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La dominación humana de los ecosistemas de la Tierra


PRESENTACIÓN DE “LA DOMINACIÓN HUMANA DE LOS ECOSISTEMAS DE LA TIERRA”

 

A menudo al tratar situaciones que se refieren a una escala amplia y general es difícil saber qué parte de lo que se dice, lee u oye se ajusta realmente a la realidad y qué parte peca por exceso o por defecto. Al contrario de lo que sucede con las situaciones concretas e inmediatas no es posible conocer de primera mano la totalidad de los hechos y hay que basarse, en el mejor de los casos, en la intuición. Y la intuición con frecuencia está muy influida por factores no racionales y/o por presupuestos no experimentales. No es difícil pues, ver las cosas peor de lo que en realidad están o, por el contrario, mantener un optimismo iluso e injustificado.

El motivo principal para publicar el artículo que presentamos a continuación es que es un texto que presenta de modo serio y realista, basándose ante todo en datos empíricos concretos, la situación general en que se encuentran los ecosistemas de la Tierra. Y ésta, dejando a un lado las intuiciones y ciñéndonos a los hechos expuestos en el texto, no es una situación precisamente halagüeña.

Es más, el artículo presenta la situación en que se encontraba la biosfera hace veinte años. ¿Ha mejorado en este tiempo la situación general expuesta en el artículo? Si tenemos en cuenta los parámetros concretos que utiliza el texto para elaborar su modelo general de la situación de la biosfera, veremos que prácticamente ninguno de ellos ha evolucionado hacia una menor incidencia en la destrucción o alteración de los ecosistemas sino más bien al contrario: prácticamente todos han incrementado su intensidad y, con ella, su incidencia negativa en la autorregulación de los ecosistemas.

Es decir, el valor e interés de este artículo radica en que ofrece pruebas empíricas para mantener que la situación ecológica global es realmente desastrosa y demuestra que afirmar esto último no es catrastrofismo ecologista, sino mero realismo, racional y científico.

Sin embargo, no todo son virtudes en este artículo. También existen algunos aspectos que cabe poner en cuestión. En general, los defectos fundamentales de este artículo son los mismos que los de otros muchos textos acerca de asuntos ecológicos: la falta de consciencia y claridad de ideas acerca de cómo funciona realmente el desarrollo de las sociedades y de la tecnología a la hora de interpretar las causas últimas de los problemas y plantear soluciones a los mismos y, en estrecha relación con lo anterior, la falta absoluta de cuestionamiento del progreso tecnológico, que irónicamente es presentado como solución a los problemas que en realidad él mismo provoca o agrava.

Así, los autores sugieren tres direcciones sobre las que actuar:

(i) Reducir el ritmo de alteración de los ecosistemas.

(ii) Acelerar la investigación acerca de los ecosistemas y de cómo éstos interactúan con las actividades de los seres humanos.

(iii) Aceptar la necesidad de gestionar el planeta.

La sugerencia (i) según los autores, se conseguiría reduciendo la llamada “huella ecológica”, mediante la ralentización del crecimiento demográfico y el aumento de la eficacia a la hora de utilizar los recursos. El principal error de esta propuesta es que el problema fundamental no es que los seres humanos estén gestionando mal sus actividades y su tasa de crecimiento poblacional, el problema de fondo es que las sociedades humanas en general, y más aún cuanto más complejas sean, se desarrollan, a largo plazo, de un modo ajeno a la voluntad y el control de los seres humanos. Llegados a este punto, plantear soluciones, como la sugerida por los autores, basadas en una gestión racional de la sociedad y de sus actividades resulta completamente irrealista.

Dejando de lado este grave error, hay que señalar además la vaguedad de la sugerencia que en ningún caso aclara en detalle los métodos por los que se supone que se ha de llevar a cabo dicha propuesta. Al final todo se queda en la típica declaración de buenas intenciones con que suelen cerrarse formalmente este tipo de textos. Por otro lado, quizá sea mejor así, ya que la mayoría de las propuestas encaminadas a mejorar la eficacia en la utilización de los recursos se basan en promover el desarrollo tecnológico, no en frenarlo y, viendo las otras dos sugerencias, es obvio que las propuestas en que están pensando los autores de este artículo no serán una excepción. Como veremos, los autores no están pensando en reducir el crecimiento poblacional o el impacto de las actividades humanas por otros medios que no sean el desarrollo y la aplicación de tecnologías más eficaces y con ello, más complejas e interdependientes. Es decir, están pensando en promover un mayor desarrollo del sistema tecnoindustrial y un aumento de su incidencia en los ecosistemas.

Que los científicos propongan incrementar la investigación como parte de la solución a los problemas de que tratan en sus estudios -sugerencia (ii)- es un tópico de prácticamente la totalidad de la literatura científica, que suele venir motivado, más que por la utilidad real de dicha investigación, por la necesidad que suelen tener los científicos de justificar, promocionar y mantener sus propias actividades. En el caso que nos ocupa, es más que cuestionable que conocer mejor cómo influyen las actividades humanas en los ecosistemas y cómo éstos se autorregulan vaya a servir para salvarlos y preservarlos. Los científicos puede que nos digan cada vez con más detalle cuáles son los daños que están sufriendo los ecosistemas, pero eso en sí mismo no hará que éstos dejen de sufrirlos, porque la causa de los problemas ecológicos no es tanto la ignorancia acerca del funcionamiento de los ecosistemas como las inevitables consecuencias materiales del desarrollo social y tecnológico. Una sociedad industrial será siempre mucho más dañina para los ecosistemas no artificiales que una sociedad no industrial, aun en el caso de que la primera esté habitada exclusivamente por individuos y grupos comprometidos con ideales medioambientalistas como el “desarrollo sostenible” y la aplicación de tecnologías “limpias” y la segunda por individuos a los que el medio ambiente les dé completamente igual. Porque el meollo del problema no reside en la ideología (aun siendo ésta relativamente importante) sino en la infraestructura material de la sociedad, es decir, reside en la escala a la que una sociedad puede y debe interferir en los mecanismos de autorregulación de los ecosistemas a fin de obtener los recursos necesarios para mantenerse físicamente. Este es otro de los errores fundamentales del pensamiento “verde”: no ser capaz de ver que el desarrollo tecnológico inevitablemente conlleva daños ecológicos, incluso en los casos en que supuestamente está encaminado a evitarlos. Simplemente, como mucho los problemas de desplazan o difuminan, pasando de unos aspectos o procesos a otros, de lo inmediato a lo lejano, de lo concreto a lo general, etc. Las tecnologías industriales “limpias” (junto con el enorme complejo industrial y la gran población que mantienen y requieren) no surgen de la nada, ni funcionan exclusivamente por su propia inercia, ni sus desechos y productos desaparecen sin más. Hay que producirlas, alimentarlas, mantenerlas y tratar sus residuos usando siempre, de un modo u otro, espacio, materias primas y energía obtenidos del medio natural, o sea, provocando un impacto ecológico. Se pueden añadir eslabones (tecnologías para “volver limpias” otras tecnologías) y bucles (reciclar residuos) a la cadena, pero ésta siempre tendrá un principio (uso de espacio y extracción de materiales y energía) y un final (liberación de residuos). Y esos extremos, alcanzan su máximo en una sociedad tecnoindustrial, por muy “verde” que ésta sea. Todo esto sin entrar a hablar aquí de la directa e ineludible relación entre desarrollo tecnológico y reducción de la verdadera libertad humana (autonomía en la expresión y satisfacción de las tendencias, necesidades y capacidades propias de los individuos de nuestra especie), con los inevitables trastornos psicológicos que la acompañan.

