El movedizo terreno del desarrollo sostenible

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El movedizo terreno del desarrollo sostenible

Por Donald Worster[a]

 

La primera cosa que sé cuando comienzo a escalar una montaña es dónde se halla la cima. La segunda es que no hay maneras de alcanzarla que estén completamente exentas de sufrimiento. No ser capaz de conocer estas cosas puede llevar a uno a seguir un camino fácil engañoso que nunca alcance la cumbre sino que zigzaguee sin fin, frustrando al escalador y derrochando su energía.

El popular y actual eslogan del “desarrollo sostenible” amenaza con convertirse en un camino semejante. Aunque atractivo a primera vista, atrae especialmente a las personas que se desaniman por la larga y ardua caminata que vislumbran ante sí o a quienes en realidad no tienen una idea clara de cuál debería ser la principal meta de la política medioambiental. Tras mucho dar vueltas y discutir confusa y acaloradamente, han descubierto lo que parece un sendero ancho y fácil por el que todo tipo de personas pueden caminar a la vez y se apresuran a seguirlo, sin percatarse de que puede que vaya en la dirección equivocada.

Cuando el ecologismo moderno surgió por primera vez en los años 60 y 70 del siglo XX, y antes de que sus metas se viesen enturbiadas por las concesiones y la difuminación políticas, el fin era más evidente y la ruta a seguir más clara. La meta era salvar el mundo viviente que nos rodea, los millones de plantas y animales existentes, incluidos los seres humanos, de la destrucción causada por nuestra tecnología, nuestra población y nuestros apetitos. El único modo de hacerlo, todo era lo bastante sencillo como para verlo, era adoptar el pensamiento radical de que debe haber unos límites al crecimiento en tres áreas: límites a la población, límites a la tecnología y límites al apetito y la avaricia. Subyacente a esta idea había una consciencia creciente de que la filosofía progresista, secular y materialista sobre la cual descansa la vida moderna, sobre la cual de hecho la civilización occidental lleva descansando los últimos trescientos años, es profundamente defectuosa y en última instancia destructiva para nosotros mismos y para todo el tejido de la vida sobre el planeta. La única vía verdadera y cierta para alcanzar la meta ecologista, por tanto, era cuestionar dicha filosofía desde sus cimientos y encontrar otra nueva basada en la simplicidad material y la riqueza espiritual -encontrar otros motivos para vivir diferentes de la producción y el consumo.

Yo no digo que esta conclusión fuese compartida por todo el mundo que se autodenominaba ecologista en aquellos tiempos, pero para los líderes más reflexivos del movimiento era evidente que esa era la vía que debíamos tomar. Sin embargo, dado que era tan dolorosamente difícil llevar a cabo dicho cambio, pues suponía ir en una dirección diametralmente opuesta al camino que habíamos estado siguiendo, muchos empezaron a buscar un camino menos exigente. A mediados de los 80, dicha alternativa había aparecido, se llamaba “desarrollo sostenible”. Apareció por primera vez en la Estrategia Mundial para la Conservación[b] de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza[c] (1980), luego en el libro Building a Sustainable Society de Lester R. Brown, del Instituto Worldwacth (1981), después en otro libro: Gaia: An Atlas of Planet Management, editado por Norman Myers (1984) y luego de forma más influyente en el denominado Informe Brundtland, Our Common Future (1987), dirigido por Gro Harlem Bundtland, Primera Ministra noruega y presidenta de la Comisión Mundial para el Desarrollo Sostenible. El atractivo de esta alternativa recae en su aceptabilidad política internacional tanto por parte de las naciones ricas como de las pobres, en su potencial para lograr una amplia coalición entre muchos países enfrentados. Como explicaba Richard Sandbrook, vicepresidente ejecutivo del Instituto Internacional para el Medio Ambiente y el Desarrollo: “No ha sido demasiado difícil juntar al lobby medioambiental del Norte y al lobby prodesarrollo del Sur. Y existe ahora de hecho una difuminación de las diferencias entre ambos, de modo que van a lograr un consenso común en torno al asunto del desarrollo sostenible”.1

Así que: un montón de grupos de presión juntándose y un montón de difuminación produciéndose, dando inevitablemente un montón de pensamiento superficial como resultado. El Norte y el Sur, nos decían, podrían ahora hacer causa común sin mucha dificultad a favor de un nuevo ecologismo más progresista. Los capitalistas y los socialistas, los científicos y los economistas, las masas empobrecidas y las elites urbanas podrían ahora marchar felizmente juntos por un sendero recto y fácil, siempre y cuando no planteasen ninguna pregunta comprometida acerca de adónde estarían yendo.

Como muchos otros eslóganes populares, el desarrollo sostenible se ha acabado desgastando después de un tiempo, haciendo patente la falta de nuevas ideas fundamentales. Aunque parece haber ganado una amplia aceptación, lo ha hecho sacrificando la verdadera esencia. Peor aún, el eslogan puede resultar ser inadecuado para que lo usen los ecologistas ya que puede llevarnos irremediablemente a usar de nuevo un lenguaje económico superficial, a depender de la producción como criterio de juicio y a seguir la cosmovisión materialista progresista a la hora de entender y usar la tierra, todo lo cual era precisamente lo que el ecologismo pretendía echar abajo en su momento.

