Reseñas‎ > ‎

Discordant Harmonies

PRESENTACIÓN DE LA RESEÑA DE DISCORDANT HARMONIES

Aferrándose al falaz argumento de que no existe un estado de equilibrio ni de orden o regularidad en la Naturaleza, de que, en los ecosistemas, el estado normal es la perturbación y el cambio caótico y creando el hombre de paja de la supuesta creencia ecologista en una Naturaleza completamente estática, algunos ecólogos, como Daniel Botkin, han intentado justificar y promover la gestión y domesticación completas de la Tierra. Si, al fin y al cabo, según estos autores, el estado normal de los ecosistemas es la perturbación y el desequilibrio, es “natural” que los seres humanos alteren la Naturaleza e interfieran en sus procesos. La falacia de la ausencia de equilibrio ecológico ha tenido bastante repercusión, sobre todo en ciertos entornos humanistas[1]. Y, por desgracia, también incluso entre algunos incautos “defensores de la Naturaleza salvaje” inconscientes del trasfondo real y de la verdadera trascendencia de semejantes argumentos.

El siguiente texto es una reseña que trata sobre este asunto, ofreciendo varios argumentos que refutan acertadamente las exageradas afirmaciones de Botkin acerca de la supuesta falta de equilibrio, orden y regularidad en la Naturaleza.

Sólo cabe añadir tres críticas a la postura filosófica del autor de la reseña, Stan Rowe, todas ellas relacionadas con su sesgo ideológico postmoderno:

Primero, que para demostrar que la postura de Botkin no es tan objetiva y libre de influencias ideológicas y culturales como éste pretende, no hace falta abrazar el relativismo (o lo que viene a ser lo mismo, la tesis constructivista de la carga teórica de la observación: “la primacía de la teoría sobre los hechos, del paradigma sobre lo que parece real”, “todos los hechos están cargados por la teoría –la teoría dirige y los hechos la siguen”), del mismo modo que para demostrar que alguien miente o se equivoca no hace falta negar la existencia de la verdad en general. Más bien, lo aconsejable es lo contrario, ya que si se rechaza la posibilidad de lograr una mínima objetividad (independencia de las influencias culturales, ideológicas, teóricas o subjetivas) entonces todas las observaciones y posturas son igualmente fiables, válidas o defendibles (o poco fiables,  poco válidas y poco defendibles) y, por tanto, carecería de sentido escribir una reseña crítica. Por desgracia, el postmodernismo no sólo ha inspirado a los humanistas enemigos de la noción de lo salvaje, sino también, con demasiada frecuencia, ha infectado a los defensores de la misma (a través de la contracultura, la ecología profunda, el izquierdismo, etc.).

Segundo, en relación con esto último, la alusión a la supuesta influencia del capitalismo decimonónico en el “papel central de la competencia como mecanismo evolutivo” en la teoría de Charles Darwin es otro indicio de la escora ideológica del autor de la reseña. Las críticas a la supuestamente excesiva importancia dada a la competencia en el darwinismo son una cantinela típica del revisionismo biológico postmoderno. La competencia biológica nunca ha casado bien con las cosmovisiones izquierdistas, basadas exclusiva o principalmente en la igualdad, la solidaridad, la paz y la cooperación. Sin embargo, la competencia biológica existe, no es un invento de Adam Smith ni de Thomas Malthus, y juega un papel muy importante en la evolución biológica, aunque no sea necesariamente el único factor, ni sea siempre tan simple como muchos, incluidos revisionistas postmodernos como el autor,  parecen creer.

Y tercero, en un momento dado del texto el autor usa un término peculiar: “andropocentrismo”, supuesto híbrido entre “antropocentrismo” y “androcentrismo” (es decir, “machismo”), que reafirma la impresión de que está excesivamente influido por el postmodernismo. Más en concreto, por el llamado ecofeminismo en este caso. Prácticamente sólo las ecofeministas (¿o deberíamos en este caso decir “las/os ecofeministas/os”?) usan el palabro “androcentrismo” para referirse a la supremacía masculina sobre las mujeres y el resto de la Naturaleza, supuestamente imperante en la denominada sociedad patriarcal.

Con estas inclinaciones e influencias izquierdistas postmodernas, no es de extrañar que el autor acabe cayendo torpemente en la negación de la objetividad a la hora de tratar de combatir las falacias de Botkin.

