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Lugares Íntimos

PRESENTACIÓN DE “LUGARES ÍNTIMOS”

 

A pesar de ser un texto bastante superficial y estar encuadrado en la corriente típica de la Ecología Profunda actual (idealista y hippy), este texto podría ser interesante principalmente por dos de los temas que toca: la discusión acerca del concepto de “wilderness” (un concepto difícilmente traducible de forma simple cuyo significado oscila, según el caso, entre “zona completamente virgen” y “espacio natural”) y la idea de que la experiencia personal de los individuos determina la actitud que tengan hacia el mundo natural. Las interpretaciones y conclusiones del autor en lo que respecta a estos dos aspectos no son lo importante (de hecho, son más que discutibles en muchos casos). Lo realmente interesante es que podría servir como introducción a los dos temas tratados y a las cuestiones que implican. Entre otras: ¿qué significan (y qué no) conceptos como “Naturaleza”, “natural”, “salvaje”, etc.? ¿Hasta qué punto es importante (o no) la experiencia y el aprendizaje a la hora de desarrollar una actitud y tener unos valores determinados? ¿El amante de la Naturaleza nace o se hace?

 

LUGARES ÍNTIMOS

Por John Revington[1]

Hay una fuerte conexión entre nuestra separación respecto de la Tierra[2] y el daño que le hacemos. Esto no es nada nuevo. Es algo obvio; se ha dicho en incontables ocasiones y no es demasiado útil quedarse en lamentar nuestra alienación y señalar la importancia de acabar con ella. Los humanos no son proclives a desarrollar intimidad con los lugares que habitan sólo porque éticamente estaría bien hacerlo. Los cambios que se llevan a cabo únicamente debido a un sentido del deber carecen de autenticidad y no suelen ser sostenibles. Pero hay una razón mucho más poderosa para desarrollar relaciones con la tierra. La intimidad enriquece nuestras vidas, tanto si se da con la gente que conocemos como si se produce con los lugares que habitamos. Por contra, si nos mantenemos desligados de los lugares que habitamos, nuestras vidas se empobrecen en todos los aspectos, del mismo modo que si nunca nos acercamos a la gente con la que vivimos. De modo que este artículo explora los modos en que podemos aprender a desarrollar intimidad con los lugares que conocemos.

La cultura como barrera

Para descubrir cómo podemos desarrollar una conexión más profunda con los lugares que habitamos, será útil investigar las barreras que nuestra cultura erige entre nosotros y el mundo natural. Mi diccionario da una definición de la palabra cultura como “la suma total de modos de vida creados por un grupo de seres humanos, la cual es transmitida de una generación a otra” y este es el sentido en que yo uso el término. La cultura de la que estoy hablando es la que produce el ordenador que probablemente estés usando para leer esto. Es una cultura que impide más que promueve las relaciones íntimas con los lugares en nuestras vidas.

¿Es realista esperar que la gente desarrolle una sensación profunda del lugar en nuestra cultura? La mayoría de nosotros no dependemos directamente del lugar en que vivimos para obtener nuestra comida, nuestra ropa y nuestro refugio y, por tanto, nuestras relaciones, incluso con aquellos lugares que nos resultan más familiares, acaban siendo conceptuales y estéticas en lugar de un asunto vital. Si adoptamos una perspectiva más amplia, podemos ver que la vida y la muerte están muy presentes. De todos modos, sabemos que no de una manera inmediata, sino a un nivel conceptual.

Una cosa es saber intelectualmente que si las tierras agrícolas del mundo se agotan, mucha gente pasará hambre los próximos diez años; otra bastante distinta es saber que si la tierra sobre la que vivo deja de producir alimentos, entonces yo y mis seres queridos nos moriremos de hambre. En las sociedades cazadoras-recolectoras tradicionales, cada acción, cada momento, implica algún tipo de lazo con el mundo natural y, la supervivencia depende de dichos lazos. En nuestra cultura se ha perdido esta inmediatez fundamental.

