobles salvajes” que renunciasen a la guerra, se habrían muerto de hambre y sólo sobreviviría un grupo mucho menor y más sostenible. Pero este no es un grupo de nobles salvajes; éstos son cretinos ecológicos y atacan a sus buenos vecinos para salvar su propio pellejo. Dado que ahora su número es el doble que el de sus buenos vecinos, los cretinos acaban prevaleciendo tras un duro desgaste por ambas partes. Las “buenas” hormigas acaban convertidas en hormigas muertas y las “infames” cigarras heredan la tierra.

La moraleja de esta fábula es que cualquier grupo que logre el equilibrio ecológico y estabilice su población incluso frente a los cambios ambientales quedará en tremenda desventaja ante las sociedades que no se comporten de ese modo. La sociedad triunfante a largo plazo, en un mundo con muchas sociedades diferentes, será aquella que crezca cuando pueda y pelee cuando se quede sin recursos. Es inútil vivir una existencia ecológicamente sostenible en el “Jardín del Edén” a menos que los vecinos también hagan lo mismo. Una sola sociedad no conservacionista en toda una región puede comenzar un proceso de conflicto y expansión de las “cigarras” a expensas de las idílicas “hormigas”.

Esto huele a competencia darwinista –supervivencia de los más aptos- entre sociedades. Nótese que “el más apto” en el caso de nuestros dos grupos no era el más ecológico, era el que crecía más rápido. La idea de dicha competencia darwinista a muchos les resulta difícil de digerir, sobre todo cuando da la impresión de que los “malos” son los vencedores.

En el mundo real, los resultados de dicho escenario podrían no ser tan dramáticos. Una población no llegaría a ser tan grande antes de que la competencia comenzase y lo más probable es que todos dejasen de pelear antes de que una de las partes fuese completamente exterminada. En el caso de otros animales, las poblaciones más estables deberían triunfar sobre las menos estables.

En un caso extremo, asumamos que los humanos no fuesen capaces de guerrear y se pareciesen más bien a los conejos o a los ciervos. Si uno de los dos grupos sociales, llamémoslo la población “equilibrada”, desarrollase una serie de mecanismos para evitar la sobreexplotación del entorno y para controlar su población, y el grupo vecino no los desarrollase, es de esperar que el grupo vecino desequilibrado creciese rápidamente, esquilmase su entorno, y a consecuencia de ello la población se hundiese periódicamente. Llamemos a este grupo la población “con altibajos”. Cuando la población se hundiese, la población se reduciría tanto que las zonas de alrededor quedarían vacías. El grupo equilibrado, por su parte, no sufriría esos descensos bruscos de población. Cada vez que el pueblo con altibajos sufriese una caída en su población, el pueblo equilibrado se apoderaría de una pequeña parte del territorio despoblado, ya que este pueblo crecería cuando pudiese hacerlo de forma segura. Con el tiempo, el pueblo con altibajos acabaría siendo reemplazado y eliminado, aunque no mediante la guerra.

Así es como las cosas podrían funcionar en el mundo animal –pero los humanos no somos conejos ni ciervos. Debido a que los humanos podemos pelear, ocurre lo contrario. Cuando el pueblo con altibajos crece bruscamente, pueden expandirse a costa de sus vecinos equilibrados. Quizá se produzca sólo una pequeña expansión cada vez. Cuando su crecimiento comience a transformarse en un hundimiento, peleará duramente por nuevos territorios en lugar de dejarse morir de hambre. Una vez que su número se haya reducido y las condiciones hayan mejorado, dejará de pelear. El pueblo equilibrado no tiene la oportunidad de mudarse al territorio vacío de sus vecinos más agresivos. Mas bien, el pueblo con altibajos se apodera de parte del territorio de sus vecinos equilibrados –que a consecuencia del conflicto, habrá reducido su número. Tras repetidos ciclos de este proceso, es de esperar que el pueblo con altibajos reemplace y elimine al pueblo equilibrado. Y esto es exactamente lo que los estudiosos han encontrado en las tierras altas de Nueva Guinea, en la Sudamérica tropical e incluso en sociedades más complejas.

