Las tierras salvajes de la historia

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PRESENTACIÓN DE “LAS TIERRAS SALVAJES DE LA HISTORIA

El texto siguiente, al igual que otros de los que aparecen en esta página[i], rebate una forma bastante clara, sensata y elegante ciertos argumentos postmodernos y humanistas que a menudo se esgrimen en contra del concepto de la Naturaleza salvaje, para tratar de ridiculizar su defensa y así justificar teóricamente su destrucción y domesticación.

De todos modos, el autor, como es habitual entre los conservacionistas, peca de cierto idealismo. Así, considera que “la principal razón por la que abusamos de la tierra … es ‘porque la consideramos una mercancía que nos pertenece’ en lugar de ‘una comunidad a la que pertenecemos’” e insinúa que al menos buena parte de la solución al problema de la destrucción y sometimiento de la misma pasa por adoptar como sociedad una ética de la moderación y la autolimitación en las relaciones con la Naturaleza. Sin embargo, lo primero es más bien una consecuencia y una justificación a posteriori del abuso, no su causa principal; y lo último ni es tan sencillo de lograr ni, de ser posible, resultaría por sí solo demasiado eficaz para conservar y recuperar la Naturaleza salvaje a largo plazo.

Otro defecto de este artículo es el carácter conciliador que el autor muestra hacia quienes pretenden anteponer o simplemente equiparar la justicia social con la defensa de la Naturaleza salvaje. En realidad, a menudo, ambos fines son no ya independientes, sino incompatibles a corto o largo plazo.

 

LAS TIERRAS SALVAJES DE LA HISTORIA

Por Donald Worster[ii]


Vivo en el norte de Kansas, una parte de los Estados Unidos que carece de tierras salvajes[iii] -sin grandes extensiones de tierra de cientos de millas que no sean usadas para producir materias primas. Esta zona fue en su día una pradera salvaje que se extendía hacia el norte hasta Saskatchewan; ahora, nos queda menos del 1 por ciento de la pradera original de hierba alta, y la mayor parte de la pradera de hierba corta ha desaparecido también.

Hace dos años, es cierto, Kansas consiguió por fin un área de pradera protegida. La lucha contra el Departamento de Agricultura[iv], la asociación de ganaderos y el exsenador Robert Dole (que se mostró reacio a gastar 10 millones de dólares en una nueva adquisición para el Sistema de Parques Nacionales pero no le importó gastar 1.000 millones de dólares en un avión para que la Guardia Nacional pudiese repeler a nuestros enemigos) fue larga y dura. Incluso ahora, con la Reserva Nacional de la Pradera de Hierba Alta[v] hecha una realidad legislativa, un hombre de negocios de Texas tiene su ganado allí, con un contrato de arrendamiento, y las fuerzas antiparque insisten en que el ganado se quede donde está; demandan que sea un monumento a la industria cárnica en lugar de que sea devuelto al bisonte y al berrendo. De todos modos, dicen, esa tierra nunca fue salvaje.[vi]

Este tipo de afirmaciones están obteniendo el apoyo, aunque no sea intencionado, de algunos de mis colegas en la historia medioambiental, muchos de los cuales me temo que no han pasado el suficiente tiempo entre esas buenas personas que dicen “trabajar para ganarse la vida” -los miembros del Departamento de Agricultura, por ejemplo- y no aprecian suficientemente lo duro que es tratar de establecer una ética de la limitación y la responsabilidad medioambientales en medio de los feroces defensores de la propiedad privada y el mercado. De otro modo, mis colegas serían un poco más cuidadosos respecto a los titulares sensacionalistas que promueven, como “La Naturaleza salvaje es una idea en bancarrota” [vii].

