La naturaleza salvaje y el poblamiento humano

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Presentación de “La Naturaleza salvaje y el poblamiento humano

Presentamos a continuación la traducción del texto “Wilderness and Human Habitation”. El autor trata de refutar en él algunas críticas habituales acerca de la idea de lo salvaje. Lo hace desde una perspectiva de respeto y devoción hacia la Naturaleza salvaje, demostrando que en muchas ocasiones lo que ocurre con los críticos no es sólo que no compartan dicho valor, sino que directamente no entienden (o no quieren entender) qué es lo salvaje.

Por otro lado, también hemos encontrado en el texto varios fallos ideológicos. El más importante que vemos en este artículo es la idea voluntarista de que promoviendo un cambio en los valores de los seres humanos (por ejemplo, promoviendo el respeto hacia la Naturaleza) puede reformarse la sociedad tecnoindustrial convirtiéndola en algo compatible con lo salvaje. De hecho, como ya hemos hablado otras veces, ni siquiera un cambio en las tendencias demográficas humanas actuales (hacia una disminución de la población) sería por sí solo algo bueno para lo salvaje, a no ser que ese cambio demográfico vaya acompañado de una reducción en el nivel tecnológico, cosa que no se menciona para nada en el texto, ni la suelen tener en cuenta quienes critican el crecimiento demográfico humano. Todo esto es muy preocupante, porque centra la atención de aquellos que aman la Naturaleza salvaje en metas que en realidad a largo plazo no ayudan a preservar lo salvaje.

También es cuestionable que las culturas cazadoras-recolectoras estuvieran tan integradas en su entorno como dice el autor. Aunque los daños que los cazadores-recolectores y otras culturas primitivas podían causar en el entorno resultan insignificantes al lado de los efectos que la sociedad tecnoindustrial actual tiene en la biosfera, eso no significa que dichos daños no existieran nunca, sino sólo que eran de una magnitud muy inferior a la actual.

Además, también es cuestionable que ciertos tipos de gestión, como la restauración de ecosistemas, por muy cuidadosos que sean, no escondan realmente el mismo mal que se pretende combatir. ¿Es en realidad el ecosistema que surge después de un caso de “restauración” algo parecido a lo que había originalmente (con las mismas funciones y procesos ecológicos) o una chapuza fruto de la típica creencia humana de que puede hacer algo bueno por la naturaleza interviniendo en ella? A menudo la arrogancia ingenieril y la ignorancia de los gestores y recuperadores de ecosistemas (algo en gran medida inevitable en sistemas y procesos complejos y dinámicos, como los ecológicos, que son en gran parte impredecibles y es imposible conocer todos sus detalles) les lleva a realizar intervenciones que agravan aún más los problemas en vez de solucionarlos. Por ejemplo, introduciendo nuevas especies exóticas con el fin de controlar a otras especies invasivas y al final acabar dañando a las especies y ecosistemas autóctonos en lugar de a las especies alóctonas. Véase, por ejemplo: https://www.lavanguardia.com/natural/20160311/40362282588/conejo-australia-plaga.html.

De todos modos, a veces la restauración es mejor que nada, aunque el resultado nunca sea exactamente lo mismo que lo que había (es imposible que llegue a serlo; por esto la destrucción de  especies, ecosistemas y procesos salvajes es tan grave, ya que en realidad es en gran medida irreversible e irrecuperable). A veces, la degradación es tan grande, que sin algo de ayuda el ecosistema no se puede recuperar por sí mismo (o tardaría muchísimo: miles o millones de años; lo que viene a ser lo mismo, porque para entonces las condiciones han podido cambiar tanto que nunca llegue a haber de nuevo un ecosistema con una estructura y funcionamiento similares en esa zona).

De todos modos, esto son sólo “soluciones” técnicas, concretas y a corto plazo que, en realidad y demasiado a menudo, desvían la atención y las energías lejos del problema fundamental: la incompatibilidad intrínseca entre el mantenimiento y desarrollo del sistema tecnoindustrial y la preservación de la Naturaleza salvaje sobre la Tierra a largo plazo y gran escala. Si la sociedad tecnoindustrial sigue adelante, los esfuerzos por preservar y restaurar ecosistemas y especies salvajes concretos serán vanos a largo plazo, ya que la destrucción, degradación y sometimiento de los mismos continuarán a medida que el sistema tecnoindustrial necesite espacio, energía y materia para crecer (o simplemente para mantenerse). A largo plazo y de forma general, lo único que puede servir para salvar lo salvaje es la desaparición del sistema tecnoindustrial.

 

La Naturaleza salvaje y el poblamiento humano[a]

Por David Johns

 

La naturaleza salvaje[b] ha venido siendo objeto de nuevos ataques de diversos tipos a lo largo de los últimos años.1 Estos ataques proceden de dentro del propio movimiento ecologista y son una reacción a una serie de supuestos puntos flojos del pensamiento a favor de lo salvaje: oponer la naturaleza salvaje a los seres humanos, no ser capaz de reconocer la necesidad de integrar a la gente en la naturaleza y no haber logrado darse cuenta de que la gente siempre ha modificado la naturaleza. Quiero responder a este conjunto de críticas.

