Una forma ecológica de ver a los indios

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PRESENTACIÓN DE “UNA FORMA ECOLÓGICA DE VER A LOS INDIOS

El valor del texto que presentamos a continuación radica en que es un ejemplo de interpretación materialista y científica de las relaciones entre los grupos humanos y su entorno. El autor muestra con datos y ejemplos la falsedad de la imagen del “indio ecologista” y cómo lo que realmente determinaba y limitaba la ecología de los pueblos primitivos eran las condiciones físicas (tipos de ecosistemas y especies disponibles, climatología, nivel de desarrollo tecnológico, demografía, biología humana, etc.) y no las creencias y valores culturales. Éstos últimos eran más bien producto de las condiciones materiales, no su causa.

Por desgracia, a pesar de su enfoque predominantemente materialista y científico, el autor cae en la ingenuidad idealista de albergar la esperanza de que la ética ecológica juegue un papel primordial en la conservación actual y futura de la Naturaleza. La pregunta que se nos plantea entonces es, si la ética jugó un papel secundario o incluso inapreciable respecto a los factores materiales a la hora de determinar y restringir las relaciones entre los seres humanos primitivos y su entorno, ¿por qué la situación habría de ser diferente hoy en día o en un futuro? ¿Por qué los factores materiales, como el nivel tecnológico disponible o la población humana, habrían de ceder su predominio frente a la ética y la cultura no material? ¿En qué se basa dicha esperanza? Si a los humanos primitivos la ética conservacionista no les sirvió para preservar la Naturaleza (en el supuesto de que realmente mostrasen dicha ética), ¿por qué habría de servirnos a nosotros hoy? El mundo sigue siendo predominantemente físico y los seres humanos, en el fondo y al menos de momento, seguimos siendo humanos. Si algo puede salvar lo que queda de Naturaleza salvaje no va a ser exclusiva o principalmente una ética conservacionista (por loable que ésta sea), sino más bien un cambio profundo y radical en los factores físicos que tanto en el pasado como en el presente y en el futuro son los que siempre han determinado y seguirán determinando la relación entre las sociedades humanas y su entorno.

 

UNA FORMA ECOLÓGICA DE VER A LOS INDIOS

Por George Wuerthner[1]

La mayoría de los ecologistas asumen tácitamente que la gente primitiva vivía en armonía ecológica con su entorno y que tenía poco impacto en su hábitat. En esta asunción se halla implícita la idea de que los estragos causados por la civilización occidental son el resultado del abandono del paraíso terrenal primitivo y de que las raíces culturales europeas son las culpables de la actual tragedia ambiental. Los registros de la abundancia de vida silvestre encontrada por los primeros exploradores europeos y más tarde por los tramperos, comerciantes y colonos nacidos ya en América, son usados a menudo como evidencia de que los pueblos primitivos, gracias a su superior sabiduría ecológica, eran inherentemente mejores administradores del continente americano. ¿Lo eran?

En una llanura intermareal de barro en la desembocadura del río Noatak, en el oeste de Alaska, encontré una vez la muela de un mamut lanudo[2]. Era del tamaño de un melón grande y tenía una superficie plana y áspera como una lima y unas protuberancias en punta que eran las raíces. Quizá 10.000 años o más antes de mi visita, este mamut había vagado por la tundra de Alaska. Lo qué sea que le sucediese, a él y a docenas de otros mamíferos gigantes de la Edad de Hielo, ha traído de cabeza a los científicos durante años, y el asunto aún no está resuelto. Además del mamut lanudo, otros grandes animales –incluidos los perezosos gigantes[3], los mastodontes[4] y sus depredadores, como los lobos terribles[5] y los osos de cara corta[6]- desaparecieron en un corto intervalo de tiempo geológico de unos pocos miles de años. Curiosamente, por lo que se sabe, no se produjeron extinciones correspondientes de pequeños mamíferos –las únicas especies que desaparecieron fueron mamíferos de más de 100 libras[7]. ¿Por qué?

Alguna gente ha propuesto que los cambios climáticos causaron estrés a estos grandes mamíferos, hasta el punto de provocar su extinción; pero, ¿no habría afectado el cambio climático también a los animales de menor tamaño? Existen diversas escuelas de pensamiento acerca del tema, incluidos los defensores de la hipótesis de la Matanza Excesiva[8] que plantean que los paleoindios cazaron a estos animales hasta extinguirlos. ¿Pudo ser así? ¿Cuáles son las implicaciones para nuestra propia mitología acerca de los equilibrios naturales que existían entre los indios o los esquimales en la época en que los europeos se aventuraron a entrar en el continente? Para responder a estas preguntas, podemos aplicar los principios ecológicos a los seres humanos e intentar hilvanar una explicación posible de las relaciones entre los pueblos tecnológicamente primitivos y sus entornos. Examinaré aquí las culturas de los indios y los esquimales de Norteamérica, pero los mismos principios serían aplicables a cualquier pueblo con un bajo nivel tecnológico, incluidos los ancestros de los europeos o de cualquier otro grupo geográfico o racial. Lo que sigue es especulación y sería difícil probar si las sugerencias presentadas son correctas o equivocadas. Admito que la posibilidad de cometer errores en la interpretación es grande; no obstante, creo que el proceso de ver a los pueblos dentro de un contexto ecológico puede aportar nuevas percepciones que podrían cambiar dramáticamente el modo en que nos vemos a nosotros mismos –los seres humanos tecnológicos- y nuestra relación con la Tierra.

Mucho antes de las extinciones del Pleistoceno, sucedió algo que hizo que los seres humanos fuesen diferentes del resto de animales: sustituimos la evolución biológica por flexibilidad cultural e innovación tecnológica. El cambio biológico es lento y conservador; tiende a preservar el statu quo. Esta es una de las razones por las que los seres humanos tienden a ser esencialmente iguales en cuanto a aptitud mental, comportamiento y capacidad de interactuar. A pesar de ligeras diferencias en la apariencia física y otros rasgos secundarios, nuestra configuración genética básica es esencialmente la misma independientemente de la raza –de ahí la premisa de nuestro país[9] de que todas las personas han sido creadas iguales. Sin embargo, la cultura es mucho más flexible y la increíble diversidad étnica que se desarrolló en los grupos humanos antes de los avances modernos en las comunicaciones fue producto de esta capacidad para evolucionar rápidamente que tiene la cultura. Del mismo modo, mientras que los cambios biológicos no son transferidos fácilmente a través de una población ya que requieren la transmisión de material genético, los cambios culturales y tecnológicos son fácilmente transferidos entre los distintos grupos. Un europeo puede aprender a navegar en kayak y un esquimal puede aprender a disparar un fusil, a pesar de sus diferentes procedencias culturales. Por tanto, la cultura y la tecnología dan a los seres humanos la capacidad de adaptarse rápidamente a nuevos ambientes y esta capacidad es la principal razón de nuestro dominio actual sobre la Tierra.

