Valorar el carácter natural en el Antropoceno

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en esta web podría resultar complicada, hemos añadido un enlace en cada uno de ellos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título del artículo.

PRESENTACIÓN DE “VALORAR EL CARÁCTER NATURAL EN EL ANTROPOCENO

En las dos primeras décadas del siglo XXI se ha ido abriendo paso la idea de que el mundo ha sido transformado en tal grado por el ser humano que se puede considerar que vivimos en una nueva época geológica: el Antropoceno (la Era del Hombre). Hasta aquí, este nuevo término no parece demasiado problemático ya que aparentemente se limita a denominar una situación (la profunda influencia del ser humano en la biosfera actual) sin valorarla. Sin embargo, la cosa no es tan simple como parece. En primer lugar, porque muchos de quienes se han dedicado a popularizar el término-concepto del Antropoceno (los autodenominados “neoconservacionistas”, “neoverdes” o “ecopragmáticos”) no se limitan a describir y nombrar la situación actual de degradación de la biosfera, sino que, como mínimo, asumen que la destrucción y dominación humana sobre los ecosistemas de la Tierra causada por la civilización tecnoindustrial es inevitable, cuando no la valoran positivamente y la defienden de forma entusiasta. De modo que, en gran medida, han monopolizado el uso de dicho término. Y en segundo lugar, porque el propio concepto del Antropoceno no es meramente descriptivo y moralmente neutro, ya que como mínimo implica una sobreestimación de la influencia humana real en la biosfera, es decir, del poder real de las sociedades humanas para modificar e influir en los ecosistemas de la Tierra. Y no sólo eso, si se acepta acríticamente como válido, el concepto del Antropoceno sugiere la inexistencia de lo salvaje en la actualidad, ya que, dado su carácter de exageración, da a entender falsamente que no existe ya ningún lugar que no esté no sólo influido, sino completamente dominado por el ser humano. Sin embargo, una cosa es haber afectado de un modo u otro y en mayor o menor medida a la mayoría de los ecosistemas y lugares de la Biosfera, que ya bastante malo es, y otra que estén bajo nuestro control y que ya no sigan sus propias pautas de funcionamiento, sino nuestras directrices gestoras; es decir, que no sean ya salvajes. Ciertamente, gracias al desarrollo tecnológico y la superpoblación, tenemos el poder de destruir y degradar en gran medida muchos de los ecosistemas terrestres pero, dada su complejidad, no tenemos ni tendremos nunca el poder de controlar y dirigir completamente su funcionamiento.

Por desgracia, algunos de quienes dicen valorar la Naturaleza salvaje y rechazar la sociedad tecnoindustrial han caído ingenuamente en la trampa de adoptar y usar el término-concepto del “Antropoceno” como si simplemente fuese una forma inocua de denominar a la situación actual de la biosfera. Y así, al adoptar y usar acríticamente de forma pública dicho término, no sólo sugieren una afinidad ideológica con el neoconservacionismo que en realidad no tienen, sino que además le dan cancha. Por ello, hemos considerado oportuno publicar el siguiente artículo (entre otros[a]).

 

VALORAR EL CARÁCTER NATURAL EN EL ANTROPOCENO: AHORA MÁS QUE NUNCA.

Por Ned Hettinger[b]

Recientemente se ha estado dando cierto bombo a la idea de que estamos entrando en “la edad del hombre”. Popularizado por un destacado defensor de la aplicación de la geoingeniería al planeta como respuesta al cambio climático1, “el Antropoceno” tiene proponentes entre los científicos, historiadores y filósofos medioambientales, además de en la prensa. Aunque sea un modo útil de dramatizar el impacto humano en el planeta, el concepto es profundamente insidioso. Y lo más importante, amenaza los valores medioambientales clave del “carácter natural”[c] (con que me refiero al grado en que la naturaleza no está influenciada por los seres humanos) y del respeto por la naturaleza. Este ensayo es una valoración crítica de la noción del Antropoceno, mostrando no sólo que exagera seriamente la influencia humana en la naturaleza sino que también fomenta políticas medioambientales y conclusiones metafísicas y morales inapropiadas acerca del papel de la humanidad en el planeta. A pesar de nuestro dramático impacto en la Tierra, aún queda un grado sustancial de “carácter natural”; y la creciente influencia humana hace que la importancia de valorar lo natural en el pensamiento y la política medioambientales sea mayor, no menor.

