Reseñas‎ > ‎

¿Hace falta la "Nueva Naturaleza"?

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en esta web podría resultar complicada, hemos añadido un enlace en cada uno de ellos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título del artículo.


Presentación de “¿Hace falta ‘La Nueva Naturaleza’?

A quien escribe esta presentación, pocos libros que haya leído le han parecido más desvergonzadamente sesgados y poco rigurosos que The New Wild de Fred Pearce. Este autor, que asombrosamente goza de una elevada reputación como periodista científico, comete innumerables atropellos contra la ciencia y la razón en dicho libro, con el descarado propósito de sumarse al carro del llamado “neoconservacionismo”, una corriente que en los últimos años está promoviendo la completa domesticación de la Naturaleza en la Tierra, con la excusa de que estamos en el “Antropoceno” y de que, por tanto, lo natural y lo artificial son supuestamente ya una misma cosa (o más bien que ya no queda Naturaleza que conservar). Para ello, los seguidores de esta corriente utilizan típicamente sin reparos una serie de argumentos falaces que van desde crear hombres de paja (afirmar que la conservación se basa en identificar “salvaje” con “virgen” o en defender un estado de equilibrio estático en los ecosistemas) hasta extraer conclusiones generales injustificadas a partir de datos puntuales. Lo peor es que ha tenido bastante eco en aquellos sectores menos ecológicamente informados (desde periodistas al público en general).

La siguiente reseña de Liam Heneghan señala acertadamente los principales defectos teóricos del libro de Pearce. Sólo hay que lamentar que Heneghan, al igual que otros muchos individuos interesados en la conservación, se haya tragado inocentemente el cebo envenenado de que la noción del equilibrio de la Naturaleza (o clímax) es algo obsoleto. Para empezar, la falsa idea de equilibrio de la Naturaleza entendido puramente como “estasis”, es decir, como ausencia total de cambio en los ecosistemas, jamás ha sido defendida por nadie que conociese mínimamente la Naturaleza (menos aún por biólogos o conservacionistas). Para continuar, una cosa es que la Naturaleza esté en constante flujo o movimiento y otra que dichos cambios no sigan nunca un ningún orden ni se ajusten a ciertos límites y reglas en ningún caso. A menudo existen equilibrios dinámicos en los ecosistemas (por ejemplo, clímax); suele haber cierta constancia incluso dentro del propio cambio o perturbación (por ejemplo, sucesiones). E incluso en aquellos casos en que las perturbaciones y los cambios parecen ser irregulares e impredecibles, hay ciertos límites, no todo vale, ni todo es posible. En ciencia el caos no es desorden absoluto, incluso en él hay cierto orden. Y para acabar, aun en el caso de que fuese cierta la exageración de que en la Naturaleza todo es perturbación, de ahí no se puede extraer como conclusión lógica que las perturbaciones artificiales son iguales que las naturales y deben ser no ya excusadas, sino incluso promovidas. Esto es hacer un uso ideológico torpe y deshonesto de ciertos “hechos científicos”.[1]

¿Hace falta “La Nueva Naturaleza”?: Las nuevas controversias ecológicas[2]

Por Liam Heneghan

 

Estoy escribiendo esto en una cafetería. Aparentemente hay una sola especie en este local abarrotado: un primate de tamaño medio con predilección por la perturbación. Sin embargo, sabiendo alguna que otra cosa acerca de la diversidad de las especies –soy zoólogo de formación- me doy cuenta de que hay más especies en este espacio que las que se ven a simple vista. De momento, piensen en cada ser humano como un tipo de ecosistema, constituido por sus células, tejidos y órganos nativos y piensen en los organismos no humanos como especies no nativas invasivas. 

