Por qué el paisaje productivo no funciona

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en esta web podría resultar complicada, hemos añadido un enlace en cada uno de ellos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título del artículo.

PRESENTACIÓN DE “POR QUÉ EL PAISAJE PRODUCTIVO NO FUNCIONA

 

El siguiente artículo, como gran parte de los demás publicados en esta página, está escrito por un autor estadounidense y se basa fundamentalmente en datos y contextos referentes a los EE.UU. Sin embargo, como ya hemos señalado en otra parte (véase la introducción al apartado de textos sobre Naturaleza salvaje y teoría ecocéntrica, en esta misma página web), ello no impide que gran parte de su contenido y las ideas que en él se plantean tengan una validez universal. De hecho, el debate acerca del Antropoceno, que tanto revuelo está causando en los últimos años entre los conservacionistas estadounidenses, a los lectores europeos preocupados por el estado de la Naturaleza salvaje no nos resulta algo tan nuevo: el discurso de los defensores del Antropoceno, centrado en lo humano y favorable a la total domesticación de la Naturaleza, no es realmente diferente del que lleva promoviendo la inmensa mayor parte del ecologismo europeo desde sus inicios. En Europa occidental, los espacios naturales poco o nada humanizados son, desde hace bastantes siglos, mucho más escasos y reducidos que en Estados Unidos u otras partes del mundo. Esto, unido a la ausencia en gran parte de los países europeos (especialmente en los de origen latino) de una cultura que valore lo salvaje y, con ella, de un ecologismo no humanista, ha dado como resultado que los ecologistas europeos, en la mayor parte de las ocasiones, defiendan un ideal ecológico que representa una Naturaleza humanizada y degradada, sometida a la gestión y explotación humana y en el cual, a menudo, la cultura humana y sus productos acaban siendo considerados incluso más importantes que el entorno natural en sí. En Estados Unidos y otros países (como Canadá, por ejemplo), esto, en gran medida, no ha sido así, al menos hasta hace bien poco. Así, cuando aparecieron los promotores del Antropoceno, se produjo una fuerte reacción por parte de muchos de los abundantes conservacionistas que siempre tomaron lo salvaje como referencia fundamental. Y, precisamente debido a las analogías existentes entre el discurso de los defensores actuales del Antropoceno y el de la mayor parte del ecologismo europeo, es importante conocer dichas reacciones, ya que en gran medida sirven igualmente para poner en cuestión buena parte de las asunciones y metas antropocéntricas de este último. Esta es la razón por la que creemos que merece la pena publicar este texto.

En cuanto a los defectos del artículo, ya hemos señalado que el hecho de considerar como metas prioritarias la preservación legal de espacios naturales salvajes y la limitación intencionada de la población humana no va a lograr conservar la Naturaleza salvaje a largo plazo, debido a la constante y creciente presión que, mientras siga existiendo la sociedad tecnoindustrial, se continuará ejerciendo inevitablemente sobre la Naturaleza (veáse, por ejemplo, la presentación de “Naturaleza salvaje: ¿qué y por qué?” con respecto a la meta de la preservación legal de los ecosistemas, en esta misma página web).

También hemos criticado el idealismo que afecta a gran parte de los conservacionistas y que influye negativamente en su capacidad para identificar correctamente las causas de la destrucción de la Naturaleza y, por tanto, para actuar eficazmente sobre ellas (véanse , por ejemplo, la introducción al apartado de textos sobre Naturaleza salvaje y teoría ecocéntrica o la presentación de “Las tierras salvajes de la historia”, en esta misma página web).

Sólo queda señalar la torpe elección, a nuestro juicio, de la expresión “ecosistemas productivos” (“working ecosystems” en inglés) para referirse a los ecosistemas salvajes, ya que puede crear confusión en los lectores a la hora de discriminar entre ella y las expresiones similares, y con un significado totalmente opuesto, usadas por los promotores del Antropoceno, como “paisajes productivos” o “bosques productivos” (“working landscapes” y “working forests” respectivamente). Por tanto, pedimos a los lectores que pongan especial atención en este detalle a la hora de leer el artículo.

 

POR QUÉ EL PAISAJE PRODUCTIVO NO FUNCIONA

Por George Wuerthner[a]

 

Las palabras influyen en el modo en que pensamos acerca de las cosas. Usamos eufemismos para esconder o modificar la percepción de aquello que de otro modo podría producir reacciones negativas si usásemos una terminología más honesta. Decir “daño colateral”, por ejemplo, suena más inocuo que anunciar la muerte de civiles; de mujeres, hombres y niños no combatientes. “Interrogatorio coercitivo”, por poner otro ejemplo de lenguaje alternativo, se convirtió en una frase conveniente para la administración de Bush, cuando ésta había afirmado claramente que “este gobierno no tortura a personas”. En 1984, de George Orwell, el Ministerio de la Paz hacía la guerra.

George Lakoff, autor de Don’t Think of an Elephant, sugiere que los conservadores y la industria han pasado décadas definiendo ideas y eligiendo cuidadosamente un lenguaje atractivo para presentarlas del mejor modo posible. Uno de los términos más insidiosos usados para promover una agenda pro-desarrollo es paisajes productivos[b] y sus derivados, tales como “ranchos productivos”[c], “bosques productivos”[d], “tierras productivas”[e] o “ríos productivos”[f] (con presas hidroeléctricas). La última secuela del “paisaje productivo” es “ecosistema salvaje productivo”[g], expresión usada para denominar las operaciones de cría extensiva de ganado doméstico en el sudoeste de Estados Unidos.1 Las industrias extractivas han logrado acaparar con éxito el debate  sobre los valores mediante el uso frecuente de la frase “paisajes productivos”, interpretando en sentido positivo las tierras que están taladas, pastadas, cultivadas o modificadas de cualquier otro modo por los humanos.

La expresión “paisajes productivos” fue acuñada por la industria maderera en Nueva Inglaterra, buscando dar una imagen más agradable a la destrucción y la ruina que suponía para el paisaje natural y contrarrestar la, entonces popular y mucho más exacta, calificación de las tierras taladas como “Fábricas de Papel” o “Colonias de Papel”. Las noción de los paisajes productivos fue adoptada para hacer frente a las connotaciones negativas de “fábricas” y “colonias” en las mentes del público, con la primera insinuando chimeneas y la última evocando el imperialismo.