 

RESEÑA DE DISCORDANT HARMONIES: A NEW ECOLOGY FOR THE 21ST CENTURY.

Por Stan J. Rowe[2]

 

El reciente libro de Daniel Botkin Discordant Harmonies: A New Ecology for the 21st Century (1990, Nueva York: Oxford University Press)[3] ha generado mucho interés. Para ser un libro que pretende introducir la ecología en el siglo XXI, su tono tiene el inconfundible acento de finales del siglo XIX. Como si nos transportase 100 años atrás, oímos la voz de los darwinistas victorianos cuyo ideal de civilización dependía esencialmente de la conquista vigorosa de la naturaleza por parte de la ciencia y la tecnología. Discordant Harmonies se hace eco de este enfoque: “Tenemos el poder de moldear la naturaleza y transformarla en lo que nosotros queramos”. “La naturaleza en el siglo XXI será una naturaleza creada por nosotros”. “No estamos adoptando un enfoque ingenieril de la naturaleza, no estamos tomando prestados el ingenio y las habilidades del ingeniero, que es lo que deberíamos hacer…necesitamos equipar la cabina de mando de la biosfera con los instrumentos necesarios”.[4] En Estados Unidos, estos mensajes suenan a la filosofía finisecular de Gifford Pinchot: control, gestión y uso prudente de los recursos. Tras 100 años de explotación, el Uso Inteligente[5] sigue siendo la consigna.

Botkin es un “ecólogo de poblaciones”, es decir, un ecólogo que se interesa principalmente por los ascensos y descensos en las poblaciones de las especies y por sus causas. Durante su carrera ha descubierto que las poblaciones de elefantes, alces, peces, nutrias marinas y árboles no se mantienen constantes a lo largo del tiempo. Si se las deja a su aire en la naturaleza no se multiplican hasta alcanzar un punto de equilibrio fijo. Más bien sus tamaños fluctúan, no de manera regular sino de forma aleatoria. Por tanto, las poblaciones tienden a ser impredecibles y sus oscilaciones periódicas se aproximan más a la aparición de números al azar, como en un juego de dados, que a la persecución de un estado óptimo. Si la naturaleza es inconstante, afirma Botkin, entonces la naturaleza no tiene ningún estado preferencial ni ofrece a la humanidad unas metas fijas, unas directrices que seguir. Por tanto, la gente debe tomar el control del planeta, eligiendo sabia y prudentemente las metas que perseguir, usando la ciencia y la tecnología para la tarea de la gestión global. Los viejos mitos y metáforas que interfieran en el camino de esta cosmovisión “fáctica” deben ser descartados. Entonces podrán hacerse progresos, la civilización podrá avanzar y hacer que el mundo sea confortable y agradable para todos nosotros.

Que Botkin ve el mundo a través de las lentes de un ecólogo de poblaciones viene indicado por su simple equiparación del comportamiento de las poblaciones de las especies con el “comportamiento de la Naturaleza”. Sin embargo, cuando piensa acerca de ello, afirma que la naturaleza, tomada en su sentido más amplio, es la biosfera. ¿Son, por tanto, las poblaciones de animales y plantas unos buenos sustitutos de la “Naturaleza”, es decir, de la biosfera o ecosfera? La inconstancia de los tamaños de las poblaciones, ¿implica que la propia ecosfera es inconstante? Esto plantea una pregunta más fundamental: ¿cuál es la relación entre las poblaciones y la ecosfera?

Se entiende por ecosfera (biosfera) el sistema planetario constituido por la vida, el mundo como entidad material que ha evolucionado durante unos 4.600 millones de años. Es un objeto estructurado; el aire gaseoso cubriendo el mar líquido y la tierra sólida, con los organismos agrupados principalmente en los límites entre las fases gaseosa, líquida y sólida. Se están acumulando cada vez más pruebas de que todas las partes son interactivas y simbióticas. Las composiciones de la atmósfera, la hidrosfera y la litosfera muestran inconfundibles señales de contribuciones orgánicas, al mismo tiempo que los organismos exhiben claras muestras en sus cuerpos de aportaciones procedentes del aire, del agua y del suelo. Para poder entender la ecosfera conviene dividirla en sectores volumétricos a diversas escalas, tales como los océanos, los continentes, las regiones o los paisajes. Para que estas divisiones sea partes funcionales, deben tener la misma estructura-composición que la ecosfera: el aire sobre el agua o la tierra y envolviendo a los organismos. Cada ecosistema es un objeto tridimensional susceptible de estudio; un pedazo de terreno lleno de vida.

