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La sombra del pasado

PRESENTACIÓN DE “LA SOMBRA DEL PASADO”

 

A continuación, reproducimos el capítulo final del libro Historia verde del mundo, de Clive Ponting (1992, Ediciones Paidós Ibérica). Lo hacemos no tanto porque compartamos las argumentaciones o los datos utilizados por el autor sino por el análisis general que hace de la civilización hasta el siglo XX. Este análisis resalta las importantes consecuencias que tuvieron dos “transiciones”, como las denomina el autor: la adopción de la agricultura y la industrialización. Ambas han condicionado y, seguramente, condicionarán los modos de vida y el comportamiento general de las sociedades que las han ido adoptando. La expansión de las culturas agrícolas e industriales cobra una importancia fundamental a la hora de entender cómo se desarrollan las sociedades, por encima de cualquier otro factor cultural. Esto significa que son los “factores materiales” (la tecnología, la demografía, la ecología, etc.) los que dan forma a las características principales de una sociedad y los que condicionan y determinan su evolución futura, por encima de otros factores (como su forma de gobierno, su religión, su ideología, etc.). Este texto proporciona un análisis de esta clase; ahí reside su interés principal.

Quizá algunos de los datos que presente estén desfasados ya que son de 1991. Ponting revisó este libro y lo volvió a publicar en 2007 bajo el título A New Green History of the World. Hasta donde nosotros sabemos, no hay traducción en castellano.

Otros datos continúan estando vigentes. Ha querido la casualidad que pocos días antes de escribir estas líneas [2011] se hiciera oficial que la humanidad había superado la cifra de los 7.000 millones de habitantes. Y la proyección para el 2025 es alcanzar los 8.000 millones, que es la cifra que da Ponting. El crecimiento de la población es un claro ejemplo de lo que significa la primacía de los factores materiales. Ningún gobierno ha decidido que había que alcanzar esas cifras sino que este aumento de la población humana es una consecuencia directa de la industrialización. El tamaño de la población humana es un factor clave a la hora de entender el impacto que se tendrá sobre la naturaleza.

Ponting afirma que: “Una amenazadora crisis global y un deterioro social provocados por el agotamiento de las materias primas y la energía parecen tener en la actualidad menos probabilidades de producirse en un futuro inmediato [...]. Las presiones más serias e inmediatas se están dando en la actualidad bajo la forma de degradación y destrucción de algunos otros recursos vitales de los que dependen las sociedades: reguladores medioambientales globales, suelo, agua, aire y biodiversidad.” Cabe dudar de que esa probabilidad sea menor, ya que, al fin y al cabo, es la búsqueda de materias primas y fuentes de energía para satisfacer las crecientes necesidades de la sociedad tecnoindustrial la que genera principalmente la degradación y destrucción de esos “recursos vitales”. Si lo uno está ligado a lo otro, resulta chocante ese cálculo de probabilidad. Quizá esta afirmación se deba a que cuando se escribió el libro los modelos que estudiaban la importancia del agotamiento de los recursos estaban desacreditados y se creían poco fiables, como los describió Ponting (consúltese “Los límites del crecimiento tras el cenit del petróleo”, Charles A. S. Hall y John W. Day, Jr., Investigación y Ciencia, Octubre, 2009).

Finalmente, hay que señalar lo que viene siendo una tendencia generalizada dentro de algunos análisis ecológicos: la inclusión de la desigualdad en el reparto de la riqueza entre las naciones (y la “desigualdad social” en general) como una variable más a estudiar dentro de la perspectiva ecológica. El texto de Ponting no escapa a este defecto.

 


LA SOMBRA DEL PASADO

Por Clive Ponting[1]

Los pilares de la historia humana se asientan en la forma de funcionar de los ecosistemas. Todos los seres vivos de la Tierra, seres humanos incluidos, forman parte de estas complejas redes de interdependencia entre las diferentes plantas y animales que constituyen una cadena alimenticia y que van desde los fotosintetizadores en la base, pasando por los herbívoros, hasta llegar a los carnívoros en la cúspide. Debido a la decreciente eficacia energética de la cadena alimenticia, el número de criaturas que se pueden mantener en cada nivel se va reduciendo progresivamente. Cuando aparecieron los antepasados directos de los seres humanos, probablemente en el este de África hace dos millones de años, funcionaban prácticamente como herbívoros, pero también eran carnívoros, recogían a los animales muertos y practicaban un poco la caza. Su número estaba por tanto condicionado por la capacidad de los ecosistemas locales para mantener a los animales situados en la cima de la cadena alimenticia.

La historia humana es, en un cierto nivel, la historia de cómo se han vencido estos condicionamientos y de las consecuencias que ello ha tenido para el medio ambiente. El alejamiento más importante respecto a las limitaciones ecológicas básicas ha sido el incremento del número de seres humanos muy por encima del nivel que los ecosistemas naturales podían mantener. Los primeros pasos fueron la gradual expansión de los seres humanos por todo el mundo y a adopción de técnicas que les permitiesen dominar los ecosistemas terrestres. Esto dependió de una serie de atributos especiales que tuvieron su origen en el gran aumento del tamaño del cerebro: el lenguaje, la cooperación social y el desarrollo de diversas tecnologías (muy simples en un primer momento) que les permitieron ahondar en el proceso de adaptación a muy diversos hábitats. En esta fase las personas vivían de recolectar y cazar alimentos, y su impacto sobre el medio ambiente estuvo por lo general limitado, a excepción de unos pocos casos como la extinción de grandes mamíferos a finales de último período glacial, por su forma de conseguir la comida, por su estilo nómada de vida, su carencia de propiedades y su relativamente pequeño número. Pero la cantidad de seres humanos fue creciendo de forma muy progresiva, quizá hasta unos cuatro millones de personas alrededor del año 10.000 antes de J.C. La presión del crecimiento demográfico no se debilitó, y estos grupos consiguieron vencer los condicionamientos ecológicos con la adopción de la agricultura. No fue un proceso súbito: inicialmente significó poco más que un uso más intensivo de las formas ya existentes de obtener alimentos. Pero el resultado final fue la alteración o destrucción de los ecosistemas naturales, pues toda actividad agrícola supone la creación de un medio ambiente artificial para cultivar plantas seleccionadas y cuidar los animales domésticos.