Mis propias preferencias se decantan por un ecologismo que hable acerca de la ética y la estética en vez de acerca de los recursos y la economía, que dé prioridad a la supervivencia del mundo viviente de las plantas y los animales independientemente de su valor productivo, que aprecie aquello que la belleza de valor incalculable de la naturaleza puede aportar a nuestro bienestar de una manera más profunda que la mera economía. Volveré a esa alternativa más tarde, pero primero quiero desvelar de un modo más completo el movedizo terreno del desarrollo sostenible. Hasta la fecha no hemos tenido un análisis profundo de este eslogan, a pesar de todos esos libros e informes mencionados más arriba. Aunque yo mismo tampoco puedo ofrecer aquí un análisis completo del mismo, quiero llamar la atención acerca del importante asunto del lenguaje, las palabras que juntamos para capturar nuestros ideales y, sobre todo, preguntar qué es lo que implica esa palabra mágica del consenso, “sostenibilidad”.

No tenemos una historia completa de la palabra, pero sus orígenes parecen remontarse al concepto de “extracción sostenida”[d] que apareció en Alemania a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Alemania dependía de sus bosques en el sentido más esencial, para obtener la madera necesaria para mantener su economía, y dichos bosques se hallaban en declive -reduciendo su extensión debido a la sobreexplotación y desapareciendo a medida que la población aumentaba. El temor al agotamiento de los recursos, la pobreza y el caos social inminentes empujó a algunos ciudadanos a buscar una solución basada en la autoridad de la ciencia. Comenzaron a hablar (no está aún clara la fecha exacta) acerca de gestionar los bosques de modo que las extracciones periódicas se ajustasen al ritmo del crecimiento biológico. La ciencia, creían, podía revelar dicho ritmo indicando por tanto, precisamente cuántos árboles se podían talar sin esquilmar los propios bosques ni socavar su continuidad a largo plazo. Era una esperanza basada en una visión del mundo natural como un orden estable y duradero, una visión de raíces newtonianas, en la que incluso el crecimiento de una entidad compleja como un bosque seguía un ciclo regular y predecible sobre un mapa.

La ciencia, según este ideal de la “extracción sostenida”, podía convertirse en la base de una prosperidad constante, en una herramienta para el crecimiento económico y, por consiguiente, podía sentar los cimientos de un orden social duradero. Se podía hacer que las leyes y las regulaciones que regían las extracciones fuesen científicas y los expertos en la ciencia del crecimiento biológico podían convertirse en los arquitectos de una nación más segura. Robert Lee sostiene que la Alemania de ese periodo no era aún la “sociedad estable, jerárquica, estratificada y altamente estructurada” en que se convertiría más tarde, sino que más bien estaba todavía dividida en credos religiosos rivales, el protestante y el católico, y había sido devastada por una larga época de guerra y rebelión y por muchas usurpaciones de recursos privadas y antisociales. La “extracción sostenida”, escribe, “parece haber sido una respuesta a la incertidumbre y la inestabilidad… [E]ra un instrumento para ordenar las condiciones sociales y económicas”.2

Los estadounidenses como Bernhard Fernow (1851-1923), un inmigrante procedente de Alemania, y Gifford Pinchot (1865-1946), el primer Jefe de los Ingenieros Forestales en el Departamento de Agricultura, importaron a los Estados Unidos la teoría de la extracción sostenida en la gestión ambiental durante las dos últimas décadas del siglo XIX. Fernow, que era de origen prusiano, había estudiado las técnicas de la extracción sostenida en la Academia Forestal Prusiana de Munden y era crítico con la economía del laissez-faire de su país adoptivo. Los recursos forestales, explicaba,

pueden deteriorarse bajo la competencia activa de la empresa privada y su deterioro puede afectar desfavorablemente a otras condiciones de la existencia material; … el mantenimiento de un suministro continuo y de unas condiciones favorables es posible sólo bajo la supervisión de instituciones permanentes para las que el beneficio presente no sea el único motivo. Requiere preeminentemente el ejercicio de las funciones providenciales del estado para contrarrestar las tendencias destructivas de la explotación privada.3

La noción alemana del estado como un contrapeso necesario al pensamiento anárquico y a corto plazo del capitalismo laissez-faire era una pieza clave de la idea de la extracción sostenida. Pinchot, que había estudiado en la Escuela Forestal Francesa de Nancy y examinado bosques modelo en Francia, Alemania y Suiza, creía igualmente que el estado, guiado por profesionales preparados, como él, debía jugar un papel activo a la hora de gestionar los recursos naturales de la nación con el fin de asegurar un futuro sostenible. Para ambos hombres, la naturaleza era poco más que un bien utilitario que debía ser gestionado y recogido para el beneficio común. Habían absorbido completamente la cosmovisión dominante de su época, la cual dictaba que el principal fin de la vida social es el progreso económico -una producción constantemente creciente a largo plazo- añadiendo solamente el corolario de que dicha producción debe ser dirigida por el estado y sus expertos para evitar la destrucción del orden social orgánico.

El “desarrollo sostenible” no es por tanto un concepto nuevo sino que lleva rondando por ahí desde hace al menos dos siglos; es un producto de la Ilustración europea, es a la vez progresista y conservador en sus impulsos y refleja de forma acrítica la fe moderna en la capacidad de la inteligencia humana para gestionar la naturaleza. Lo único que el Informe Brundtland y otros documentos recientes tienen de nuevo es que han extendido la idea a todo el globo. Ahora es el Planeta Tierra, y no meramente un hayedo, el que ha de ser gestionado por mentes cualificadas, por una elite ecotecnocrática. Aunque nunca de forma explícita, los defensores contemporáneos del desarrollo sostenible están impulsando un ideal político al mismo tiempo que una política ambiental: uno que defiende una autoridad más centralizada que pueda gestionar desinteresadamente todo el ecosistema global. No se puede confiar, insinúan, en que ni las grandes empresas capitalistas ni las comunidades rurales tradicionales vayan a encontrar sin ayuda el camino sostenible hacia la cumbre de la abundancia universal.