Por ejemplo, el folleto “Keeping Maine’s Forest”[h], publicado por un conjunto de compañías madereras y grupos conservacionistas y ecologistas no identificados, pregona las virtudes del “bosque productivo” por su capacidad de proveer de madera y de valores medioambientales. El folleto dice: “Los Bosques de Maine llevan siendo bosques productivos desde hace mucho tiempo, produciendo madera para barcos y edificios, pulpa para papel, leña y biomasa para calefacción y para producir electricidad. Los Bosques de Maine mantienen miles de puestos de trabajo para los ciudadanos de Maine y contribuyen con miles de millones de dólares a la economía de estado –todo ello a la vez que aportan servicios medioambientales críticos como la calidad del agua, el hábitat para la fauna salvaje y la fijación de carbono”.2

Posteriormente, la expresión “paisaje productivo”[i] ha sido ampliamente adoptada en todos lo Estados Unidos y es usada para describir actividades económicas basadas en la explotación de  recursos naturales, incluida la agricultura3, la ganadería extensiva4 y la tala5. De hecho, una búsqueda en Google ofrece 70 millones de resultados sólo para el término working landscape, sin incluir working forests, working ranches, working farms ni otras variaciones del tema.

Sorprendentemente, la expresión “paisaje productivo” ha sido adoptada por muchos miembros del movimiento ecologista o por gente con inclinaciones conservacionistas –a pesar de que “paisajes productivos” denota y pregona la domesticación de los sistemas naturales. En concreto, los defensores de la idea del “Antropoceno” –la presunción de que hoy en día los seres humanos controlan la Tierra y de que la deberían administrar inteligentemente- han abrazado la expresión “paisaje productivo” como pieza central de su programa de conservación.6 Incluso el jefe científico de The Nature Conservancy[j] dice que la meta de la conservación ya no es “preservar lo salvaje, sino domesticar la naturaleza más sabiamente”.7

El concepto de paisajes productivos muestra reminiscencias de la ética del trabajo puritana estadounidense. El mensaje implícito de los paisajes productivos es que estas tierras -controladas, modificadas, domadas y empleadas para los llamados fines productivos humanos- son de algún modo más valiosas, más funcionales, que las tierras naturales. De hecho, a menudo existe la idea de que si no gestionamos las tierras, éstas se degradan. Por ejemplo, el sitio de Internet Working Forest sugiere que la mayor amenaza para los bosques estadounidenses es la falta de gestión: “Los países ricos como los Estados Unidos aman tanto sus bosques que están matando muchos de ellos al dejar de administrarlos activamente”[k].8 Otro comentario, publicado en Internet por la Comisión de Productos Forestales de Idaho bajo el tópico título de “Working Forests”, se hace eco de esa misma actitud: “La extracción es también una parte esencial de una buena gestión que puede mejorar la salud forestal y mantener el crecimiento de nuestros bosques”.9

Otra cosa sería que los defensores de los llamados paisajes productivos meramente dijesen que las tierras son todavía capaces de aportar un valor de conservación limitado si son usadas para fines humanos, pero los partidarios de los paisajes productivos a menudo los defienden como alternativas deseables y/o “superiores” a los paisajes naturales.10 En un video recientemente aparecido en la Iowa Public TV, por ejemplo, el narrador hace la pregunta: “¿Cómo mantenemos los ecosistemas de nuestras laderas, costas y campiña para las futuras generaciones?”. Y entonces responde: “Transformándolos en paisajes productivos”.

Las tierras explotadas o usadas para propósitos humanos son propuestas como alternativas adecuadas a las tierras salvajes naturales, ya que a menudo son presentadas como una relación en que ambas partes salen ganando, con la gente explotando los sistemas naturales para obtener un beneficio utilitario, a la vez que la naturaleza, supuestamente, también sale beneficiada de dicha explotación.12 Esta justificación es similar a cómo los dueños de las plantaciones sureñas excusaban la esclavitud diciendo que la esclavitud beneficiaba a sus esclavos ya que se les daba trabajo, vivienda y alimento.13

Apelando sutilmente a la ética protestante estadounidense, el significado subyacente implícito en la expresión “paisaje productivo” es que los paisajes naturales y autónomos[l] que se hallan al margen de la manipulación y el control humanos no son productivos, útiles ni utilizados y no están funcionando a su máximo “potencial”. Para los partidarios de los “paisajes productivos”, estas tierras salvajes autónomas[m] no están contribuyendo a la salud y felicidad humanas -o al menos no a la prosperidad económica. En su opinión, no hay duda de que dichas tierras salvajes no están produciendo ganancias económicas para las empresas, los individuos o la sociedad.

Por el contrario, los “paisajes productivos” están ligados a beneficios económicos. En un número especial sobre los paisajes productivos aparecido en Rangelands, los autores definían las áreas designadas a ser paisajes productivos en términos de producción económica: “‘Productivo’[n] significa, primero, que hay alguna actividad productiva en la tierra -tal como agricultura, ganadería o explotación forestal”14[cursiva añadida].

Un informe reciente acerca de este asunto señala, “La mayoría de la gente que habla de ‘Paisaje Productivo’ se refiere a la tierra activamente usada para la agricultura y la explotación forestal”.15 En otro ejemplo más, la Comisión de Productos Forestales de Idaho señalaba, “Los bosques productivos[o] mantienen en marcha la economía de Idaho. Los negocios de la madera y del papel dan empleo a más de 15.000 habitantes del estado. Estos son empleos buenos y sólidos que están mejor pagados que los de otras industrias. Y estos empleados pagan más de 20 millones de dólares al estado en forma de impuestos cada año”. Sin embargo, en la misma publicación los autores señalaban que muchos bosques nacionales estaban “insanos” porque no habían sido “gestionados” activamente para usos productivos.16

Promover discursos que den valor a los “paisajes productivos” deslegitima la protección de las tierras salvajes y pinta de verde la explotación de la Naturaleza. En realidad, la manipulación humana de la tierra generalmente lleva a un empobrecimiento biológico. Comparados con lo ecosistemas naturales, los “paisajes productivos” tienden a tener una productividad total menor y a sufrir pérdidas de diversidad biológica, de salud edáfica y de otros atributos ecológicos.17 Mantener estas áreas también requiere a menudo una cantidad significativa de aportes de energía.18 Por último, la idea de “paisajes productivos”, como modelo conceptual de conservación, desvía los valores hacia la utilidad para los seres humanos ignorando el valor intrínseco de la Naturaleza.

