La sostenibilidad de la naturaleza salvaje

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LA SOSTENIBILIDAD DE LA NATURALEZA SALVAJE

Por Ralf Buckley[1]

Las preguntas (a) ¿Puede aún el mundo “permitirse” aún zonas salvajes[2]? y (b) ¿deberíamos tratar de usarlas “de forma sostenible”? a primera vista son simples. Las respuestas directas son  (a) sí y (b) no. Sin embargo, como indican las comillas que he añadido, son preguntas políticamente cargadas y la terminología usada es engañosa. Son hechas en el contexto de una presión poblacional humana continuamente creciente. Y son hechas en gran medida por grupos de presión a favor de industrias primarias, desde agricultores y ganaderos de pequeña escala a conglomerados multinacionales petroleros y mineros, industrias madereras y operadores turísticos. Tales grupos de interés afirman que deberíamos usar la naturaleza[3] “de forma sostenible”. Sus argumentos son puramente políticos. Necesitamos los ecosistemas salvajes para mantener la vida. Aquí explico por qué.

Permitirse algo significa tener suficiente dinero para comprarlo. El coste monetario total de comprar todas las áreas con elevada diversidad biológica que quedan en la actualidad a los precios locales actuales se estima en 20 miles de millones de dólares al año durante diez años. Esto es menos que el gasto anual de los EE.UU. en refrescos. De modo que sí, a escala global podemos permitirnos las zonas salvajes.

Sin embargo, la mayoría de las zonas salvajes no están en venta, salvo políticamente. Son controladas por gobiernos nacionales que las protegen, las explotan o las ignoran dependiendo de cuáles sean las bases de su propio poder económico y político. Ecuador, por ejemplo, a pesar de haber tenido un pleito de 30.000 millones de dólares por los daños causados por la industria petrolera en un parque nacional, ahora quiere producir petróleo en otro parque a menos que reciba un pago internacional de muchos miles de millones de dólares. Dado que quiere el dinero por adelantado y sin condiciones, no existe una garantía real de que vaya a haber ninguna protección después.

Una pregunta mucho más importante es si podemos permitirnos la continua pérdida de ecosistemas salvajes a nivel mundial. Dependemos de los ecosistemas naturales relativamente poco perturbados para limpiar el aire y el agua sucios que emanan constantemente de nuestras ciudades. Si el aire de las ciudades no fuese constantemente reemplazado por los vientos que traen aire limpio de la naturaleza[4], la gente que vive en ellas moriría exactamente igual que cuando alguien respira los humos del tubo de escape de un coche en un garaje cerrado. Si los ríos urbanos no fluyesen hacia el mar ni cayesen en forma de lluvia en las cuencas situadas aguas arriba, la gente de esas ciudades se envenenaría con una mezcla de residuos industriales y desechos fecales humanos.

Las áreas salvajes, especialmente los océanos, los herbazales y los bosques tropicales, también ayudan a absorber el carbono atmosférico, mitigando el cambio climático inducido por los seres humanos. El único modo realista de extraer carbono de la atmósfera es ponerlo de nuevo en el suelo. La “biocarbonización” es un intento de hacerlo artificialmente, pero es mucho más barato y más eficaz simplemente mantener cubiertas esas áreas por la vegetación nativa y dejar que las plantas mantengan la fertilidad del suelo. La permacultura puede tener el mismo efecto, pero no es muy probable que el suministro mundial de alimentos sea producido mediante la permacultura en un futuro cercano. Las actuales prácticas agroganaderas y silvícolas en la mayor parte del mundo normalmente reducen el contenido de materia orgánica del suelo, extrayendo carbono de él y poniéndolo en el aire. De modo que las zonas salvajes mitigan los impactos del cambio climático producido por las actividades humanas en otras partes.

Las áreas salvajes también aportan en todo el mundo la diversidad genética que mantiene nuestras industrias alimentarias, textiles y farmacéuticas. Son las plantas y los animales los que aportan los productos químicos específicos que usamos para producir casi todas nuestras drogas y medicamentos. Las especies de plantas y animales salvajes también aportan el material genético que nos permite seguir creando nuevas variedades de cultivos alimentarios básicos y de ganado, mientras las variedades más antiguas sucumben continuamente frente a nuevas plagas y enfermedades. Esta es la razón por la cual las compañías farmacéuticas y agrícolas pagan tanto por los derechos de  “bioprospección”, la oportunidad de examinar áreas salvajes en busca de especies potencialmente valiosas.