Yo no puedo por menos que estar de acuerdo con que un mundo de naciones e individuos agresivos apoderándose de los recursos para su propio enriquecimiento egoísta, sin tener en cuenta cómo les va a otros, está condenado a acabar en violencia. Ni puedo discrepar en que causará una degradación ecológica que finalmente nos hundirá a todos. Las empresas multinacionales nos están llevando por ese camino a toda velocidad, mientras que las pequeñas aldeas rurales del pasado se desvanecen y parecen ser impotentes para evitar este resultado. Sin embargo, ¿podemos realmente confiar en que el estado y sus expertos científicos vayan a salvarnos de esta situación y a mostrarnos cómo gestionar con éxito un ecosistema global de 12.800 kilómetros de diámetro y 500 millones de kilómetros cuadrados de extensión y en que nos vayan a enseñar cómo hacer que produzca cada vez más, hasta que todos los seres humanos sobre la tierra disfruten de una vida de príncipes, y todo ello sin destruir su capacidad de renovación? El suelo sobre el que descansa esta esperanza es terreno poco fiable.

La sostenibilidad, para empezar, es una idea que nunca ha sido bien definida. Hasta que tengamos un consenso más claro acerca de ella, no podremos saber qué es lo que se nos está prometiendo o qué se está buscando. Considérese el asunto del marco temporal. ¿Qué sociedad es sostenible? ¿Una sociedad que dura una década, una que dura una vida humana o una que dura mil años? Si queremos otorgar más autoridad a los expertos en desarrollo no es suficiente con que digan meramente “sostenible por un largo periodo”, ni siquiera “para la próxima generación”. Por otro lado, nadie espera realmente que sostenible signifique “por siempre jamás”; esta sería una expectativa utópica que ninguna sociedad ha logrado nunca. Si no podemos esperar lograr una sostenibilidad perfecta que dure para siempre, entonces ¿qué podemos esperar? ¿Qué es lo que podemos tratar de conseguir? ¿Qué grado de sostenibilidad deberíamos establecer? Nadie, que yo sepa, ha dado aún una respuesta definitiva.

Además de no ofrecernos un marco temporal claro, el ideal de la sostenibilidad se presenta ante nosotros con una desconcertante multiplicidad de criterios y hemos de escoger en cuáles queremos hacer hincapié antes de poder desarrollar ningún programa de acción concreto. De entre las docenas de conjuntos de criterios posibles, tres o cuatro han dominado la discusión en los últimos tiempos, cada uno de ellos fundamentado en un campo del saber diferente y con muy poca base común.4

El campo de la economía, por ejemplo, tiene su propia noción peculiar de qué significa la sostenibilidad. Los economistas se centran en el momento en que las sociedades alcanzan un punto de arranque para el crecimiento, la inversión y los beneficios continuos y a largo plazo en una economía de mercado. Por ejemplo, los Estados Unidos alcanzaron dicho punto alrededor de 1850, y desde entonces han estado creciendo sin parar, a pesar de unas pocas recesiones y depresiones. Según ese criterio cualquiera de las sociedades industriales, o todas ellas, es ya sostenible, mientras que las sociedades agrarias atrasadas no lo son.5

Por otro lado, los estudiosos de la medicina y la sanidad pública, tienen una noción del mundo diferente; la sostenibilidad es para ellos un estado de bienestar fisiológico individual, un estado que puede ser medido por los médicos y los nutricionistas. Por tanto, se centran en los riesgos de la contaminación del agua y del aire o en la disponibilidad de alimentos y agua; o hablan acerca de la amenaza que supone la reducción del acervo genético para la práctica de la medicina y el suministro de fármacos. A pesar de la existencia de muchas de tales amenazas en la actualidad, la mayoría de los expertos en sanidad admitirían que se han hecho grandes avances en todo el mundo en lo referente a la salud humana con respecto a los últimos siglos. Por consiguiente, según sus criterios, el estado de la humanidad es mucho más sostenible hoy en día de lo que lo era en el pasado –un hecho que viene demostrado por el crecimiento explosivo de la población y las esperanzas de vida de la mayoría de las sociedades. Según el criterio de la aptitud fisiológica, a la gente que vivimos en sociedades industriales nos está yendo mucho mejor que a nuestros antepasados o que a nuestros coetáneos que viven en sociedades no industriales.

Otro grupo de expertos, los científicos políticos y sociales, hablan de “instituciones sostenibles” y de “sociedades sostenibles”, lo cual parece que se refiere a la capacidad de las instituciones o de los grupos dirigentes para lograr el suficiente apoyo público para renovarse a sí mismos y mantenerse en el poder.6 Entonces, las sociedades sostenibles son simplemente aquellas que son capaces de reproducir sus instituciones políticas y sociales, sin entrar a discutir si las instituciones son buenas o malas, compasivas o injustas. Según esta forma de razonar, los regímenes comunistas de Europa del Este y la Unión Soviética no han demostrado ser sostenibles y han sido arrojados al basurero de la historia.