Algunos geólogos han estado debatiendo acerca de si el impacto humano en la Tierra es suficientemente significativo como para justificar la designación de una nueva época con un nombre relativo a nosotros: el Antropoceno.      Es incuestionable que los humanos somos una especie dominante que afecta a la naturaleza a escala global. Los seres humanos consumimos en la actualidad entre un 30 y un 40 por ciento de la producción primaria neta[d], usamos más de la mitad del agua dulce superficial y fijamos más nitrógeno que el conjunto de todas las demás fuentes terrestres.2 Los seres humanos rivalizamos con las principales fuerzas geológicas en nuestra propensión a mover el suelo y las rocas de un sitio para otro.3 La pesca excesiva ha tenido efectos masivos en la vida marina; nuestras presas controlan el flujo de agua en la mayoría de los principales ríos; y las especies no nativas están homogeneizando los ecosistemas de la Tierra con la ayuda de los seres humanos. Se prevé que nuestra contribución a los gases de efecto invernadero aumentará la temperatura del planeta entre 2ºC y 5ºC, afectando al clima y, por tanto, a los organismos a escala global.4 Se dice que las extinciones provocadas por los seres humanos superan entre 100 y 1.000 veces la tasa de extinción de fondo.5 Un estudio llegó a la conclusión de que menos del 20 por ciento de la superficie terrestre emergida ha escapado a la influencia humana directa.6 Parece muy probable que estemos alterando el planeta a una escala comparable a la de los principales sucesos que marcaron los cambios en las eras geológicas en el pasado.

Sin embargo, la idea de que ahora vivimos en “la era del hombre” ha llegado bastante más allá de la afirmación geológica concreta de que el registro fósil de dentro de miles de años mostrará un distintivo rastro indicativo de la influencia humana. Algunos proponentes del concepto del Antropoceno interpretan los hechos acerca de la influencia humana como justificaciones para afirmaciones metafísicas y éticas generales acerca de cómo deberíamos concebir la relación humana con la naturaleza. Nuestro impacto, argumentan, es ahora tan generalizado que los ideales medioambientales tradicionales de la preservación de la naturaleza y del respecto por ella están obsoletos. Hoy en día, el carácter natural o bien ha desaparecido o bien es tan tenue que los deseos de preservarlo, restaurarlo y valorarlo son sueños imposibles. Las virtudes humanas de la humildad y el comedimiento respecto al mundo natural ya no son posibles o deseables y necesitamos reconciliarnos con un mundo humanizado y adaptarnos a él. Lo queramos o no, nos hemos visto empujados a jugar el papel de gestores planetarios y hemos de manipular la naturaleza según nuestros valores e ideales. En lugar de lamentarnos o resistirnos a este nuevo orden, deberíamos celebrar “la era del hombre”, porque ésta nos ofrece la esperanza de un mundo en el cual los humanos se tomen sus responsabilidades seriamente y se liberen de las restricciones basadas en un deseo erróneo de preservar una naturaleza virgen que hace mucho que desapareció.

Un reciente artículo de opinión en el New York Times titulado “Hope in the Age of Man” ilustra esta preocupante perspectiva moral y metafísica.7 Escrito por profesionales del medioambiente, plantea que “dada la enorme alteración de la tierra llevada a cabo por la humanidad” nuestra época “bien merece ser considerada la era del hombre”. Los autores critican a aquellos a quienes preocupa que la denominación “Antropoceno” vaya a dar a la gente la falsa impresión de que ningún lugar sobre la Tierra es ya natural. Sugieren que la importancia dada por los biólogos de la conservación a la protección de los ecosistemas relativamente salvajes que quedan se debe a la fantasía de “un paraíso natural intacto” y al pernicioso y misantrópico “ideal de los ecosistemas salvajes vírgenes[e]”. Finalizan el artículo con la absurda afirmación prometeica de que “esta es la tierra que hemos creado” y, por tanto, deberíamos “gestionarla con amor e inteligencia”, “diseñando los ecosistemas” para instaurar “nuevas glorias”.