Éste fue un momento decisivo en la historia humana, el abandono de una forma de vida que había prevalecido durante dos millones de años. Ayudó de alguna manera a solucionar el problema de cómo alimentar a un número de personas cada vez mayor, pero al hacerlo abrió el camino a un crecimiento demográfico todavía más intenso. La agricultura, una vez adoptada, resultó ser un medio por regla general efectivo para mantener a un número de personas mayor que nunca poniendo más tierra en producción y usando métodos de cultivo más intensivos que los utilizados hasta entonces. La historia humana de los diez mil últimos años la ha conformado esta explosión demográfica basada en la agricultura: un aumento de la población de cuatro millones de personas a cinco mil millones. Detrás de esta tendencia global hubo algunas fluctuaciones importantes y algunos casos individuales de fracaso agrícola, sociedades que al final no consiguieron mantener el hábitat artificial particular que habían creado y del que habían llegado a depender, y en el que la superestructura resultó excesiva para los pilares.

Hasta finales del siglo XVIII, el índice global de crecimiento demográfico fue por lo general lento debido a la dificultad de mantener a un mismo ritmo el crecimiento de la producción alimentaria y el de las cifras de población. Sin embargo, conforme se fue poniendo más tierra en cultivo, se consiguió alimentar a más personas. No fue hasta hace doscientos años, con la mejoras en la salud, el aumento de producción agrícola y la creciente importancia del comercio, la industria y los servicios, cuando la población del mundo empezó a expandirse rápidamente. En la década de 1980 la Tierra tenía que mantener a unos noventa millones de personas nuevas cada año. Un incremento de la misma envergadura que la población total de hace 2.500 años. A estas personas ha habido que alimentarlas, alojarlas, vestirlas y proporcionarles (en diversa medida) bienes y servicios. Aun cuando no hubiese aumentado el consumo per cápita, este inmenso ascenso de las cifras demográficas habría de imponer crecientes exigencias sobre los recursos de la Tierra. La mayor parte de estas demandas estuvieron motivadas por necesidades humanas básicas. A medida que se necesitó más tierra para cultivar alimentos, se fueron destruyendo más ecosistemas naturales. Se necesitó madera para construir casas y para cocinar y calentarse, por lo que gradualmente se fueron aclarando bosques. Se necesitaron minerales de metal para fabricar herramientas y artículos de lujo, por lo que se consumieron los recursos minerales de la Tierra. Hubo que vestir a las personas, por lo que hubo que cultivar la tierra para cosechar algodón, cuidar a los animales para conseguir lana y pieles y cazar animales salvajes para hacerse con sus pieles.

La creciente demanda de recursos provocada por el crecimiento de las cifras demográficas no sólo supuso tensiones para el medio ambiente, también forzó el desarrollo de técnicas más complejas que requerían más esfuerzo. La agricultura ilustra muy bien este proceso. Con la recolección y la caza, el nivel de esfuerzo necesario para obtener una dieta adecuada y variada es relativamente bajo. La adopción de la agricultura requirió más trabajo como sembrar, escardar, regar, cosechar y almacenar. Los animales domesticados requerían actividades como guardarlos, ordeñarlos, esquilarlos, pastorearlos, procurarles alimento en invierno, construir vallas y darles cobijo. A cambio de un esfuerzo mayor se consiguió obtener una mayor producción de comida en una extensión de tierra menor aunque, como la agricultura dependía de una variedad menor de cultivos, las sociedades agrícolas se enfrentaron de hecho a un riesgo mayor de reservas alimentarias inadecuadas en comparación con los grupos dedicados a la recolección y la caza. Cada tipo de agricultura exige niveles de esfuerzo muy distintos para obtener alimentos. La que menos trabajo requiere es la agricultura de tala y quema, puesto que con ella no es necesario desherbar ni abonar y la única herramienta necesaria es un palo para cavar. Parece probable que sólo la presión del crecimiento demográfico (que redujo la amplitud de los períodos de barbecho durante los cuales la capa forestal se podía regenerar y el suelo podía recobrar su fertilidad) obligase a las personas a establecer campos permanentes y a asumir la tarea adicional de aclarar los herbazales y arar. Los arrozales y la irrigación también requieren niveles más altos de esfuerzo. Los métodos intensivos modernos, aunque utilizan menos mano de obra, requieren aportaciones aún mayores, como máquinas, fertilizantes, pesticidas, consumo de energía y de recursos, para alcanzar los altos niveles de producción necesarios para alimentar a una población mayor.

El mismo tipo de resultados motivados por la creciente presión demográfica se puede advertir en el caso de la ropa. Los primeros seres humanos utilizaban para vestirse las pieles de los animales que habían matado o que habían recogido ya muertos. Conforme aumentó la población esto dejó de ser posible y se fabricaron textiles con fibras naturales como el lino, el algodón y la lana. Ello obligó a utilizar la tierra para cultivar cosechas o para que paciesen los animales, así como a realizar un esfuerzo adicional para hilar y tejer las materias primas. Estos métodos, junto con la caza y la captura mediante trampas de animales salvajes para hacerse con su piel, proporcionaron prendas suficientes durante siglos. El rápido aumento demográfico del siglo XIX, la necesidad de usar más tierra para cultivar alimentos en lugar de otras cosechas y la destrucción masiva de muchas especies animales de pelo sometió a estos recursos a una tensión cada vez mayor. Sólo la aparición de métodos de manufactura de fibras artificiales a partir de productos químicos ha permitido vestir a la población mundial en el siglo XX. Pero estás técnicas más complejas de manufactura consumen más recursos y más energía.

