La ecología del orden y del caos

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La ecología del orden y del caos

Por Donald Worster[a]

La ciencia de la ecología ha tenido un impacto popular desconocido en cualquier otro campo de investigación. Considérese la extraordinaria omnipresencia del propio término: ha aparecido tanto en los lugares más habituales como en los más asombrosos, en camisetas fluorescentes, en la publicidad de las grandes empresas y en los contrafuertes  de los puentes. Ha cambiado el lenguaje de la política y de la filosofía -en muchos países están surgiendo grupos políticos que se identifican como “Partidos por la Ecología”. Sin embargo, ¿quién ha propuesto alguna vez formar un partido político cuyo nombre sea “Partido por la Lingüística Comparada” o “Partido por el Avance de la Paleontología”? En varios continentes tenemos un movimiento filosófico llamado “Ecología Profunda”, pero en ningún sitio ha presentado nadie un movimiento a favor de la “Entomología Profunda” o de la “Literatura Polaca Profunda”. ¿Por qué ha adquirido una resonancia cultural tan poderosa, una aceptación tan amplia, la ecología, esta pequeña y extraña palabra, acuñada por un apenas conocido científico alemán del siglo XIX?

Tras el persistente entusiasmo por la ecología, creo yo, yace la esperanza de que esta ciencia pueda ofrecer mucho más que un gran montón de datos. Se supone que ofrece una vía hacia un tipo de progreso moral que podemos llamar, por mor de la simplicidad, “conservación”. La expectativa no se originó en el público, sino que apareció por primera vez entre los eminentes científicos de dicho campo. Por ejemplo, en su libro de 1935, Deserts on the March, el destacado botánico de la Universidad de Oklahoma y posteriormente de Yale, Paul Sears conminaba a los estadounidenses a tomarse en serio la ecología, promoverla en sus universidades y hacer que formase parte de los procesos del gobierno. “En Gran Bretaña”, señalaba,

los ecólogos están siendo consultados a cada paso durante la planificación para la utilización adecuada de las partes del Imperio que aún no han sido colonizadas, acabando por tanto … con la era de la explotación desenfrenada. Hay señales esperanzadoras, aunque demasiado escasas, de que nuestro propio gobierno nacional se ha percatado del papel que la ecología debe jugar en una planificación permanente.1

Sears recomendaba que los Estados Unidos contratasen los servicios de unos cuantos ecólogos en cada uno de sus condados para que aconsejasen a los ciudadanos acerca de cuestiones relativas al uso de la tierra y, por consiguiente, acabasen con la degradación ambiental; dichas brigadas, pensaba, harían que toda la nación adquiriese una base biológica y económicamente sostenible.

En una adenda de 1947 a ese libro, Sears añadía que los ecólogos, actuando en interés del público, infundirían en la mentalidad estadounidense ese “campo del conocimiento”, ese “punto de vista, que peculiarmente implica todo lo que se entiende por conservación”.2 En otras palabras, en las décadas de los 30 y 40, la ecología estaba siendo recibida como una guía muy necesaria para un futuro que estaría inspirado en una ética de la conservación. Y la conservación para Sears significaba restaurar el orden biológico, mantener la salud de la tierra y, en consecuencia, el bienestar de la nación, buscando un equilibrio duradero con la naturaleza, tanto a través de la moral como por medios técnicos.

Aunque no hayamos tenido en cuenta todas las sugerencias de Sears -aún no hemos puesto a ningún ecólogo en las nóminas de los condados, con un despacho al lado de los del recaudador de impuestos y del sheriff- hemos recorrido un trecho sorprendentemente largo en la dirección señalada por él. Cada día, en alguna parte de la nación, un ecólogo trabaja escribiendo un informe de impacto medioambiental, haciendo el seguimiento de una perturbación del entorno causada por el ser humano o testificando ante un tribunal.

Hace doce años, publiqué la historia, retrocediendo hasta el siglo XVIII, de esta disciplina científica y de sus ideas acerca de la naturaleza.3 En su conjunto, las conclusiones de aquel libro aún me parecen sensatas y válidas: que esta ciencia ha llegado a tener en los tiempos modernos una influencia importante en nuestra percepción de la naturaleza; que sus ideas, por otro lado, han sido tanto un reflejo de nosotros mismos como percepciones objetivas de la naturaleza; que el análisis científico no puede ocupar el lugar del razonamiento moral; que la ciencia, incluida la ciencia de la ecología, promueve, al menos en algunas de sus manifestaciones, algunas de nuestras más oscuras ambiciones respecto a la naturaleza y, por tanto, ella misma necesita de vez en cuando ser moralmente examinada y criticada. La ecología, decía yo, nunca debería ser tomada como una guía omnisciente y siempre digna de confianza. Debemos estar dispuestos a desafiar su autoridad y, de hecho, a cuestionar la autoridad de la ciencia en general; no apresurarnos a menospreciarla, a vilipendiarla o a guillotinarla, sino simplemente, de vez en cuando, a cuestionarla.

Desde que mi libro fue publicado, se ha acumulado una cantidad considerable de nuevas ideas y de nueva investigación en ecología. Pretendo examinar algunas de esas ideas recientes, contrastándolas con sus predecesoras, y plantear algunas de las mismas preguntas que ya había hecho antes. Parte de mi argumentación será que Paul Sears quedaría sorprendido, y quizá consternado, al oír el tipo de consejos que los expertos ecológicos suelen dar hoy en día. Cada vez ofrecen menos lo que él consideraría un programa de progreso moral: de “conservación” en el sentido de restaurar un equilibrio entre los seres humanos y la naturaleza. Si es que siquiera prometen ofrecerlo

Hay una razón clara para esto, diría yo, y tiene que ver con los cambios drásticos en las ideas que los ecólogos sostienen acerca de la estructura y la función del mundo natural. En los tiempos de Sears la ecología era básicamente un estudio del equilibrio, la armonía y el orden; llevaba siendo así desde sus inicios. Hoy en día, sin embargo, en muchos de los círculos de investigación científica, se ha convertido en un estudio de la perturbación, la falta de armonía y el caos y, sea o no por casualidad, la conservación a menudo ni siquiera es una preocupación remota.

En la misma época en que fue publicado Deserts on the March y también cuando apareció su segunda edición, e incluso cuando apareció la tercera, el nombre que más sonaba en el campo de la ecología estadounidense era el de Frederic L. Clements, quien, más que ningún otro individuo, introdujo la ecología científica en nuestra vida académica nacional. Llamó a su enfoque “ecología dinámica”, dando a entender que sus principales objetos de estudio eran el cambio y la evolución en el paisaje. En sí la ecología de Clements se centraba en el proceso de la sucesión de la vegetación -la secuencia de comunidades vegetales que aparecen en una parcela de terreno, recientemente creada o perturbada, comenzando por las primeras comunidades pioneras que la invaden y se asientan en ella.4 He aquí cómo he definido yo la esencia del paradigma clementsiano:

‘Un cambio sigue a otro’ constituye el inevitable principio de la ciencia de Clements. Sin embargo, él insistía porfiada y vigorosamente en la noción de que el paisaje natural debe finalmente alcanzar un estado de clímax vagamente definitivo. El curso de la naturaleza, aseguraba, no es un ambulante vaivén sin rumbo, sino un flujo continuo hacia la estabilidad que puede ser exactamente descrito por el científico.5

Lo más interesante de todo es que Clements se refería a ese estado de clímax como un “superorganismo”, dando a entender que el conjunto de las plantas había logrado la misma estrecha integración de las partes, la misma capacidad de autoorganizarse, que posee un solo animal o planta. En cierto sentido peculiar, se había convertido en un ser vivo y coherente, no en una mera colección atomista de individuos, y ejercía cierto control sobre el mundo no vivo que lo rodeaba, como hacen los organismos.