Dejen a un lado en su mente las imágenes de esos molestos insectos y microbios que habitan las despensas de todas las cafeterías de la Tierra. Ignoren también los pensamientos acerca de la familia de ratones que pelean por las migajas que caen bajo la barra. Después de todo, la asombrosa diversidad de organismos que invaden el cuerpo primate es ya lo suficientemente inquietante, de modo que centrémonos en estas “invasivas”. Amebas se deslizan sobre encías ulceradas, ejércitos de microinvertebrados asaltan los recovecos más peludos y húmedos del cuerpo y la propia piel está tan cubierta de bacterias como el retrete de una gasolinera. Dentro del cuerpo el número de especies es impresionantemente elevado. Más de 1.000 especies de bacterias habitan en el intestino. Muchas no son polizones casuales sino microorganismos esenciales para la salud que metabolizan los nutrientes y sintetizan vitaminas. Seguro que entre las hordas invasoras hay unas pocas manzanas podridas. La peste[3], por ejemplo, es horrible. Y la viruela[4] es mejor evitarla. Sin embargo, la mayoría no causan más que moqueo, un sarpullido leve o un dolor de cabeza. Nada por lo que alarmarse –y, después de todo, usted se merece ese día de descanso del trabajo.  

A pesar de la clara utilidad de algunos de los miembros de nuestra casa de fieras corporal, y del hecho de que muchos de los demás aumentan la diversidad oportunamente, hemos declarado la guerra total contra los microbios. ¡Todo por unas pocas manzanas podridas! En vez de vilipendiar a estos extranjeros como a intrusos, yo sostengo que es hora de aceptarlos como la clave de nuestra salvación. 

Yo llamo a esta incipiente revolución en la ciencia médica la “Nueva Salud”. Es un punto de vista que es, por supuesto, opuesto a la vieja ortodoxia.   

Si los párrafos anteriores constituyesen la propuesta de un libro, no atraerían a ningún editor. De hecho, no deberían hacerlo. Después de todo, solemos ser razonablemente sofisticados en nuestra comprensión del daño corporal y normalmente somos capaces de distinguir entre organismos beneficiosos y perjudiciales. Sin embargo, a pesar de las alentadoras indicaciones procedentes de un conocimiento más matizado acerca de cómo las especies exóticas del cuerpo permiten mantener la salud humana, la aprensión acerca de la suciedad y los gérmenes persiste. En consecuencia, muchos médicos se preocupan por los daños causados por una erradicación demasiado celosa de los mismos. Entre otros daños evidentes, una panoplia de síndromes autoinmunes. De modo que mientras que los defensores de la “Nueva Salud” nos animan a favorecer a los microorganismos exóticos beneficiosos –por ejemplo, mediante la recepción de un transplante fecal que nos introduzca esa bondad sanadora justo por ahí, mantienen a la vez la firme resolución de erradicar a los organismos invasores perjudiciales. Después de todo, no se puede defender la peste.

A la defensa de la Nueva Salud que promueve una comunidad corporal saludable, pero desdeñosamente quita importancia a los impactos negativos de los organismos patógenos, la denomino “Nueva Salud 1”. Creo que todos coincidiremos en que dicho programa sería una amenaza para el público. A la defensa que mantiene una sensata distinción entre los organismos corporales neutrales o beneficiosos y aquellos que deberían erradicarse la llamo “Nueva Salud 2”. ¡Ciertamente, yo prestaría atención a la Nueva Salud 2!

Ahora bien, si en las frases anteriores escribimos “especies invasivas en el medio ambiente” en lugar de las diversas formas en que nos hemos referido a los organismos dentro y sobre el cuerpo, y “salud ecológica” en lugar de las expresiones referentes al bienestar personal, ¿no podríamos tener un modelo sólido para pensar acerca de los nuevos debates que están surgiendo en torno a la conservación de la biodiversidad? Las especies invasivas son, hablando en general, aquellas especies que los humanos transportamos a una región nueva, en la cual se reproducen, se extienden y causan daños ecológicos. Que muchas especies se han convertido en trotamundos es algo indudable. El asunto es éste: ¿Podría ser que, a pesar de lo que afirman las asunciones predominantes, las especies invasivas estén ayudando a la naturaleza en lugar de perjudicándola? ¿Podría ser que “las especies invasivas fuesen la salvación de la naturaleza”, tal y como Fred Pearce opina en The New Wild (2015)?  

