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Discordant Harmonies

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PRESENTACIÓN DE LA RESEÑA DE DISCORDANT HARMONIES

Aferrándose al falaz argumento de que no existe un estado de equilibrio ni de orden o regularidad en la Naturaleza, de que, en los ecosistemas, el estado normal es la perturbación y el cambio caótico y creando el hombre de paja de la supuesta creencia ecologista en una Naturaleza completamente estática, algunos ecólogos, como Daniel Botkin, han intentado justificar y promover la gestión y domesticación completas de la Tierra. Si, al fin y al cabo, según estos autores, el estado normal de los ecosistemas es la perturbación y el desequilibrio, es “natural” que los seres humanos alteren la Naturaleza e interfieran en sus procesos. La falacia de la ausencia de equilibrio ecológico ha tenido bastante repercusión, sobre todo en ciertos entornos humanistas[1]. Y, por desgracia, también incluso entre algunos incautos “defensores de la Naturaleza salvaje” inconscientes del trasfondo real y de la verdadera trascendencia de semejantes argumentos.

El siguiente texto es una reseña que trata sobre este asunto, ofreciendo varios argumentos que refutan acertadamente las exageradas afirmaciones de Botkin acerca de la supuesta falta de equilibrio, orden y regularidad en la Naturaleza.

Sólo cabe añadir tres críticas a la postura filosófica del autor de la reseña, Stan Rowe, todas ellas relacionadas con su sesgo ideológico postmoderno:

Primero, que para demostrar que la postura de Botkin no es tan objetiva y libre de influencias ideológicas y culturales como éste pretende, no hace falta abrazar el relativismo (o lo que viene a ser lo mismo, la tesis constructivista de la carga teórica de la observación: “la primacía de la teoría sobre los hechos, del paradigma sobre lo que parece real”, “todos los hechos están cargados por la teoría –la teoría dirige y los hechos la siguen”), del mismo modo que para demostrar que alguien miente o se equivoca no hace falta negar la existencia de la verdad en general. Más bien, lo aconsejable es lo contrario, ya que si se rechaza la posibilidad de lograr una mínima objetividad (independencia de las influencias culturales, ideológicas, teóricas o subjetivas) entonces todas las observaciones y posturas son igualmente fiables, válidas o defendibles (o poco fiables,  poco válidas y poco defendibles) y, por tanto, carecería de sentido escribir una reseña crítica. Por desgracia, el postmodernismo no sólo ha inspirado a los humanistas enemigos de la noción de lo salvaje, sino también, con demasiada frecuencia, ha infectado a los defensores de la misma (a través de la contracultura, la ecología profunda, el izquierdismo, etc.).

Segundo, en relación con esto último, la alusión a la supuesta influencia del capitalismo decimonónico en el “papel central de la competencia como mecanismo evolutivo” en la teoría de Charles Darwin es otro indicio de la escora ideológica del autor de la reseña. Las críticas a la supuestamente excesiva importancia dada a la competencia en el darwinismo son una cantinela típica del revisionismo biológico postmoderno. La competencia biológica nunca ha casado bien con las cosmovisiones izquierdistas, basadas exclusiva o principalmente en la igualdad, la solidaridad, la paz y la cooperación. Sin embargo, la competencia biológica existe, no es un invento de Adam Smith ni de Thomas Malthus, y juega un papel muy importante en la evolución biológica, aunque no sea necesariamente el único factor, ni sea siempre tan simple como muchos, incluidos revisionistas postmodernos como el autor,  parecen creer.

Y tercero, en un momento dado del texto el autor usa un término peculiar: “andropocentrismo”, supuesto híbrido entre “antropocentrismo” y “androcentrismo” (es decir, “machismo”), que reafirma la impresión de que está excesivamente influido por el postmodernismo. Más en concreto, por el llamado ecofeminismo en este caso. Prácticamente sólo las ecofeministas (¿o deberíamos en este caso decir “las/os ecofeministas/os”?) usan el palabro “androcentrismo” para referirse a la supremacía masculina sobre las mujeres y el resto de la Naturaleza, supuestamente imperante en la denominada sociedad patriarcal.

Con estas inclinaciones e influencias izquierdistas postmodernas, no es de extrañar que el autor acabe cayendo torpemente en la negación de la objetividad a la hora de tratar de combatir las falacias de Botkin.



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