Hasta bastante después de la Segunda Guerra Mundial la teoría del clímax de Clements dominó el pensamiento ecológico en este país.6 Tomen ustedes cualquier libro de texto sobre el tema escrito hace cuarenta, o incluso hace treinta años[b] y probablemente encontrarán menciones al clímax. Esta era la teoría que Paul Sears había estudiado y tomado como la lección fundamental de la ecología que sus ecólogos de condado deberían enseñar a sus conciudadanos: que la naturaleza tiende a un estado de clímax y que, en la medida que fuese posible, deberían aprender a respetarlo y preservarlo. Sears escribió que el trabajo principal del científico debería ser mostrar “el desequilibrio que el hombre ha provocado en este continente” y volver a conducir a la gente de nuevo a algo que se aproximase a la salud y la estabilidad originales de la naturaleza.7

Sin embargo, entonces, a principios de los años 40, mientras Clements y sus ideas aún estaban en auge, unos pocos científicos empezaban a intentar hablar un nuevo lenguaje. Expresiones como “flujo de energía”, “niveles tróficos” y “ecosistema” aparecieron en las publicaciones punteras e indicaban una forma de ver la naturaleza modelada más por la física que por la botánica. En una década o dos la naturaleza pasó a ser vista ampliamente como un flujo de energía y nutrientes a través de un sistema físico o termodinámico. Ente las primeras figuras prominentes a la hora de dar forma a esta nueva forma de ver las cosas estaban C. Juday, Raymond Lindeman y G. Evelyn Hutchinson. Sin embargo quizá el exponente más influyente fue Eugene P. Odum que, desde Carolina del Norte y Georgia, descubría la fuerza animadora y palpitante del sol, el flujo global de la energía, en sus marismas, estuarios y campos abandonados de algodón sureños. En 1953, Odum publicó la primera edición de su famoso libro de texto, The Fundamentals of Ecology8. En 1966 fue nombrado presidente de la Ecological Society of America.

Para entonces, cualquiera que en los Estados Unidos leyese regularmente periódicos o revistas conocía al menos unas pocas de las ideas de Odum, empezando por la idea principal de ecosistema, ya que constituyen los temas principales de nuestra comprensión popular de la ecología. Odum definía el ecosistema como “cualquier unidad que incluya todos los organismos (es decir, la ‘comunidad’) de un área dada interactuando con el entorno físico, de modo que se produzca un flujo de energía que lleve a una estructura trófica, una diversidad biótica y unos ciclos de materia (es decir, al intercambio de materia entre las partes vivas y no vivas) claramente definidos dentro del sistema”9. La tierra en su conjunto, señalaba, está organizada en series de dichos “ecosistemas” interrelacionados, variando en tamaño desde una pequeña charca hasta una extensión tan vasta como la pluviselva brasileña.

Lo que tienen en común todos esos ecosistemas es una “estrategia de desarrollo”, una especie de plan de funcionamiento que hace que la naturaleza siga una dirección general. Esa estrategia está, en palabras de Odum, “dirigida a lograr una estructura orgánica tan grande y diversa como sea posible dentro de los límites impuestos por los aportes de energía disponibles y por las condiciones físicas predominantes en su existencia”10. Todo ecosistema particular, creía él, o bien se mueve hacia esa meta, o bien la ha alcanzado ya. Es una estrategia clara, coherente y fácilmente observable; y acaba felizmente en un estado de orden.

La estrategia de la naturaleza, añadía Odum, lleva finalmente a un mundo de mutualismo y cooperación entre los organismos que habitan un área. A partir de un primer estado de competencia de unos con otros, evolucionan hacia una relación más simbiótica. Aprenden, por decirlo así, a trabajar juntos en controlar el entorno que les rodea haciéndolo más y más adecuado como hábitat, hasta que al final tienen la capacidad de protegerse a sí mismos de los ciclos estresantes de sequías e inundaciones, invierno y verano, frío y calor. Odum llamo a este estado “homeostasis”. Para alcanzarlo, los componentes vivos de un ecosistema deben desarrollar una estructura de interrelación y cooperación que pueda, en cierta medida, gestionar el mundo físico -gestionarlo para obtener el máximo de eficacia y beneficio mutuo.

He descrito este conjunto de ideas como una ruptura con el pasado, pero esto es engañoso. Odum puede que usase términos diferentes de los de Clements, incluso puede que tuviese a veces una visión radicalmente diferente de la naturaleza; si embargo no rechazaba la noción de Clements de que la naturaleza se mueve hacia el orden y la armonía. En lugar de la teoría del estado de “clímax” hablaba de la teoría del “ecosistema maduro”. Su naturaleza puede que se pareciese más a una fábrica automatizada que a un superorganismo clementsiano pero, al igual que su predecesora, tendía al orden.

La teoría del ecosistema presentaba un conjunto de criterios muy claros acerca de en qué consistían el orden y el desorden, los cuales Odum formuló como un “modelo tabular de sucesión ecológica”. Cuando el ecosistema alcanza su punto final de homeostasis, su tabla muestra que gasta menos energía en aumentar la producción y más en desarrollar protección frente a las vicisitudes externas: o sea, la biomasa de un área alcanza un estado estable, ni creciente ni decreciente, y el sistema hace énfasis en mantenerla así -o en mantener una especie de economía sin crecimiento. Entonces, los organismos pequeños, agresivos e invasivos que son comunes en las primeras etapas del desarrollo (las especies con estrategia de selección r) dan paso a criaturas mayores y más estables (las especies con estrategia de selección K) que puede que tengan menos potencial para un crecimiento rápido y una reproducción explosiva pero en cambio tienen mayor capacidad para sobrevivir a mayores densidades y mantener el lugar en un estado estable.11 Llegados a este punto se supone que hay más diversidad en la comunidad -es decir, un mayor número de especies. Y que hay menos pérdida de nutrientes hacia el exterior; el nitrógeno, el fósforo y el calcio permanecen en circulación dentro del ecosistema en lugar de escapar fuera de él. Estos son algunos de los indicadores del orden ecológico, todos los cuales son susceptibles de ser medidos con precisión. Una implicación clara era que si uno interfiere demasiado con la estrategia de desarrollo de la naturaleza, le puede salir caro: los efectos incluirán una pérdida grave de nutrientes, una disminución de la diversidad de especies, el fin de la estabilidad de la biomasa. En resumen, el ecosistema resultará dañado.