Crítica número uno: la idea de la naturaleza salvaje[c] existe sólo desde la perspectiva del paradigma de la civilización. La noción de naturaleza salvaje[d] refuerza dicho paradigma, en lugar de superarlo.

La idea de lo salvaje surge del dualismo esencial que caracteriza a la civilización y de los procesos emocionales y de pensamiento que forman parte de ella. La civilización se sitúa a sí misma como algo separado de tierra salvaje -es decir, a la tierra que no se halla bajo el control humano y hostil a ella.2 Sin embargo, la naturaleza salvaje no es meramente una categoría dentro de un paradigma o construcción mental. Hay una enorme diferencia cuantitativa entre las tierras que son explotadas por la civilización (y por sus sociedades precursoras, jerárquicas y normalmente sedentarias) y las tierras que no lo son. “Naturaleza salvaje” es la expresión con que la gente ecocéntrica o biocéntrica designa a la tierra que no ha sido significativamente degradada por los seres humanos, la tierra que aún mantiene los procesos ecológicos y la biodiversidad autóctona.

Dejar de pensar en términos de la dicotomía naturaleza salvaje/civilización no resuelve el problema de las sociedades civilizadas, que colonizan y consumen los ecosistemas de un modo muy similar a como un tumor maligno consume las células y los tejidos que lo rodean.3 La historia y prehistoria humanas están llenas de ejemplos de gente que redujo o destruyó aquello que decía respetar. Para trascender el dualismo entre la civilización y la naturaleza salvaje necesitamos cambiar tanto el comportamiento como el pensamiento y el sentimiento. Mientras trabajamos para lograr trascender materialmente el dualismo, hemos de proteger lo que queda de lo salvaje y restaurar lo que se necesita para asegurar la integridad de los procesos ecológicos.

El término inglés wilderness deriva de unas palabras celtas previas que significaban “tierra con voluntad propia”.4[e] La tierra con voluntad propia no está domada ni domesticada. Es tierra libre de la colonización humana. (La colonización no es la mera presencia de seres humanos sino la conversión de los ecosistemas para el uso predominante por parte de una sola especie con el consiguiente declive de la diversidad, la complejidad y el dinamismo evolutivo). La colonización implica invariablemente gran número de personas y altos niveles de consumo. Proteger las tierras salvajes[f] es proteger su carácter autónomo[g] -protegerlas de la voluntad suprema de una sola especie. Proteger las áreas salvajes[h] es proteger la biodiversidad y el predominio de los procesos ecológicos. No proteger las áreas salvajes[i] en nombre de trascender el dualismo es dejar vulnerables a la destrucción zonas que están relativamente íntegras y sanas.

Crítica número dos: la gente pertenece a la naturaleza, no es algo aparte de ella. El problema de la idea de la naturaleza salvaje es que mantiene a la gente, incluidos los pueblos indígenas, apartada de la naturaleza.

La separación de la gente respecto de la naturaleza es de hecho el problema. Volver a integrar a la gente en la naturaleza es de hecho la solución. Llegar a los corazones de las personas, ayudándoles a recuperar sus vínculos profundos con el planeta que les mantiene, y reavivar su amor y respeto por el resto de la vida, es esencial. No es accidental que los ritos de paso a la edad adulta de muchas sociedades precivilizadas implicasen adentrarse en la naturaleza salvaje en solitario. Allí uno encontraba su más profundo yo como parte del paisaje viviente. Sin naturaleza salvaje, nos arriesgamos a perder los parajes que hacen posibles dichos encuentros. Si Paul Shepard está en lo cierto, al perder las tierras salvajes[j] nos arriesgamos a perder toda oportunidad de superar la atrofia de nuestro desarrollo.5 Al perder lo salvaje, perdemos el mundo que nos dio a luz.

Reavivar esos sentimientos es sólo el principio -el punto de partida de un largo camino en el cual los seres humanos deberán cambiar el modo en que viven y reducir su número. ¿Cómo se va a conseguir que la gente vuelva a establecer una relación más profunda con la naturaleza no humana? Muchos señalan que los pueblos que viven de forma sencilla tienen importantes lecciones que enseñarnos a quienes estamos atrapados en las culturas dominantes del mundo. De hecho, muchos de quienes critican la idea de la naturaleza salvaje[k] señalan el papel que los grupos humanos juegan a la hora de aumentar la biodiversidad. Volveremos sobre este punto más tarde, pero primero veamos qué es lo que podemos aprender de aquellos que viven cercanos a la tierra.

Tanto si asumimos que los grupos de gente que mantienen una estrecha relación con la tierra conocen lo que nosotros desconocemos como si asumimos simplemente que no poseen la capacidad de ser tan destructivos, es algo que carece de importancia aquí. Cuando el modo de vida de ciertas sociedades, como los kung (África del Sur), los inuit (norte de Canadá) o los kayapo (Amazonia), es descrito como parte de los procesos ecológicos, hay dos cosas que destacan y que son anatema para las sociedades civilizadas. La primera característica es una combinación de una muy escasa población y una tecnología no intrusiva, ninguna de las cuales debería ser equiparada a la simplicidad cultural. La segunda característica es una sociedad en gran medida igualitaria desprovista de los grandiosos planes de conquista, de la acumulación o de otras formas de dominación.