La erradicación de invasivas es a menudo una actividad preparatoria para restaurar la “salud” de los sistemas ecológicos, independientemente de cómo se defina ésta. La restauración ecológica implica de forma habitual la reintroducción de especies nativas –no se puede tener una pradera de hierba alta[5], un hábitat geográficamente restringido, sin plantas de pradera. Sin embargo si, como afirma Pearce, la noción de la restauración está basada en un modelo obsoleto acerca de cómo funciona un ecosistema, ¿estará la restauración condenada al fracaso? ¿Podría ser que el acto de retornar un sistema ecológico a cierto estado anterior sea más una agresión que una bendición? 

Pearce plantea estas difíciles y oportunas preguntas. La ecología de la invasión está, relativamente hablando, en su infancia como disciplina, aunque ha aportado ya un andamiaje para las estrategias de gestión de la tierra orientadas a la conservación. En este mismo instante algún restaurador ecológico está cortando un arbusto invasivo, envenenando una hierba invasiva o quizá poniéndole una trampa a un mamífero no autóctono. Y con cortar, envenenar y atrapar, me refiero a matar; esta misión no es para pusilánimes. Además, es un negocio caro. La consiguiente restauración de la comunidad ecológica es costosa y está plagada de dificultades prácticas. La mitad de las veces, las invasivas problemáticas se regeneran o regresan a un sistema del que ya habían sido eliminadas, especialmente aquellas con problemas subyacentes que son el resultado de una mala gestión histórica por parte de los seres humanos.

Estos desafíos podrían animar a los científicos a ser cautelosos a la hora de aportar consejos y alentar a los practicantes a esperar a tener más información. Sin embargo, la extinción del Holoceno, o Sexta Extinción Masiva como la llaman algunos, produce una sensación de urgencia. Supuestamente, la tasa de pérdida de especies debida a la influencia de las perturbaciones causadas por los seres humanos rivaliza con episodios cataclísmicos de extinción del pasado, como el que eliminó a los dinosaurios a finales del Cretácico. Esta vez, nosotros, los humanos, somos el cometa, somos el mar que lo inunda todo. Muchos ecólogos afirman que las pérdidas debidas al daño ecológico causado por las especies invasivas están entre los cinco principales factores causantes de las extinciones contemporáneas. En resumidas cuentas: la incipiente ciencia de la ecología de la invasión está uniéndose a la práctica imperfecta de la restauración ecológica bajo el cielo rojo sangre de una catástrofe global.

Pearce pone el punto de mira en el edificio que se ha ido levantando en base a los esfuerzos contra la invasión. No sólo quita los ladrillos defectuosos, ni meramente sustituye el edificio por otro edificio nuevo. Más bien, le da la vuelta al edificio, poniendo toda la maldita construcción cabeza abajo. Dispuesto a poner patas arriba la cosmovisión de la conservación, escribe que “cuando son invadidos por especies extranjeras, los ecosistemas no colapsan. A menudo prosperan mejor que antes. El éxito de las exóticas se convierte en una señal del dinamismo de la naturaleza, no en su debilitamiento”. En otra parte, usando una metáfora médica de su propia cosecha, escribe: “las especies exóticas […] a menudo son exactamente la inyección en el brazo que la naturaleza real necesita”. Por tanto, los fornidos ecosistemas de la Nueva Naturaleza[6] -la teoría que aplaude a las especies invasivas como a nuestras nuevas salvadoras- son “normalmente más ricos de lo que lo eran antes.” Esto es audaz y estimulante. Pero, ¿es correcto? En su mayor parte, creo que no.

