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The Metaphysics of Technology

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en esta web podría resultar complicada, hemos añadido un enlace en cada uno de ellos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título del artículo.


The Metaphysics of Technology[1]

(Reseña del libro de David Skrbina)

 English version


1.  El autor:

Al contrario de lo que sucede con la inmensa mayoría de sus colegas, los llamados filósofos de la tecnología, que o bien no se posicionan claramente en contra de la tecnología moderna o bien la defienden abiertamente, la postura del Dr. Skrbina es manifiestamente contraria a la misma.

En los últimos años el autor se ha estado presentando públicamente a sí mismo como una suerte de heraldo de la crítica de la sociedad tecnoindustrial, o incluso de la “revolución” contra la misma, explotando publicitariamente para ello tanto sus credenciales académicas como su relación y colaboración personales (mediante correspondencia) con Theodore John Kaczynski, popularmente conocido como “Unabomber”.[2] Sin embargo, a pesar de utilizar esta última relación para la promoción pública de sus propias ideas y carrera, la postura del Dr. Skrbina dista mucho de la de Kaczynski o de cualquier otra postura que realmente persiga la completa destrucción de la sociedad tecnoindustrial.

Aunque sólo sea para hacerse una idea de qué es lo que realmente piensa y defiende este autoproclamado portavoz de la “revolución antitecnológica”,[3] el libro merece la pena ser reseñado.

2.  El libro:

La tesis fundamental de este libro es lo que el autor denomina “Pantechnikon” (del griego “pan” -todo- y “technê –técnica, habilidad, o algo así-), que viene a decir que todo en el universo es “tecnología”. Según el Dr. Skrbina, esta tesis metafísica es indispensable para explicar porqué la tecnología humana ha ido desarrollándose a lo largo de la historia hasta el grado de complejidad y expansión que ha alcanzado en la actualidad, el cual amenaza con destruir la Naturaleza sobre la Tierra y con dejar obsoletos a los seres humanos. Básicamente, según él, todo en el universo tiende a crecer y a hacerse más complejo porque existe una fuerza natural que lo empuja en dicha dirección. La tecnología moderna es simplemente el sumun de ese desarrollo universal hacia la complejidad. Y, de ahí, el autor extrae la conclusión de que todos los procesos de desarrollo que se producen en el universo son procesos tecnológicos (expresión del “Technê-Logos” o “Pantechnikon” que es como el autor denomina a dicho empuje universal hacia la complejidad). La tecnología moderna sería sólo la expresión más elaborada y compleja de ese carácter “tecnológico” del cosmos.

Además, el Dr. Skrbina nos dice en su libro que dicho empuje es expresión de una consciencia, inteligencia o mente subyacente a la realidad física del universo. Dicha mente sería supuestamente el “Logos” de los antiguos griegos. El Dr. Skrbina y otros profesores de (historia de la) filosofía modernos denominan “pampsiquismo” (del griego “pan” y “psyje” –alma o mente-) a esta creencia suya en que todo en el universo tiene mente y/o que estas supuestas mentes particulares de todas las cosas son expresiones concretas de la mente general del universo.

Según el autor, ese proceso de desarrollo hacia la complejidad en el universo, amenaza con despojarnos de toda autonomía –o incluso con hacernos desaparecer- y con destruir la Naturaleza sobre la Tierra, debido a que la tecnología, cuanto más compleja se vuelve, más autónoma se hace y más determina nuestras vidas y los procesos naturales.

El Dr. Skrbina plantea, por tanto, una disyuntiva: o bien permitimos que esto suceda o bien tomamos ya mismo las riendas del desarrollo social y tecnológico y lo invertimos pacífica y gradualmente hasta un nivel adecuado. Él llama a esta segunda opción “reconstrucción creativa”.[4]

Éste sería a grandes rasgos el argumento central de este libro. Sin embargo, la mayor parte de las 311 páginas del libro están dedicadas a hacer un repaso de la historia de aquella parte de la filosofía que, según el Dr. Skrbina, trata acerca del fenómeno tecnológico, desde la Antigüedad (Grecia y China) hasta nuestros días.[5] El autor, como “buen” profesor de (historia de la) filosofía, siembra este recorrido histórico de innumerables referencias y citas de otros autores. De hecho, su propia postura ante la tecnología y la tesis fundamental del libro meramente se dejan caer de pasada en algunos párrafos o líneas sueltos intercalados en dicho repaso histórico o, como mucho, se explican en unas pocas páginas concentradas principalmente en la segunda parte del libro.[6]

A continuación se hará un repaso de las principales virtudes y de algunos de los defectos más graves del libro.

3.  Las virtudes:

El libro tiene básicamente tres aciertos o, como mínimo, puntos que podrían considerarse bastante interesantes, importantes o útiles:

a.  La tendencia de los sistemas al crecimiento y la complejidad. Según el Dr. Skrbina, el desarrollo tecnológico es en realidad la expresión de un proceso general que se da en el universo, por el cual, siempre que exista suficiente energía disponible, los sistemas dinámicos tenderán a expandirse y a hacerse más complejos. Este proceso es simplemente un efecto de las leyes de la termodinámica, que generan diferenciales o flujos de energía que pueden ser aprovechados por ciertos sistemas para mantener y desarrollar su propia estructura interna.[7]

Aunque habría algunos detalles que discutir o aclarar y algunas matizaciones que hacer acerca de este motor del desarrollo de la complejidad, y aunque la forma metafísica de entenderlo y expresarlo que tiene el Dr. Skrbina es más que discutible, como iremos viendo más adelante, en principio, la idea básica de dicha tendencia universal de los sistemas a la expansión y la complejidad parece ser bastante acertada en general.

b.  La autonomía de la tecnología y el determinismo tecnológico. El Dr. Skrbina reconoce la autonomía y el determinismo tecnológicos como aspectos básicos del problema que suponen la tecnología moderna y su desarrollo. En general, los sistemas al desarrollar su complejidad generan dinámicas internas y comportamientos propios (autonomía). Además, los sistemas interactúan con otros sistemas, su entorno, mediante procesos que siguen unas leyes físicas, lo cual determina unos efectos en dicho entorno. En concreto, los sistemas y procesos tecnológicos, al ir aumentando su autonomía, van progresivamente haciéndose menos controlables por los seres humanos y determinando cada vez más las condiciones sociales y ecológicas en que operan. Este proceso de desarrollo tecnológico implica una pérdida progresiva de autonomía (libertad) para los seres humanos y un impacto cada vez mayor en los ecosistemas.[8] Esto también es muy cierto.

c.  Las principales etapas históricas del desarrollo tecnológico. El Dr. Skrbina señala la existencia de dos etapas o eras sucesivas en el desarrollo de la tecnología humana:[9]

i.    La Era Antrópica (“Anthropogenic Era”): desde hace unos 2,5 millones de años hasta aproximadamente el año 1200 d.C. En ella los seres humanos, según él, aún controlarían, en gran medida, consciente y voluntariamente el desarrollo y uso de la tecnología, estando ésta en general a su servicio y no al revés. Se divide en dos subetapas a su vez:

-   La Era Cazadora-recolectora Nómada (“Foraging Era”): desde la aparición del género Homo hasta hace unos 10.000 años. Con una tecnología muy sencilla, grupos humanos muy pequeños y con una organización social muy simple. Los seres humanos, a nivel individual, controlarían en gran medida la tecnología. Como su nombre indica, estaría representada por las sociedades primitivas cazadoras-recolectoras nómadas.