De hecho, cuando los autores hablan de la necesidad de aprender más sobre “cómo interactúan los seres humanos con los ecosistemas”, no están pensando en poner científicamente a prueba la creencia en la compatibilidad entre el desarrollo tecnológico y el mantenimiento de la autonomía de los ecosistemas, sino en algo muy distinto: usar la investigación científica para justificar, facilitar y optimizar la gestión e intervención tecnológica en los mecanismos de autorregulación de los ecosistemas.

Esto queda patente en la sugerencia (iii). Tras mostrar a lo largo de todo el artículo la magnitud y gravedad de la dominación que sufren los ecosistemas no artificiales, curiosamente los autores extraen como conclusión que hay que seguir dominándolos, más y mejor, para poder salvarlos. Aparte de por las razones señaladas más arriba para las demás sugerencias (imposibilidad de controlar racionalmente el desarrollo de una sociedad, impostura del discurso “verde”, etc.), esta sugerencia es inaceptable aunque sólo sea por encerrar una patente incompatibilidad entre los valores en que aparentemente se inspira: según los autores, para preservar lo salvaje, es decir, lo indómito… ¡hay que dominarlo! ¿Cómo es posible que una gente que supuestamente es parte de la élite intelectual de la sociedad caiga en tan burda incongruencia lógica?

Es demasiado habitual entre muchos científicos no llevar las conclusiones de sus estudios hasta sus últimas consecuencias lógicas, sino más bien lo contrario. A la hora de extraer conclusiones de sus investigaciones, muchos científicos suelen ser extremadamente timoratos, aunque ello les suponga caer en la irracionalidad y la incoherencia lógica. A pesar de que a menudo presuman de lo contrario, a los científicos suele interesarles más su propia carrera, su prestigio dentro de su entorno profesional y su posición social que descubrir y exponer la verdad. Si en algún momento, las conclusiones de sus investigaciones chocan abiertamente con los valores, creencias y fines fundamentales de su entorno social, la mayoría de los científicos elegirán, consciente o inconscientemente, respetar estos últimos, aunque ello suponga dejar de lado la verdad, la razón, la lógica y los hechos, o retorcerlos hasta hacerlos irreconocibles. Y en estrecha relación con lo anterior, si el entorno social de los científicos promueve determinados valores o ideas, los científicos tenderán a defenderlos, repetirlos y tomarlos como referencia y justificación en sus estudios, aunque hacerlo también suponga un atentado contra la lógica y la verdad. Los autores de este artículo no son una excepción, y la defensa del desarrollo tecnológico es uno de los ideales fundamentales de esta sociedad y, con ella, del mundillo científico. Como también es cada vez más valorado por esta sociedad el discurso “verde” que trata de hacernos creer en la compatibilidad entre desarrollo industrial y respeto por los ecosistemas. Así se explica que los autores traten de mostrar inquietud por el estado de los ecosistemas no artificiales a pesar de no poner en cuestión, ni por un momento, el desarrollo tecnológico y que acaben defendiendo que es necesario e inevitable gestionar los ecosistemas.

¿Necesario para qué? ¿Para salvar esos mismos ecosistemas o para salvar y mantener la sociedad tecnoindustrial? Cuando un ecosistema es gestionado deja de ser salvaje. Es decir, la gestión no salva lo que realmente hace valioso a un ecosistema: su capacidad de autorregulación, su autonomía, sino que precisamente la anula, o al menos la reduce y dificulta. ¿Inevitable? Sólo si se pasa convenientemente por alto, como de hecho hacen los autores, la opción alternativa (que sería la realmente necesaria y eficaz, aunque hoy por hoy “socialmente incorrecta”): abandonar el desarrollo tecnológico.

El desarrollo social y tecnológico causa problemas y a su vez ofrece aparentes soluciones que generan una cada vez mayor dependencia de él. Dependencia que quienes no valoran realmente la libertad, la independencia y lo salvaje (como es el caso de los autores del artículo) asumen como necesaria e inevitable o incluso buena.

En resumen, el artículo es interesante únicamente como descripción científica del estado de la biosfera. Y nada más.

 

LA DOMINACIÓN HUMANA DE LOS ECOSISTEMAS DE LA TIERRA

Por Peter M. Vitousek, Harold A. Mooney, Jane Lubchenco y Jerry M. Melillo[a]

              

La alteración de la Tierra es considerable y creciente. Un área comprendida entre un tercio y la mitad de la superficie terrestre ha sido transformada por la actividad humana; la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera se ha incrementado en cerca de un 30% desde el inicio de la Revolución Industrial; la humanidad está fijando más nitrógeno atmosférico que todas las fuentes terrestres naturales juntas; más de la mitad de toda el agua dulce superficial está siendo usada por la humanidad; y alrededor de un cuarto de las especies de aves de la Tierra han sido llevadas a la extinción. Según estos y otros parámetros, está claro que vivimos en un planeta dominado por los seres humanos.