La evolución puede ser vista como un proceso de cambio encaminado a incrementar la cantidad de recursos que cada individuo aporta para asegurar el éxito reproductivo de sus descendientes. En términos evolutivos, si usted no transmite a su descendencia parte de su código genético, usted es un fracaso (sus hermanas y hermanos también comparten una parte de su código genético, de modo que ayudándoles a ellos usted también podría ayudar a su línea genética). Aquellos animales que dejan más descendientes que se reproducen a su vez son los que ganan en la lotería de la evolución. Dado que ningún individuo o especie puede tener las mejores adaptaciones para todas las condiciones ambientales, cada uno de ellos prospera en un régimen y pierde en otro. De hecho, los múltiples animales extintos, como el mamut, son ejemplos de especies cuyo código genético concreto funcionaba bien sometido a un conjunto de restricciones ambientales, pero fracasó miserablemente cuando se vio sometido a otras.

Una de las presiones ambientales que los mamuts tuvieron que afrontar fue la depredación, contra la cual era una buena protección su gran tamaño. Solamente un depredador muy grande podría haber tumbado a un mamut adulto y durante gran parte de la historia evolutiva de los mamuts no hubo depredadores lo suficientemente grandes como para constituir una amenaza seria para ellos. Sin embargo, toda adaptación tiene sus costes energéticos y estos costes actúan como contrapeso de los beneficios que aporta.

La estrategia de los mamuts tenía varios costes. Primero, su gran cuerpo necesitaba cantidades ingentes de alimento. (Un pariente de los mamuts, el elefante africano, necesita ¡entre 400 y 500 libras de forraje al día!). Segundo, estos grandes requerimientos de comida significan que los mamuts nunca podían llegar a ser extremadamente numerosos ni formar manadas extremadamente grandes para no agotar rápidamente su fuente de alimento. Tercero, por regla general, cuanto mayor es un animal más tarda en alcanzar la madurez sexual, menos crías produce y mayor es el intervalo entre los nacimientos. Esta estrategia reproductiva está bien si la mayoría de las crías sobreviven y la mayoría de los adultos viven vidas lo suficientemente largas como para producir varias crías. Para los mamuts, estos costes probablemente mereciesen la pena ya que, salvo los mamuts más jóvenes, todos los demás eran invulnerables ante los depredadores.

Los depredadores también están sujetos a los análisis de coste-beneficio. Los depredadores, normalmente, no matan más de lo que pueden comer ya que deben gastar energía para obtener el alimento y cada animal trata de maximizar el aporte de energía con respecto a su gasto. Para que un depredador se alimentase de mamuts, primero tendría que haberlos encontrado –los ecólogos llaman a esto tiempo de búsqueda. Segundo, a menos que el mamut estuviese enfermo o herido, un depredador correría el riesgo de sufrir daños físicos. Para un depredador que dependiese de sus garras y colmillos para sobrevivir, una pata o una mandíbula rotas supondrían una muerte segura. Un depredador no suele matar más de lo que puede utilizar porque la captura de la presa implica riesgos.

¿Por qué no evolucionó un depredador extremadamente grande para poder atacar a los mamuts? Había grandes depredadores, como el lobo terrible o el tigre dientes de sable[10], que sin duda cazaban mamuts, especialmente los jóvenes y los heridos, pero no existían depredadores lo suficientemente grandes como para cazar exclusivamente mamuts adultos sanos. Las restricciones alimentarias pusieron un tope superior al tamaño de los depredadores. Cuanto mayor es un animal, más alimento necesita. Un depredador adaptado a cazar sólo mamuts tendría que haber sido tan grande que habría tenido dificultades para obtener alimento cuando los mamuts escaseasen o se dispersasen ampliamente. Como he explicado más arriba, el bajo número y la dispersión puede que fuesen la norma entre los mamuts. Asimismo, un depredador lo suficientemente grande como para cazar mamuts con regularidad no habría sido lo suficientemente ágil como para atrapar presas más pequeñas para satisfacer sus necesidades alimentarias entre la caza de un mamut y la del siguiente.

A este mundo de mamíferos cuya principal defensa era su enorme tamaño llegó un nuevo depredador: los paleoindios. Estos nuevos depredadores tenían varias ventajas sobre muchos de sus competidores. Cazaban en grupos, en vez de solos, y los esfuerzos combinados de muchos hombres hacían que el grupo fuese como un depredador muy grande, lo que los ecólogos llaman un “superdepredador”. Sin embargo, este superdepredador tenía una ventaja fundamental sobre los demás: en épocas en que la caza escaseaba, estos cazadores podían dividirse en unidades más pequeñas y subsistir a base de presas más pequeñas o de alimentos vegetales. Además, tenían armas. Armados con lanzas, los cazadores ya no tenían que tener contacto directo con su presa, por lo que el riesgo se reducía notablemente.

Nadie sabe exactamente cuánto tiempo llevan los seres humanos viviendo en Norteamérica. Evidencias cuestionables procedentes de unos pocos yacimientos sugieren una ocupación temprana, desde hace entre 35.000 y 30.000 años. Cerca del final de la Edad del Hielo, hace 12.000 años, las evidencias arqueológicas se vuelven abundantes repentinamente. Los antropólogos aventuran que una invasión masiva de seres humanos procedentes de Asia debió haber tenido lugar entonces; o que, por alguna razón desconocida, gente que ya estaba en América, si es que había alguien, experimentó un crecimiento demográfico repentino. Los artefactos hallados en todos los yacimientos de 12.000 años de antigüedad incluyen puntas de lanza distintivas asociadas a restos de grandes mamíferos, en especial de mamuts. Los seres humanos que las hicieron son llamados el pueblo de Clovis, en referencia a la ciudad de nuevo México donde se descubrieron por vez primera. No sabemos si los cazadores clovis eran inmigrantes recientes que viajaron a través del puente de tierra del mar de Bering y atravesaron Norteamérica de norte a sur o si meramente eran un grupo inspirado de cazadores ya existentes en el continente; sin embargo, la nueva tecnología -esas puntas de lanza- aumentó el éxito de esta gente en la caza. Las puntas clovis causaron furor y pronto todos querían tenerlas. Estas puntas han sido halladas en lugares tan distantes entre sí como Nuevo México, Alberta y Vermont.