 

Los paisajes productivos reducen los procesos productivos y no son ecológicamente benignos

 

Los paisajes productivos, debido a que manipulan la composición y producción de las especies para fines humanos, tienden a perturbar los procesos evolutivos. Una plantación de árboles gestionada para la extracción de madera no puede mantener elementos y procesos naturales tales como los insectos, las enfermedades y los incendios, ya que son amenazas para la maximización de la producción de fibra de madera. Un paisaje pastado por el ganado, que a menudo consume el total de la producción de las plantas autóctonas, sufre numerosas consecuencias negativas para la vegetación y la fauna nativas. Los herbívoros nativos dependen de las mismas plantas que las vacas o las ovejas comen para alimentarse y otros animales dependen de la vegetación natural para refugiarse. Comparada con los herbazales originales a los que sustituye, una pradera arada y trabajada para transformarla en un monocultivo de maíz o soja queda, biológicamente hablando, arruinada. Los promotores de los paisajes productivos solían estar ligados a intereses económicos industriales o de explotación, pero cada vez más incluyen a políticos, medios de comunicación y defensores de la justicia social (e incluso a muchos grupos de defensa de la tierra[p]) que relacionan los “paisajes productivos” con la protección de supuestas tradiciones culturales.

Reconocer que las actividades humanas han modificado gran parte de los ecosistemas naturales del mundo y celebrar este hecho, como parecen hacer a menudo los defensores de los paisajes productivos, son dos cosas distintas que reflejan actitudes profundamente diferentes. Claramente podemos hacer las cosas mejor a la hora de gestionar un bosque para preservar más funcionamientos naturales o de diseñar una granja con el fin de promover más hábitats adecuados para la vida salvaje, pero no deberíamos autoengañarnos pensando que dichos esquemas de explotación son alternativas superiores a los ecosistemas naturales.     

Dadas nuestra población global y nuestra dependencia de la tecnología actuales, la humanidad puede que no tenga otra opción que “poner el paisaje a producir”[q]. Al mismo tiempo, sin embargo, deberíamos ser conscientes de que muchas de las actividades en los paisajes productivos son en el fondo insostenibles (aunque sólo sea por su fuerte dependencia de aportes de energía procedente de combustibles fósiles) y que, antes o después, empobrecen y reducen el mundo natural.

De hecho, en la mayoría de los casos, los “paisajes productivos” se hallan biológicamente empobrecidos en comparación con los paisajes naturales a los que han sustituido. 19 Sólo por poner un ejemplo, una comparación entre bosques primarios[r] no talados y un bosque gestionado en Ontario mostró una reducción de un 50 por ciento en la diversidad genética del bosque explotado.20 La preservación de la biodiversidad implica algo más que mantener las especies nativas. También requiere ante todo de la preservación de los procesos ecológicos y evolutivos que produjeron esa biodiversidad. Desafortunadamente, la gestión más activa reduce deliberadamente los procesos ecológicos/evolutivos naturales. Por ejemplo, gran parte de la gestión forestal en el oeste de los Estados Unidos se justifica actualmente como necesaria para prevenir y la frenar los efectos de los escarabajos de los pinos nativos, los cuales matan algunos árboles, y/o para reducir el número de incendios forestales, los cuales constituyen una de las principales fuerzas evolutivas en los ecosistemas forestales.21 De un modo similar, incluso las actividades ganaderas mejor gestionadas tienden a favorecer la eliminación de grandes depredadores como los lobos, los cuales son importantes debido a sus efectos de cascada trófica en los herbívoros y las comunidades vegetales nativas.22

La asunción errónea de los defensores de los paisajes productivos es que las granjas, los ranchos o las tierras forestales gestionadas son ecológicamente benignos y ayudan a promover la conservación. De hecho, tras años de oír la propaganda a favor de los paisajes productivos, ahora mucha gente cree que proteger los paisajes productivos preserva “espacios abiertos”[s] y asume que los espacios abiertos son lo mismo que los hábitats adecuados para la vida salvaje. Muy pocos se dan cuenta de que debido al hincapié hecho en someter a los sistemas naturales a finalidades económicas, los paisajes productivos puede que sean “abiertos” pero están lejos de ser salvajes o naturales.

La agricultura, por definición, es la conversión de las comunidades vegetales y animales nativas en explotaciones simplificadas dominadas por unas pocas especies domésticas seleccionadas. Salvo la urbanización[t] o la minería a cielo abierto, nada  supera a la agricultura en términos de destrucción total de procesos y sistemas naturales. De hecho, en gran parte del mundo la principal causa de fragmentación y degradación de hábitats es la agricultura.23 La sociedad depende de la agricultura para alimentarnos, pero también deberíamos entender y reconocer que la agricultura es la antítesis de la naturaleza salvaje.