Todos estos son usos destacados e importantes del término que se pueden encontrar en diversos campos del saber, e indudablemente todos ellos pueden ser definidos de formas muy sofisticadas (y mucho más precisas de lo que yo he indicado aquí). Contrariamente a esto, también tenemos algunas nociones más simples y populares del término. Una de las definiciones más claras, sucintas y menos complicadas es obra de Wendell Berry, escritor estadounidense y crítico mordaz de todo lo que suene a expertos. En concreto, defiende una agricultura más sostenible de la que tenemos hoy en día, refiriéndose a una agricultura que “no agote los suelos ni la gente”.7 Esta frase expresa, como también lo hace gran parte de la obra de Berry, un modo de pensar agrario chapado a la antigua, cargado de la historia popular y el conocimiento local de sus vecinos rurales de Kentucky. Al igual que todo lo que Berry escribe, tiene un aire conciso y elemental y la gran virtud de llamarnos la atención acerca de que la gente y la tierra son interdependientes, un hecho que los enfoques especializados de los economistas  y demás académicos generalmente pasan por alto.

Según Berry, las únicas sociedades verdaderamente sostenibles han sido las agrarias de pequeña escala; ninguna sociedad industrial moderna puede optar a serlo. Su propio modelo, basado en los medios de vida y la cultura del granjero jeffersoniano, debe ser visto como parte del pasado económico; prácticamente ha desaparecido de la vida moderna estadounidense. Uno podría preguntarse, como suelen hacer los críticos de Berry, si no está ofreciéndonos más un mito que una realidad: ¿existieron realmente alguna vez en los Estados Unidos tales comunidades rurales que no agotasen los recursos o son sólo idealizaciones o productos indulgentes de una falsa nostalgia? Sin embargo, incluso si aceptamos la diferenciación que hace Berry entre “lo agrícola sostenible” y lo “industrial insostenible”, no está claro cuáles serían los requisitos previos para la sostenibilidad, o las medidas de su éxito. ¿Qué significado podemos dar a la idea del “agotamiento de la gente”? ¿Es una idea demográfica o cultural? ¿Cuánta autosuficiencia o producción por parte de la comunidad local requiere y cuánto intercambio mercantil permite? De hecho, ¿a qué se refiere Berry con su noción del agotamiento del suelo? Los edafólogos señalan que los Estados Unidos han perdido, de media, la mitad de la capa superior de sus suelos desde que comenzó la colonización blanca; pero también muchos de ellos añaden que dicha pérdida del suelo no será un problema mientras podamos compensarla con fertilizantes químicos. De nuevo nos hallamos en el atolladero de decidir quiénes son los expertos cuyos conocimientos, lenguaje y valores definen la sostenibilidad. Berry respondería, supongo, que deberíamos dejar que sea la gente local la que la defina, pero los gobernantes nacionales e internacionales querrán algo que sea más objetivo.

Todas estas definiciones y criterios están flotando en el aire hoy en día, confundiendo nuestro lenguaje y nuestro pensamiento, demandando mucho más que un significado consensuado antes de que podamos lograr concertar ningún programa de acción medioambiental. Ciertamente, existe una amplia implicación en la literatura que he citado de que la sostenibilidad es en el fondo un concepto ecológico: la meta del ecologismo debería ser alcanzar la “sostenibilidad ecológica”. Lo que esto significa es que se espera que la ciencia de la ecología se abra paso a través de toda esa confusión y defina la sostenibilidad para nosotros; debería señalar qué prácticas son ecológicamente sostenibles y cuáles no. De nuevo nos hallamos ante la empresa de buscar un conjunto de respuestas expertas y objetivas para guiar la política. Pero, ¿cuánto ayudan realmente esos expertos en ecología? ¿Tienen una definición clara o un conjunto de criterios que ofrecer? ¿Tienen siquiera una percepción clara y coherente de la naturaleza que poder ofrecer como base para la actuación internacional?

Tradicionalmente, los ecólogos se han aproximado a la naturaleza como una serie de sistemas biológicos o ecosistemas superpuestos. Al contrario que la mayoría de los economistas, para quienes la naturaleza no es una categoría relevante para el análisis, han insistido en que esos sistemas no están desorganizados ni son inútiles, sino que se autoorganizan y producen muchos beneficios materiales que nos son necesarios. El papel de los ecólogos, por tanto, tal y como hemos llegado a entenderlo, es revelar al común de los mortales cómo soportan los ecosistemas, o sus modificaciones en forma de agrosistemas, el estrés de las demandas humanas y ayudarnos a determinar el punto crítico en que el estrés llega a ser tan severo que colapsan.

Si aceptamos esta tutela de los expertos, la idea ecológica de la sostenibilidad se convierte, de forma bastante simple, en una nueva forma de medir la producción, rivalizando con la de los economistas: una medida de la productividad en la economía de la naturaleza donde encontramos objetos de consumo tales como los suelos, los bosques y las pesquerías y una forma de medir la capacidad de esa economía para recuperarse de los estreses, evitar el colapso y mantener la producción. Desafortunadamente, comparados con los economistas, los ecólogos se han vuelto últimamente muy inseguros acerca de su propio papel como consejeros. Sus índices de estrés y colapso han sido puestos en duda y su pericia está en entredicho.