La causa más probable de dicho daño no era un misterio para Odum: eran los seres humanos tratando de aumentar la producción de materiales útiles y arriesgándose estúpidamente a provocar la destrucción del sistema de soporte de sus propias vidas:

El hombre ha estado, por lo general, preocupado por obtener del entorno tanta “producción” como sea posible, mediante el desarrollo y el mantenimiento de tipos de ecosistemas propios de los estados tempranos de la sucesión, normalmente monocultivos. Sin embargo, claro está, el hombre no vive sólo de alimento y fibras vegetales; también necesita una atmósfera con un equilibrio entre el CO2 y el O2, la amortiguación climática que ofrecen los océanos y las masas de vegetación y agua limpia (es decir, improductiva) para usos culturales e industriales. Los paisajes que mejor proveen al hombre de los recursos esenciales para el ciclo de la vida, por no hablar de las necesidades recreativas y estéticas, son los menos “productivos”. En otras palabras, el paisaje no sólo es un almacén de suministros, sino que también es el oikos –el hogar- en que debemos vivir.12

La visión de Odum acerca de la naturaleza como una serie de ecosistemas en un equilibrio, ya logrado o en proceso de creación, le llevó a tomar una postura fuertemente favorable de preservar el entorno en un estado tan cercano al natural como fuese posible. Sugería la necesidad de una restricción sustancial de las actividades humanas –de una planificación ambiental “con una base racional y científica”. Para él, al igual que para Paul Sears, la ecología le debería ser inculcada al público y constituir el cimiento de la educación, la economía y la política; Estados Unidos y otros países deberían ser “ecologizados”.

Por supuesto, no todos los que adoptaron un enfoque de la ecología basado en los ecosistemas llegaron a las mismas conclusiones que Odum. Más bien lo contrario, muchos encontraron en la idea de ecosistema un maravilloso instrumento para promover la tecnocracia global. En algunos círculos se tenía la esperanza de que los expertos adiestrados en la manipulación de ecosistemas pudiesen llegar a gestionar el planeta en su conjunto para mejorar la eficacia. “Gobernar” toda la naturaleza con la ayuda de la ciencia racional era el sueño de esos tecnócratas de los ecosistemas.13 Pero yo creo que no fue la gestión tecnocrática la principal lección que el público extrajo de las clases del profesor Odum; muchos salieron siendo fervientes defensores, al igual que él, de la preservación de grandes pedazos de naturaleza en estado no gestionado y convencidos de que habían recibido un fundamento científico y una base de conocimientos sólidos para llevar a cabo dicha preservación. Hemos de defender los ecosistemas del mundo en peligro, insistían. Hemos de salvaguardar la integridad del Gran Ecosistema de Yellowstone[c], del ecosistema de la Bahía Chesapeake, del ecosistema del Serengeti. Hemos de proteger la diversidad de especies, la estabilidad de la biomasa y el ciclo del calcio. Hemos de hacer que el mundo sea seguro para las especies K.14

Este era el lema tanto de los ecologistas como de los ecólogos en los años 60 y principios de los 70, cuando parecía que la gran próxima batalla sería entre lo que quedaba de naturaleza virgen, delicadamente equilibrada en los ecosistemas bellamente racionales de Odum, y una raza humana dedicada a una destrucción insensata y codiciosa. Una década o dos más tarde la situación ha cambiado considerablemente. Las amenazas ambientales siguen todavía rondando a nuestro alrededor, ciertamente, y son más peligrosas que nunca. Los periódicos nos informan acerca de continuos desastres como el derrame de petróleo en 1989 en la Bahía del Príncipe Guillermo en Alaska y los reporteros insisten en usar palabras como “ecosistema”, “equilibrio” y “fragilidad” al describir tales desastres. Lo mismo hacen muchos científicos, que siguen reconociendo su deuda teórica para con Odum. Por ejemplo, en una encuesta británica reciente, 447 de entre un total de 645 ecólogos encuestados consideraron el “ecosistema” como uno de los conceptos más importantes con que su disciplina ha contribuido a nuestra comprensión del mundo natural; de hecho, “ecosistema” aparecía el primero en su lista, obteniendo más votos que otros diecinueve conceptos fundamentales.15 Sin embargo, da igual, a pesar de la persistencia de los problemas ambientales, el ecosistema de Odum ya no es el tema principal en la investigación o la enseñanza de esa ciencia. Un repaso a los libros de texto de ecología recientes muestra que el concepto ni siquiera se menciona en una de las obras principales y ocupa un lugar muy reducido en el resto.16

La ecología ya no es lo que era. Últimamente ha estado produciéndose un cambio bastante drástico en esta ciencia: un alejamiento radical respecto del pensamiento de la generación de Eugene Odum, de sus asunciones de orden y predictibilidad; un alejamiento hacia lo que podríamos llamar una nueva ecología del caos.

En julio de 1973, el Journal of the Arnold Arboretum publicó un artículo escrito por dos científicos relacionados con la Audubon Society de Massachusetts, William Drury e Ian Nisbet, que ponía en cuestión los fundamentos de la ecología de Odum. El título del artículo era simplemente “Succession”[d], en referencia al viejo asunto de las secuencias observadas en las asociaciones vegetales y faunísticas. Tanto Frederic Clements como Eugene Odum tomaban la sucesión como una vía directa y estrecha hacia el equilibrio. Drury y Nisbet no estaban de acuerdo en absoluto con dicha asunción. Sus observaciones, realizadas en concreto en los bosques templados del noreste de Estados Unidos, sugerían con fuerza que el proceso de la sucesión ecológica no llevaba a ninguna parte. El cambio se da sin ninguna dirección determinable y sigue produciéndose siempre, sin llegar a un punto de estabilidad. No encontraban ninguna prueba de un desarrollo progresivo en la naturaleza: ningún incremento progresivo de la estabilidad de la biomasa a lo largo del tiempo, ninguna diversificación progresiva de las especies, ningún movimiento progresivo hacia una mayor cohesión en las comunidades vegetales y animales, ni hacia un mayor éxito a la hora de regular su entorno. De hecho, no encontraron ninguno de los criterios que Odum había propuesto para los ecosistemas maduros. El bosque, insistían, sin importar su edad, no es más que un mosaico errático y cambiante compuesto de árboles y otras plantas. En sus propias palabras, “la mayoría de los fenómenos de la sucesión deberían ser entendidos como el resultado de un crecimiento diferencial, de una supervivencia diferencial y quizá de una dispersión diferencial de especies adaptadas a crecer en diferentes puntos dentro de un gradiente de estrés”.17 En otras palabras, podían ver muchas especies individuales, cada una haciendo lo suyo, pero no podían ubicar ninguna colectividad emergente, ni ninguna estrategia encaminada a lograrla.