La ganadería extensiva y el pastoreo de ganado son algo menos destructivos que el cultivo porque la vegetación nativa se mantiene en cierta medida, pero su huella física global afecta al menos al 25 por ciento de la superficie terrestre libre de hielo.24 Por tanto, el efecto general de la ganadería en la biodiversidad es muy importante.25

Las especies domésticas, como el ganado vacuno u ovino, generalmente reemplazan a los herbívoros nativos. Por todo el mundo, los animales nativos se ven forzados a competir con los domésticos por el alimento. Además, los animales domésticos criados en tierras relativamente áridas a menudo requieren pastos o cultivos de heno irrigados que desecan los arroyos y ríos, dañando por tanto los ecosistemas acuáticos y las poblaciones de peces. La extracción de agua para regadío del río Big Hole en Montana, por ejemplo, ha sido el principal factor que ha llevado al tímalo ártico de Montana (Thymallus arcticus) al borde de la extinción. Asimismo, dependiendo de cómo sean gestionados, los animales domésticos pueden pisotear los lechos de los arroyos y contaminar el agua y las vallas necesarias para contenerlos se convierten en barreras para los animales migratorios.26 El ganado también puede transmitir enfermedades a las especies nativas. Es sabido que las ovejas domésticas, por ejemplo, portan enfermedades que son letales para los carneros bighorn[u] salvajes.27 dado que los animales domésticos son incapaces de eludir a los depredadores, a menudo los gobiernos y los ganaderos matan osos, lobos, leones, pumas, tigres y otros depredadores nativos para proteger el ganado doméstico. Además de ser éticamente cuestionable, la eliminación de estos depredadores tiene serias repercusiones en los ecosistemas.28

Si bien la explotación forestal comercial a menudo mantiene especies de árboles nativas y, por tanto, es menos destructiva que la agricultura, también tiene importantes efectos ecológicos. Primero, la mayor parte de las explotaciones forestales requieren pistas de acceso. Tanto las pistas como las talas fragmentan los paisajes forestales y ofrecen vías para la invasión de especies invasoras, producen sedimentos que contaminan los ríos y facilitan el acceso a los cazadores que pueden tener un impacto adverso en la cantidad y las relaciones de las comunidades vegetales y animales.29 La tala también cambia la estructura de edad de los bosques. En los tiempos anteriores a la colonización europea, las perturbaciones a gran escala eran raras en muchas comunidades forestales y, por tanto, los bosques eran más viejos y muchos eran lo que ahora llamaríamos bosques antiguos o primarios[v].30 Dichos bosques antiguos tenían una mayor abundancia de tocones, de montículos debidos a las raíces que quedan expuestas al caer los árboles y de restos de árboles caídos de gran diámetro (RAC) –los ecólogos en la actualidad consideran todo ello como legados biológicos que son críticos para el funcionamiento del ecosistema forestal a largo plazo.

La antítesis de los paisajes dominados por la explotación humana de los recursos son los ecosistemas de las tierras salvajes, o lo que yo llamo “ecosistemas productivos”[w]. Los ecosistemas productivos son productivos independientemente de las aspiraciones humanas. Son el hogar de la mayoría de las especies del mundo, las fuentes del agua pura y los lugares donde los procesos ecológicos y evolutivos actúan con una interferencia humana mínima.


El síndrome de el-padre-sabe-qué-es-lo-mejor

Cuando yo era niño, solía ver un show televisivo llamado “El Padre sabe qué es lo mejor”[x], acerca del hogar de los Anderson, una idealizada familia de clase media. El padre era un patriarca paciente que repartía sabios consejos entre su mujer y sus tres hijos. Nunca había una crisis que Papá no pudiese resolver y, en cierto modo, el show reflejaba las actitudes optimistas propias de los Estados Unidos durante mi infancia en los años 50 y 60.

Aquellos que abogan por una mayor domesticación de la Tierra en forma de “paisajes productivos” tienen mucho en común con la mítica familia Anderson. Los proponentes de los paisajes productivos mantienen una actitud de el-padre-sabe-qué-es-lo-mejor que, en el mejor de los casos, demuestra una falta de cautela respecto a la manipulación y explotación de la Tierra por los seres humanos. De hecho, la asunción filosófica primordial que se esconde tras la expresión “paisaje productivo” es que los seres humanos son suficientemente inteligentes y sabios como para gestionar y manipular los paisajes sin causar un daño significativo a la biosfera.

No hay duda de que los seres humanos ejercen una tremenda influencia sobre los continentes, el mar y la atmósfera de la Tierra. Según algunos informes, más de un tercio de la superficie global de los continentes está cultivada,31 y una cantidad aún mayor de tierra es usada para la producción ganadera.32 Añádase a estos hechos la tala de bosques, la sobreexplotación pesquera de los océanos, la quema por parte de la humanidad de combustibles fósiles, la cual está acarreando un cambio climático, y una población humana creciente que demanda cada vez más recursos de la Tierra, y se verá fácilmente por qué los seres humanos pueden ser considerados una fuerza geológica que está influyendo en la evolución. Y, sin embargo, existe una diferencia crítica entre documentar y reconocer el impacto humano y aceptarlo como inevitable e incluso deseable.

La industria y aquellos otros que buscan beneficios acaparando los recursos de la Tierra para el lucro privado llevan mucho tiempo ya presentando la explotación del mundo natural de forma positiva. Lo que tiene de nuevo el caso de los defensores de los paisajes productivos es que promueven la misma explotación y manipulación diciendo que es para “salvar” la naturaleza. Tanto si dichos defensores son representantes de grandes empresas como si son nuevos ecologistas, carecen de humildad y no reconocen lo poco que entendemos acerca de cómo funciona la Tierra. A diferencia del mítico padre del show televisivo, que solía obtener resultados positivos, cada vez que creemos que hemos resuelto un problema o que hemos ideado un modo de explotar la naturaleza más eficazmente, probablemente hayamos creado una nueva consecuencia no deseada.

Muchos de los portavoces de este nuevo ecologismo tratan de socavar o devaluar enfoques para la conservación que han sido comprobados con el paso del tiempo tales como los parques y las reservas naturales o las áreas protegidas[y]. Por ejemplo, Emma Marris, autora de Rambunctious Garden, ha afirmado que los defensores de los parques y áreas naturales[z] tratan de preservar la naturaleza en su condición virgen y prehumana.33 Sin embargo ningún defensor serio de los parques cree que dichos lugares sean “vírgenes” en el sentido de no estar en absoluto tocados o afectados por los seres humanos. Para hacer semejante afirmación habría que negar el calentamiento global, la presencia de pesticidas y otros productos químicos por todo el planeta y multitud de otros impactos humanos bien conocidos. Aquellos que están implicados en la conservación son muy conscientes de estas influencias humanas.