¿Fue una coincidencia que en esa misma época muchos mamíferos de la Edad de Hielo se extinguiesen? Enfrentados a un nuevo y desconocido depredador, los mamíferos de la Era Glacial eran extremadamente vulnerables –especialmente si dependían de su tamaño para disuadir a los depredadores. La estrategia de los mamuts pudo haber quedado tan anticuada como la estrategia de los bueyes almizcleros –los cuales impiden los ataques de los lobos formando un círculo, pero son abatidos a tiros uno a uno por los seres humanos ya que se mantienen estúpidamente firmes en su puesto. Quizá los mamuts y otra megafauna del la Edad del Hielo permaneciesen firmes en su puesto en lugar de huir, una estrategia buena contra los lobos terribles, pero fatal frente a los hombres que cazaban en grupos y arrojaban lanzas mortales con puntas que podían atravesar su piel.

Muy probablemente, el hombre de Clovis no aniquiló a los grandes mamíferos por sí solo. Los cambios en el clima y, como resultado, en la vegetación y en su valor nutricional, que afectaron al éxito en la reproducción y la supervivencia de estos grandes animales, también jugaron un papel fundamental en su desaparición. Sin embargo, ciertamente, el pueblo clovis y otras culturas cazadoras tempranas que le siguieron dieron el tiro de gracia a una fauna que ya estaba agonizando.

¿Por qué estos paleoindios destruyeron a los mamuts y mastodontes y no a mamíferos más pequeños como los ciervos[11] y wapitíes[12] que también deambulaban por esas llanuras en la Era Glacial? Primero, había menos mamuts y otros grandes animales que wapitíes y otros ciervos, y sus bajas tasa reproductiva y densidad les hacían vulnerables a la extinción. Estos mismos atributos biológicos definen a los osos grises, a las grullas trompeteras[13], a las ballenas azules y a otros animales que hoy en día están cercanos a la extinción. Segundo, los cazadores tempranos muy probablemente prefiriesen cazar los mayores animales ya que obtenían un beneficio mayor con la misma inversión de tiempo si mataban un mamut en lugar de un ciervo. Tercero, era más fácil acechar y aproximarse a los animales grandes que a los tímidos y rápidos ciervos.

Si me he extendido con las extinciones del Pleistoceno es porque las restricciones que limitaban al pueblo clovis también limitaron a las culturas indias más recientes. ¿Mataban los pueblos primitivos más de lo que necesitaban? ¿Despilfarraban la carne en alguna ocasión? Seguramente lo hacían si se les presentaba la ocasión. Muchos yacimientos arqueológicos muestran vívidamente el lugar en que manadas enteras de bisontes y de otros animales fueron despeñadas por acantilados y matadas. Sin duda, mucha de esa carne se pudrió ya que no había manera de preservar los excedentes. En los tiempos anteriores a la introducción del caballo, los pueblos primitivos no podían acarrear muy lejos grandes cantidades de pieles, carne u otras materias animales. El exceso de carne se abandonaba. A menudo era más fácil mover el poblado entero hasta el lugar de la matanza que volver con la carne al poblado. Tras la introducción del caballo, en los siglos XVII y XVIII, siguió habiendo despilfarro de carne ocasionalmente –quizá incluso más, ya que el caballo hizo más fácil obtener la carne. Francis Parkman en su libro The Oregon Trail describe un poblado de indios arapahoes que visitó en Colorado. “Al aproximarnos al poblado, encontramos el suelo cubierto de una cantidad increíble de montones de carne de búfalo[14] desechada”. Cuando la comida era abundante, sólo se consumían partes selectas; mientras que en épocas de hambruna, los seres humanos comían sus propias ropas o revolvían los poblados en busca de huesos y trozos de piel viejos.

El que se despilfarre o no un recurso a menudo depende de la relación entre energía gastada y energía obtenida. La mayoría de los indios eran nómadas y no podían cargar con mucho equipaje extra. En consecuencia, aunque las pieles fuesen valiosas para fabricar ropas, si ya tenían suficientes prendas de vestir probablemente no llevarían consigo pieles de más. Era más rentable en términos de energía conseguir nuevas pieles cuando se necesitasen ropas nuevas que cargar con las pieles sobrantes de cacerías previas. La movilidad también limitaba lo que podían acumular como riqueza y lo que “necesitaban” para sobrevivir. Por tanto, aunque ocasionalmente podían despilfarrar recursos, los pueblos cazadores y recolectores ambulantes exigían poco a su entorno por la sencilla razón de que no podían usar los recursos a la misma escala que los pueblos sedentarios. La agricultura y la gran base de población que sostuvo trajeron consigo el principio del final del Edén.

Es enteramente “natural”, no un comportamiento humano desviado, despilfarrar recursos abundantes y hay ejemplos de “despilfarro” en muchos otros animales. Durante varias semanas estuve observando a los osos pardos comer los salmones que capturaban en los lechos de desove de un arroyo de Alaska. Durante la primera parte de la migración, los osos consumían los peces enteros; pero a medida que los salmones se fueron volviendo más fáciles de conseguir, los osos se volvieron más selectivos, comiendo sólo porciones selectas de los peces, tales como las huevas, y dejando el resto a las gaviotas. Cuando se acabó la migración e incluso los peces podridos escaseaban, los osos de nuevo volvieron a comer cualquier cosa que pudiesen encontrar.

Lo que llamamos desecho depende de la definición. El exceso de carne no consumido por los indios mantenía a una comunidad de carroñeros “seguidores de campamentos” que incluía cuervos, lobos y osos grises, del mismo modo que hoy en día los restos de los atropellos de fauna mantienen a muchas especies, entre ellas urracas, cuervos y coyotes. Lo mismo puede decirse de la caza indiscriminada[15]. No estoy disculpando los atropellos ni a los cazadores sin escrúpulos, simplemente sugiero que a menudo lo que es basura para un animal es la cena para otro.

Los cazadores primitivos eran oportunistas. Si podían capturar muchos animales fácilmente, lo hacían –incluso si eso significaba despilfarrar los recursos. Uno de los primeros visitantes de los indios coeur d’alene[16] de Idaho relata una cacería invernal durante la cual los indios, equipados con raquetas para la nieve, eran capaces de alcanzar caminando a los ciervos que se hundían en la nieve, que era inusualmente profunda. Los ciervos estaban tan agotados que los cazadores ni siquiera usaban arcos y flechas, sino que meramente los agarraban y les partían el cuello. Según el relato, mataron 600 ciervos durante esa excursión.  