Entre las autoridades citadas por ellos para apoyar su punto de vista estaba el nombre casi olvidado de Henry A. Gleason, un taxónomo que, en 1926, había puesto en cuestión a Frederic Clements y su teoría orgánica del clímax en un artículo titulado “The Individualistic Concept of the Plant Association”[e]. Gleason había afirmado que vivimos en un mundo en constante flujo e impermanencia, no en el mundo tendente a los clímax de Clements. No existen, decía, la estabilidad, el equilibrio o el estado estacionario. Cada una de las asociaciones vegetales no es más que una reunión temporal de extraños, una agrupación de especies no relacionadas entre sí, hoy aquí por un breve periodo de tiempo, mañana de camino a otra parte. “Cada … especie vegetal es una ley en sí misma”, escribió.18 Buscamos cooperación en la naturaleza y sólo hallamos competencia. Buscamos todos organizados y sólo logramos descubrir átomos y fragmentos sueltos. Esperamos encontrar orden y sólo discernimos un revoltijo de especies que coinciden en un mismo lugar, todas ellas buscando su propio beneficio sin preocuparse en absoluto por las demás.

Gracias en parte a Drury y Nisbet, esta noción “individualista” vivió un renacimiento a mediados de los 70 y, al empezar la década actual[f], se había convertido en la idea central de lo que algunos científicos aclamaban como un nuevo y revolucionario paradigma en la ecología. Para promoverlo, atacaban a la noción tradicional de la sucesión; ya que rechazar esa noción era rechazar la idea más amplia de que la naturaleza orgánica tiende al orden. En 1977, otros dos biólogos, Joseph Connell y Ralph Slatyer, continuaron el ataque, negando la vieja afirmación de que una comunidad invasora de especies pioneras, la primera etapa en la secuencia de Clements,  trabaja para prepararles el terreno a sus sucesoras, como un grupo de Danieles Boon abriendo camino a la civilización. Las primeras en llegar, sostenían Connell y Slatyer, consiguen en la mayoría de los casos marcar su territorio y defenderlo con éxito; no ceden el paso a otro grupo posterior y superior de colonizadoras. Sólo cuando las pioneras mueren o son dañadas por perturbaciones naturales, liberando así los recursos que han monopolizado, las nuevas recién llegadas pueden encontrar un hueco y establecerse.19

Mientras este asalto a la antigua forma de pensar tomaba impulso, la palabra “perturbación” comenzaba a aparecer con mayor frecuencia en la literatura científica y a ser tomada mucho más en serio. La “perturbación” no era un tema común en tiempos de Odum, y casi nunca aparecía combinada con el adjetivo “natural”. Ahora, sin embargo, era como si los científicos estuviesen ahí afuera buscando incansablemente signos de perturbación en la naturaleza –especialmente signos de perturbación que no estuviesen causados por los seres humanos- y los estaban encontrando por todas partes. A comienzos de la presente década[g] estos nuevos ecólogos habían logrado que quedase poca tranquilidad en la naturaleza primitiva. Los incendios son una de las perturbaciones más comunes que señalaron. También el viento, especialmente si es en forma de violentos huracanes y tornados. Así como las poblaciones invasivas de microorganismos, plagas y depredadores. Y las erupciones volcánicas. Y las masas de hielo invasivas del Periodo Cuaternario. Y las sequías devastadoras, como la de los años 30 del siglo XX en el oeste de Estados Unidos. Sobre todo son estos últimos tipos de perturbaciones causadas por la agitación del clima, en los que las nuevas generaciones de ecólogos han hecho hincapié. Como ha escrito una de las más influyentes entre ellos, la profesora Margaret Davis de la Universidad de Minnesota: “Durante los últimos 50 o 500 o 1.000 años –o cualquier cantidad de tiempo que alguien pueda considerar ‘tiempo ecológico’- nunca ha habido un intervalo en que la temperatura se mantuviese en un estado estacionario con fluctuaciones simétricas en torno a una media … sólo en la escala de tiempo más larga, 100.000 años, existe una tendencia a la variación cíclica; y los ciclos son asimétricos, con una media muy diferente de la actual”.20

Una de las expresiones más provocativas e impresionantes de la nueva ecología posterior a Odum es un libro editado por S.T.A. Pickett y P. S. White, The Ecology of Natural Disturbance and Patch Dynamics (publicado en 1985). Lo presento como sintomático de gran parte del pensamiento actual en este campo. Aunque la última sección del libro de hecho trata acerca de los ecosistemas, este término ha perdido gran parte de su significado e implicaciones originales. De hecho, dos de los autores comienzan su aportación con la queja de que muchos científicos asumen que “los ecosistemas homogéneos son una realidad”, cuando la verdad es que “prácticamente todos los ecosistemas de origen natural y perturbados por el hombre son mosaicos de condiciones ambientales”. “Históricamente”, escriben, “los ecólogos han sido muy lentos a la hora de reconocer la importancia de las perturbaciones y la heterogeneidad que éstas generan”. ¿La razón de dicha lentitud? “La mayoría del trabajo, tanto teórico como empírico ha estado dominado por la perspectiva del equilibrio”.21 Rechazando esta perspectiva, estos autores nos llevan a los bosques tropicales de Sudamérica y Centroamérica y a los Everglades de Florida, mostrándonos inestabilidad por todos lados: un mundo húmedo y verde de alteración continua –o como ellos prefieren decir, “de perturbaciones”. Incluso las praderas de Norteamérica, que inspiraron la teoría del clímax de Frederic Clements, aparecen en esta colección como entornos regularmente perturbados. Otro capítulo las describe como un “mosaico dinámico de textura fina” que es mantenido constantemente en estado de agitación mediante la labor de tejones, ratas de abazones[h] y hormigas constructoras de montículos, junto con el fuego, la sequía y la erosión debida al viento y al agua.22 El mensaje en todos estos escritos es consistente: la noción de clímax ha muerto, la de ecosistema ha perdido utilidad y en su lugar tenemos la idea de los modestos “parches”. La naturaleza debería ser considerada como un paisaje de parches, grandes y pequeños, parches de todas las texturas y colores, una manta de retales constituida por seres vivos, que cambia constantemente a través del tiempo y el espacio, respondiendo a un aluvión de perturbaciones. Los retazos en esa manta nunca duran mucho.

Bueno, está claro que los científicos hace mucho que sabían de la existencia de las ratas de abazones, de los vientos, de la Edad del Hielo y de las sequías. Sin embargo, hasta ahora no habían permitido que esas perturbaciones estropeasen sus teorías acerca de las asociaciones vegetales y faunísticas equilibradas, y debemos preguntarnos por qué ha sido así. ¿Por qué Clements y Odum tendían a no tener en cuenta fuerzas tales como el cambio climático, al menos el de tipo menos catastrófico, considerando que no eran  amenazas al orden de la naturaleza? ¿Por qué sus sucesores, en cambio, han tendido a hacer tanto hincapié en esos cambios, hasta tal punto que a menudo no ven otra cosa que inestabilidad en el entorno?