-   La Era Humana ("Human Era"): desde la aparición de la agricultura hasta la aparición del reloj mecánico. Con una tecnología aún relativamente sencilla y poco autónoma pero más elaborada que la de la etapa anterior y grupos humanos mayores y con una organización social más compleja. Los seres humanos controlarían aún en gran medida la tecnología, pero sólo a nivel colectivo, como sociedades, no como individuos. Son las civilizaciones antiguas y preindustriales. Según el Dr. Skrbina esta etapa supuso el grado más “elevado” del desarrollo humano, la mejor época de nuestra historia.

ii.   La Era Tecnológica (“Technological Era”): con una tecnología avanzada y compleja, un alto grado de autonomía y de determinismo tecnológicos, grupos aún mayores y organizaciones sociales aún más complejas. En ella los seres humanos apenas tienen ya posibilidad de influir en el desarrollo tecnológico y, en cambio, sus condiciones de vida se ven cada vez más determinadas y restringidas por éste. Es la civilización industrial. Que a su vez se dividiría en dos subetapas:

-   La Era Industrial (“Industrial Era”): desde la aparición del reloj mecánico hasta un momento indeterminado en un futuro cercano. En esta etapa los seres humanos todavía son necesarios, aunque cada vez menos, para mantener el sistema tecnológico (como piezas pertenecientes al mismo). Esto impone aún ciertas trabas al desarrollo de un sistema tecnológico totalmente autónomo y, con ello, al determinismo tecnológico absoluto. Es la etapa actual (estaríamos en su fase final). Es la última etapa en la que los seres humanos tendrían aún alguna posibilidad de impedir o desviar voluntariamente el curso del desarrollo tecnológico.

-   La Era Autógena (“Autogenic Era”): en esta etapa las máquinas o sistemas tecnológicos se harían completamente autónomas y autosuficientes y no precisarían ya de los seres humanos para funcionar y seguir desarrollándose. Los seres humanos serían entonces completamente innecesarios para el mantenimiento y desarrollo del sistema tecnológico. El determinismo tecnológico sería total, los seres humanos habrían perdido toda autonomía y la tecnología continuaría desarrollándose y avanzando de forma autónoma sin contar con ellos y arrasando totalmente la Naturaleza sobre la faz de la Tierra.

Si bien hay varios detalles más que cuestionables en este esquema (empezando por la nomenclatura de algunas etapas[10] y acabando por algunos de sus respectivos límites y cronologías reales exactos[11]; pasando por la interpretación progresista que el autor hace de algunas de esas etapas o del proceso histórico en general), en líneas generales se refiere a etapas y rasgos importantes a la hora de entender el proceso del desarrollo histórico de la tecnología. 

Estas tres ideas del autor quedan bastante claras en el libro (especialmente en las pocas páginas de su segunda parte en las que el Dr. Skrbina expresa abiertamente sus propias ideas), a pesar de que, como veremos en el próximo punto, el autor, jactándose de usar un método “sintético y normativo”[12] presuntamente superior a lo que él llama “pensamiento tecnológico” (fundamentalmente se refiere al llamado “pensamiento analítico”), a menudo parece hacer todo lo física y “metafísicamente” posible por complicar su exposición.

4.  Los defectos:

Los defectos de este libro van desde algunos errores concretos relativamente intrascendentes para la lucha contra el desarrollo tecnológico[13] hasta aspectos teóricos más generales y muy discutibles que resultan cruciales para la correcta comprensión del sistema tecnoindustrial y, por tanto, podrían tener serias consecuencias estratégicas y prácticas para poder aspirar a lograr su eliminación. Aquí comentaré sólo los más destacables de entre estos últimos:

a.  Enfoque sintético. El autor, en este libro, nos dice que

“pensar analíticamente –tecnológicamente- acerca de la tecnología es egoísta e intrínsecamente sesgado. Nos llevará a conclusiones falsas: que la tecnología es un conjunto de herramientas a nuestra disposición, construidas por la humanidad, para la mejora de la humanidad; que actúa en gran medida como una fuerza benigna sobre el mundo; que es moralmente neutra, en el sentido de que puede usarse bien o mal dependiendo de las intenciones del usuario; que es un poder humanizador, algo que nos trae prosperidad y avance cultural; y quizá lo más importante, que está desprovista de metafísica. … Para pensar claramente acerca de la tecnología, para ver en sus profundidades, debemos intentar trascender el mismo proceso de pensamiento que la sociedad tecnológica nos impone como único medio aceptable”.[14]

Y nos asegura que 

“El pensamiento adecuado acerca de la tecnología debe ser verdaderamente metafísico, en el sentido clásico. No necesitamos abandonar el análisis, pero debe ser incorporado y subordinado dentro de un marco más amplio, visionario e incluso especulativo. … Frente a la metafísica actual, formal y analítica, propongo algo bastante diferente: la metafísica sintética. Allá donde el enfoque analítico se preocupa de las definiciones y los formalismos, la metafísica sintética busca iluminar la naturaleza esencial de las cosas. El análisis se ocupa de conceptos abstractos, la síntesis del mundo real. Allá donde el análisis trata de diseccionar y atomizar, la síntesis busca integrar y capturar totalidades. Esto no es sólo una reformulación del viejo debate sobre reduccionismo frente a holismo, sino más bien un desplazamiento hacia –o mejor, un retorno a- enfoques creativos, orgánicos y visionarios de los asuntos metafísicos”.[15]

Y añade que, al contrario que el enfoque analítico, supuestamente “mecanicista, objetivista, industrialista y tecnológico”,[16] el enfoque sintético “evita las falsas conclusiones acerca de la objetividad, la neutralidad y la verificabilidad –todas ellas constituyentes del análisis convencional”.[17]

Según el autor,

“Ya no buscamos principios fundamentales sino más bien solamente análisis detallados de aplicaciones concretas. … [E]l pensamiento tecnológico … ‘prefiere’ [centrarse] en rasgos concretos, en los detalles, en la estructura y la función. … La tecnología en el mundo físico tiene que ver con máquinas, aparatos, invención, diversión, comunicación, información, beneficio y poder. … No hay nada ‘detrás’ de la tecnología, ahí no hay nada que ver. … Pero debemos preguntarnos: ¿Es esto cierto? ¿No es cierto que todos los fenómenos poseen una naturaleza interna o intrínseca, sujeta a algún tipo de principio director? Creo que es obvio que hay dichos principios de la naturaleza, principios que dan cuenta del orden y la complejidad del cosmos.”[18]

Sin embargo, a pesar de todo lo anterior, resulta difícil saber a qué se refiere exactamente el Dr. Skrbina con lo de “metafísica sintética” y con lo de “pensamiento tecnológico”. Un servidor reconoce que nunca ha sabido bien a qué se refieren exactamente (y a qué no) las expresiones “pensamiento analítico” y “pensamiento sintético”, pero ha visto ya a demasiadas gentes de dudosa ralea intelectual despotricar contra el “pensamiento analítico”, el mecanicismo, la objetividad, etc. a la vez que trataban de justificar con ello todo tipo de sandeces, divagaciones, fantasías, incongruencias lógicas y desafueros emocionales, como para no desconfiar del Dr. Skrbina cuando trata de vendernos esa metafísica sintética que en muchos aspectos ya nos suena demasiado familiar y nos huele a cuerno quemado.