La Nueva Naturaleza de Pearce falla de la misma manera que falla el paradigma ficticio de la “Nueva Salud 1”, anteriormente descrito.  El libro toma unos pocos argumentos medianamente convincentes –diré más acerca de esto en breve- y los extrapola más allá de los límites razonables. Refuerza estos raquíticos argumentos con generalizaciones altisonantes, algunas de ellas tan amplias que te hacen soltar exclamaciones de asombro. Por ejemplo, Pearce declara, “cuando los ecosistemas cambian dramáticamente o simplemente ya no pueden satisfacer nuestras necesidades, buscamos chivos expiatorios y normalmente culpamos a nuestros compañeros extranjeros”. La afirmación es exageradamente categórica si se considera que las ciencias medioambientales señalan otras muchas presiones antrópicas de las que sospechar: el cambio climático, los suelos y aguas contaminados, etc. En The New Wild, Pearce de hecho está tan preocupado por no tirar al “bebé” (la noción de la inocuidad o utilidad de las especies nativas) con el agua del baño que decide conservar el agua del baño, a pesar de estar sucia y de ser tóxica incluso.

A favor de la Nueva Naturaleza, Pearce presenta los siguientes alegatos. Uno, las invasivas se añaden a la diversidad en lugar de suprimirla y, por tanto, la biología de la invasión tergiversa los peligros; dos, la demonización de las especies exóticas dice más acerca de quienes condenan las invasivas (son unos racistas xenófobos) que acerca de las propias especies; tres, denunciando lo que él llama una “mitología peligrosa” en lo concerniente a la ecología, ilustra cómo la naturaleza trabaja de manera diferente a cómo imaginamos; y cuatro, esboza cómo la práctica de la conservación se construye sobre una comprensión falaz de cómo funciona la naturaleza. Entonces, ofrece reiniciar la práctica de la conservación con su noción de “la Nueva Naturaleza”. De hecho, su visión de un mundo “compuesto de nuevas mezclas de especies nativas y exóticas, viviendo felizmente juntas, enriqueciendo nuestras vidas, manteniendo los ecosistemas y recargando las baterías de la naturaleza”, sería realmente adorable… Si no fuese porque no es correcta.

Pearce acierta claramente al argumentar que muchas especies no nativas son inofensivas o que realizan algunos servicios para nosotros o para otros componentes de la naturaleza. Con los dientes de león[7], por ejemplo, se puede hacer una ensalada deliciosa. En algunos casos las especies invasivas han sido incorporadas en la medicina tradicional. De hecho, éste es un axioma fundamental de la biología de la invasión: no todas las especies alóctonas persisten en el entorno, y de entre aquellas que lo consiguen, no todas se convierten en invasoras problemáticas. En su mayor parte, los biólogos expertos en especies invasivas son en realidad indiferentes respecto a la mayoría de especies no nativas. 

También es cierto que en algunas circunstancias las especies invasivas pueden ser más llamativas que dañinas; no siempre tenemos evidencias de daños. Las especies invasivas son legión, los investigadores son pocos y el tiempo es finito. Sin embargo, a veces hay amplia evidencia de que el impacto es inmenso. Pearce lo reconoce, a regañadientes, concediendo sabiamente que “a veces necesitamos defendernos de las plagas y las enfermedades, los inconvenientes invasores de nuestros espacios”. No obstante, les reto a ustedes, a tratar de encontrar algún ejemplo de una invasiva a la que Pearce no pueda investir de cierto encanto de un modo u otro. El kudzu[8], por ejemplo, es ampliamente considerado como una de las especies invasivas más problemáticas del sudeste de los Estados Unidos. Es una enredadera fijadora de nitrógeno que puede cubrir arbustos, árboles y estructuras humanas, y es ampliamente conocido por impedir que la luz llegue al resto de vegetación, matándola. Pearce reconoce que el kudzu “extiende su territorio unas 120.000 millas[9] al año”. Su crecimiento, se maravilla, “parece ajustarse a la imagen del Sur Profundo de los Estados Unidos como algo depravado y rebelde”. Quizá, sugiere, el kudzu podría ser utilizado para hacer mermelada –sin duda sería una mermelada deliciosa, depravada y rebelde. Mientras tanto, el kudzu le ofrece metáforas acerca del crecimiento al estilo americano. Y acaba su relato del kudzu con esta nota esperanzadora: “si logro desenmarañarlas [las metáforas] puede que llegue al corazón de la psique americana”.