En lo que a esto respecta merece la pena señalar lo limitado de las ideas acerca de salvar “el planeta” o “la Tierra” o “Gaia”. Aunque dichas ideas son útiles, creo que carecen del poder que aporta la experiencia directa. No puedo experimentar toda la Tierra directamente. Es demasiado grande. Sólo puedo experimentar partes concretas de la Tierra. La Tierra seguirá siendo siempre sólo un concepto, independientemente de lo poderoso que dicho concepto sea.  En consecuencia, yo creo que el motivo más fuerte y más auténtico para el activismo ecologista está más arraigado en nuestro afecto por partes concretas de la Tierra que en un compromiso con una idea abstracta de la totalidad de Tierra. Esto es lo que indican los descubrimientos de Thomashow, comentados más adelante, acerca de las experiencias de la infancia de los activistas ecologistas.

Otro efecto de nuestra cultura es que aísla físicamente del mundo natural a la mayoría de nosotros, tal y como James Lovelock señala:

“Imaginemos un mundo en el que hombres y mujeres fuesen criados separadamente hasta la edad adulta. Esto no facilitaría las relaciones amorosas. El hecho de que la Tierra esté siendo más violada que amada puede que tenga su origen en nuestra antinatural separación urbana respecto de ella”. [Citado por Swan, 1990, página 12].

Pero la separación no es sólo física. Cuando se les compara con gentes indígenas, los miembros de nuestra cultura están en seria desventaja incluso si son lo suficientemente afortunados como para vivir en lugares donde la tierra no está cubierta con asfalto y hormigón. Robert Greenway ha estado durante más de veinte años guiando salidas a zonas salvajes[3] para ayudar a la gente a reforzar sus conexiones con dichos lugares. Él cree que el éxito de estas excursiones para “experimentar las tierras salvajes” depende de “hasta qué punto seamos capaces de dejar atrás nuestra cultura” (Greenway, 1995).

Por otra parte, las sociedades cazadoras-recolectoras tradicionales no necesitan dejar atrás su cultura para entrar en comunión con la Naturaleza. Dicha idea les parecería sumamente extraña, ya que sus culturas son la expresión de sus vínculos con la tierra. Dichos vínculos están presentes en la información acerca de los alimentos y su obtención, los animales totémicos, las historias de la creación, los lugares sagrados, la construcción de refugios, la confección de vestidos y otras muchas áreas de la vida. De hecho, será difícil encontrar algún aspecto de dichas culturas que no nos remita de alguna manera a un lazo entre una persona y un lugar. En nuestra cultura dichas conexiones directas han sido suplantadas por nuestra dependencia de las tiendas, las instituciones y el dinero.

Otra forma en la que nuestra cultura actúa en contra de esa intimidad es convirtiendo el tiempo en un bien escaso. La intimidad generalmente requiere conversación y, como David Orr señala: “La buena conversación ha de mantenerse sin prisa. Ha de tener sus propios ritmo y cadencia. El diálogo con la naturaleza no puede ser apresurado. Deberá estar gobernado por los ciclos del día y la noche, por las estaciones, por el ritmo de la procreación, y por el compás más amplio del tiempo evolutivo y geológico. El sentido humano del tiempo es cada vez más frenético, marcado por relojes, ordenadores y revoluciones en el transporte y las comunicaciones”. [Orr, página 53][4].

Si permitimos que nuestras atareadas vidas nos dicten la cantidad de tiempo que podemos pasar en lugares naturales, entonces probablemente entablaremos apresurados monólogos en lugar de buenas conversaciones.

Catalogar los defectos de nuestra cultura no es particularmente provechoso si nos quedamos sólo en eso. Pero una comprensión de las raíces de nuestra alienación es esencial si queremos hacer algo por combatirla. Lo que hace nuestra cultura es poner restricciones a los modos en que interactuamos con el mundo natural y, llegando al punto central de este texto, la interacción es la clave para la intimidad, tanto si dicha intimidad se establece con la tierra como si se produce con otros humanos.