Hay otras dos lecciones ecológicas importantes que extraer de este relato. Primera, los indios no usaban flechas para cazar a los ciervos porque hacer flechas es caro, en términos de energía. De ahí que, si la matanza podía ser realizada sin disparar, los indios se ahorraban las armas. Segunda, con los ciervos ya casi muertos, matarlos implicaba poco riesgo; por tanto, se mataban muchos ciervos. Los indios jugaban el papel de un gran depredador y probablemente reducían la población de ciervos a un nivel más equilibrado con los recursos alimenticios disponibles. (Este argumento es usado hoy en día por los cazadores deportivos para justificar sus actividades. Con ciertas reservas, lo acepto).

Cuando vivía en el río Kobuk en el noroeste de Alaska, un otoño durante la migración de los caribúes hacia el sur, vi cazar a los esquimales locales. Los cazadores esperaron a que los caribúes comenzasen a cruzar nadando el río, entonces, mientras los animales estaban indefensos en el agua, los cazadores metieron sus lanchas a motor entre el rebaño y dispararon a los animales con rifles. Unos pocos cazadores, que quizá habían visto demasiadas películas de vaqueros, atrapaban a los caribúes con lazos y los remolcaban de nuevo hasta la orilla, donde les disparaban cuando los animales salían por su propio pie a la playa –ahorrando así a los cazadores el tener que arrastrar los pesados cuerpos de los animales fuera del río. A la mayoría de nosotros, condicionados por las ideas acerca del “juego limpio”, este tipo de acciones nos parecen antideportivas. Sin embargo, la eficacia gobierna la caza de subsistencia; y, en ausencia de una ética, la caza de subsistencia puede no diferir sustancialmente de la caza comercial, salvo por que la caza comercial normalmente implica una mayor extracción de recursos.

Si los seres humanos a menudo despilfarran los recursos, ¿cómo es que quedaba aún tanta fauna salvaje en Norteamérica cuando llegaron los europeos? Algunas de las razones ya las he dado: el tiempo que es necesario invertir en la caza, la ausencia de armas muy eficaces, etc. Otra razón es que, mientras perseguían a las presas, los indios tenían que vérselas con una restricción que nosotros raramente tenemos en cuenta hoy en día: el ataque por parte de otros seres humanos. George Catlin, el pintor que viajó por las Grandes Llanuras en los años 30 del siglo XIX retratando la vida de los indios, menciona dichos costes cuando describe a los mandan, una tribu que vivía en el curso alto del Missouri. “… al ser una tribu pequeña y poco dispuesta a arriesgar sus vidas yendo muy lejos de su hogar [para cazar] y tener así que afrontar a enemigos más poderosos, a menudo acaban casi en un estado de inanición”.

Los costes de fabricación también limitaban las capturas. La mayoría de los cazadores no disparaban a todo lo que se cruzase en su camino porque si lo hubiesen hecho, habrían perdido sus lanzas o las puntas de éstas. Fabricar lanzas supone un trabajo y el comportamiento humano no ha cambiado tanto en los últimos 10.000 años. Podemos asumir sin errar que esos cazadores preferían sentarse alrededor de la hoguera y alardear de sus hazañas como cazadores y amantes que dedicar su tiempo a hacer lanzas nuevas.

Ishi, un indio de California que fue “descubierto” en 1911 y llevado a San Francisco, donde fue estudiado por el antropólogo Alfred Kroeber, aporta muchos datos acerca de las actitudes de los pueblos tecnológicamente primitivos. La esposa de Kroeber, Theodora, en su libro, Ishi — In Two Worlds[17], describió cómo Ishi hacía una punta de flecha. “Ishi completó la talla y el retoque[18] de una punta de flecha en aproximadamente 30 minutos. Admitió que era un trabajo fatigoso. El rápido y suave ‘clic-clic’ de las lascas al caer se consigue mejor si no se cambia de postura y se mantiene un ritmo regular; es un trabajo exigente…”.

A pesar de la dificultad que suponía fabricar el equipo para la caza y del tiempo requerido para capturar a las presas, los seres humanos primitivos podían cazar hasta llevar a las poblaciones de presas a la extinción –al menos a nivel local. Las pruebas sugieren que los nativos maoríes de Nueva Zelanda cazaron a los moas, unas grandes aves no voladoras, hasta la extinción; y muchas aves de las islas Hawai desaparecieron poco después de la llegada de los colonos polinesios.

No hace falta matar hasta la última presa para que la población de éstas acabe funcionalmente extinta en lo que respecta a poder mantener al grupo depredador. Por tanto, un pueblo primitivo podía matar la mayoría de los ejemplares de la población de ciervos local, hasta que fuese demasiado costoso capturar más ciervos. Cuando se alcanzaba este punto, esa gente o bien cambiaba de fuente de alimentación (lo que se conoce como “cambio de presa”) o bien ocupaba otros territorios (lo que se llama “guerra” en nuestro léxico), o bien pasaba hambre.

El tamaño de las poblaciones de fauna salvaje fluctúa regularmente a causa de muchos factores –que incluyen las sequías, los incendios, las enfermedades y la competencia con otras especies cuyo tamaño poblacional fluctúa a su vez- además de a causa de la depredación de los cazadores indígenas. Se ha convertido en dogma habitual afirmar que Norteamérica estaba poblada de punta a punta por inmensas manadas de wapitíes, bisontes, berrendos[19], ciervos mula[20], ciervos de cola blanca[21], caribúes y otras criaturas más pequeñas. Indudablemente, en lo que respecta a la mayoría de las especies, en Norteamérica había muchos más ejemplares antes de la llegada del hombre blanco, pero sería un error asumir que esas poblaciones animales eran estáticas y estaban distribuidas uniformemente.

Muchas referencias de diarios dan testimonio de los inmensos rebaños de bisontes que en su día deambulaban por las Grandes Llanuras, pero leámoslos con cuidado y veremos claro que estas grandes congregaciones estaban separadas por muchas millas vacías. Thomas Farnham, en su libro Travels in the Great Western Prairies, escribía en 1839: “Uno de los miembros de nuestro grupo mató una tortuga, que nos ha proporcionado a todos una excelente cena. Esta ha sido la única caza de cualquier tipo que hemos visto desde que abandonamos la frontera”. Días después escribía: “[Los cazadores] recorrieron el campo todo el día en busca de caza, pero no encontraron nada…  El campo, al ser constantemente explotado por los cazadores indios, nos ofrecía pocas perspectivas de obtener caza”.

El naturalista John Kirk Townsend, que en 1832 viajó a través de las Montañas Azules de Oregón –un área que hoy presume de tener una de las mayores manadas de wapitíes del país- escribía: “La caza ha sido excesivamente escasa, con la excepción de unos pocos gallos de monte[22], palomas, etc. … desde que abandonamos los confines del país del búfalo[23]”.