La misma secuencia de aumento de demandas que provocaron escaseces y obligaron a la adopción de nuevas tecnologías y a usar recursos nuevos también la podemos apreciar en el caso de los materiales de escritura. Con una baja productividad donde encontrar alimentos suficientes para alimentar a los seres humanos era una tarea difícil, la Europa medieval (y también China) sólo podía mantener a un número pequeño de animales debido a la dificultad de alimentarlos, especialmente en invierno. La cantidad de pergamino y papel vitela (procedente de las pieles de los animales) que se podía producir era por tanto estrictamente limitada. Conforme aumentó la demanda de materiales de escritura, hubo que sustituir esos materiales por lo que se consideraba un producto inferior, el papel fabricado principalmente con pulpa de madera. La consecuencia fue que se talasen más árboles (y que en el siglo XX se creasen grandes monocultivos de pino y eucalipto) para mantener una industria con un amplio surtido de productos de papel y con una producción en creciente aumento.

De igual forma, la escasez de suministros de madera en Europa provocó un aumento en el uso de un combustible que se consideraba de inferior calidad, el carbón, que requería un mayor esfuerzo en las actividades mineras y en el transporte que la madera y que era más difícil de usar en muchos procesos industriales. Conforme han seguido aumentando las demandas energéticas, ha habido que desarrollar procesos aún más complejos tecnológicamente como la producción petrolífera en el mar.

Desde una determinada perspectiva, esta invención de nuevas técnicas y de procesos de producción más complicados y la utilización de más recursos se puede ver como progreso, la creciente habilidad de las sociedades humanas para controlar y modificar el medio ambiente con el fin de satisfacer sus necesidades haciendo gala de grandes dosis de ingenio y de una gran capacidad para responder a los retos y buscar soluciones a los problemas. Desde una perspectiva ecológica, el proceso parece una sucesión de formas cada vez más complejas y perjudiciales para el medio ambiente de satisfacer las mismas necesidades humanas básicas.

Fue la primera gran transición de la historia humana -la adopción de la agricultura y el consiguiente auge le las comunidades sedentarias- lo que impulsó a la sociedad humana hacia esta vía. Permitió alimentar a más personas, aunque con frecuencia las cifras no estuvieron en línea con la capacidad del sistema agrícola, perpetuamente expuesto a los caprichos del tiempo atmosférico y de los cambios climáticos, provocando así una desnutrición generalizada y una recurrencia del hambre. La segunda gran transición de la historia humana -el uso de fuentes de energía de combustibles fósiles y la expansión de la industrialización- marcó un salto masivo en el proceso de utilización de una cantidad mayor de los recursos de la Tierra para mantener a muchas más personas, lo que permitió abastecer a algunas de ellas de muchos más alimentos y productos de los que habían tenido hasta entonces. Por primera vez en la historia humana se dispuso de energía gratuita, permitiendo que la producción industrial, y con ello el índice de consumo de los recursos de la Tierra, creciese hasta niveles sin precedentes. Se ha calculado que la producción industrial adicional conseguida en el mundo cada década a partir de 1950 es igual a la producción industrial total del mundo hasta ese momento.

Desde 1800, la población mundial se ha multiplicado por cinco en menos de doscientos años, necesitándose un ingente incremento de la producción agrícola y la destrucción de grandes áreas de ecosistemas naturales hasta entonces intactos, así como el uso de formas mucho más intensivas de cultivar unos ecosistemas ya muy modificados que conformaban la tierra agrícola existente. Una gran proporción de esta mayor población se ha concentrado en las ciudades, donde las cifras demográficas han aumentado de unos veinticinco millones de personas a más de dos mil millones.

La cantidad de contaminación generada por las actividades humanas se ha incrementado con mayor rapidez que la población y que el nivel de industrialización. Su naturaleza también ha cambiado desde 1945 con la creciente elaboración de productos no naturales, con frecuencia tóxicos hasta en cantidades minúsculas, que los ecosistemas naturales no pueden descomponer.

Los efectos de la primera gran transición se dejaron sentir prácticamente en todas las zonas del mundo: la agricultura se adoptó de forma independiente en diferentes lugares y aparecieron sociedades asentadas distintas en el Próximo Oriente, en China, en las Américas y en todas partes. La segunda gran transición fue diferente. Fue un proceso dominado desde su inicio por una parte del mundo, primero Europa, más tarde Norteamérica y luego Japón. Las razones de esto radican principalmente en el establecimiento de un control cada vez mayor sobre el resto del mundo en los siglos posteriores a 1500. Este control adoptó formas muy diferentes: colonización, colonias y comercio colonial de los países europeos, seguidos por Estados Unidos y más tarde por Japón, que pusieron en marcha una forma diferente, pero también muy efectiva, de dominio a través del comercio. Desde 1945, estos países han conseguido garantizar su dominio continuo de la economía mundial no sólo mediante su abrumador potencial político, militar y económico, sino también a través de las instituciones internacionales y del control sobre la ayuda y la distribución del excedente alimentario.

Hasta hace cuatro o cinco siglos, todas las sociedades del mundo dependían casi por completo de los recursos que podían obtener de la zona concreta donde se asentaban; el comercio era limitado y el transporte deficiente. Desde 1500, Europa y los países industrializados han tenido acceso a los recursos de todo el mundo, en primer lugar para conseguir una variedad mayor de alimentos y más tarde importantes alimentos básicos, y en segundo lugar para tener una fuente de materias primas (y también de mercados) para su continua expansión industrial.