Cuando el número de seres humanos aumenta mucho más allá del tamaño de una banda y forma concentraciones, la relación con la naturaleza cambia ya que la gente ha de cambiar a tecnologías y formas de organización social más manipulativas e intrusivas. Una parte mayor del ecosistema debe ser alterada para satisfacer el consumo humano y queda menos para otras especies. Controlar la naturaleza para mantener a un mayor número de seres humanos lleva, a su vez, a reducir los sentimientos de afinidad con la naturaleza.6

¿Cómo van a acercarse a la tierra 5.500 millones de personas? ¿Cómo van a acercarse a la tierra 400 millones de norteamericanos? Los 400 millones de norteamericanos que viven en la actualidad podrían decidir disminuir su impacto colectivo reduciendo drásticamente sus niveles de consumo, pero la población humana actual continuaría necesitando convertir en huertos y granjas enormes porciones de la tierra. Nuestro número, y la organización social que lo mantiene, nos obligan a sostener una guerra con lo salvaje. Nuestro número nos hace pobres. Reaccionamos con intolerancia hacia otras criaturas que usan el espacio o el alimento que nosotros queremos. Tenemos que adueñarnos de todo.

Durante la mayor parte del tiempo que lleva existiendo la humanidad en este planeta fuimos pocos, expandiéndonos lentamente por la tierra, con la tecnología y la organización social limitadas que se necesitaban para mantener bandas de cazadores-recolectores. Los últimos diez mil años, y sobre todo los últimos trescientos, han sido testigos de una situación radicalmente alterada. Ya no somos unos pocos millones. Ya no vivimos de la recolección suplementada con la pesca, la caza y el carroñeo, sino gracias a la agricultura en todas sus formas posibles.

Durante la mayor parte de la historia humana no vivíamos en grandes concentraciones ni como poblaciones sedentarias. Hasta hace poco muchas zonas no estaban ocupadas por los seres humanos, o eran ocupadas sólo de forma estacional o temporal, y muchas otras zonas eran usadas solamente de forma limitada -con motivos sagrados, como zonas de separación entre grupos y cosas similares.7 Los seres humanos en la sociedad de bandas no son diferentes de otros mamíferos en lo que respecta a afectar a la evolución de los ecosistemas. A medida que la densidad humana se aproxima a aquella que necesita de la práctica de la horticultura o la agricultura (o de algo equivalente, como la explotación de las migraciones del salmón en la Costa Noroeste de Estados Unidos), el impacto de nuestra especie va significativamente más allá de la coevolución. Aunque hay algunos ejemplos de seres humanos que (como los castores) actúan como especies clave que incrementan la diversidad, normal e históricamente los resultados predominantes son la perturbación y degradación ecológicas -independientemente de la idea de la naturaleza que tenga la gente implicada. De hecho, la noción de la naturaleza que la gente tiene tiende a ajustarse a su comportamiento adaptativo, por muy alienante que éste sea.8 Incluso antes de la agricultura y la horticultura la adopción de la caza de grandes presas por parte de algunos grupos pudo haber ocasionado extinciones.9

La agricultura permitió una rápida expansión de la población humana y la acumulación de excedentes que hicieron posibles los cambios en la organización social, la tecnología y las actitudes que normalmente se denominan civilizados. El surgimiento de la civilización (ciudades, estados, grandes jerarquías, ejércitos profesionales) señala la adolescencia de la capacidad humana para colonizar la naturaleza: para enterrar completamente ecosistemas bajo ciudades y campos, para llegar a otros ecosistemas en busca de materiales, para reemplazar la diversidad con monocultivos y para consumir ríos enteros para riego.

Las grandes poblaciones de gente y los procesos sociales/tecnológicos que van de la mano de la civilización socavan los procesos ecológicos y destruyen la biodiversidad. Esto es tan cierto para las civilizaciones azteca, inca, china, hindú y sumeria como lo es para la europea. Las grandes poblaciones de gente y ciertos tipos de tecnología degradan los paisajes. Destruyen la biodiversidad. Una actitud más amigable hacia la tierra y hacia otras formas de vida puede disminuir los impactos -comparada con la mentalidad de una sociedad que reduzca la naturaleza a meros recursos- pero no los evitará. La existencia de centros de civilización que compiten entre sí agrava enormemente el impacto negativo, ya que cada centro ve a los demás centros como amenazas a su hegemonía e intensifica sus intentos de dominio y extracción.

El argumento de que la gente lleva rondando por todas partes y teniendo un impacto significativo en la naturaleza no humana desde hace mucho tiempo demuestra una extraña incapacidad para discernir la diferencia entre 50 millones y 5.000 millones de seres humanos y entre 4.000 millones de años (el tiempo aproximado que lleva existiendo la vida en la tierra) y el tiempo que lleva existiendo el género Homo. Afirmar que los seres humanos, una vez adquirida su capacidad de afectar a la biodiversidad, la han mejorado en su totalidad, apesta a la misma tremenda arrogancia humanista que es la marca característica del culto al buen salvaje o al hombre del Renacimiento.

