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Adaptación del comportamiento

Adaptación del comportamiento: comprendiendo al animal humano.

(Libro de Manuel Soler)1, 2

 

El autor de este libro (biólogo de profesión) explica en él, con un lenguaje sencillo, cómo y por qué las bases del comportamiento humano tienen origen en la evolución por selección natural (darwinismo) y son hereditarias. No se trata de un ensayo político ni de un escrito sobre movimientos ecologistas y ecosistemas salvajes, temas habituales en esta página, sino simplemente de un libro de divulgación científica. Pero en esta ocasión se trata de un tema pocas veces reconocido dentro de los movimientos ecologistas: la naturaleza humana salvaje. Hago hincapié en esto porque para muchos amantes de la Naturaleza parece como si ésta se circunscribiera a los animales no humanos, las plantas, los ríos, llanuras y montañas,… es decir, a los ecosistemas; mientras los humanos quedan a un lado, como seres venidos de otro planeta. Cierto es que en la actualidad, casi toda la población humana vive dentro de entornos fundamentalmente artificiales (ciudades y pueblos), pero los entornos evolutivos de todos los seres humanos han sido hasta épocas recientes (a escala evolutiva) los ecosistemas salvajes y los modos de vida cazadores-recolectores nómadas, en los cuales se forjaron las cualidades innatas de nuestra especie. Del mismo modo que el león africano que lleva generaciones en un zoológico, sigue estando mejor adaptado para la vida en la sabana africana donde evolucionó, los humanos conservamos nuestra naturaleza adaptada a la vida en los ecosistemas salvajes. Y eso, lo innato, también es parte de la Naturaleza salvaje, para algunos nuestro valor fundamental.

El libro comienza explicando por qué tiene sentido analizar el comportamiento humano desde una perspectiva etológica (como el de un animal más) y dando una breve explicación del método científico que a continuación usará. A partir de ese momento comienzan los capítulos dedicados a aspectos concretos del comportamiento. Los tratados en mayor profundidad son: búsqueda de pareja, reproducción, cuidados parentales, comportamiento en grupo, altruismo, relaciones entre especies y comunicación animal. La mayoría de estos aspectos del comportamiento son percibidos habitualmente entre los humanos de una forma muy reconfortante: como el fruto de una decisión premeditada, es decir, voluntaria. De reconocer una influencia, esta suele ser la del entorno (que la sociedad ha hecho que el individuo se comporte así y no de otra manera). El libro muestra con múltiples ejemplos cómo lo innato (las capacidades, tendencias y necesidades que forman la naturaleza humana) influye de forma inconsciente en nuestro comportamiento, al igual que le ocurre a cualquier otra especie animal.

De este modo el libro aporta numerosos ejemplos de algo que seguramente todos los lectores de esta página tengan en su mente al menos a nivel intuitivo: que los seres humanos somos animales. Podrá parecerle al lector que esto es algo demasiado elemental y reconocido dentro de la sociedad tecnoindustrial como para necesitar aportar pruebas acerca de ello. Pero la realidad es que, más allá de reconocer, en abstracto (y a veces ni eso), que los humanos somos animales, muy pocas personas parecen aceptar algunas de las implicaciones que ello conlleva (sobre todo aquellas implicaciones incompatibles con los modos de vida civilizados). Es de lamentar que, salvo excepciones, ni tan siquiera los biólogos (incluido el autor de este libro) sean capaces de reconocer abiertamente dichas implicaciones (como la apuntada antes con el ejemplo del león africano). Una y otra vez, en sus escritos o intervenciones públicas, la mayoría de los científicos dan marcha atrás y proponen alguna excepción para el ser humano (que si ya hemos cambiado algo biológicamente con los siglos o milenios que llevamos de civilización, que si hay que tener fe en que los humanos podrán adaptarse al mundo que está creando el desarrollo tecnológico, que si la inteligencia humana nos permite rebelarnos contra nuestros instintos, etc.). Parece como si los científicos que estudian al ser humano tuvieran miedo de terminar defraudando a sus compañeros de circulo académico o al público en general. Reconocer todas las implicaciones que conlleva ser animales parece que, salvo excepciones, es demasiado pedir para un sector de la sociedad (la comunidad científica) perfectamente integrado en la sociedad moderna. Por consiguiente, la mayoría de los científicos, muestran una notable discordancia entre los conocimientos que obtienen con su trabajo científico y las conclusiones a las que finalmente llegan influidos por sus valores morales. Puede ser importante saber diferenciar ambas cosas (el hecho probado de la convicción moral, lo que es de lo que a algunos les gustaría que fuera,…).