Ese no es el titular que William Cronon[viii] quería ver realmente cuando escribió el controvertido ensayo “The Trouble with Wilderness, or Getting Back to the Wrong Nature”[ix] publicado en el libro Uncommon Ground: Howard Reinventing Nature (1995). Lo que él quería decir, creo yo, es que a veces los defensores de las tierras salvajes han dañado su propia causa con una retórica inmadura que repele a las personas reflexivas y carece de cualquier tipo de compasión social. Tiene razón en este aspecto. El movimiento a favor de las tierras salvajes necesita más autoescrutinio, necesita un mayor compromiso con la justicia social -y, por encima de todo, necesita paciencia para leer a sus críticos con más cuidado. Por otro lado, Cronon y algunos de los demás autores de Uncommon Ground deberían tomar una dosis de su propia medicina. A veces han inflamado el discurso, pasado por alto el núcleo más profundamente ético del movimiento y creado unos pocos argumentos flojos propios -argumentos que requieren un examen y un desenmascaramiento críticos. Por consiguiente, con la esperanza de un debate que sea mutuamente más respetuoso y provechoso que el que hasta ahora hemos tenido, examino algunos de dichos argumentos. Ahí va mi lista con los principales errores cometidos por algunos historiadores medioambientales acerca de la naturaleza salvaje[x].

Error nº1: Norteamérica, nos dicen, nunca fue una “tierra salvaje” -ni siquiera algunas de sus partes.

Algunos historiadores revisionistas afirman ahora que los ignorantes europeos, alentados por sus fantasías acerca de una “tierra virgen” y por sus prejuicios raciales, lo entendieron todo mal. El continente no era una tierra salvaje; era un paisaje completamente domesticado y gestionado por los pueblos nativos. Fueron los indios, no las bajas tasas de precipitación ni las altas tasas de evaporación, los que crearon una vasta extensión de praderas que ocupaba desde el río Missisipi hasta las Montañas Rocosas y lo hicieron por medio de continuas quemas. Conducían las manadas de bisontes como si fuesen animales domésticos en un prado grande. Cultivaban las plantas silvestres e hicieron un huerto del lugar. Todo a lo largo y ancho del continente, civilizaron completamente esta tierra baldía mucho antes de que el hombre blanco llegase a ella.

Yo respeto la administración que realizaron los nativos americanos y no le quitaría mérito a ninguno de sus considerables logros, pero estas afirmaciones llevadas acabo por los historiadores son enormes extrapolaciones a partir de ejemplos limitados. Simplemente, dos millones de personas esparcidas por lo que son hoy en día Canadá y los Estados Unidos, armadas con herramientas primitivas de piedra, no pudieron  haber “domesticado” realmente todo el continente.1 Ni siquiera los 300 millones de estadounidenses y canadienses de la actualidad, armados con una tecnología mucho más poderosa, han domesticado completamente el continente aún; en los Estados Unidos, siguiendo un criterio estricto de evaluación, existen bajo protección unos 100 millones de acres[xi] de tierras salvajes prácticamente prístinas y más aún sin protección, y en Canadá las áreas sin carreteras, pueblos, minas o fábricas aún dominan la mayor parte del norte del país.

Algunos historiadores nos dicen además que los indios fueron expulsados de su tierra natal domesticada para crear una tierra salvaje para el hombre blanco. Ciertamente hubo una desposesión masiva, a menudo sangrienta y despiadada. Sin embargo, si nuestros parques nacionales, áreas salvajes protegidas[xii] y refugios para la vida silvestre eran en su día territorios de unos nativos americanos que cambiaban de identidad tribal a lo largo del tiempo, también lo eran los terrenos sobre los que se hallan nuestras ciudades, granjas, universidades e, incluso, las propias parcelas en que están construidas las casas que habitamos. ¿Qué debemos hacer ahora al respecto? ¿Deberíamos devolver todos los parques y áreas salvajes protegidas[xiii] a los nativos americanos? ¿Deberíamos abrirlas a la caza de subsistencia (por parte de gentes probablemente armadas con rifles modernos y motos para la nieve) o a la agricultura? Si lo hacemos, estamos lógicamente obligados a permitir que los nativos americanos recuperen igualmente nuestros campus, barrios residenciales y campos de maíz. Sin embargo, no he oído a nadie proponer en serio que las universidades de Los Ángeles o de Stanford les sean devueltas a sus “legítimos dueños”. ¿Por qué no? ¿Por qué los parques y las áreas salvajes protegidas son vistos como presuntas formas de expropiación mientras que la inmensa porción del país dedicada a usos económicos modernos no es realmente cuestionada? Obviamente, las reclamaciones de tierras de los indios no son lo que verdaderamente importa en este caso; lo que importa es desacreditar a los preservacionistas.