Esta gente estaba viajando rápido y sin duda pasó por alto los ocasionales ciervos escondidos entre la maleza o los rebaños de wapitíes ocultos tras una montaña. De todos modos, la fauna salvaje de entonces, como la de ahora, no estaba distribuida de forma uniforme en el espacio y el tiempo. Muchas áreas eran prácticamente desiertos de fauna, al menos en ciertas estaciones, y la mayoría de las sociedades cazadoras y recolectoras primitivas se trasladaban de forma regular de una concentración de recursos a otra. Si la concentración esperada no se hacía realidad, la gente moría de hambre.

Una razón para el mito de la abundancia tiene que ver con los informes de los viajeros y con la malinterpretación de dichos informes. Primero, se tiende más a mencionar una inmensa concentración de animales que la ausencia de éstos. Segundo, tendemos a interpretar estas referencias como algo aplicable a todos los paisajes. Una vez vi una migración de caribúes en la cordillera Brooks dentro de los límites del Parque Nacional del Ártico[24]. Los animales en movimiento parecían llenar todo el valle. Espectáculos similares fueron observados por muchos de los primeros europeos que se aventuraron en el oeste norteamericano. No obstante, si yo hubiese sido capaz de viajar rápidamente más allá de ese valle, no habría encontrado ningún caribú en muchas millas a la redonda. Sin embargo, era tentador imaginar que los caribúes eran abundantes en todas partes.

Tiempo invertido en cazar y riesgo de ser herido por parte de la presa o de los enemigos, estos son los costes impuestos al cazador desde el exterior. También hay costes autoimpuestos. Aunque puede que matasen enormes cantidades de animales cuando les era posible, los pueblos cazadores a menudo observaban códigos de conducta diseñados para mostrar respeto por los animales sacrificados. Si, en última instancia, esto se debe a una preocupación por los animales o más bien a una preocupación por la continuidad del éxito de los cazadores es algo debatible. El interés propio no es necesariamente malo. Un problema de los miembros de las sociedades tecnológicas es que no somos capaces de ver la conexión existente entre nuestras acciones y sus consecuencias. Los cazadores primitivos sentían que sus acciones personales influían en su éxito en la caza e incorporaban tabúes y protocolos a su cultura para asegurarse unas condiciones favorables en la caza. El hecho de que la gente pueda imponerse y se imponga a sí misma códigos de conducta es un rasgo humano positivo que aporta sentido y esperanza de éxito a los esfuerzos de conservación actuales.

Uno de los factores que contribuyen a muchas de nuestras malinterpretaciones de cómo era el mundo natural antes de la dominación europea es nuestro sentido estático del tiempo. Asumimos que el modo en que encontramos el entorno es el mismo modo en que siempre estuvo. Sin embargo, tanto la fauna salvaje como las poblaciones humanas experimentaron enormes fluctuaciones en su tamaño y distribución. Por ejemplo, entre 1.100 y 1.300 d.C., la mayor parte de las Grandes Llanuras estuvo desierta, debido a que  una gran sequía se abatió sobre esas tierras. Entonces no había inmensas manadas de bisontes como las descritas durante el siglo XIX (cuando el aumento en las precipitaciones durante la Pequeña Edad del Hielo[25] ayudó a incrementar los rebaños de bisontes, quizá hasta unos niveles nunca antes experimentados); y como resultado, pocas tribus indias vivían allí. Este mismo periodo seco empujó a los indios pueblo fuera de gran parte de su territorio en el sudoeste, donde la extensa deforestación provocada por los indios en el árido país de los cañones agravó las condiciones de sequía.

A medida que la sequía fue remitiendo y las manadas de bisontes comenzaron a recolonizar las llanuras y praderas, las tribus se fueron trasladando gradualmente al interior de la región. Desde el norte vinieron los pies negros, hablantes de algonquino, que primero se asentaron en el sur de Saskatchewan y se trasladaron a Alberta y Montana a principios del siglo XVIII, desplazando a la menos agresiva tribu de los cabezas planas[26] que fueron forzados a trasladarse al territorio menos deseable situado al oeste de las montañas. Los crow, del grupo lingüístico siouano, vinieron de los estados del este de los Grandes Lagos y se asentaron en el este de Montana. Los pawnee, pertenecientes al grupo lingüístico cadoano, se trasladaron a Kansas y los comanches, del grupo lingüístico shoshone, llegaron a las llanuras del sur desde la Gran Cuenca. Pocas o ninguna de las tribus que comúnmente asociamos a las Grandes Llanuras lleva residiendo en su región particular más de unos pocos siglos. Algunas tribus invadieron sus territorios al mismo tiempo o incluso después de que los primeros ingleses, estadounidenses, españoles y franceses estableciesen puestos o colonias en la región. Los navajo llegaron al sudoeste hace entre 400 y 500 años, más o menos a la vez que los españoles.

Estas tribus habrían seguido moviéndose, expandiéndose o declinando y algunas de ellas se habrían extinguido, de no ser porque la cultura blanca llegó y fijó la residencia de cada una de ellas en reservas. (La cultura dominante ha hecho también lo mismo con la fauna y las tierras salvajes –todas ellas están confinadas en “reservas”). Normalmente, el desplazamiento implica que un pueblo con una tecnología más avanzada ocupa las tierras de aquellos con un nivel tecnológico más bajo. No sabemos si el pueblo clovis desplazó a otros, porque fue hace demasiado tiempo, pero hay muchos ejemplos a lo largo de la historia de grupos tecnológicamente avanzados y capaces de obtener más recursos, invadiendo a grupos menos sofisticados. Esto no tiene nada que ver con la raza y puede desarrollarse en cualquier lugar en que cualquier grupo obtenga cierta ventaja en lo que respecta a los recursos y la tecnología.

Los libros de historia están llenos de ejemplos de cómo grupos tecnológicamente superiores y agresivos quitaban la tierra y los recursos a pueblos menos afortunados. Los griegos dominaron el Mediterráneo gracias a la ventaja que suponían sus barcos de vela. Los incas, con su sofisticado sistema de caminos, almacenamiento de alimentos y otros métodos de control de los recursos, dominaron a las demás tribus a lo largo y ancho de su imperio en Sudamérica. Los japoneses invadieron las islas del Japón y relegaron a sus habitantes originales a la más septentrional de las islas del archipiélago. Las tribus de Norteamérica que primero obtuvieron caballos expandieron sus territorios a expensas de otras tribus hasta que las demás tribus también consiguieron caballos. No trato de excusar lo que ocurrió, ni de justificar estos sucesos como algo moralmente correcto porque son “naturales”. No aceptamos muchas acciones que se producen en algunos animales y culturas humanas  -como el infanticidio, la esclavitud, el incesto, el engaño o la guerra-, ni tienen siempre un valor para la supervivencia a largo plazo del individuo o la especie.