Una de las estrategias del libro –ciertamente una estrategia razonable dado que el autor del libro trata de desafiar a la ortodoxia- es citar abundantemente a académicos inconformistas. Por ejemplo, citando a Jim Dixon, un botánico de la Universidad de  Glasgow, Pearce escribe: “Ninguna planta endémica [de Inglaterra] está siquiera remotamente amenazada por ninguna planta exótica”. Ésta es una declaración temeraria y provocadoramente falsa, dado que hay más de 300 especies de plantas británicas en la “Lista Roja” de Gran Bretaña, un compendio de las plantas en peligro de esa región. 

Sin embargo, la mayor parte de los disidentes cuyos argumentos utiliza Pearce para socavar las opiniones predominantes acerca de las especies invasivas son ellos mismos ecólogos –de hecho muchos se considerarían a sí mismos como ecólogos de la invasión. Esto no es nada raro, por supuesto, ya que la controversia, apoyada en nuevos datos, puede ser la esencia de los cambios de paradigma en la ciencia. Tales escaramuzas hacen avanzar a una disciplina. Por poner sólo un ejemplo importante, Dov Sax de la Universidad de Brown, cuyo importante trabajo con Steve Gaines de la Universidad de California, en Santa Barbara, acerca de la invasión y extinción en islas, es resumido por Pearce con aprobación. Sax y Gaines descubrieron que el número de especies de aves podía permanecer constante o podía descender tras el establecimiento en islas de poblaciones automantenidas de especies no nativas. La diversidad vegetal, sin embargo, solía aumentar más a menudo de lo que solía descender. Pearce considera esto como una victoria para su tesis. Según él, el estudio situó a Sax a la cabeza de “una nueva generación de investigadores que cuestionan la demonización de las exóticas”.  

Es indiscutible que estos descubrimientos provocaron un vigoroso debate entre los biólogos de la invasión. Uno de los puntos cruciales que merece ser destacado aquí (aunque Pearce ni lo menciona) es que los propios Sax y Gaines mostraron su preocupación acerca del significado de los datos sobre la invasión en islas. De los datos sobre aves, escribieron que significan “que muchas especies endémicas únicas se han perdido y han sido reemplazadas por especies más cosmopolitas procedentes de las masas continentales”. Además, hay que decir en su favor que tienen una idea matizada de la importancia del crecimiento del número de plantas en las islas invadidas. Especularon con que el recuento de especies podría de hecho seguir creciendo a medida que más plantas alóctonas colonicen las islas, y con que este aumento podría no tener consecuencias para otras especies. Sin embargo, según ellos, es igualmente probable que las nuevas plantas exóticas introducidas sigan colonizando islas, lo cual podría poner “a muchas especies nativas en peligro de extinción”. En resumen, Sax y Gaines son cuidadosamente evasivos. Sopesando las alternativas, reconocen francamente que no saben cuál de las dos es más probable. 

La estrategia de Pearce de resumir burdamente un argumento, o de utilizar citas idiosincráticas sin matizar o fuera de su contexto original, puede ser muy productiva a la hora de atraer defensores para su causa. No obstante, para aquellos a quienes les importan los matices y, por tanto, una descripción más precisa del estado de las cosas en la realidad, la estrategia resulta preocupante.   