La biodiversidad y los procesos ecológicos necesitan ser protegidos de esos miles de millones de seres humanos: áreas protegidas donde no resida gente, salvo en pequeño número y con tecnologías premesolíticas. Simplemente, no es posible para 5.000 millones de personas vivir sobre la tierra sin empobrecer gravemente la biosfera, incluso si viven al nivel de los pobres del Tercer Mundo. Es imposible para 1.000 millones de personas vivir como lo hacen los norteamericanos, los europeos o los japoneses sin degradar gravemente la biosfera, por no mencionar la degradación causada a sus congéneres humanos. Sería un desastre poner a esa cantidad de gente en contacto con la naturaleza con el fin de que así puedan experimentar una conversión, permitiendo para ello la construcción de carreteras y la entrada de gran número de excursionistas u otros artefactos de la civilización en las pocas áreas que quedan en las que los procesos biológicos aún conservan cierta integridad. No restaurar áreas -por estos u otros motivos- sería también un desastre.10

Crítica número tres: los pueblos indígenas tenían un profundo impacto sobre la naturaleza -de hecho, gestionaban la naturaleza. Dicha tutela[l] de la naturaleza es fundamental para los seres humanos e importante para la salud de la naturaleza.

Esto en gran parte depende de lo que uno entienda por pueblos indígenas y en qué consista la gestión o tutela. En América, los pueblos indígenas son los pueblos precolombinos y sus descendientes. Para ciertos fines puede ser útil pensar en toda esa gente como perteneciente a una categoría, pero en lo que respecta a la relación humana con la naturaleza no humana, hacer esto oscurece más que aclara. La América precolombina era el hogar de un amplio rango de culturas, desde los inuit a los aztecas, pasando por las muchas bandas de la Amazonía. Tanto las actitudes como el comportamiento de los distintos grupos con respecto a la tierra eran muy variados. Los aztecas sobrepoblaron y destruyeron gran parte de la biodiversidad y de la capacidad de carga del Valle de México y del área circundante. Los agricultores de rozas no eran disruptivos en pequeño número, pero en mayores cantidades alteraron los bosques, cambiando los microclimas y causando extinciones. En algunos casos las quemas acarrearon erosión y cambios a largo plazo. Algunos agricultores talaron bosques inmensos a lo largo de décadas, reduciendo la biodiversidad y socavando la base ecológica de su sociedad.11 Los antropólogos y los paleontólogos debaten si las extinciones de grandes animales fueron causadas por cambios en el clima o por una caza intensiva de grandes presas. La mayoría creen que la caza de grandes presas jugó al menos cierto papel.12

Seguro que otros grupos de indígenas norteamericanos vivieron integrados en la naturaleza, como una especie más. Sin embargo, no existe un Pueblo Indígena monolítico que pueda servir como modelo. Hay muchos grupos indígenas, incluidos aquellos que se han adaptado significativamente al mundo moderno y tienen mucho que enseñarnos a aquellos cuyas raíces están incluso más profundamente enterradas que las suyas.

Si el término indígena no es indicativo de manera uniforme de un comportamiento ecológicamente adecuado, tampoco lo son los términos gestión o custodia. Todas las especies modifican su entorno. Los grandes mamíferos tienen un impacto significativo sobre otras especies, tanto directo como indirecto a través de su impacto en los hábitats. A medida que las especies evolucionan y expanden (o contraen) su rango de distribución, los ecosistemas cambian. Harold J. Morowitz ha sugerido que las unidades reales de la evolución en la tierra son los ecosistemas: la comunidad de plantas y animales y los ciclos hidrológicos, tróficos y de nutrientes. Stephen Jay Gould defiende una idea jerárquica: los genes, los individuos, las poblaciones, las especies y las comunidades pueden, todos ellos, estar sometidos a la selección natural. Lynn K. Margulis y otros llevan defendiendo desde hace ya tiempo que lo mejor es entender la tierra como una entidad viva con partes que coevolucionan.13 Si bien la evolución (o la coevolución) no tiene un propósito o meta, sí parece tener una dirección. En un universo que tiende a la entropía, algunas de sus partes que reciben energía de fuentes estables y son capaces de aportarla correspondientemente a un sumidero a un ritmo estable, tienden a aumentar su complejidad.14 Éste ha sido el patrón general en la tierra, a pesar de los cinco episodios de extinciones masivas.