Una pista nos la da el hecho de que muchos de estos defensores de las perturbaciones no son ni han sido jamás científicos de ecosistemas; recibieron su formación en la rama de la biología de poblaciones y reflejan las crecientes confianza, madurez metodológica e influencia de dicha rama.23 Cuando miran a un bosque, los ecólogos de poblaciones sólo ven los árboles: los ven y los cuentan –tantos pinos, tantos falsos abetos[i], tantos arces y tantos abedules. Insisten en que si sabemos todo lo que hay que saber acerca de las especies individuales que constituyen un bosque y podemos medir sus vidas de forma precisa y cuantitativa, sabremos todo lo que hay que saber acerca de ese bosque. No posee las propiedades características de un organismo o “emergentes”. No es un todo mayor que la suma de sus partes que requiera una comprensión “holística”. Equipados con ordenadores que pueden rastrear los historiales de las vidas de las especies individuales y registran los altibajos de las poblaciones, han aportado un nivel de precisión matemática a la ecología que es impresionante. Y lo que ven cuando observan los historiales de cualquier parche de terreno son feroces oscilaciones. Poblaciones que crecen y poblaciones que se desploman, como los precios de las acciones, las ventas de automóviles y la longitud de las faldas. Vivimos, insisten, en un mundo sin equilibrios.24

Existe otra razón para el cambio de paradigma que he estado describiendo, aunque la sugiero de una forma bastante tentativa y sólo puedo ofrecer indicios imprecisos de ella. Para algunos científicos, una naturaleza caracterizada por asociaciones fuertemente individualistas, una perturbación constante y un cambio incesante puede ser más ideológicamente satisfactoria que la noción de ecosistema de Odum, que pone el acento en la cooperación, la organización social y el ecologismo. Un caso ilustrativo es el célebre divulgador de la ecología contemporánea, Paul Colinvaux, autor de Why Big Fierce Animals Are Rare (1978). El capítulo acerca de la sucesión comienza con estas líneas: “Si los planificadores alcanzasen el poder, de modo que pudiesen eliminar toda libertad individual y hacer lo que les diese la gana con nuestra tierra, podrían decidir que todos los condados que estén llenos de pequeñas granjas deberían ser convertidos de nuevo en bosque”. Está claro que no es un entusiasta de la planificación de los usos del territorio ni de la restauración forestal. Y acaba ese mismo capítulo con estas palabras notablemente reveladoras y seguras de sí mismas:

Ahora podemos … explicar, de hecho, todos los sucesos intrigantes y predecibles de las sucesiones en simples términos darwinistas. Todo lo que sucede en las sucesiones sucede porque todas las diferentes especies tratan de buscarse la vida como mejor pueden, cada una a su manera particular. Lo que parecen las propiedades de una comunidad es de hecho la suma de los resultados de todos estos casos individuales de empresa privada.25

Por lo que parece, si es que este ejemplo es indicativo, los darwinistas sociales vuelven a entrar en escena y, al menos, algunos de ellos son ecólogos; y, al menos, parte de su oposición a la ciencia de Odum puede que tenga que ver con la repulsión que sienten hacia lo que ellos perciben como las implicaciones políticas de ésta, incluido su atractivo para los ecologistas. Colinvaux es muy claro acerca de la necesidad de marcar ciertas distancias entre él y grupos como el Sierra Club[j].

No soy el único que se pregunta si podría haber un motivo ideológico más profundo y enunciado sólo a medias que esté causando esta nueva dirección en ecología. El historiador  de la ciencia sueco Thomas Söderqvist, en un estudio reciente[k]  del desarrollo de la ecología en su país, llega a la conclusión de que los ecólogos evolucionistas de la generación actual

parecen ejercer la ecología por mera diversión, indiferentes a los problemas prácticos, incluida la salvación de la nación. Son sofisticados matemática y teóricamente, sentados a cubierto mientras hacen cálculos en sus ordenadores, en vez de andar por ahí recorriendo la naturaleza. Son individualistas que aborrecen la idea de los proyectos de ecosistemas a gran escala. De hecho, la transición desde la ecología de ecosistemas a la ecología evolucionista parece reflejar la transición generacional desde la generación políticamente concienciada de los años 60 a la generación “yuppie” de los 80.26

Esta puede que sea una caracterización exagerada, y no pretendo aplicársela a todos los científicos que hayan publicado cosas acerca de la dinámica de parches o los regímenes de perturbación. Sin embargo, llama nuestra atención acerca de un inconfundible intento por parte de muchos ecólogos de distanciarse del ecologismo reformador y de sus críticas del impacto humano sobre la naturaleza.

No obstante, ojalá el surgimiento de la nueva ecología posterior a Odum pudiese ser explicado de un modo tan sencillo aludiendo sólo a los dos motivos anteriores: como un triunfo de la dinámica de poblaciones reduccionista sobre la consciencia holística o como un triunfo del darwinismo social o de la ideología empresarial sobre el compromiso con la conservación ambiental. Sin embargo, parece ser que hay algo más que eso y que ese algo se está produciendo en todas las ciencias naturales –biología, astronomía, física- y quizá en todas las sociedades tecnológicas modernas. Se trata nada menos que del descubrimiento del caos. La Naturaleza, han empezado a creer muchos, es fundamentalmente errática, discontinua e impredecible. Está llena de sucesos aparentemente aleatorios que eluden nuestros modelos de cómo se supone que funcionan las cosas. Como resultado, lo inesperado sigue golpeándonos en la cara. Las nubes se juntan y se dispersan y la lluvia cae o no cae, sin mostrar ningún respeto por nuestras cuidadosas predicciones meteorológicas, y no somos capaces de explicar por qué. Los coches se embotellan repentinamente en la autovía y los controladores de tráfico entran en pánico. El corazón de un hombre late con regularidad año tras año, y de repente comienza a saltarse un latido de vez en cuando. Una pelota de ping-pong bota hacia afuera de la mesa siguiendo una dirección inesperada. Cada pequeño copo de nieve que cae del cielo resulta ser completamente diferente de cualquier otro copo. Estas son formas en las que la naturaleza parece ser caótica, según todas nuestras teorías y métodos previos. Si la prueba definitiva de la validez del conocimiento científico es su capacidad para predecir sucesos, entonces, todas las ciencias y pseudociencias –física, química, climatología, economía, ecología- suspenden la prueba con regularidad. Todas ellas han estado dictando leyes, diseñando modelos, prediciendo lo que se supone que va a hacer un átomo o una persona particular; y ahora, cada vez más, están empezando a confesar que el mundo nunca se comporta exactamente del modo en que se supone debería hacerlo.