Hace unas pocas décadas, los ecólogos creían por lo común que la naturaleza, si se la dejaba libre de la interferencia humana, al final alcanzaba un estado de estabilidad o equilibrio en que la producción se mantenía a un ritmo constante. Los orígenes de esta idea se remontan a las recónditas profundidades de la memoria humana, al pasado remoto de todas las civilizaciones anteriores a la moderna. Sobre todo para los occidentales, la idea de una naturaleza entendida como un orden equilibrado tiene antecedentes en los antiguos griegos, el cristianismo medieval y el racionalismo del siglo XVIII y sobrevivió incluso a la profunda revolución intelectual provocada por Charles Darwin y la teoría de la evolución por selección natural. Desde que apareció a finales del siglo XIX, la ciencia de la ecología se hizo eco de esa antigua fe en el ordenamiento esencial de la naturaleza y hasta hace poco casi todos los ecólogos habrían estado de acuerdo en que la sostenibilidad consistía en acomodar la economía humana a esa constancia y ese orden. Hoy en día eso ya no es así.8

Allá por 1970, la ecología comenzó a buscar nuevas formas de describir los bosques, las praderas, los océanos y todos los demás biomas del planeta y el resultado es la aparición hoy en día de un conjunto más permisivo de ideas que rechaza prácticamente todas las nociones de estabilidad, equilibrio, constancia y orden, sean nuevas o viejas, y en su lugar retrata una naturaleza que es mucho más indulgente respecto a la actividad humana. Vivimos en medio de una naturaleza que ha sufrido profundos y constantes cambios desde hace tanto tiempo como podamos imaginar, argumentan ahora los expertos con ayuda de técnicas científicas; nos enfrentamos a una naturaleza poblada por rudos individualistas, agresivos oportunistas y ambiciosos egoístas. En dicha naturaleza no existe una comunidad integrada, ni un sistema de relaciones duradero; no hay interdependencia. Ciertamente, parece que el sol sale regularmente cada día y en puntos predecibles; las cuatro estaciones vienen y van con una gran regularidad. Sin embargo, no presten atención a todo eso, nos dicen; observen las poblaciones de plantas y animales que viven en cualquier área dada que podamos llamar salvaje, virgen o natural, y descubrirán que no existen regularidades, ni constancia ni orden en absoluto.

Muchas de estas ideas aparecen en un reciente libro titulado Discordant Harmonies (1990), que se autodescribe como “una nueva ecología para el siglo XXI”. He aquí el modo en que su autor, Daniel Botkin, un afamado ecólogo californiano, ve la actual situación de la ciencia:

Hasta hace pocos años, las teorías predominantes en la ecología o bien presuponían o bien consideraban como una consecuencia necesaria un concepto muy estricto de un sistema ecológico en un estado estable altamente estructurado, ordenado y regulado. Los científicos saben hoy que esta visión es errónea a nivel local y regional … es decir, a los niveles de las poblaciones y los ecosistemas. El cambio ahora parece ser intrínseco y natural en la biosfera a muchas escalas del tiempo y del espacio.

“Allá donde tratamos de encontrar constancia” en la naturaleza, escribe Botkin, “descubrimos cambio”.9

La base para esta nueva ecología es un conjunto de indicios que es esencialmente histórico, incluyendo las muestras de polen, los anillos de los árboles y los ciclos de las poblaciones animales, todos los cuales muestran que el mundo de la naturaleza se halla en un flujo constante, tan inestable como el mundo humano, en el que las guerras, los asesinatos, las invasiones, las crisis económicas y el desorden social de todo tipo constituyen el único estado normal que conocemos.

Por ejemplo, podemos observar la historia de un pequeño bosque primario en Nueva Jersey que fue preservado del desarrollo inmobiliario en los años 50 del siglo XX asumiendo que era un resto superviviente del bosque climácico maduro, dominado por los robles y nogales americanos[e] que en su día crecían en la zona. Los científicos suprimieron los incendios forestales para mantenerlo virgen y no perturbado. En los años 60, sin embargo, comenzaron a descubrir que los arces procedentes del exterior estaban invadiendo su reserva. Si suprimían todos los incendios, si trataban de mantener “natural” su bosque, estaban condenados a fracasar. Entonces, se vieron obligados a preguntarse, ¿cuál era el estado de equilibrio en este hábitat? ¿Cuál era el verdadero orden de la naturaleza?

Otro indicio procede del polen extraído de los sedimentos de estanques y lagos en toda Norteamérica y, de hecho, en los principales continentes. El polen muestra que todas las áreas de la Tierra han experimentado una amplia variación en la cobertura vegetal de un año a otro y de un siglo a otro, así como de un periodo glacial a otro interglacial. Cuando los grandes casquetes de hielo cubrían el continente norteamericano, todas las plantas se retiraron hacia el sur o a las tierras bajas -y no fue la retirada ordenada de un superorganismo constituido por una comunidad organizada, sino una desbandada caótica. Luego, cuando los glaciares se retiraron, dejando la tierra desnuda, esas mismas plantas llevaron a cabo una invasión desordenada y caótica de su antiguo territorio. No hubo un retorno organizado de las comunidades.