Existe, no obstante, una inmensa variedad de grados de influencia humana. El centro de Los Ángeles es mucho más un entorno creado y dominado por los seres humanos que, digamos, el Refugio Nacional Ártico para la Vida Salvaje[aa] de Alaska. En el Refugio Ártico las fuerzas naturales continúan dominando la tierra. Preservar lugares semejantes en los que las fuerzas naturales operan con un mínimo de influencia humana sigue siendo aún el mejor modo de preservar la naturaleza y los procesos evolutivos.

 

Los parques y las tierras salvajes son clave para la conservación

 

Los parques y áreas naturales protegidas[bb], así como otras reservas son medios bien establecidos de conservar ecosistemas y especies naturales. Las áreas protegidas son la piedra angular de la conservación de la biodiversidad: favorecen la migración de especies, ofrecen refugios de explotación, mantienen hábitats importantes y –quizá lo principal- mantienen los procesos ecológicos y evolutivos. Aunque pocos de los parques y reservas existentes sean adecuados para proteger todas las especies y procesos ecológicos/evolutivos nativos, la ciencia ha demostrado que las reservas grandes funcionan a la hora de frenar o minimizar las pérdidas de especies aun cuando no consigan eliminar completamente dichas pérdidas.34

Por ejemplo, Harini Nagendra realizó un metaanálisis de 49 áreas protegidas en 22 países, observando la proporción de tierra deforestada fuera de las áreas protegidas en comparación con la de las tierras dentro de las reservas. Nagendra descubrió que la deforestación de tierras era “sustancialmente menor” en las áreas protegidas comparada con las áreas no protegidas de los alrededores.35 Un metanálisis de reservas marinas llegó a conclusiones similares, al descubrir que las reservas marinas tenían cantidades significativamente mayores de especies, biomasa y diversidad que las áreas colindantes no protegidas. Como era de esperar, las reservas más grandes mostraban diferencias absolutas mayores que las más pequeñas, confirmando que las áreas protegidas grandes son mejores para conservar la biodiversidad.36

 En la actualidad, alrededor del 13 por ciento de la Tierra está protegido, sin embargo las especies continúan encaminándose hacia la extinción. El hecho de que la extinción no sea evitada completamente, no obstante, no significa que las áreas protegidas sean inútiles en los intentos de conservación: al contrario, significa que necesitamos más y mayores áreas protegidas conectadas entre sí. La mejor ciencia de la conservación ha confirmado que necesitamos mayores áreas protegidas que actúen como núcleos, unidas por corredores de vida salvaje[cc].37 Dónde se localicen dichas áreas protegidas podría tener también mucha importancia. Por ejemplo, un estudio reciente descubrió que proteger el 17 por ciento de la superficie de la Tierra podría conservar dos tercios del total de las especies vegetales.38

Una visita a cualquiera de las reservas de Alaska, tales como el Refugio Ártico, confirmaría que restringir el desarrollo y los impactos humanos es indispensable para preservar las especies y los procesos ecológicos. Por supuesto, el refugio no es inmune a los impactos humanos –el calentamiento global está descongelando el permafrost, los osos polares presentan altos niveles de PCB, y demás- pero, en conjunto, el Refugio Ártico salvaje está menos degradado que cualquiera de los paisajes productivos del globo. Los procesos ecológicos como las inundaciones, las sequías, los incendios forestales, las ventiscas, la depredación, etc. aún funcionan aquí prácticamente sin impedimentos debidos a la manipulación humana. Incluso los parques populares como Yellowstone –el cual sufre varias intrusiones, tales como la introducción de una especie de trucha exótica en el lago Yellowstone, la roña vesicular del pino blanco que está matando los pinos de corteza blanca (Pinus albicaulis) y la proliferación de diversas especies de hierbas alóctonas- están aún más sanos, ecológicamente hablando, que las tierras privadas circundantes y que las tierras públicas gestionadas por el Servicio Forestal[dd] o el Departamento de Gestión de Tierras[ee] que se hallan abiertas a la extracción de recursos y la producción de mercancías.39

El problema de muchas reservas es que son demasiado pequeñas y están establecidas en medio de un entorno de paisajes domesticados fuertemente alterados.40 Eso es un problema creado por los seres humanos y es un problema que los seres humanos pueden resolver agrandando las áreas protegidas y reduciendo la parte de la Tierra dedicada a los paisajes domesticados. ¿Será esto fácil? Seguro que no. Sin embargo, tampoco es imposible. No deberíamos aceptar el argumento de que no tenemos otra opción que aceptar una mayor reducción de las áreas naturales a causa del crecimiento de la población humana o de los deseos de cada vez más bienes.

Los proponentes de los “paisajes productivos”, que los ven como piedra angular de una conservación amistosa para con los seres humanos, están socavando el apoyo público a las grandes áreas protegidas interconectadas y sustituyéndolas por una alternativa de dudosa eficacia. Mediante la simplificación de la conservación, la están volviendo trivial. Por ejemplo, Marris presenta los “ecosistemas de diseño” –ecosistemas a los que los seres humanos dan forma para incluir especies domésticas y exóticas- como inocuos o como “la nueva naturaleza salvaje”[ff].41 Aunque asumiésemos que la naturaleza creada por el hombre pueda beneficiar a la gente, dichos paisajes sólo pueden mantener mínimamente las especies nativas.

Ya hemos visto las consecuencias de este tipo de impacto, intencionado o no: por ejemplo, el altamente inflamable arabueyes[gg] originalmente introducido en el oeste de los Estados Unidos para mejorar el pasto para el ganado y que, sin embargo, acabó cambiando dramáticamente el régimen de los incendios con consecuencias nefastas para la flora nativa; o las numerosas introducciones de especies alóctonas en Australia (incluyendo los conejos, los zorros rojos, los dromedarios y los gatos asilvestrados), todas las cuales han acarreado consecuencias devastadoras para las especies nativas de ese continente.

