Textos‎ > ‎

Los límites al crecimiento y la crisis de la biodiversidad

LOS LÍMITES AL CRECIMIENTO Y LA CRISIS DE LA BIODIVERSIDAD.

Por Eileen Crist[1]

 

Si el aire del mundo está limpio para que los humanos respiren pero no hay en él pájaros ni mariposas, si las aguas del mundo son puras para que los humanos beban pero no contienen peces, crustáceos ni diatomeas, ¿habremos resuelto nuestros problemas medioambientales? Bueno, supongo que sí, al menos tal y como se concibe generalmente el medioambientalismo. Esa formulación torpe, equivocada y presuntuosa, “el medioambiente”, implica percibir el aire, el agua, el suelo, los bosques, los ríos, los pantanos, los desiertos y los océanos como un mero entorno sobre el que hay algo importante: la vida humana, la historia humana. Pero, de hecho, de lo que se trata no es de un medioambiente; es de un mundo vivo.

David Quammen

 

 

A partir de la publicación del libro Population Bomb (1968) de Paul Ehrlich y el del Club de Roma Limits to Growth (Meadows et al. 1972), muchos analistas del medioambiente han dicho que la asunción de un crecimiento infinito en un planeta finito es irracional y peligrosa. Han sostenido que ni la población humana ni la productividad económica mundial pueden seguir creciendo sin que ello suponga escasez –de fuentes de energía, materiales, agua y suelo. Y las restricciones no sólo son impuestas por unos recursos finitos, sino también por la capacidad limitada del planeta para absorber la producción de residuos de una enorme y creciente población. Los defensores de los límites al crecimiento no pueden predecir con exactitud cuándo, o cómo, la civilización industrial –y con ella toda la humanidad- será acorralada por su obstinado compromiso con el crecimiento infinito, pero los modelos ecológicos dejan claro que, una vez traspasados los límites, la superación de la capacidad de carga[2] y el colapso son casi inevitables (Meadows et al. 1992).

Desde que existen argumentos que defienden los límites al crecimiento, han existido detractores de los mismos, conocidos por el despreocupado nombre de “cornucopianos”[3]. El más famoso de entre ellos es el difunto economista Julian Simon. Para los cornucopianos, no existen límites finitos para los recursos o para la capacidad de absorción de la Tierra. Dicen que si los “límites finitos” fueran una verdadera categoría, entonces deberían ser mensurables. En cambio, según su argumentación, la cantidad de cualquier recurso dado no es absoluta: no podemos estar seguros que no existen tesoros ocultos de un recurso esperando a ser descubiertos –un descubrimiento que podría modificar su perfil cuantitativo; la cantidad de un recurso depende de las tecnologías que lo extraen y lo procesan -tecnologías más eficientes cambian la “cantidad” de un recurso; reciclarlo puede prolongar su vida, o hacerlo durar indefinidamente; nuestro interés por un recurso dado depende de los usos y los servicios que proporciona, de modo que si puede ser sustituido por otro recurso o por un sustituto sintético, entonces, la cuestión de su agotamiento es irrelevante; y finalmente, en el espacio sideral es donde “está el límite”, allí se presentan futuras posibilidades como la agricultura hidropónica en naves espaciales y la minería extraterrestre (véase Simon 1999; Kahn et al. 1976). Los cornucopianos –también conocidos, comprensiblemente, como “optimistas tecnológicos”- concluyen que la idea de unos límites finitos es una quimera. En lo relativo a los recursos, la clave no está en un conjunto de materiales naturales o variables limitantes, sino en el ingenio humano al que consideran el “recurso definitivo” (Simon 1996).

 

Limitaciones del debate

 

En aspectos cruciales, el debate entre los defensores de los límites al crecimiento y los cornucopianos no tiene relación alguna con la crisis ecológica, especialmente en lo relativo a la situación de los no-humanos y, además, constituye una digresión. La cuestión fundamental no es el dilema acerca de los límites del mundo real, sino en qué tipo de mundo real queremos vivir. Sostengo dos puntos: (1) que la crisis de la biodiversidad es esencialmente eludida en el esquema de los límites al crecimiento; y (2) que lo odioso de la perspectiva cornucopiana no es que sea (forzosamente) obcecada, sino la sombría realidad que prevé e instauraría en la Tierra.

