Restaurando el orden natural

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Restaurando el orden natural

Por Donald Worster[1]

Hace unos pocos años bajé conduciendo por una carretera en el campo de Wisconsin buscando el lugar donde un hombre había muerto. La carretera había sido en su día la ruta de los pioneros que se trasladaban hacia el oeste, luego una carretera rural que atravesaba campos marginales, arenosos y secos. En los días de la Prohibición había llevado el whisky ilegal destilado en la zona; algunos de los últimos árboles habían sido talados para cocer la malta de contrabando. Después, en 1935, vino un colono de otro tipo. Era la época de la Gran depresión, y pudo comprar un montón de terreno por poco dinero pagando los impuestos atrasados de las tierras abandonadas por sus propietarios, 120 acres[2] en total. A esa tierra no le quedaba ya ningún valor económico. Ese hombre, que se llamaba Aldo Leopold, lo sabía pero no le importó; no buscaba el beneficio, ni siquiera la subsistencia. Comenzó a venir regularmente para plantar árboles desde la ciudad de Madison, donde daba clases en la universidad. Durantes trece años los plantó y cuidó. Luego, en 1948, murió combatiendo un incendio forestal en las tierras de un vecino. Sabiendo estos pocos detalles, fui buscando conocer qué tipo de hombre era y aquello por lo que dio su vida.

No había publicidad, ni se ofrecía un guía turístico, sino que el denso bosque de pinos era suficiente anuncio de que aquí estaba el lugar de Leopold, todo él había recuperado ahora su esplendor natural. Caminé a través de un campo abierto rico en gramíneas y hierbas silvestres hasta una pequeña, gris y deteriorada cabaña donde él había permanecido durante esos fines de semana, disfrutando del aroma de sus nuevos pinos creciendo y del sonido de los cantos de las aves y del viento en sus ramas. Desde la cabaña, caminé bajando por un corto sendero hacia el río Wisconsin, que corría en silencio entre sus abruptas orillas, con el cálido sol del verano lanzando destellos sobre sus ondulaciones. Un agosto, hace años Leopold, como recuerda en un boceto que escribió e incluyo en A Sand County Almanac[3], descubrió que el río tenía “ánimo de pintor”, desplegando una breve alfombra de musgo sobre sus limosos bordes, adornándola brillantemente con flores azules, blancas y rosas, atrayendo a los ciervos y ratones de campo y luego, abruptamente restregando su paleta en la austera arena. Para mí, esta pintura hace mucho tiempo que había desaparecido, mas no el recuerdo de ella, el cual ha estado perdurando capturado en las palabras del hombre que la vio y que, en su presencia, debió haberse quedado de pie sin respiración por unos instantes, intensamente convencido de que tenía a la naturaleza de su parte. Se percató de que la tierra podía recuperarse de la degradación sufrida. Ella tenía una inagotable capacidad de crear armonía y gracia a partir de materiales ordinarios y sin valor, incluso del limo, de las diminutas esporas y de las huellas de las garzas a lo largo de un banco de arena. Y no importa lo maltratada que hubiese sido a lo largo de su historia, podía autorregenerarse. En los años 30, un tiempo de desesperación nacional causada por un grave colapso económico y ecológico, descubrir ese hecho debió de ser tranquilizador. Hoy en día, sigue siendo algo necesario. Y el hogar de Leopold es donde el mundo puede venir a comprobar esos procesos de regeneración natural, ayudados por el compromiso y la inteligencia humanos. Hay, después de todo, un camino para volver al Jardín.

Cada vez soy más admirador de la sabiduría de Leopold y, aunque soy consciente de la necesidad del esfuerzo colectivo, encuentro el mensaje más esperanzador en su intensamente privada e imperturbable dedicación a lograr un humilde sueño. No dejó la tarea de la restauración en manos de alguien con más dinero, autoridad o tiempo libre. A pesar de ser un profesional muy ocupado, un activo investigador y profesor, con otro hogar y una familia de los que cuidar en la ciudad, puso a trabajar a sus propias pala y espalda en rehabilitar este trozo de tierra.

Leopold no parece haber tenido en ningún momento la noción de que lo que estaba haciendo en esos acres talados y agotados era realizar una inversión para él mismo y para otros, que un día la propiedad sería valiosa de nuevo para el mercado de la madera o del recreo. Aunque formado en la moderna escuela de la gestión de recursos naturales –era un especialista en gestión cinegética en su otra vida- no estaba aquí para “gestionar” la fauna, los bosques o el agua, al menos no como mercancías comercializables que manipular para nuestros propios fines instrumentales. Lo que le trajo aquí los fines de semana era, primero, un deseo de conocer el lugar íntimamente y, después, de aplicar sus conocimientos y su amor para sanarlo. Vino como una especie de doctor, un “doctor rural” podríamos decir, que había encontrado un paciente enfermo y desatendido que podría necesitar de sus cuidados. Al aceptar la responsabilidad moral de hacerse cargo del paciente, rechazó toda remuneración, salvo la satisfacción que podía obtener simplemente al observar el avance de la recuperación.