Entonces, ¿cuál es el problema en lo que respecta al comportamiento humano? ¿No nos limitamos simplemente a coevolucionar, de un modo similar a otros grandes mamíferos, alterando la totalidad del conjunto? A veces lo hacemos así; pero solemos ir más allá de eso. Nuestra capacidad para la cultura nos aporta la capacidad de romper, al menos temporalmente, la economía solar –reduciendo la complejidad, la diversidad y la integración de los ciclos y sistemas. La colonización, entendida como lo opuesto a la coevolución, representa una opción cultural que implica remodelar, incluso destruir, los ecosistemas para servir a los propósitos humanos.15 Dicha remodelación tiene ciertas características: los seres humanos se benefician en detrimento de otras especies y de los procesos ecológicos en general; los bosques son transformados en plantaciones forestales o en pastos, las praderas en interminables campos de soja y los ríos en sopas venenosas, arruinando la capacidad de la tierra para reciclarlo todo, desde los nutrientes al calor. La colonización reduce la capacidad de los paisajes y ecosistemas para mantener la diversidad, reemplazando muchas especies por unas pocas o incluso por una sola. La colonización conlleva que la población humana crezca, a veces rápidamente, y el consumo aumente –todo ello a expensas de otras especies. En resumen, la autorregulación de la comunidad como conjunto es sustituida por el control sobre parte de la totalidad, y la espontaneidad, la vivacidad y la integridad ecológica se ven disminuidas. El tigre es enjaulado y el buey criado para tirar del arado en los campos de arroz.

¿Cómo distinguimos este comportamiento colonizador de la gestión o la custodia? Las líneas no siempre están claras, y a menudo la naturaleza polémica del debate simplemente se suma a la falta de claridad. Yo sostengo que los términos son tan amplios que pueden ser usados para denominar tanto el comportamiento colonizador como el que no lo es. Un bosque es un sistema vivo, autorregulado. Los seres humanos, aunque son unos recién llegados, pueden, en número limitado y con formas preneolíticas de organización social y de tecnología, vivir como parte de dicho sistema. El cambio antrópico puede imitar a las fuerzas no antrópicas o simplemente constituir un elemento más entre muchos otros.16 ¿Es esto gestión o hay que aplicarle otro término? Si de hecho es gestión, ¿se puede usar el mismo término para denominar el uso (o la supresión) de los incendios[m] o la ejecución de otras prácticas preindustriales que llevaba a cabo la gente y que eran ecológicamente dañinas? Los detractores de la idea de la naturaleza salvaje[n] han objetado que, dado que los norteamericanos preeuropeos gestionaban sus ecosistemas y las cosas iban estupendamente hasta 1492, nosotros podemos hacer lo mismo. Sin embargo, no sólo es que las cosas no fueron tan estupendas de manera uniforme hasta 1492, sino que a menudo existe una intención deliberada de tratar de aplicar el término gestión a todo, desde el uso de arcos y flechas hasta la utilización de un buldócer. El Servicio Forestal[o], el Departamento de Gestión de Tierras[p] y las compañías madereras afirman ser gestores y buenos custodios[q] de la tierra. ¿Estamos hablando de una burda tergiversación o de meras diferencias en la escala? ¿Algunos pueblos tenían un impacto menor porque su tecnología era más simple o es que su relación con la naturaleza era fundamentalmente diferente? ¿O es que simplemente unos eran mejores gestores que otros? ¿Es una mera cuestión de fines diferentes o es que la noción de gestión en sí conlleva un error fatal? ¿No implica realmente dominación de un tipo u otro?

Está claro que gestión es un término muy amplio. El problema es, realmente, la naturaleza de la actividad humana en relación a la naturaleza no humana y si dicha actividad constituye un tipo de colonización o si supone vivir en la naturaleza[r] e incluso restaurarla. ¿Qué tipos de intervención humana que no sean colonizadores y sean ecocéntricos podrían ser denominados gestión? Los fines de la actividad humana han de ser tenidos en cuenta a la hora de evaluar si la gestión es adecuada. Las metas humanas ecocéntricas incluyen restaurar las condiciones para la autorregulación y espontaneidad de los ecosistemas. Al eliminar las influencias degradantes (industria, carreteras, contaminación, especies exóticas, tala, presas y demás) podemos permitir al ecosistema que comience a sanarse, a reestablecer los patrones sucesionales y la resiliencia frente a los regímenes naturales de perturbación. Tanto si lo llamamos gestión como si no, restaurar un ecosistema para que se autorregule es muy diferente de intentar dominarlo.

Las metas de la gestión de recursos, por el contrario, son maximizar la extracción de materiales de un ecosistema -reemplazando las relaciones y procesos naturales por otros impuestos por el ser humano. Semejante esfuerzo implica continuos aportes de energía para imponerse a los procesos y especies no deseados y mantener especies exóticas o preferidas, a menudo monocultivos. Este tipo de gestión tiene que ver con el control. Está en oposición directa con la autorregulación y la espontaneidad. En último término, la diferencia entre ambas formas de gestión es la diferencia entre el poder y el amor. El acto de amar -permitir al ser amado, la tierra y los demás seres vivos, desarrollarse a su manera- no es un acto de autonegación sino un reconocimiento de que las condiciones para el propio desenvolvimiento son la antítesis del poder y sólo pueden darse en el contexto de un conjunto integrado.