En lugar de ecosistemas completos, los ecólogos suelen preferir estudiar partes orgánicas menos complejas y más fáciles de aislar: los grupos de individuos de la misma o de diferentes especies que aparecen juntos como poblaciones o comunidades. Pero, ¿son las agregaciones de organismos en sí mismas objetos de estudio adecuados para la ciencia?

La errónea aceptación de las poblaciones

En el contexto de los espacios reales de la Tierra (es decir, de los sectores de la ecosfera), cualquier población es una selección de objetos orgánicos similares aislados del ecosistema funcional dentro del cual habitan y sin el cual perecerían.  Una población es una categoría taxonómica, habitualmente definida como aquellos miembros de una especie dada que están en contacto unos con otros. Es un artificio del pensamiento en el sentido de que ninguna agrupación de organismos asociados espacialmente tiene una existencia aparte respecto del aire-suelo-agua-alimento del ecosistema que la mantiene. Una población per se no es un ente funcional. Botkin critica la idea de Clements de las formaciones vegetales como superorganismos, y sus propias palabras se podrían aplicar también a las poblaciones. “No hay un dentro y un afuera de un superorganismo”, dice y “si no hay límites precisos, entonces el superorganismo no puede existir en realidad”. Al igual que la comunidad vegetal clementsiana, la población carece de un interior y un exterior, no tiene fisiología (interna) ni ecología (externa) comparables a las de un organismo individual o a las de un ecosistema individual.

La aceptación errónea de las poblaciones como objetos de estudio adecuados es debida al hecho de que pueden ser contadas y registradas en gráficos. A pesar de que las poblaciones no son objetos estructurales-funcionales tienen características relativas a su composición que son fácilmente cuantificables y tratables de forma matemática. Una vez definidas como “manadas de lobos”, “rebaños de ciervos” o “bosquetes de álamos”, los tamaños poblacionales pueden ser medidos y analizados en busca de patrones y tendencias, de constancia e inconstancia y de correlaciones con ciertos “factores” medioambientales seleccionados. Según Botkin, la relevancia de los estudios de poblaciones se podría perfeccionar por medio de mejores técnicas de análisis: modelos estocásticos, ordenadores “inteligentes”. Esto también fracasará. Ningún estudio de poblaciones per se puede aumentar la comprensión, a menos que vaya acompañado de una estrecha atención hacia las “unidades de la naturaleza sobre la faz de la tierra” que mantienen y sustentan a las especies; es decir, sin centrarse principalmente en los ecosistemas geográficos en los que las especies han evolucionado y permanecen. Por consiguiente, la confianza en el estudio de los tamaños de las poblaciones a lo largo del tiempo a la hora de demostrar o refutar el carácter caprichoso de la naturaleza es un error. Las poblaciones no representan a la naturaleza y, de este modo, la tesis principal y tácita de la “Nueva Ecología” no se sostiene.

De hecho, una sección del libro dedicada a las especies en peligro ofrece apoyo al argumento de que el carácter de la Naturaleza no puede ser juzgado a partir de los cambios en los tamaños de las poblaciones, aunque sus implicaciones últimas no sean reconocidas por el autor. Comparando la inminente extinción del cóndor de California[6] con la recuperación de la grulla blanca[7], Botkin señala la importancia del “hábitat”. Dice que el de la grulla blanca “está intacto y se mantiene a sí mismo” en el norte de Alberta y a lo largo de la costa de Texas, mientras que el hábitat del cóndor en California ha sido prácticamente destruido. Vemos, dice, que “el estado del hábitat es más importante que el mero tamaño de la población” (cursiva añadida). “La conservación de especies en peligro es…entendida como algo más dependiente de la idea de un ecosistema que del simple análisis de poblaciones”.