Todos los organismos modifican su entorno y los humanos no somos una excepción. A medida que la población humana ha ido creciendo y el poder de la tecnología se ha ido expandiendo, el alcance y la naturaleza de esta modificación han ido cambiando drásticamente. Hasta hace poco, la expresión “ecosistemas dominados por el ser humano” habría sugerido imágenes de campos agrícolas, pastos o paisajes urbanos; ahora se aplica en mayor o menor medida a toda la Tierra. Muchos ecosistemas son dominados directamente por la humanidad y ningún ecosistema sobre la superficie terrestre está libre de la generalizada influencia humana.

Este artículo ofrece una visión general de los efectos provocados por los seres humanos en los ecosistemas de la Tierra. No está pensado para ser una aburrida lista de desastres medioambientales, aunque en él se describen algunas situaciones desastrosas; ni está pensado tampoco para menospreciar ni para celebrar los éxitos medioambientales, que son muchos. Más bien, en él exploramos hasta qué punto es extensa la presencia humana en el globo –de qué modo, incluso a gran escala, la mayor parte de los aspectos de la estructura y el funcionamiento de los ecosistemas de la Tierra no puede ser entendida sin tener en cuenta la fuerte, a menudo dominante, influencia de la humanidad.

Vemos las alteraciones humanas del sistema Tierra operando mediante la interacción de los procesos resumidos en la figura 1. El crecimiento de la población humana y el incremento en la base de recursos usados por la humanidad son mantenidos por un conjunto de actividades humanas, tales como la agricultura, la industria, la pesca y el comercio internacional. Estas actividades transforman la superficie terrestre (a través del cultivo, la explotación forestal y la urbanización), alteran los principales ciclos biogeológicos y añaden o eliminan especies y poblaciones genéticamente diferenciadas en la mayoría de los ecosistemas de la Tierra. Muchos de estos cambios son considerables y están razonablemente bien cuantificados; todos ellos se están produciendo ahora. Estos cambios relativamente bien documentados provocan a su vez más alteraciones en el funcionamiento del sistema Tierra, sobre todo impulsando el cambio climático1 y causando pérdidas irreversibles de diversidad biológica2.

Transformación de tierras

El uso de la tierra para obtener bienes y servicios representa la alteración más profunda del sistema Tierra por parte de los seres humanos. El uso que los seres humanos hacen de la tierra altera la estructura y el funcionamiento de los ecosistemas y altera el modo en que los ecosistemas interactúan con la atmósfera, con los sistemas acuáticos y con los territorios circundantes. Es más, la transformación de tierras interactúa intensamente con la mayoría de los demás componentes del cambio ambiental global.

La cuantificación de la transformación de tierras a escala global supone un desafío; el cambio puede ser medido de un modo más o menos directo en un lugar dado, pero es difícil sumar estos cambios regional o globalmente. Al contrario de lo que sucede con el análisis de la alteración del ciclo global del carbono, no podemos instalar instrumentos en una montaña de los trópicos para recoger datos sobre la transformación de tierras. La teledetección es una técnica más útil, pero sólo recientemente se han hecho intentos científicos serios de usar imágenes de alta resolución procedentes de satélites civiles con el fin de evaluar a escalas continental y global al menos las formas de transformación de tierras más visibles, como por ejemplo la deforestación.3

La transformación de tierras conlleva una amplia variedad de actividades que difieren sustancialmente en intensidad y consecuencias. En un extremo, entre el 10 y el 15% de la superficie terrestre no ocupada por el mar está ocupada por campos de cultivo o por áreas urbano-industriales y entre el 6 y el 8% ha sido convertida en tierras de pastos4; estos sistemas han sido completamente transformados por la actividad humana. En el otro extremo, todos los ecosistemas terrestres se ven afectados por el aumento del dióxido de carbono (CO2) atmosférico y muchos ecosistemas tienen tras de sí una historia de caza y otras formas de extracción de recursos de baja intensidad. Entre estos extremos se hallan los herbazales y ecosistemas semiáridos que son pastados (y a veces degradados) por los animales domésticos y los bosques y zonas arboladas de los que se han estado extrayendo productos, los cuales representan la mayoría de la superficie de la Tierra que se halla cubierta de vegetación.



Fig. 1. Un modelo conceptual que ilustra los efectos directos e indirectos de la humanidad en el sistema Tierra [modificación hecha a partir de la referencia 56].

 

La diversidad de los efectos que los seres humanos causan en el territorio convierte cualquier intento de resumir globalmente la transformación de la superficie terrestre en una cuestión semántica así como en algo profundamente impreciso. Las estimaciones del porcentaje de tierras que han sido transformadas o degradadas por la humanidad (o su consecuencia, el porcentaje de la producción biológica de las tierras que es usada o dominada) se sitúa entre un 39 y un 50% (Figura 2).5 Estas cifras son muy imprecisas pero el hecho de que son elevadas es algo muy cierto. Además, en todo caso estas estimaciones infravaloran el impacto global de la transformación de tierras ya que, a menudo, las tierras que no han sido transformadas han sido divididas en fragmentos a causa de la alteración de las áreas circundantes por parte de los seres humanos. Esta fragmentación afecta a la composición de especies y al funcionamiento de unos ecosistemas que han sido poco modificados de otros modos.6

Por encima de todo, la transformación de tierras representa la principal causa de la pérdida de diversidad biológica a nivel mundial. Además, los efectos de la transformación de tierras van mucho más allá de los límites de las tierras transformadas. La transformación de tierras puede afectar al clima directamente a escala local, e incluso regional. Contribuye aproximadamente en un 20% a las emisiones antropogénicas de CO2 actuales y en un porcentaje aún mayor a las crecientes concentraciones de otros gases de efecto invernadero como el metano y óxido nitroso; los fuegos asociados a ella alteran la química reactiva de la troposfera, provocando elevadas concentraciones de monóxido de carbono y episodios de contaminación fotoquímica del aire similares a los de las áreas urbanas en zonas tropicales remotas de África y Sudamérica; y provoca el arrastre de sedimentos y nutrientes lo que ocasiona a su vez cambios en los sistemas fluviales y lacustres, en los estuarios y en los arrecifes de coral.7-10



Fig. 2. Dominio humano o alteración de diversos componentes principales del sistema Tierra, expresados (de izquierda a derecha) como porcentaje de superficie terrestre transformada5; porcentaje de la concentración actual de CO2 derivada de la actividad humana17; porcentaje de agua dulce superficial accesible usada20; porcentaje de fijación terrestre de nitrógeno causada por los seres humanos28; porcentaje de especies vegetales que los seres humanos han introducido en Canadá procedentes de otros lugares48; porcentaje de especies de aves que se han extinguido en los dos últimos milenios en toda la Tierra, casi todas ellas a consecuencia de la actividad humana42; y porcentaje de los principales caladeros marinos que están siendo explotados al máximo de su capacidad, son sobreexplotados o han sido agotados14.