Por supuesto, en el índice de The New Wild no hay entradas para los términos “xenófobo”[10] “nazi”, o “eugenesia”.[11] La inquietante implicación sugerida a lo largo del libro, sin embargo, es que la preocupación acerca de las invasoras no nativas está arraigada en nuestros instintos xenofóbicos innatos. Pearce empieza de forma bastante inocente: “Que quede claro, no estoy acusando a los ecologistas de ser unos xenófobos o misántropos ocultos, ni mucho menos unos racistas”. El alguna otra parte escribe: “Si bien nadie acusaría a los ecologistas actuales de ser fascistas secretos, este legado político […] es preocupante”. Sin embargo, es raro que Pearce deje escapar una sola oportunidad para dar a entender exactamente dicha motivación. Por ejemplo, escribe esto sobre el trabajo de los biólogos de la invasión: “el lenguaje exaltado, repleto de metáforas militares y xenófobas, ha seguido formando parte del discurso cotidiano de los científicos que investigan las especies exóticas, y aparece incluso en sus artículos de investigación”. Cuando no acusa a los principales investigadores de dicha disciplina de coquetear con la eugenesia, les aplica el sambenito de “gurús”. Daniel Simberloff, uno de los más renombrados ecólogos de la actualidad y editor de la revista científica Biological Invasions, es un “gurú”; Stewart Brand, el redactor de Whole Earth Catalog, es un “gurú”; e incluso Charles Elton, el zoólogo inglés que sentó las bases de la ecología del siglo XX y escribió el primer libro sobre invasiones biológicas en 1958, es un “gurú”. En resumidas cuentas, si hacemos caso a Pearce, la ciencia de la biología de la invasión es ideológicamente sospechosa, sus principales exponentes son unos fanáticos cuasi-religiosos, los practicantes de la conservación son unos histéricos y el público está sufriendo un lavado de cerebro.

En otro orden de cosas más alegre, Pearce realiza un trabajo útil al informar de cómo ha evolucionado la comprensión de las dinámicas de la naturaleza por parte de los ecólogos. La noción del “equilibrio de la naturaleza” ya no forma parte de la disciplina. Tampoco la idea  de que, en ausencia de perturbaciones humanas, las comunidades ecológicas se mantienen estáticas. La perturbación en la “nueva ecología” no es externa a un sistema ecológico sino que forma parte de la esencia del mismo. Todo esto parece bastante razonable. Si toda la naturaleza está fluyendo, y si los sistemas se unen, se separan y toman nuevas formas, entonces seguro que la distinción entre una perturbación humana y una natural es algo discutible. El transporte de especies alrededor del globo es razonablemente una extensión del deambular natural de los organismos en el planeta. Esta noción dinámica de la naturaleza juega un papel clave en el argumento de Pearce. Y esta perspectiva de hecho fomenta una nueva idea de las especies invasivas. Escribe: “si los ecosistemas son abiertos y dinámicos, entonces las especies exóticas tienen tanto derecho como las nativas a entrar a formar parte de ellos –y pueden ser igual de útiles”.

Sin embargo, nada de esto es completamente nuevo. Después de todo, las nociones acerca del equilibrio de la naturaleza han sido “atacadas por científicos disidentes, que las veían como paparruchas románticas o religiosas sin base científica”. De hecho, uno de los primeros ecólogos disidentes en expresar sus dudas acerca de un equilibrio en la naturaleza fue Charles Elton. Recuerden que Elton fundó la disciplina de la biología de la invasión y que era uno de los “gurús” criticados por Pearce mencionados más arriba. Elton decía esto ya en 1930: “‘El equilibrio de la naturaleza’ no existe, y quizá nunca haya existido. Las poblaciones de los animales salvajes están variando constantemente en mayor o menos medida, y las variaciones suelen ser irregulares en sus periodos y siempre son irregulares en su amplitud”. Más recientemente Daniel Simberloff (también mencionado como un “gurú” en el libro) escribía también acerca de este tema y llegaba a la conclusión de que, para los ecólogos académicos, “la noción de un equilibrio de la naturaleza es algo del pasado”. El concepto, dice Simberloff , “es inútil como marco teórico o como herramienta explicativa”.  