Según esta última afirmación, las poblaciones son entes reales que pueden ser analizados. Por el contrario, el ecosistema (el hogar básico o hábitat de los organismos) es más “una idea” que un trozo vivo de la ecosfera. En el léxico de Botkin, ecosistema es sinónimo de “complejidad”; es decir, de aquello vagamente externo y común a las especies y las poblaciones que constituye su alimento y su refugio. Concibe el ecosistema estival de las grullas como una idea de complejidad, no como las zonas húmedas calcáreas en el bosque boreal de las cuales dependen las grullas para alimentarse y anidar durante el verano. Según esto, el ecosistema complejo que existe en los bosques del norte “intacto y automantenido” no merece ser tenido en cuenta en el debate como ejemplo de la fiabilidad de la naturaleza, mientras que la población de grullas –el fluctuante tamaño de su población migratoria a medida que se va enfrentando a las escopetas y los cables eléctricos- demuestra de nuevo la inconstancia de la Naturaleza.

La cara más constante de la Naturaleza

La Naturaleza, entendida como la ecosfera y sus sistemas sectoriales, presenta una cara diferente de la de las poblaciones de organismos que se da por hecho que son sus sustitutas. Considérese cualquier ecosistema terrestre, por ejemplo una pradera autóctona, como un terrario gigantesco. Está basado en un estrato geológico superficial, una formación del terreno cuya capa superficial es el suelo: que cambia lentamente y, a lo largo del tiempo de vida de un ser humano, permanece razonablemente constante, tanto interna como externamente, en lo que respecta al conjunto de organismos que mantiene. Sobre la superficie, el tiempo atmosférico cambia de un día para otro, pero el clima muestra muchas regularidades: la evapotranspiración supera a la precipitación, las lluvias, por lo general, alcanzan su máximo en junio, las heladas comienzan en septiembre. Ciertamente, la composición florística y faunística varía siguiendo unos ciclos de sequía y humedad, pero, a pesar de que las poblaciones de gramíneas[8], topillos[9] y halcones varíen de un año para otro, el sistema densamente complejo constituido por varios cientos de especies de plantas y animales sobrevive como una pradera, en un equilibrio entre lo fijo y lo fluido. Dicho de otro modo, el “escenario” de la geología-suelo permanece en su lugar, los “actores” constituidos por la flora y la fauna van y vienen entre el escenario y las bambalinas, la “obra” del ecosistema de la pradera, de 10.000 años de duración, continúa. ¿Convierte a la naturaleza en algo inconstante y que necesita ser controlado y manipulado el hecho de que las precipitaciones de junio y la cantidad exacta de hierba producida no puedan ser predichas exactamente con un año de antelación?

La respuesta de Botkin a la pregunta anterior es un “¡Sí!” rotundo, dando una fuerte impresión de que está buscando razones para justificar la filosofía gestora: la naturaleza imperfecta necesita ser perfeccionada por el hombre. Diseminadas a lo largo del texto hay varias docenas de declaraciones de principios que, al ser reunidas, forman un tema discordante con la historia de la ecosfera: bajo la guía de la ciencia y usando las herramientas de la tecnología, la humanidad establecerá astutamente unas metas para el conjunto del planeta, gestionándolo sabia y prudentemente para el avance de la civilización. Por tanto, las metas son la omnisciencia y el control total. Según esta forma de ver las cosas, la naturaleza es tan inconstante que, hasta la fecha, el hombre (el andropocentrismo[10] aquí es intencionado) nunca ha sido capaz de predecir –población por población, especie por especie- los tamaños que habrá el año siguiente, ni de intervenir con éxito como gestor para lograr las metas de producción establecidas.

Una tesis específica de este libro es que hasta hace muy poco la humanidad ha visto erróneamente el mundo como algo estable, como algo que permanecía naturalmente en un estado de equilibrio, como algo constante a lo largo del tiempo. Botkin es el profeta definitivo que ha venido para revelarnos la verdad, exhortando a las masas a rechazar el error de esta perspectiva estática. Aunque las poblaciones de animales sean sus principales ejemplos, también presenta los altibajos de algunos otros fenómenos para probar su hipótesis de que la naturaleza es errática y poco fiable. Por ejemplo, los patrones de temperatura a lo largo del último millón de años “no muestran ninguna constancia, ningún patrón simple ni ningún ciclo regular”. Sin embargo, algo que sugiere lo contrario es que las temperaturas registradas, que fluctúan dentro del rango de sólo seis u ocho grados a lo largo del último millón de años, reflejan una notable estabilidad. Asimismo, Botkin informa de que “se ha asumido que la biosfera se halla en un estado estable en relación al carbono (pero) la información reciente muestra –por el contrario- que el nivel de dióxido de carbono en la atmósfera ha variado a lo largo de miles de años”. Quizá sea así al nivel de partes por millón, pero el hecho es que la composición general de la atmósfera terrestre –la proporción de nitrógeno, oxígeno y dióxido de carbono- ha sido extraordinariamente estable durante cientos de millones de años.