Según las estimaciones del Club de Roma de comienzos de los setenta, el tiempo disponible para evitar una “crisis monumental” era cuestión de años no de décadas (Elichirigoity 1999). Es muy posible (pero no seguro) que en algún momento del futuro se viole un umbral clave de los límites biofísicos que tenga consecuencias inesperadas, dramáticas y, quizás, apocalípticas sobre los insostenibles logros económicos y el crecimiento demográfico de la humanidad. Pero no podemos esperar que la Naturaleza venga a rescatarnos ni temer las incontrolables fuerzas que podamos desatar. Es fundamental centrarse en lo que, en la actualidad, es absolutamente cierto: que la sobreproducción y la superpoblación son las causas del desmantelamiento de la vida autóctona y de los ecosistemas complejos, y que, en su expansión, dejan tras de sí entornos artificiales, ecologías simplificadas y formas de vida desaparecidas.

De modo que, un problema clave en el modo en que se ha desarrollado el debate, es que hace referencia a resultados futuros –ya sean catástrofes o posibilidades. La (im)posibilidad de una crisis ecológica a gran escala causada por el crecimiento se sitúa en un futuro indeterminado. La bibliografía medioambientalista de los límites al crecimiento cae en esta trampa del pensamiento centrado en el futuro –está repleta de presagios alusivos a lo que está por venir: “la humanidad está cerca de los límites”, “se acercan tiempos peligrosos”, o “pronto veremos [esto y lo otro]”.

Pero, desde la perspectiva ecológica actual, un enfoque como ése es contraproducente, aunque sólo sea porque el mañana es una idea escurridiza. Aunque parezca ser un concepto referencial –similar a “hoy” y “ayer”- el “mañana” es algo vacío: nunca llega, de modo que, esencialmente, no hace referencia a nada. Lo que siempre llega es el hoy y en este mundo locamente acelerado cada hoy es ecológicamente más pobre que su ayer. En cambio, dirigir la atención hacia posibles desastres futuros puede modificar, sutilmente, el modo en el que se experimenta y comprende el presente. En tanto que la prueba decisiva de la realidad de una crisis ecológica esté en el futuro, nos volveremos inmunes para ver que estamos inmersos en ella, aquí y ahora.

La crisis ecológica tiene múltiples facetas pero ninguna de ellas es más urgente, ni más fundamental, que la crisis de la biodiversidad. La idea de la biodiversidad se ha considerado, en ocasiones, como imprecisa y políticamente sesgada –valoraciones profundamente equivocadas. Lejos de ser imprecisa, la “biodiversidad” es inclusiva a todos los niveles: desde los genes, pasando por las especies (así como las subespecies, las variedades y los híbridos), las poblaciones, los ecosistemas y los biomas, hasta llegar a los procesos de interconectividad ecológica y de especiación evolutiva. Todos ellos son dimensiones de la biodiversidad: una pluralidad de estados y procesos vivos, realidad y potencial biológicos, que hacen que el concepto sea exquisitamente versátil, global y robusto. Es más, el enfoque de que la “biodiversidad” y la “crisis de la biodiversidad” están políticamente sesgadas –hábilmente construidas con el objetivo de materializar problemas para influir sobre la política– es estrecho de miras. Sólo aquellos centrados exclusivamente en los asuntos humanos, y por ello con intereses contradictorios, confundirían con la política la intensidad y la autoridad que infunde el discurso científico acerca de la biodiversidad.

Los diversos componentes de la biodiversidad, que están siendo dilucidados en la actualidad, requieren cientos, miles, millones o miles de millones de años para alcanzar un imponente nivel de complejidad y dinamismo. La destrucción de la vida que los biólogos de la conservación llaman “crisis de la biodiversidad” se refiere a los acontecimientos globales, causados por los humanos, de extinción, contracción de poblaciones, limitación de la distribución y del movimiento naturales de los organismos, erosión genética, destrucción y degradación de ecosistemas, fragmentación del hábitat, paralización evolutiva de la vida compleja y desvanecimiento de los territorios salvajes. Observando el conjunto, estamos –hoy– a punto de inaugurar una era biogeológica con una biota diezmada. Pero aún queda tiempo para mitigar las peores consecuencias de esta simplificación global.