Permitidme usar una analogía. Supongamos que me enamorase de una mujer nada más verla por primera vez. A menos que estuviese asustado o, por algún otro motivo, más inclinado a observar la vida que a vivirla (podría ser un adicto a Internet o un intelectual) inmediatamente querría pasar de mirarla a charlar con ella. Si eso pintase bien, yo podría querer que entablásemos una relación, para desarrollar intimidad. Si a mí se me impidiese hacer esas cosas, todo lo que podría hacer sería mirarla, admirarla desde lejos. Podría llegar a creer que simplemente estando en su presencia, habría ya entrado en contacto con su espíritu. Pero sin una interacción real, ¿cómo podría yo saber que aquello con lo que entraba en contacto no era sólo mi propia proyección? Aunque pudiese tratar de mantener ese contacto, el primer entusiasmo del enamoramiento inevitablemente se desvanecería. En ausencia de cualquier experiencia real de esa mujer, estaría creándome fantasías acerca de cómo sería ella. Habría una relación, no entre otra persona y yo, sino entre mi fantasía y yo.

No quiero adentrarme demasiado en esta analogía. Lo que yo quiero señalar es que una relación con un pedazo de tierra, basada sólo en el aprecio por su belleza visual, siempre seguirá siendo unidimensional. Una relación sostenible y satisfactoria sólo es posible mediante la interacción.

El título “Lugares Íntimos” es un truco barato para atraer vuestra atención, y visto que aún seguís leyendo, parece haber funcionado bastante bien. Pero la comparación entre las relaciones entre individuos humanos y las relaciones entre los humanos y la tierra era más que un modo de atrapar vuestra atención. Ofrece una manera útil para observar nuestras relaciones con la tierra y las suposiciones que nos hacemos acerca de ellas.

Para explorar dichas implicaciones un poco más profundamente, me gustaría discutir brevemente los conceptos de “lugares naturales”, de “tierras salvajes” y de “áreas intermedias”. Por “lugares naturales”, entiendo aquellos en que existe una gran proporción de especies naturales que no están bajo el control directo de los seres humanos. Esta definición es deliberadamente imprecisa y no se refiere exclusivamente a las áreas de “tierras salvajes”, las cuales considero que son áreas en las que la intervención humana evidente es mínima. A las áreas que son naturales pero no son tierras salvajes, las he llamado “áreas intermedias”.

En general, aprendemos a relacionarnos con nuestro medio mediante la interacción, del mismo modo que llegamos a conocer a la gente a través de la interacción con ella. En otras palabras, ponemos a prueba nuestros conocimientos y comprensión por medio de la acción, y cualquier acción posterior vendrá en parte determinada por cómo el entorno responda a dicha acción. Esto es así, tanto si estamos hablando acerca de cómo aprenden a andar los niños, de cómo aprenden a relacionarse dos adultos de forma mutuamente satisfactoria, o de cómo alguien aprende a usar Internet.

¿Es la naturaleza salvaje[5] un cuento?

Cuando se trata de las áreas salvajes, en cambio, parece que se desalienta la interacción, tal y como Steven Van Matre señala:

“Es una triste ironía que muchas de las instituciones que deberían estar contrarrestando dichos puntos de vista [alienantes] (parques, reservas, centros de interpretación de la naturaleza) se hayan vuelto tan celosos acerca del número de visitantes que reciben que a menudo estén perpetuando inconscientemente la separación de la gente respecto del mundo natural que la rodea. Una enorme cantidad de señales (‘No abandone el camino’, ‘Prohibido recolectar’, ‘Manténgase a distancia’, ‘Prohibido correr’, ‘No tocar’) se han convertido en las soluciones habituales para controlar a los visitantes hoy en día”. [Van Matre, 1979, página 7].

Por definición, un lugar no es considerado como “salvaje” a menos que la cantidad del impacto humano en él sea despreciable. Así que cuando entramos en un área natural protegida[6], nuestra relación se suele reducir a una observación pasiva. Aunque podamos caminar o remar a través de ella o acampar en ella, creo que hay una diferencia fundamental entre este tipo de relación y las relaciones que suelen desarrollarse en un contexto habitual. Volvamos a nuestra analogía, uno podría argumentar que simplemente admirar un paisaje pintoresco es un poco como mirar el póster central de la revista Playboy. En ninguno de ambos casos el observador tiene una relación satisfactoria con el objeto de su admiración. Hacer el amor con un lugar o con una persona requiere un conocimiento íntimo y requiere interacción en lugar de observación pasiva.