La expansión de Europa se puede ver como el gradual establecimiento y expansión de imperios y como la transmisión de la “civilización” a pueblos menos afortunados. Desde una perspectiva ecológica, tal expansión parece más una oleada de destrucción que se haya extendido por todo el mundo. La colonización de Norteamérica ejemplifica este proceso. En las posiciones avanzadas de la frontera los habitantes indígenas cayeron bajo la influencia europea y, finalmente, bajo su control, empezando por las actividades de comerciantes y tramperos. Los colonizadores los desposeyeron de su tierra y los desplazaron hacia el oeste, donde el proceso se repitió hasta que se vieron reducidos a un triste recuerdo de un pueblo en otro tiempo próspero. Conforme extendieron sus actividades, los cazadores y tramperos de pieles exterminaron muchas especies como el castor, el bisonte y la paloma migratoria[2], unas veces totalmente y otras en una amplia zona. Los colonos aclararon los bosques naturales y establecieron campos. Con tanta tierra, la tendencia que siguió la agricultura fue expandirse para ocupar el espacio disponible, trasladándose cuando las malas prácticas empobrecieron rápidamente el suelo y lo dejaron en un estado susceptible a la erosión. Conforme descendió la productividad, se abandonó la tierra degradada y la frontera de los cultivos se desplazó hacia el oeste. Al mismo tiempo, las compañías madereras también estaban acabando con los bosques, y las expediciones de prospección y las compañías mineras estaban abriendo minas para extraer metales y carbón. Aparecieron industrias y con ellas grandes ciudades que se extendieron por la campiña sin ninguna planificación.

Al proceso de pasar de una sociedad preindustrial a otra industrial se ha dado en llamarlo desarrollo. Al igual que con la idea de progreso, el desarrollo ha sido aclamado no sólo como deseable sino como inevitable para poder mantener a un mayor número de personas y para poder satisfacer el aparentemente insaciable deseo de niveles materiales más altos. El esquema institucional y comercial creado por las primeras naciones que recorrieron el camino, y el esquema mental relacionado con él y que gira en torno a las ideas de la economía moderna y al imperativo de maximizar el PNB, potenciaron un clima en el que el objetivo de desarrollo se ha llegado a aceptar en todo el mundo. Hoy en día la marea de destrucción se puede ver barriendo la región amazónica de Brasil, un país con inmensos recursos naturales, que está siguiendo enérgicamente el curso del desarrollo. Es el mismo proceso de cambio, de forma más concentrada, que en Europa se tardó varios cientos de años en concluir y que más tarde se reprodujo en un número selecto de países.

La Amazonia, la zona más grande de bosque tropical de la Tierra y habitada por algunos de los últimos pueblos dedicados a la recolección y la caza, fue una zona demasiado remota y difícil de explotar a gran escala hasta la década de 1960. Entonces la región quedó abierta a la colonización con la construcción de carreteras dentro del bosque tropical; la población asentada a lo largo de la carretera de Brasilia a Belem aumentó de las 200.000 personas que había en el momento de su inauguración en 1960 hasta dos millones una década después. Las tribus indias padecieron inmensamente a raíz de una serie de intrusiones en sus tierras tradicionales: primero los buscadores de oro, después los especuladores de terrenos y los campesinos sin tierras, los rancheros, los madereros y los ingenieros civiles que construían las carreteras y las presas. Los buscadores de oro (en 1988 había 100.000 personas que intentaban encontrar oro formando parte del programa militar Calha Norte para colonizar la zona de la frontera norte de Brasil) usan mercurio para obtener el metal, y esto contamina el agua de una extensa área. Para conseguir tierra para los asentamientos y para el cultivo y, sobre todo, para enormes ranchos de ganado, se queman grandes zonas de bosque, aun cuando la hierba que crece tras el clareo del bosque es demasiado pobre para mantener a los animales durante más de unos pocos años. A los colonos campesinos se les alienta a desplazarse a la zona con el fin de aliviar la presión para reformar la tierra en el resto del país (más del 80 por ciento de la tierra agrícola de Brasil es propiedad de menos del 5 por ciento de la población). A Rondonia (la parte occidental de Amazonas) llegan cada año de 70.000 a 80.000 colonos, y a finales de los ochenta se había aclarado un tercio del bosque. El ritmo de destrucción del bosque está creciendo rápidamente. Hasta mediados de los sesenta, en el Estado de Pará se destruyeron alrededor de 18.000 kilómetros cuadrados durante un siglo. Entre 1975 y 1986 se destruyeron 180.000 kilómetros cuadrados. Probablemente alrededor de una quinta parte del bosque tropical del Amazonas ha sido destruido, y cada año el total se incrementa en torno a 20 millones de hectáreas. El desarrollo industrial de la región se está produciendo en la actualidad y aumentará aún más la envergadura de la destrucción. Por ejemplo, el proyecto Grande Carajas en el noroeste de Brasil afectará a un sexto de la Amazonia brasileña (una zona del tamaño de Gran Bretaña y Francia juntas) con una serie de plantaciones, ranchos, minas e industrias pesadas. Las presas anegarán grandes áreas para abastecer de energía eléctrica a las nuevas industrias. Se aclararán 28.700 kilómetros cuadrados de bosque para montar ranchos de vacuno y 54.000 kilómetros cuadrados para plantaciones en las que se cultivarán cosechas para la exportación. Una mina de bauxita producirá ocho millones de toneladas al año (sobre todo para Japón), y los dieciocho mil millones de toneladas de mineral de hierro que se calcula que hay en la región (en la que está parte del mineral de mayor calidad que queda en el mundo) formarán la base para una industria de fundición del hierro. No se han previsto controles de contaminación, y las fundiciones serán alimentadas de combustible talando el bosque para hacer carbón; se calcula que unos cuatro millones de hectáreas cada año.

Una historia política, social o cultural del siglo XX, y particularmente de las últimas décadas del siglo, bien podría recoger una creciente desilusión por las consecuencias del desarrollo y detectar una tendencia hacia un mayor interés en la idea de conservación y protección del medio ambiente. Esto ha supuesto la inclusión de tópicos medioambientales tanto en la política nacional como en la internacional así como el auge de una campaña pública para conseguir cambios de política en áreas que afectan al medio ambiente como la agricultura, la regulación industrial, la contaminación y la ayuda al desarrollo. Sin embargo tales corrientes de pensamiento no han desplazado la filosofía básica, incrustada en el pensamiento occidental desde hace dos mil años, que ve el “mundo natural” como algo independiente puesto a disposición de los seres humanos para su explotación, ni el enfoque económico que ve (o que afirma ver) la continua industrialización y el mayor crecimiento económico como un requisito previo a cualquier mejora medioambiental.