Como tercer ejemplo Botkin comenta la historia de la vegetación postglacial del Área Protegida para Canoas de Boundary Waters (APCBW), en la que los registros paleobotánicos muestran que la composición del bosque ha cambiado media docena de veces o más desde que los hielos se retiraron. “Si la meta fuese retornar la APCBW a su estado natural, ¿cuál de estos bosques (postglaciales) se debería elegir?”, pregunta. La respuesta es obvia: elijamos el bosque de los últimos mil años, ya que está ciertamente mejor adaptado a la fisiografía y el clima actuales que los otros que le precedieron. Botkin decide pasar por alto esta respuesta e ignorar la ecología de los paisajes. Ésta destruiría su argumento de que la naturaleza caprichosa no ofrece directrices y que, por tanto, la gestión ha de responder sólo a lo que la gente desee.

Ideas falsas

Botkin está criticando la idea de un estado de equilibrio en la naturaleza exacto, preciso y fijo; un punto de vista que ciertamente pocos defienden hoy en día. Al mismo tiempo, admite la ausencia de significados claros para “constancia” y “estabilidad” cuando son aplicadas a las poblaciones, comunidades y ecosistemas, “y [que] la dificultad aumenta en este orden”. Algunas nociones acerca de la escala y del tiempo, importantes pero sólo brevemente mencionadas, habrían clarificado estos conceptos; por ejemplo, el tiempo meteorológico (corto plazo) es inconstante y el clima (largo plazo) es relativamente constante. En cualquier caso, las pruebas de que, hasta la fecha, la humanidad ha estado confundida por las falsas ideas acerca de la estabilidad, el equilibrio y la constancia son débiles. La afirmación, “Hasta hace unos pocos años, las teorías predominantes en ecología o bien asumían previamente, o bien tenían como consecuencia necesaria un concepto muy estricto de sistema ecológico, el cual se hallaba en un estado estacionario altamente estructurado, ordenado y regulado”, parece pasar por alto el énfasis en las dinámicas que, desde el principio, ha predominado en la ecología estadounidense. La idea de que las perturbaciones, tales como incendios o las inundaciones, son una parte integrante de los ecosistemas naturales no es nada nuevo. Quizá una explicación del sermón repetitivo de Botkin sea que su objetivo principal son los ecólogos de la fauna que se aferran a modelos matemáticos simples acerca del crecimiento de las poblaciones: la ecuación logística[11] y la ecuación de Lotka-Volterra[12]. Sin embargo, ¿constituyen los modelos mejorados para la simulación de las fluctuaciones de las poblaciones una base suficiente para “Una Nueva Ecología para el siglo XXI”?

“Las razones por las cuales hemos fracasado a la hora de gestionar la fauna salvaje y otros recursos renovables no se basan sólo en hechos … sino en creencias que no se ven. Hemos de hacer frente a las asunciones que han dominado nuestras percepciones de la naturaleza”. Botkin afirma que la humanidad es víctima de falsos mitos y metáforas que han impedido que todos, incluidos los científicos, se enfrenten a los hechos. Los hechos, repite, son que la naturaleza es inconstante, ya que, en todas las escalas del espacio y del tiempo, todo cambia continuamente. Las estructuras son efímeras, sólo los procesos son constantes. Los viejos mitos y metáforas, las falsas creencias que impiden que la gente afronte los hechos, son dos: la naturaleza concebida como algo ordenado por Dios y estático, y la naturaleza concebida como una máquina que se halla en un estado estacionario.

Parece ser que la nueva metáfora correcta es la naturaleza concebida como un ordenador, a la cual Botkin califica de modelo “orgánico”. Por ejemplo, las bacterias pueden intercambiar ADN y, de este modo, “puede considerarse que no son otra cosa que bits de memoria en un ordenador que opera a un nivel planetario…Los ordenadores están ofreciendo nuevas metáforas, no sólo para la vida bacteriana sino también para la totalidad de nuestra percepción de la vida sobre la Tierra, desde cómo consideramos a las bacterias hasta el modo en que vemos los ecosistemas y el conjunto de nuestro sistema de soporte vital planetario … de este y de otros modos, los ordenadores están revolucionando nuestro concepto de la naturaleza, la percepción que tenemos de nuestra relación con la naturaleza y nuestras ideas acerca de gestionar la naturaleza” (cursiva añadida).