Así que tras considerar todas las pruebas presentadas en mi propia obra y en las de otros antropólogos, vemos que la vida en el pasado no era como pensábamos que era –o como deseábamos que fuese. Hay dos mitos acerca de la historia humana que no sólo han prevalecido, sino que están interrelacionados. El mito del “noble salvaje” que vivía en pacífica harmonía con la naturaleza es una versión ingenua de la idea de que las sociedades tradicionales han sido capaces de vivir por debajo de la capacidad de carga y que eran capaces de controlar sus poblaciones de manera que no excedían el suministro de recursos. Pero las sociedades humanas no han sido capaces de hacer semejante cosa. Y, junto a este concepto erróneo, aparece el mito de un pasado pacífico, que ve la guerra como algo ocasional, de poca importancia y casi como un juego. La guerra en el pasado fue frecuente, seria y mortal. Si los seres humanos han sido incapaces de vivir en equilibrio ecológico a lo largo de la historia entonces, debido a que son inteligentes y carecen de depredadores que controlen su población, competirán por los recursos. No pudo haber un pasado pacífico si no hubo equilibrio ecológico. Ambos mitos están relacionados, y ninguno es verdad debido a que ambos van unidos. La incapacidad humana para vivir en equilibrio estable respecto a los recursos casi garantiza la guerra. La naturaleza de la guerra y el modo en que los humanos hacen frente a la superación de la capacidad de carga varían según el tipo de sociedad. Estas diferencias aportan una nueva perspectiva acerca del final de la tendencia histórica en que nos hallamos así como acerca de qué podemos esperar en el futuro.


Fig. 5. Meseta en el valle de El Morro, Nuevo México, en cuya cima se han encontrado restos de un poblado defensivo.


Notas[vii]

1. Con los años otros arqueólogos fueron viendo también dichos asentamientos como defensivos; véase LeBlanc, Prehistoric Warfare in the American Southwest, University of Utah Press, Salt Lake City, 1999.

2. En las sociedades en que los grupos sociales son fluidos y la gente está emparentada con gente de otros muchos grupos, es difícil determinar dónde acaba un grupo y dónde empieza el siguiente. Determinar qué fue un homicidio intragrupal y qué fue un acto intergrupal no es fácil, así que he pasado por alto deliberadamente una gran cantidad de pruebas de violencia intragrupal, aunque sea simplemente para ser conservador.

3. Kidder y Guernsey, Archaeological Explorations in Northeastern Arizona, U.S. Government Printing Office, Washington, 1919.

4. Hurst y Turner, “Rediscovering the ‘Great Discovery’: Wetherill’s First Cave 7 and its Record of Basketmaker Violence”, en Anasazi Basketmaker, Papers from the 1990 Wetherill-Grand Gulch Symposium, editado por Victoria Atkins, Utah Bureau of Land Management Cultural Resource Series, nº 24, Salt Lake City, 1993, páginas 143-191; Cole, “Basketmaker Rock Art at the Green Mask Site, Southern Utah”, en ibíd., páginas 193-222; resumidos en LeBlanc, Prehistoric Warfare in the American Southwest.

5. Brown y Tuzin (eds.), The Ethnography of Cannibalism, Society for Psychological Anthropology, Washington, 1983.

6. Arsuaga, “The First Europeans: Spanish Caves Paint a New Picture of Evolution on the Continent”, en Discovering Archeology, 2, 5, 2000, páginas 48-65; Askenasy, Cannibalism: From Sacrifice to Survival, Prometheus Books, Amherst, 1994; Brown y Tuzin, The Ethnography of Cannibalism; Dornstreich y Morren, “Does New Guinean Cannibalism Have Nutritional Value?”, en Human

Ecology, vol. 2, nº 1, enero, 1974; Fernández-Jalvo et al., “Human Cannibalism in the Early Pleistocene of Europe”, en Journal of Human Evolution, 37, páginas 591-622, 1999; Heidenreich, “Huron” en Handbook of the North American Indian, ed. Bruce Trigger, vol. 15, Northeastern Indians, Smithsonian Institution, 1978; Tannahill, Flesh and Blood: A History of the Cannibal Complex, Stein y Day, 1975.

