Los límites de la iluminación espiritual, Dos caminos divergentes, El ocaso del mundo integral

Nota: para ahorrar espacio, aquí sólo hemos puesto la presentación y los títulos de los artículos. Hemos añadido un enlace en cada uno de los títulos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título de cada artículo.

Presentación de “Los límites de la iluminación espiritual”, “Dos caminos divergentes” y “El ocaso del Mundo Integral

Tomamos contacto con los textos de Tomislav Markus (1969-2010) a través de “Bienvenidos al Pleistoceno, vuestro hogar”[a] y a partir de ahí nos interesamos por sus ideas, fundamentalmente por lo que él llamaba teoría de la discontinuidad biosocial (de forma muy resumida, la incompatibilidad entre la naturaleza humana y las formas de vida civilizadas). Tras leer algunos de sus textos disponibles en inglés, nos sorprendió la existencia de bastantes puntos comunes entre algunas de sus ideas y las planteadas por Naturaleza Indómita.

Entre esos puntos en común se encuentran la defensa de un modo de entender la realidad científico y materialista, la defensa de la existencia de una naturaleza humana y la comprensión de la profunda incompatibilidad entre ésta y las sociedades civilizadas. Además, Markus critica más o menos acertadamente aquellas ideas que defienden que los humanos son siempre seres superiores y completamente ajenos al resto de la naturaleza e independientes de ella y que los ideales, los valores y las creencias son los que determinan las características de las sociedades o del comportamiento humano. También defiende este autor una postura radicalmente antiprogresista muy digna de ser tenida en cuenta.

Otro aspecto a destacar es que Markus, historiador, investigador en el Instituto Croata de Historia[b], era lo suficientemente honesto y valiente como para plasmar las conclusiones lógicas últimas del desarrollo de sus ideas: que las sociedades civilizadas son, por sus características intrínsecas, las causantes de muchos de los problemas que afrontamos en la actualidad (y en el pasado). Lo que el autor llama “problemas antrópicos” (los problemas sociales y ecológicos causados por la propia estructura y actividad de las sociedades humanas). Puede parecer algo poco relevante pero, hoy en día, por desgracia, son muchos los científicos e intelectuales que no se atreven a plasmar abiertamente todas las conclusiones lógicas que se derivan de sus estudios.

Centrándonos en los textos que vienen a continuación, a pesar de estar centrados en la crítica de las teorías del “gurú” Ken Wilber[c] y sus seguidores (en realidad una rama pseudorracional de la Nueva Era), creemos que los lectores inteligentes serán capaces de extraer conclusiones generales aplicables a otras muchas ideologías y corrientes de pensamiento actuales, y por ello los publicamos.

Hay en estos textos algunas afirmaciones que son demasiado generales o vagas; o incluso más que cuestionables.

Por ejemplo, las generalizaciones sobre las sociedades cazadoras-recolectoras, que parecen constituir para el autor una cultura homogénea, cuando la realidad es que existen y han existido enormes diferencias entre ellas en lo relativo a la paz, la igualdad, etc. En realidad, Markus cae en una idealización de los cazadores-recolectores, no muy distinta de la que cometen los primitivistas. Según él, dichas sociedades carecían de “problemas antrópicos”. Sin embargo, una cosa es decir que aquellas sociedades eran las que mejor se ajustarían a nuestra naturaleza, debido al largo proceso de evolución y adaptación por selección natural que nuestra especie experimentó durante los miles o millones de años que vivió de esa manera, y otra insinuar que eran casi perfectas (según él, los únicos problemas que había en ellas eran prácticamente los esporádicos infortunios causados por las condiciones naturales). Esto último es o bien una ingenuidad o bien un ejemplo de deshonestidad intelectual (tratar de ajustar la realidad y los hechos a la teoría y no al revés). Más allá de si se elige como referencia a unos antropólogos u otros según las propias inclinaciones ideológicas de cada cual, el verdadero problema es que hay unos hechos empíricos que han de ser asumidos y explicados. Y las teorías que niegan o quitan importancia a cosas como la guerra u otros problemas sociales o ecológicos, que de hecho se daban en al menos algunas sociedades cazadores-recolectoras nómadas, simplemente niegan estos hechos.