Es más, parece que, según el Dr. Skrbina, resulta imposible, por ejemplo, rechazar la idea de neutralidad moral de la tecnología sin a la vez rechazar la objetividad y la verificabilidad como criterios de conocimiento. O que, según él, pensar que la tecnología no es más que un conjunto de herramientas, implica por fuerza creer también que la tecnología es buena y/o neutra. O que, según él, no dar mucha importancia a buscar qué hay más allá del mundo físico o dársela las definiciones y a la congruencia lógica, implica necesariamente estar a favor de la tecnología. Y al contrario, parece que, según el autor, quien trata de hacerse una idea de conjunto o general de las cosas, de ver más allá de lo inmediato y concreto, de buscar principios o patrones generales y de tener en cuenta las interacciones entre los elementos que constituyen los diferentes conjuntos que forman la realidad no puede ser nunca mecanicista u objetivista, ni mucho menos pensar que la tecnología no es neutra. Sin embargo, quizá la forma que tiene el autor de plantear este asunto de los posibles enfoques o formas de pensamiento, metiéndolos todos a la fuerza en dos sacos opuestos, sea irónicamente a su vez demasiado simplista, poco “holista” y puede que hasta “tecnológica”, según sus propios criterios.

De hecho, tras leer su libro, parece que lo del método “sintético y normativo” consistiría en gran medida en mezclar desordenadamente descripciones y valoraciones sin diferenciarlas ni separarlas entre sí, no tener muy en cuenta las definiciones, extraer alegremente conclusiones falaces en base a un mal uso de la lógica y no preocuparse demasiado por el rigor, el orden y la coherencia del conjunto teórico. La forma “sintética” de razonar del autor a menudo deja mucho que desear y está plagada de ambigüedades, non sequiturs y atentados implícitos contra la racionalidad, como iremos viendo.

b.  Ambigüedad e incongruencia en las definiciones y su uso. Uno de los defectos típicos de muchos textos filosóficos suele ser su ambigüedad e incongruencia a la hora de dar y manejar las definiciones de los términos clave que se usan en ellos. A menudo los autores de este tipo de textos o bien dan y usan a lo largo de un mismo texto varias definiciones o nociones de dichos términos que son diferentes o incluso contradictorias entre sí, o bien simplemente ni siquiera se preocupan de definirlos explícitamente. De este modo resulta en realidad imposible saber a ciencia cierta a qué se refieren exactamente cada vez que usan ciertos términos clave y el resultado es la ambigüedad, la confusión y la malinterpretación. Así, términos clave como “tecnología” o “naturaleza”, son manejados a lo largo del libro con sentidos obviamente distintos de las definiciones ofrecidas por el autor en un principio.

A la hora de definir el concepto de “naturaleza”, el autor se declara monista, afirmando que la Naturaleza es todo lo que existe y que todo lo que existe forma parte de la Naturaleza, tanto si es obra del ser humano como si no, ya que el ser humano, según el autor, es también siempre parte de la Naturaleza y, por tanto, según el autor, sus obras también lo son (es decir, son “naturales”).[19] Para el autor, el dualismo (la postura opuesta al monismo, que en este caso separaría lo humano o artificial del resto de la realidad) es un error filosófico muy grave.[20] Sin embargo, no nos dice exactamente por qué, más allá de ofrecer confusas explicaciones acerca de la utilidad de establecer distinciones (como natural/artificial), por un lado, y de la invalidez metafísica de las mismas, por el otro.[21]

La forma del autor de argumentar en favor del monismo está en realidad basada en falacias lógicas y, a pesar de lo que él parece creer, plantea una serie de preguntas de difícil solución. Por citar las más evidentes: ¿Es lo mismo “tener relación con” o “proceder de” que “pertenecer a” o “ser lo mismo que”? ¿Por qué algo creado por un elemento de un conjunto (la Naturaleza en este caso) ha de ser necesariamente parte de ese conjunto a su vez? Si, como afirma el autor, todo es natural, incluida la tecnología moderna, entonces también los efectos de ésta sobre el mundo no artificial serían naturales. Pero entonces, ¿podría considerarse que la tecnología moderna es perjudicial para el mundo natural si tanto la tecnología como sus impactos forman también parte de éste, según el autor? Para poder valorar hace falta primero poder diferenciar cualitativamente.

Es más, el autor parece olvidarse casi completamente de dicha definición “monista” en la práctica, de modo que en buena parte del resto del libro razona asumiendo tácitamente una noción de la Naturaleza completamente diferente y mucho más habitual y extendida, la dualista, a saber, la Naturaleza entendida exclusivamente como aquello que no es artificial o como lo que no es humano (y por tanto, la consideración de que lo humano o lo artificial –incluida la tecnología humana- es diferente de lo natural).[22]

En cuanto al concepto de “tecnología”, sucede algo similar. El autor no define explícitamente él mismo el término “tecnología” sino que se limita a presentar las definiciones de otros, sin dejar del todo claro si él está de acuerdo con ellas y hasta dónde. Además, en este libro, según la página y según la conveniencia del autor, se manejan diferentes nociones de tecnología, y no todas ellas compatibles. Así, sin ir más lejos cuando se refiere a la idea del “Pantechnikon”, el Dr. Skrbina nos recuerda que “tecnología” simplemente es todo, o sea, cualquier ente o proceso real. Sin embargo, otras veces el autor se olvida de esta noción y con el término “tecnología” se refiere sólo a la tecnología hecha por seres humanos.[23]

El autor también hace un uso más que cuestionable del término “tecnología” cuando afirma que las plantas trepadoras usan “tecnología” porque se agarran a otros objetos usándolos como soporte sobre el que crecer, siendo estos objetos por tanto “herramientas” o “tecnología” para dichas plantas. O, de forma aún más sorprendente, cuando dice que, al usar las plantas ciertos nutrientes para mantenerse vivas y crecer, dichos nutrientes serían “herramientas” y, por tanto, “tecnología”.[24]

Otro ejemplo de abuso del término “tecnología” y sus definiciones/nociones sería cuando el Dr. Skrbina relaciona, y no sólo etimológicamente, el concepto de “tecnología” con los de “Technê” y “Logos” de los antiguos griegos,[25] que en realidad, a pesar de lo que el autor pretende insinuar, poco o nada tenían que ver con la noción convencional actual de “tecnología”, que se reduce básicamente al conjunto de las herramientas o útiles.[26]

El asunto de las diferentes definiciones y nociones de la tecnología daría para largo, pero baste señalar que en el fondo, en este libro, se reduce de nuevo a un uso desidioso, forzado y confuso del lenguaje y del pensamiento, cayendo en una serie de usos torpes de la lógica más elemental. Por ejemplo, confundir tener relación con identidad, confundir vaguedad con generalidad, confundir algo con todo, etc.

Y lo mismo sucede con otros conceptos, como por ejemplo el de “racionalidad”, que no se acaba de saber si, según el autor, es un concepto propio del “pensamiento tecnológico” o más bien contrario a él.