Una política más sensata sería averiguar si en la actualidad alguno de los 100 millones de acres de tierras salvajes protegidas[xiv] está violando derechos reconocidos en tratados válidos y, si lo hace, resolverlo en los tribunales o devolver las tierras a sus correspondientes dueños, como se haría con cualquier terreno en disputa. Sin embargo, no he visto a ningún historiador emprender realmente dicho proyecto de investigación acerca de las reclamaciones de terrenos dentro del sistema de áreas salvajes protegidas[xv]. Ni veo ninguna propuesta clara y definida acerca de dónde y cómo alterar el tamaño, la forma o las reglas que gobiernan nuestras áreas salvajes protegidas[xvi]. Mientras tanto, nótese que cualquier ciudadano estadounidense, sea indio o no, tiene acceso libre e igualitario a las áreas salvajes protegidas[xvii] de la nación, en cambio no se puede decir lo mismo del acceso a las universidades o a las zonas residenciales.

Error nº2: La naturaleza salvaje[xviii] no es algo real sino sólo una construcción social soñada por los románticos blancos y ricos.

Parte de este pensamiento sobresimplificado se remonta al libro de Roderick Nash Wilderness and the American Mind, el cual (a pesar de sus muchas virtudes) estableció una narrativa defectuosa que los historiadores medioambientales han plagiado desde entonces. La teoría, ahora generalizada, comienza hablando de una antigua e intensa hostilidad judeocristiana hacia lo salvaje, una cultura contraria a la naturaleza salvaje[xix] de unas proporciones y longevidad espectaculares. Dicha hostilidad supuestamente alcanzó un punto culminante en la Nueva Inglaterra puritana, cuando todo granjero miraba ceñudo al bosque al salir de casa. Luego, la teoría cambia hacia una dramática inversión de las actitudes a medida que los estadounidenses ricos, blancos, cultos, laicos y urbanos se fueron convirtiendo en románticos amantes de la naturaleza. Parte de la escasamente oculta moraleja de este cuento es que la gente corriente, sin una educación o sin ingresos, han sufrido un grave atraso cultural y no se puede contar con ellos para lograr ningún cambio medioambiental significativo. Pero una lectura más compleja del pasado sugeriría que el amor por la naturaleza salvaje[xx] no fue simplemente algo “descubierto” o “inventado” por unos pocos hombres ricos con títulos de Harvard o Yale a finales de una larga edad oscura.

Si uno asume esa teoría típica, entonces se vuelve muy fácil convertir todo el asunto en una polémica en contra de los esnobs elitistas que buscaban refugio en las tierras salvajes a expensas de los campesinos, los trabajadores, los indios o los pobres del mundo. Por supuesto que hubo y hay gente como esa. Si la teoría no contuviese en el fondo una pizca de verdad los revisionistas no conseguirían ningún tipo de audiencia en absoluto. Sin embargo, es una pizca muy pequeña, no toda la complicada verdad acerca de lo que la naturaleza salvaje[xxi] ha significado para la gente a lo largo de las épocas o de qué es lo que la lleva a protegerla hoy.

Contrariamente a la teoría establecida, el amor por la naturaleza (es decir, por las tierras salvajes) no fue meramente “una construcción cultural” del periodo romántico de Europa. Tiene unas raíces mucho más antiguas; puede que incluso tenga raíces en la propia estructura de los sentimientos y la consciencia humanos, remontándose lejos en el pasado evolutivo, trascendiendo cualesquiera patrones culturales. Los historiadores más recientes han tachado demasiado rápido de “esencialista” cualquier residuo profundo de humanidad y se han apresurado en reducir todo pensamiento y sentimiento a un mero producto de la cambiante marea de la “cultura”. El romanticismo decimonónico, con su glorificación de lo sublime, fue de hecho una importante expresión cultural, pero también puede ser entendido como un intento de recuperar y expresar esos sentimientos más profundos que en todo tipo de cultura han vinculado la belleza del mundo natural con una sensación de completitud y de espiritualidad. No se puede negar que el entusiasmo por las tierras salvajes en Estados Unidos fue una moda cultural, pero también se inspiró en esa sed de mundo natural que va más allá de lo cultural y que persiste a lo largo del tiempo y del espacio. Por último, impulsó en los Estados Unidos un espíritu de libertad nacido en la frontera, que en sí mismo reflejaba necesidades tanto culturales como biológicas. Más importante aún, ese entusiasmo fue compartido igualmente por pobres y ricos.