El esquema de la “ruptura de los límites”, ¿encara el trascendental acontecimiento de la crisis de la biodiversidad? Probablemente no. Es perfectamente posible que una extinción masiva del cincuenta, el sesenta por ciento o un porcentaje aún mayor de las especies de la Tierra no fuera, en la práctica, catastrófica para los seres humanos. Una destrucción tal, eclipsaría para siempre las posibilidades de mejorar y prolongar la vida humana mediante medicamentos no investigados, productos desconocidos y nuevas fuentes de alimentación –por no mencionar la desaparición de una gran riqueza de conocimientos y belleza. Pero la pérdida de posibilidades inexploradas no es lo mismo que la violación de los límites. Y psicológicamente hablando, los seres humanos sólo experimentan una pérdida dolorosamente en relación a aquello de lo que han sido desposeídos, no en relación a lo que nunca han conocido. Si tiene lugar una extinción masiva, los seres humanos experimentarán una pérdida de una magnitud que aún no comprenden; ese dolor, sin embargo, no tendrá que ver con la pérdida de una cura para el resfriado común.

Si la biodiversidad sigue disminuyendo diariamente a escala global, la consecuencia inevitable será la transformación a gran escala del planeta en un satélite humano de paisajes artificiales, gestionados y tecnológicos. De nuevo, la cuestión de la violación de los límites es potencialmente discutible. Por ejemplo, la modificación y destrucción de incontables ecosistemas europeos, norteamericanos y asiáticos no ha sido catastrófica para sus pobladores humanos: al contrario, la apropiación de la riqueza de la Naturaleza salvaje ha sido la fuente (profundamente ignorada) de la llamada “prosperidad”. Desde la perspectiva de los límites al crecimiento, los retrasos en las consecuencias de la destrucción son precisamente los que pueden llevar a superar la capacidad de carga –de modo que no debería suponerse que dichos retrasos no supondrán futuras consecuencias extremas para los humanos. Incluso si este razonamiento fuera correcto, de nuevo, es problemático al definir las calamidades ecológicas como un potencial futuro estado. Centrarse en el futuro, además, no sólo puede normalizar implícitamente el presente, sino también, hacer que la evaluación del estado presente dependa de si tiene lugar una futura “crisis monumental”. Si no ocurre dicha crisis, ¿se debería concluir que la completa modificación de la biosfera para servir a un materialismo humano desenfrenado es buena?

De manera realista, es posible que la Tierra sea colonizada por los Homo sapiens sin infringir las condiciones básicas que permiten la supervivencia de la especie humana. Consideremos algunas posibilidades. Los bosques naturales podrían ser sustituidos por repoblaciones forestales –incluso modificadas genéticamente para absorber más dióxido de carbono y alcanzar la madurez más rápido. Los campos de cultivo degradados podrían volver a cultivarse si se utilizaran semillas diseñadas para crecer en ellos; una asimilación importante de los métodos racionales de la agroecología, como el compostaje, la rotación y mezcla de cultivos, podría insuflar algo de vida en suelos agotados. Los caladeros diezmados y los peces extintos podrían ser sustituidos por la puesta en marcha de la acuicultura a gran escala que proporcionara proteínas para los humanos. Los problemas de escasez de agua podrían gestionarse mediante racionamiento, tecnologías más eficientes o enormes proyectos de ingeniería como la desalinización del agua del mar.

En resumen, sobre la faz de la Tierra, los servicios originales proporcionados por la Naturaleza salvaje podrían ser modificados –y sustituidos– masivamente por iniciativas de ingeniería aplicada a la Naturaleza con el fin de mantener la vida artificialmente. Aunque comparado con el mundo actual, sin importar en base a qué parámetro ecológico, un mundo como ése sería un páramo, podría ser capaz de sustentar físicamente a los seres humanos, quizás incluso a poblaciones grandes. De modo que, mientras que el debate de los límites al crecimiento sigue preguntándose sobre la realidad o la quimera de una futura colisión con los límites biofísicos, se puede perder de vista la avalancha que se extiende a cámara lenta que está “acabando” con el mundo natural, citando al poeta, no con un estruendo sino con un quejido.