Los filósofos también han sido seducidos por el concepto del Antropoceno y les ha conducido por similares derroteros. Me centraré aquí en ciertos escritos de Allen Thompson, un filósofo medioambiental de la Universidad Estatal de Oregón. Thompson afirma haber encontrado un modo de “amar el calentamiento global”.8 Argumenta que la ansiedad que sentimos en la actualidad en respuesta a nuestra nueva y “abrumadora responsabilidad hacia la prosperidad de la vida en la Tierra ... es un buen presagio para la humanidad”9 y debería inspirarnos “una esperanza radical” en que podemos encontrar un nuevo tipo de “bondad medioambiental ... distinta de la autonomía de la naturaleza”10.

Al igual que otros defensores de la era del hombre, Thompson exagera el grado en que los seres humanos han influido en la naturaleza. En algún momento asegura que “ahora sabemos que las condiciones fundamentales de la biosfera son algo de lo que, colectivamente, somos responsables”.11 Sin embargo, es seguro que no somos responsables de la existencia de la luz del sol, de la de la gravedad ni de la del agua; ni de la capacidad fotosintética de las plantas, del proceso biológico de la depredación ni de los enlaces químicos entre las moléculas; ¡ni, más en general, de la diversidad de la vida en el planeta ni de su espectacular geología! El hecho de que hayamos influido en algunas de estas condiciones de la vida, y en algunos casos de manera significativa, es algo muy distinto de que seamos “responsables” de ellas. Proponer que los seres humanos tenemos la obligación, por ejemplo, de no destruir la belleza o la biodiversidad de una montaña eliminando su cima no es lo mismo que decir que somos responsables de la belleza de la montaña o de su biodiversidad. Al contrario, la naturaleza es la responsable de estos valores, no los seres humanos. Incluso en los casos en que deberíamos restaurar estas condiciones haciéndolas más apropiadas para la biosfera (quizás limpiando de contaminantes un río), no podemos afirmar que somos responsables de la capacidad del río para mantener la vida, aun cuando seamos responsables de haberlo degradado y tengamos la responsabilidad de limpiarlo.

Una lectura benevolente de la perorata de Thompson sobre la “responsabilidad por las condiciones fundamentales de la biosfera” es que simplemente está planteando un deber negativo para evitar un mayor socavamiento de las condiciones básicas para la vida sobre el planeta que vienen naturalmente dadas y que no está planteando la responsabilidad por la creación de las mismas. No obstante, Thompson, creo yo, tiene más que sólo eso en mente. Su lenguaje sugiere una afirmación metafísica del poder y la importancia de los seres humanos en el planeta. Escribe: “Hubo un tiempo en que el planeta era mayor que nosotros, pero ya no lo es”.12 Sin embargo, la razón dada para esta nueva importancia de los seres humanos -que “no existe rincón en el globo, ni rasgo de nuestra biosfera, que escapen a la influencia de la actividad humana”13- es completamente insuficiente para justificar semejante metáfora. Indudablemente, es verdad que los seres humanos tienen (y llevan teniendo desde hace tiempo) un mayor impacto causal en el planeta que cualquier otra especie tomada por separado. La influencia humana puede ser tan masiva que los geólogos del futuro verán nuestro impacto en el registro geológico. Sin embargo, esto es algo muy distinto que decir que la influencia causal humana en la Tierra es mayor que las contribuciones causales no humanas debidas a la combinación de las fuerzas geológicas, químicas, físicas y biológicas. Los seres humanos somos una fuerza fundamental a la hora de dar forma al planeta, pero sólo somos una entre muchas.

Al igual que otros proponentes del Antropoceno, Thompson encuentra en la “era del hombre” un aumento de la autoridad de los humanos en lo que respecta a nuestra relación con el planeta. Afirma que, “tanto si lo aceptamos como si no, los seres humanos ahora cargamos sobre los hombros la responsabilidad de la gestión planetaria”.14 Nótese que lo que Thompson rechaza aquí no es sólo la visión de Leopold acerca de nuestro lugar como “simples miembros y ciudadanos” en el mundo natural, sino también varias otras concepciones acerca de la relación de los seres humanos con la naturaleza: no somos cuidadores o restauradores de la Tierra, ni encargados de limpiar el estropicio que hemos causado, ni arrepentidos que intentamos restituir lo que hemos destruido, ni sanadores de una Tierra herida. En lugar de eso somos gestores -estamos al mando- de este lugar. Los seres humanos somos los jefes. En vez de desarrollar nuestras capacidades humanas de “gratitud, asombro, respeto y moderación”15 en lo que se refiere a la naturaleza, deberíamos tomar el control y dirigir el lugar. En vez de honrar la Tierra, los seres humanos, “como padres adoptivos”, necesitamos “posibilitar” la “prosperidad” de la vida.16 Sin embargo, como muchos han señalado, la Tierra no nos necesita y el mundo no humano en su conjunto estaría mucho mejor sin nosotros. Nuestra responsabilidad para con la naturaleza no es principalmente capacitar a la naturaleza, sino dejar de imposibilitarla. Nuestra responsabilidad hacia el planeta no es controlarlo y gestionarlo, sino -al menos en muchos aspectos- reducir nuestro control e impacto.

