El carácter salvaje y la defensa de la naturaleza

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en esta web podría resultar complicada, hemos añadido un enlace en cada uno de ellos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título del artículo.

PRESENTACIÓN DE “EL CARÁCTER SALVAJE Y LA DEFENSA DE LA NATURALEZA

 

El siguiente texto es un escrito “difícil” de evaluar, no tanto por el estilo en que está escrito, pues es fácil de leer, sino más bien por su contenido, en cierto modo lúcido y acertado y, a la vez, en cierto modo ni tan lúcido ni tan acertado.

El texto es básicamente una crítica que alguien que ama la Naturaleza salvaje hace a otros que también dicen amarla y querer protegerla (la mayoría de los conservacionistas) pero que, o bien no son conscientes de que lo salvaje, la autonomía de la Naturaleza, es en realidad algo muy diferente de lo que ellos están tratando de proteger en la práctica: la mera biodiversidad, un paisaje o ecosistema gestionado para que siga pareciendo más o menos natural, una fauna “salvaje” controlada, etc. Y es una crítica en muchos aspectos contundente y radical, que señala algunas de las contradicciones y problemas intrínsecos e incluso, hasta cierto punto, irresolubles de la conservación de la Naturaleza.

El autor obviamente tiene unas intuiciones muy bien encaminadas que apuntan directamente al meollo de ciertos problemas relativos a la protección y preservación de la Naturaleza. Lamentablemente, su capacidad para expresar de forma clara, lógica y coherente dichas intuiciones no siempre está a la altura de las circunstancias.

Pero veamos y comentemos un poco más en detalle sus errores y aciertos.

Entre los aciertos, cabe señalar:

·        La identificación de la autonomía de la Naturaleza con el carácter salvaje.

·        El no caer en el típico error de identificar la biodiversidad con el carácter salvaje. El autor, al contrario que la mayoría de los conservacionistas, reconoce que la biodiversidad no es necesariamente sinónimo de carácter salvaje o autonomía en los ecosistemas.

·        En relación con lo anterior, el no confundir defender y preservar la cualidad de ser salvaje con meramente defender y preservar las cosas que hasta hace poco han sido salvajes. Tratar de conservar especies, paisajes, ecosistemas interfiriendo en sus dinámicas y procesos propios, sin respetar, preservar o favorecer a la vez su autonomía e independencia de la gestión humana, no es en realidad conservar o restaurar la Naturaleza salvaje, sino lo contrario: eliminar e impedir el carácter salvaje de la Naturaleza, domarla.

·        En relación con lo anterior, el rechazo de la gestión de la Naturaleza, entendida como la interferencia en los procesos autónomos de los ecosistemas y la sustitución de éstos por la manipulación por parte de los seres humanos, aun cuando a menudo se presente esta manipulación como un medio necesario para preservar la Naturaleza. La gestión activa implica control y tiende a generar dependencia permanente, aparte de efectos no deseados e indeseables, que arruinan la autonomía de la Naturaleza. Es por tanto, incompatible con el carácter salvaje de los ecosistemas.

·        El reconocimiento de la imposibilidad de predecir y, por tanto, controlar (gestionar) completa, eficaz e inocuamente sistemas y procesos complejos. La gestión no sólo es indeseable desde un punto de vista basado en la preservación de lo salvaje, también es en gran medida inviable e ineficaz.

Y entre los errores:

·        El autor exagera y comete el error de bulto de considerar que declarar protegida un área es siempre lo mismo que crear un entorno artificial. Sin embargo, independientemente de cuáles sean los casos en la realidad, considerar una zona como protegida no necesariamente debería implicar en todos los casos crear en ella nada que ya no estuviese allí, al menos en teoría, y tampoco tendría por qué implicar necesariamente ningún tipo de gestión activa o interferencia en su carácter salvaje. La interpretación exagerada del autor supondría en la práctica un rechazo total de la protección. Para el autor, las áreas protegidas ya no son salvajes por el mero hecho de ser protegidas. No se entiende bien de qué manera la protección o incluso ciertas formas de investigación científica (el uso de collares radiotransmisores, por ejemplo) eliminan necesariamente siempre la autonomía de la Naturaleza y el autor tampoco lo explica de forma clara y concisa. Desde luego, no es lo mismo, en lo que a los efectos sobre el carácter salvaje de la Naturaleza se refiere, simplemente declarar  protegida una zona y vigilarla para evitar que se realicen actividades que la dañen (furtivismo, por ejemplo) que realizar una gestión activa de la misma (supresión de incendios naturales, control del tamaño de las poblaciones de especies, alimentación artificial de la fauna, etc.). Lo primero no necesariamente interfiere en la autonomía de la Naturaleza, lo segundo sí, alterando sus dinámicas propias y creando dependencias de la gestión humana.