También podríamos decir con otras palabras, aunque lleguemos a la misma conclusión, que vino como un artista y, encontrando una obra de arte dañada, sintió el impulso de devolverle su gloria. Para él la salud era belleza y la belleza era salud. Leopold tenía el tipo de temperamento estético que no persigue descubrir una salida para sus propios impulsos subjetivos, sino descubrir lo que hay de maravilloso en el mundo, sea latente o evidente, y convertirse en su admirador y su cuidador, aceptando que la belleza tiene una existencia objetiva fuera de uno mismo, que la belleza es una cualidad que puede ser tanto descubierta como inventada. Ninguno de los que habían ocupado el terreno de Leopold antes que él había prestado mucha atención a sus cualidades estéticas; quizá, dadas las presiones de la supervivencia, no pudieron hacerlo. Sólo vieron lo que había en la superficie. “Las increíblemente intrincadas comunidades vegetales y animales”, escribió, “la intrínseca belleza del organismo llamado América”, habían desaparecido bajo la pesada huella de la colonización sin mucha reflexión ni percepción.

Lo que arrastra a los visitantes, como yo, al jardín salvaje y floreciente de Leopold hoy en día es una creencia compartida de que el mundo de la naturaleza constituye un modelo de orden que estamos obligados a respetar y cuidar; y quizá incluso a arriesgar nuestras vidas para salvarlo.

Yo no sé dónde se originó la idea de dicho orden. Probablemente haya estado ahí, en la mente humana, todo el tiempo, como la capacidad de contar, de hacer cosas y de criar a los hijos. Ciertamente, las culturas más antiguas, paganas y animistas, tenían una noción de él fuerte y vivaz. Asimismo, aunque con diversos grados de devoción, la han tenido tradiciones religiosas modernas tales como el judaísmo, el cristianismo, el taoísmo y el hinduismo. Los cristianos, por ejemplo, a veces hablan con entusiasmo de la “Creación”, teniendo en mente cierta disposición ordenada de las cosas naturales que es racional y, a la vez, está más allá de toda comprensión. Su armonía es funcional, pero no estrechamente utilitaria para ellos. Requiere que la admiren, tanto como que la usen. Los cristianos, junto con los judíos, además insisten en que debe haber alguien que creó esa belleza a partir del vacío y que la mantiene intacta constantemente a lo largo del tiempo y del espacio. Los cielos declaran la gloria de Dios, dicen recitando los Salmos, y la tierra muestra su obra. Sin embargo, ciertamente, el poder imaginado como explicación vino después, primero fue la consciencia de la belleza del mundo. Los taoístas de China, por el contrario, creían que el orden de la naturaleza no había sido creado por ninguna fuerza externa, sino que era inherente a la propia naturaleza –que hay un Camino, que todas las cosas se mueven armoniosamente juntas a lo largo de él y que lo hacen cada cual siguiendo su propio impulso. Independientemente de estas diferencias en el concepto, todas esas religiones coinciden en que, dado que existe una deslumbrante belleza en el mundo, existe cierta obligación de respetarla por parte de los seres humanos. Aunque nosotros no diseñamos ni organizamos dicho orden, somos capaces de ser, y por tanto estamos obligados a ser, sus custodios y guardianes. Esta es una de las verdades fundamentales que hombres y mujeres de diversas fes han defendido como evidentes.

Yo crecí creyendo que la religión tenía un enemigo permanente en la ciencia, que la victoria de uno de los dos debía significar la derrota del otro. Y parece claro que, en los tiempos modernos, la religión ha perdido mucho terreno como fuente de autoridad frente a la ciencia. Sin embargo, resulta asombroso observar que, sea cual sea su efecto competitivo sobre cualquier credo particular, la ciencia misma surgió originalmente de una consciencia de la belleza natural que era muy similar a la que existía en la religión. Eliminemos la asunción de que el mundo es un todo ordenado cuyas partes funcionan todas juntas para lograr una estabilidad autorregulada, de que existe una disposición y una coherencia en las cosas que puede ser comprendida, y la ciencia dejará de existir. Ahora veo que la ciencia, y todas sus ramas, tuvieron que empezar con algún tipo de ideal holístico. Es una asunción fundamental. Y muy posiblemente, al igual que su análoga, la religión, la ciencia no puede probar definitivamente esa asunción apelando a los hechos ni a los textos, sino que, por el contrario, dicha asunción deriva de algún proceso perceptivo más profundo –de una intuición que surge en casi todos los que viven en estrecha y atenta relación con la naturaleza. Los científicos lo hacen frecuentemente; no es sorprendente, por consiguiente, que muchos de ellos hablen con admiración y deleite acerca del exquisito orden que descubren en el mundo.