La pérdida de especies nativas tiene graves consecuencias para el funcionamiento de los ecosistemas. En comparación con las especies trasladadas a una nueva localización, las especies nativas tienden a tener una cantidad mucho mayor de especies interdependientes. Douglas Tallamy, en su libro Bringing Nature Home, ofrece numerosos ejemplos de cómo los árboles nativos, tales como los robles, pueden tener cientos de insectos asociados a ellos, mientras que los no nativos, tales como los que se usan típicamente en los jardines y parques urbanos, pueden tener sólo media docena o menos.42

La eliminación de los hábitats de los insectos nativos produce una cadena de efectos a través del ecosistema mediante la reducción del alimento para muchos insectívoros, incluidas numerosas especies de aves. Ni siquiera somos conscientes de muchas de esas relaciones y, por tanto, defender la alteración de plantas y animales para satisfacer los deseos humanos es en el mejor de los casos, una empresa arriesgada. Las pérdidas de biodiversidad y la promoción de prácticas de manipulación de ecosistemas (incluso si son bienintencionadas) implican riesgos ecológicos inherentes. Mostrar semejante actitud presuntuosa hacia estos asuntos demuestra la arrogancia que conlleva la postura de el-padre-sabe-qué-es-lo mejor.

Mientras que podemos admitir que los parques, las reservas y otras áreas protegidas no detendrán completamente la acelerada pérdida de biodiversidad a lo largo del globo, las áreas protegidas son un medio de preservar el funcionamiento ecológico y la evolución naturales comprobado por muchos años de experiencia. La protección de áreas naturales debería ser la meta prioritaria en cualquier estrategia para proteger las formas de vida de la Tierra.

Un asunto inminente, que a menudo es totalmente subestimado si es que siquiera es discutido, es si es posible una Tierra domesticada por los seres humanos y poblada por nueve o diez mil millones de personas. Muchos defensores del “paisaje productivo” sugieren que la tecnología y la inteligencia humanas nos salvarán de cualquier límite al crecimiento.43 Sin embargo, dada la inmensa y creciente necesidad de energía, la necesidad de recursos básicos, tales como agua limpia y alimento adecuado, así como la necesidad de infraestructuras para mantener a miles de millones de personas, es más que cuestionable si semejante mundo es posible, por no hablar de si es sostenible. Es, por tanto, simplemente cosa de prudencia reducir nuestra población global, nuestra explotación de los recursos y, en fin, parar nuestra domesticación de la Tierra. Es razonable defender que al menos la mitad de la superficie continental de la Tierra y la inmensa mayor parte de los mares deberían ser reservas protegidas en las cuales la explotación por parte de los seres humanos sea limitada o impedida. Sin embargo, esto sólo es factible mediante una reducción sustancial de la población y el consumo humanos. El que los defensores del Antropoceno ni siquiera reconozcan que necesitamos limitar la población y el consumo es emblemático de su negación de la realidad.

Un aspecto clave del apoyo a las áreas protegidas son las implicaciones de dichas decisiones. Aunque casi nunca se admite concretamente en las designaciones de tales reservas, al dejar al margen del desarrollo las áreas naturales, estamos haciendo frente implícitamente a la cosmovisión centrada en lo humano. Estamos afirmando que al menos una porción del globo no es un campo abierto a la extracción de recursos por parte de los seres humanos. En lugar de regocijarnos en el crecimiento humano desmesurado, establecer límites a la explotación por parte de los seres humanos se convierte en una declaración de moderación y autodisciplina. Los parques, las áreas naturales[hh] y las demás reservas protegidas son por tanto un reconocimiento filosófico, al menos en cierto modo, de que no lo conocemos todo. Dado que el Padre puede que no sepa qué es lo mejor para la Tierra, y para garantizar nuestra propia supervivencia y calidad de vida, reconocemos que debemos mantener partes significativas del globo en las cuales la influencia humana sea mínima.

Otra razón práctica para establecer parques y otras reservas es que esos lugares sirven como indicadores y recordatorios de cómo nuestras acciones colectivas han cambiado el mundo natural. Sin áreas protegidas puede entrarnos una especie de amnesia ecológica que distorsione nuestra perspectiva. Sin bosques primarios como referencia, por ejemplo, es fácil que la gente piense que las plantaciones de árboles son bosques. Sin rebaños salvajes de bisontes o ñúes, es fácil que la gente crea que el ganado doméstico es, en cierto modo, un equivalente ecológico funcional. Sin depredadores nativos que controlen las poblaciones de presas, es demasiado fácil olvidar cómo funciona un paisaje saludable con presencia de depredadores. Y, por supuesto, sin grandes áreas salvajes, es más fácil que la gente crea que la domesticación humana de la Tierra es una fuerza neutra o incluso positiva.

Conclusión

Independientemente de cuáles puedan ser sus beneficios directos para los seres humanos (agua limpia, recreo, belleza paisajística, etc.), los parques, las áreas naturales[ii] y las demás reservas ecológicas protegidas son en el fondo una clara declaración moral de que reconocemos la necesidad de salvaguardar los procesos naturales, las especies nativas y los paisajes autóctonos debido a su derecho inherente a existir. Establecer áreas protegidas es un gesto moral simbólico de que la actitud filosófica de el-padre-sabe-qué-es-lo-mejor no es un indicador adecuado para guiar la relación de los seres humanos con el mundo natural.

Como ya he dicho antes, una cosa es reconocer la dominación humana sobre el paisaje y otra bastante distinta celebrarla y promoverla. El término paisaje productivo –junto con la proposición del término Antropoceno para llamar a nuestra época geológica- expresa el autobombo con respecto al impacto humano sobre la Tierra. Semejantes términos dan un sentido positivo a algo que en realidad es un proceso destructivo.

Es poco probable que toda la ganadería, la agricultura y la tala desaparezcan pronto de las partes rurales del país en que se idealizan los “paisajes productivos”. Los productos agrícolas producidos localmente, especialmente las hortalizas y frutas frescas, pueden ayudar a satisfacer las necesidades alimentarias de las comunidades. Además, una reducción en la agricultura y la producción maderera comercial orientadas a la exportación junto con la expansión simultánea de la superficie de terreno dedicada a los procesos ecológicos naturales y a las tierras salvajes, sería un gran paso hacia la creación de “ecosistemas productivos”. Y los ecosistemas productivos en el fondo aportan los beneficios a más largo plazo, tanto para las sociedades humanas como para las comunidades de flora y fauna nativas.