Para Thompson y otros de sus proponentes, el Antropoceno significa que el ecologismo tradicional, que coloca en su centro el valor del carácter natural, está muerto. “Mi análisis apoya esa idea de que el ecologismo en el futuro ... otorgará un lugar significativamente menor a dar valor al bien de la autonomía de la naturaleza”.17 Yo creo que lo contrario está garantizado. Es cierto que hay una cantidad cada vez menor de naturaleza[f] en el planeta y, por tanto, queda menos de ella que podamos valorar. Sin embargo, es también cierto que lo que queda se ha vuelto aún más valioso. Si se parte de la asunción de que la autonomía de la naturaleza respecto a la humanidad es valiosa y se tiene en cuenta que los humanos controlan más y más aspectos del mundo natural –reduciendo de este modo su carácter natural y haciendo que su autonomía sea cada vez más rara-, entonces la naturaleza[g] que queda aumenta su valor. La rareza es una propiedad que incrementa el valor de aquellas cosas previamente consideradas buenas. Es más, si el carácter natural es un valor, entonces cuanto más comprometido se vea por el control y la dominación humanos más (no menos) importante es tomar medidas para recuperarlo, así como proteger lo que queda de él.

El carácter natural que persiste en la naturaleza alterada o impactada por los seres humanos es un muy importante objeto de valoración. A menos que se ignore un punto central que sostienen los defensores de lo natural –que el carácter natural se presenta en grados- y se acepte la desacreditada noción de que para que algo sea natural ha de ser absolutamente virgen, ciertos aspectos de la naturaleza pueden ser naturales (es decir, relativamente autónomos respecto a los seres humanos) y pueden ser valorados como tales incluso cuando hayan sido significativamente influenciados por los seres humanos. Tomemos los parques urbanos como ejemplo: aunque han sido significativamente moldeados por los seres humanos, retienen mucho carácter natural y dichos parques son valorados por aquellos que disfrutan de ellos debido (en gran medida) a dicho carácter natural. Por ejemplo, serían mucho menos valorados si los árboles fuesen de plástico y los pájaros estuviesen genéticamente modificados.

Una estrategia central de los proponentes del Antropoceno es acusar a sus oponentes de asumir la idea trasnochada de una naturaleza prístina. Según esta forma de ver las cosas, la naturaleza ha de ser virgen e inmaculada para ser realmente naturaleza. Como resultado, o bien hemos alcanzado el final de la naturaleza (a lo McKibben)18 o bien estamos sumidos en una profunda ignorancia sobre la influencia humana en general. En su mayor parte, esta táctica ataca a un hombre de paja: los defensores de un ecologismo que prioriza el respeto por la autonomía del mundo natural son bien conscientes de la desaparición de la naturaleza virgen, sin embargo esto no socava su compromiso con el respeto por, y –cuando es posible- la potenciación o restablecimiento de, la autonomía de la naturaleza.