Dar sentido a esta situación es la tarea de un tipo totalmente nuevo de investigación que se autodenomina ciencia del caos. Algunos dicen que supone una revolución del pensamiento equivalente a la mecánica cuántica o la relatividad. Al igual que esas otras revoluciones del siglo XX, la ciencia del caos rechaza postulados que se remontan a los tiempos de Sir Isaac Newton. De hecho, lo que está sucediendo puede que no sean dos o tres revoluciones diferentes sino una sola revolución contra todos los principios, leyes, modelos y aplicaciones de la ciencia clásica, la ciencia implantada por la gran Revolución Científica del siglo XVII.27 Durante siglos hemos asumido que la naturaleza, a pesar de la existencia de unas pocas apariencias de lo contrario, es un sistema perfectamente predecible con un orden lineal y racional. Una vez obtenida la cantidad adecuada de datos, decían los científicos, podremos describir ese orden con todo detalle –podremos trazar las líneas a lo largo de las cuales se mueve todo y la velocidad de dicho movimiento, así como las colisiones que ocurrirán. Incluso la teoría de la evolución de Darwin, que a lo largo del último siglo había puesto en cuestión gran parte de la cosmovisión newtoniana, dejaba intacta la confianza de muchas personas en que el orden acabaría prevaleciendo en la evolución de la vida; en que el enmarañado historial de lucha competitiva produciría progreso, armonía y estabilidad. Hoy esa asunción tradicional puede que se haya hecho pedazos irremediablemente. Por la razón que sea, bien porque los datos empíricos lo sugieren o bien porque lo sugieren las tendencias culturales extracientíficas, o por la experiencia de tanto cambio social rápido en nuestras vidas cotidianas, los científicos están empezando a centrar su atención en aquello que habían tratado de evitar ver durante tanto tiempo. El mundo es más complejo de lo que jamás habíamos imaginado, dicen, y de hecho, añadirían algunos, de lo que jamás podamos imaginar.28

A pesar de la evidente complejidad de su campo de investigación, los ecólogos han estado entre los científicos más lentos a la hora de unirse a la interdisciplinar ciencia del caos. Sospecho que la influencia de Clements y Odum, que persistió hasta bien entrados los años 70, actuó en contra de la nueva perspectiva, reforzando la fe en las regularidades lineales y en el equilibrio en las interacciones entre especies. Sea como sea, al final llegó el día de la conversión. En 1974 el ecólogo matemático de Princeton Robert May publicó un artículo con el título: “Biological Populations with Nonoverlapping Generations: Stable Points, Stable Cycles, and Chaos”.29 En él admitía que los modelos matemáticos que él y otros habían construido constituían enfoques inadecuados de los historiales irregulares de la vida de los organismos. No explicaban completamente, por ejemplo, las explosiones demográficas de las polillas lagartas peludas[l] en los bosques caducifolios del este de Estados Unidos o los ciclos de los linces canadienses en el subártico. Las poblaciones no siguen un patrón maltusiano simple de crecimiento, saturación y desplome.

Cada vez más ecólogos han ido siguiendo los pasos de May y comienzan a situar sus áreas de investigación en línea con la teoría caótica. William Schaefer es uno de ellos; a pesar de ser discípulo de Robert MacArthur, uno de los líderes de la vieja escuela del equilibrio, se ha visto recientemente tan intrigado como May y otros por la misma anomalía de las fluctuaciones impredecibles en las poblaciones. Aunque había sido educado para creer en “el llamado ‘Equilibrio de la Naturaleza’”, escribe, “… la idea de que las poblaciones se hallan en equilibrio o cercanas a él”, las cosas ahora comienzan a parecer muy distintas.30 Describe cómo ha tenido que profundizar en distintas disciplinas para establecer conexiones con conceptos del caos en las otras ciencias naturales, con el fin de liberarse del pasado restrictivo de su propio campo de estudio.

El estudio del caos comenzó en 1961, con los intentos de simular los patrones del tiempo atmosférico y del clima en un ordenador del MIT[m]. Allí, el meteorólogo Edward Lorenz formuló su famoso “Efecto Mariposa”, la noción de que una mariposa removiendo el aire hoy en un parque de Pekín puede alterar los sistemas de tormentas en la ciudad de nueva York el mes que viene. Los científicos llaman a este fenómeno “sensibilidad dependiente de las condiciones iniciales”. Lo que significa es que minúsculas diferencias en los aportes pueden rápidamente convertirse en diferencias sustanciales en los productos. Un corolario es que no podemos conocer, incluso con todos nuestros aparatos de inteligencia artificial, todas y cada una de las pequeñísimas diferencias que han ocurrido o están ocurriendo en cualquier lugar o momento; ni podemos saber qué diferencias sustanciales en los productos serán causadas por cada una de esas minúsculas diferencias. Más allá de un plazo muy corto, digamos, de dos o tres días a partir del momento en que se hacen, nuestras predicciones valen menos que el papel en que están escritas.

Las implicaciones de este “Efecto Mariposa” para la ecología son profundas. Si un solo aleteo del ala de un insecto en China puede causar unas precipitaciones torrenciales en Nueva York, ¿qué podría hacerle al Gran Ecosistema de Yellowstone? ¿Qué pueden llegar a saber los ecólogos acerca de todas las fuerzas que afectan, o están a punto de afectar, a cualquier trozo de terreno? ¿Qué pueden ignorar de forma segura y a qué deben prestar atención? ¿Qué sucesos incluso distantes, invisibles y minúsculos pueden estar sucediendo ahora que cambien la organización de la vida vegetal y animal en nuestros entornos cercanos? Esta es la problemática, y el desafío, planteados por la ciencia del caos; y está alterando la mentalidad de los ecólogos de forma dramática.

John Muir[n] dijo una vez, “Cuando tratamos de separar una sola cosa, descubrimos que se halla atada a todo lo demás que hay en el universo”.31 Para él, esta era una manifestación de un plan infinitamente sabio en el que todo funcionaba en perfecta armonía. La ecología del caos, si bien está impresionada, como Muir, por la interdependencia, no comparte su visión de un “plan infinitamente sabio” que controla y ordena todo. No hay un plan, dicen los científicos actuales; ni una armonía evidente en los sucesos de la naturaleza. Si hay orden en el universo –y no seguirá habiendo ciencia en absoluto si toda la fe en el orden se desvanece- es mucho más difícil de localizar y describir de lo que pensábamos.

Para Muir, la lección obvia que se podía extraer de la complejidad cósmica era que los seres humanos deberían amar y preservar la naturaleza tal y como es. Las lecciones de la nueva ecología, por el contrario, no están claras. ¿Promueve, en palabras de Ilya Prigogine e Isabelle Stenger, “un renacimiento de la naturaleza”, una forma de ver la vida menos jerárquica y un conjunto de “nuevas relaciones entre el hombre y la naturaleza y de los hombres entre sí”?32 ¿O más bien aumenta nuestro alejamiento respecto del mundo, nuestro retraimiento dentro de la duda y la inseguridad postmodernas? ¿Qué queda que merezca ser amado o preservado en un universo de caos? ¿Cómo se supone que deberá comportarse la gente en dicho universo? Si ése es el tipo de lugar que habitamos, ¿por qué no seguir adelante con todas nuestras ambiciones privadas, libres de cualquier miedo a que podamos estar causando un daño especial? ¿Qué significa, después de todo, la frase “daño ambiental” en un mundo con tanto caos? ¿Sigue teniendo aún sentido la tradición ecologista a la que Muir pertenecía, junto con tantos otros escritores naturalistas y ecólogos del pasado, gente como Paul Sears, Eugene Odum, Aldo Leopold y Rachel Carson? No tengo espacio aquí para tratar de responder a estas preguntas, ni para hacer predicciones, sino sólo para advertir de que son demasiado importantes como para dejar que los científicos las respondan solos. Hoy en día, la ecología no puede ser considerada omnisciente, completamente sabia o eternamente verdadera; no más que en el pasado.