Es más, incluso dentro de la propia “gestión” de la Naturaleza, el autor tampoco parece tener en cuenta las importantes diferencias entre actuaciones puntuales dirigidas a favorecer la recuperación de los ecosistemas no artificiales y de su autonomía, como por ejemplo, reintroducir una especie autóctona que haya sido extirpada recientemente, y el hecho de mantener artificialmente mediante una gestión permanente ciertas especies, comunidades o ecosistemas.

Parece como si el autor, en cierto modo, no fuese capaz de diferenciar entre su percepción subjetiva y emocional de la Naturaleza salvaje y el hecho objetivo de la existencia del carácter salvaje en la Naturaleza. Ambas cosas pueden ir unidas y guardar relación, pero no son lo mismo. Ciertas cosas, como por ejemplo los radiotransmisores colocados a la fauna o las regulaciones encaminadas a la protección legal de especies y ecosistemas, pueden estropear en efecto la experiencia subjetiva de lo salvaje (y esto es ciertamente algo serio y que ha de tenerse en cuenta), pero no siempre implican necesariamente una mengua objetiva del carácter salvaje de la Naturaleza. Un oso con un radiotransmisor no es menos salvaje que otro que no lo lleva, aunque sea menos “agradable” verlo con un collar.

Además, las alternativas que el autor propone frente a la protección y la gestión de la Naturaleza, “establecer grandes áreas en las que limitemos todas las formas de influencia humana”, por un lado, y predicar una ética conservacionista basada en el carácter salvaje y rediseñar o reformar la civilización en base a ella, por el otro, o bien son básicamente lo mismo que ya existe, al menos en teoría, en las áreas salvajes protegidas (por ejemplo, en las “wilderness areas” de la Wilderness Act estadounidense), que él critica, o bien son propuestas imposibles e ineficaces. Cambiar las ideas imperantes en la sociedad respecto a la Naturaleza (en caso de que realmente fuese posible, se intentase y se lograse) no cambiaría significativamente los efectos dañinos de la sociedad sobre la Naturaleza y sobre el carácter salvaje de ésta, porque dichos efectos son ante todo el resultado de factores, procesos y condiciones materiales que son inherentes a la sociedad tecnoindustrial y en gran medida independientes de los factores no materiales (ética, valores, ideologías, etc.). Una sociedad que consta de millones de individuos y usa tecnología avanzada necesita inevitablemente ocupar y transformar amplias extensiones de terreno y provoca inevitablemente impactos en los ecosistemas salvajes. Mientras siga existiendo, causará siempre daño a lo salvaje. Da igual cuál sea la ideología imperante en ella. Y el autor a este respecto, cae en el mismo error que la mayoría de los conservacionistas a quienes critica: cree que la tecnología y la sociedad modernas y la Naturaleza salvaje podrían ser compatibles, que las primeras podrían reformarse ideológicamente para respetar el carácter autónomo de la segunda. Probablemente por eso evita mencionar siquiera la otra alternativa existente: eliminar físicamente la sociedad tecnoindustrial.

·        Si bien Turner por lo general, en el texto, considera que el carácter salvaje de la Naturaleza consiste en su autonomía, a veces introduce otras nociones del carácter salvaje junto a ésta, mezclándolas todas. Y no está claro que dichas otras nociones sean real ni necesariamente lo mismo que la autonomía de lo no artificial, o ni siquiera siempre compatibles con ella. Eso si es que realmente significan algo. Por ejemplo, a veces considera que el carácter salvaje es la “vitalidad” de la Naturaleza, sea esto lo que sea.