Según Botkin:

La naturaleza no perturbada por la influencia humana se parece más a una sinfonía cuyas armonías emergen de la variación y el cambio a lo largo de todos los intervalos de tiempo. Vemos un paisaje que está siempre fluyendo, cambiando a lo largo de muchas escalas de tiempo y espacio, cambiando con los nacimientos y muertes individuales, con las perturbaciones y recuperaciones locales, con las respuestas a gran escala frente al clima de una u otra era glacial y con las más lentas alteraciones de los suelos; y con aún mayores variaciones entre eras glaciales.10

Sin embargo, Botkin realiza una muy notable enmienda a esta afirmación cuando añade que “la sinfonía de la naturaleza” es más parecida a varias composiciones que fuesen tocadas a la vez en la misma sala, “cada una con su propio ritmo y cadencia”. Y, entonces, llega a lo que es realmente la conclusión práctica de su ecología para los gobernantes, ecologistas y promotores del desarrollo: “Nos vemos obligados a elegir entre estas [composiciones], que apenas hemos comenzado a escuchar y entender”. O, se podría decir, que tras aprender a escuchar todas esas discordancias de la naturaleza, los seres humanos hemos de asumir el papel de dirigir la música. Si ha de haber algún orden en la naturaleza, es nuestra responsabilidad alcanzarlo. Si ha de haber alguna armonía, hemos de superar la aparente discordia. “La naturaleza en el siglo XXI”, concluye este científico, “será una naturaleza hecha por nosotros”. A semejante conclusión es adonde la ciencia de Botkin le ha estado conduciendo todo el tiempo: a un rechazo de la naturaleza como norma o criterio para la civilización humana y a la defensa de un derecho y una necesidad humanos de ordenar y dar forma a la naturaleza. Estamos llegando, proclama, a una nueva noción de la Tierra “en la cual somos una parte de un sistema viviente y cambiante cuyos cambios podemos aceptar, usar y controlar para hacer de la Tierra un hogar confortable, para cada uno de nosotros de forma individual y para todos de forma colectiva en nuestras civilizaciones”. Creo que este nuevo giro de la ciencia ecológica hacia el revisionismo y el relativismo está motivado, en parte, por un deseo de ser menos crítica con el desarrollo económico de lo que lo eran los ecologistas en los años 60 y 70. Botkin critica aquella época por su rechazo radical, a veces hostil, de la tecnología moderna y del progreso. Él cree que necesitamos una ciencia de la ecología que enfoque el desarrollo “de un modo más constructivo y positivo”11.

Estas conclusiones constituyen lo que yo llamaría una nueva permisividad en ecología -más permisiva respecto a los deseos humanos de lo que lo era la ecología tradicional, previa a los 70, y rotundamente más permisiva de lo que lo era la mentalidad ecológica de los ecologistas de los 60 y 70. Esta nueva ecología convierte las necesidades y deseos humanos en el principal criterio para decidir qué debería hacerse con la tierra. Niega que se pueda encontrar en la Naturaleza, pasada o presente, ningún criterio, ni mucho menos un límite, para esos deseos. Botkin alude a esta negación al principio de su libro cuando critica el ecologismo de los años sesenta y setenta considerándolo “esencialmente un movimiento de desaprobación y, en este sentido, negativo, que denunciaba los aspectos de nuestra civilización malos para nuestro entorno …”. Lo que debemos hacer, afirma, es huir de ese ecologismo crítico y acercarnos a una postura “que combine la tecnología con nuestra preocupación acerca de nuestro entorno de una forma constructiva y positiva”.11

Este nuevo giro en la ecología presenta varias dificultades que no creo que los defensores del desarrollo sostenible hayan tenido realmente en cuenta. En primer lugar, la idea, tomada en su conjunto, de una “producción” o “rendimiento” normales extraídos de la economía natural se convierte, si seguimos el razonamiento de Botkin, en algo mucho más ambiguo. Los científicos en su día creían que podían determinar con relativa facilidad la producción máxima sostenible que un bosque o una pesquería podían ofrecer. Sólo tenían que determinar la población en el estado estable del ecosistema y luego calcular cuánto pescado podían capturar cada año sin afectar a la población remanente. Podían sacar los intereses sin gastar el capital fijo inicial. Botkin asegura que fue justamente esa confianza la que llevó a la pesca excesiva en la industria de la sardina de California -y al colapso total de dicha industria en los años 50.12

Sin embargo, si las poblaciones naturales de peces y de otros organismos fluctúan constantemente de tal manera que no podemos establecer unas cantidades de extracción máxima sostenible, ¿podríamos establecer en su lugar el criterio más flexible de “producción óptima”, que nos permitiría unos márgenes de error y unas fluctuaciones más generosos? Ahí es donde reside la mayor parte del pensamiento sobre la sostenibilidad ecológica hoy en día. Extraer mercancías de la naturaleza, pero hacerlo a un nivel ligeramente reducido para evitar presionar en exceso un sistema que es cambiante y estocástico. Llámese a esta opción el óptimo seguro. Sin embargo, esta fórmula no afronta realmente un desafío más básico implícito en el pensamiento ecológico reciente. ¿Qué puede significar el “uso sostenible”, por no hablar del “desarrollo sostenible”, en un mundo natural sujeto a tanta perturbación y turbulencia caótica? Nuestra capacidad de predicción, dicen los ecólogos, es mucho más limitada de lo que imaginábamos. Nuestra comprensión de qué es normal en la naturaleza a muchos les parece ahora arbitraria y parcial.

La única guía real que nos ofrece Botkin, y esto es igualmente cierto para la mayoría de los ecólogos en la actualidad, es que los ritmos de cambio lentos en los ecosistemas son “más naturales” y, por tanto, más deseables que los ritmos rápidos. “Hemos de ser precavidos”, nos dice Botkin, “cuando manipulamos la naturaleza a un ritmo no natural y de formas novedosas”.13 Y esto es todo lo que nos ofrece. Sin embargo, cuando necesitamos recibir consejos más concretos el ecólogo permanece embarazosamente callado; apenas puede decir ya qué “no es natural” o qué es “novedoso” a la luz del increíblemente cambiante registro del pasado de la tierra.