Tanto si resultan ser verdaderos como si son falsos, si son permanentes o si son modas pasajeras, parece totalmente posible que estos cambios en el pensamiento científico dirigidos a hacer hincapié en el caos no producirán un relajamiento de la preocupación ecologista. Aunque términos como “ecosistema” o “clímax” puedan desaparecer y un nuevo vocabulario ocupe su lugar, el miedo al riesgo y al peligro probablemente será mayor que nunca. La mayoría de nosotros somos intuitivamente conscientes, tanto si podemos formular nuestros miedos con fórmulas matemáticas como si no, de que el poder tecnológico que hemos acumulado es destructivamente caótico; no es irracional que lo temamos y que temamos lo que pueda hacernos a nosotros y al resto de la naturaleza.33 Puede que nosotros los modernos, tras haber absorbido las lecciones de la ciencia actual, descubramos que no podemos ya amar la naturaleza de una forma tan sencilla como lo hacía Muir; pero también puede que hallamos encontrado más razones que nunca para respetarla –para respetar su desconcertante complejidad, su inherente impredictibilidad, su cotidiana turbulencia. Y para batir nuestras propias alas en ella de un modo un poco más suave.

 

Notas:

 

1.      Paul Sears, Deserts on the March, 3ª ed. (Norman: University of Oklahoma Press, 1959), 162.   

2.      Ibíd., 177.

3.      Donald Worster, Nature’s Economy: A History of Ecological Ideas (Nueva York: Cambridge University Press, 1977).

4.      Éste es el tema en concreto del libro de Clements Plant Succession (Washington: Carnegie Institution, 1916).

5.      Worster, Nature’s Economy, 210.

6.      El principal rival de Clements en cuanto su influencia en los Estados Unidos fue Henry Chandler Cowles de la Universidad de Chicago, cuyo artículo sobre la sucesión ecológica apareció en 1899. El mejor estudio acerca de las ideas de Cowles está en el libro de J. Ronald Engel, Sacred Sands: The Struggle for Community in the Indiana Dunes (Middletown: Wesleyan University Press, 1983), 137-159. Engel  le describe como alguien con una noción menos determinista y más pluralista de la sucesión, alguien que “abrió el camino a un papel más creativo para los seres humanos en la aventura evolutiva de la naturaleza” (150). Véase también Ronald C. Tobey, Saving the Prairies: The Life Cycle of the Founding School of American Plant Ecology, 1895-1955 (Berkeley: University of California, 1981).

7.      Sears, Deserts on March, 142.

8.      Este libro fue escrito a medias con su hermano, Howard T. Odum, y se realizaron dos ediciones más, apareciendo la última en 1971.

9.      Eugene P. Odum, Fundamentals of Ecology[o] (Philadelphia: W. B. Saunders, 1971), 8.

10.  Odum, “The Strategy of Ecosystem Development”[p], Science, 164 (18 de abril de 1969), 266.

11.  Las expresiones “selección K” y “selección r” proceden del libro de Robert MacArthur y Edward E. Wilson, Theory of Island Biogeography (Princeton: Princeton University Press, 1967). Durante los años 50 y 60, junto con Odum, Mac Arthur fue el principal portavoz de la noción de la naturaleza entendida como una serie de ecosistemas termodinámicamente equilibrados.

12.  Odum, “The Strategy of Ecosystem Development”, 266. Véase también Odum, “Trends Expected in Stressed Ecosystems”, BioScience, 35 (Julio/Agosto 1985), 419-422.

13.  Un libro con ese título fue publicado por Earl F. Murphy: Governing Nature (Chicago: Quadrangle Books, 1967). De vez en cuando, el propio Eugene Odum parece haber abrazado dicha ambición o prestarle su apoyo, y es ciertamente central en la obra de su hermano Howard T. Odum. Sobre este tema véase Peter J. Taylor, “Technocratic Optimism, H. T. Odum, and the Partial Transformation of Ecological Metaphor after World War II”, Journal of the History of Biology, 21 (Verano 1988), 213-244.

14.  Una obra divulgativa de la noción de la naturaleza de Odum y que fue muy influyente es el libro de Barry Commoner The Closing Circle: Nature, Man, and Technology[q] (Nueva York: Knopf, 1971). Véase en concreto el comentario de las cuatro “leyes” de la ecología (33-46).

15.  Comunicación de Malcolm Cherrett, Ecology, 70 (Marzo 1989), 41-42.

16.  Véase Michael Begon, John L. Harper y Colin R. Townsend, Ecology: Individuals, Populations, and Communities[r] (Sunderland, Massachusetts: Sinauer, 1986). En otro libro de texto, se presentan de forma crítica las ideas de Odum como pertenecientes al enfoque tradicional: R. J. Putnam y S. D. Wratten, Principles of Ecology (Berkeley: University of California Press, 1984). Más fieles al modelo de los ecosistemas son el libro de Paul Erlich y Jonathan Roughgarden, The Science of Ecology (Nueva York: Macmillan, 1987) y el de Robert Leo Smith, Elements of Ecology, 2ª ed. (Nueva York: Harper & Row, 1986), aunque este último admite que se ha desplazado desde el “enfoque basado en los ecosistemas” hacia una “aproximación más evolucionista”.

17.  William H. Drury e Ian C. T. Nisbet, “Succession”, Journal of the Arnold Arboretum, 54 (Julio 1973), 360.

18.  H. A. Gleason, “The Individualist Concept of the Plant Association”, Bulletin of the Torrey Botanical Club, 53 (1926), 92-110.

19.  Joseph H. Connell y Ralph O. Slayter, “Mechanisms of Succession in Natural Communities and Their Role in Community Stability and Organization”, The American Naturalist, 111 (Noviembre-Diciembre 1977), 1119-1144.

20.  Margaret Bryan Davis, “Climatic Instability, Time Lags, and Community Disequilibrium”, en Community Ecology, Jared Diamond y Ted J. Case, eds. (Nueva York: Harper & Row, 1986), 269.

21.  James R. Karr y Kathryn E. Freemark, “Disturbance and Vertebrates: An Integrative Perspective”, The Ecology of Natural Disturbance and Patch Dynamics, eds. S. T. A. Pickett y P. S. White (Orlando, Florida: Academic Press, 1985), 154-155. De todos modos, la escuela de pensamiento de Odum no está callada en absoluto. Otra recopilación reciente ha sido recolectada en su honor y muchos de sus autores expresan haber seguido apoyando sus ideas: L. R. Pomeroy y J. J. Alberts, eds., Concepts of Ecosistemic Ecology: A Comparative View (Nueva York: Springer-Verlag, 1988).