Hace diez años un grupo de economistas calculó que el valor financiero recurrente de los bienes y servicios que las sociedades humanas obtienen del entorno natural es al menos dos veces el de toda la economía global: muchas decenas de billones de dólares al año. La mayor parte de eso consiste en lo que llaman “servicios ecosistémicos” -aire y agua limpios, material genético, etc.-  y la mayoría de ellos se producen en las áreas salvajes. De modo que, definitivamente, la naturaleza salvaje es algo que no podemos permitirnos perder.

Dado que podemos permitirnos mantener la naturaleza salvaje y que no podemos permitirnos perderla, ¿será posible quizá usarla “de forma sostenible”? Esto es terminología engañosa, por dos motivos.

Primero, ya usamos la naturaleza salvaje, todo el tiempo, ya que mantiene el planeta habitable para los seres humanos. Cada vez que respiramos y cada gota que bebemos suponen usar la naturaleza salvaje. 

Segundo, el concepto de sostenibilidad, que en el mejor de los casos es vago y en la mayoría de ellos es usado como una excusa floja para evitar la cruda realidad que la ciencia medioambiental presenta, es completamente dependiente de la escala. A escala global, existen grandes zonas donde la economía humana consume el medio natural: los pueblos y ciudades, las minas y fábricas, las áreas taladas y la mayoría de las tierras de cultivo. Dado que los seres humanos, como criaturas biológicas que son, son completamente dependientes del medio natural, sólo podrán sobrevivir mientras haya también zonas en las que ese entorno no esté siendo consumido: es decir, zonas salvajes.

A escala local, de hecho, pequeñas cantidades de seres humanos con pocas exigencias materiales pueden vivir en entornos naturales escasamente modificados y que les aporten servicios económicos y medioambientales al mismo tiempo. Esta es la base de las economías de subsistencia. Sin embargo, mientras tengamos una población humana grande e industrializada que viva en ciudades y coma alimentos procedentes de la producción agrícola intensiva, no podremos también ocupar a la vez las áreas salvajes. Hace muchos miles de años, había pocos seres humanos y todos ellos llevaban un modo de vida de subsistencia. Hoy en día, si bien unas pocas personas aún siguen llevando un modo de vida de subsistencia, en total hay mucha gente y la mayoría de ella lleva un modo de vida industrial. En estas circunstancias, la naturaleza ha de ser mantenida en estado salvaje[5] para que el mundo en su conjunto siga siendo “sostenible”, en el sentido de que constituya un lugar donde los seres humanos puedan seguir viviendo.

En general, existen cuatro grupos principales de gente que quieren usar la naturaleza[6] para propósitos diferentes del mantenimiento de la vida a nivel planetario.

Los ecosistemas salvajes que no están dentro de áreas protegidas sufren una reducción y degradación continuas debidas a usos humanos con un impacto elevado que van desde la roturación para la agricultura hasta la industria maderera y las pesquerías, pasando por la producción petrolera. En concreto, a nivel global la industria maderera aún depende en gran medida de la continua invasión de nuevas zonas con bosques primarios todavía no talados. Estos usos son el modo en que la economía mundial funciona en la actualidad. Son respaldados, favorecidos y a menudo subvencionados por los gobiernos nacionales, mediante acuerdos que van desde la ocupación de la tierra hasta la construcción de infraestructura financiada con fondos públicos. Es decir, son vistos como algo normal; son la forma habitual de funcionar. Sin embargo, reducen constantemente la superficie de zonas salvajes a nivel mundial, de la cual dependemos para sobrevivir. El área situada dentro de parques nacionales no es suficiente por sí sola.

Incluso dentro de las áreas protegidas, los ecosistemas salvajes son aun sometidos a cierta reducción aunque a un ritmo menor. En muchas naciones en vías de desarrollo, los parques están protegidos en el papel pero no sobre el terreno y están sometidos a continuas incursiones ilegales. Tanto en las naciones desarrolladas como en las naciones en vías de desarrollo, las industrias petroleras y mineras presionan continuamente para que se les conceda el derecho a operar dentro de los parques, pretendiendo que esto no destruirá su valor para la conservación y para la preservación de la naturaleza[7]. De hecho, por ejemplo, es posible cavar un pequeño agujero superficial cuyo impacto sea muy limitado. Sin embargo, en el mundo real las industrias petroleras y mineras crean impactos masivos mediante redes de carreteras y líneas sísmicas, descargas de vertidos mineros o de compuestos de perforación tóxicos y la influencia de la gente, los camiones, los helicópteros y la maquinaria pesada. No pueden evitarlo, porque así es como funciona la industria. Depende de contratas y subcontratas, y cuando un buldózer  trabaja lo hace sujeto a fechas límite y a un control de costes. Eso es bueno para una mina, pero no para la naturaleza salvaje.