Aquí está hablando un computomaníaco devoto, el cual ya no ve a un ordenador como a una máquina, sino ¡como a un organismo! Al conferir cualidades orgánicas al ordenador, Botkin consigue nadar y guardar la ropa: renuncia a las desfasadas ideas mecanicistas de la era industrial a la vez que afirma que ya no necesitamos seguir oponiéndonos al progreso ingenieril y tecnológico. “¡La tecnología (léase ‘el ordenador orgánico’) pone ante nuestros ojos un nuevo panorama!”.

El error grave

Bajo esta escasamente camuflada visión “neomecanicista” de la naturaleza yace un error más grave. En su análisis crítico de “la naturaleza entendida como orden divino”, Botkin examina la cuestión de cómo la ciencia contribuyó a la engañosa idea de un universo maravillosamente ordenado. ¿Cómo, en pocas palabras, consiguió la ciencia, que trata del “qué” y del “cómo” de las cosas y no del “porqué” de la metafísica y la religión, sostener lo insostenible? Su explicación es que las creencias religiosas acerca del carácter de la naturaleza biológica se infiltraron en la ciencia. La idea de una discrepancia entre una “era científica” y los mitos con sus “perspectivas erróneas” implica que la ciencia es llamada a engaño sólo ocasionalmente por creencias falsas profundamente enterradas y que la mayoría de las veces la ciencia produce verdades puramente objetivas y libres de influencias culturales. Esto es simplemente falso. La ciencia es una actividad social y los científicos nunca son inmunes a las creencias profundas de la cultura en la cual viven. Un ejemplo clásico citado a menudo es la influencia, en un entorno de pujante capitalismo, de las teorías de Adam Smith y Malthus en la idea de Darwin acerca del papel central de la competencia como mecanismo evolutivo.

Otra cara de la influencia decisiva de la cultura sobre los descubrimientos científicos es la primacía de la teoría sobre los hechos, del paradigma sobre lo que parece real. Botkin está consternado porque la gente no ha afrontado los hechos sino que, por el contrario, ha sido influida por falsas teorías. Sin embargo, todos los hechos están cargados por la teoría –la teoría dirige y los hechos la siguen. Esto es cierto al nivel más básico de la percepción, en el cual lo que observamos (visión fáctica) está condicionado por conceptos, teorías y creencias previos. Los psicólogos nos dicen que “creer es ver” no que “ver sea creer”. Botkin critica al ornitólogo David Lack por buscar hechos que se ajustasen a su teoría, pero eso mismo es lo que todos hacemos, incluidos los científicos. Los hechos que Botkin aduce en apoyo de su “Nueva Ecología” son aquellos que ha seleccionado cuidadosamente para que concuerden con la teoría de la inconstancia de la naturaleza que ha decidido abrazar. Los críticos que consideren que tanto su teoría como las implicaciones que extrae de ella son superficiales y peligrosas pueden encontrar multitud de hechos que la refuten.

El entorno cultural del cual son inseparables las creencias y mitos profundos de Botkin es la opulenta sociedad de consumo estadounidense. Como miembro de pleno derecho de la misma, ha de rechazar la idea de un universo ordenado y bien equilibrado ya que si “la naturaleza sabe lo que hace”, entonces el papel de la humanidad es retirarse, dejarla estar, no hacer nada o, al menos, interferir lo menos posible en la ecosfera –lo cual es tabú para la sociedad de la gestión. La adopción de una idea tan radical dejaría sin trabajo a los expertos en ciencias aplicadas, a los gestores de recursos y a los tecnócratas. Por otro lado, la idea de una naturaleza inconstante y desordenada, en la cual el azar juega el principal papel, se ajusta perfectamente a la sociedad de la gestión, cuyo propósito es controlar, explotar y crecer. De hecho, una naturaleza variable que no exhiba unas características perfectamente estables, ni puntos de equilibrio fijos, requiere intervenir en todas partes. De ahí el repetitivo mensaje de Botkin: Abracemos la tecnología y preparémonos para gestionar el mundo, especie a especie. “Bajo la nueva gestión”, dice, “uno empieza con la pregunta: ¿Cuántas nutrias marinas son suficientes?”. En ninguna parte del libro se hace una pregunta más fundamental: “¿Cuánta gente es suficiente?”. En ninguna parte plantea la idea de que el papel de la humanidad podría ser mantener los ecosistemas saludables, administrando como jardineros sensibles aquellos que sean usados, de modo que su creatividad y su productividad –para las nutrias marinas y para todo lo demás sobre la Tierra- puedan continuar según el fiable modo antiguo.