Irónicamente, los propios proponentes del Antropoceno se basan con frecuencia en la idea de la naturaleza considerada como algo virgen y la usan para recurrir a la falsa dicotomía: o bien la naturaleza es virgen o bien es creada (o domesticada) por los seres humanos. Consideremos unos pocos comentarios expresados por los proponentes del Antropoceno en la actualidad: “Un modo interesante de ver la naturaleza ahora, en el Antropoceno, es que la naturaleza es algo que nosotros creamos ... No hay realmente nada a nuestro alrededor que no haya sido tocado por nosotros. Y si hay algo que no haya sido tocado por nosotros eso es resultado en su mayor parte de una decisión ... La naturaleza es algo que tienes que nutrir tú mismo, justo como tu jardín”;19 y “No existe realmente nada semejante a una naturaleza no mancillada por la gente. Al contrario, el nuestro es un mundo de naturaleza domesticada, aunque en grados variables, desde los parques nacionales a las megalópolis con sus rascacielos”.20

Así que mientras que los proponentes del Antropoceno critican el ideal de McKibben de una naturaleza virgen (que llevó a McKibben a la absurda conclusión de que “ahora vivimos en un mundo hecho por nosotros mismos”21), ¡llegan a la misma conclusión y, en buena medida, por las mismas razones! Sin embargo, como hemos explicado, aún queda una cantidad sustancial de naturaleza[h] y es posible y deseable valorar esa naturaleza[i] reducida. Aún queda mucha naturaleza que los defensores del ecologismo tradicional basado en el “carácter natural” pueden valorar y defender.

Además, los proponentes del Antropoceno ignoran que los sistemas naturales impactados por el ser humano tienen el potencial de deshacerse de la humanización y que existe la posibilidad real de que retorne a ellos un mayor grado de carácter natural.22 Que la restauración, el reasilvestramiento[j] y simplemente el dejar a la naturaleza[k] recuperarse por sí misma sean políticas ambientales deseables (aunque ciertamente no las únicas metas ambientales) es algo que los promotores del Antropoceno parecen rechazar. Nótese que no es necesario que la naturaleza retorne a su estado o su trayectoria originales de referencia para que el carácter natural se vea aumentado; la reducción del control y la influencia humanos en el curso de la naturaleza es suficiente. Incluso, si como los proponentes del Antropoceno insisten en afirmar, es verdad que “no hay vuelta atrás”, esto no significa que el único camino hacia adelante sea un futuro totalmente gestionado cada vez más desprovisto de naturaleza[l]. Aunque dejar que la naturaleza marche por sí sola siguiendo una trayectoria que nosotros no determinemos sea en sí mismo claramente una “decisión de gestión”, esto no demuestra que esa trayectoria esté controlada por o sufra el impacto de los seres humanos.

A modo de conclusión, veo el reciente afán por centrarse en la era del hombre como la última encarnación del desmedido orgullo humano. Se delata a sí mismo como culpable de no apreciar el profundo papel que la naturaleza no humana sigue jugando en la Tierra y de realizar una sobrevaloración arrogante del papel y autoridad humanos. No sólo ignora un valor absolutamente crucial a la hora de respetar apropiadamente la naturaleza sino que nos lleva por mal camino en política ambiental. Nos hará subestimar la importancia de la preservación, la restauración y el reasilvestramiento de la naturaleza y también nos hará promover la invención de ecosistemas y la geoingeniería. Es más, al promover la idea de que vivimos en un planeta que ya ha sido domesticado, se corre el riesgo de que, como consecuencia, el apoyo monetario y público a la conservación parezca algo fútil y cese.23 No deberíamos llegar a sentirnos cómodos con el Antropoceno, como algunos han sugerido, sino más bien combatirlo. Dicho confort no representa la virtud de la reconciliación, sino el vicio de la capitulación.

 

NOTAS

 

1.    P. Crutzen, “Geology of Mankind: The Anthropocene”, Nature 415 (2002): 23.

2.    P. Vitousek, H. Mooney, J. Lubchenco y J. Melillo, “Human Domination of Earth’s Ecosystems”, Science 277, nº 5325 (1997): 494-99.[m]

3.    R. Monasterky, “Eathmovers: Humans Take Their Place Alongside Wind, Water, and Ice”, Science News 146 (1994): 432-33.

4.    J. Zalasiewicz, M. Williams, W. Steffen y P. Crutzen, “The New World of the Anthropocene”, Environmental Science & Technology 44, nº 7 (2010): 2228-31.

5.    Ibíd.

6.    P. Kareiva, S. Watts, R. McDonald y T. Boucher, “Domesticated Nature; Shaping Landscapes and Ecosystems for Human Welfare”, Science 316, nº 5833 (2007): 1866-69. http://www.sciencemag.org/content/316/5833/1866.full.