Tampoco han conducido el aumento de la mentalización y las campañas sobre cuestiones medioambientales a cambios significativos en las prácticas. En décadas recientes ha habido un incremento del número de medidas, tanto nacionales como internacionales, que se han adoptado para intentar limitar el daño al medio ambiente, incluyendo importantes acuerdos internacionales sobre la lluvia ácida y las emisiones de CFC. Sin embargo, por su propia naturaleza, muchas de las medidas -aceptar la conservación de la fauna en áreas especificas, permitir la contaminación hasta ciertos niveles, adición de cláusulas que permiten cazar ballenas con fines “científicos”, fijar objetivos sin asignar recursos para verificar su cumplimiento, dar pequeñas cantidades de ayuda para a agricultura orgánica menos intensiva mientras se siguen dando grandes subvenciones a otros tipos de agricultura más intensivos- sería más fácil interpretarlas como formas de apuntalar el sistema económico existente que como los primeros pasos hacia algo nuevo y diferente.

Ha habido algunos logros, y en algunos casos (por ejemplo, la contaminación por humo de carbón en las principales ciudades), las condiciones son indudablemente mejores de lo que podrían haber sido. Sin embargo, en comparación con la envergadura de los problemas, muchas medidas son poco más que simples paliativos. En comparación con el poderoso impulso inducido por el continuo crecimiento de la población, por la necesidad de más tierra para cultivar alimentos y por la necesidad de expansión inherente al sistema industrial mundial, los resultados de estas medidas a escala mundial apenas han sido perceptibles.

Está claro que el de la industrialización es un proceso continuo. Al igual que la producción agrícola, también la industrialización ha ido creciendo de forma constante. El proceso lleva en marcha miles de años desde la aparición de los primeros alfareros y forjadores, la introducción de las primeras fuentes de energía hidráulica hace dos mil años y el creciente uso de maquinaria en Europa y China desde alrededor del año 1.000. La gran aceleración de la industrialización a partir de finales del siglo XVIII no es hasta el momento más que la fase más intensa de ese desarrollo.

Tampoco hay ningún indicio de que el mundo industrializado vaya a dejar de crecer mientras el resto del mundo intenta alcanzarlo ni de que se vaya a producir ninguna transferencia de recursos a gran escala que pueda contribuir a hacer eso posible. Quienes hablan de la “sociedad postindustrial” se están refiriendo a un fenómeno sociológico de un declive relativo de la industria pesada de la producción de las fábricas en favor de las industrias de servicios y de alta tecnología. Conforme aumenta la producción industrial, una mayor parte de la población puede ser mantenida en actividades del sector terciario, pero la producción industrial continúa, sigue aumentando de hecho, y por tanto también aumenta la cantidad de recursos y de energía que se consumen. La desindustrialización puede afectar a algunas regiones dentro de un país, pero no a la sociedad moderna en su conjunto.

¿Qué sugieren las experiencias del pasado sobre la estabilidad y la sostenibilidad de la sociedad humana tal como se ha desarrollado en el mundo industrializado y en el Tercer Mundo, en parte industrializado pero aún mayoritariamente agrícola? Las sociedades contemporáneas están sujetas, como consecuencia de acontecimientos pasados, a una serie de presiones que influyen sobre la calidad de vida de muchos de sus ciudadanos, presiones que tienen su origen en un acceso desigual a la riqueza y a los alimentos, en la escasez de recursos, la contaminación, los problemas de salud y una menor esperanza de vida. Sin embargo, tanto las personas como las sociedades son notablemente tolerantes y flexibles. Durante miles de años los seres humanos han vivido con las consecuencias de diversas formas de degradación medioambiental sin incurrir necesariamente en un deterioro social. En algunos casos las sociedades han sucumbido a las presiones medioambientales, pero el declive y el hundimiento final normalmente fueron prolongados (en Mesopotamia llegó gradualmente a lo largo de por lo menos un millar de años), y las generaciones que pasaron por este proceso probablemente no advirtieron que su sociedad se enfrentaba a un declive a largo plazo. Aun cuando el hundimiento llegase de forma relativamente rápida (como en la isla de Pascua y en el caso de los mayas), el significado del periodo precedente durante el cual fueron creciendo los problemas quizá no fuese plenamente evidente para quienes vivieron durante esa época.

Los problemas medioambientales a que ahora se enfrenta el mundo proceden de una serie de presiones que se han ido desarrollando durante largos períodos de tiempo, algunas de ellas restringidas a zonas especificas mientras que otras afectaron a todo el mundo. Durante este mismo período, la historia política del mundo ha producido un gran número de Estados sumamente desiguales, todos ellos afirmando su derecho a la independencia y la soberanía nacional, pero al mismo tiempo obligados a cooperar dentro de un sistema internacional más amplio. Las relaciones dentro de este sistema, al igual que en el pasado, se caracterizan tanto por la rivalidad y el conflicto como por la cooperación. Esto significa que, dada la sumamente desigual distribución de la riqueza y la energía en el mundo que se ha formado en los quinientos años últimos, es extremadamente difícil enfrentarse a problemas que rebasan las fronteras nacionales y a problemas que suponen importantes costes financieros y sociales. Los efectos de las diversas presiones que ha sufrido el mundo (tanto si se interpretan como evidencia de un creciente deterioro social como si no) han sido, seguirán siendo, experimentados por cada país y por cada región de formas radicalmente distintas, reforzando así las dificultades inherentes al diseño de estrategias internacionales coherentes o incluso de estrategias nacionales compatibles.