 

Notas:

 

1. C. White, “The Working Wilderness: A Call for a Land Health Movement”.           http://www.awestthatworks.com/2Essays/Working_Wilderness/The_Working_Wilderness.pdf.

2.    “Keeping Maine Forests”. http://www.keeepingmainesforests.org/Maine%20Woods%20brochure.pdf.

3. Institute for Agriculture and Trade Policy, “Working Landscapes”. http://www.iatp.org/issue/rural-development/environment/agriculture/working-landscapes.

4. N. F. Sayre, “Working Wilderness: The Malpai Borderlands Group and the Future of the Western Range”, Terrain.org.

http://www.terrain.org/essays/18/sayre.htm.

5. Exploring Vermont’s Working Landscape at Groton State Forest, Vermont Business Magazine (27 de agosto, 2013).

http://www.vermontbiz.com/event/august/exploring-vt%E2%80%99s-working-landscape-groton-state-forest-0.

6. P. Kareiva, M. Marvier y R. Lalasz, “Conservation in the Anthropocene: Beyond Solitude and Fragility”, Breakthrough Journal (Invierno 2012).    http://thebreakthrough.org/index.php/journal/past-issues/issue-2/conservation-in-the-anthropocene/.

7. Entrevista con Peter Kareiva, “The End of the Wild”, The Nature Conservancy.     http//www.nature.org/science-in-action/our-scientists/the-end-of-the-wild.xml.

8. A Working Forest: Its Future With Fire, People and Wildlife.

http//aworkingforest.com/a-working-forest/

9. Idaho Forest Products Commission.

http//www.idahoforests.org/iwfdvd.htm.

10. G. Hoch, “Where Cattle Roam and Wild Grasses Grow”, Minnesota Conservation Volunteer Magazine (Julio/Agosto 2013).

http://www.dnr.state.mn.us/volunteer/julaug13/grazing.html.

11. Iowa Public Television, “Explore More: Working Landscapes”.    http://www.youtube.com/watch?v=0MorL44Ef-c&list=PL6E20820D75851E7A&index=1

12. Department of Environmental Science, Policy, and Management at UC Berkeley, “Working Landscapes”, Our Environment at Berkeley.

http://ourenvironment.berkeley.edu/research-themes/working-landscapes/

13. Muchos de los dueños de esclavos afirmaban que a los esclavos les iría mejor estando esclavizados que estando libres ya que, si se les liberase, los esclavos no serían capaces de cuidar de sí mismos. Los dueños de esclavos se veían a sí mismos como seres paternales que proveían a los esclavos de un hogar, etc. Aquí dejo un enlace que trata esto con mayor profundidad: http://answers.yahoo.com/question/index?qid=20100708220047AAE/yt.

14. L. Huntsinger y N. Sayre, “Introduction: The Working Landscapes Special Issue”, Rangelands 29, nº 3 (Junio 2007).

15. C. Morse et al. (2010) “Strategies for Promoting Working Landscapes in North America and Europe”. http://vtworkinglands.org/sites/default/files/library/files/working%20landscape/UVM_StrategiesforPromotingWorkingLandscapes.pdf

16. Idaho Forest Products Commission.

http//www.idahoforests.org/iwfdvd.htm.

17. T. Tscharntke et al., “Landscape Perspective on Agricultural Intensification and Biodiversity-Ecosystem Service Management”, Ecology Letters 8, nº 8 (2005): 857-87.

18. Fridolin Krausmanna, 1, Karl-Heinz Erba, Simone Gingricha, Helmut Haberla, Alberte Bondeaub, c, Veronica Gaubea, Christian Lauka, Christoph Plutzara y Timothy D. Searchingerd 2013. Global human appropiation of net primary production doubled in the 20th century. Publicado online antes de ser imprimido el 3 de junio del 2013, doi:10.1073/pnas.121134911PNAS June 3, 2013

19. EuropaBio: How does Agriculture Affect Biodiversity?

http://www.europabio.org/how-does-agriculture-affect-biodiversity

20. G. P. Buchert et al., “Effects of Harvesting on Genetic Diversity in Old-Growth Eastern White Pine in Ontario, Canada”, Biology 11, nº 3 (Junio 1997): 747-58.

21. G. Wuerthner, Wildfire: A Century of Failed Forest Policy (Covelo, CA: Island Press, 2006).

22. R. L. Beschta y W. J. Ripple “Large Predators and Trophic Cascades in Terrestrial Ecosystems of the Western United States”, Biological Conservation 142 (2009): 2401-14.

23. The World Bank.  http//data.worldbank.org/indicator/AG.LND.AGRI.ZS/countries/1W?display=graph.

24. G. P. Asner et al., “Grazing Systems, Ecosystem Responses, and Global Change”, Annual Review of Environment and Resources 29 (2004): 261-99.            doi:10.1146/annurev.energy.29.062403.102142.

25. R. Alkemade et al., “Assessing the Impacts of Livestock Production on Biodiversity in Rangelands Ecosystems”, PNAS 110, nº 52 (Diciembre 2013).         www,pnas.org/cgi/doi/10.1073/pnas.1011013108.

26. G. Wuerthner y M. Matteson, Welfare Ranching: The Subsidized Destruction of the American West (Covelo, CA: Island Press, 2002).

27. T. Howard, “Disease Transmission from Domestic Sheep to Bighorn Sheep”.       http//www.bighorndiseaseinfo.org/.

28. J. A. Estes y J. Terborgh, Trophic Cascades: Predators, Prey, and the Changing Dynamics of Nature (Washington, D.C.: Island Press, 2010).

29. S. Trombulak y C. Frissell, “Review of the Ecological Effects of Roads on Terrestrial and Aquatic Ecosystems”, Conservation Biology 14, nº 1 (Febrero 2000): 18-30.

30. J. Strittholt et al., “Status of Mature and Old-Growth Forests in the Pacific Nortwest”, Conservation Biology 20, nº 2 (Abril 2006): 36374.