En otras palabras, el autor usa los términos, los conceptos y las definiciones, el pensamiento y el lenguaje de un modo negligente y, encima, trata de justificar dicha incapacidad con sospechosas teorías filosóficas acerca de la maldad del “pensamiento tecnológico” y la bondad de la metafísica sintética.

c.  Antropocentrismo. En el libro, en la práctica, predomina la ambigüedad acerca del antropocentrismo. En teoría, el autor muestra una postura contraria al mismo.[27] Y, debido precisamente a su monismo metafísico, parece defender que si, según él, no existe realmente una distinción ontológica entre lo humano y lo no humano y todo es simplemente natural, tampoco se puede considerar lo humano como superior a lo no humano.[28] Sin embargo, en diversas ocasiones, el autor pasa por alto su propio argumento. Por ejemplo, cuando se refiere a los problemas que la tecnología acarrea, separa los problemas que ésta provoca a los seres humanos de los problemas causados al mundo no artificial.[29]

Es más, a menudo, el Dr. Skrbina parece tener la noción de que el mundo no humano en el planeta Tierra es meramente un “medio ambiente” o “entorno” que rodea a los seres humanos y sus obras (los cuales, por tanto, serían el centro rodeado por dicho medio ambiente).[30]

Otro ejemplo: el autor considera que lo que él llama la “Era Humana” fue la mejor época para los seres humanos porque eran los dueños del mundo y lo dominaban a su antojo.[31]

En cualquiera de los anteriores casos, el Dr. Skrbina está en realidad dando demasiada importancia a los seres humanos y a sus obras, y restándosela al mundo no humano. La idea que uno extrae respecto a este asunto después de haber leído el libro, es que aunque el Dr. Skrbina, en teoría, desea preservar el mundo natural y salvaje y favorecer su recuperación, lo valora, al menos a veces, sólo o principalmente en la medida que éste resulte útil, valioso o necesario para los seres humanos y, demasiado a menudo, pasa por alto el valor intrínseco de los ecosistemas no artificiales (su importancia por sí mismos) y/o el valor de los mismos para otros seres o entes no humanos ni artificiales. Y es que, por mucho que el autor se esfuerce por compatibilizar ambas cosas, es imposible ser humanista sin ser antropocéntrico.

d.  Reformismo. A nivel práctico, como ya se ha dicho, en el libro se plantea la hipotética meta de hacer que la sociedad tecnoindustrial retroceda, de forma pacífica y voluntariamente controlada, a un estado de desarrollo tecnológico, demográfico y social aproximadamente equivalente al que algunas sociedades humanas civilizadas tenían a finales de lo que el autor llama la “Era Humana” (o principios de lo que el autor llama la “Era Tecnológica”). De hecho, el Dr. Skrbina, plantea esta posibilidad, la llamada “reconstrucción creativa”, como única alternativa al desastre. Dicho desastre, según el autor,  consistiría o bien en seguir con el desarrollo social y tecnológico como si nada, hasta entrar en la “Era Autogénica” (con la consiguiente sustitución -o desplazamiento- de los seres humanos por máquinas y la destrucción o sometimiento totales del mundo natural salvaje en el planeta Tierra), o bien en acabar sufriendo un colapso espontáneo del sistema tecnoindustrial en un futuro (probablemente demasiado tardío ya como para que muchas especies –incluida quizá la nuestra- y ecosistemas se salvasen) y soportando las consecuencias de que la Naturaleza vuelva a poner las cosas en su sitio por sí misma (de forma violenta e insensible para con los seres humanos). Para el autor, parece que no existen más posibilidades que estas tres. Él defiende la primera (según él, sería “la mejor” porque no sería violenta ni brutal para con los seres humanos). 

Sin embargo, el Dr. Skrbina pasa por alto la existencia de una cuarta posibilidad: destruir artificialmente el sistema tecnoindustrial, es decir, provocar su caída definitiva, lo antes posible y de forma intencionada. Esta última posibilidad es, de hecho, mucho más realista que la ilusoria “reconstrucción creativa” del Dr. Skrbina, y sigue siendo preferible a las otras dos, en el sentido de que sus consecuencias serían menos desastrosas para el mundo natural (y quizá también para los seres humanos). Aquí, de nuevo, el Dr. Skrbina, en lugar de ser realmente objetivo y sensato, prefiere dejarse llevar por los valores, escrúpulos y tabúes humanistas y políticamente correctos imperantes en esta sociedad y, sobre todo, en los entornos académicos. En especial por el tabú que le impide reconocer públicamente que muy probablemente sea necesario utilizar un altísimo grado de violencia y de falta de compasión para poder tener alguna opción de acabar definitivamente con la sociedad tecnoindustrial. Las reformas mayoritariamente aceptadas y aplicadas voluntariamente de forma pacífica, del tipo de la “reconstrucción creativa” propuesta por el autor, son sencillamente irrealizables. Aunque sólo sea porque ni los dirigentes de la sociedad tecnoindustrial (que serían quienes deberían gestionarlas y aplicarlas), ni mucho menos toda o la mayoría de la población de la misma, van a estar de acuerdo jamás en aceptar y llevar a cabo una propuesta semejante; ni por las buenas ni por las malas. Y esto lo reconoce hasta el propio autor.[32] De modo que cualquier propuesta reformista como la “reconstrucción creativa”, aun en caso de ser posible aplicarla, acabaría o bien fracasando antes de empezar (no sería lo suficientemente tenida en cuenta) o bien no siendo en realidad ni tan pacífica, ni tan voluntaria, ni tan poco destructiva y brutal como el autor pretende hacernos creer (en el improbable caso de ser aceptada por los dirigentes, éstos tendrían que ponerla en práctica por la fuerza y por las malas).

Además, cabe preguntarse si la propia meta de la “reconstrucción creativa”, es decir, volver a un nivel de desarrollo social y tecnológico equiparable al de finales de la Edad Media o principios del Renacimiento Europeos, es algo tan ideal y estupendo como el autor pretende hacernos creer; o si simplemente es alcanzable. Y la respuesta a estas preguntas es sencillamente “no”. Respecto a la primera pregunta es “no” porque el nivel de desarrollo tecnológico y social que el autor toma como referencia y propone como meta, dista mucho de ser el ideal para los seres humanos y para la Naturaleza. Como el propio autor reconoce, la naturaleza humana está adaptada a la vida cazadora-recolectora nómada, en grupos sociales muy pequeños y bastante distanciados entre sí, en grandes extensiones constituidas por ecosistemas salvajes.[33] Es la forma de vida en la que vivió nuestra especie durante la inmensa mayor parte del tiempo que lleva existiendo y es la forma de vida a la que la selección natural nos fue adaptando durante ese largísimo periodo. Cualquier otra forma de vida es algo demasiado reciente y, por tanto, es en mayor o menor medida antinatural, es decir algo a lo que nuestra naturaleza no está bien adaptada, y esto genera problemas, tanto a nivel humano como a nivel ecológico. En concreto, la civilización europea del Renacimiento que el autor toma como referencia y meta, estaba ya demasiado lejos de esas condiciones originales a las que está adaptada nuestra naturaleza.  

Respecto a la segunda pregunta, la respuesta es “no” también porque, aunque esa meta implique ciertamente abandonar el nivel de desarrollo tecnológico industrial, plantearse como objetivo alcanzar un nivel de desarrollo tecnológico y social no industrial concreto, sea éste el que sea, es absurdo. Eso implicaría tener que controlar y dirigir estrictamente el curso de dicho desarrollo (en este caso en sentido inverso al actual), lo cual es algo imposible. Los sistemas y procesos complejos son en gran medida intrínsecamente impredecibles y, por tanto, incontrolables. El desarrollo social y tecnológico, como mucho, se puede parar y evitar que vuelva a reanudarse (al menos durante bastante tiempo), inhabilitando permanentemente el sistema tecnoindustrial, pero su curso no se puede dirigir o controlar (en un sentido u otro) de forma continuada para alcanzar un tipo de sociedad determinado de antemano. La meta no debe ser “reconstruir” ni “crear” ningún tipo concreto y predeterminado de sociedad no industrial, ni “producir una vida de alta calidad para la humanidad dentro de un contexto medioambiental sostenible”.[34] La meta debe ser meramente la eliminación, de forma definitiva y permanente (o al menos duradera) de la sociedad tecnoindustrial. Y nada más. Perseguir utopías y/o reformar el sistema tecnoindustrial (porque a esto es a lo que se reduce la “reconstrucción creativa” del autor, a transformar o cambiar paulatinamente el sistema social y tecnológico actual sustituyéndolo por otro supuestamente mejor), es algo inevitablemente condenado al fracaso.