Las tribus nativas americanas proporcionan ejemplos de este tipo de acciones. Los esquimales fueron los últimos inmigrantes a los que nos permitimos llamar “nativos” en virtud de su ocupación previa. Los esquimales llegaron a Norteamérica hará unos 3.000 años, mucho después de que los indios hubiesen colonizado la región. Los esquimales eran tecnológicamente sofisticados, prosperaban en zonas frías y en unos pocos siglos comenzaron a invadir amplias extensiones del norte. Parte de estas tierras no estaban habitadas por seres humanos, pero en otras zonas, los esquimales mantuvieron un conflicto constante con los indios que se habían establecido previamente en ellas. La palabra “esquimal” es un término indio despectivo que significa “comedor de carne cruda”, dando a entender que los esquimales eran tan brutos que comían la carne sin cocinarla. (El término usado por los esquimales para referirse a sí mismos, “inuit”, significa “la gente”). Para el siglo XVII, cuando la colonización rusa comenzó en Alaska, los esquimales habían desplazado a los grupos indios y vivían muy al sur de la zona con que normalmente asociamos al grupo, incluso ocupaban la costa sur de Alaska al sureste de la actual Valdez.

Los conflictos entre indios y esquimales ocurrían mucho antes de la colonización europea. Entre 1769 y 1774, Samuel Hearne, de la Hudson Bay Company, viajó por tierra a través de gran parte de lo que hoy en día son los Territorios del Noroeste de Canadá, siendo el primer blanco en lograrlo. Acompañando a Hearne iba un grupo de indios que hacían de guías e intérpretes. En el lugar que hoy se llama Bloody Falls en el río Coppermine, el grupo de Hearne se topó con un campamento de esquimales a quienes sus indios sorprendieron y asesinaron, al parecer simplemente porque eran esquimales. Hearne vio como una chica esquimal era clavada al suelo y torturada. Hearne, horrorizado, pidió a los indios que mostraran clemencia por la chica; ellos la remataron a regañadientes.

A menudo se asume que los pueblos indígenas de Norteamérica vivían en mutua armonía y que ésta fue rota por la cultura blanca. Ciertamente, la migración hacia el oeste y las nuevas armas y enfermedades perturbaron mucho las relaciones intertribales, pero algunos odios raciales y tribales tienen una larga historia. Incluso hoy en Alaska, un esquimal puede insultar a otro diciendo que “caza como un indio”

Estos conflictos plantean cuestiones acerca de las reclamaciones de tierras hechas por  los indios –dichas reclamaciones se basan comúnmente en la asunción de que, antes de la intrusión de la cultura europea, todas las tribus vivían en armonía, cada grupo tenía asignado su propio territorio inviolable. Los grupos indios constantemente recuerdan a la cultura dominante que quieren que les devuelva sus tierras. Si dichas demandas son aceptadas, surgirán problemas debido a que se producirán conflictos entre las distintas reclamaciones. ¿Debería exigirse a los navajo, que invadieron la patria de los indios pueblo, que volviesen al norte de donde vinieron? ¿Debería esperarse que los indios tlingit, que invadieron el sudeste de Alaska hace 300 años, volviesen al interior de la Columbia Británica donde vivían  antes de quitarles las tierras a los esquimales, a los haida y a otros grupos? ¿Debería permitirse a los cabezas planas recuperar las tierras al este de las Montañas Rocosas que les arrebataron los pies negros? Una jerarquía basada en la duración de la residencia en un área concreta estaría cargada de problemas y discriminaría negativamente a muchos –indios, blancos, negros, asiáticos y mejicanos- que llegaron tarde a la región pero ahora la han hecho su hogar. Si los millones de estas personas que consideran a Norteamérica su hogar no son “nativos americanos”, ¿qué son entonces?

Un factor que complica las cosas en lo referente a las reclamaciones indias de tierras es la cuestión de si los indios fueron desplazados a la fuerza. Si bien los conflictos armados  entre los colonos blancos o la caballería y los indios ciertamente ocurrieron, como los trágicos encuentros de Wounded Knee y Battle Creek, murieron muchos más indios a causa de las enfermedades introducidas -contra las cuales tenían poca resistencia-, como la viruela, que en dichos conflictos armados. Los pies negros, por ejemplo, nunca perdieron una batalla contra la caballería de los Estados Unidos, pero sufrieron increíbles pérdidas a causa de las enfermedades introducidas. Se han documentado casos en que hombres de la frontera poco escrupulosos dieron a los indios mantas infectadas con viruela para quebrar la resistencia de los indios. Tribus enteras fueron prácticamente destruidas, y los escasos supervivientes a menudo murieron de hambre porque, debido a que estaban debilitados por la enfermedad, no pudieron realizar alguna captura o recolección estacional importante, como por ejemplo aprovechar una migración de salmón. En muchos casos, los colonos blancos no tanto arrebataron por la fuerza las tierras a los indios como simplemente ocuparon territorios despoblados o débilmente defendidos. Por tanto, no fueron solamente una cultura y un pueblo invasores los que amenazaban a los indios, sino también las enfermedades invasoras que hicieron pedazos el tejido social de las tribus y las volvieron vulnerables a la pérdida del territorio. Aun si el retroceso de la frontera no hubiese atrapado a los indios, las enfermedades introducidas habrían cambiado dramáticamente la estructura y composición de las tribus y de sus correspondientes territorios. 

Nuestra visión estática de los territorios humanos ha contribuido a la idea equivocada de que los indios fueron los “primeros ecologistas”. Los indios americanos alcanzaron un equilibrio relativo porque su tecnología primitiva les permitió en gran medida mantener bajo control el crecimiento de su población y de sus impactos ambientales. Los arcos y flechas, aunque se habían estado usando en Europa y oriente Medio durante quizá 8.000 años, fueron desconocidos en Norteamérica hasta hace 2.500 años. Su adopción generalizada fue un significativo avance tecnológico respecto a las lanzas. Estos cambios en la tecnología a menudo causan cambios sociales. Por ejemplo, entre los indios de las Praderas antes del retorno del caballo[27], muchas tribus vivían en pequeñas unidades familiares. Cazar bisontes a pie era arriesgado, porque una manada podía fácilmente arrollar a un cazador. Muchas de las primeras tribus de las Praderas cultivaban maíz como suplemento a sus cacerías. A pesar de estos dos pilares de su economía –el bisonte y el maíz- la inanición era algo periódico y, al igual que los animales que cazaban, muchas tribus sufrían desplomes poblacionales seguidos de años de crecimiento.