La experiencia pasada sugiere que estas presiones se seguirán dejando sentir en cuatro áreas principales: mayores tensiones sobre los recursos, creación y distribución desiguales de los alimentos y la riqueza, un peso creciente de las cifras demográficas y la amenaza de los productos generados por la sociedad industrial en forma de contaminación. En cada una de estas áreas la sombra del pasado se cierne sobre todas las sociedades modernas mientras intentan encontrar soluciones.

La capacidad de utilizar más recursos siempre ha sido esencial para la continuación de la sociedad industrial. En 1972 el Club de Roma publicó un polémico libro, Los límites del crecimiento, que preveía un hundimiento de la producción industrial y un declive incontrolable de la población en un período de un siglo, resultado en gran medida del agotamiento de los recursos y las reservas energéticas. Los modelos informáticos en que se basó el estudio, y la asunción de un crecimiento exponencial continuado en la producción, han resultado poco fiables. La experiencia de los setenta y ochenta demostró que las principales amenazas inmediatas para el mundo no provenían de una escasez de recursos y ni siquiera de una escasez de energía, aunque en algún momento estas fuentes no renovables están abocadas a extinguirse. A excepción de uno o dos minerales especializados, se calcula que las reservas conocidas de metales son suficientes para al menos un siglo y en la mayoría de casos aun más. Es probable que se descubran nuevas reservas (como ocurrió en el pasado) y se pueda incrementar el reciclado y la sustitución de los materiales. La experiencia pasada sugiere que estos procesos requerirán energía adicional para utilizar minerales de inferior calidad y esto, junto con la continuación del crecimiento de la demanda de energía y de productos basados en el petróleo en todos los puntos del sistema, algo que se viene observando hace varios cientos de años, es probable que llegue a causar problemas. Las reservas mundiales de carbón conocidas son suficientes para varios siglos. Según proyecciones actuales, las reservas conocidas de petróleo podrían durar sólo hasta el primer cuarto del siglo XIX, aunque aún se desconocen las reservas totales explotables de que dispone la Tierra. El consumo mundial de petróleo es siete veces mayor que en 1940, pero las reservas conocidas han ido creciendo a un ritmo todavía más rápido, aproximadamente a un 2 por ciento anual por encima del consumo. Durante el gran boom de los combustibles fósiles, las fuentes energéticas alternativas han permanecido olvidadas, con la excepción de los programas de alta tecnología, y este campo tiene una capacidad considerable para crear nuevas fuertes de energía.

Por lo que se refiere a los recursos en general, los principales problemas en un futuro cercano pueden ser de acceso y de si puede o no continuar la experiencia de los doscientos últimos años de una abundancia relativa de energía a precios bajos. Una amenazadora crisis global y un deterioro social provocados por el agotamiento de las materias primas y la energía parecen tener en la actualidad menos probabilidades de producirse en un futuro inmediato (aunque estos problemas, y por tanto el futuro de las sociedades industrializadas, habrá que afrontarlos en algún momento del futuro). Las presiones más serias e inmediatas se están dando en la actualidad bajo la forma de degradación y destrucción de algunos otros recursos vitales de los que dependen las sociedades: reguladores medioambientales globales, suelo, agua, aire y biodiversidad. 

En los doscientos últimos años, los países industrializados han alcanzado niveles de consumo y opulencia (y han experimentado los problemas que acompañan a este crecimiento) que habrían sido inimaginables para generaciones anteriores. Esto se ha logrado consumiendo la gran mayoría de las reservas y los recursos energéticos mundiales (y creando una proporción similar de contaminación en el mundo). Estados Unidos tiene alrededor del 5 por ciento de la población mundial, pero consume el 30
por ciento de la energía del mundo y el 40 por ciento del resto de sus recursos. La otra cara de la moneda es que más del 55 por ciento de la población del mundo que aún vive en áreas rurales sigue dependiendo directamente, como sus antepasados, de la agricultura para poder subsistir. Alrededor de la mitad de la población del mundo (dos mil quinientos millones de personas) está subalimentada, el 20 por ciento (unos mil millones), vive en absoluta pobreza y carece de necesidades básicas corno agua limpia, higiene y una vivienda digna, y apenas unos pocos menos son analfabetos. Aun cuando se estabilizasen los actuales niveles de consumo europeos y americanos, es muy dudoso que el resto del mundo (más del 20 por ciento de todos los habitantes de la Tierra) pueda jamás repetir el proceso de industrialización y alcanzar estos niveles. Se espera que el número de habitantes del mundo alcance los seis mil millones a finales del siglo XX. Para que pudiesen vivir con los actuales niveles de consumo europeos (no con los americanos) sería necesario que la producción de acero se multiplicase por 140 y que se diese un aumento similar en otros materiales clave. Es poco probable que haya suficientes recursos minerales o energéticos sobre la Tierra para mantener este nivel de producción, y las consecuencias de hacerlo probablemente serían catastróficas por lo que se refiere a contaminación. De igual manera, para alimentar a todo el mundo con la dieta de que disfruta el americano medio, y usando el mismo nivel de recursos en la agricultura, haría falta la totalidad de la actual producción mundial de petróleo y agotar las reservas conocidas en poco más de una década. Pero el mundo no industrializado aspira a una industrialización siguiendo el modelo occidental y algunos países avanzan con paso firme por esta vía. Esto suscita grandes problemas de igualdad sobre si se podría, o se debería, impedir que el Tercer Mundo se industrializase debido a las consecuencias que ello podría tener en lo que se refiere a consumo de recursos y contaminación, cuando los problemas actuales de desigual desarrollo y contaminación son principalmente responsabilidad del mundo industrializado.

Desde hace diez mil años el peso de las cifras de seres humanos ha sido un factor que ha determinado de forma crucial la capacidad de las sociedades para alimentar a sus ciudadanos y proporcionales un nivel de vida digno. El mundo industrializado (acabado su periodo de rápido crecimiento demográfico en el siglo XIX) se está teniendo que ajustar a índices de natalidad más bajos y a estructuras de edad desequilibradas mientras que, en el resto del mundo, la continuación de dos siglos de crecimiento demográfico extremadamente rápido esta produciendo grandes tensiones en el Tercer Mundo.