El libro en concreto también contiene algunos otros aspectos criticables y/o erróneos. A continuación, voy a abordar tal cuestión centrándome en un par de aspectos concretos del libro que me parecen de especial relevancia para nosotros:

La rebelión contra los instintos

Una de las ideas principales de este libro viene a decir que lo que nos diferencia a los humanos del resto de especies no es que hayamos dejado de tener instintos (como han defendido tradicionalmente los hombres de letras) sino que nuestra inteligencia nos permite rebelarnos contra dichos instintos. A la hora de valorar esto habría que tener en cuenta el contexto en el que se producen dichos actos aparentemente contradictorios con el proceso evolutivo. Por ejemplo, según el autor, los humanos nos rebelamos contra el instinto evolutivo por excelencia (el de reproducción) al estar actualmente la tasa de natalidad en los países desarrollados muy por debajo del potencial reproductor humano (página 43 del libro):

“Como ya hemos destacado, aceptar nuestra condición animal no implica que seamos esclavos de nuestros genes. De hecho, una de las cosas que nos hace diferentes del resto de los animales (en mi opinión la más importante) es que somos la única especie que ha sido capaz de rebelarse contra el instinto evolutivo por excelencia, el que dirige el comportamiento de los individuos, en la dirección que les permita dejar el máximo número posible de descendientes y de la mejor calidad. Hoy en día, el índice de natalidad (por ejemplo, en España es de 1,3 hijos por pareja) está muy por debajo del potencial reproductor humano, lo que demuestra que podemos enfrentarnos a nuestros instintos y dominarlos. Las predisposiciones genéticas favorecen la expresión de un comportamiento concreto, pero nunca bloqueando la mente para que no se pueda hacer nada en contra de esa tendencia innata.”

Soler aquí parece que ha preferido pasar por alto hechos que conoce sobradamente, como que: (1) El instinto de reproducción (lo que el llama “instinto evolutivo por excelencia”) no va directamente enfocado a tener hijos, sino a mantener relaciones sexuales (aunque pueda además existir un impulso innato por formar una familia). (2) A la hora de estudiar el comportamiento innato de una especie es conveniente observar a dicha especie en su hábitat natural (su entorno evolutivo) y no sólo en entornos artificiales o en cautividad. El comportamiento en unos y otros entornos no siempre es similar. (3) Aunque en los países desarrollados la tasa de natalidad haya sido relativamente baja en las últimas décadas, a nivel global la población ha seguido creciendo (la tasa de natalidad es mucho más alta en otros países menos desarrollados y más poblados). Además, los entornos ecológico y social siempre generan ciertos límites a la actividad humana. Una cosa es querer y otra poder.

 

Sobre el primer punto, ¿realmente los humanos se rebelan contra su instinto de reproducción básico (el sexo)? Está más que claro que la inmensa mayoría de los humanos no han dejado de mantener relaciones sexuales, sólo son parcheados algunos de sus efectos, a menudo temporalmente, por medio de anticonceptivos y/o abortos (y a pesar de todo la mayoría de la gente, más tarde o más temprano, sigue emparejándose y/o teniendo hijos).3

Más flagrante es la omisión del segundo punto por parte de Manuel Soler. Si alguien desea argumentar que el excepcionalismo humano se basa en que nuestra inteligencia nos permite rebelarnos contra nuestros instintos, debería intentar aportar ejemplos de ello basados en grupos de nuestra especie en su entorno evolutivo natural: las culturas de cazadores-recolectores nómadas o, como mínimo, alguna otra cultura primitiva (el comportamiento de los humanos en entornos fundamentalmente artificiales no tiene por qué ser similar en todos los aspectos a su comportamiento en entornos salvajes). De hecho, buena parte de las especies de animales salvajes tienen problemas para reproducirse en cautividad4. Otras controlan en cierta medida su número de descendientes limitando el número de embriones o matando a las crías que creen que no podrán sacar adelante5 (¿pensará Soler en este caso que dichos animales se están rebelando contra sus instintos gracias a su inteligencia?).