El propio concepto de áreas salvajes entendido como lugares donde los humanos no han tenido un impacto no se sostiene ante un análisis más detallado. Una pegatina antiecologista muy popular para lunas de automóvil proclama que “la única zona natural realmente desierta[7] está entre las orejas de un ecologista”. Esta afirmación tiene más de verdad de lo que la mayor parte de los ecologistas estarían dispuestos a reconocer, ya que las zonas salvajes, tal y como la mayoría de la gente las entiende son más un concepto que una realidad. La idea de tierras salvajes entendidas como “intactas” ha sido desmentida por muchos autores, incluida la académica aborigen Marcia Langton, quien señala que las llamadas tierras salvajes “han sido habitadas y usadas por la gente indígena desde hace miles de años”. [Langton, 1996, página 16].

Por tanto, la diferencia entre zonas salvajes y zonas no salvajes es falsa, y las mismas fuerzas operan en ambos lados (un hecho que los humanos ignoran poniéndose en peligro a sí mismos. No estoy negando que dicha distinción sea útil, de hecho es esencial. Pero es también útil darse cuenta de que esa distinción es, en el fondo, inexistente. Los humanos están sujetos a los mismos límites y procesos que otras criaturas, y la idea de que somos algo aparte niega esa evidencia).

 No estoy sugiriendo que, dado que la noción de “tierras salvajes” está basada en una falsa dualidad, éstas sean vendidas a las promotoras. Vista la naturaleza depredadora de nuestra relación con la Tierra, es esencial que dichas áreas se conserven intactas. Lo que yo quiero destacar aquí es que nuestra relación con esas zonas es limitada y que, por consiguiente, no deberían ser las únicas áreas en que buscásemos una conexión con el mundo natural.

Los lugares en que los humanos hemos causado un impacto sobre la naturaleza son de vital importancia porque tenemos la posibilidad de interactuar con ellos de maneras que no nos es posible llevar a cabo en zonas salvajes. Es nuestra relación con dichos lugares lo que me gustaría analizar a continuación.

Áreas intermedias

Eshana ha puesto a prueba la hipótesis de que “la experiencia de entornos naturales sea más beneficiosa para la salud psicológica que la experiencia de entornos obra del ser humano” [Bragg, 1992, página 53]. Esta autora ha examinado las respuestas de varios sujetos de estudio frente a tres tipos de entorno: las calles de una ciudad, un parque suburbano y “bosques y praderas abiertas con vistas a zonas húmedas y colinas cercanas” [Ibíd., página 70].

Como señala la autora, los resultados no apoyan la idea de que cuanto más natural sea el entorno, mayores serán los beneficios psicológicos:

 Un resultado inesperado fue que el entorno con un grado intermedio de “naturalidad” (el parque suburbano) produjo las respuestas más positivas. La hipótesis de que los beneficios psicológicos a corto plazo aumentan a medida que se avanza en el gradiente que va de los “entornos con influencia humana a los entornos naturales” no se sostenía [Ibíd., página 80].

Yo diría que una de las razones por las que los sujetos de estudio se beneficiaron más del contacto con el parque que del contacto con un entorno salvaje[8] es que podían interactuar de un modo más completo con el parque, o que al menos podían ver evidencias de dicha interacción. Involucrarse activamente es de algún modo más satisfactorio que la mera observación pasiva.

Dado que los aborígenes australianos tradicionales tienen una relación íntima interactiva con su entorno, y dado que su cultura promueve dichas relaciones en lugar de dificultarlas, será útil tener en cuenta su experiencia.

En palabras del gran antropólogo, W. E. Stanner, la gente aborigen antes de la invasión de los blancos no se movía “en un paisaje, sino en un espacio humanizado saturado de significados” [Rose, 1996, página 18]. Su mundo no eran tierras salvajes, en el sentido de que estaba lejos de no haber sido tocado por los humanos. Más que rendir culto a la tierra desde lejos, los aborígenes tenían una relación de profunda intimidad con su país.