Empezando por Charles Darwin y su teoría de la evolución, los ecólogos han insistido en que la naturaleza no debe ser entendida como un orden fijo y permanente sino que está sufriendo cambios constantemente, muchos de ellos violentos y destructivos. ¿Destruyó esta interpretación la antigua confianza en la coherencia natural? Durante mucho tiempo no lo hizo. Darwin, por ejemplo, no permitió que el nuevo modo de ver las cosas sacudiese su convicción de que la naturaleza se las arregla para generar un notable grado de orden, de que a pesar de todo el oportunismo desordenado de los organismos individuales esforzándose por lograr el éxito, de todas las convulsiones catastróficas de la geología y del clima, de todos los indicios de adaptación imperfecta, queda aún un patrón que puede ser descubierto en el conjunto de todos los seres. Allá donde mirase, incluso en los escenarios más tumultuosos, discernía un estado de belleza, aunque fuese más la belleza de los procesos que la de las relaciones fijas. La naturaleza, en su opinión, seguía siendo un sistema tendente al equilibrio y, como tal, ofrecía algún modelo para la humanidad –no un modelo congelado en el tiempo, sino uno que era completamente histórico, dinámico e innovativo.

Tal era también la interpretación que el científico Leopold hacía, y su trabajo en la tierra estaba dirigido a restaurar el antiguo vigor de ese proceso de crecimiento y movimiento. La belleza del mundo orgánico para él descansaba en su continua creatividad más que en cualquier modelo de organización preestablecido.

En la época en que escribía, las ideas que los científicos tenían acerca del orden ecológico estaban sufriendo una importante transición. Una noción más antigua, dominante en Estados Unidos desde principios del siglo XX y asociada al ecólogo de Nebraska Frederic Clements, había defendido que la naturaleza orgánica tomada en su conjunto se asemejaba a una especie de organismo –un “superorganismo” como lo llamaba Clements- y que se suponía que esa entidad crecía en la tierra hasta alcanzar un estado de madurez o clímax en su desarrollo. En los años 30 y 40 esa noción había perdido apoyo, aunque pueden encontrarse rastros de ella en los escritos de Leopold e incluso ha persistido hasta el presente.

La noción que reemplazó a la de superorganismo fue la de ecosistema, que apareció por primera vez en 1935 a manos del ecólogo de Oxford A. G. Tansley. Su fuente de inspiración no era la biología sino la física. La naturaleza está organizada en entradas y salidas de energía, y el conjunto es una amalgama tanto de seres vivos como de componentes no vivos. Los ecosistemas, escribió Tansley,

son de las más diversas clases y tamaños. Forman una categoría dentro de los numerosísimos sistemas físicos del universo, que van desde el universo en su conjunto hasta el átomo. El método de la ciencia … consiste en aislar sistemas mentalmente para poder estudiarlos … Los sistemas que aislamos mentalmente no sólo forman parte de otros mayores, sino que también se superponen, entrelazan e interactúan unos con otros. El aislamiento es en parte artificial, pero es la única forma posible de proceder.

En otras palabras, la noción de ecosistema se basaba en la asunción de que todo el universo está firmemente estructurado mediante interacciones físicas complejas y de que la ciencia puede dar sentido a esa estructura simplemente seleccionando pequeñas partes ordenadas de ella para estudiarlas y describirlas.

Indudablemente, la disciplina de la restauración ecológica le debe mucho a estas ideas, especialmente al concepto de ecosistema. La restauración, tal y como yo la entiendo, tiene como misión la reparación de ecosistemas dañados.

Sin embargo, ahora entramos en la era del agnosticismo. En las dos últimas décadas muchos científicos han perdido la fe en el superorganismo o en la idea de ecosistema. Unos pocos de entre ellos, llevando las ideas de Tansley más allá de lo que él pretendía llevarlas, han declarado que la idea del ecosistema no es más que una ficción en su totalidad, imposible de verificar y, por consiguiente, sin valor. De hecho, la asunción de que hay cierto orden en el conjunto de la naturaleza orgánica, o en cualquier subconjunto de la misma, se ha vuelto cada vez más sospechosa como propuesta científica.