En el extremo opuesto del espectro, los parques nacionales de la mayoría de países son usados de forma rutinaria para el recreo además de para la conservación. Esto produce impactos, pero son relativamente poco importantes y manejables. En los tiempos modernos se ha convertido en parte de la política de conservación de la naturaleza[8] el asumir que las administraciones de los parques deben trabajar constantemente para contentar al electorado y autofinanciarse[9]. Abrir los parques al recreo independiente es una de las formas principales en que lo intentan. La gente que camina por los parques como forma de recreo particular es fácilmente manejable y, además, esa actividad supone un ahorro en gasto público sanitario, hospitalario y geriátrico. Es verdad, el eslogan de Parks Victoria[10], “Parques sanos, gente sana”, no es sólo una frase publicitaria. Forma parte del presupuesto del estado.

A medio camino entre la minería y las excursiones individuales, está la industria del turismo comercial. Los parques nacionales, especialmente las áreas que son Patrimonio de la Humanidad y lugares icónicos similares, constituyen importantes atractivos tanto para el turismo nacional como para el internacional. Las tres cuartas partes de los visitantes extranjeros de Australia, por ejemplo, visitan al menos un parque nacional durante su estancia. La industria turística comercial vende transporte, alojamiento y ciertas actividades a estos turistas. De hecho, al menos un cuarto de toda la industria turística australiana basa su negocio principalmente en las áreas naturales, aunque esto incluye tanto tierras privadas como públicas.

En la mayor parte del mundo, los alojamientos e infraestructuras turísticos están en zonas de acceso fuera de los propios parques y todas las actividades dentro de las áreas protegidas son controladas por las administraciones de los parques. Esto funciona bien, dado que los administradores de los parques pueden manejar a los visitantes con el fin de minimizar los impactos para la conservación. También funciona bien para los sectores del alojamiento y comercio turísticos, dado que se hallan estrechamente ligados al sector más amplio de la propiedad residencial, que está más impulsado por la migración permanente basada en la calidad de vida[11] que por las visitas vacacionales a corto plazo. Este enfoque funciona bien incluso en parques muy visitados, como los de China que reciben decenas de millones de visitantes al año.

También, existen propiedades privadas, especialmente en el África subsahariana y en Sudamérica, que son gestionadas como reservas financiadas mediante el turismo, sobre todo mediante el turismo basado en la observación de la fauna. En estos casos los alojamientos turísticos son construidos dentro de las reservas. Sin embargo, esto es algo muy diferente de las áreas públicas protegidas. Los propietarios de las tierras privadas están dirigiendo un negocio usando sus propios medios. No necesariamente están tratando de contribuir a la conservación global, que es la meta de las áreas públicas protegidas. Además, en las reservas privadas, los ingresos del turismo han de cubrir todos los costes de la gestión de las tierras y de la conservación de toda la propiedad, así como los de toda la infraestructura turística y los del marketing internacional. En los parques públicos estos costes los pagan los contribuyentes de cada país. Es algo muy diferente. 

No es pues sorprendente que los promotores comerciales de la propiedad vean los parques de propiedad pública y las zonas salvajes como chollos, como oportunidades de obtener beneficios a costa del erario público. Si pueden construir alojamientos turísticos dentro de parques muy conocidos, entonces los costes de las atracciones, las infraestructuras, la gestión y el marketing estarán todos subvencionados con fondos públicos. Y si además los promotores pueden negociar derechos exclusivos a suministrar alojamiento y servicios comerciales en determinados parques, entonces estos promotores obtienen una renta de monopolio, la oportunidad de subir los precios y reducir los servicios al no tener competencia. Aunque esto genera beneficios para ese promotor, impone unos costes desproporcionados a las administraciones de los parques, a los visitantes independientes menos pudientes, a otras agencias e industrias turísticas de la región y a las áreas salvajes que mantienen a toda la raza humana. De modo que ni nos lo podemos permitir ni es sostenible.

El término que la industria turística usa para promover este enfoque es “participación”[12]. Este es otro de esos términos engañosos.

Las agencias turísticas quieren usar los recursos de los parques públicos y tener voz y voto en las prácticas de gestión de los parques. Pero, por supuesto, no ofrecen a las administraciones de los parques los recursos de sus compañías ni ofrecen al personal de los parques la posibilidad de participar en la gestión de sus negocios. De modo que no es una “participación” en un sentido empresarial. Los promotores de la propiedad turística aseguran que podrían hacer que los parques ganasen dinero. Sin embargo, en aquellos casos en que las agencias turísticas tienen ya que pagar las tarifas de los parques, por ejemplo una cantidad por la entrada de cada persona, se quejan amargamente. Muy pocas agencias turísticas hacen donaciones a los parques que usan. Hacen dinero, sí, pero no para las administraciones de los parques. No podemos esperar que esto cambie.