Los historiadores han tendido a pasar por alto el amplio atractivo que el movimiento por las tierras salvajes ha tenido para la sociedad, particularmente durante el siglo XX. Les gusta vincularlo a la imagen del impetuoso, aficionado a la caza mayor y adinerado neoyorquino Teddy Roosevelt, sobre todo si lo que es quieren satirizar un poco, e ignoran a todos los hombres y mujeres de orígenes más humildes que, antes y después de él, jugaron un papel importante en salvar las tierras salvajes. John Muir y Ed Abbey sin duda atrajeron bastante la atención, aunque los historiadores rara vez han apreciado el hecho de que sus orígenes fuesen rurales y sus raíces no fuesen elitistas. Ni han hecho mucho hincapié en los millones de aficionados a la naturaleza salvaje[xxii] a los que no les gusta matar grandes animales, ni sacar pecho y que no hacen pedidos del catálogo de Eddie Bauer[xxiii]. Y así, tras dejar fuera de la “construcción” de la naturaleza salvaje[xxiv] a la gente de la clase más pobre, los historiadores se vuelven y proclaman: “Mirad, la naturaleza salvaje[xxv] ha sido siempre un fetiche de las clases altas”. Y para acabar, con no poca condescendencia e incongruencia, deciden que hay que corregir la mala interpretación “ingenua” y popular que de esos asuntos hacen las masas.

 

Error nº3: la preservación de las tierras salvajes ha constituido una distracción que ha impedido afrontar otros problemas medioambientales más importantes.

¿Cuáles son dichos problemas, en concreto? La protección de la belleza menos exaltada cerca del propio hogar, no sólo en las remotas tierras públicas del Oeste, nos dicen. La salud y el bienestar de la gente urbana, en especial de las minorías empobrecidas, en los barrios en que viven. El uso inteligente y eficaz de los recursos naturales que proveen nuestros medios de vida. Reconozco que, para un ecologista, todas estas cosas constituyen problemas importantes a los que enfrentarse. Están relacionados entre sí de muchas formas y no deberían ser disociados y rígidamente compartimentados. En realidad, no conozco a ningún defensor de las tierras salvajes que esté tan obcecado como para negar la existencia, la importancia ni la interconexión de esos otros problemas medioambientales. Puede que haya alguno, pero yo no lo he conocido. Sin embargo, sí que he conocido a personas, y las voy a defender aquí, que, basándose en una profunda convicción moral, creen que la preservación de las últimas tierras salvajes del mundo es una obligación moral más elevada que limpiar el río Hudson o evitar la erosión de los suelos. Alguien que dedica su vida a los problemas de las tierras salvajes en lugar de a esos otros problemas no necesariamente está desorientado ni es inmoral ni necesita ser “reeducado”.

Sin embargo, el asunto histórico principal en este caso es aclarar si el movimiento a favor de las tierras salvajes de hecho ha hecho que disminuya significativamente el interés de los estadounidenses por otros problemas medioambientales. Se suele afirmar que sí, una y otra vez; se denuncia que, fuera de las áreas salvajes cuidadosamente protegidas, el campo es un desastre y que la “obsesión” de sus defensores por las tierras salvajes anima a muchos ecologistas a no hacer nada al respecto. A veces se dice que preservar las tierras salvajes da luz verde a los estadounidenses para explotar sin escrúpulos otros entornos menos prístinos. Pero, ¿dónde está la prueba de que esto haya sido así a una escala importante? La principal razón por la que abusamos de la tierra, como ya nos dijo Aldo Leopold hace tiempo, es “porque la consideramos una mercancía que nos pertenece” en lugar de “una comunidad a la que pertenecemos”. La protección de las tierras salvajes por sí mismas puede que no cambie esa situación, pero tampoco es responsable de ella.