 

La importancia central de la transformación de tierras es ampliamente reconocida dentro de la comunidad de investigadores preocupados por el cambio ambiental global. Varios programas de investigación se centran en aspectos de la misma9,11; recientemente se han conseguido avances importantes3 en la comprensión de estos aspectos y se puede predecir que se conseguirán muchos más. La comprensión de la transformación de tierras es un difícil reto; requiere integrar las causas sociales, económicas y culturales de la transformación de tierras con las evaluaciones de su naturaleza y consecuencias biofísicas. Este enfoque interdisciplinario es esencial para predecir el curso, así como para albergar cualquier esperanza de influir en las consecuencias, de la transformación de tierras provocada por el ser humano.

Los océanos

Las alteraciones de los ecosistemas marinos causadas por los seres humanos son más difíciles de cuantificar que las de los ecosistemas terrestres, pero ciertos tipos de información sugieren que son considerables. La población humana se concentra cerca de las costas –alrededor del 60 % en una franja de 100km- y los productivos márgenes costeros oceánicos se han visto fuertemente afectados por los seres humanos. Extensas áreas de zonas húmedas costeras, las cuales actúan como mediadoras en la interacciones entre la tierra y el mar, han sido alteradas; por ejemplo, aproximadamente el 50% de los ecosistemas de manglar del planeta han sido transformados o destruidos por la actividad humana.12 Además, un análisis reciente sugiere que a pesar de que los seres humanos usen alrededor del 8% de la producción primaria[b] de los océanos, ese porcentaje alcanza más de un 25% en las áreas de surgencia[c] y un 35% en los sistemas de las plataformas continentales de zonas templadas.13

Muchas de las pesquerías que capturan la productividad marina se centran en los superdepredadores[d], cuya eliminación puede alterar los ecosistemas marinos mucho más de lo que en principio cabría esperar dada su poca abundancia. Además, muchas de tales pesquerías han demostrado ser insostenibles, al menos con el nivel de conocimientos y control de que disponemos en el presente. Ya en 1995, el 22% de los caladeros marinos reconocidos había sido sobreexplotado o ya había sido agotado y otro 44% se encontraba al límite máximo de explotación (Figuras 2 y 3).14 Las consecuencias de las pesquerías no se limitan a los organismos que constituyen su objetivo; en todo el mundo las pesquerías marinas comerciales descartan 27 millones de toneladas de animales al año, pertenecientes a especies capturadas pero no deseadas, una cantidad cercana a un tercio del total desembarcado.15 Es más, las dragas y redes de arrastre utilizadas en algunas pesquerías dañan considerablemente los hábitats al barrer el fondo marino.

Un incremento reciente en la frecuencia, extensión y duración de las apariciones masivas (“blooms”) de algas nocivas en las áreas costeras16 sugiere que la actividad humana ha afectado tanto la base como la cima de las cadenas tróficas marinas. Los “blooms” de algas nocivas son aumentos repentinos en la abundancia de fitoplancton marino que produce estructuras o sustancias químicas nocivas. Algunas de estas especies de fitoplancton, aunque no todas, se hallan fuertemente pigmentadas (mareas rojas). Las apariciones masivas de algas suelen guardar relación con cambios en la temperatura, los nutrientes o la salinidad; en concreto, los nutrientes en las aguas costeras se ven muy afectados por la actividad humana. Los “blooms” de algas pueden causar muertes masivas de peces debido a las toxinas o a causa de la anoxia que producen; también pueden causar parálisis y amnesia en humanos mediante intoxicaciones provocadas al comer marisco contaminado por esas algas. Aunque la existencia de “blooms” de algas se conoce desde hace mucho tiempo, se han extendido ampliamente en las dos últimas décadas.16

Alteraciones en los ciclos biogeoquímicos

Carbono. La vida en la Tierra se basa en el carbono, y el CO2 de la atmósfera es la principal fuente para la fotosíntesis. La humanidad añade CO2 a la atmósfera por medio de la extracción y quema de combustibles fósiles, los residuos de la vida de un pasado distante, así como convirtiendo los bosques y herbazales en campos agrícolas y otros ecosistemas de bajo contenido en biomasa. El resultado neto de ambas actividades es que el carbono orgánico procedente de rocas, organismos y suelos es liberado a la atmósfera como CO2.

 

Fig. 3. Porcentaje de los principales recursos pesqueros marinos en diferentes fases de desarrollo, de 1951 a 1994 [procedente de la referencia 57]. No desarrollado = un nivel bajo y relativamente constante de capturas; en desarrollo = capturas en rápido crecimiento; maduro = un alto nivel de capturas que tiende a estabilizarse; senescente = capturas decayendo desde niveles más altos.

 

El aumento moderno del CO2 representa la señal más clara y mejor documentada de alteración del sistema Tierra por parte del ser humano. Gracias a la visión de futuro de Roger Revelle, Charles Keeling y el resto de quienes comenzaron a realizar mediciones cuidadosas y sistemáticas del CO2 atmosférico en 1957 y continuaron haciéndolo a pesar de las crisis de financiación y los cambios en las tendencias científicas, hemos observado que la concentración de CO2 ha aumentado de manera continuada desde 315 ppm[e] a 362 ppm. Los análisis de las burbujas de aire extraídas de los casquetes glaciares de la Antártida y Groenlandia hacen retroceder el registro mucho más atrás; la concentración de CO2 se mantuvo más o menos estable, cerca de 280 ppm, durante miles de años hasta alrededor de 1800, y ha aumentado exponencialmente desde entonces.17 No cabe duda de que este aumento ha sido provocado por la actividad humana, principalmente por la quema de combustibles fósiles en la actualidad. Las fuentes de CO2 pueden ser rastreadas mediante isótopos; antes del periodo de las pruebas nucleares extensivas en la atmósfera, el carbono transformado en 14C (carbono-14) era un indicador específico del CO2 derivado de la quema de combustibles fósiles, mientras que el carbono transformado en 13C (carbono-13) caracterizaba al CO2 procedente tanto de combustibles fósiles como de la transformación de la tierra. Las medidas directas en la atmósfera, así como los análisis de los isótopos de carbono en los anillos de los árboles, muestran que tanto el 13C como el 14C del CO2 han ido quedando diluidos en la atmósfera en comparación con el 12C (carbono-12) a medida que la concentración de CO2 atmosférico ha ido creciendo.