·        Fiel a su postura filosófica idealista, Turner considera el deseo de control como el motivo fundamental por el cual la civilización elimina el carácter salvaje de la Naturaleza. De hecho reduce la civilización moderna a una mera “ideología del control proyectada sobre la totalidad del mundo”, dejando de lado completamente los aspectos físicos o materiales de la sociedad tecnoindustrial. Sin embargo, el deseo de control o cualquier otro aspecto ideológico de la sociedad moderna no es más que una consecuencia del desarrollo material de dicha sociedad, no su causa. En algunos casos, dicha consecuencia puede ejercer la función de mecanismo de retroalimentación positiva, reforzando la dirección del desarrollo social y tecnológico y, por tanto, agravando sus efectos sobre la Naturaleza, pero no es la causa fundamental de los mismos. De hecho, en la mayor parte de las dinámicas del mantenimiento y desarrollo social actual, el deseo de control o cualquier otro propósito consciente y voluntario están ausentes, aunque el resultado de las mismas sea en efecto una mayor manipulación, dependencia y control sobre lo no artificial. El mantenimiento y desarrollo del sistema social tecnoindustrial es ya en gran medida un proceso autónomo y no teleológico, que desarrolla y sigue sus propias dinámicas independiente de toda intención o voluntad y, por tanto, de toda ideología.

·        Por desgracia, Turner, quizá tratando de encontrar referencias intelectuales para poder formular y presentar públicamente sus, en general, acertadas intuiciones, echa mano de ciertas corrientes teóricas más que cuestionables. El texto está profundamente influido por el postmodernismo y otras corrientes en cierto modo afines a éste (teorías de Foucault acerca del control social, teoría del caos, teoría del cambio de paradigma, rechazo del pensamiento abstracto, etc.), tan de moda en la época en que fue publicado. Lamentablemente, el autor, no parece ser consciente de que dichas corrientes, en gran medida irracionalistas y relativistas, han sido mucho más a menudo usadas para atacar la noción de lo salvaje y la defensa de la Naturaleza (como puede verse, por ejemplo, en muchos de los otros textos publicados en esta sección) que para lo contrario. De ahí, por ejemplo, el estúpido e incongruente rechazo por parte del autor, de cualquier noción abstracta de lo salvaje, lo que él llama “the abstract wild” (“lo salvaje abstracto”), a pesar de que él mismo usa y predica constantemente nociones de este tipo (¡como si definir el carácter salvaje como la autonomía de la Naturaleza no fuese en sí algo abstracto!). El autor llega incluso a decir: “no quiero saber acerca de los osos grises en general, ni puedo preocuparme de ningún modo práctico de los grizzlis en general. Yo quiero saber y preocuparme del oso gris que vive en el cañón que hay más arriba de donde vivo yo. Y tengo más confianza en mí mismo, en mis amigos y en ese grizzli que en gestores sentados en universidades situadas a mil millas de distancia que nunca han visto este lugar ni este oso gris y quieren que todo ello quede incluido en un modelo matemático”. ¿Cuál es la relación entre la saludable y racional desconfianza en los expertos y sus métodos tecnocientíficos y el rechazo de cualquier noción abstracta o general acerca de la Naturaleza? Ninguna. Y, yendo más a lo práctico, ¿quién se preocupará por defender aquellas especies y ecosistemas salvajes y su autonomía cuando no preocupen a sus vecinos humanos inmediatos? El desaforado subjetivismo ombliguista del autor a veces arruina su argumentación.

Es más, Turner parece no ser consciente de que tras gran parte de las relativamente recientes teorías e investigaciones científicas acerca de la complejidad subyace el mismo objetivo clásico de lograr controlar y manipular eficazmente la Naturaleza. Si a los matemáticos, a los físicos y a algunos ecólogos vanguardistas que hablan del caos les atrae el estudio de los sistemas y procesos complejos no suele ser para demostrar lo absurdo de tratar de predecirlos y controlarlos y rechazar su manipulación, sino precisamente porque en el fondo muchos de ellos esperan conseguir llegar a poder controlarlos (más) mediante una mejor comprensión de su complejidad. La idea de que el conocimiento científico ha de servir principalmente para aplicarlo a la manipulación y el control de la realidad sigue estando presente incluso, irónicamente, en muchos de aquellos científicos que han descubierto que las dinámicas que rigen el desenvolvimiento de la realidad son en gran medida impredecibles (y por tanto incontrolables).