Cabe también señalar que la propia propuesta de la “reconstrucción creativa” puede darnos una pista de cuáles son algunos de los valores básicos y de las motivaciones reales del autor, así como de algunas de las restricciones psicológicas que le impiden desarrollar de forma completa y lógicamente coherente algunas de sus ideas. En concreto, según la moral imperante en la actual sociedad tecnoindustrial, la destrucción suele ser considerada como algo absolutamente malo y, al contrario, la “(re-)construcción” y la “creación” (o la “creatividad”, sea ésta lo que sea), tienden a ser consideradas buenas por sí mismas. De modo que, en el libro (y en general en sus otras obras y apariciones públicas), el Dr. Skrbina evita en todo momento mencionar siquiera (mucho menos proponer) la destrucción intencionada del sistema tecnoindustrial como una opción o meta. El autor sabe que dicha destrucción implicaría pagar un alto coste de violencia, sufrimiento, muertes, daños materiales y pérdida de logros “culturales” o “espirituales”,; que todos estos efectos son considerados grandes males en esta sociedad; y que, por tanto, reconocer la destrucción de la sociedad tecnoindustrial como una opción viable, aunque sólo sea mencionándola (más aún defendiéndola), muy probablemente supondría el fin de sus aspiraciones académicas y sociales personales, ya que automáticamente pasaría a ser considerado un loco y/o un paria en esos mismos entornos en los que pretende destacar y medrar. De modo que ni siquiera la menciona, centrándose en presentar y defender su propuesta reformista convenientemente bautizada con la melindrosa expresión “reconstrucción creativa” (que para la moral buenista imperante vendría a significar “bueno requetebueno”).

e.  Ambigüedad respecto a la neutralidad de la tecnología. En su libro, el Dr. Skrbina también muestra una actitud ambigua en lo referente a otro concepto clave: la neutralidad de la tecnología (la idea falsa de que la tecnología, en especial la tecnología moderna o industrial, no es ni buena ni mala, sino que su carácter moral depende de cómo se use, de quién la use o de para qué se use en cada caso particular). El Dr. Skrbina no se cansa de repetir a lo largo de todo el libro que la tecnología no es moralmente neutra y, por tanto, expone y defiende diversos argumentos, más o menos afortunados, en contra de la idea de la neutralidad de la tecnología. Sin embargo, en dos ocasiones dice claramente que “la tecnología no es mala”.[35] ¿Cómo, desde una postura como la del autor, contraria a la neutralidad de la tecnología moderna, puede decirse que la tecnología no es mala sin minar a la vez la congruencia de dicha postura? Si no es mala, ¿entonces qué es? ¿Buena? ¿Neutra?[36]

f.    Valores progresistas y políticamente correctos. En el fondo, los valores fundamentales del Dr. Skrbina no parecen ser muy diferentes de los valores flojos convencionales imperantes en la sociedad tecnoindustrial. Así, a lo ya señalado acerca de la demonización de la violencia y la destrucción, podemos añadir que el autor en varias ocasiones justifica sus posturas y propuestas en base a dos de los valores básicos propios de la gazmoñería humanista y políticamente correcta imperante: la justicia y la compasión. Para él, los principales problemas de la tecnología moderna se reducen en el fondo a que ésta impide la justicia (social y “medioambiental” –sea lo que sea que signifique ésta última-) y socava la “compasión” en los individuos.[37] Una explicación detallada de por qué es absurda esta postura tan ñoña alargaría aún más esta reseña. Baste decir que la justicia y la compasión no son algo siempre tan bueno, ni tan necesario, ni tan importante, ni mucho menos pueden servir de base para una postura que pretenda ser realmente contraria a la sociedad tecnoindustrial. Dichos valores pueden ser, como mucho, importantes en ciertos tipos de relaciones entre individuos, pero no tienen nada que ver con las relaciones que las sociedades humanas mantienen con los ecosistemas no artificiales, ni tienen nada que aportar a éstas; ni tampoco a la solución de los problemas reales inherentes a la tecnología moderna. Por no hablar de la ineficacia práctica de pregonar ideas y valores, en general, a la hora de influir seriamente en el desarrollo de un sistema social y tecnológico que en el fondo y principalmente viene determinado por factores objetivos y materiales.

Asimismo, a pesar de que a primera vista parece ser un autor crítico con el desarrollo tecnológico, e incluso dice tener una visión regresiva de una parte de la historia,[38] el Dr. Skrbina defiende a lo largo de todo el libro, de manera más o menos implícita, una postura progresista, es decir, una postura basada en la idea de progreso[39] y a favor del mismo. Por ejemplo, el autor menciona, y en este caso parece asumir, la creencia propia de ciertos filósofos griegos antiguos de que las cosas evolucionan a “mejor”, desde lo “inferior” a lo “superior”, es decir, de que la evolución de las cosas ha seguido en general una trayectoria “ascendente”.[40]

También es progresista su idea de que las civilizaciones antiguas fueron el culmen del desarrollo social, cultural y “espiritual” humano y que esto fue algo bueno. Ello supone creer que dichas sociedades y culturas humanas progresaron, pasando desde unos niveles supuestamente peores (los precivilizados) a otros niveles supuestamente mejores (los civilizados).[41]

En relación con lo anterior, resulta ciertamente lamentable ver cómo el autor trata de justificar lo injustificable: que los “logros” culturales y “espirituales” de las civilizaciones antiguas fueron no sólo algo bueno por sí mismo, sino que fueron más importantes y valiosos que lo que se perdió o impidió a causa de ellos; que el precio que pagaron los seres humanos y la Naturaleza por esos “logros”, tan queridos por intelectuales humanistas como el autor, mereció la pena ser pagado. Así, por ejemplo, el autor trata de quitar importancia a los sacrificios humanos de algunas de esas civilizaciones antiguas, diciendo que los presuntos efectos psicológicos (básicamente insensibilización o falta de compasión) supuestamente causados en la población de las sociedades modernas por la violencia ficticia de las películas, los videojuegos y la televisión, serían mucho peores que los muy reales miles de muertos (y el consiguiente terror) causados por los sacrificios masivos humanos llevados a cabo en esas civilizaciones.[42] ¡Y se queda tan ancho! Aquí (y no sólo aquí, por desgracia) el Dr. Skrbina usa argumentos tan pobres a nivel intelectual que no merece la pena refutarlos, porque ni siquiera se sostienen por sí mismos.