La quema de combustibles fósiles en la actualidad añade 5,5 (con un error de + 0,5) miles de millones de toneladas de CO2 a la atmósfera cada año, la mayoría en las regiones económicamente desarrolladas de las zonas templadas (Figura 4).18 La acumulación anual de CO2 ha alcanzado recientemente los 3,2 (con un error de +0,2) miles de millones de toneladas.17 Los otros parámetros principales del equilibrio atmosférico del carbono son el flujo neto entre el océano y la atmósfera, la liberación neta de carbono durante la transformación de tierras y el almacenamiento neto en forma de biomasa terrestre y materia orgánica del suelo. Todos estos parámetros son menores y menos precisos que la quema de combustibles fósiles o la acumulación atmosférica anual; representan áreas prometedoras para la investigación, el análisis y la discusión actuales.

 

Fig. 4. Distribución geográfica de las fuentes de CO2 procedente de combustibles fósiles en 1990. La media global es de 12,2 g m-2 año-1; la mayoría de las emisiones se producen en regiones económicamente desarrolladas de la zona templada del hemisferio norte. EQ, ecuador; NP, Polo Norte; SP, Polo Sur. [Preparado por A.S. Denning, a partir de la información que aparece en la referencia 18].

El aumento del CO2 atmosférico provocado por los seres humanos ya representa un cambio de casi el 30% en comparación con la era preindustrial (Figura 2) y, hasta donde podemos predecir, el CO2 seguirá creciendo en el futuro. El aumento del CO2 representa el incremento más importante provocado por el ser humano en el efecto invernadero; entre los investigadores del clima existe consenso acerca de que probablemente ya afecte de forma detectable al clima y en que acarreará un cambio climático considerable en el próximo siglo.1 Los efectos directos del aumento del CO2 en las plantas y los ecosistemas puede que sean aun más importantes. El crecimiento de la mayoría de las plantas se ve favorecido por un aumento en el CO2, pero en muy diversas medidas; la química de los tejidos de las plantas que responden al CO2 se ve alterada de forma que disminuye su calidad como alimento para los animales y los microbios; y la eficiencia en el uso del agua por parte de las plantas y de los ecosistemas generalmente se ve incrementada. El hecho de que el aumento del CO2 afecte a unas u otras especies de forma diferente significa que es posible que acarree cambios considerables en la composición y las dinámicas de todos los ecosistemas terrestres.19

Agua. El agua es esencial para toda forma de vida. Su movimiento debido a la gravedad y a la evaporación y condensación contribuye al funcionamiento de los ciclos biogeoquímicos de la Tierra y a mantener su clima bajo control. De toda el agua que hay sobre la Tierra, muy poca es aprovechable por los seres humanos; la mayor parte o bien es salada o bien está congelada. Globalmente, hoy en día la humanidad usa más de la mitad del agua dulce superficial que es razonablemente accesible, con un 70% de dicho uso dedicado a la agricultura (Figura 2).20 Para satisfacer la creciente demanda sobre un suministro limitado de agua dulce, la humanidad ha alterado ampliamente los sistemas fluviales mediante derivaciones y embalses. En los Estados Unidos sólo el 2% de los ríos fluye libremente y, para finales de este siglo, alrededor de unos dos tercios de todos los ríos de la Tierra tendrán regulado su caudal.21 En el presente, un 6% del caudal de los ríos de la Tierra se evapora a consecuencia de las manipulaciones humanas.22 Los principales ríos, incluidos el Colorado, el Nilo y el Ganges, son usados tan intensamente que muy poca de su agua llega al mar. Las masas de agua continentales, incluidos el Mar de Aral y el lago Chad, han visto enormemente reducida su extensión debido a la desviación de agua para la agricultura. La reducción del volumen del Mar de Aral tuvo como efecto la desaparición de peces autóctonos y otras pérdidas de biota; la pérdida de un caladero importante; la exposición del fondo cargado de sales, y con ella una fuente importante de polvo que es arrastrado por el viento; la producción de un clima local más seco y continental así como la disminución general de la calidad del agua en la región; y un incremento en las enfermedades en los seres humanos.23

Los embalses y represamientos del caudal fluvial aportan reservas de agua que pueden ser usadas para producir energía así como para la agricultura. También se emplean canales para el transporte, para el control de las inundaciones y para la dilución de residuos químicos. Juntas, todas estas actividades han alterado profundamente los ecosistemas de agua dulce de la Tierra, en mayor grado que lo que han sido alterados los ecosistemas terrestres. La construcción de presas también afecta indirectamente a los hábitats bióticos; el represamiento del río Danubio, por ejemplo, ha alterado la química de la sílice en todo el Mar Negro. El gran número de presas en funcionamiento a lo largo de todo el mundo (36.000), junto a las muchas que están en proyecto, asegura que la humanidad continuará produciendo efectos en los sistemas biológicos acuáticos.24 En aquellos lugares en que el agua superficial es escasa o está sobreexplotada, los seres humanos usan los acuíferos subterráneos –y en muchas áreas el agua subterránea que es extraída es agua fósil, no renovable.25 Por ejemplo, tres cuartas partes del suministro actual de agua de Arabia Saudí proceden de agua fósil.26

Las alteraciones del ciclo hidrológico pueden afectar al clima regional. La irrigación aumenta la humedad atmosférica en áreas semiáridas, elevando a menudo la frecuencia de las precipitaciones y tormentas.27 Por el contrario, la transformación de las tierras boscosas en campos agrícolas o pastizales aumenta el albedo[f] y reduce la rugosidad superficial; las simulaciones sugieren que, a escala regional, el efecto neto de esta transformación es un incremento en la temperatura y un descenso en las precipitaciones.7, 26

Los conflictos surgidos del uso global del agua se verán exacerbados en los años venideros, con una población humana creciente y con las tensiones que los cambios globales impondrán en relación a la calidad del agua y su disponibilidad. De todos los asuntos referentes a la seguridad medioambiental a los que se enfrenten las naciones, el suministro adecuado de agua limpia será el más importante.