Los caballos que los indios obtuvieron de los primeros exploradores españoles supusieron un importante cambio cultural y tecnológico en las sociedades indias. Con la movilidad adicional del caballo, la eficacia en la caza aumentó tremendamente. Los cazadores podían viajar mucho más lejos siguiendo a la caza y explotar regiones previamente inaccesibles para ellos. Podían transportar las presas de vuelta a campamentos distantes. El riesgo de la caza del bisonte se redujo, haciendo más fácil matar gran número de animales. (Por supuesto, montar un caballo al galope en medio de una estampida de bisontes seguía implicando riesgos, pero era más seguro que cazar a pie). Como los hombres de clovis cazando mamuts, los indios a caballo eran un nuevo tipo de depredador contra el que los bisontes tenían pocas defensas. Las pruebas sugieren que los indios a caballo exterminaron poblaciones marginales de bisontes y se puede especular acerca de si los indios podrían incluso haber acabado erradicando los bisontes de no haber sido porque la colonización blanca de las praderas acabó con la breve era del indio a caballo.

Con el alimento extra que les proporcionó el uso del caballo, los indios aumentaron su tasa de ingestión de nutrientes, lo cual conllevó mayores tasas de nacimientos y mayores tasas de supervivencia infantil. Asimismo, los mayores recursos alimenticios permitieron a las tribus vivir en mayores unidades sociales. Antes de la movilidad que aportó el caballo, los grandes grupos de gente cazadora sólo eran posibles durante cortos periodos ya que la caza intensa en un área local eliminaría rápidamente las presas. Con este excedente de recursos, los indios de las Praderas pudieron dedicar su energía a las ceremonias y a la guerra. George Catlin, en los años 30 del siglo XIX, informaba de que “los indios en su condición natural están continuamente en guerra con las tribus que les rodean por el ajuste de viejas e interminables rencillas, así como por amor a la gloria, la cual, según el modo de vida de los indios, sólo puede alcanzarse siguiendo el camino de la guerra … sus guerreros mueren en tal número que en muchos casos se encuentran dos y a veces tres mujeres por cada hombre en una tribu”.

A pesar de los mitos acerca de la sacralidad de la vida para los indios, muchas tribus mataban castores y otras especies para cambiar las pieles por whisky, mantas, rifles u otros productos. Estos productos (salvo el whisky) les hacían la vida más fácil. Algunos se convirtieron en necesidades; no conseguir rifles podía condenar a una tribu a la expulsión por parte de las tribus armadas.

Aunque las compañías comerciales estadounidenses dependían en gran medida de tramperos blancos para suministrarles pieles, la Hudson Bay Company canadiense usaba tramperos indios casi exclusivamente y estos indios cazaron muchas poblaciones  hasta extinguirlas. La casi total extinción del búfalo[28] fue causada en parte por cazadores de pieles indios. Por tanto, los indios de las Praderas fueron cómplices de la desaparición de su propia cultura.

Muchos dicen que tales actividades fueron promovidas por la llegada del comercio de mercancías de los blancos que corrompió a los indios, que hasta entonces eran puros. Sin embargo, estas afirmaciones ignoran los hechos de que los indios ya comerciaban de manera regular entre sí y de que mataban por “motivos comerciales”. En la cordillera Brooks de Alaska, los esquimales mataban caribúes en exceso para intercambiar con los grupos costeros la carne y las pieles por productos de lujo como el aceite de foca. Muchas tribus incluso comerciaban con esclavos obtenidos en la guerra. En las tribus de las Praderas, las mujeres eran tratadas poco mejor que como esclavas y los hombres frecuentemente cambiaban a sus hijas o esposas por caballos –el precio normal era una mujer por un caballo.

Por supuesto, había indios que amaban la tierra. Hoy en día nos referimos a ellos como los “tradicionalistas”, pero éstos no representan las típicas actitudes de los indios más de lo que John Muir[29] representa las típicas actitudes de los estadounidenses descendientes de europeos. La conciencia medioambiental es algo tan escaso entre los descendientes de los indios americanos y los esquimales como lo es en la cultura estadounidense tomada en su conjunto.

Otorgar una consideración especial a las demandas de los indios basada en la asunción de que tienen más derecho a hablar en defensa de la tierra conlleva un peligro. A lo largo de todo el Oeste estadounidense, las tribus indias generalmente no muestran una mayor preocupación por la tierra que la cultura blanca dominante de la que en gran medida forman parte. Muchas reservas están excesivamente taladas, pacidas y cazadas.

Lo que principalmente quiero señalar aquí es que lo que ha sido presentado como una ética medioambiental de los indios y esquimales era más bien el resultado de complejas interacciones entre creencias culturales y restricciones ecológicas. Dado que la cultura es en última instancia una adaptación a un conjunto de condiciones ambientales particulares, un cambio en las condiciones da como resultado un cambio en los valores culturales.

Esto se ve claramente en las acciones de los indios y esquimales que aunque defienden la preservación de las tradiciones culturales, son selectivos acerca de lo que quieren preservar. Por ejemplo, se permitió a los indios matar águilas calvas[30] -una especie en peligro de extinción- porque afirmaban que las plumas de las águilas eran una parte esencial de sus ceremonias religiosas. Aunque estos indios exigían ser eximidos de las restricciones impuestas por la Ley de Especies Amenazadas[31], a pocos de ellos les preocupaba lo suficiente la preservación de su cultura como para capturar las águilas del modo en que se hacía en el pasado –sentándose largas horas en un escondite, bajo un cebo, hasta que un águila se acercaba, momento en que el indio la agarraba por las patas. Esta es una forma tediosa y en cierto modo peligrosa de conseguir plumas, sin embargo forma parte de la tradición india tanto como usar dichas plumas en las ceremonias. De manera similar, muchos indios y esquimales dicen que deberían tener privilegios especiales a la hora de cazar, incluido el derecho exclusivo a cazar ciertas especies o a capturar fauna salvaje sin tener en cuenta las vedas o los cupos. Sin embargo, ¿no son igualmente importantes para la preservación de la cultura india la elaboración de flechas y lanzas, la construcción de refugios tradicionales[32] o la talla de canoas a partir de troncos? Estas pesadas tareas son a menudo olvidadas por aquellos que reclaman mantener la tradición. ¿Deberían unos individuos que usan vehículos todoterreno, motos para la nieve, rifles, redes de nylon y motores fueraborda poder saltarse libremente las restricciones impuestas a otros cazadores que usan el mismo equipamiento?