Y, por supuesto, como no podía ser menos en un profesor de (historia de la) filosofía que se precie de serlo, el autor idealiza las sociedades antiguas (la ateniense en especial), considerándolas un ejemplo de cómo con un nivel de tecnología bastante reducido se puede alcanzar un alto grado de desarrollo social, cultural y “espiritual”.[43] Por supuesto, uno no puede por menos que preguntarse si los esclavos griegos o los miles de individuos sacrificados por los aztecas antes de la llegada de los españoles no verían las cosas de un modo muy distinto de como las ve el Dr. Skrbina desde la comodidad y seguridad de su despacho universitario en los Estados Unidos del siglo XXI. Eso por no hablar de los daños ecológicos provocados por dichas civilizaciones para conseguir y mantener sus niveles de civilización y sus “logros”. Como por ejemplo la esquilmación de los bosques y la subsiguiente erosión de los suelos en el Ática en época de los griegos antiguos, que el propio autor menciona en el libro.[44]

Hay que señalar también el colectivismo, y el consiguiente desprecio por la autonomía de los individuos, que esta postura procivilizatoria encierra. Como ya se ha dicho, el autor considera que en la “Era Humana” la tecnología era aún controlada en gran medida por las sociedades humanas, aunque ya no por los individuos que constituían las mismas. De hecho, la mayoría de los individuos en dichas sociedades habrían perdido en gran medida su autonomía (libertad). Sin embargo, el autor considera esta época y este tipo de sociedades como el culmen de la realización del potencial de la humanidad, anteponiendo así los “logros” colectivos de las mismas a las pérdidas individuales en ellas. En la práctica, lo que el Dr. Skrbina sugiere con esto es que lo importante es el desarrollo de las sociedades y que la autonomía de los individuos que las constituyen carece de valor en comparación. Según esta mentalidad, los individuos serían meras herramientas utilizables y desechables para alcanzar esos “logros” sociales (una idea irónicamente muy extendida y aceptada –es decir, políticamente correcta- en la supuestamente hiperindividualista sociedad actual, especialmente entre los profesores universitarios humanistas).

g.  La tesis del “Pantechnikon”. Una de las metas centrales de este libro, si no su principal propósito, es presentar y difundir públicamente la tesis del “Pantechnikon”. Como ya se ha señalado, dicha tesis consiste en que, según el autor, todo es “tecnología”. El universo en su totalidad es un sistema “tecnológico” y sus dinámicas, siempre según el autor, son todas ellas procesos “tecnológicos”. Aquí el Dr. Skrbina, de nuevo, hace gala de su falta de rigor intelectual a la hora de aplicar los razonamientos más básicos. En concreto, la tesis del “Pantechnikon” no es más que un ejemplo paradigmático de la llamada falacia de la composición, en la que se toma la parte por el todo. En este caso, a partir de la existencia real de tecnología en algunas especies, el autor extrae la conclusión de que la tecnología es un fenómeno universal, presente en todos y cada uno de los aspectos, procesos y elementos que constituyen el universo, así como una “fuerza natural” subyacente a él en forma de impulso fundamental y profundo (un impulso que, según el autor, hace que surja “tecnología” por todas partes). Para justificar dicha falacia, el autor fuerza y estira el significado del término “tecnología” más allá de lo razonablemente admisible considerando que, dado que, según él, no podemos limitar exactamente la creación y el uso de tecnología sólo a determinadas especies (porque, según cómo se defina la tecnología, dicha creación o uso abarcaría a un mayor o menor número de especies), lo mejor es asumir que no existe dicho límite en absoluto y que todo en el universo (sea animal o no, esté vivo o no) es, crea y usa “tecnología”. Evidentemente, si uno estira un concepto (sea el de tecnología o cualquier otro) lo suficiente como para abarcar cualquier cosa, todo acaba pudiendo ser incluido en dicho concepto. Pero, cuando se hace esto, lo que termina sucediendo es que las palabras o expresiones acaban no significando nada en absoluto y, por tanto, dejan de ser útiles para comunicarnos real, correcta y eficazmente.

En realidad, el autor realiza ilegítimamente una generalización absoluta (todo es “tecnología”; la “tecnología” está en todas partes) a partir de la observación de unos pocos casos (uso de “tecnología” por parte de algunos seres vivos). Sería éste un ejemplo del llamado problema de la inducción. Es cierto que a menudo, por desconocimiento de todos y cada uno de los casos particulares existentes o posibles, hemos de basarnos en generalizaciones inductivas, pero aún así hay unos límites y reglas, no todo vale. Sin embargo, el caso del “Pantechnikon” del Dr. Skrbina, con su uso ambiguo y elástico de las definiciones de tecnología para que así éstas lo abarquen todo y justifiquen su generalización, huele demasiado a abuso.

h.  Pampsiquismo. No muy diferente es el caso del llamado “pampsiquismo”, teoría metafísica de la que, según parece, el autor es uno de los principales exponentes en la actualidad.[45] Según esta tesis, todo tiene inteligencia, consciencia, subjetividad, sensibilidad, mente, espíritu y/o intención, desde el universo en su conjunto hasta cada una de sus partes constituyentes, en cada uno de los posibles niveles de complejidad. Sería ésta pues una forma modernizada de los tradicionales panteísmo y/o animismo. Y digo “modernizada” porque el autor trata de referirse a la ciencia moderna (o más bien a sus limitaciones) para justificarla.

El Dr. Skrbina echa mano de dicha teoría para afirmar que el sistema tecnológico tiene intención y consciencia y que éstas no son sino una expresión concreta de la mente del universo, argumentando que  (y aquí es donde el autor vuelve a hacer de las suyas usando la “lógica” como le sale de las narices), dado que la ciencia siempre ha tenido serios problemas a la hora de definir y delimitar qué es la consciencia o la mente, entonces todo tiene consciencia y la consciencia o mente está en todas partes. Si el lector no ve cómo puede darse este salto lógico (de la indefinición de un concepto a la generalización del mismo), ya somos dos.

Según el autor, los efectos que la tecnología (especialmente la digital o informática) tiene en las mentes humanas se deben precisamente a esto, a que tanto la tecnología como nuestras mentes son expresiones de una mente que subyace a todo el universo. El hecho de que ambos, la mente humana y los sistemas informáticos, sean sistemas que trabajan exclusivamente procesando, emitiendo y recibiendo información, y que esto haga que los segundos interactúen e influyan en mayor grado y de forma más directa e intensa en la primera que otros sistemas tecnológicos no informáticos, parece ser una explicación demasiado sencilla, materialista y prosaica para el Dr. Skrbina. Tenía que meter por medio al “Logos” universal y metafísico, por supuesto.[46]

En estrecha relación con el pampsiquismo, estaría la defensa de la teleología o finalismo que realiza el autor en el libro. Según el Dr. Skrbina, los procesos que se producen en el universo, no sólo siguen una dirección y un sentido (hacia una mayor complejidad), sino que responden a un propósito o finalidad preestablecidos. ¿Por quién? Pues por la propia realidad que, como ya hemos visto, tiene consciencia y voluntad según el autor. Y, ¡cómo no!, el sistema tecnológico también tiene mente, voluntad e inteligencia y persigue conscientemente sus propios propósitos.[47]

Desde tiempos inmemoriales los seres humanos han proyectado sus rasgos psíquicos sobre el resto de la realidad. Esto parece ser una característica universal, que sólo algunos seres humanos, sólo algunas veces y sólo en parte, logran superar mediante un esfuerzo racional y consciente. Evidentemente, el autor no es uno de ellos; al contrario, por mucho que diga que lo suyo no es “antropomorfismo descuidado”,[48] lo que él hace es precisamente empeñarse en justificar teóricamente dicha proyección.

i.    Inutilidad práctica Por último, además de la muy cuestionable validez y respetabilidad del contenido de la filosofía metafísica del autor, cabe plantear serias dudas sobre su utilidad práctica a la hora de poner en cuestión y combatir el sistema tecnoindustrial. El Dr. Skrbina pretende hacernos creer que la metafísica es algo de suma importancia a la hora de enfrentarnos adecuadamente al problema de la tecnología moderna[49] pero, ¿qué otra cosa podríamos esperar de un profesor de (historia de la) filosofía que vive precisamente de y para escribir y debatir sobre esos temas?