31. World Bank Data Base.

http//data.worldbank.org/topic/agriculture-and rural-development.

32. J. Owen, “Farming Claims Almost Half Earth’s Land, New Maps Show”, National Geographic News (9 de diciembre, 2005).   http://news.nationalgeographic.com/news/2005/12/1209_051209_crops_map.html.

33. E. Marris, P. Kareiva, J. Mascaro y E. Ellis, “Hope in the Age of Man”, New York Times (7 de diciembre del 2011).

http://www.nytimes.com/2011/12/08/opinion/the-age-of-man-is-not-a-disaster.html?ref=opinion.

34. W. D. Newmark, “Extinction of Mammal Populations in Western North American Parks”, Conservation Biology 9, nº 3 (2002): 512-26.

35. H. Nagendra,”Do Parks Work? Impacts of Protected Areas on Land Clearing”, AMBIO: A Journal of the Human Environment 37, nº 5 (2008): 330-37.

36. B. Halpern, “The Impact of Marine Reserves: Do Reserves Work and Does Size Matter?” Supplement to Ecological Applications 13, nº 1 (2003): S117-S137.

37. M. Soulé y J. Terborgh, Continental Conservation: Scientific Foundations of Regional Reserve Networks (Washington, D.C.: Island Press, 1999).

38. L. N. Joppa, P. Visconti, C. J. Jenkins y S. L. Pimm, “Achieving the Convention on Biological Diversity’s Goal for Plant Conservation”, Sciencie 341, nº6150 (6 de septiembre del 2013): 1100-103. doi:11.1126/science.1241706.

39. R. F. Noss, C. Carroll, K. Vance-Borland y G. Wuerthner, “A Multicriteria Assessment of the Irreplaceability and Vulnerability of Sites in the Greater Yellowstone Ecosystem”, Conservation Biology 16 (2002): 895-908.

40. L. N. Joppa, S. R. Loarie y S. L. Pimm, “On the Protection of ‘Protected Areas’”, PNAS 105, nº 18 (mayo 2008).

www.pnas.org_cgi_doi_10.1073_pnas.0802471105 PNAS _ May 6, 200 8_ vol.15 _ no. 18.

41. Entrevista con Emma Marris, American Society of Landscape Architets.  http://www.asla.org/ContentDetail.aspx?id=34133.

42. D. W. Tallamy, Bringing Nature Home: How Native Plants Sustain Wildlife in Our Gardens (Portland, Oregon: Timber Press, 2007). http://bringingnaturehome.net.

43. E. Ellis, “Overpopulation Is Not a Problem”, New York Times, 13 de septiembre del 2013.



[a] Traducción del capítulo “Why the Working Landscape Isn’t Working”, del libro Keeping the Wild, editado por George Wuerthner, Eileen Crist y Tom Butler (Island Press, 2014). Traducción a cargo de Último Reducto. N. del t.

[b]Working landscapes” en el original. Literalmente, significaría “paisajes trabajadores”, “paisajes de trabajo” o “paisajes de labor” y se refiere a aquellos paisajes que producen un beneficio para el ser humano por medio de su modificación  y gestión. Sin embargo, tratando de encontrar una expresión que sonase mejor en español conservando el sentido original de “paisajes puestos a trabajar”, en este texto se ha traducido como “paisajes productivos” en todas las ocasiones. N. del t.

[c] “Working ranches” en el original. N. del t.

[d] “Working forests” en el original. N. del t.

[e] “Working lands” en el original. N. del t.

[f] “Working rivers” en el original. N. del t.

[g] “Working wilderness” en el original. N. del t.

[h] “Conservando el bosque de Maine”. N. del t.

[i] “Working forest” en el original. Probablemente sea un error del autor y quería referirse a “working landscape”, por lo que se ha traducido como “paisaje productivo”. N. del t.

[j] Una de las mayores organizaciones ecologistas de Estados Unidos. N. del t.

[k] “Wealthy countries such as the United States are loving many of their forests to death with a lack of active stewardship” en el original. N. del t.

[l] “Self-willed” en el original. Aunque literalmente significaría algo así como “con voluntad propia”, esta expresión es muy utilizada metafóricamente por los defensores anglófonos de las tierras salvajes para referirse a ecosistemas no artificiales con dinámicas propias, es decir autónomos, salvajes. N. del t.

[m] Ídem. N. del t.

[n] “Working” en el original. Veáse nota de pie de página b. N. del t.

[o] “Working forests” en el original. N. del t.

[p] “Land trusts” en el original. N. del t.

[q] “’Work the landscape” en el original. N del t.

[r] “Old growth forests” en el original. Se refiere a bosques que se encuentran en su etapa de desarrollo máximo o clímax y que, por tanto, no han sido talados nunca o, al menos, no durante muchos años, o siglos más bien. En español se traduciría como “bosques primarios” N. del t.

[s] “‘Open space’” en el original. N. del t.

[t] “Pavement” en el original. N del t.

[u] Ovis canadensis. N. del t.

[v]Ancient or old growth” en el original. N. del t.

[w] “Working ecosystems” en el original. En este texto se ha seguido para esta expresión el mismo criterio de traducción que para “working landscapes”, traduciéndola por tanto como “ecosistemas productivos”. N. del t.

[x] “Father Knows Best” en el original. N. del t.

[y] “Wilderness áreas” en el original. Se refiere a las zonas salvajes protegidas por la Wildeness Act (Ley de las tierras salvajes) en Estados Unidos. N. del t.

[z] “Wilderness” en el original. Véase nota de pie de página anterior. N. del t.

[aa] “Ártic National Wildlife Refuge” en el original. N. del t.

[bb] Ídem. N. del t.

[cc] “Wildlife corridors” en el original. N. del t.

[dd] “Forest Service” en el original. N. del t.

[ee] “Bureau of Land Management” en el original. N. del t.

[ff] “The new wild” en el original. N. del t.

[gg]  “Cheatgrass” en el original. Se refiere a la gramínea Bromus tectorum. N. del t.

[hh] “Wilderness areas” en el original. N. del t.

[ii] “Wilderness areas” en el original. N. del t.