Pero, quizá aún más preocupante que lo anterior aunque muy relacionado con ello, es que a pesar de haber llegado muy lejos en su crítica y cuestionamiento del progresismo y de las sociedades civilizadas (incluida la industrial), en realidad , en estos textos el autor en muchos aspectos se sigue basando en algunos de los valores flojos convencionales imperantes en la sociedad moderna. Según parece, para él, cosas como la guerra, la violencia o la desigualdad, etc. son algo malo de forma absoluta, y lo han sido desde su origen (que él, de forma poco convincente, sitúa en el Neolítico). En ningún momento parece pararse a pensar que quizá en ciertos casos, circunstancias y sociedades (incluidas las cazadoras-recolectoras nómadas), algunos de dichos supuestos males no lo fuesen tanto; que quizá cumpliesen una función, no sólo social, sino ecológica; que quizá formen, hasta cierto punto y en cierto modo, también parte de nuestra naturaleza y estemos biológicamente adaptados a ellos. Markus prefiere no poner en cuestión la idea relativamente moderna de la presunta maldad absoluta de estos rasgos sociales y, simplemente, niega su existencia en aquellas sociedades que él pretende ofrecer como referencia: las cazadoras-recolectoras.

También habría bastante más que decir sobre la expansión demográfica y tecnológica, Markus, en los textos siguientes, niega que tengan su base en nuestro pasado evolutivo, pero no explica dónde la tienen. ¿Cómo empezaron y por qué? ¿De dónde surgieron?

Otro problema es que, en estos textos, no se mencione en ningún momento la falta de libertad. Markus afirma que las necesidades humanas básicas son: “comunidad, pertenencia a un lugar, entorno limpio y salvaje, estabilidad social y ecológica, igualdad, paz, etc.” y que su ausencia es la causa de los “problemas antrópicos” y de la búsqueda de “escapatorias” o “compensaciones”. Puede ser que la libertad, entendida como el desarrollo de forma autónoma de nuestras tendencias y capacidades naturales, no fuera una necesidad humana básica para Markus, aunque también puede que esté incluida dentro del “etc.”. Si no la menciona porque para él no era una de las necesidades humanas básicas, está equivocado. Si, por el contrario, estuviera contenida en el “etc.”, no habría estado de más que el autor, al menos, la mencionase, ya que la negación de la libertad es una de las causas fundamentales de los actuales “problemas antrópicos”, probablemente mucho más importante que la ausencia de paz o de igualdad.

Del mismo modo, Markus tiende aquí a caer en el sobado y falso debate entre lo que podríamos llamar “Naturaleza ‘mala’” versus “Naturaleza ‘buena’” (o Hobbes/Malthus vs. Rousseau; competencia vs. cooperación; etc), inclinándose por la segunda postura. En realidad esta dicotomía es una simpleza, comenzando, como ya se ha dicho, por la estúpida asunción de que ciertas cosas, como la competencia o la cooperación, la violencia o la paz, la desigualdad y la igualdad, etc., son siempre malas o buenas por sí mismas, y siguiendo porque ni siquiera son siempre rasgos incompatibles entre sí. Así, por mencionar sólo un ejemplo en lo que respecta a la competencia y la cooperación, muy a menudo, muchos seres vivos (o grupos de seres vivos) son más eficientes a la hora de competir contra terceros precisamente porque cooperan entre sí. En tales casos, ¿estaríamos hablando de cooperación, de competencia o de ambas a la vez?

Otro problema típico del autor en estos artículos es su peculiar noción del concepto de la “moral”. Según él, la teoría de la discontinuidad biosocial en particular y la biología moderna en general nos dicen lo que está mal en el modo de vida de los seres humanos civilizados, y nos sugieren que la forma de vida adecuada es aquella a la que estamos adaptados: el modo de vida cazador-recolector, pero a la vez él niega que esto sea algo moral. Si hablar de lo que está mal o de lo que no lo está no es moral, entonces ¿qué lo es? Además, habría mucho que discutir acerca del carácter normativo de la biología (falacia del naturalismo). Básicamente: es imposible inferir lógicamente juicios de valor meramente a partir de hechos empíricos. Por mucho que Markus se empeñe y que a quienes compartimos en gran medida sus ideas y juicios de valor nos fastidie, el hecho es que establecer lo que está bien o mal o lo que se debe o no se debe hacer no es tarea de la ciencia biológica. Cuando la ciencia aparentemente dicta juicios de valor, deberes y fines es porque ha dejado de ser sólo ciencia. Y esto es un problema ya que disfraza de ciencia lo que no lo es para justificarlo fraudulentamente (ocultando así sesgos ideológicos, subjetivos, etc.).