En la tan aclamada asociación entre los abogados de la sostenibilidad ecológica y los del desarrollo, ¿quiénes dirigirán a quiénes? Esta es la pregunta más importante que hay que hacerse acerca del nuevo camino que tantos quieren que tomemos. Me temo que en esa asociación será la parte del “desarrollo” la que tome la mayoría de las decisiones y que la parte “sostenible” trotará tras ella, sonriente y alegre, incapaz de establecer un liderazgo firme y quejándose solamente del ritmo del viaje. “Debes ir más lento, amigo mío, vas demasiado rápido para mí. Este es un buen camino hacia el progreso, pero debemos avanzar a una velocidad más ‘natural’”.

En ausencia de una idea clara de en qué consiste una naturaleza sana, o de cómo las amenazas al conjunto de la colectividad biológica podrían afectarnos, acabaremos dependiendo de definiciones de la sostenibilidad utilitarias, económicas y antropocéntricas. Ahí es donde, me parece a mí, está el quid de la cuestión en este momento. La sostenibilidad es, sobre todo, un concepto económico respecto al cual los economistas son claros y los ecólogos no. Si a ustedes les resulta inaceptable esta conclusión, como me sucede a mí, entonces deben intentar cambiar los términos elementales de la discusión.

Encuentro los siguientes defectos en la idea del desarrollo sostenible:

Primero, se basa en la noción de que el mundo natural existe principalmente para servir a las necesidades materiales de la especie humana. La naturaleza no es nada más que un conjunto de “recursos” que han de ser explotados; no tiene un significado o valor intrínseco aparte de los bienes y servicios que aporta a la gente, rica o pobre. El Informe Bruntland deja este punto bien claro en cada una de sus páginas: el “nuestro” en su título se refiere a la gente exclusivamente y el único asunto moral que plantea es la necesidad de compartir los recursos naturales de forma más equitativa entre nuestra propia especie, entre la población mundial de la actualidad y con las generaciones venideras. Ésta no es una meta para nada desdeñable, pero no está a la altura del desafío.

Segundo, el desarrollo sostenible, aunque reconoce cierto tipo de límites a las demandas materiales, depende de la asunción de que podemos determinar fácilmente la capacidad de carga de los ecosistemas locales y regionales. Supuestamente, nuestro conocimiento es adecuado para revelar los límites de la naturaleza y para explotar los recursos de forma segura hasta ese nivel. Dados los nuevos argumentos que sugieren lo turbulenta, compleja e impredecible que es la naturaleza, esa asunción parece demasiado optimista. Además, a la luz de la tendencia de algunos de los ecólogos punteros a usar dichos argumentos para justificar una postura más acomodaticia respecto al desarrollo, otorgar mucha confianza a su pericia ecológica parece doblemente peligroso; son expertos que carecen de cualquier consenso acerca de cuáles son los límites.

Tercero, el ideal de la sostenibilidad reposa sobre una aceptación acrítica y nada inquisitiva de la cosmovisión tradicional del materialismo secular y progresista. Considera esta cosmovisión algo completamente benigno siempre y cuando pueda ser sostenible. Las instituciones asociadas con dicha cosmovisión, incluidas las del capitalismo, el socialismo y el industrialismo, también escapan a toda crítica, a todo escrutinio detallado. Se trata de hacernos creer que la sostenibilidad puede ser alcanzada dejando intactas dichas instituciones y sus valores.

Quizá mis objeciones puedan ser completamente respondidas por los defensores de la idea del desarrollo sostenible. Sospecho, sin embargo, que su respuesta se basará, en el fondo, en el argumento de que la idea del desarrollo sostenible es la única clase de ecologismo políticamente aceptable que podemos esperar en este momento. Es deseable simplemente porque representa la política del consenso.

Al haber sido tan crítico con esta alternativa fácil y basada en eslóganes, me siento obligado a concluir con unas pocas ideas de mi propia cosecha acerca de qué es lo que requerirá una solución real a la crisis global. Doy por hecho que será más difícil de alcanzar, pero diría que su impacto es más revolucionario y que será más avanzada moralmente.

Hemos de hacer que nuestra máxima prioridad a la hora de relacionarnos con la tierra sea la preservación cuidadosa y estricta de la herencia de mil millones de años lograda mediante la evolución de la vida vegetal y animal. Debemos preservar tantas especies, subespecies, variedades, comunidades y ecosistemas como nos sea posible. No debemos, a través de nuestros actos, causar la extinción de ninguna especie más. Es cierto que no podemos parar toda muerte o extinción, porque la muerte de los seres vivos es parte inevitable del funcionamiento de la naturaleza, pero podemos evitar añadir más a ese fatídico resultado. Podemos dejar de revertir los procesos evolutivos como hacemos hoy en día. Podemos trabajar para preservar tanta variedad genética como nos sea posible. Podemos salvar hábitats amenazados y restaurar aquellos que sean necesarios para mantener la herencia evolutiva. Podemos y debemos hacer todo esto principalmente porque el legado viviente de la evolución tiene un valor intrínseco que no hemos creado nosotros, sino que sólo lo hemos heredado y lo disfrutamos. Este legado requiere nuestro respeto, nuestra simpatía y nuestro amor.