La verdad es que la filosofía metafísica, más allá de unos mínimos básicos, no sólo carece de utilidad práctica, sino que puede acarrear muchos inconvenientes, desviando la atención y las energías de los asuntos prácticos en que deberían centrarse aquellos que pretendan combatir seriamente el sistema tecnoindustrial, atrayendo hacia dicha causa a gente soñadora, fantasiosa y poco práctica y repeliendo a aquellos que tengan los pies en el suelo y pretendan obtener resultados reales y útiles. Por supuesto que todo el mundo, lo reconozca o no, tiene unas ideas o posturas metafísicas básicas y que éstas se deberían tener y dejar claras en la medida de lo posible antes de pretender juntarse con otros y actuar en contra de la sociedad tecnoindustrial, para evitar incongruencias e incompatibilidades en el discurso y en la práctica. Y por supuesto que todo individuo o grupo orientado a un fin tiene una ideología, lo reconozca o no, que se basa, más o menos coherentemente, en unos principios filosóficos, los cuales dará a conocer y defenderá de forma más o menos explícita al difundir y aplicar dicha ideología. Pero más allá de eso, pensar o discutir sobre metafísica es completamente inútil, o incluso contraproducente, a nivel práctico.

Tras la lectura del libro, uno se queda con la sospecha de que el principal objetivo del autor no es precisamente acabar físicamente con la tecnología moderna, sino más bien especular, divagar y meramente proponer ciertas teorías, ideas y posturas filosóficas y, por supuesto, tratar con ello de hacerse un nombre en ciertos entornos académicos y quizá “políticos”[50]. Sin embargo, el autor parece no entender que la innecesaria introducción de teorías metafísicas antimaterialistas y estrambóticas como el pampsiquismo, la teleología o la tesis del “Pantechnikon”, así como su dispersión, desorden y falta de rigurosidad intelectuales a la hora de tratar de explicar y criticar el desarrollo tecnológico, lo único que le acarrearán, irónicamente, a ojos del público más sensato y racionales el descrédito.



[1] Reseña a cargo de Último Reducto del libro de David Skrbina, The Metaphysics of Technology (Routledge, 2015). Libro en inglés.

[2] Véanse, por ejemplo:  La entrevista “Catching Up With the Unabomber. When Does the End Justify the Means?” (fecha y medio original desconocidos, actualmente puede leerse en: https://www.thepsychopath.org/catching-up-with-the-unabomber-when-does-the-end-justify-the-means/); la entrevista “David Skrbina on Ted Kaczynski, Technological Slavery, and the Future of Our Species”, en el canal de YouTube Manifold, episodio 7, 4 de abril del 2019 (https://www.youtube.com/watch?v=ZmAqKsasNKk&list=WL&index=48&t=3s); la entrevista “The UNABOMBER, Post-Tech Society & Metaphysics of Technology w/ David Skrbina”, en el podcast Last Born In The Wilderness nº73 (https://soundcloud.com/lastborninthewilderness/episode-73-david-skrbina); la entrevista aparecida en el programa de la North Carolina Public Radio “The story”, el  20 de marzo del 2013: “Penpals with Unabomber” (fue borrada de la página web de la NCPR, pero aún puede escucharse en: https://archive.org/details/20130320PenpalsWithUnabomber); y el artículo “The Unabomber's Pen Pal” de Jeffrey R. Young, en The Chronicle of Higher Education, 20 de mayo del 2012 (https://www.chronicle.com/article/The-Unabombers-Pen-Pal/131892/). Todas ellas en inglés.

[3] Véase por ejemplo el panfleto “The Grand Revolution: Toward an End to the Technological System” (1 de diciembre del 2019): https://drive.google.com/open?id=1ZDN_mXk5vUT32x-ylhz9zrSB9TMyMTG- . Texto en inglés.

[4] “Creative reconstruction” en el original.

[5] En la Parte  I (“Metaphysis”), capítulos 2, 3, 4, 5 y 6  (páginas 19-88 y 90-114) y en la Parte II (“Praxis”), capítulos 7, 8 y 10,  (páginas 117-177 y 211-235),  además de en las  páginas 183-201 del capítulo 9.

[6] Sobre todo en el capítulo 1 (páginas 9-18), en las páginas 89-90 del capítulo 5, en  las páginas 178-183 y 201-210 del capítulo 9 y en los capítulos 11, 12 y Epílogo (páginas 236-290).

[7] Véanse, por ejemplo, páginas 62 (comentando a E. Chaisson) y 202.

[8] Por ejemplo: “Los niveles más altos de estructura ordenan y organizan los niveles más bajos –a veces de forma benigna, a veces de forma destructiva, pero siempre con una pérdida de autonomía para los órdenes más bajos y una ganancia para los más elevados” (página 81).

[9] Páginas 205-208.

[10] ¿Acaso no eran también “humanos” los cazadores-recolectores?

[11] ¿Por qué el reloj mecánico? ¿Por qué no, por ejemplo, la máquina de vapor?

[12] Página 11.

[13] Sólo por mencionar algunos, sin entrar a comentarlos: según el autor (que presume de tener formación en física), la ley de la gravedad puede ser desafiada (página 279); Karl Popper y Thomas Kuhn demostraron que toda teoría científica es “intrínsecamente falsa” (página 140, nota 14); y dos de los principales conflictos morales de la sociedad moderna son copiar en los exámenes y las “tentaciones sexuales” –pornografía, infidelidad, etc.- (páginas 256 y 261-262).

[14] Página 10

[15] Cursiva en el original. Páginas 10-11.

[16] Página 95

[17] Página 11.  

[18] Página 13.

[19] Por ejemplo: “[L]a realidad es completamente natural. No existe un mundo sobrenatural. Mi enfoque aquí es completamente naturalista y monista. … Todo lo que existe en el mundo físico es, en el sentido más profundo, natural –es decir, de la naturaleza. Toda tecnología es natural. Por supuesto a menudo pensamos en ella como en algo artificial. … Algo hecho por las artes o destrezas humanas. Pero obviamente, los seres humanos somos seres naturales y por tanto nuestras obras y acciones son también naturales, es decir, son la naturaleza actuando sobre sí misma” (página 16); y “No me siento cómodo [con los dualismos incoherentes]. La única distinción válida aquí es que la tecnología hecha por el hombre es naturaleza de segundo orden, ‘naturaleza hecha por la naturaleza’ … y que ese hecho distingue la técnica de la naturaleza de primer orden, el Technê-Logos como es manifestado por los procesos universales. Hay una diferencia, pero es de grado, no de clase” (página 192). 

[20] “A un nivel fundamental, asumo que el cosmos es una unidad. La descripción metafísica última del universo debe referirse, en el fondo, a una única sustancia, principio o entidad. Simplemente, carecemos de una base racional para asumir una dualidad o pluralidad ontológica. Los problemas de interacción, generación y explicación parecen insuperables para cualquier esquema no monista. El monismo es parsimonioso y elegante” (página 16); y “El concepto de múltiples planos de realidad plantea multitud de problemas conflictos de interacción y parsimonia que se pueden evitar con un esquema monista” (página 75).

[21] Por ejemplo: “No niego la realidad de dichas distinciones; son evidentes y han sido objeto de estudio durante al menos dos mil años. Lo que sí niego, en cambio, es que tengan importancia metafísica” (página 17).

[22] Por ejemplo: “Pero la tecnología también daña el mundo no humano de la naturaleza” (página 79); “[D]efender la tecnología … sería el colmo de la irracionalidad –tanto desde el punto de vista del hombre individual como desde el de la naturaleza” (página 152); o “La tecnología se acelerará hacia una verdadera autonomía … mientras la humanidad y la naturaleza se acercan  a su punto de ruptura” (página 281). Cursiva añadida.