Otro problema filosófico de Markus en estos textos es su monismo (o rechazo del dualismo) en lo que respecta a la relación entre lo humano y lo natural. Esta relación es un fenómeno mucho más complejo y lleno de matices de lo que suele sugerir la mera reducción de la misma al típico debate entre dos posturas opuestas: la dualista (o excepcionalista) que afirma que lo humano nunca forma parte de la Naturaleza, y la monista que afirma que lo humano es siempre natural. De hecho, el propio autor, al igual que muchos otros supuestos monistas, en la práctica acaba diferenciando entre lo natural y lo humano o artificial (o incluso lo antinatural) a pesar de todo.

Otro problema: si bien la opinión negativa del autor acerca del humanismo y del progresismo es muy atinada, a menudo en estos artículos, peca de ser excesivamente optimista, en el sentido de que parece que considera que tanto las ciencias naturales como incluso la mayoría de las ciencias sociales y humanidades han abandonado ya dichas posturas, cuando la realidad es bien distinta. De hecho, los casos de expertos en humanidades y ciencias sociales que son ciertamente críticos con el humanismo y el progresismo, como por ejemplo el autor, son realmente raros en la actualidad. Es más, incluso gran parte de los científicos de la Naturaleza (físicos, químicos, biólogos, geólogos, etc.) asumen en realidad posturas humanistas y progresistas, no sólo a nivel personal, sino también incluso en su trabajo científico.

Por último, un error lamentable y que fácilmente podría haber sido evitado: el autor parece haber creído demasiado en los cálculos y predicciones de los creyentes en el pico del petróleo, lo que le ha acarreado fracasar estrepitosamente en muchos de los pronósticos concretos que hace en sus textos. Si bien es cierto que la crisis energética es una amenaza real para el sistema tecnoindustrial y que es muy probable (aunque no seguro) que éste acabe colapsando espontáneamente de algún modo, aventurarse a dar datos exactos, no ya sobre las cantidades disponibles de combustibles fósiles (o de otras posibles fuentes de energía), sino incluso acerca de cuándo se producirán ciertos eventos (colapsos, crisis, picos, etc.), supone asumir una alta probabilidad de arriesgarse a meter la pata y hacer el bobo. Y lo peor es que los pronósticos fallidos de gente como el autor desacreditan su teoría en general a ojos del público, aun cuando ésta sea en su mayor parte correcta y muy digna de ser tenida en cuenta. Tratar de predecir de forma exacta lo impredecible no suele salir bien.[d]

En este sentido, hay que señalar que la idea del autor de construir una sociedad nueva y correcta, es igualmente una ingenuidad abocada al fracaso. Precisamente por la misma razón: los sistemas sociales en particular y la realidad en general son en gran medida impredecibles, y por tanto, imposibles de controlar y gestionar en base a una planificación previa. Un sistema social puede ser destruido con éxito, pero no puede ser construido con éxito siguiendo unos planes preestablecidos.

A pesar de todo lo anterior, estos artículos aportan una interesante crítica del idealismo presente tanto en ideologías políticas (por ejemplo, el anarquismo, el liberalismo, el socialismo/comunismo) como en creencias sobrenaturales o religiosas (como la Nueva Era, el cristianismo o el Islam).

 



[c] Kenneth Earl Wilber II (1949-), es un bioquímico y escritor estadounidense fundador de la llamada “Teoría Integral”. Basándose en una gran cantidad de pensadores de Platón y Aurobindo a Hegel y Piaget, así como en sus propias prácticas de meditación, Ken Wilber plantea la teoría integral como una síntesis entre la ciencia moderna y la espiritualidad tradicional dirigida a alcanzar una mayor comprensión de la evolución cósmica, biótica, humana y divina. N. del t.

[d] Véase al respecto del pico del petróleo: Reseña de The Party is over, en Naturaleza Indómita: http://www.naturalezaindomita.com/resenas/the-party-is-over.