Las súplicas del discurso de los límites al crecimiento de mantener el “capital natural” del mundo con el fin de, recogiendo sus “intereses”, satisfacer las necesidades humanas también deja de lado la complicada situación de la biodiversidad. La función del capital es generar riqueza para sus propietarios, accionistas y consumidores; por analogía, la función del capital natural es generar riqueza para las personas. Incluso ignorando el antropocentrismo presente en la identificación del mundo natural como capital, la expresión “capital natural” no establece ni determina con exactitud cómo debería ser la riqueza biológica para ser sostenible. La extensa cobertura arbórea (en lugar de los bosques viejos y/o maduros) es claramente definible como un capital natural o biológico –no sólo es una fuente de productos de madera, sino que también produce oxígeno y absorbe dióxido de carbono, si se planta con éxito, puede reducir la erosión en terrenos inestables, e incluso podría actuar como refugio para los animales salvajes y tener otras funciones decisivas. Los salmones con genes que aceleran el crecimiento ensamblados en su ADN –cebados con rapidez para su matanza- también podrían ser considerados como capital biológico: esta variedad genéticamente modificada puede ser recolectada en 18 meses en lugar de en tres años (Turner 2001), generando así “intereses” con mayor rapidez que el “capital natural” que generan las variedades salvajes y libres de salmón.

Sostener que se necesita mantener el “capital natural” para la supervivencia y el bienestar humano no es un argumento ecológico y no está necesariamente relacionado con la misión conservacionista. En el fondo, ese modo de conceptualizar el mundo biológico puede –a pesar de las mejores de las intenciones- reforzar la cosmovisión cornucopiana para la cual la naturaleza no es nada más que una fuente de materias primas a explotar y aprovechar para la producción de riqueza. No debería sorprender que los optimistas tecnológicos comenzaran a ondear la bandera de la “conservación/creación de capital natural”; el lenguaje basado en el “capital” y sus “intereses” conduce fácilmente a la asunción de la ideología del humanismo de libre mercado.

 

Más allá de los límites

 

En conclusión, el esquema de los límites al crecimiento es inadecuado para enfrentarse a la principal crisis de nuestros días: (1) porque cabe la posibilidad de que tenga lugar una extinción masiva sin poner en peligro la supervivencia de la especie humana; y (2) porque se podría mantener la población humana mediante una biota gestionada para satisfacer los servicios y productos necesarios para la vida humana. De modo que, la pregunta crucial no es si un mundo colonizado es viable sino: ¿quién (además de Simon y compañía) quiere vivir en un mundo como ése? Expuesta al retrato de un planeta ampliamente despojado de los ecosistemas, la vida salvaje y los territorios salvajes autóctonos, la gente podría despertarse y contemplar el inhóspito mundo que se está materializando.

Si, como ha mantenido con elocuencia Edward O. Wilson, la biofilia[4] es innata al alma humana, entonces, devastar la biosfera es comparable a ser infiel en el amor. Esa traición es lo que yace en el centro de la crisis de la biodiversidad. Hay ciertas formas en las que se puede insistir sobre esta idea cayendo rápidamente en el sentimentalismo, sin embargo, hay otras formas de mostrarlo que hacen que más personas sean conscientes de ello en el presente. Una es ser tan claros y precisos como sea posible acerca de las consecuencias del orden humanizado en construcción: en esta realidad emergente, no son nuestra supervivencia y bienestar los que están en juego, sino los de todos los demás.

 

Fuentes y lecturas recomendadas

 Brown, Lester; Gary Gardner y Brian Halweil

    1999 Beyond Malthus: Nineteen Dimensions of the Population Challenge. Nueva York: W.W. Norton & Company.

Ehrlich, Paul 

    1968 Population Bomb. Nueva York: A Sierra Club/Ballantine Book.

Ehrlich, Paul y Anne Ehrlich

    1996 Betrayal of Science and Reason: How Anti-Environmental Rhetoric Threatens Our Future. Washington, D.C.: Island Press.

Elichirigoity, Fernando

1999 Planet Management: Limits-to-Growth, Computer Simulation, and the Emergence of Global Spaces. Evanston, IL: Northwestern University Press

Foreman, Dave

    2001 “The Cornucopian Myth”, Wild Earth 11(2): 1-5.

Goodland, Roben

1992 “The case that the world has reached limits”, en Population, Technology, and Lifestyle: The Transition to Sustainability, ed. Robert Goodland, Herman Daly y Salah El Serafy. Washington, D.C.: Island Press.

Irvine, Sandy

    1997/98 “The great denial: Puncturing pro-natalist myths”, Wild Earth 7(4): 8-17.

Meadows, Donella; Dennis Meadows, Jørgen Randers y William Behrens III

    1972 Limits to Growth: A Report for The Club of Rome’s Project on the Predicament of Mankind.[5] Nueva York: Universe Books.