Una de las claves de dicho escepticismo ha sido la historización radical que ha estado ocurriendo en la ciencia de la ecología. Hoy en día es mucho más probable que los ecólogos estén interesados en describir los cambios que han estado teniendo lugar en el entorno durante miles, incluso millones de años, en lugar de que lo estén en analizar las estructuras y funciones que existen en un momento dado. Párese usted en cualquier acre de terreno, dicen, y mire atrás en el pasado; cuanto más atrás mire, más fluidez encontrará. El continente entero de Norteamérica ha estado migrando a través de vastos océanos, y en esta tierra no tan sólida las plantas y animales también vienen y van con increíble movilidad. La naturaleza ya no es orden; es un proceso de cambio infinito. Nosotros los historiadores de las comunidades humanas llevamos sabiendo desde hace mucho tiempo que la mentalidad histórica es intensamente relativista. Nada dura para siempre, decimos, nada es verdad para siempre. Hasta cierto punto, este es un descubrimiento valioso. Nos libera del provincianismo del presente. Sin embargo, puede también ser un peligroso hábito del pensamiento, dejando a la gente perpleja e insegura hasta el punto de paralizarla, demoliendo todos los apreciados mitos de la tradición sin dejar nada en su lugar. Ahora que se ha visto tan plenamente imbuida de consciencia histórica, la ecología corre el riesgo de caer en el relativismo total. Un terreno talado puede ser considerado tan bueno ecológicamente hablando como uno cubierto de bosque. Un paisaje arrasado por minas a cielo abierto vertiendo ácido en los arroyos, es tan “natural” como cualquier otro. Sólo la subjetividad humana puede decidir qué estado de la tierra es preferible a otros.

Es cierto que hoy en día aún es posible que un científico descubra un bosque normativo y no cambiante entre todos esos árboles. Me viene a la mente, a modo ilustrativo, un ensayo del botánico de la Universidad de Wisconsin Orie Loucks, titulado “New Light on the Changing Forest”, publicado en el libro de 1983 The Great Lakes Forest. Loucks repasa cuidadosamente todas las pruebas de perturbaciones en los bosques. Comenta los vendavales que han asolado hasta 40.000 acres de golpe. Examina registros de los anillos de los árboles, de los sedimentos del polen, del impacto de los incendios y de las heladas. Vistos en intervalos cortos, los bosques de Wisconsin parecen ser extremadamente agitados e inestables. Sin embargo, observados a largo plazo, a lo largo de los últimos treinta millones de años más o menos, señala, estos bosques son extraordinariamente resilientes. A pesar de las repetidas intervenciones y de unas pocas extinciones habidas en ellos, “las características principales del bosque o las principales adaptaciones desarrolladas durante la Era Terciaria” no han cambiado.

Loucks no es una excepción, ciertamente, pero en la ecología revisionista más actual los árboles cambiantes (o incluso desaparecidos) se han vuelto mucho más un objeto de énfasis que el bosque duradero. Algunos científicos han llevado tan lejos la idea del cambio continuo en la naturaleza que han comenzado a perder de vista completamente el orden y los patrones a largo plazo y gran escala que también están ahí. La anarquía perpetua es todo lo que muchos encuentran hoy. No hay una dirección discernible en la naturaleza, dicen, ninguna comunidad coherente a lo largo del tiempo, ningún punto de “clímax”, “equilibrio” o “estado maduro” que la naturaleza alcance alguna vez, ningún criterio fiable mediante el cual podamos evaluar el efecto de nuestras propias intervenciones. No hay de hecho ningún todo, insisten, sólo fragmentos. La naturaleza aparece bajo esta luz escéptica como una multitud de procesos limitados y concretos en marcha, todos ellos chocando unos contra otros y sin mezclarse nunca en un flujo o resultado unificado. Parece como si estos ecólogos, tras haber desacreditado completamente los antiguos conceptos integradores, como “el equilibrio de la naturaleza”, por estar demasiado plagados de excepciones para ser ciertos o tener sentido, y ser demasiado imprecisos para ser comprobados matemáticamente, fuesen ahora incapaces de encontrar una idea holística nueva que colocar en su lugar. Algunos han llegado tan lejos como para insistir en que todo orden existe únicamente en la mente humana, que la naturaleza no es nada más que materia prima desorganizada sobre la cual somos libres de imponer tanto nuestras ideas como nuestros deseos.

Está claro que se está produciendo algo más que un debate sobre las evidencias científicas en la ecología de hoy en día. Algunos científicos están predispuestos a descubrir una cosa en la naturaleza, otros a descubrir algo muy diferente. Lo que se ve o no se ve es en parte el resultado de dónde se está o, de manera más precisa, de dónde se elige estar. La pregunta sustancial, por tanto, resulta ser, ¿por qué tantos científicos eligen hoy estar donde todo lo que puedan ver sea desorden?

La respuesta a esta pregunta debe venir de fuera del campo de la ciencia estrictamente definida. Los científicos son gente integrada en sus sociedades y culturas. Por consiguiente, el grado de orden que descubren en la naturaleza, junto con el grado de desorden, está inevitablemente influido por sus circunstancias sociales e históricas. En cierta medida, pueden ver lo que sus épocas les permiten ver. Desde mediados del siglo XIX, y especialmente durante la última mitad del siglo XX más o menos, los tiempos se han vuelto cada vez más desordenados. Y esta condición social ha venido a reflejarse en las nociones que muchos científicos han desarrollado acerca del mundo natural.