La tutela por lo general tiene una connotación de gestión benevolente, pero este término también puede ser usado para ocultar multitud de pecados. Paul Shepard observa que muchas mitologías precivilizadas reconocen y honran la evolución, o en términos mitológicos, el desenvolvimiento, de un todo mayor. Los seres humanos tienen un lugar en el todo, pero no como señores de la creación. Sólo en las mitologías civilizadas -que son de hecho mitologías reificadas y moribundas- los seres humanos aparecen como señores, administradores y gestores.

El ecocentrismo implica el reconocimiento de que sólo podemos tratar de imitar a la naturaleza y debemos ser cautelosos y respetuosos en nuestras interacciones, incluso a la hora de intentar ayudar a sanar a la naturaleza. Los ecocéntricos reconocen que las áreas salvajes[s] protegidas son importantes ya que han estado funcionando durante cuatro mil millones de años y no necesitan ser reinventadas. Tal como Reed Noss ha dicho: “las áreas salvajes[t] ofrecen un estándar de tierras sanas, intactas y relativamente no modificadas”.17 Para que las tierras salvajes[u] sirvan para esto, necesitan ser protegidas de la civilización industrial. Noss señala que las áreas que se protegen de la gente son los únicos lugares en que pueden existir poblaciones grandes y saludables de grandes carnívoros y de otros animales. Su salud es indicio de la salud del sistema. Otra definición de tierra salvaje[v] es el lugar de las bestias salvajes[w]; cuando las bestias salvajes disminuyen o desaparecen, la tierra se empobrece.

La protección ecocéntrica de la naturaleza salvaje no significa que debamos caminar sin sombras ni huellas. Lo que significa es vivir dentro de ciertos límites: en lo que respecta a la población, a la tecnología y a los niveles de consumo humanos. La idea de la naturaleza salvaje significa un reconocimiento de que la evolución es más sabia que una sola especie, incluso que nosotros, y que debemos por tanto vivir humildemente. Significa abandonar nuestras fantasías de control y asumir la realidad dentro de la comunidad de la biosfera. Significa enfrentarnos al miedo a la naturaleza, tanto interna como externa, el cual es el motivo del control. 

La idea de la naturaleza salvaje tiene que ver con aprender cómo vivir en la corriente -lo cual puede implicar tener que nadar contracorriente a veces- sin recurrir a las presas que matan los ríos. La idea de la naturaleza salvaje tiene que ver con vivir con lobos y osos y compartir con ellos el planeta en términos de igualdad.

La defensa de la naturaleza salvaje no es antihumana sino una defensa de la protección del lugar que ha sido nuestro hogar durante mucho tiempo. La idea de la naturaleza salvaje tiene que ver con preservar y restaurar la tierra “con voluntad propia” y parar la colonización. La naturaleza salvaje debe ser protegida de los seres humanos porque todas las sociedades civilizadas, junto a muchas de sus precursoras, perturban los procesos ecológicos y reducen la biodiversidad. La naturaleza salvaje es necesaria para contrarrestar los efectos letales de la gran población humana y de ciertas formas de organización social y de tecnología. Hasta que las sociedades humanas puedan ser radicalmente modificadas, grandes trozos de la tierra deberán ser protegidos de la intervención humana.

Si he ofrecido más preguntas que respuestas es porque tengo más preguntas que respuestas. Nuestra labor ahora es plantear claramente las preguntas. Aunque estos argumentos puedan sonar a que yo pienso que debemos volver atrás en vez de avanzar, no existe vuelta atrás en ningún sentido simple. Sin embargo, si observamos la sanación psicológica del ser humano, podemos encontrar una analogía útil. Curar una herida psicológica profunda supone volver a ella, reexperimentarla desde una perspectiva esclarecedora y luego seguir adelante por un camino diferente. Necesitamos curar la herida. Al herir a la tierra nos hemos herido a nosotros mismos. Mientras estemos atrapados en el tipo de violencia que surge de las heridas profundas, deberemos ponernos restricciones. Este es el propósito de la protección y restauración de las áreas salvajes[x]. Es una medida provisional hasta que aprendamos a basar nuestras vidas más en el amor que en el miedo.

Notas:

1.  Con “tierras salvajes”[y] no me refiero a las áreas salvajes protegidas legalmente o a áreas con un estatus similar. Coincido con la declaración de propósitos de The Wildlands Project[z]: “entendemos por tierras salvajes[aa] las áreas extensas de vegetación nativa en diversos estados de su sucesión, que no sufren la explotación humana; las poblaciones viables de todas las especies de plantas y animales autóctonos, incluidos los grandes depredadores, que se autorreproducen y son genéticamente diversas; y los vastos paisajes sin carreteras, presas, vehículos motorizados, líneas eléctricas, sobrevuelos aéreos ni otros artefactos de la civilización, en los que los procesos evolutivos y ecológicos pueden seguir su curso. Tales tierras salvajes son absolutamente esenciales para el mantenimiento integral de la biodiversidad. No son una solución a todos los problemas ecológicos, pero sin ellas el planeta se hundirá en una pobreza biológica aún mayor”.