Desde que se aprobó la Wilderness Act[xxvi] en 1964, los Estados Unidos han visto un extraordinario aumento del número de personas que se autodenominan ecologistas y los asuntos a los que se dedican van desde preservar los humedales que quedan y están amenazados por la construcción de centros comerciales hasta detener vertidos en reservas indias, pasando por conseguir que sean controladas las emisiones de las chimeneas de las industrias. El movimiento se ha hecho cada vez más diverso, inclusivo y amplio. Lejos de ser una distracción, ¡el ejemplo del activismo en favor de las tierras salvajes puede incluso haber servido de estímulo para que esa diversificación de la conciencia ecologista haya tenido lugar a lo largo de todo el país!

Vivo en un lugar en que la necesidad más inmediata, apremiante y práctica es crear una agricultura que sea menos destructiva para el suelo, el agua y la biota, junto con evitar que los especuladores inmobiliarios conviertan nuestros pueblos en desiertos culturales y biológicos. Formo parte de la junta directiva del Land Institute, el cual está tratando de satisfacer esta importante necesidad medioambiental. Sin embargo, todavía puedo acariciar la idea de una gran tierra salvaje no manipulada para este continente en la que los procesos de la evolución puedan seguir desarrollándose más o menos como lo han hecho durante milenios. ¿Mi compromiso con los intentos de salvar las tierras salvajes de Alaska me “separa” del lugar en que vivo? Algunos historiadores dicen que sí, pero las personas somos más complejas que eso. Al igual que a millones de otros estadounidenses, hay un amplio abanico de cosas que me preocupan, cercanas y lejanas. Puedo apoyar la Biblioteca del Congreso sin perder el interés por la biblioteca de mi localidad.

Tenemos un legado de mal uso de la tierra por todo el país. Nos ha dejado bosques, praderas y ciudades degradados y ese legado requiere una reforma profunda a lo largo de un amplio frente. Desarrollar una ética del cuidado y la moderación sea donde sea que vivamos y sea de donde sea que extraigamos nuestros recursos -en ese 95 por ciento de la superficie de la nación que no está protegida como áreas salvajes[xxvii]- es una necesidad clara e importante. ¿Cómo vamos a hacerlo y a avanzar hacia un uso inteligente, justo y sensato de la tierra que hay más allá de las áreas salvajes protegidas[xxviii]? Nuestra historia reciente no sugiere que necesitemos librarnos del “fetiche” de las tierras salvajes para lograrlo, ni que necesitemos deshacernos de los principales y más populares argumentos dados para preservar las tierras salvajes, los cuales en conjunto han funcionado bastante bien frente a una implacable oposición.

La naturaleza salvaje[xxix] ha sido un símbolo de la libertad para mucha gente, y se referían a la libertad en un sentido tanto primordial como cultural. Libertad, hay que reconocer, puede convertirse en otra forma de llamar a la irresponsabilidad. Sin embargo, casi siempre la preservación de la libertad de las tierras salvajes en Estados Unidos ha ido estrechamente unida a un principio moral de restricción que actúa como contrapeso. De hecho, este vínculo entre libertad y moderación puede que sea la característica más importante del movimiento en defensa de las tierras salvajes. Esos 100 millones de acres no existen sólo como un lugar en el que la evolución pueda continuar por sus propios medios y en el que los seres humanos podamos encontrar refugio de nuestras creaciones tecnológicas, sino también como un lugar en que podamos aprender la virtud de la autolimitación: hasta aquí conducimos, aramos, excavamos minas y talamos, pero no más allá.

Las antiguas religiones promovían la restricción moral entre sus seguidores mediante la práctica del pago de diezmos, una práctica que casi ha desaparecido completamente a causa del impacto de la revolución del mercado. Sin embargo, la práctica del diezmo es una idea demasiado buena para dejar que se pierda. Sin siquiera notarlo, hemos creado en la forma de áreas salvajes protegidas[xxx] una nueva manera más laica del diezmo de las antiguas religiones. Hemos apartado una pequeña porción del campo como la parte que le devolvemos a la tierra que nos mantiene, la tierra que estaba aquí antes que ninguno de nosotros. Aún no hemos pagado un diezmo completo, pero seguimos trabajando en ello.