La ciencia es, después de todo, básicamente uno de los muchos modos en que nosotros los seres humanos, construimos socialmente lo que entendemos por realidad. Dicho de otro modo, los modelos de la naturaleza de los científicos, debido a que son el producto de procesos sociales más amplios, a menudo nos dicen tanto acerca del tipo de gente que somos o creemos que somos como lo que nos revelan acerca de la naturaleza. En el siglo XVIII el mundo de la naturaleza parecía ser permanentemente estable y fijo en el espacio ya que la comunidad humana parecía estable y fija en el espacio. Durante los últimos doscientos años, sin embargo, el ritmo del cambio social ha ido acelerándose cada vez más, hasta que ya todos tenemos una mentalidad histórica; incluso hasta el punto de que el pasado, cualquier pasado, parece radicalmente diferente visto desde nuestra propia época. Y algunos de nosotros, al estar afectados de forma más aguda por el ambiente social actual, se han vuelto agnósticos o incluso incrédulos acerca del mismo orden de la naturaleza.

Las fuerzas más poderosas que han impulsado este cambio en la consciencia cultural y el escepticismo que éste ha producido entre los científicos han sido de tipo económico y tecnológico. Más exactamente, son las fuerzas del industrialismo moderno. Con industrialismo me refiero a la amplia mecanización de los procesos productivos en el vestido, la alimentación, el transporte y similares, caracterizada por la gran fábrica centralizada. Los bienes en esta economía son suministrados a los consumidores, no mediante su propio esfuerzo, sino mediante mercados comerciales elaboradamente organizados. Sin embargo, este es sólo el aspecto externo. Tiene también una dimensión interna, vasta, compleja y efectiva: los hábitos de pensamiento y percepción que se necesitan para hacer que el sistema y sus demandas parezcan razonables. Todos los sistemas económicos son, después de todo, sistemas mentales en primer lugar. La revolución en la producción moderna comenzó en la mente. O más exactamente, empezó en las mentes de unas pocas personas, y desde allí se extendió a otras, hasta que al final se podría decir que existió toda una cultura del industrialismo, más o menos unida en el intento de alcanzar ciertas metas.

No es fácil exagerar a la hora de señalar hasta dónde ha llegado el industrialismo con objeto de derrumbar todas las viejas nociones de estabilidad, comunidad y orden. Toda nuestra forma de ver el mundo ha sido trasformada profundamente por esta fuerza. Entre otras consecuencias, nos ha llevado a pensar que es necesario y aceptable arrasar el paisaje en busca de la máxima producción económica. No puede haber dudas respecto al resultado; está claramente escrito en el registro histórico de Inglaterra, los Estados Unidos y cualquier otra nación que se haya sometido al sistema industrial.

La cultura industrial moderna primero brotó de las mentes de una naciente clase de empresarios capitalistas a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Incluso hoy en día es este grupo quien domina mayoritariamente las instituciones, la política, los medios de comunicación y los modelos de pensamiento de la vida industrial. Asimismo podríamos decir, entonces, que vivimos en la cultura del capitalismo industrial. Hay, ciertamente, algunas variaciones importantes de dicha cultura –el socialismo industrial, por ejemplo- pero todas predican la misma noción acerca de qué tiene valor y qué no. En lo que divergen es en su grado de interés en una distribución justa de los productos fabricados, en su habilidad para gestionar eficientemente los sistemas industriales y en su buena disposición o su renuencia a la hora de usar el poder del estado para  imponer sus ideas a la gente. Globalmente, sin embargo, han sido los capitalistas industriales los que han llevado la voz cantante en los tiempos modernos; casi todo el mundo es hoy su fábrica y el destino de la tierra está en gran medida en sus manos.

Cualquier sugerencia de que la naturaleza tiene un orden intrínseco que debe ser preservado ha sido vista como una grave amenaza por muchos líderes industriales. Ellos tenían otro orden rival que crear: uno económico. El industrialismo no ha buscado la preservación del orden natural, sino su total dominación y su transformación radical en bienes de consumo. El entorno ha sido visto como algo que existe principalmente con el propósito de suministrar una lista infinita de esos bienes y de absorber los productos de desecho y la contaminación. Todo aquello que no haya sido producido por alguna industria y colocado en el mercado para su venta ha tenido poco valor. Ha sido denominado, con la peor de las palabras que la cultura industrial conoce, como “inútil”. Como era de esperar, dado que el único modo en que los industrialistas pueden usar la naturaleza es desorganizándola para extraer las mercancías concretas que ellos valoran, han considerado precisamente la estabilidad, la armonía, la simbiosis y la integración que caracterizan el mundo vivo en su conjunto, como las más inútiles de todas las características. Han tendido a infravalorar tanto los servicios que los sistemas naturales prestan a la gente, por ejemplo cuando un bosque regula el flujo de un arroyo, como la satisfacción estética que aporta contemplar dicho orden.