Nitrógeno. De entre los principales elementos requeridos para la vida, el nitrógeno (N) es el único cuyo ciclo incluye una vasta reserva atmosférica (N2) que debe ser fijada (combinándolo con carbono, hidrógeno u oxígeno) antes de poder ser usada por la mayoría de organismos. El suministro de nitrógeno fijado controla (al menos en parte) la productividad, el almacenamiento de carbono y la composición de especies de muchos ecosistemas. Antes de la amplia alteración del ciclo del nitrógeno por parte de los seres humanos, entre 90 y 130 millones de toneladas de nitrógeno (TgN) al año eran fijadas biológicamente en tierra firme; las tasas de fijación en los sistemas marinos no se conocen con tanta certeza, pero puede que fuesen similares.28

Las actividades humanas han alterado considerablemente el ciclo global del nitrógeno mediante la fijación de N2 –deliberadamente para producir fertilizantes e inadvertidamente al quemar combustibles fósiles. La fijación industrial de nitrógeno para fertilizantes aumentó desde menos de 10 Tg/año en 1950 hasta 80 Tg/año en 1990; tras un breve declive provocado por las perturbaciones económicas en la antigua Unión Soviética, se espera que aumente hasta más de 135 Tg/año en el 2030.29 El cultivo de soja, alfalfa y otras leguminosas que fijan nitrógeno por simbiosis incrementa la fijación en otros 40 Tg/año aproximadamente, y la quema de combustibles fósiles añade globalmente a la atmósfera más de 20 Tg/año de nitrógeno reactivo –parte fijando N2 y el resto movilizando el nitrógeno contenido en los combustibles. En general, las actividades humanas añaden a los ecosistemas terrestres por lo menos tanto nitrógeno fijado como el conjunto de todas las fuentes naturales (Figura 2) y a esto hay que añadir una cantidad superior a 50 Tg/año movilizada mediante la transformación de tierras.28, 30

La alteración del ciclo del nitrógeno tiene múltiples consecuencias. En la atmósfera, éstas incluyen (i) una concentración creciente del gas de efecto invernadero óxido nitroso a nivel global; (ii) aumentos notables en los flujos de gases reactivos basados en el nitrógeno (dos tercios o más de las emisiones globales de óxido nítrico y amoniaco son causadas por los seres humanos); y (iii) una considerable contribución a la lluvia ácida y al smog fotoquímico que afligen a las áreas urbanas y agrícolas en todo el mundo.31 El nitrógeno reactivo que es emitido a la atmósfera es dispersado por el viento, lo cual puede influir en las dinámicas de los ecosistemas receptores. En aquellas regiones en las que el suministro de nitrógeno fijado era escaso, el nitrógeno añadido generalmente aumenta la productividad y el almacenamiento de carbono en los ecosistemas y a la larga acaba aumentando las pérdidas de nitrógeno y de cationes en los suelos, mediante un conjunto de procesos denominado “saturación de nitrógeno”.32 Allá donde el nitrógeno añadido aumenta la productividad de los ecosistemas, también suele reducir su diversidad biológica.33

El nitrógeno fijado por los seres humanos puede también pasar desde los campos de cultivo, los sistemas de saneamiento y los sistemas terrestres saturados de nitrógeno a los ríos y arroyos, a los acuíferos y finalmente a los océanos. El flujo de nitrógeno a través de los ríos y arroyos ha ido creciendo marcadamente a medida que la alteración del ciclo del nitrógeno por parte de los seres humanos se ha ido acelerando; el nitrato en los ríos va muy unido al poblamiento humano de las cuencas fluviales y al conjunto de aportes de nitrógeno causado por los seres humanos en dichas cuencas.8 El incremento en el nitrógeno fluvial acarrea la eutrofización de muchos estuarios, provocando “blooms” de algas nocivas e incluso tóxicas y amenazando la sostenibilidad de los caladeros marinos.16, 34

Otros ciclos. Los ciclos del carbono, del agua y del nitrógeno no son los únicos que se ven alterados por las actividades humanas. Los seres humanos son también la mayor fuente de los óxidos gaseosos de azufre en la atmósfera; éstos afectan a nivel regional a la calidad del aire, a la biogeoquímica y al clima. Además, la minería y la movilización del fósforo y de muchos metales exceden los flujos naturales de éstos; algunos de los metales que son concentrados y movilizados son altamente tóxicos (por ejemplo, el plomo, el cadmio y el mercurio).35 Sin duda la humanidad es una importante fuerza biogeoquímica en la Tierra.

Sustancias químicas orgánicas sintéticas. Los compuestos químicos orgánicos sintéticos han traído muchos beneficios a la humanidad. Sin embargo, muchos son tóxicos para los seres humanos y para otras especies y algunos son peligrosos incluso a concentraciones tan bajas como 1 parte por mil millones. Muchos compuestos químicos persisten en el entorno durante décadas; algunos son tóxicos y persistentes a la vez. Los compuestos organoclorados de larga duración ofrecen los ejemplos más claros de las consecuencias ambientales de las sustancias persistentes. Insecticidas como el DDT y las sustancias emparentadas con él así como compuestos industriales como los policlorobifenilos (PCBs), fueron ampliamente usados en Norteamérica en las décadas de los 50 y 60. Fueron transportados por todo el globo, se acumularon en los organismos y aumentaron su concentración a través de las cadenas tróficas; devastaron las poblaciones de algunos depredadores (especialmente las de halcones y águilas) y se introdujeron en ciertos aspectos de la alimentación humana en concentraciones más altas de lo que aconsejaría la prudencia. El uso doméstico de estas sustancias decayó en la década de los 70 en Estados Unidos y Canadá y desde entonces su concentración ha descendido. Sin embargo, los PCBs en particular siguen siendo directamente detectables en muchos organismos, a veces en concentraciones que se aproximan a umbrales preocupantes para la salud pública.36 Aún seguirán circulando a través de los organismos durante muchas décadas.

Las sustancias químicas sintéticas no necesitan ser tóxicas para causar problemas medioambientales. El hecho de que los persistentes y volátiles clorofluorocarbonos (CFCs) no fuesen tóxicos en absoluto contribuyó a la extensión de su uso como refrigerantes e incluso como propelentes de aerosoles. El posterior hallazgo de que los CFCs ocasionaban la descomposición del ozono estratosférico, y sobre todo el ulterior descubrimiento de su responsabilidad en el agujero antártico de la capa de ozono, resultaron ser grandes sorpresas para la ciencia ambiental global.37 Por otra parte, la respuesta del sistema político internacional ante dichos descubrimientos constituye el mejor ejemplo existente de que el cambio medioambiental global puede ser afrontado de manera eficaz.38

Ciertos compuestos concretos que suponen graves amenazas para la salud y el medioambiente pueden ser abandonados y a menudo lo son (a pesar de que la producción de PCBs está creciendo en Asia). De todos modos, cada año la industria química produce más de 100 millones de toneladas de compuestos orgánicos, lo cual representa unos 70.000 compuestos diferentes, con unos 1.000 compuestos nuevos al año.39 Sólo una pequeña parte de las muchas sustancias químicas producidas y liberadas al medioambiente es sometida adecuadamente a pruebas para comprobar si son peligrosas para la salud o cuál es su impacto ambiental.