Tercero, Soler escoge como ejemplo la actual tasa de natalidad española (1,3 hijos por pareja). Pero los españoles o, más en general, los habitantes de los países desarrollados, no representamos más que una minoría de la población humana mundial. Otros países (y no precisamente los más pequeños ni los menos poblados), tienen una tasa de natalidad mucho más alta que la de España, y eso, tomado en conjunto, hace que, en realidad, la tasa de natalidad a nivel mundial no se parezca mucho a la de España: la población mundial sigue creciendo, ya van más de 7.000 mil millones. ¿Los etíopes, los chinos o los hindúes, por ejemplo, no han evolucionado lo suficiente para rebelarse contra sus instintos? ¿No son lo suficientemente inteligentes? …algo falla en esa teoría de Soler.

Así que, se coja por donde se coja, no parece que los humanos seamos tan excepcionales: la capacidad humana para controlar la tasa de natalidad ni es tan grande, ni funciona siempre, ni es exclusiva de los humanos. Además, ni siquiera es un fenómeno completamente moderno (existe también en cierto grado en culturas primitivas6).

Los animales salvajes que viven en cautividad pueden presentan comportamientos anormales con respecto a su especie (dependiendo de en qué medida la cautividad les permita satisfacer y desarrollar sus necesidades, tendencias y capacidades innatas). Y la especie humana no tiene por qué ser ninguna excepción: la sociedad tecnoindustrial ha sometido a los humanos a unos entornos y modos de vida radicalmente diferentes de aquellos en los que la especie había evolucionado anteriormente, por lo que no sería raro que algunos de los comportamientos de los humanos modernos sean diferentes a los de los humanos pertenecientes a culturas primitivas. Actualmente muchos humanos posponen indefinidamente el tener hijos, siguiendo con el ejemplo de la reproducción, para poder dedicar su tiempo a las preocupaciones sociales que la sociedad industrial moderna les ofrece como buenas y deseables, o que simplemente resultan necesarias e imprescindibles para vivir dentro de dicha sociedad. Pero puede que esto no sea lo normal en nuestra especie. De hecho, hasta donde yo sé, no querer tener hijos ha sido algo muy raro en los humanos hasta épocas muy recientes (especialmente entre los humanos pertenecientes a culturas de cazadores-recolectores nómadas, que supondrían el verdadero ejemplo).

Más importante aún: la civilización industrial moderna quizá salga beneficiada si muchas personas se olvidan de tener hijos y pasan a preocuparse de cosas como tener unos estudios, un empleo o una mayor reputación de cara a la sociedad. Pero otra cosa es que los humanos, como individuos, salgan beneficiados al verse privados de satisfacer y desarrollar correctamente muchas de las necesidades, tendencias y capacidades con las que los ha dotado la evolución (en el caso del ejemplo, las relacionadas con la reproducción y crianza de los hijos).

Seguramente esto sea una cuestión de valores: qué tipo de libertad considera uno más importante. Por suerte o por desgracia, algunos seguimos pensando que la verdadera libertad humana no se diferencia tanto de la del resto de especies: consiste en poder satisfacer y desarrollar autónomamente, o como miembros de un pequeño grupo, nuestras necesidades, tendencias y capacidades innatas, es decir, nuestra naturaleza, y no en tener que contravenirla para adaptarnos a los requerimientos de sistemas sociales grandes y complejos como la sociedad tecnoindustrial.

La selección natural en la sociedad tecnoindustrial

El otro punto del libro que voy a comentar es el que dice que la evolución por selección natural no está siendo frenada o modificada por el modo de vida industrial moderno y, en especial, por los avances en medicina acaecidos en los últimos siglos. Soler analiza y zanja este tema tan complejo en un par de páginas en su libro, y se queda tan ancho. Esto es lo único que dice sobre la medicina moderna y los cambios en las tasas de mortalidad en los humanos (página 61 del libro):

“…hay que comentar que el avance de la medicina y el descenso de la mortalidad, aunque son dos hechos reales, no tienen por qué impedir la actuación de la selección natural, puesto que esta actúa principalmente sobre la reproducción diferencial; es decir, si existe un rasgo que favorezca una reproducción más eficaz de los individuos que lo portan y ese rasgo es heredable, se hará más frecuente entre la población generación tras generación.”