La población del mundo a finales de los años ochenta era de cinco mil millones y, dado el número de personas jóvenes y el índice de natalidad estimado, llegará los ocho mil millones hacia el año 2025 y será aún mayor según avance el siglo. El 95 por ciento de este crecimiento se producirá en el Tercer Mundo, donde la presión sobre los escasos recursos y sobre la limitada cantidad de tierra ya es muy intensa. Durante la década de los ochenta, la cantidad total de tierra dedicada a la agricultura en el mundo aumentó a un ritmo de sólo un 0,1 por ciento anual, y la cantidad de tierra cultivable descendió de hecho debido a los efectos de la expansión agrícola del pasado. La que queda es demasiado escarpada (como en los Andes), demasiado ácida, demasiado seca (como en la mayor parte de África) o se encuentra ubicada en la zona de la mosca tse-tsé de África donde abunda la tripanosomiasis (enfermedad del sueño). Alrededor de una cuarta parte de la superficie mundial se ha utilizado para que paste el ganado, y aunque la tierra cultivable se podría extender a esta zona, el incremento neto de la producción alimentaria sería pequeño, y la experiencia pasada sugiere que estos suelos, si se labran, pueden sufrir una grave erosión muy rápidamente. Aparte de ésta, la única tierra que se podría utilizar para la agricultura está en los bosques tropicales, donde los suelos son pobres y producen cosechas sólo durante un tiempo limitado y donde es evidente que las consecuencias del clareo de los bosques serían catastróficas para el medio ambiente. Es por tanto sumamente improbable que el mundo sea capaz de alimentar, no hablemos ya de los otros recursos necesarios para mantenerlo, el crecimiento demográfico que se espera sin una reestructuración radical del patrón de consumo alimentario mundial que se ha desarrollado en los cinco siglos últimos a partir de la expansión de Europa. Si esto no se produce, los niveles actuales de desnutrición, hambre, inanición y muerte pueden aumentar entre los habitantes más pobres del mundo.

La cuarta área donde las tensiones han ido en aumento desde hace dos siglos son los efectos no deseados del sistema industrial. En concreto, los acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX han suscitado la cuestión de hasta qué punto las sociedades pueden contaminar impunemente el medio ambiente.

La experiencia sugiere que las sociedades pueden tolerar condiciones horrorosas a una escala localizada, por ejemplo las que se dieron en las zonas fuertemente industrializadas de Gran Bretaña y Estados Unidos durante el siglo XIX, y en algunas zonas de Europa oriental a mitad del siglo XX, aunque a costa de acortar sus vidas, de padecer más enfermedades y de una degradación medioambiental generalizada. Incluso pueden ocurrir desastres locales dramáticos, como la muerte de miles de personas en Bhopal o la descomunal lluvia radiactiva que sucedió a la explosión de Chernobil, sin que se produzca ningún cambio de importancia en la sociedad industrial a consecuencia de ellos. Sin embargo, el volumen de contaminación del siglo XX, que hasta ahora ha sido producido en gran medida por el mundo industrializado, aún va en aumento en estos países y seguirá creciendo todavía a medida que otros países, en particular China, India y Brasil, intenten a su vez industrializarse. Muchos de los problemas de contaminación a que se enfrentan Europa occidental, Norteamérica, Japón y más tarde Europa oriental -contaminación por humo, metales pesados en la atmósfera, emisiones de dióxido sulfuroso procedentes de la quema de combustibles fósiles y lluvia ácida- se generalizarán todavía más.

Más peligroso aún será el aumento en la variedad y el volumen de elaboración de productos químicos sumamente tóxicos y que lleguen a la atmósfera y al agua. No serán sólo los animales de estos ecosistemas los que sufran; es probable que los índices más altos de cáncer que se han dado en el mundo industrializado durante el siglo XX estén provocados en parte por el masivo incremento de los contaminantes químicos, y estos índices pueden, por tanto, seguir aumentando. La amenaza que las emisiones de CFC han supuesto para la capa de ozono durante los sesenta últimos años es probable que se intensifique durante algunas décadas y que siga siendo sustancial hasta bien entrado el siglo XXI, a pesar del acuerdo al que se llegó en Londres en 1990.

Las mayores tensiones dentro del sistema global proceden, no obstante, de la producción de gases invernadero como consecuencia directa de la explosión concentrada de actividad industrial que comenzó hace doscientos años. Los intentos serios de controlar las emisiones suscitarían cuestiones fundamentales sobre la forma de vida que se ha generado en el mundo industrializado y también sobre la igualdad entre las naciones industrializadas y el resto del mundo.

En la actualidad es prácticamente inevitable, aun cuando se introduzcan rápidamente controles estrictos, que las temperaturas globales aumenten hasta alcanzar un nivel que jamás tuvieron antes las sociedades asentadas y ni siquiera en los 100.000 años últimos o posiblemente más. La producción de alimentos se verá alterada, las últimas previsiones de Naciones Unidas sugieren un descenso del 10 por ciento en la producción y una reducción de un 70 por ciento en las exportaciones americanas de grano lo que intensificará el problema de alimentar a una población mundial en rápido crecimiento.

Todavía más preocupante es el ritmo del calentamiento global, que casi con absoluta certeza estará muy por encima del ritmo natural del pasado y será demasiado rápido rara que se puedan adaptar los ecosistemas naturales, provocando daños generalizados. Todos los ecosistemas del mundo se verán con seguridad afectados por la contaminación producida por los seres humanos, pero de forma imprevisible. El calentamiento global es por tanto una demostración, por primera vez a escala mundial, de las consecuencias de ignorar, como han hecho las sociedades sedentarias durante la mayor parte de su historia, limitaciones ecológicas vitales. Las consecuencias para la vida existente sobre la Tierra y para la humanidad serán profundas.           