También, en parte, es posible que el autor a veces simplemente esté cayendo en otro típico vicio de los filósofos como él: citar referencias para aparentar y conseguir así fraudulentamente que se le reconozca su presunta autoridad intelectual en la materia tratada. Como cuando, por ejemplo, dice que el frente de un incendio es un fractal[a]. ¿Era necesario mencionar los fractales en este texto para argumentar que los procesos naturales son en gran medida impredecibles y por tanto incontrolables? No, el autor sólo lo menciona para mostrar que conoce la teoría del caos, en la cual ciertamente el concepto de fractal tiene gran importancia.

·        Por último, a pesar de su rechazo de los expertos y sus métodos científicos aplicados al control de los ecosistemas, el autor nos propone como alternativa una nueva ética de la conservación basada en una noción de lo salvaje fruto de los esfuerzos interdisciplinarios de (eco)feministas, filósofos (postmodernos), matemáticos (del caos, se supone), físicos (de la complejidad, es de suponer), etc. Sin embargo, ¿por qué habríamos de fiarnos más de estos nuevos “expertos” que de los anteriores (ecólogos, ingenieros forestales, biólogos de la conservación, etc.)? ¿Qué tienen que ver el feminismo o las teorías matemáticas abstractas con la noción de lo salvaje y la defensa de la Naturaleza?

Eso sin entrar a hablar de lo poco recomendable que es dejar la definición y defensa de lo salvaje en manos de gente más preocupada por la justicia social y otros valores y fines progres y humanistas o por la resolución de “acertijos” matemáticos y filosóficos que por mantener y recuperar la autonomía de la Naturaleza.

 

EL CARÁCTER SALVAJE Y LA DEFENSA DE LA NATURALEZA

Por Jack Turner[b]

 

Thoreau comenzó hablando sobre el carácter salvaje[c] como la preservación del mundo en una conferencia que dio en el Liceo de Concord, el 23 de abril de 1851, titulada “The Wild”[d]. En junio del siguiente año la combinó con otra conferencia acerca de caminar y publicó ambas como el ensayo “Walking, or the Wild” en el Atlantic Monthly. Este ensayo continúa siendo el documento más radical en la historia de la ética conservacionista estadounidense y, como señaló el distinguido estudioso de Thoreau Robert Richardson, “el modo en que entendamos esa ética dependerá de lo que creamos que Thoreau quería decir con ‘lo salvaje’[e]”.1

Thoreau entendía lo salvaje[f] como una cualidad: naturaleza salvaje, hombres salvajes, amigos salvajes, sueños salvajes, gatos caseros salvajes y literatura salvaje. Lo asociaba con otras cualidades: lo bueno, lo sagrado, lo libre. De hecho, lo equiparaba con la vida misma. Por libertad entendía no los derechos y las libertades, sino lo autónomo y lo autorregulado[g]; y por vida, no la mera existencia, sino la vitalidad y la fuerza vital. Estas connotaciones no están restringidas a nuestra cultura. Gary Nabham ha señalado que “el término o’odham[h] para el carácter salvaje, doajkam, está etimológicamente ligado a los términos para denominar la salud, la totalidad y la vitalidad”.2

La famosa frase de Thoreau “en Lo Salvaje está la preservación del Mundo” dice que el carácter salvaje preserva, no que debamos preservar el carácter salvaje. Para Thoreau, el carácter salvaje era un hecho; su tarea era tomar contacto con él y expresarlo, y él creía que el mito era lo que mejor lo expresaba. Su éxito no se debió a la acción política o al estudio científico, sino al esfuerzo personal. Más que nada, lo salvaje[i] era un proyecto del yo.