Cito a Elton y a Simberloff porque me gustaría dejar claro que, al contrario que Pearce, uno puede a la vez adoptar una perspectiva contemporánea acerca de los flujos de la naturaleza y sin embargo sostener la idea de que muchas especies invasivas son problemáticas y que su eliminación es un prerrequisito para los intentos de conservación. Por tanto, los intentos de restauración, la forma de conservación que a menudo defiende la eliminación de las invasivas como primer paso para reparar los ecosistemas dañados, no intenta, de hecho, volver la naturaleza a un equilibrio anterior. Más bien, intenta restablecer la trayectoria histórica de los sistemas ecológicos. Piénsese en ella de este modo: la restauración de ecosistemas degradados es como la restauración de la salud personal. Al restaurar la salud de un ser querido, nadie espera, creo yo, que la persona enferma vuelva de forma permanente a su juventud. Más bien, en el mejor de los casos, se lleva a esa persona de vuelta al camino que estaba recorriendo antes de ponerse enferma.

Con toda seguridad vamos a tener una Nueva Naturaleza queramos o no. En algunos casos, la Nueva Naturaleza contendrá nuevos ecosistemas sin análogos históricos. Este será ciertamente el caso en los entornos urbanos, en los que la conservación no es siempre factible o deseable. El problema es que también podríamos terminar aceptando la Nueva Naturaleza en lugares en los que la conservación es considerada como una prioridad y donde deseamos, por alguna combinación de motivos científicos y éticos,  proteger a criaturas raras. Temo que podamos acabar aceptando la Nueva Naturaleza basándonos en argumentos endebles pero seductores.

Pearce nos ofrece la Nueva Naturaleza 1, cuando lo que necesitamos es la Nueva Naturaleza 2. El libro utiliza, yo diría que incluso imprudentemente, datos mal investigados y sesgados. Parte de su peligro recae en el hecho de que ofrece una falsa sensación de confort y en que puede, por tanto, alentar la complacencia. Es una nana que nos adormece, cuando lo que necesitamos es una guía para una acción conservacionista más segura. Si, como el libro sugiere, no tenemos por qué preocuparnos por las especies invasivas, y si nuestros ambiciosos planes –de proteger de ser invadidas pequeñas áreas de elevada importancia para la conservación- están todos mal planteados, ¿cuál es el tipo de acción que propone la Nueva Naturaleza de Fred Pearce? Ninguno en absoluto. No hace falta que abandonemos la blanda comodidad de nuestros sillones.

 

 



[1] Acerca del uso ideológico de la llamada ecología del caos para justificar atentados contra la Naturaleza, véase, por ejemplo, en Naturaleza Indómita: Reseña de Discordant Harmonies (http://www.naturalezaindomita.com/resenas/discordant-harmonies).

[2] Traducción a cargo de Último Reducto de la reseña “Is there need for “The New Wild”?: The New Ecological Quarrels”, reseña del libro de Fred Pearce, The New Wild: Why invasive species will be nature’s salvation (Icon Books, 2015). La reseña apareció en Los Angeles Review of Books, 15 de octubre, 2015: https://lareviewofbooks.org/article/is-there-need-for-the-new-wild-the-new-ecological-quarrels. N. del t.

[3] Yersinia pestis. N. del t.

[4] Variola virus. N. del t.

[5] “Tallgrass prairie” en el original. Se refiere a un tipo de ecosistema nativo de las grandes praderas norteamericanas. N. del t.

[6] “The burly nature of the New Wild” en el original. En inglés hay más términos que en español para denominar a la Naturaleza (salvaje). Así, en este caso, tanto “nature” como “wild” significan “naturaleza” en inglés. Por tanto, se ha traducido esta frase de forma no literal para evitar una redundancia. N. del t.

[7] Plantas compuestas de los géneros Taraxacum y Leontodon. Son autóctonas de Eurasia, pero son invasivas en América. N. del t.

[8] Pueraria montana. Leguminosa originaria de Asia. N. del t.

[9] Se refiere a millas cuadradas. 1 milla cuadrada equivale aproximadamente a unos 2,6 kilómetros cuadrados. N. del t.

[10] “Xenophobe” en el original. N. del t.

[11] “Eugenics” en el original. N. del t.