7. Marcus y Flannery, Zapotec Civilization: How Urban Society Evolved in Mexico’s Oaxaca Valley, Thames & Hudson, Nueva York, 1996[viii]; Anderson, The Savannah River Chiefdoms: Political Change in the Late Prehistoric Southeast, University of Alabama Press, Knoxville, 1994; DePratter, Late Prehistoric and Early Historic Chiefdoms in the Southeastern United States, University of Georgia, Laboratory of Archeology Series, informe nº 72, 1983; Kemp, Ancient Egypt: Anatomy of a Civilization, Psychology Press, 1991[ix]; Wenke, “Egypt: Origins of Complex Societies”, en Annual Review of Antrhopology 18, 1989, páginas 129-155.

8. Véase Marcus y Flannery, Zapotec Civilization: How Urban Society Evolved in Mexico’s Oaxaca Valley.

9. Kirkbride, “Umm Dabaghiyah”, en Iraq, nº 34, 1972, páginas 3-15; ibíd., nº 35, 1973, páginas 1-7 y 205-209; ibíd., nº 36, 1974, páginas 85-92; ibíd., nº 37, 1975, páginas 3-10.

10. Catlin, Letters and Notes on the Manners, Customs, and Conditions of the North American Indians, Dover Publications, Inc, Nueva York, 1973.

11. Se han encontrado cuerpos no sepultados a lo largo de todo el mundo, así como zonas de enterramiento formal que contenían bastantes menos hombres en edad de combatir que mujeres, lo que evidentemente nos lleva presumir que los hombres que faltan murieron en combate y fueron enterrados en el lugar en que cayeron en vez de en su propia comunidad.

12. Sugiyama, “Burials Dedicated to the Old Temple of Quetzalcoatl at Teotihuacan, Mexico”, en American Antiquity, 54 (I), 1989, páginas 85-106; y “Worldview Materialized in Teotihuacan Mexico”, en Latin American Antiquity, 4 (2), 1993, páginas 103-129.

13. Malotki (ed.), Hopi Ruin Legends, University of Nebraska, Lincoln, Nebraska, 1993.

14. Burch, “Eskimo Warfare in Northwest Alaska”, en Antrhopological Papers of the University of Alaska, 16 (2), páginas 1-14.

15. Chagnon, “Yanomamo Social Organization and Warfare”, en Natural History, LXXVI, 1967, páginas 44-48.

16. Kirch, The Evolution of Polynesian Chiefdoms, Cambridge University Press, Cambridge, 1989.

17. La excepción evidente es la que se produce cuando las nuevas tierras son colonizadas por primera vez, pero esto es un suceso que se produce sólo una vez y es irrelevante.



[i] Traducción al castellano a cargo de Último Reducto de “Enter Conflict”, capítulo tercero del libro Constant Battles: The Myth of the Peaceful, Noble Savage, de Steven A. LeBlanc y Katherine E. Register, St. Martins Press, Nueva York, 2003. Nota del traductor.

[ii] A partir de este punto, en todas las ocasiones en que el autor utiliza el término “Sudoeste”, a secas, se entiende que se refiere al sudoeste estadounidense. N. del trad.

[iii] 1 pie = 30,48cm. N. del trad.

[iv] Yacimiento arqueológico situado en Nuevo México. N. del trad.

[v] Etnia bantú de Angola. N. del t.

[vi] Una “kiva” era una construcción subterránea circular, a la que se accedía, mediante una escalera, por una abertura en el techo. Era típica de los hopi, anasazi e indios pueblo en general. N. del trad.

[vii] Las referencias bibliográficas que se citan en la mayoría de las siguientes notas no se corresponden exactamente con las originales, sino que han sido completadas añadiéndoles datos técnicos que faltaban en el original. N. del trad.

[viii] Existe edición en castellano: La civilización zapoteca: cómo evolucionó la sociedad urbana en el Valle de Oaxaca, Fondo de Cultura Económica, México, 2001. N. del trad.

[ix] Existe traducción al castellano: El Antiguo Egipto: anatomía de una civilización, Grijalbo Mondadori, Barcelona, 1996. N. del trad.