Después de Thoreau, el foco de nuestra ética de la conservación cambió del carácter salvaje a la preservación de los ecosistemas salvajes[j], de los hábitats y las especies y, más recientemente, de la biodiversidad. Este giro fue claramente materialista, un movimiento de la calidad a la cantidad, a la superficie de terreno, a las especies y a las relaciones físicas. El estatus privilegiado del que gozan en nuestra cultura la ciencia clásica y sus tecnologías prácticamente implicaba este materialismo, ya que la ciencia clásica y sus matemáticas no podían describir cualidades como el carácter salvaje; y lo que no puede ser descrito es ignorado. Lo salvaje[k] entendido como cualidad, así como su relación con otras cualidades, es algo acerca de lo que hoy en día raramente se habla, siendo el libro de Gary Snyder The Practice of the Wild  la honrosa excepción.

El cambio fue también reduccionista. Preservando las cosas –el área, las especies y los procesos naturales- creímos que podríamos preservar una cualidad. Por desgracia, las colecciones de áreas, especies y procesos, por amplias y diversas que sean, no preservan más el carácter salvaje que lo que las grandes y diversas colecciones de objetos religiosos preservan el carácter sagrado. Lo salvaje[l] y lo sagrado simplemente no son el tipo de cosas que pueda ser coleccionado. Las formas históricas de acceso y expresión pueden ser preservadas pero no se puede poner una cualidad en un museo. Del mismo modo, el carácter salvaje no puede desaparecer. Puede ser reducido, en la naturaleza y en la experiencia humana, pero no puede dejar de existir. El mundo contiene muchas cosas que existen pero no pueden ser coleccionadas y puestas en un lugar –el conjunto de los números complejos, la gravedad, los sueños. El carácter salvaje es algo similar y no tenemos muy claro cómo preservarlo.

Hay excelentes razones para preservar los ecosistemas salvajes, las comunidades bióticas y la biodiversidad aparte de cualquier relación que tengan con el carácter salvaje, razones que son tratadas a fondo en nuestra literatura medioambiental, pero estos giros materialistas y reduccionistas en nuestra ética de la conservación han reducido el carácter salvaje de los lugares, las especies y los procesos que hemos conseguido preservar disminuyendo su autonomía y su vitalidad. Desafortunadamente, nuestra ética de la conservación tiende a ignorar esta pérdida.

Esta disminución continuará ya que nuestros intentos de preservación –parques, áreas protegidas[m], zoos, jardines botánicos- están pensados tomando como referencia a ciertas instituciones modernas, principalmente el laboratorio y el museo, instituciones que se oponen a la autonomía y la vitalidad. En el pasado, los criterios políticos y estéticos seleccionaban las muestras; en el futuro (es de esperar) los criterios biológicos y ecológicos serán predominantes. Sin embargo, no importa lo amplia que sea la selección, los procesos de selección e implementación vuelven artificiales las muestras. Los entornos (y sus ocupantes) son seleccionados y gestionados según metas humanas –la preservación de paisajes, de recursos, de áreas protegidas[n], de biodiversidad. Nuestro artificio altera su orden profundamente, arrancándolos del contexto más amplio de la interconexión que creó ese orden. Como dice Anthony Giddens al discutir las consecuencias de la modernidad, “El ‘fin de la naturaleza’ significa que el mundo natural se ha convertido en gran parte en un ‘medio ambiente creado’ consistente en sistemas estructurados de forma humana cuya fuerza motriz y dinámicas derivan de presuntos conocimientos socialmente organizados en vez de derivar de influencias exógenas a la actividad humana”.3 Esto es simplemente tan cierto para los parques nacionales y las áreas protegidas[o] como para Disneylandia.