Es incuestionable que tenemos derecho a usar dicho legado para mejorar nuestro estado material, pero sólo tras tomar, en cada comunidad, en cada nación y en cada familia, las medidas más estrictas para preservarlo de la extinción y de la degradación.

Conservar esta herencia evolutiva es centrar nuestra atención en la larga historia de la lucha de la vida sobre este planeta. En los últimos siglos hemos tenido nuestra vista fija casi exclusivamente en el futuro y la potencial abundancia que podía ofrecer a nuestra ambiciosa especie. Ahora es el momento de aprender a mirar hacia atrás más a menudo y, apreciando ese pasado, aprender humildad ante un logro que eclipsa toda nuestra tecnología y todas nuestras aspiraciones humanas.

Conservar esta herencia es poner por delante entre nuestras prioridades otros valores diferentes de los económicos: el valor de la belleza natural, el valor del respeto ante lo que no hemos creado y, sobre todo, el valor de la vida misma, un fenómeno que incluso hoy, con toda nuestra inteligencia, en realidad no podemos explicar.

Aprender a apreciar y conservar ese legado es el camino más difícil que pueda tomar la especie humana. Ni siquiera sé, más bien tengo muchas dudas al respecto, si es realista en el punto en que nos hallamos, dado el estado de las cosas en la política global, esperar que la mayoría de las naciones estén preparadas o dispuestas a tomarlo. Sin embargo, sé que es el camino correcto, mientras que las ambigüedades, concesiones y palabras suaves del desarrollo sostenible pueden llevarnos a un atolladero.

 

Notas:

1.      Citado en el libro de la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, Our Common Future[f] (Oxford y Nueva York: Oxford University Press, 1987), 64. Véanse también Sandbrook, The Conservation and Development Programme for the UK: A Response to the World Conservation Strategy (1982); Our Common Future: A Canadian Response to the Challenge of Sustainable Development (Ottawa: Harmony Foundation of Canada, 1989); y Raymond F. Dasmann, “Toward a Biosphere Consciousness”, en The Ends of the Earth: Perspectives on Modern Environmental History, ed. Donald Worster (Nueva York: Cambridge University Press, 1988), 281-285.

2.      Robert G. Lee, “Sustained-Yield and Social Order”, en History of Sustained-Yield Forestry: A Symposium, ed. Harold K. Steen (s.l.: Forest History Society, 1984), 94-95. Véanse también Heinrich Rübner, “Sustained-Yield Forestry in Europe and Its Crisis During the Era of Nazi Dictatorship”, ibíd., 170-175; y Claus Wiebecke y W. Peters, “Aspects  of Sustained-Yield History: Forest Sustention as the Principle of Forestry-Idea and Reality”, ibíd., 176-183.

3.      Bernard E. Fernow, Economics of Forestry (Nueva York: T. Y. Crowell, 1902), 20.

4.      He encontrado dos libros de Michael Redclift que pueden resultar útiles en este caso: Development and the Environment Crisis: Red or Green Alternatives? (Londres: Methuen, 1984); y Sustainable Development: Exploring the Contradictions (Londres: Methuen, 1987). Véase también Sharachchandra M. L’el’e, “Sustainable Development: A Critical Review”, World Development, 19 (Junio 1991), 607-621.

5.      Clem Tisdell, “Sustainable Development: Differing Perspectives of Ecologists and Economists, and Relevance to LDC’s”, World Development, 16 (Marzo 1988), 373-384.

6.      Arthur A. Goldsmith y Derick W. Brinkerhoff definen la sostenibilidad como una condición en la cual “los productos[g] [de una institución] son lo suficientemente valorados como para que los aportes[h] continúen”. Véase su libro, Institutional Sustainability in Agriculture and Rural Development: A Global Perspective (Nueva York: Praeger, 1990), 13-14.

7.      Wes Jackson, Wendell Berry y Bruce Colman, eds., Meeting the Expectations of the Land: Essays in Sustainable Agriculture and Stewardship (San Francisco: North Point Press, 1984), x.

8.      Un ejemplo de cómo estas viejas teorías ecológicas aún ejercen influencia en los defensores del desarrollo sostenible es P. Bartelmus, Environment and Development (Londres: Alen and Unwin, 1986), 44.

9.      Daniel B. Botkin, Discordant Harmonies: A New Ecology for the Twenty-first Century (Nueva York: Oxford University Press, 1990)[i], 10 y 62.

10.  Ibíd., 62.

11.  Ibíd., 6, 183, 189 y 193.

12.  Véase también Arthur McEvoy, The Fisherman’s Problem: Ecology and Law in California Fisheries, 1850-1980 (Nueva York: Cambridge University Press, 1986), 6-7, 10 y 150-151.

13.  Botkin, Discordant Harmonies, 190.

 


[a] Traducción a cargo de Último Reducto de “The Shaky Ground of Sustainable Development”, capítulo 12 de The Wealth of Nature: Enironmental History and the Ecological Imagination, Oxford University Press, 1993. Copyright © 1993 Donald Worster. N. del t.

[b]World Conservation Strategy” en el original. N. del t.

[c]  “International Union for the Conservation of Nature” en el original. N. del t.

[d] “Sustained-yield” en el original. N. del t.

[e] “Hickory” en el original. Género Carya. N. del t.

[g] “Outputs” en el original. N. del t.

[h] “Inputs” en el original. N. del t.

[i] Existe edición en castellano: Armonías Discordantes: una nueva ecología para el siglo XXI. 1993. Acento Ediciones. N. del t.