7.    E. Marris, P. Kareiva, J. Mascaro y E. Ellis, “Hope in Age of Man”, artículo de opinión, New York Times 7 de diciembre del 2011. http://www.nytimes.com/2011/12/08/opinion/the-age-of-man-is-not-a-disaster.html.

8.    A. Thompson, “Responsibility for the End of Nature: Or, How I Learned to Stop Worrying and Love Global Warming”, Ethics and the Environment 79, nº 1 (2009): 79-99.

9.    A. Thompson, “Responsibility for the End of Nature: Or, How I Learned to Stop Worrying and Love Global Warming”, p. 97.

10.A. Thompson, “Radical Hope for Living Well in a Warmer World”, Journal of Agricultural and Environmental Ethics 23, nº 1 (2010): 43-55.

11.A. Thompson, “Responsibility for the End of Nature: Or, How I Learned to Stop Worrying and Love Global Warming”, p. 96.

12.A. Thompson, “Responsibility for the End of Nature: Or, How I Learned to Stop Worrying and Love Global Warming”, p. 97.

13.Ibíd.

14.Ibíd.

15.H. Rolston III, A New Environmental Ethics: The Next Millennium for Life on Earth (Nueva York: Routledge, 2012), 46.

16.Thompson, “Responsibility for the End of Nature: Or, How I Learned to Stop Worrying and Love Global Warming”, p. 97.

17.A. Thompson, “Radical Hope for Living Well in a Warmer World”, p. 54.

18.B. McKibben, The End of Nature (Nueva York: Doubleday, 1989).[n]

19.E. Ellis, (entrevista en video), “Erle Ellis on the Anthropocene”, The Economist, Multimedia Library acceso de febrero del 2012.

20.P. Kareiva, S. Watts, R. McDonald y T. Boucher, “Domesticated Nature; Shaping Landscapes and Ecosystems for Human Welfare”, Science 316, nº 5833 (2007): 1866-69. http://www.sciencemag.org/content/316/5833/1866.full.

21.B. McKibben, The End of Nature, 85.

22.N. Hettinger y B. Throop, “Refocusing Ecocentrism: De-emphasizing Stability and Defending Wildness”, Environmental Ethics 21, nº 1 (Primavera 1999): 3-21.

23.T. Caro, J. Darwin, T. Forrester, C. Ledeoux-Bloom y C. Wells, “Conservation in the Anthropocene”, Conservation Biology 26, nº1 (2011): 185-88.



[a] Véanse también “Más allá de la crisis del clima” de Eileen Crist o “La Tierra no es un jardín” de Brandon Keim, esta misma página web

[b] Traducción del capítulo “Valuing the Naturalness in the ‘Anthropocene’”, del libro Keeping the Wild, editado por George Wuerthner, Eileen Crist y Tom Butler (Island Press, 2014). Traducción a cargo de Último Reducto. N. del t.

[c] “Naturalness” en el original. Literalmente se traduciría por “naturalidad”, pero  debido a que hoy en día en español “naturalidad” no se usa prácticamente nunca para referirse a algo que no sea un comportamiento humano (y desde luego, nunca para referirse al grado en que los ecosistemas no están afectados por los seres humanos, que es a lo que se refiere el autor), en este texto se ha traducido como “carácter natural”, en casi todas las ocasiones. Los casos en que este término ha sido traducido de otro modo se indican explícitamente con notas de pie de página. N. del t.

[d] La producción primaria neta es la cantidad de energía total fijada por la fotosíntesis menos la energía consumida por la respiración en los organismos autótrofos. A grandes rasgos, se puede considerar que es la cantidad de biomasa producida por las plantas. N. del t.

[e] “Pristine wilderness” en el original. N. del t.

[f] “Naturalness” en el original. N. del t.

[g] Ídem. N. del t.

[h] “Naturalness” en el original. N. del t.

[i] Ídem. N. del t.

[j] “Rewilding” en el original. El término inglés “rewilding” se refiere a la recuperación del carácter salvaje. En este texto ha sido traducido literalmente como “reasilvestramiento”. N. del t.

[k] “Naturalness” en el original. N. del t.

[l] Ídem. N. del t.

[m] Existe traducción al español: “La dominación humana de los ecosistemas de la Tierra”, en esta misma página webN. del t.

[n] Existe edición en castellano: El fin de la naturaleza. Ediciones B, 1990. N del t.