Cambios bióticos

La modificación de los recursos biológicos de la Tierra –sus especies y sus poblaciones genéticamente diferenciadas- es notable y cada vez mayor. La extinción es un proceso natural, pero las actuales tasas de pérdida de variabilidad genética, de desaparición de poblaciones y de extinción de especies están muy por encima de las tasas de fondo; es algo que está produciéndose en la actualidad; y representa todo un cambio global irreversible. Al mismo tiempo, el transporte de especies realizado por los seres humanos a lo largo y ancho de la Tierra está homogeneizando la biota del planeta, introduciendo numerosas especies en nuevas áreas en las que pueden perturbar tanto los sistemas naturales como los humanos.

Pérdidas. Las tasas de extinción son difíciles de determinar globalmente, en parte debido a que la mayoría de las especies de la Tierra aún no han sido identificadas. De todos modos, cálculos recientes sugieren que las tasas de extinción de especies son en la actualidad entre 100 y 1.000 veces mayores de lo que lo eran antes de la dominación humana de la Tierra.41 En el caso de grupos concretos bien conocidos, las tasas son incluso mayores; nada menos que un cuarto de las especies de aves de la Tierra han sido conducidas a la extinción por las actividades llevadas a cabo por los seres humanos durante los dos últimos milenios, especialmente en las islas oceánicas (Figura 2).42 En la actualidad, el 11% de las aves restantes, el 18% de los mamíferos, el 5% de los peces y el 8% de las especies vegetales de la Tierra se hallan amenazados de extinción.43 Se ha producido una pérdida desproporcionada de grandes mamíferos a causa de la caza; estas especies tenían un papel dominante en muchos ecosistemas y su pérdida ha acarreado un cambio fundamental en las dinámicas de éstos44, lo cual podría ocasionar aun más extinciones. Los organismos más grandes de los sistemas marinos se han visto afectados de un modo similar a causa de la pesca y de la caza de ballenas. La transformación de tierras ha sido por sí misma la causa más importante de extinción y la tasa actual de transformación de tierras acabará por llevar a la extinción a muchas más especies, aunque se produce con una demora temporal que enmascara las verdaderas dimensiones de la crisis.45 Además, los efectos de otros elementos del cambio medioambiental global –de los ciclos alterados del carbono y del nitrógeno y del cambio climático antropogénico- sólo están empezando a producirse.

Aun siendo tan grandes, estas pérdidas de especies no llegan a dar una idea de la verdadera magnitud de la pérdida de variación genética. La pérdida de poblaciones localmente adaptadas dentro de las especies así como de material genético dentro de las poblaciones debida a la transformación de tierras es un cambio provocado por el ser humano que reduce la resiliencia[g] de las especies y los ecosistemas a la vez que impide el uso por parte de nuestra especie del catálogo de productos naturales y material genético que representan.46

A pesar de que los intentos de conservación centrados en especies amenazadas particulares han logrado algunos éxitos, son muy caros –y la protección o restauración de ecosistemas completos a menudo representa la forma más efectiva de mantener la diversidad a nivel genético, poblacional y de especie. Además, los propios ecosistemas pueden jugar papeles importantes tanto en los paisajes naturales como en los dominados por los seres humanos. Por ejemplo, los ecosistemas de manglares protegen de la erosión las áreas costeras y ofrecen lugares de cría para especies de mar abierto con importancia comercial, pero en muchas zonas se hallan amenazados por la transformación de tierras.

Invasiones. Además de extinciones, la humanidad ha causado una reorganización de los sistemas bióticos de la Tierra mediante la mezcla de especies de flora y fauna que se habían mantenido largo tiempo geográficamente aisladas. La magnitud del transporte de especies, denominado “invasión biológica”, es enorme47; las especies invasoras están presentes en casi todas partes. En muchas islas, más de la mitad de las especies de plantas son alóctonas y en muchas áreas continentales el porcentaje es del 20% o más (Figura 2).48

Al igual que en el caso de la extinción, la invasión biológica sucede de forma natural –y al igual que en el caso de la extinción, las actividades humanas han acelerado su tasa varios órdenes de magnitud. La transformación de tierras interactúa intensamente con la invasión biológica, de modo que los ecosistemas alterados por los seres humanos ofrecen generalmente focos primarios para las invasiones a la vez que en algunos casos la propia transformación de tierras es causada por invasiones biológicas.49 El comercio internacional es también una causa principal de la desaparición de barreras biogeográficas; el comercio con organismos vivos se produce de forma masiva y a nivel global y muchos otros organismos son desplazados inadvertidamente. En lo referente a sistemas de agua dulce, la combinación de la transformación de tierras corriente arriba, la hidrología alterada y las numerosas introducciones de especies, tanto deliberadas como accidentales, han provocado una invasión especialmente extensa tanto en los ecosistemas continentales como en los insulares.50

En ciertas regiones, las invasiones se están volviendo cada vez más frecuentes. Por ejemplo, en la bahía de San Francisco, en California, se ha establecido una media de una especie nueva cada 36 semanas desde 1850, cada 24 semanas desde 1970 y cada 12 semanas en la última década.51 Algunas de las especies introducidas se convierten rápidamente en invasoras de extensas áreas (por ejemplo, la almeja asiática[h] en la bahía de San Francisco), mientras que otras llegan a ocupar una amplia extensión sólo tras un lapso de décadas o como mucho tras un siglo. 52