A continuación analiza un caso en el que parecen cumplirse los principios de la selección natural dentro de la civilización industrial moderna: la relación entre el estatus social (medido por medio del nivel económico) y el número de descendientes (aunque reconoce que esa misma relación no se cumple cuando se tiene en cuenta, en vez del nivel económico, el nivel académico) (páginas 61 y 62). Esta es la única evidencia que Soler aporta en su libro de que la evolución por selección natural sigue actuando dentro de la sociedad tecnoindustrial. Y nada más dice sobre el tema.

Ahora bien, ¿de qué le serviría a un individuo tener un rasgo que, a priori, favorecería una reproducción más eficaz si otros que no lo tuviesen pudiesen sacar adelante a su descendencia de igual modo ayudados por la tecnología moderna? En un escenario en el que los rasgos (o quizá habría que decir genes) menos eficaces tuviesen las mismas oportunidades de reproducirse que los más eficaces, ¿cómo se harían estos últimos más frecuentes entre la población generación tras generación?

En el párrafo anterior he sido algo exagerado a propósito: la situación actual probablemente no llega a esos extremos. Es cierto que los individuos con rasgos más eficaces pueden seguir reproduciéndose más, pero si otros individuos que, con anterioridad, no llegaban siquiera a la edad de reproducción, ahora llegan y pueden a su vez tener descendencia y sacarla adelante, la selección natural queda, como mínimo, frenada. Para Soler, parece que demostrar que la selección natural no desaparece por completo dentro de la sociedad tecnoindustrial es sinónimo de que tampoco está siendo trastocada por esta en absoluto, cuando, en realidad, se trata de dos cosas bien diferentes. Soler aporta argumentos y datos que, como mucho, demuestran que la evolución por selección natural aún sigue funcionando en cierto modo dentro de la sociedad moderna, pero no se interesa por mostrar cómo el desarrollo tecnológico está frenando o trastocando dicha evolución.

Por ejemplo, ya he mencionado algo sobre la mortalidad infantil en los humanos, esta ha sido, hasta épocas muy recientes, bastante alta7, mientras que en la actualidad, en los países desarrollados esa mortalidad se sitúa muy cercana al 0%8, ya solo esto posibilita que un porcentaje considerable de la población que, hasta épocas muy recientes, no llegaba a la edad de reproducción (ni por tanto a tener descendencia), ahora sí lo haga. Y sólo esto ya supone un freno notable a la selección natural en los humanos.

Segundo ejemplo, la eliminación de la selección natural respecto a los problemas visuales “leves” mediante el uso de gafas o lentillas (tecnología moderna). Hoy en día, la gente con miopía, astigmatismo, etc. no tiene ningún tipo de desventaja para sobrevivir y reproducirse (salvo el hándicap económico de tener que comprarse gafas o lentillas), mientras que en sociedades primitivas tendría problemas para realizar correctamente actividades importantes como cazar, por ejemplo.

Tercer ejemplo: las modernas ayudas médicas al parto. Con anterioridad, las mujeres con un canal de parto estrecho u otro tipo de complicaciones en el aparato reproductor, tenían pocas o ninguna posibilidad de dar a luz de forma natural. Sin embargo, con los métodos médicos modernos, muchas de estas mujeres pueden dar a luz sin demasiados problemas, salvando tanto su vida como la de sus descendientes. Es decir, existía en el pasado una selección negativa que impedía que esos rasgos (el canal de parto estrecho u otros rasgos que dificulten el parto natural) se volvieran muy habituales entre la población femenina, manteniéndose de algún modo la salud genética de la especie. En la actualidad, al menos en los países desarrollados, esa selección puede no estar actuando al menos en gran medida, ya que las mujeres con rasgos que dificultan o impiden el parto natural pueden, en muchos casos, tener tanta descendencia o más (y por tanto extender esos genes deletéreos -poco eficaces- entre la población) que aquellas que no los tienen.