Un lugar de autolimitación pero también un lugar de libertad para todos los seres vivos, las áreas salvajes protegidas[xxxi] han promovido, creo yo, una ética más amplia de la responsabilidad medioambiental por toda esta nación. Lejos de ser una obsesión indefendible, la preservación de las tierras salvajes ha sido uno de nuestros logros más nobles como pueblo. Sin caer en grandilocuentes declaraciones sobre el excepcionalismo estadounidense, diré que este es un modelo de actuación virtuosa para que otras sociedades lo estudien y emulen. Esto no quiere decir que los historiadores se hayan equivocado al criticar las debilidades del movimiento en defensa de las tierras salvajes. Sólo se han equivocado cuando han denigrado al movimiento en su conjunto, han animado imprudentemente a los enemigos de éste y han creado malos argumentos históricos. Hemos de recordar que el peligro real que afrontamos como nación no es amar demasiado las tierras salvajes sino amar más nuestros monederos.

Nota

1. Estoy usando la cauta pero rigurosa estimación de Douglas H. Ubelaker, de la Smithsonian Institution, aparecida en su artículo de 1988 “North American Indian Population Size, A.D. 1500 to 1985”, American Journal of Physical Antrhopology 77:291. Él calcula una densidad media de once personas por cada 100 kilómetros cuadrados, siendo la más baja de dos o tres en las regiones árticas y subárticas y la más alta de setenta y cinco en California. Las estimaciones de H. F. Dobyns en Their Number Become Thinned (Knoxville: University of Tennesse Press, 1983) son mucho más altas y controvertidas.



[i] Véanse, por ejemplo, “Contra la construcción social de la naturaleza salvaje” de Eileen Crist, “La auténtica idea de la Naturaleza salvaje” de Dave Foreman o “¿Es la naturaleza algo real?” de Gary Snyder, en esta misma página web

[ii] Traducción a cargo de Último Reducto de la versión reimpresa en Wild Earth. Wild Ideas for a World Out of Balance (Tom Butler, ed., Milk Weed Editions, 2002) del artículo “The Wilderness of History”, publicado originalmente en la revista Wild Earth 7, nº 3 (Otoño 1997). © 1997 Donald Worster. N del t.

[iii] “Wilderness” en el original. El término “wilderness” se refiere a los ecosistemas o zonas poco o nada humanizados. En el presente texto “wilderness”, salvo que se indique explícitamente de otro modo,  ha sido traducido como “tierras salvajes”. N. del t.

[iv] “Farm Bureau” en el original. N. del t.

[v] “Tallgrass Prairie National Preserve” en el original. N. del t.

[vi] “That land was never wilderness” en el original. N. del t.

[vii] “Wilderness Is a Bankrupt Idea” en el original. N. del t.

[viii] Cronon es uno de los más destacados críticos posmodernos de la idea de la Naturaleza salvaje. N. del t.

[ix] “El problema con las tierras salvajes, o volver a la naturaleza equivocada”. N. del t.

[x] “Wilderness” en el original. N. del t.

[xi] 1 acre = 0,4 hectáreas. N. del t.

[xii] “Wilderness areas” en el original. N. del t.

[xiii] Ídem. N. del t.

[xiv] Ídem. N. del t.

[xv] Ídem. N. del t.

[xvi] Ídem. N. del t.

[xvii] Ídem. N. del t.

[xviii]“Wilderness” en el original. N. del t.

[xix] “Antiwilderness culture” en el original. N. del t.

[xx] “Wilderness” en el original. N. del t.

[xxi] Ídem. N. del t.

[xxii] Ídem. N. del t.

[xxiii] Empresa estadounidense dedicada a la venta de ropa, calzado y material deportivo para la acampada, la montaña, la caza y la pesca. N. del t.

[xxiv] “Wilderness” en el original. N. del t.

[xxv] Ídem. N. del t.

[xxvi] La Wilderness Act (Ley de las tierras salvajes) es una ley que regula la declaración y protección de áreas salvajes en Estados Unidos.  N. del t.

[xxvii] “Wilderness” en el original. N. del t.

[xxviii] Ídem. N. del t.

[xxix] Ídem. N. del t.

[xxx] Ídem. N. del t.

[xxxi] Ídem. N. del t.