Meadows, Donella; Dennis Meadows y Jørgen Randers

    1992 Beyond the Limits: Confronting Global Collapse and Envisioning a Sustainable Future. Post Mills, VT: Chelsea Green Publishing Company.

McKibben, Bill

    2002 “A special moment in history”, en Globalization and the Challenge of a New Century, ed. Patrick O’Meara, Howard Mehlinger y Matthew Krain.                 Bloomington: Indiana University Press. 1989 The End of Nature. Nueva York: Anchor Books.

Orr, David

1993 “Love it or lose it: The coming biophilia revolution”, en The Biophilia Hypothesis, ed. Stephen R. Kellert y Edward O. Wilson, 415-440. Washington, D.C: Island Press/Shearwater Books.

Quammen, David

   1998 “The weeds shall inherit the earth”, The Independent (22 de noviembre): 30-39.

Simon, Julian

1996 The Ultimate Resource 2. Princeton: Princeton University Press.

1999 Hoodwinking the Nation. New Brunswick: Transaction Publishers.

Terborgh, John

    1999 Requiem for Nature. Washington, D.C.: Island Press/Shearwater Books.

Turner, Jack

2001 “The wild and its new enemies”, en Return of the Wild: The Future of Our National Lands, ed. Ted Kerasote, 119-135. Washington, D.C.: Island Press.

Tuxill, John

1998 “Losing Strands in the Web of Life: Vertebrate Declines and the Conservation of Biological Diversity”, Worldwatch Paper 141.

Wilson, Edward O.

1984 Biophilia.[6] Cambridge: Harvard University Press (1996).


[1] Traducción a cargo de B. R. de “Limits-to-Growth and the Biodiversity Crisis”, publicado originalmente en Wild Earth, vol. 13, nº 1, 2003. Eileen Crist es profesora adjunta de estudios en ciencia y tecnología de la Virginia Tech, en Blacksburg, Virginia. Es la autora de Images of Animals: Anthropomorfism and Animal Mind. Nota del traductor.

[2] “Overshoot” en el original. La capacidad de carga es un concepto que hace referencia a la población máxima de una especie que un entorno es capaz de soportar de forma permanente. N. del trad.

[3] El nombre proviene de la mitología griega. En ella, se llamaba cornucopia a un cuerno de carnero rebosante de fruta, cereales, verduras y otros bienes que nunca se agotaba. N. del trad.

[4] La hipótesis de la “biofilia” hace referencia a la relación emocional innata de los seres humanos hacia el resto de seres vivos. Fue popularizada por el biólogo Edward O. Wilson en su libro Biophilia. Wilson y otros sugieren que ciertas tendencias humanas (por ejemplo: el deseo de vivir cerca de lagos u océanos, el gusto estético por las praderas o bosques abiertos, o el afecto hacia otros mamíferos) tienen su origen en la evolución humana. Durante el 99% de la misma, los humanos vivieron en bandas de cazadores-recolectores que fueron evolucionando en estrecha relación con otras especies. Tal adaptación se plasmaría en un conjunto de “reglas” que guiarían las respuestas humanas hacia la naturaleza, esas respuestas podrían ir desde la excitación y recompensa provocadas por la caza para conseguir comida o pieles hasta el miedo a ser atacado por grandes depredadores, desde la satisfacción o el placer de comer ciertos frutos hasta el miedo al envenenamiento por consumir otros. Según la hipótesis de la biofilia, mientras que se desarrollaba el lenguaje y la cultura, los animales y las plantas proporcionaban los símbolos, las metáforas y los mitos que median entre el comportamiento aprendido y las sensaciones. Para Wilson y Stephen R. Kellert, el cerebro “evolucionó en un mundo biocéntrico, no en un mundo regulado por máquinas”, por tanto, para su supervivencia y para el mantenimiento de su salud mental, los humanos necesitan estar en contacto con el entorno natural en el que evolucionaron y en el que se desarrolló la cultura. N. del trad.

[5] Existe traducción al castellano: Los límites del crecimiento: informe al Club de Roma sobre el predicamento de la humanidad, Fondo de Cultura Económica, 1985. N. del trad.

[6]  Existe edición en castellano: Biofilia, Fondo de Cultura Económica, 1989. N. del trad.

Ċ
Nat Ind,
15 abr. 2017 2:18