Tal y como Deborah Rose señala, los aborígenes de antes de la invasión no se avergonzaban de tener un impacto sobre la tierra:

“En este continente, no hay lugar en que los pies de la humanidad aborigen no hayan precedido a los de los colonos. Ni hay ningún lugar donde el campo no fuese alguna vez trabajado y mantenido en estado productivo por las prácticas de gestión de la tierra de la gente aborigen [Rose, 1996, página 18].

“No es posible afirmar con certeza”, dice Rose, “que la prácticas de gestión del territorio de la gente aborigen, especialmente su meticuloso uso del fuego, no fuesen responsables a largo plazo de la productividad y biodiversidad de este continente”. A la vez que la gestión mediante el uso del fuego, los aborígenes practicaban la recolección selectiva y la organización extensiva de reservas, y también promovían la regeneración de plantas y animales” [Ibíd., página 10].

La relación iba mucho más allá de lo meramente práctico. Usando la expresión de Stanner, el campo estaba “saturado de significados” que implicaban bastante más que la gestión de los recursos. Para la cultura tradicional aborigen, “la tierra tribal tenía unos orígenes sagrados, unos lugares sagrados y peligrosos, fuentes de vida y sitios de muerte” [Ibíd., página 9]. Los aspectos clave de esta relación, por tanto, eran la gestión, la intimidad, la interacción regular y la sacralidad. Es interesante comparar éstos con aquellos factores identificados como necesarios para una educación ambiental efectiva por Van Matre. Trataré acerca del trabajo de Van Matre un poco más abajo.

La interacción con entornos intermedios ofrece otras ventajas a la hora de estrechar nuestras relaciones con la Tierra. No cabe duda de que la experiencia de los lugares salvajes puede aportar a mucha gente una conexión profunda que de otro modo resultaría inalcanzable. Pero poca gente puede irse a un lugar salvaje todas las semanas, y si todo el mundo pudiese, las enormes cantidades de visitantes que recibirían dichos lugares harían que dejasen de ser tan salvajes.

 Tal como Greenway [1995, página 133] señala, “resulta clave aprender cómo mantener, o integrar, los conocimientos obtenidos en las tierras salvajes cuando se vuelve a vivir en nuestra ‘cultura’”. Los entornos intermedios podrían ofrecer medios para lograrlo, y su accesibilidad es una de sus mayores ventajas. Cahalan [1995, página 217] señala que “producir alimentos y cultivar la tierra pueden ser aspectos fundamentales de la experiencia” de mantener contacto con los procesos naturales.

Ahora me gustaría discutir las experiencias de la infancia acerca de un lugar, porque éstas son uno de los tipos de interacción especialmente significativos.

Conexiones de la infancia con un lugar

Las experiencias de nuestra infancia son de gran importancia para el desarrollo de una conexión con lugares concretos. Thomashow [1995, página 12] defiende que hay que explorar los recuerdos de la infancia acerca de ciertos lugares para “llegar a tener consciencia de las conexiones que establecemos con la tierra[9], despertando y manteniendo esos recuerdos en nuestra noción del presente”. Thomashow indica que varios teóricos, incluidos Joseph Chilton Pearce, Roger Hart, Edith Cobb y Paul Shepard, creen que el periodo de la infancia comprendido entre los nueve y doce años de edad es el más importante en la formación de dichas conexiones. Estos recuerdos de la infancia, dice Thomashow, nos ofrecen una “versión idealizada de lo que se siente cuando se está unido a un lugar” [Ibíd., página 12].

La importancia de las conexiones de la infancia a la hora de dar forma a nuestra relación con ciertos lugares, y por tanto con preocupaciones ecológicas en general, es mostrada contundentemente por las observaciones que Thomashow realizó de los activistas ecologistas de muchos países con quienes trabajó durante un periodo de más de quince años:

 “A pesar de la variedad de experiencias internacionales y culturales, existe un impactante patrón temático común, todos ellos cuentan una historia similar. Tienen entrañables recuerdos de un lugar especial de la infancia, formados a través de su conexión con la tierra[10] mediante algún tipo de experiencia emocional, que es la base de su vínculo con la tierra o con su comunidad vecinal inmediata. Es muy habitual que éstos sean recuerdos de experiencias de juego, que impliquen exploración, descubrimiento, imaginación, aventura, independencia, e incluso peligro. Y lo que permanece es la calidad de las descripciones completas del paisaje, vívidamente retratado, que impregna sus recuerdos [Thomashow, página 9].