Hay unas cuantas administraciones de parques en el mundo que de hecho obtienen la mayoría de su financiación de los turistas. En el caso de Sudáfrica son aproximadamente dos tercios y en el de Quebec, en Canadá, son unos cuatro quintos. Sin embargo, los obtienen directamente cobrando unas tarifas a los visitantes. También tienen acuerdos comerciales con agencias turísticas, pero éstos constituyen solamente un veinteavo de los ingresos totales, y estos acuerdos ni siquiera alcanzan para cubrir los costes. Existen hoteles gestionados de forma privada en algunos parques nacionales de los EE.UU., pero fueron construidos en tiempos de los pioneros y llevan dando problemas desde entonces. Hay campings administrados por concesionarios, pero sometidos a los estrictos reglamentos de los parques.

La sugerencia de que los hoteles dentro de los parques en lugar de fuera contribuirán de algún modo a la conservación simplemente no viene apoyada por los hechos; es sólo manipulación publicitaria. Y la gente no quiere hoteles dentro de los parques. Lo que quieren es poder ir a los parques de forma barata y acampar. Cuando Parks Victoria quiso construir un hotel dentro del Parque Nacional Wilson’s Promontory hace unos años, hubo más protestas que por cualquier otra propuesta de desarrollo anterior en ese estado. La gente quiere la naturaleza salvaje tal y como es. Y cada vez más, ya que cada vez hay más gente y menos zonas salvajes.

Por último, esto nos lleva al problema obvio principal que nadie quiere reconocer, a saber el continuo crecimiento demográfico. De hecho, a menos que la población global se estabilice y descienda pronto, todas las demás medidas para la conservación acabarán resultando inútiles. De un modo u otro, cada año los seres humanos consumimos varias veces más de lo que el planeta puede producir. Esto es posible a corto plazo, ya que estamos consumiendo los recursos naturales acumulados a lo largo de toda la historia de la Tierra. En términos financieros, estamos hipotecando la granja o dilapidando nuestro fondo fiduciario sin tener ninguna salida una vez se acabe el dinero. Todo lo que hagamos para proteger el entorno no serán más que medidas provisionales hasta que podamos reducir la población humana. Sin embargo, en la actualidad, la población humana a nivel mundial sigue creciendo y a medida que países como China y la India se hacen más ricos, el consumo de recursos per cápita aumenta también. Mientras tanto, los gobiernos se preocupan sólo de que van a perder su base fiscal a medida que los trabajadores se vayan jubilando. El actual gobierno federal australiano quiere aumentar la inmigración de modo que se multiplique la población de Australia hasta casi el doble de su tamaño actual. Es ciertamente un misterio cómo alguien puede ser tan corto de miras. Y no se puede esperar que esto acabe bien.

Así que la conclusión –y es una triple conclusión en realidad, social, económica y medioambiental- lleva siendo evidente desde la época de los pioneros: “En las tierras salvajes[13] está la esperanza del mundo”.



[1] Traducción y adaptación a cargo de Último Reducto de “The Sustainability of Wilderness” y “Can We Afford Wilderness?” de Ralf Buckley (On line Opinion, 10 de marzo del 2010. http://www.onlineopinion.com.au/view.asp?article=10145&page=0[22/10/2015 12:31:34 PM] y https://www.colongwilderness.org.au/files/pages/prof-buckley-wilderness-and-tourism.pdf, respectivamente). © 2010, Ralf Buckley. N. del t.

[2] “Wilderness” en el original. El término “wilderness” hace referencia a las zonas o ecosistemas muy poco humanizados. Aquí, a menos que se indique explícitamente de otro modo, se ha traducido como “zonas salvajes”, como “ecosistemas salvajes” o como “naturaleza salvaje”, dependiendo del contexto. N. del t.

[3] “Wilderness” en el original. N. del t.

[4] Ídem. N. del t.

[5] “Wilderness must be kept as wilderness” en el original. N. del t.

[6] “Wilderness” en el original. N. del t.

[7] Ídem. N. del t.

[8] Ídem. N. del t.

[9] “Political constituencies and operational funds” en el original. N. del t.

[10] El autor, que es australiano, se refiere aquí  a la entidad que administra los parques y áreas protegidas del estado de Victoria en Australia. N. del t.

[11] “Amenity migration” en el original. Se refiere al hecho de que alguna gente muda su residencia a lugares que le gustan por motivos no económicos (medioambientales, culturales, etc.). N. del t.

[12] “Partnership” en el original. N. del t.

[13] “Wilderness” en el original. N. del t.