Como subconjunto de la sociedad moderna, la mayoría de los indios y esquimales son pobres y tienen poco poder para dirigir sus propias vidas. No culpo a los líderes indios por tratar de explotar los recursos naturales de sus reservas ni por otras acciones que contradicen nuestros mitos acerca de los indios. A los indios, en la mayoría de las ocasiones, se les ha negado el acceso a la riqueza que ha acumulado el resto de la población; y debido a esto toleramos contradicciones obvias con el mito del indio ecologista. Sin embargo, si queremos proteger la tierra, deberíamos demandar que nuestras leyes sean aplicadas a todos los ciudadanos por igual.

Dada la historia evolutiva de los seres humanos, no veo que los estragos causados a la tierra por la gente estadounidense sean una perversión antinatural. Más bien, sospecho que la mayor parte de nuestros impactos ambientales se deben a que el desarrollo de la tecnología es rápido pero la respuesta de nuestra cultura para poner restricciones a sus acciones es más lenta. Con pocas excepciones, parece ser que todos los seres humanos –independientemente de su raza o cultura-, si se les dan las mismas oportunidades, muestran la misma falta de consideración por la salud de la naturaleza.

Creo que el concepto de que los indios fueron los “primeros ecologistas” es más mito que realidad, y no es tanto el resultado de una ética de la conservación consciente como de una tecnología primitiva que les impedía controlar ampliamente las fuerzas naturales. Se puede debatir si existió en el pasado una genuina ética de la tierra, pero debido a la facilidad de la transmisión cultural de un grupo a otro, yo afirmo que muchos, aunque no todos, los indios y esquimales de la actualidad tienen esencialmente los mismos valores culturales y la misma tecnología que el resto de la población estadounidense.

He ofrecido una imagen sombría del comportamiento humano, pero es importante percatarse de que todas las personas tenemos la capacidad de actuar de forma inteligente y respetuosa. Aunque la conservación no sea un rasgo humano dominante, existe en cierto grado en todas las culturas. ¿Quién negaría que John Muir adoraba la Sierra[33] o que Aldo Leopold defendía la reverencia hacia la tierra? La preocupación por la tierra puede ir volviéndose paulatinamente prevalente a medida que las crisis globales nos exijan tales cambios de actitud. Es esta flexibilidad de los valores culturales para adaptarse a las situaciones medioambientales nuevas lo que aporta un destello de esperanza a todos aquellos a quienes nos preocupa el impacto humano sobre la Tierra.



[1] Traducción a cargo de Último Reducto de “An ecological view of the Indian”. Original publicado en EF!Journal nº 7, págs. 20-23, 1 de agosto de 1987. N. del t.

[2] Mammuthus primigenius. N. del t.

[3] Género Megatherium. N. del t.

[4] Proboscídeos extintos de la familia Mammutidae. N. del t.

[5] “Dire wolf” en el original. Canis dirus. Especie extinta similar al lobo actual, aunque de mayor tamaño. N. del t.

[6] “Short-faced bear” en el original. Osos extintos pertenecientes al género Artodus. N. del t.

[7] 1 libra equivale a 453,5 gramos. N. del t.

[8] “Overkill hypotheses” en el original. N. del t.

[9] El autor es estadounidense. N. del t.

[10] Denominación vulgar de diversos carnívoros pleistocénicos extintos pertenecientes a diversas familias, cuyo rasgo común eran los grandes caninos superiores. N. del t.

[11] “Deer” en el original. Aquí el autor se refiere seguramente a los ciervos del género Odocoileus y quizá también a los alces y caribúes, ya que son los únicos cérvidos norteamericanos aparte de los wapitíes. N. del t.

[12] “Elk” en el original. Cervus canadensis. Aunque “elk” significa literalmente “alce” en inglés, en Norteamérica se denomina así al wapití, mientras que al verdadero alce o anta (Alces alces) se le llama “moose”. N. del t.

[13] “Whooping cranes” en el original. Grus americana. N. del t.

[14] En Norteamérica se denomina “buffalo” al bisonte, aunque esta especie no tiene nada que ver con los verdaderos búfalos asiáticos o africanos. N. del t.

[15] “Slob hunting” en el original. N. del t.

[16] Pueblo amerindio del grupo lingüístico salish. N. del t.

[17] Existe edición en castellano: Ishi, el último de su tribu, Antoni Bosch S.A., 2006. N. del t.

[18] “The flaking and notching” en el original. Los arqueólogos experimentales y los aficionados a la talla lítica anglófonos se refieren con “flaking” a la extracción de lascas para dar forma a la pieza. Con “notching” se refieren a la talla de muescas en las puntas para facilitar el pegado y amarre de las mismas a un astil. N. del t.

[19] “Pronghorn antelope” en el original. Antilocapra americana. N. del t.

[20] “Mule deer” en el original. Odoicoleus hemionus. N. del t.

[21] “White-tail deer” en el original. Odoicoleus virginiana. N. del t.

[22] “Grouses” en el original. Nombre vulgar en inglés para diversas especies de aves de la familia Phaisanidae. N. del t.

[23] Véase nota 14 de pie de página en este mismo texto. N. del t.

[24] “Artic national Park” en el original. N. del t.

[25] Periodo frío que abarcó desde principios del siglo XVII hasta mediados del siglo XIX. N. del t.

[26] “Flathead” en el original. Véase nota 14 de pie de página en este mismo texto. N. del t.

[27] El autor, con lo del “retorno del caballo”, se refiere a que el caballo existía ya en América antes de la llegada de los paleoindios, pero se extinguió a finales del Pleistoceno y no volvió a habitar dicho continente hasta que los españoles lo reintrodujeron. N. del t.

[28] Véase nota 14 de pie de página en este mismo texto. N. del t.

[29] John Muir (1838-1914) fue un naturalista y conservacionista estadounidense de origen escocés. Su filosofía acerca de la Naturaleza salvaje y su conservación fue muy influyente en la sociedad y la cultura estadounidenses. Fundó el Sierra Club, la primera organización conservacionista de la historia. N. del t.

[30] Haliaeetus leucocephalus. N. del t.

[31] “Endangered Species Act” en el original. Ley estadounidense que regula la protección de especies en peligro de extinción. N. del t.

[32] “Sod hut” en el original. Literalmente sería “chozas de terrones”, en referencia a un tipo de construcciones que se realizaban en las Praderas, utilizando tepes (trozos de suelo con cobertura herbácea cortados en forma de bloques). N. del t.

[33] “Sierra”, en español en el original. El autor se refiere a la Sierra Nevada de California. N. del t.