La innovación constante, el cambio constante, los ajustes constantes se han convertido en experiencias normales en esta cultura. Hace tanto tiempo que hemos olvidado que la vida puede ser de otro modo que hemos llegado a aceptar como natural gran parte del caos, la incertidumbre y la desintegración que encontramos en nuestras instituciones y comunidades. Nos resulta difícil hoy en día creer en cualquier forma de estabilidad.

Uno de los grandes críticos del capitalismo industrial, Karl Marx, hizo esta penetrante observación acerca de sus efectos destructivos sobre todas las ideas de orden y de relaciones duraderas:

La modificación constante de la producción, la perturbación ininterrumpida de todas las condiciones sociales, la eterna incertidumbre y la agitación distinguen a [esta] época de todas las anteriores. Todas las relaciones fijas e imperturbables, con su séquito de antiguos y venerables prejuicios y opiniones, son barridas del mapa. Todas las relaciones recientemente formadas se quedan anticuadas antes de poder consolidarse. Todo lo que es sólido se desvanece en el aire, y todo lo que es sagrado es profanado.

Marx estaba pensando sólo en los efectos del capitalismo industrial en nuestras ideas de la comunidad social, pero podemos ver lo bien que sus palabras encajan con nuestra comprensión del orden natural. El sentido del todo ecológico que en su día parecía tan sólido e inamovible ha tendido, junto con otras ideas, a desvanecerse en el aire.

Marx creía que tal destrucción de las ideas tradicionales era necesaria para liberar a la gente de los prejuicios del pasado. No se puede, por tanto, encontrar en él o en sus discípulos mucha preocupación por preservar ninguna comprensión holística de la naturaleza. Sin embargo, los socialistas creían que al final la revolución económica debía llegar a un fin y que la sociedad debía alcanzar algún estado estacionario de relaciones estables, de lo cual se infería que la naturaleza debería también alcanzar algún punto de equilibrio, aunque fuese uno sujeto a un firme control por parte de los seres humanos. El capitalismo industrial, por otro lado, no ofrecía esa promesa de un estado de equilibrio. Su ideal social y ecológico es el cambio infinito.

¿Qué es la verdad, qué son los hechos, qué es la salud, qué es la belleza en semejante mundo? ¿Qué es lo que posiblemente puedan significar estas palabras?  El escepticismo total, el cinismo total son el futuro intelectual ofrecido por esta cultura industrial y sus instituciones.

Creo que es acertado describir las sociedades industriales modernas como algo que, en su conjunto, busca activamente el desequilibrio. Hemos aprendido tanto a relacionar esta condición con las posibilidades de satisfacción personal, con la completa autorrealización, con una vida más abundante, incluso con la justicia y la liberación, que incluso nos hemos sentido amenazados por cualquier charla acerca de mantener o restaurar el orden natural. Hemos temido quedarnos “estancados” o “rezagados” o ser mantenidos “en nuestro sitio” por fuerzas represivas. Se sabe que para esta forma de pensar, la noción de preservar la naturaleza o de tratar de restaurar algo semejante a su orden, evoca miedo y hostilidad. Muchos de entre nosotros exigimos un mundo desordenado o, lo que es lo mismo, menos restrictivo, en el cual poder funcionar.

Puede que ésta sea la mayor revolución en la forma de ver el mundo que jamás haya tenido lugar. Las sociedades tradicionales tendían a ver y valorar el orden en la naturaleza; nosotros los habitantes de la era industrial moderna hemos tendido a negarlo. Y ahí precisamente es donde yace la fuente profunda de nuestra destructividad medioambiental.

La restauración debe enfrentarse a su condición social y mental. Es más, debe involucrarse en cierta medida en cambiarla –cambiar la economía, cambiar las relaciones sociales que ésta ha engendrado, cambiar las ideas que han surgido a partir de dichas relaciones, cambiar algunas de las direcciones en que la ciencia ha estado moviéndose. Hoy en día no es suficiente con comprar 120 acres (aun si uno puede permitírselo) y poner a trabajar la pala. En su día Aldo Leopold entendió, aunque creo que demasiado vaga y abstractamente, esta problemática. A pesar de la devoción que puso en su trabajo privado en la tierra, reconoció la necesidad de hacer frente de forma más sistemática a esta civilización industrial para que la restauración pudiese tener éxito a una escala más amplia. En una carta al conservacionista estadounidense William Vogt, señalaba la idea de que una relación restauradora con la tierra es incompatible con las dinámicas de la civilización industrial; la primera insiste en que descubramos y respetemos el orden de la naturaleza; la segunda nos empuja a triunfar sobre ella. La clara implicación de esa carta es que los actos individuales de restauración son sólo en comienzo. El final ha de ser la creación de una sociedad alternativa.