Desde el título hasta el principio de la última frase del libro, “La naturaleza en el siglo XXI será una naturaleza creada por nosotros”, los lectores perspicaces reconocerán la meta hacia la que Botkin querría guiarnos –ya que todo el mundo la ha visto en Star Trek. Es la llamada “era espacial e informática”, también conocida como la Era del Tecnocontrol Antropocéntrico. El que Botkin sea capaz de inferir esta visión de un mundo feliz a partir de la simple observación de que las poblaciones fluctúan acredita su ingenio.

Varias de las metas que propone para la humanidad son encomiables, como por ejemplo preservar la biodiversidad: “el verdadero objetivo de nuestros esfuerzos es el mantenimiento de la vida”; y mantener la ecosfera: “la gente viviendo en la naturaleza, no envenenándola ni destruyendo sus capacidades reproductivas”. Su opinión de que “La vida y el entorno son una misma cosa, no dos, y la gente, como el resto de la vida, está inmersa en ese sistema único” es cierta, aunque en otra parte se contradice, al decir que “La Tierra no está viva”. Su propuesta de que deberían ser preservados diversos tipos de ecosistemas salvajes[13] es loable, pero sigue importunando con la idea de la gestión de los mismos sin siquiera insinuar nunca que la solución podría ser gestionar a los seres humanos, tanto en lo que respecta a su número como a sus deseos. La sugerencia de “minimizar el uso de nuevas tecnologías cuando éstas conlleven nuevas alteraciones del entorno” es pertinente, especialmente para aquellos que querrían usarlas para manipular y modificar la Tierra. Es honesto al admitir nuestra ignorancia acerca de cómo se mantiene y se ha mantenido durante tanto tiempo la “densa complejidad” constituida por la multitud de especies presentes a lo largo y ancho de la superficie de la Tierra. El motivo –que, en toda la historia del planeta, ninguna especie ha tratado de gestionar al resto- ni se le ha ocurrido.

Tengamos esperanza en que en el siglo XXI surja una “Nueva Ecología” mucho más sabia que ésta; una que comience donde Botkin lo deja, con una obligación: “reconocer los límites de nuestras acciones”.

Lecturas recomendadas

-  Rowe J. S. y B. V. Barnes. 1994. “Geo-ecosystems and Bio-ecosystems”. Bull. Ecol. Soc. Amer. 75(1): 40-41.

-  Worster, Donald. 1977. Nature’s Economy, the Roots of Ecology. San Francisco: Sierra Club Books.

Adenda: metas de la Humanidad a las que servirá la “Nueva Ecología”, extraídas de Discordant Harmonies.

1)  Página 4: Gestión constructiva que, si se lleva a cabo, podría lograr el uso de los recursos naturales a largo plazo y mejorar el medioambiente de modo que podría ser, a la vez, agradable para nosotros y necesario para la supervivencia de la vida en la Tierra.

2)  Página 11: La gente viviendo en la naturaleza, no envenenándola ni destruyendo sus capacidades reproductivas.

3)  Página 13: Construir una gran civilización en la que nuestro papel en el entorno sea positivo, gestionando los recursos naturales sostenibles y mejorando la calidad de nuestro medioambiente … un nuevo avance en la comprensión de nuestro entorno que nos lleve a un avance en nuestra civilización.

4)  Página 71: Gestión inteligente de la naturaleza.

5)  Página 89: Hacer un uso inteligente de la naturaleza … para buscar algún tipo de armonía con nuestro entorno en el futuro.

6)  Página 122: Manejar sabiamente nuestro entorno.

7)  Página 154: Hacer uso inteligente de los recursos naturales.

8)  Página 171, capítulo 11: Gestionar la biosfera.

9)  Página 182: El mantenimiento de la vida … el mantenimiento de una biosfera que sea deseable para los seres humanos … sostener la biosfera para mantener las condiciones necesarias para el bienestar de la gente.