[23] Por ejemplo, en la cita de la página 79 mencionada en la nota de pie de página 22 de esta reseña.

[24] Página 16.

[25] Por ejemplo, en las páginas 9 ó 119.

[26] Después de leer todo el libro, con muchas de sus páginas dedicadas a las nociones que los filósofos griegos de la Antigüedad tenían de lo que ellos llamaban “Technê” y “Logos”, uno se queda sin saber bien qué significan dichos términos para el autor (especialmente “Technê); en parte porque el autor a menudo ni siquiera acaba de explicar concreta y claramente a qué se referían los griegos con ellos (menos aún qué piensa él acerca de esos significados antiguos), en parte porque distintos filósofos griegos los definían y entendían de un modo diferente y, en parte, uno llega a sospechar, porque no hay mucho que entender tras toda esa humareda metafísica. Simplemente, los griegos inventaron conceptos y teorías vagos, etéreos y metafísicos para referirse a lo que el limitado desarrollo de la ciencia de su época les impedía llegar a entender y conocer realmente de manera no especulativa. Igual que han hecho el resto de los seres humanos en todas las épocas, incluida la actual.

[27] “A pesar de lo que podamos desear, y a pesar de nuestro antropocentrismo religioso el universo no existe para nuestro beneficio” (página 286).

[28] “La metafísica busca los principios generales que atraviesan las distinciones categóricas … Cuando introducimos las distinciones humano/animal o artificial/natural, hemos de justificar esas distinciones de un modo que no implique un petición de principio. Esto es una tarea difícil, en el mejor de los casos. … desde una perspectiva metafísica, por tanto, deberíamos ser radicalmente no antropocéntricos” (página 17).

[29] Por ejemplo, en las citas mencionadas en la nota de pie de página 22 de esta misma reseña.

[30] Véase, por ejemplo, la cita a que se refiere la nota de pie de página 34 de esta reseña.

[31] “Durante la Era Humana … nosotros estábamos en las capas superiores de la existencia. … El mundo era nuestro para hacer con él lo que quisiésemos” (página 272).

[32] “Añado aquí que no estoy diciendo que estas acciones sean factibles. De hecho, desde cualquier enfoque convencional, son completamente imposibles” (página 278).

[33] Ver, por ejemplo, páginas 95-96 (citando y comentando a René Dubos).

[34] Página 170.

[35] “Technology is not evil” (páginas 266 y 272).

[36] Es también posible que el autor aquí se refiriese a que la tecnología no es malvada, es decir, a que el mal que la tecnología causa no se debe a que ésta tenga mala intención, sino a que es un mero efecto inevitable y no intencionado del funcionamiento de un sistema ciego y no consciente. “[La tecnología] es poderosa y es indiferente, y eso es lo que la hace peligrosa” (página 266).  “[La tecnología] no actúa por malevolencia, sino por necesidad” (página 272). Pero entonces, el Dr. Skrbina estaría contradiciendo su propia postura pampsiquista que afirma que la tecnología tiene consciencia y voluntad y que, por tanto, actúa intencionadamente (véase más abajo en esta misma reseña).

[37] Por ejemplo: “Las herramientas de comunicación trepidantes, tales como Twitter, podrían dañar la ‘brújula moral’ del cerebro al impedir que éste tenga el tiempo necesario para la reflexión moral. Esto a su vez podría llevar a una sensación de indiferencia ante el sufrimiento humano” (página 262). Sin embargo, ¿no podría también existir un sentido moral más allá o incluso aparte de la sensibilidad ante el sufrimiento ajeno? La auténtica moral no se reduce a la compasión, y a veces puede incluso ser contraria a ella.

[38] Por ejemplo: “Para el siglo XIII la civilización occidental había alcanzado su cénit; entonces entró en un periodo de decadencia gradualmente acelerada. Ciertamente al inicio de la Revolución Industrial –digamos 1750- la cultura humana comenzó definitivamente un declive pronunciado y continuo, a nivel mundial, en todas las áreas de actividad. … La tendencia general, durante [los últimos] cientos o incluso miles de años, ha sido descendente” (páginas 273-274).

[39] El progreso es la creencia en que los procesos históricos de desarrollo social y cultural (incluido el desarrollo tecnológico), e incluso la evolución del mundo natural, suponen siempre o, al menos, en líneas generales mejoras absolutas. Para el defensor del progreso (el progresista) lo posterior, moderno o nuevo suele ser mejor que lo previo, antiguo o viejo, meramente por ser más reciente.

[40] Por ejemplo: “La evolución … actúa hacia ‘lo mejor’” (página 46); o “Cuando no estamos ascendiendo, estamos descendiendo. Esto es una ley de la evolución” (página 289).

[41] Y, por cierto, esto supone una contradicción más en el discurso del autor, que por un lado considera que nuestra naturaleza está adaptada al modo de vida cazador-recolector nómada pero por otro lado dice que las mejores sociedades para que los seres humanos pudiesen vivir y para que la humanidad pudiese realizar plenamente su potencial fueron las civilizaciones antiguas (por ejemplo, páginas 206, 236, 269-270, 272 ó 273).

[42] Página 274.

[43] Por ejemplo, en referencia a los antiguos griegos: “Sus logros culturales fueron numerosos y bien conocidos: arte, arquitectura, literatura y filosofía, entre otros. Este grupo, consistente en solamente unos 30.000 ciudadanos atenienses, creó una de las cimas de la existencia humana, usando, según nuestros estándares, las herramientas más primitivas” (páginas 125-126). Aquí, el autor se olvida (¿convenientemente?) de los esclavos, metecos (extranjeros residentes), mujeres y demás “habitantes de segunda”, cuyo número, bastante mayor que el de los “ciudadanos”, se contaba también por decenas o cientos de miles en esa misma época y sociedad.

[44] Página 238, citando a Platón.

[45] Véase, por ejemplo, el punto “Contemporary” en la entrada “Panpsychism” de la Wikipedia: https://en.wikipedia.org/wiki/Panpsychism#Contemporary.

[46] Por ejemplo: “La tecnología es logos, y el logos es algo similar a una mente. La moderna tecnología de la información es en particular una manifestación profunda del Logos universal; es tanto el resultado como la encarnación de la razón cósmica. Como un tipo de mente concentrado e intenso, la tecnología de la información no puede dejar de causar efectos psicológicos en nosotros –que también somos formas de mente particularmente concentradas e intensas” (página 261); y “Toda creación es, de hecho, una reificación de la mente. Esto no puede dejar de producir un efecto psicológico” (pagina 287).

[47] Por ejemplo: “[D]esde la perspectiva pantécnica, el sistema tecnológico es un ente colectivo, con una inteligencia, una voluntad y un sistema de valores activos. Estas cualidades son una extensión del Pantechnikon universal que está teleológicamente orientado. Por tanto, nuestro sistema artificial actúa con un propósito, hacia fines concretos y en base a sus propios intereses autopercibidos” (pagina 218).

[48] Página 284.

[49] Por ejemplo: “Creo que sólo entendiendo la naturaleza metafísica de la tecnología podremos crear una respuesta adecuada” (página 170).

[50] Por ejemplo, quizá, en ciertos sectores ecologistas y relativamente críticos con la tecnología moderna, como la eco(filo)sofía, la ecología profunda, el neoluddismo, los “verdes”, los primitivistas, etc.