¿Cómo puede tener lugar semejante cambio masivo? Es demasiado esperar que muchos de los más ricos de entre nosotros, que se han beneficiado de la expansión industrial, vayan a liderar esta acción de cavar, plantar y restaurar a gran escala. En su día fueron la vanguardia del cambio, surgiendo del anonimato para desafiar a la autoridad establecida; hoy en día, con notables excepciones, tienen demasiado invertido en el sistema actual como para dar la bienvenida a su desaparición. Ni tampoco deberíamos buscar guía en el ejército de trabajadores industriales, ya que tenderán a seguir a cualquiera que les esté dando empleos en la actualidad, llevados por un sentimiento de desesperación y necesidad. Si el futuro postindustrial se hace realidad, será el logro principalmente de aquellos que hayan sido los menos dependientes de los viejos procesos productivos y hayan tenido las mentes más libres, el mayor descontento y la visión alternativa más convincente.

Algunos de los líderes a la hora de formar un nuevo futuro postindustrial de estabilidad y orden bien podrían ser científicos. Ciertamente necesitamos su talento e investigación. La ecología, predigo, al final volverá de nuevo con renovada confianza a algún modelo del todo, a algún consenso acerca de la organización de la naturaleza, como debe ser si es que quiere continuar como empresa científica. Sin embargo, de todo esto que he dicho se deduce que la fuerza principal en contra de la inestabilidad industrial no va a ser la ciencia actuando sola, como una autoridad principal e independiente.

El filósofo Alfred North Whitehead dijo una vez que, si queremos buscar nuestro camino para seguir hacia adelante, necesitamos depender menos del modo científico de pensar, que él decía que es inevitablemente reduccionista, y fiarnos más de lo que él llamó “el hábito de la comprensión estética”. Se refería a una capacidad para ver todos en lugar de partes. La mera acumulación de datos en sí misma no corrige esa ceguera, que Whitehead consideraba que era lo más grave. De hecho, a veces parece como si cuantos más datos recogiésemos y más difundiésemos el conocimiento, menos capaces fuésemos de ver el corazón de las cosas. Se quejaba de “los ojos completamente ciegos con que incluso el mejor de los hombres [del pasado] consideraba la importancia de la estética en la vida de una nación”. A menudo, indicaba, han sido las personas con un intelecto y una capacidad considerables los que han sido más indiferentes al orden natural y los que más han necesitado aprender a volver a ver la totalidad del mismo de nuevo.

Por supuesto, podemos usar más datos científicos para mejorar nuestra relación con la naturaleza; se sabe que han abierto unas pocas mentes. Sin embargo, la ceguera cultural que sufrimos más gravemente es una que sólo algo como la comprensión estética de Whitehead puede remediar.

Muy probablemente, por tanto, las principales fuentes de cambio cultural serán aquellos hombres y mujeres que ejemplifican los “hábitos de la comprensión estética” de una forma más completa y desarrollada. Llámeseles artistas si se quiere, aunque no serán una brigada de especialistas en alguna de las disciplinas de las bellas artes. Al contrario, seguirán la tradición de todos aquellos que, desde los primeros años de la revolución industrial, escandalizados e indignados por los feos y despiadados nuevos modos, han constituido “la oposición”. Pienso en ellos como en el grupo de Henry David Thoreau y William Morris, de John Muir y Richard Jeffries, de H. M. Tomlinson y Rachel Carson y, por supuesto, de Aldo Leopold –un grupo de escritores, pintores y científicos. Sin embargo, muchos de los miembros del grupo no han dejado novelas, pinturas, poemas o ensayos sobre la naturaleza, no han dejado ningún registro de su pensamiento excepto las montañas, los bosques y los humedales que han salvado o restaurado. Famosas o desconocidas, estas son las personas que probablemente nos guiarán para trascender la cultura industrial actual.

La comprensión estética se desarrolla a través del ejercicio de la facultad de nuestras mentes que asociamos con artes como la pintura de paisajes, la música o la poesía, aunque es más amplia que cualquiera de dichas actividades especializadas. Diferentes gentes pueden ejercitar su facultad de diferentes modos: mediante la ciencia o la religión, como ya he dicho, mediante la observación de las aves, la fotografía o simplemente caminando por la naturaleza con todos los sentidos alerta. Sea cual sea la actividad, el ingrediente esencial en la comprensión estética es la capacidad de mirar más allá del nivel de los detalles aislados y percibir su cohesión subyacente. Los detalles siguen siendo importantes, pero el hábito de mirarlos demasiado cerca durante demasiado tiempo puede atrofiar la facultad estética. Se pierde la consciencia de cómo las cosas están unidas entre sí, de cómo forman patrones entre sí, de cómo logran encajar. La naturaleza entonces cesa de agradar al ojo y en los casos más tristes el ojo ni siquiera sabe que ella debería agradarle. Cuando la consciencia estética está bien desarrollada, por otro lado, se ve fácil y ciertamente la armonía profunda que hay en ella y el placer que ello aporta es intenso. Términos como “belleza” e “integridad” vienen inmediatamente a la mente. De hecho, tales cualidades se convierten en las realidades más significativas que existen y su percepción y disfrute es la forma de vida más elevada.