10) Página 183: Una biosfera más sana (que) variará dentro de un rango de condiciones aceptable para nosotros o necesario para la continuidad de la vida.

11) Página 189: Hacer de la tierra un hogar confortable, individualmente para cada uno de nosotros y colectivamente para todos nosotros en nuestras civilizaciones.

12) Página 193: Gestionar la naturaleza sabia y prudentemente.

13) Página 200: La naturaleza en el siglo XXI será una naturaleza creada por nosotros.



[1] La ecología de la ausencia de equilibrio, de la perturbación y del caos ha resultado especialmente atractiva para ciertos filósofos, historiadores, antropólogos, etc. que han creído haber encontrado en ella, entre otras cosas, una justificación “científica” para su defensa humanista de la trasformación cultural pasada, presente y futura de los ecosistemas por parte de los seres humanos. Véase, por ejemplo, “Conservación y subsistencia en sociedades de pequeña escala” de Eric Alden Smith y Mark Wishnie, en esta misma página.

[2] Traducción de “Book review: Discordant Harmonies, A New Ecology for the 21st Century” a cargo de Último Reducto. La reseña original apareció en The Trumpeter nº4 (1995). © 1999, The Trumpeter. N. del t.

[3] Existe edición en español: Armonías Discordantes: una nueva ecología para el siglo XXI. 1993. Acento Ediciones. N. del t.

[4] Véanse las páginas 170-178 para la similitud entre las opiniones de Botkin y las de los victorianos.

[5] “Wise Use” en el original. La idea del uso prudente, sabio o inteligente (“wise use”) de los recursos naturales, defendida por recursistas como Pinchot, ha sido usada décadas después como lema por el “Wise Use movement”, grupo de presión y movimiento social que apareció en respuesta a la aprobación de diferentes leyes que protegían las tierras públicas o regulaban su uso. En dicho movimiento se agrupan diferentes sectores de la derecha estadounidense, financiados por empresas de industrias extractivas, que defienden que el bienestar económico y social de los humanos debe primar sobre la protección de la naturaleza y que no existe ningún tipo de límite objetivo o material al crecimiento y al progreso. Botkin es considerado como un ideólogo de este movimiento por ciertos autores ecologistas, como George Sessions (véase “Lo salvaje, los cíborgs y nuestro futuro ecológico”, en Naturaleza Indómita - http://www.naturalezaindomita.com/textos/lo-salvaje-los-ciborgs-y-nuestro-futuro-ecologico-). De hecho, las teorías de la corriente contraria a la idea del equilibrio ecológico, de las que algunos ecologistas y críticos de la tecnología moderna ingenuos se hacen eco, son usadas demasiado a menudo para justificar la intervención humana en los ecosistemas y la gestión tecnológica de la biosfera. N. del t.

[6] Gymnogyps californianus. N. del t.

[7] “Whooping crane” en el original. Grus americana. N. del t.

[8] “Spear grass” en el original. Nombre común dado en inglés a diversas especies de la familia Poaceae. N. del t.

[9] “Gophers” en el original. Roedores de la familia Geomyidae. N. del t.

[10] “Andropocentrism” en el original. N. del t.

[11] La ecuación logística o de Verhulst se usa en ecología para realizar modelos matemáticos del crecimiento de las poblaciones. Su forma diferencial es: dP/dt=rP(1- P/K), siendo r la tasa de crecimiento y k la capacidad de carga del ecosistema para esa población. N. del t.

[12] Las ecuaciones de Lotka-Volterra se usan en ecología para realizar modelos matemáticos de la interacción entre depredadores y presas. Se definen como:

§         dx/dt=x(α - βy) para el crecimiento de la población de presas.

§         Dy/dt=y(δx - γ) para el crecimiento de la población de depredadores.

Siendo x el número de presas e y el de depredadores. Por su parte, α sería la tasa de crecimiento de las presas en ausencia de depredadores; β la susceptibilidad de la presa a ser cazada; γ la tasa de decrecimiento de los depredadores en ausencia de presas; y δ la capacidad de depredación del depredador. N. del t.

[13] “Wilderness” en el original. “Wilderness” se refiere en inglés a las áreas en que los ecosistemas están poco o nada humanizados, es decir a las zonas o tierras salvajes. En este caso ha sido traducido como “ecosistemas salvajes”. N. del t.