2.   Algunas civilizaciones son ambiguas respecto a la naturaleza salvaje. Aunque generalmente son hostiles a ella, reconocen que es una fuente de revitalización. Véanse, por ejemplo, Paul Shepard, Nature and Madness (San Francisco: Sierra Club Books, 1982) y Peter Duerr, Dreamtime (Londres: Blackwell, 1985). En cualquier caso, el dualismo civilización/naturaleza salvaje (a diferencia de la distinción entre áreas usadas para vivir, cazar, rituales sagrados y separación respecto a otros grupos) es central para la cosmología y la composición de las civilizaciones.

3.  Por mor de la sencillez digo “civilización”, sin embargo, también me refiero a sociedades precivilizadas que son precursoras de la civilización, tales como las jefaturas. Véanse, por ejemplo, Elman Service, Primitive Social Organization (Nueva York: Random House, 1962) y Origins of the State (Philadelphia: ISHI, 1978)[bb], Ronald Cohen, Origins of the State and Civilization (Nueva York: Norton, 1975), Robert McCormick Adams, Evolution of Urban Society (Chicago: Aldine, 1966), Hans J. Nissen, The Early History of the Ancient Near East (Chicago: University of Chicago Press, 1989) y William Sanders y Barbara Price, Mesoamerica (Nueva York: Random House, 1968).

4.   Jay Hansford C. Vest, “Will of the Land”, Environmental Review (Invierno 1985): 321-329.

5.   Véanse Shepard, Nature and Madness y Morris Berman, Coming to Our Senses (Nueva York: Simon & Schuster, 1989).

6.   Mark Nathan Cohen, The Food Crisis in Prehistory (New Haven: Yale University Press, 1977).[cc]

7.   Acerca de la evolución de nuestro género y de su expansión a lo largo del mundo véase Richard Klein, The Human Career (Chicago: University of Chicago Press, 1989); para una interpretación interesante véase Jared Diamond, The Third Chimpanzee (Nueva York: Harper Collins, 1992)[dd], especialmente la 4ª parte. Véase también Marvin Harris y Eric B. Ross, Death, Sex, and Fertility (Nueva York: Columbia University Press, 1987)[ee]. En lo referente a Norteamérica es interesante William M. Denevan, The Native Population of the Americas in 1942, 2ª ed. (Madison: University of Wisconsin Press, 1992). Véanse también John R. McNeill, “Agriculture, Forests, and Ecological History”, Environmental Review (Verano 1986): 122-133 y Roy Ellen, Environment, Subsistence and System (Cambridge: Cambridge University Press, 1982).

8.  Véanse Morris Freilich, The Meaning of Culture (Lexington, Mass.: Xerox College Publishing, 1971) y Marvin Harris, Cultural Materialism (Nueva York: Random House, 1979)[ff]. Véase también Marshall Shalins, Culture and Practical Reason (Chicago: University of Chicago Press, 1976).

9.  Paul S. Martin, “Prehistoric Overkill: The Goblal Model” y Richard G. Klein, “Mammalian Extinctions and Stone Age People”, ambos en Paul S. Martin y Richard G. Klein, Quaternary Extinctions (Tucson: University of Arizona Press, 1984).

10. Incluso si las áreas salvajes[gg] se ven influenciadas por el cambio antrópico en otras partes de la tierra, eso es preferible a que no haya ningún lugar salvaje; véase Reed Noss, Conservation Biology 1 (Marzo 1991): 120. La degradación de los lugares salvajes a causa de cambios antrópicos distantes no es un argumento sólido contra la existencia de lugares salvajes, sino más bien un argumento a favor de más y mayores lugares salvajes (deberían ser el marco de referencia[hh]) y a favor de limitar ciertas actividades humanas en cualquier lugar en que se produzcan.

11. Véanse, por ejemplo, William T. Sanders y Robert S. Santley, The Basin of Mexico (Nueva York: Academic Press, 1979), Roy Ellen, Environment, Subsistence and System y Andrew Goudie, The Human Impact on the Natural Environment, 3ª ed. (Cambridge: MIT Press, 1990).

12. Véase Martin y Klein, Quaternary Extinctions.

13. Harold J. Morowitz, Energy Flow in Biology (Nueva York: Academic Press, 1968); Stephen J. Gould, “Darwinism and the Expansion of Evolutionary Theory”, Science 216 (Abril 1982): 380-387; Lynn K. Margulis, Symbiosis in Cell Evolution (San Francisco: Freeman, 1981); Lynn K. Margulis y Dorion Sagan, Origins of Sex (New Haven: Yale University Press, 1986)[ii]; y Lynn K. Margulis, Mitchell Rambler y Rene Fester, eds., Global Ecology (Boston: Academic Press, 1989).

14. Véase Morowitz, Energy Flow.

15. Con “opción” me refiero a que la cultura humana puede tomar diversas formas; no pretendo dar a entender aquí que haya implícita una consciencia de las alternativas o una premeditación.

16. Véanse el artículo de Holmes Rolton III, “The Wilderness Idea Reafirmed”, Evironmental Professional 13 (1991): 370-377 y Reed Noss, “On Characterizing Presettlement Vegetation: How and Why”, Natural Areas Journal 1 (1985): 12-13.