La belleza descubierta en la naturaleza a través de la comprensión estética ha inspirado en repetidas ocasiones a la gente a tratar de construir armonías propias, tanto en el paisaje como en canciones o pinturas. Todo el arte humano, estoy seguro, tiene su impulso principal en la observación profunda de la naturaleza. Vemos la estrecha relación entre sus partes, la adaptación de sus medios a sus fines, su maravillosa idoneidad e, impresionados por lo que hemos visto y oído, nos ponemos a expresarlo a nuestro propio y limitado modo. En todo periodo de la historia y en cada rincón de la tierra la gente ha hecho eso, desde los jardines de Japón hasta los setos de la Inglaterra rural, desde el acuario de la habitación de un niño a la pluviselva en miniatura recreada en el vestíbulo de un edificio de oficinas moderno. Ninguna de dichas recreaciones es “naturaleza” en el sentido final y completo del término, pero todas son intentos por parte de la mente humana de encontrar cierta parte del todo que pueda alcanzar, imitar y hacer suya.

Sin embargo, en estos tiempos que corren nos sentimos cada vez más obligados, como le pasaba a Aldo Leopold, a intentar reparar la belleza de la tierra en vez de a meramente seleccionarla y copiarla. Antes, no parecía necesitar nuestra ayuda; era nuestro radiante modelo. Ahora, sin embargo, para aquellos cuya facultad estética es vigorosa y buscan inspiración, gran parte de esa mayor gloria de la naturaleza se ha esfumado, y no podrá volver a ser descubierta en nuestras vidas.

Esta degradación de la belleza natural era lo que Leopold lamentaba en su granja abandonada. Él sentía que no era meramente un mal uso estúpido y desafortunado de un recurso; era algo moralmente equivocado. Toda persona o nación tiene el derecho a  obtener el sustento a partir de la tierra y a participar en los procesos de la creatividad natural; pero nadie, no importa lo desesperada que sea su situación o lo elevada que sea su ambición, tiene ningún derecho a reducir la complejidad, la diversidad, la estabilidad, la fertilidad, la integridad y la belleza –en resumen, el orden- del mundo natural. Todos tienen la responsabilidad, lo reconozcan o no, de ganarse la vida de tal manera que se preserve ese orden. Esto es, textualmente, lo que Leopold llamó la idea de una “ética de la tierra”.

Yo considero que esta idea, una de las más importantes que se han planteado en el siglo XX, debe ser la base del campo de la ecología de la restauración. Si se tuviese en cuenta consecuentemente, al menos de una forma tan consecuente como aquella con que siempre se tuvo en cuenta cualquier principio, ninguna de nuestras instituciones, filosofías, sistemas de conocimiento o modos de vida seguirían siendo los mismos. Algo más grande que los pinos surgiría de las arenas de Wisconsin.

En la era industrial hemos cometido el error de ignorar la belleza en su conjunto o de asumir que es algo que los seres humanos deben imponer al caótico reino de la naturaleza. Una perspectiva más completa y humilde sería ver que la naturaleza constituye una forma diferente de orden, mayor que cualquier cosa que nosotros, actuando como una sola especie, podamos crear. No es un tipo de orden que, tras quedar terminado a cierta hora, sea envuelto, vendido y después colgado en una pared o colocado en la balda de una biblioteca. La naturaleza es una obra creativa que ha estado elaborándose a lo largo de miles de millones de años; estaba formándose ya antes de que ninguna mente la tradujese al entendimiento humano. Es un proceso inventivo de creación incesante e infinito, el trabajo de multitudes anónimas, incluso invisibles. No tiene un propósito subyacente que seamos capaces de descubrir y consensuar, sin embargo a cada momento manifiesta un orden mucho más complicado y maravilloso que cualquier sustituto que hayamos sido capaces de concebir. Es el orden más completo que podamos descubrir. En el trabajo que nos espera para restaurar parte de dicha creatividad en una tierra degradada, podemos, con Aldo Leopold, ver de nuevo cuánto hemos olvidado.


[1] Traducción a cargo de Último Reducto de “Restoring a Natural Order”, capítulo 14 de The Wealth of Nature: Environmental History and the Ecological Imagination, Oxford University Press, 1993. Copyright © 1993 Donald Worster. N. del t.

[2] 1 acre equivale aproximadamente a 0,4 hectáreas. N. del t.

[3] Existe edición en castellano: “Un almanaque del condado arenoso” en Una ética de la Tierra, Los Libros de la Catarata, 2000. N. del t.