Cuarto ejemplo. Incluso a nivel cultural la sociedad tecnoindustrial ataca los principios de la evolución por selección natural: muchas medidas políticas de las instituciones sociales actuales promueven la integración de los individuos con taras genéticas de algún tipo por medio de alguna clase de discriminación positiva. Por ejemplo, para acceder a determinados puestos de trabajo, es necesario poseer un certificado que demuestre cierto grado de discapacidad física y/o psicológica, lo que facilita la integración (y por tanto aumenta las posibilidades de formar una familia) de individuos con rasgos que, en principio, no favorecían una reproducción muy eficaz (en los casos en los que dicha discapacidad sea de origen genético). En otros casos se da una ayuda económica o pensión a aquellas personas con discapacidades permanentes que los imposibilitan para trabajar. O simplemente a personas que, por el motivo que sea, no cuentan con un empleo en ese momento. Estas prácticas culturales no se han extendido ahora y no antes por casualidad: los medios de producción industriales permiten la posibilidad de que exista un importante porcentaje de población inactiva o poco productiva. Los modos en que probablemente tratarían a personas con discapacidades físicas y/o psicológicas permanentes en las sociedades primitivas podrían variar mucho (desde la intransigencia más absoluta hasta la condescendencia y ayuda en la medida de sus posibilidades) pero, sea como sea, lo que está claro es que sus medios no les permitían mantener un gran número de individuos improductivos. De modo que existía, al menos en las sociedades no civilizadas, una selección negativa hacia este tipo de rasgos genéticos. Esto también ha sido en cierta medida frenado por la sociedad tecnoindustrial.

Quinto y último ejemplo. Aunque en el libro, Soler habla exclusivamente de cómo afectan las circunstancias de vida actuales (la civilización industrial) a la evolución por selección natural en humanos, algo similar puede decirse sobre la vida salvaje en general. El nivel e intensidad que han adquirido las actividades humanas en los últimos tiempos, amenazan a lo que ha sido hasta ahora “el crisol de la evolución”, que no es otra cosa que los entornos única o principalmente salvajes. Como ejemplos de cómo la sociedad tecnoindustrial está desbaratando este proceso no sólo en humanos, sino para el conjunto de las especies salvajes, podemos citar: destrucción y fragmentación de habitats, alteración de ciclos geológicos a nivel planetario, alteración del clima a nivel planetario, extinción de especies, disminución drástica y rápida de poblaciones silvestres por uno u otro motivo, hibridación con individuos domésticos, y un largo etc.

En definitiva, creo que los ejemplos aportados en los párrafos anteriores son más que suficientes para demostrar que, como mínimo, la sociedad tecnoindustrial está frenando y trastocando la evolución por selección natural.

De todos modos, a pesar de los defectos anteriores, creo que los escritos científicos sobre biología humana, como este libro de Manuel Soler, pueden ser un material valioso para aquellos que creemos que la Naturaleza salvaje es lo más importante y que la sociedad tecnoindustrial debería desaparecer en el sentido de que conocer las implicaciones de ser un animal (hablando claro), saber explicarlo y conocer y desenmarañar las argumentaciones contrarias más habituales quizá pueda ayudar a defendernos públicamente de nuestros detractores y a tomar las decisiones adecuadas, además de a comprender mejor el comportamiento de los humanos y otras especies en la sociedad tecnoindustrial, (y por ende, en cualquier otro grupo formado por personas).

Notas:

1.  Reseña a cargo de A. Q.

2.  Editorial Síntesis, 2009.

3.  Este párrafo es demasiado escueto a la hora de tratar de explicar algo tan complicado.

“Hay individuos que adoptan y cumplen consciente e intencionadamente el celibato y la castidad y que, al menos en este aspecto, parece que sí son capaces de ‘rebelarse contra su instinto’. Pero, primero, son una pequeñísima minoría que no es representativa del comportamiento general de la especie humana. Y, segundo, habría que ver realmente hasta qué punto su rebelión contra el instinto es real y exitosa. Me refiero a que muchas personas que adoptan el celibato y la castidad probablemente sean individuos con una intensidad especialmente baja en sus impulsos sexuales. Las necesidades, tendencias y capacidades innatas propias de nuestra especie (nuestra naturaleza) no se manifiestan en el mismo grado y modo en todos los individuos. Somos una especie muy polimórfica, es decir, somos una especie que, dentro de unas características generales comunes compartidas por todos sus miembros, muestra una gran diversidad individual en la expresión de muchas de las mismas (normalmente la distribución de los rasgos es del tipo llamado ‘normal’ o campana de Gauss en estadística: una gran mayoría que muestra el rasgo con una intensidad y modo muy similar, y unas minorías que lo muestran con intensidades muy altas o bajas y/o de modos diferentes de los de la mayoría). En el caso que nos ocupa, la mayoría de la gente siente una necesidad de sexo moderada, luego hay alguna gente que siente una necesidad de sexo muy fuerte y hay alguna otra que prácticamente no lo echa en falta. Una persona perteneciente a este último grupo podrá mantener la castidad con facilidad y sin apenas trastornos ni consecuencias negativas (y probablemente tenderá a buscarla incluso, en determinadas circunstancias). Una persona con una fuerte necesidad de sexo no podrá mantener la castidad en caso de que decida adoptarla (y probablemente ni siquiera se interese nunca por intentarlo). Y a una persona normal (con una necesidad normal de sexo) le costará mucho mantener a largo plazo la castidad si la adopta y sufrirá ciertos trastornos psicológicos a cuenta de ello (era lo que pasaba en la época de Freud con la moral victoriana). O sea, que si alguien cuya naturaleza le hace mostrar poco interés por el sexo adopta la castidad, cabe preguntarse: ‘¿está realmente rebelándose contra su instinto o más bien siguiéndolo?’. Y, si alguien con una necesidad normal de sexo adopta la castidad, hay que preguntarse: ‘¿a qué precio?’. Si su rebelión contra el instinto le provoca trastornos psicológicos serios, ¿se puede decir realmente que se ha conseguido rebelar con éxito? Los trastornos son la demostración de que el instinto sigue ahí, muy vivo. Pero aun en el caso de que el instinto pudiese ser realmente sofocado y la rebelión fuese real y completa, ¿qué valor tiene eso? ¿Por qué es algo tan importante? También los suicidas se rebelan con éxito contra el instinto de supervivencia, pero ¿cómo y por qué les convierte eso en seres mejores? A nivel biológico (que es el que realmente importa) normalmente la rebelión contra el instinto no aporta más éxito reproductivo a quienes la practican, sino más bien lo contrario (especialmente en el caso de la rebelión contra el sexo). Soler, en esto de la rebelión contra el instinto, argumenta desde un punto de vista humanista, basándose en valores y conceptos de éxito muy alejados del de ‘éxito reproductivo’.

“Por otro lado, el autocontrol relativo de la expresión de ciertos instintos se produce en nuestra especie, y también en otras. Es un aspecto fundamental de lo que se llama inteligencia, consciencia, comportamiento inteligente, etc. Cuanto más consciente e inteligente es un animal más autocontrola la expresión de ciertos instintos, adaptándola a las condiciones ambientales para hacerla más eficiente y ventajosa. Pero una cosa es tener cierto autocontrol sobre el comportamiento y otra poder rebelarse completamente contra los instintos. Los instintos siguen ahí siempre, empujando y mandando. El autocontrol tiene unos límites y más allá de ellos deja de ser posible o rentable. Por ejemplo, hay animales que pueden evitar comer algo que sospechan que pueda ser peligroso para ellos (algo venenoso o el cebo de una posible trampa, por ejemplo), aunque tengan hambre (es decir, aunque su instinto les empuje a comer). Pero si mantienen esa actitud por mucho tiempo y rechazan comer durante muchos días, se mueren de hambre. Y de hecho, cuanta más hambre sientan, más difícil les será controlar el impulso de comer. Lo mismo pasa con la necesidad de sexo. La inmensa mayoría de personas, aunque sientan ganas de sexo, no cogen a otra persona del otro sexo (o del mismo si son homosexuales) y tratan de copular con ella directa e inmediatamente. Mantienen un control y siguen unas pautas (cortejo o flirteo) que muchas veces ni siquiera acaban con éxito y que incluso en la mayoría de los casos exitosos implican un aplazamiento en la práctica del sexo (normalmente no se practica el ‘aquí te pillo, aquí te mato’). 