17.  Reed Noss, Conservation Biology 1 (Marzo 1991): 120.

 



[a] Traducción a cargo de Último Reducto del texto “Wilderness and Human Habitation”, aparecido en el libro Place of the Wild, David Clark Burks (ed.), Island Press, 1994. N. del t.

[b] “Wilderness” en el original. El término inglés “wilderness” se refiere a los ecosistemas o zonas poco o nada humanizados y puede ser traducido de diversas formas según el contexto. En el presente texto “wilderness”, salvo que se indique explícitamente de otro modo, ha sido traducido como “naturaleza salvaje” o “lo salvaje”. N. del t.

[c] “Wilderness” en el original. N. del t.

[d] Ídem. N. del t.

[e] Aquí el autor ha cometido un error de interpretación de la obra de Vest citada en la nota 4. Lo que Vest dice en ese artículo es que el concepto de “tierra con voluntad propia” era compartido por los antiguos indoeuropeos en general, entre ellos por los germanos y los celtas. Pero una cosa es el concepto y otra los términos con que se expresa. Como señala el propio Vest en su artículo, las raíces lingüísticas del término “wilderness” son germánicas (gotónicas). Los celtas expresaban la idea de “tierra salvaje” con otros términos, como por ejemplo “nemeton” (de donde procede, por ejemplo, el término español “nemoroso”). N. del t.

[f] “To protect landscapes as wilderness” en el original. N. del t.

[g] “Self-willed character” en el original. Literalmente significaría “carácter de voluntad propia”. Se ha preferido traducirlo por “carácter autónomo” que viene a ser lo mismo pero suena más natural en castellano. N. del t.

[h] “To protect areas as wilderness” en el original. N. del t.

[i] “Wilderness” en el original. N. del t.

[j] Ídem. N. del t.

[k] Ídem. N. del t.

[l] “Stewardship” en el original. El término “stewardship” suele utilizarse, sobre todo en ciertos contextos ecologistas anglófonos, para dar a entender un tipo de gestión o dominación “benigna” y paternalista de la Naturaleza; algo así como proponer a los seres humanos como los “guardianes” y “cuidadores” que se deberían hacer cargo de ella, para protegerla y cuidarla (cuando no para intentar “mejorarla”). En este texto se ha traducido como “tutela” o “custodia”. N. del t.

[m] Aquí el autor, que es estadounidense, con lo de “supresión de incendios” se refiere a las prácticas de prevención y extinción de incendios forestales en ecosistemas que en realidad dependen de que se produzcan los incendios no artificiales con cierta frecuencia (régimen de incendios) para mantener y completar sus dinámicas de autorregulación, su integridad y su carácter salvaje. No todos los incendios forestales son malos para los ecosistemas. N. del t.

[n]Wilderness” en el original. N. del t.

[o] “Forest Service” en el original. Se refiere al Servicio Forestal de los Estados Unidos (U.S. Forest Service). N. del t.

[p] BLM” en el original. Siglas de “Bureau of Land Management”, un ente administrativo de los Estados Unidos. N. del t.

[q] “Stewards” en el original. Véase nota de pie de página g en este mismo texto. N. del t.

[r] “Landscape” en el original. N. del t.

[s] “Wilderness” en el original. N. del t.

[t] Ídem. N. del t.

[u] Ídem. N. del t.

[v] Ídem. N. del t.

[w] Aquí el autor se refiere a una de las etimologías que a menudo se proponen para el término inglés “wilderness”: “willed-deor-ness”, siendo willed  “con voluntad”, es decir, autónomo o salvaje; deor “bestia” en inglés antiguo; y ness “lugar” o “tierra” en inglés antiguo. Esta etimología es la que da Vest en el artículo citado como referencia en la nota 4 del presente texto. N. del t.

[x] Ídem. N. del t.

[y] Ídem. N. del t.

[z] The Wildlands Project  (actualmente conocida como The Wildlands Network), organización conservacionista estadounidense que defiende la protección de grandes zonas salvajes unidas por corredores biológicos a escala continental.N. del t.

[aa] “Wilderness” en el original.  N. del t.

[bb] Existe edición en castellano: Los orígenes del Estado y de la civilización: el proceso de la evolución cultural, Alianza Editorial, 1984. N. del t.

[cc] Existe edición en castellano: La crisis alimentaria en la prehistoria, Alianza Editorial, 1981. N. del t.

[dd] Existe edición en castellano: El tercer chimpancé, Debate, 2007. N. del t.

[ee] Existe edición en castellano: Muerte, sexo y fecundidad, Alianza Editorial, 1991. N. del t.

[ff] Existe edición en castellano: El materialismo cultural, Alianza Editorial, 1985. N. del t.

[gg] “Wild areas” en el original. N. del t.

[hh] “Matrix” en el orginal. El autor se refiere, seguramente, a que los lugares salvajes deberían ocupar zonas mucho más amplias, ocupando la mayor parte del territorio y rodeando a las zonas humanizadas, y no al revés como sucede hoy en día. N. del t.

[ii] Existe edición en castellano: ¿Qué es el sexo?, Tusquets, 1998. N. del t.