Para ver qué condiciones promueven mejor la formación de las conexiones de la infancia con ciertos lugares, volveré a los escritos de Stephen Van Matre sobre educación ambiental. Van Matre ha escrito ampliamente acerca de qué es necesario para que los niños conozcan el mundo natural de una manera que les resulte estimulante y que tenga sentido para ellos. Aunque la educación ambiental y nuestro desarrollo de conexiones con un lugar no son procesos idénticos, tienen mucho en común. La obra de Van Matre es por consiguiente una valiosa guía de lo que se necesita para la formación temprana de conexiones importantes con un lugar.

Superar los tabúes en contra de tocar las cosas impuestos por los padres es una de las prioridades, Van Matre. Ha descubierto que “muchos chavales se acercan a la naturaleza[11] como si estuvieran encapsulados en burbujas de plástico, aislados del contacto con lo pringoso de la vida por una serie de prohibiciones: ¡No te manches! ¡No te metas eso en la boca! ¡No te mojes! ¡Ten cuidado de no estropear la ropa! En resumen, la vida para muchos chavales es algo que se mira, pero no se toca” [Van Matre, página 7].

Una de las premisas de Van Matre es que “la gente aprende mejor cuando siente aquello que está aprendiendo” [Ibíd., página 9]. No tengo claro si con “sentir” se refiere a “tocar” o a “experimentar una emoción” o a ambas cosas. Probablemente no sea una casualidad que la palabra “sentir” tenga un doble significado. Las conexiones entre tocar y experimentar emociones podrían ser un tema de investigación productivo.

La soledad es altamente valorada por Van Matre como algo que “fomenta la adquisición de habilidades no verbales tales como esperar, observar y recibir. Agudiza la consciencia y refuerza la sensación de armonía con el mundo que nos rodea. Nos ayuda a comprender lo que nos sucede, o simplemente nos da tiempo para ‘ser’ y ‘estar’[12]” [Ibíd., página 9]. En nuestra cultura, la soledad es a menudo infravalorada y difícil de conseguir.

Colaborar también es importante. Tan importante como la soledad, según Van Matre. Escribe “la gente de todas las edades responde mejor si pueden participar en algo que si sólo se les muestra”. Los teóricos del aprendizaje han subrayado que el aprendizaje dirigido por el propio sujeto es el más efectivo. Van Matre está de acuerdo: “las mejores experiencias de aprendizaje comienzan donde está quien aprende, no donde está quien enseña y es la experiencia, no quien enseña, el mejor maestro”.

Otro aspecto del aprendizaje acerca del entorno que Van Matre subraya es la importancia del contacto diario “con los elementos de la vida” ya que “refresca nuestra sensación de ser y estar[13] y renueva nuestra certeza de estar convirtiéndonos en parte de ella[14]” [Ibíd., página 9].

Y finalmente, Van Matre ve que una sensación mágica es indispensable. “En una buena experiencia de aprendizaje”, dice, “el medio debería ser la magia del descubrimiento, la maravilla y el gozo” [Ibíd., página 9]. Él no intenta definir “magia”, tampoco yo lo intentaré. Sea lo que sea, creo que puede ser vista como una cualidad intrínseca de todo lo existente. La sensación mágica es despreciada por la ciencia más reduccionista, y encuentra su expresión en los mitos y la sacralidad que tanto abundan en las culturas indígenas [...]

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Referencias

Bragg, E., 1992, “Short-Term Psychological Benefits of Natural Environments: Positive Moods and Mindfulness” en People and Physical Environment Research, nº 39/40, enero-abril, 1992, Universidad de Sydney.

Cahalan, W., 1995, “Ecological Groundedness in Gestalt Therapy” en Roszak, Gomes and Kramer (eds.), Ecopsychology: Restoring the Earth; Healing the Mind, Sierra Club Books, San Francisco.