“Y, por último, el instinto reproductivo tiene muchos aspectos en los seres humanos. El principal e imprescindible es el impulso sexual, pero también existen otros, relacionados con él pero diferentes. En todas las culturas, la mayoría de los seres humanos adultos, llegado un momento en sus vidas, sienten deseos de formar una familia (que a su vez implica deseo de buscar pareja y deseo de tener hijos con ella), y muchos de ellos se sienten insatisfechos si no lo consiguen. Esto es lo que yo creo que hace que incluso hoy la gente termine a menudo emparejándose y teniendo hijos. El uso de anticonceptivos puede servir para evitar las consecuencias del sexo sin necesidad de reprimir dicho impulso, pero a la larga impide que se satisfaga la necesidad de formar una familia. Por eso, al final, muchos acaban decidiendo tener hijos. O sea, que Soler no da una. Confunde usar, a veces, anticonceptivos con conseguir rebelarse realmente contra el instinto reproductivo, cuando el comportamiento reproductivo de la mayoría de la gente sigue diciendo lo contrario. Creo que este párrafo debería explicar, al menos, todo esto”.

[Esta nota es una comunicación personal de Último Reducto al autor discutiendo un borrador del presente texto; publicada con el permiso de Último Reducto].

4. Por ejemplo, el guepardo y la vicuña son dos animales salvajes que tienen notables dificultades para reproducirse en cautividad. Debido, entre otras cosas, a esas dificultades, estos animales nunca han podido ser domesticados; y ello a pesar del interés que ha despertado en los humanos su posible domesticación a lo largo de los últimos milenios. Para más información, ver: Jared Diamond, Armas, gérmenes y acero, Ed. Debols!llo, 2011, página 197.

5. Por ejemplo, aquí puede verse una breve descripción de cómo en algunas aves rapaces se regula el tamaño de la nidada en base a los recursos disponibles: Antonio Manzanares, Guía de campo de las aves rapaces de España, Ed. Omega, 1991, página 50, párrafo 3.

6. Por ejemplo: aborto, infanticidio, trato dispensado a las mujeres, lactancia prolongada, homosexualidad, masturbación, coitus interruptus, técnicas heterosexuales no coitales, edad y tipo de matrimonio,…están señalados como medios para influir en los índices de reproducción en sociedades primitivas o preindustriales en estos libros:

-      Marvin Harris, Antropología cultural, Ed. Alianza, 1990. Páginas 137-142 (“Prácticas de regulación de la población”).

-      Marvin Harris y Eric B. Ross, Muerte, Sexo y Fecundidad, Ed. Alianza, 1991. Capítulo 1: “La regulación de la población entre los primeros recolectores humanos”.

7.  Tasas anuales de natalidad entre 40 y 45 y tasas de mortalidad de más de 38, por cada 1000 habitantes en una población, son características de las sociedades agrícolas que carecen de higiene y medicina. Esas tasas eran típicas, durante el siglo XVIII[a], en Europa Occidental y Norteamérica, así como en el resto del mundo.” Paul R. Ehrlich y Anne H. Ehrlich, La explosión demográfica, Salvat Ed., 1993, página 49. 

8.  La industrialización de occidente supuso una mejora en las condiciones de vida, mejores viviendas y alimentos y notables avances en materia de higiene y salud. Esos cambios produjeron un descenso de la tasa de mortalidad, especialmente entre niños y lactantes, de los que muchos más conseguían sobrevivir a sus primeros años de vida.”, y siguientes párrafos. Op. cit., páginas 48 y 49.

 


[a] A pesar de que en el original ponía “siglo XIII”, considero que esto es una errata y que los autores se referían seguramente al siglo XVIII, por varios motivos:

·    Mientras que no hay ninguna razón en particular para mencionar el siglo XIII, el siglo XVIII fue el último siglo de la era preindustrial en Europa y Norteamérica y durante él se produjo la transición desde la sociedad preindustrial a la sociedad industrial, con el cambio en las tasas de mortalidad que ello implicó.

·    Resulta poco probable que los autores conociesen las tasas de mortalidad en Norteamérica en el siglo XIII, dado que, al contrario que en Europa, en la América precolombina no había registros escritos que sirviesen como fuente de tales datos. Sin embargo, en las partes civilizadas de la Norteamérica del siglo XVIII sí que existían ya registros semejantes.

·    En el libro, la siguiente frase dice: "Durante el siglo XIX, la tasa de mortalidad de algunas naciones descendió a menos del 30 por mil." Así que parece más lógico que se refiriesen al siglo XVIII.