Los entornos creados tienen esa aura de hiperrealidad tan común en la vida moderna. “Son todos ellos formas renovadas del deseo de Caín de retornar a casa rehaciendo la creación original. La tragedia es que tratando de recobrar el paraíso aceleramos el asesinato de la naturaleza”.4 La naturaleza “se acaba” porque pierde su propia estructura autoordenada, o sea, su autonomía, es decir, su carácter salvaje. Los entornos creados también apestan a la cualidad “de museo” que hizo famosa el ensayo de Theodor Adorno “Valery Proust Museum”: “La palabra alemana ‘museal’ [perteneciente o relativo al museo] tiene connotaciones desagradables. Describe objetos con los que el observador no tiene una relación vital y que están en proceso de morir” (175). Justo del mismo modo que los museos culturales “son testimonio de la neutralización de la cultura” (175), yo creo que los museos de los tipos de territorios, a pesar de ser diversos en hábitats y especies, son testimonio de la neutralización de la naturaleza.

Un entorno creado es una naturaleza castrada[p], una naturaleza[q] con la que ya no vivimos en una relación vital. Los objetos de museo pueden ser útiles, entretenidos e informativos y la naturaleza tomada como laboratorio puede producir ramas enteras de nuevos conocimientos, pero sus objetos de estudio han perdido sus propios principios organizativos y pueden ser acertadamente descritos como reliquias -los restos que quedan tras la destrucción o decadencia de las cosas originales que son preservados como objetos de veneración.

En este sentido es posible ver la Tierra como algo cada vez más propio de un museo -en proceso de convertirse en una reliquia; un orden que en su día fue autónomo transformado por una sola especie para su propio uso, una especie que en una combinación de duelo y respeto preserva trozos y pedazos para el culto, el estudio y el entretenimiento. Los pocos fragmentos que quedan de ecosistemas salvajes llevan ya mucho tiempo siendo valorados como un laboratorio -de ahí el título del ensayo de Aldo Leopold “Wilderness as a Land Laboratory”[r].5 La naturaleza bajo estrés se convierte en otro experimento científico interesante, en un problema que resolver, no diferente de un paciente enfermo, un parado de larga duración, una máquina estropeada. En lugar de una colección de dioses (como en el caso de los griegos) o la fuente de lo Sublime (como en el caso de Kant y los románticos) o un manantial de enseñanzas morales (como en el caso de Emerson, Thoreau y Muir), la naturaleza queda subordinada a los humanos -dependiente. Un paciente. Entonces, con su sensibilidad filantrópica agudizada por la crisis, el Señor Hombre se apresura a ayudar a la pobre a recuperarse con sistemas GPS, bases de datos informatizadas, refugios, bancos de genes y collares radiotransmisores.

Recientemente hemos descubierto que nuestros museos de tierras son de un tipo demasiado pequeño, desconectado y artificial como para permitir a las especies mantener sus propias estructura y orden. Nuestro remedio para estos ecosistemas aislados y poblaciones relictas es crear entornos mayores y mejor elaborados según nuevas teorías, más datos y mejores prácticas de gestión. Esto puede resultar en ecosistemas más completos y puede mantener algunas especies, pero la mayor influencia humana y los mecanismos de control requeridos para la selección y la preservación reducen simultáneamente la autoorganización y el carácter salvaje de los ecosistemas. Las “zonas salvajes” que quedan se vuelven cada vez menos naturales a medida que son sometidas a la gestión necesaria para su supervivencia e, irónicamente, se vuelven cada vez menos capaces de satisfacer su supuesto fin científico –servir como referencia de los procesos naturales en base a la cual poder medir la salud del mundo controlado por el hombre.

Un ejemplo de este proceso puede encontrarse en el Wildlands Project[s] propuesto por Wild Earth[t]: “un programa para la recuperación de los ecosistemas salvajes de Norteamérica” (lo que en principio suena como algo estupendo para el planeta). Si tuviese éxito, sería el mayor entorno creado del mundo. Su orden y estructura –los núcleos, los corredores, las zonas de amortiguación y las áreas con población densa- serían sin duda visibles desde el espacio. Pienso en él como en una Norteamérica diseñada por Foreman, Noss y sus socios[u].6

Muchos sienten el carácter propio de un parque Disney y el aspecto de museo de las zonas salvajes protegidas, los parques nacionales y las reservas de vida silvestre, pero siguen creyendo que estos lugares ofrecen un refugio frente al artificio humano. Esto siempre ha sido una ilusión. Los parques nacionales manejan millones de visitantes humanos a costa de los procesos naturales. Las “áreas salvajes” de la Wilderness Act permiten al estado controlar los incendios, los insectos, las enfermedades y las poblaciones de animales; construir caminos para uso humano; apacentar ganado; y practicar la minería. Estos entornos no son salvajes –son demasiado conocidos, diseñados, administrados, gestionados y controlados para ser salvajes.