Greenway, R., “The Wilderness Effect and Ecopsychology’ in Roszak, Gomes and Kramer (eds.) Ecopsychology: Restoring the Earth; Healing the Mind, Sierra Club Books, San Francisco

Langton, M., “The European Construction of Wilderness” en Wilderness News, Verano 1995/6, The Wilderness Society, Hobart.

Quinn, D., Ishmael[15], Bantam/Turner, Nueva York.

Rose, D. B., 1996, “Nourishing Terrains: Australian Aboriginal Views of Landscape and Wilderness”, Australian Heritage Commission, Canberra.

Thomashow, M., 1995, “Ecological Identity”.

Swan, J., 1990, Sacred Places; How the Living Earth Seeks Our Friendship, Bear & Company, Santa Fe.

Van Matre, S., 1979, “Sunship Earth: An Earth Education Program; Getting to Know Your Place in Space”, American Camping Association, Martinsville



[1] a) Traducción a cargo de Último Reducto. Nota del traductor.

b) No sé con certeza el nombre del autor. Lo he deducido de otros textos similares que aparecen en Internet. N. del t.

  c) Esto es exclusivamente un fragmento del artículo original. N. del t.

[2] En inglés hay sendas palabras para expresar dos conceptos diferentes que en castellano denominamos sólo con una: “tierra”. El planeta en que habitamos, “Earth”, y el territorio o terreno: “land”. En este texto, he traducido “Earth” por “Tierra”, con mayúscula, y “land” como “tierra” con minúscula. N. del t.

[3] “Wilderness” en el original. Imposible de traducir de forma exacta en este caso con un solo término castellano. “Wilderness” se refiere en inglés a las áreas en que los ecosistemas están poco o nada humanizados, es decir, “zonas (o tierras) salvajes”. Esta última expresión es la traducción más aproximada al sentido del original. A falta de otra mejor y a no ser que lo explicite, esta será la expresión que usaré normalmente como traducción de “wilderness” en este texto. N. del t.

[4] El autor olvidó dar la referencia bibliográfica de esta obra en la lista que aparece al final de este texto. N. del t.

[5] “Wilderness” en el original. En este caso me parecía mejor la expresión “naturaleza salvaje” por motivos de estilo. N. del t.

[6] “Wilderness” en el original. En este caso creo que es más adecuada esta traducción. N. del t.

[7] “Wilderness” en el original. En este caso la traducción más adecuada es “zona natural desierta”, en alusión a que, al menos en los países anglosajones, se suele considerar las zonas salvajes como deshabitadas o vacías. N. del t.

[8] “Wilderness” en el original. En este caso lo he traducido por “entorno salvaje”. N. del t.

[9] En este caso “earth” en el original. Lo he traducido como “tierra” porque estaba escrito con minúscula en el original. Supongo que el autor se refiere, de todos modos, a “Earth” (“Tierra” como planeta) y no a “land” (“tierra” como “territorio”). N. del t.

[10] Ver nota 9. N. del t.

[11] “Out-of-doors” en el original. La expresión “out-of-doors”, o “outdoors”, literalmente “puertas afuera”, hace referencia a espacios situados al aire libre, y por lo general relativamente “naturales” (parques y jardines, como mínimo). En este caso, a falta de un término mejor, lo he traducido por “naturaleza” N. del t.

[12] “To be” en el original. En inglés “be” puede significar “ser” o “estar” dependiendo del contexto. Lo he traducido por “ser y estar” ya que considero que en este caso podría significar ambas cosas. N. del t.

[13] Ver nota 12. N. del t.

[14] “Becoming”, a secas, en el original. Literalmente “convirtiéndose en”, “transformándose en”, “volviéndose” o “acabar siendo”. Probablemente se refiere a “acabar siendo parte del entorno natural o de la vida”, por eso lo he traducido: “estar convirtiéndonos en parte de ella”. N. del t.

[15] Novela en la que se basa la película “Instinto”. N. del t.

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Nat Ind,
12 may. 2017 2:54