Muchas invasiones biológicas son prácticamente irreversibles; una vez que un material genético replicante es liberado al medioambiente y logra tener éxito en él, hacer que desaparezca de ese entorno es, en el mejor de los casos, difícil y caro. Además, ciertas introducciones de especies tienen consecuencias. Algunas dañan la salud de los seres humanos y de otras especies; al fin y al cabo, la mayoría de las enfermedades infecciosas son invasoras en la mayor parte de su área de distribución. Otras han causado pérdidas económicas de miles de millones de dólares; la reciente invasión de Norteamérica por parte del mejillón cebra[i] es un ejemplo bien conocido. Algunas perturban los procesos de los ecosistemas, alterando completamente su estructura y su funcionamiento. Finalmente, ciertas invasiones provocan pérdidas en la diversidad biológica de las especies y poblaciones nativas; después de la transformación de tierras constituyen la causa de extinción más importante.53

Conclusiones

Las consecuencias globales de las actividades humanas no son algo que vayamos a tener que afrontar en un futuro –como bien ilustra la Figura 2-, ya están aquí. Todos estos cambios se están produciendo ya y, en muchos casos, de forma acelerada; muchos de ellos fueron generados mucho antes de que su importancia fuese reconocida. Además, todos estos fenómenos, aparentemente distintos entre sí, apuntan a una sola causa –la creciente escala de las actividades humanas. Las tasas, escalas, tipos y combinaciones de los cambios que se están produciendo ahora son fundamentalmente diferentes de los de aquellos que se hayan producido en cualquier otro momento de la historia; estamos cambiando la Tierra tan rápidamente que no nos da tiempo a entender dicho cambio. Vivimos en un planeta dominado por los seres humanos –y el impulso del crecimiento poblacional humano, junto con la presión en favor de un mayor desarrollo económico en la mayor parte del mundo, indican que sin duda nuestro dominio aumentará.

Los textos que aparecen en esta sección especial[j] resumen nuestro conocimiento acerca de los principales ecosistemas dominados por los seres humanos y ofrecen recomendaciones políticas concretas referentes a ellos. Además, sugerimos que la tasa y el alcance de la alteración de la Tierra causadas por los seres humanos deberían influir en nuestra forma de pensar sobre la Tierra. Está claro que controlamos buena parte de la Tierra y que nuestras actividades afectan al resto de ella. En un sentido muy literal, el mundo se halla en nuestras manos –y el modo en el que lo agarremos determinará su composición y sus dinámicas, así como nuestro destino.

El reconocimiento de las consecuencias globales de las actividades humanas sugiere tres direcciones complementarias sobre las que actuar. Primero, podemos trabajar para reducir el ritmo al que alteramos el sistema Tierra. Los seres humanos y los sistemas dominados por ellos pueden lograr adaptarse a un cambio más lento y los ecosistemas y las especies que éstos mantienen pueden hacer frente de un modo más eficaz a los cambios que les imponemos si dichos cambios son lentos. En tal caso, nuestra huella sobre el planeta54 podría ser estabilizada en un punto en que quedasen suficientes espacio y recursos para mantener a la mayor parte de las demás especies de la Tierra, por su propio bien, así como para el nuestro. Reducir el ritmo del crecimiento de los efectos provocados en la Tierra por los seres humanos implica ralentizar el crecimiento de la población humana y usar los recursos de un modo tan eficiente como resulte práctico. A menudo son los residuos y subproductos de las actividades humanas los que provocan el cambio medioambiental global.

En segundo lugar, podemos acelerar nuestros intentos de entender tanto los ecosistemas de la Tierra como el modo en que éstos interactúan con los numerosos componentes del cambio global causado por los seres humanos. La investigación ecológica es inherentemente compleja y exigente: requiere mediciones y seguimiento de poblaciones y ecosistemas; estudios experimentales para comprender la regulación de los procesos ecológicos; desarrollar, probar y validar modelos regionales y globales; e integrarse con un amplio rango de ciencias: biológicas, de la Tierra, atmosféricas y marinas. El desafío de llegar a comprender un planeta dominado por los seres humanos requiere además que sean incluidas en nuestros análisis las dimensiones humanas del cambio global –los factores sociales, económicos, culturales y de otro tipo que dirigen las actividades humanas.

Para acabar, el dominio humano de la Tierra significa que no podemos declinar la responsabilidad de gestionar el planeta. Nuestras actividades están causando cambios rápidos, nuevos y considerables en los ecosistemas de la Tierra. Mantener poblaciones, especies y ecosistemas frente a dichos cambios, así como mantener el flujo de bienes y servicios que éstos aportan a la humanidad55, requerirá, hasta donde se puede prever, una gestión activa en el futuro. No existe nada que ilustre más claramente el grado de dominación humana sobre la Tierra que se ha alcanzado que el hecho de que para mantener la diversidad de las especies “salvajes” y el funcionamiento de los ecosistemas “salvajes” se requerirá una creciente intervención humana en ellos.

Notas y referencias

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58. Damos las gracias a G. C. Daily, C. B. Field, S. Hobbie, D. Gordon, P. A. Matson y R. L. Naylor por sus comentarios constructivos acerca de este escrito, a A. S. Denning y S. M. Garcia por su ayuda con las ilustraciones y a C. Nakashima y B. Lilley por preparar el texto y las figuras para su publicación.



[a] Traducción a cargo de Último Reducto del artículo original “Human Domination of Earth’s Ecosystems”, publicado en Science, vol. 277, 25 de julio de 1997. Nota del traductor.

[b] En ecología se denomina “producción primaria” a la materia orgánica producida directamente por los organismos autótrofos (fotosintéticos y quimiosintéticos). Es la base de las cadenas tróficas. N. del trad.

[c] Una zona de surgencia o afloramiento es una zona donde las corrientes marinas hacen aflorar los nutrientes desde las zonas profundas a la superficie. N. del trad.

[d] Un superdepredador es aquella especie de depredador situada en la cima de la cadena trófica en un ecosistema. N. del trad.

[e] Ppm = Partes por millón, una medida de la concentración habitualmente usada en gases. N. del trad.

[f] El efecto conocido como albedo se refiere a la reflexión de la luz que incide en la superficie terrestre. Su valor es el cociente entre la energía luminosa reflejada y la energía luminosa incidente. N. del trad.

[g] En ecología la resiliencia es el nombre que recibe la capacidad de una especie o de un ecosistema para soportar y recuperarse de las perturbaciones sufridas. N. del trad.

[h] Corbicula fluminea. N. del trad.

[i] Dreissena polymorpha. N. del trad.

[j] Los autores se refieren al informe especial de la revista Science, titulado: “Human-dominated Ecosystems: Articles”, del cual forma parte este artículo. N. del trad.

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Nat Ind,
4 jun. 2017 5:39