Lejos de ver el medio ambiente como el pilar de la historia humana, las sociedades sedentarias, especialmente las sociedades industriales modernas, han actuado guiadas por la ilusión de que de alguna manera son independientes del mundo natural, al que generalmente han preferido ver como algo aislado que pueden explotar con mayor o menor impunidad.

Desde la primera transición que comenzó hace 10.000 años, y particularmente desde hace dos siglos, los seres humanos han impuesto una creciente presión sobre el medio ambiente terrestre, desafiando principios ecológicos básicos. Han destruido ecosistemas clímax para crear terrenos agrícolas, provocando daños medioambientales como la erosión generalizada del suelo. Mediante una combinación de caza y agricultura han llevado a la extinción a animales concretos y han reducido gravemente la población de otros. Ya sea de forma deliberada o accidental han introducido animales y plantas nuevos que han alterado los ecosistemas, a menudo con resultados imprevisibles. (La liberación de organismos manipulados genéticamente llevaría el proceso de intervención y el riesgo de consecuencias negativas a un nivel nuevo.) Desde hace doscientos años, las sociedades humanas se han vuelto dependientes de los recursos energéticos de combustibles fósiles. Sigue funcionando un sistema de valoración que no tiene en cuenta el hecho de que se trata de valores irreemplazables que son de un interés vital para futuras generaciones. Se han vertido los desechos del sistema industrial a los ecosistemas del mundo, olvidando el hecho de que no es posible librarse de estos residuos en un sistema cerrado como es la Tierra. Los productos de desecho generados por la industria no desaparecen una vez que se descargan al medio ambiente. En el mejor de los casos se diluyen pero, más a menudo, el problema simplemente se ha demorado o se ha transferido, como en el caso de los CFC que contaminan las capas altas de la atmósfera. Los residuos industriales han contaminado la atmósfera a una escala creciente y con una toxicidad cada vez mayor. Los efectos también se han dejado sentir en una extensa zona hasta que los mecanismos globales que hacen posible la vida sobre la Tierra -la capa de ozono y la regulación de las temperaturas globales- se han visto afectados, recordatorio final de que la Tierra es un sistema cerrado.

Los problemas medioambientales no son algo nuevo. Sin embargo, con la expansión de Europa hasta dominar gran parte del globo, con el rápido crecimiento de la población mundial, el aumento de la zona cultivada a expensas de los ecosistemas naturales y la aparición de sociedades sumamente industrializadas, la envergadura de los problemas medioambientales se ha visto incrementada y tienen una naturaleza más compleja. El mundo se enfrenta en la actualidad a una serie de crisis relacionadas entre sí causadas por acciones pasadas: deforestación, erosión del suelo, desertización, salinización, aumento de las pérdidas de fauna y flora, distribución muy desigual de los alimentos, la riqueza y las comodidades humanas básicas, mayores niveles de contaminación (nocivos cócteles y “reacciones en cadena” nuevos).

Otro reto al que se enfrentan las sociedades modernas es la vertiginosa velocidad del cambio. Si este libro tuviese que dar una visión equilibrada y cronológicamente precisa de la historia humana, la mayoría de sus páginas tendrían que ocuparse de las comunidades dedicadas a la recolección y la caza, sólo una mínima parte de su contenido se referiría a las sociedades agrícolas y apenas un par de líneas a las sociedades industrializadas modernas.

El hecho de que hasta el momento no se haya producido un debilitamiento no es garantía de que no vaya a ocurrir. Muchas sociedades del pasado creían que tenían una forma de vida sostenible, pero algún tiempo después se dieron cuenta de que éste no era el caso y de que eran incapaces de hacer los cambios sociales, económicos y políticos necesarios para su supervivencia. El problema de todas las sociedades humanas ha sido encontrar un medio de extraer del medio ambiente su comida, su ropa, su cobijo y otros bienes de una forma que no lo convierta en un medio incapaz de mantenerlas. Un cierto daño es claramente inevitable. Una cierta depredación es tolerable. El reto ha sido prever o reconocer en qué momento el medio ambiente se está viendo seriamente degradado por las exigencias que se imponen sobre él y encontrar los medios políticos, económicos y sociales para responder en consecuencia. Unas sociedades han conseguido encontrar el equilibrio justo, mientras otras han fracasado.

En esta perspectiva más amplia, evidentemente es demasiado pronto para juzgar si se puede mantener ecológicamente a las sociedades industrializadas modernas, con sus altísimos índices de consumo de energía y de recursos y sus altos niveles de contaminación, y a la población en rápido aumento del resto del mundo. Las acciones humanas pasadas han dejado a las sociedades contemporáneas un conjunto de problemas casi insuperablemente difíciles de resolver.      

Bibliografía general dada por el autor:

Ehrlich, P. R.; Ehrlich, A. H. Y Holdren, J. P.: Ecoscience: Population, Resources, Environment. (San Francisco, W. H. Freeman, 1977).

Goudie, A.: The Human Impact: Man´s Role in Environmental Change. (Oxford, Basil Blackwell, 1981).

Grigg, D. B.: The Agricultural Systems of the World: An Evolutionary Approach. (Cambridge, Cambridge University Press, 1974).

Simmons, I. G.: Changing the Face of the Earth: Culture, Environment, History. (Oxford, Basil Blackwell, 1989).

Thomas, W.L. (comp.): Man’s Role in Changing the Face of the Earth. (Chicago, Chicago University Press, 1956).

Worster, D. (comp.): The Ends of the Earth: Perspectives on Modern Environmental History. (Cambridge, Cambridge University Press, 1988).

Wilkinson, R. G.: Poverty and Progress: An Ecological Model of Economic Development. (Londres, Methuen, 1973).



[1] Capítulo final del libro Historia verde del mundo (1992, Ediciones Paidós Ibérica). Nota del editor.

[2] Ectopistes migratorius, se refiere a una especie de paloma norteamericana muy abundante hasta principios del siglo XX. Hoy en día extinta. Nota del editor.

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Nat Ind,
18 may. 2017 13:41