22.  Orie L. Loucks, Mary L. Plumb-Mentjes y Deborah Rogers, “Gap Processes and Large-Scale Disturbances in Sand Prairies”, en Pomeroy y Alberts, ibíd., 72-85.

23.  Para el auge de la biología de poblaciones véase Sharon E. Kingsland, Modeling Nature: Episodes in the History of Population Biology (Chicago: University of Chicago Press, 1985).

24.  Una influyente excepción a esta tendencia es el libro de  F. H. Bormann y G. E. Likens, Pattern and Process in a Forested Ecosystem (Nueva York: Springer-Verlag, 1979), el cual propone (en el capítulo 6) el modelo de un “estado estacionario de mosaico cambiante”. Véase también P. Yodzis, “The Stability of Real Ecosystems”, Nature, 289 (19 de febrero 1981), 674-676.

25.  Paul Colinvaux, Why Big Fierce Animals Are Rare: An Ecologist’s Perspective[s] (Princeton: Princeton University Press, 1978), 117 y 135.

26.  Thomas Söderqvist, The Ecologists: From Merry Naturalists to Saviours of the Nation. A Sociologically Informed Narrative Survey of the Ecologization of Sweden, 1895-1975 (Estocolmo: Almqvist & Wiksell International, 1986), 281.

27.  Este argumento es defendido con gran fuerza intelectual por Ilya Prigogine e Isabelle Stengers en, Order Out of Chaos: Man’s New Dialogue with Nature (Boulder: Shambala/New Science Library, 1984). Prigogine ganó el Permio Nobel en 1977 por su trabajo sobre la termodinámica de los sistemas no equilibrados.

28.  Un excelente relato del cambio en el pensamiento es el libro de James Gleick, Chaos: The Making of a New Science[t] (Nueva York: Viking, 1987). Aquí me he basado bastante en su explicación. Lo que Gleick no explora son los notables paralelismos existentes entre la teoría del caos en la ciencia y el discurso postmoderno en la literatura y la filosofía. El postmodernismo es una mentalidad que ha abandonado la búsqueda histórica de la unidad y el orden en la naturaleza, tomando un punto de vista irónico acerca de la existencia y refutando toda fe establecida. Según Todd Gitlin, “El Postmodernismo refleja el hecho de que aún no ha sido construida una nueva estructura moral y de que nuestra cultura aún no ha encontrado un lenguaje para articular las nuevas formas de comprensión con que estamos tratando, de manera titubeante, de convivir. Objeta a todo principio, a toda devoción, a toda cruzada –en nombre de una evasión inconsciente”. Por otro lado, y de forma más positiva, la nueva sensibilidad lleva a un nuevo énfasis en la coexistencia democrática: “una nueva ‘ecología moral’ –que una condición para la preservación del yo es la preservación del otro”. T. Gitlin, “Post-Modernism: The Stenography of Surfaces”, New Perspectives Quarterly, 6 (Primavera 1989), 57 y 59. Véase también N. Catherine Hayles, Chaos Bound: Orderly Disorder in Contemporary Literature and Science (Ithaca: Cornell University Press, 1990), especialmente el capítulo 7.

29.  El artículo fue publicado en Science, 186 (1974), 645-647. Véase también Robert M. May, “Simple Mathematical Models with Very Complicated Dynamics”, Nature, 261 (1976), 459-567. Gleick comenta la obra de May en las páginas &9-80 de Chaos.

30.  W. M. Schaeffer, “Chaos in Ecology and Epidemiology”, en Chaos in Biological Systems, eds., H. Degan, A. V. Holden y L. F. Oldsen (Nueva York: Plenum Press, 1987), 233. Véase también Schaeffer, “Order and Chaos in Ecological Systems”, Ecology, 66 (Febrero 1985), 93-106.

31.  John Muir, My First Summer in the Sierra (1911; Boston: Houghton Mifflin, 1944), 157.

32.  Prigogine y Stengers, Order Out of Chaos, 312-313.

33.  Gran parte de la alarma que Sears y Odum, entre otros, expresaban se ha transformado en una perspectiva global y el testigo del viejo pensamiento del equilibrio ha sido recogido por científicos preocupados por el estado geoquímico y bioquímico del planeta tomado en su conjunto y acerca de las amenazas humanas a su estabilidad, sobre todo la quema de combustibles fósiles. Uno de los textos más influyentes en este nuevo desarrollo es el libro de James Lovelock Gaia: A New Look at Life on Earth[u] (Oxford: Oxford University Press, 1979). Véase también Edward Goldsmith, “Gaia: Some Implications for Theoretical Ecology”, The Ecologist, 18, nª 2/3 (1988): 64-74.



[a] Traducción a cargo de Último Reducto de “The Ecology of Order and Chaos”, capítulo 13 de The Wealth of Nature: Environmental History and the Ecological Imagination, Oxford University Press, 1993. Copyright © 1993 Donald Worster. N. del t.

[b] Recuérdese que el texto original fue publicado en 1993

[c] “Greater Yellowstone Ecosystem” en el original. Es el nombre con que se conoce a una zona de las Montañas Rocosas, en el oeste de Estados Unidos, que abarca el Parque Nacional de Yellowstone y las áreas circundantes. N. del t.

[d] “Sucesión”. N del t.

[e] “El concepto individualista de la asociación vegetal”. N del t.

[f] Recuérdese que el texto original fue publicado en 1993.  N del t.

[g] ÍdemN del t.

[h] “Pocket gophers” en el original. Roedores de la familia Geomyidae. N. del t.

[i] “Hemlock en el original”. Árboles del género Tsuga. N. del t.

[j] El Sierra Club es una de las principales organizaciones conservacionistas de Estados Unidos. N. del t.

[k] Recuérdese que el texto original fue publicado en 1993.

[l] “Gipsy moths” en el original. Lymantria dispar. N. del t.

[m] Siglas de “Massachusetts Technological Institute”, Instituto Tecnológico de Massachusetts. N. del t.

[n] John Muir (1838-1914) fue un naturalista y escritor estadounidense. Fue uno de los padres del movimiento conservacionista y fundador del Sierra Club. N. del t.

[o] Existe edición en castellano: Fundamentos de ecología, Thomson Learning, 2006. N. del t.

[p] Existe edición en castellano: “La estrategia de desarrollo de los ecosistemas”. N. del t.

[q] Existe edición en castellano: El círculo que se cierra, Plaza & Janés S.A. Editores, 1973. N. del t.

[r] Existe edición en castellano: Ecología: individuos, poblaciones y comunidades, Omega, 1999. N. del t.

[s] Existe edición en castellano: Por qué son escasas las fieras, Orbis, 1987. N. del t.

[t] Existe edición en castellano: Caos: la creación de una nueva ciencia, Crítica, 2012. N. del t.

[u] Existe edición en castellano: Gaia: una nueva visión de la vida sobre la tierra, Unigraf, 1983. N. del t.