Todo esto sugiere que necesitamos idear una nueva ética de la conservación basada en el carácter salvaje. Lo que lleguemos a entender por “carácter salvaje” podría surgir de los actuales esfuerzos interdisciplinarios de feministas, matemáticos, filósofos y físicos por comprender el control, la predicción, el dominio y sus contrarios: la autonomía, la autoorganización, la autorregulación y la autopoiesis.7

En su “diario”, Thoreau escribió que “wild”[v] es el participio pasado del verbo “to will”[w]: “self-willed”[x]. Una nueva ética de lo salvaje[y] debería poner de relieve la referencia de Thoreau y confirmar la tendencia académica reciente que interpreta “tierra salvaje” en su sentido original de “tierra autorregulada”.8 Eso reforzaría la palabra más importante del fragmento más importante de la Wilderness Act: “untrammeled”[z]. Y finalmente, fomentaría el proyecto de Thoreau de entender que, tanto dentro de nosotros mismos como en la naturaleza, lo salvaje[aa] es fundamentalmente una misma cosa debido a su relación conceptual con la vitalidad y la libertad.

 

II

 

Para construir una nueva ética de la conservación, necesitamos primero entender por qué imponemos un orden humano en los órdenes no humanos. Lo hacemos para ganar, consistiendo dicha ganancia en un aumento de predictibilidad, de eficacia y, por consiguiente, de control. Enfrentados a la acelerada destrucción de los ecosistemas y a la extinción de las especies, creemos que nuestra única opción reside en una mejora de la predicción, la eficiencia y el control. De modo que luchamos para preservar los ecosistemas y las especies, y aceptamos la disminución de su carácter salvaje. Esto nos permite ganar la batalla pero provoca que perdamos la guerra y, en el proceso, simplemente dejamos de hablar del carácter salvaje.

Hacemos esto de muchos modos. Por ejemplo, comenzamos a hablar de “áreas protegidas”[bb] en lugar de hablar de “lo salvaje”[cc], como en la comúnmente mal citada frase de Thoreau: “En las áreas salvajes[dd] está la preservación del mundo”[ee].9 Sin embargo, la mayoría de (si no todas) nuestras áreas naturales[ff] declaradas protegidas por la Wilderness Act no son salvajes. Tomemos, por ejemplo, el área protegida[gg] de Gila, que es un pastizal para el ganado, no una tierra autorregulada[hh]. Thoreau no dijo que en la ganadería extensiva esté la preservación del mundo.

También tendemos a equiparar el carácter salvaje con la biodiversidad. Por ejemplo, el capítulo 2 del libro de Roger DiSilvestro Reclaiming the Last Wild Places: A New Agenda for Biodiversity se titula “Biodiversity: Saving Wildness” [“Biodiversidad: salvando lo salvaje”], y contiene frases como “el carácter salvaje en la naturaleza, eso es lo que preservamos cuando protegemos la biodiversidad” y “la protección de la biodiversidad, de lo salvaje[ii]” (25). Pero el carácter salvaje no es lo mismo que la biodiversidad. En Desert Smells Like Rain, Gary Nabham describe dos oasis. El oasis ocupado por los papagos[jj] tenía el doble de especies de aves que el oasis “salvaje” preservado en el Momumento Nacional de Organ Pipe Cactus.10 Ninguno de ambos oasis era salvaje en cualquier sentido razonable del término, y los oasis más remotos del desierto bien podrían tener incluso menos especies. Y si así sucede, ¿qué? ¿Es el carácter salvaje menos importante que la biodiversidad? ¿Deberíamos preservar esta última a costa del primero? ¿Qué criterios deberíamos usar para decidir sobre este asunto?

Para muchos biólogos de la conservación (aunque no para Nabham, claro) la distinción importante está entre “en estado salvaje” y “en cautividad”, con “en estado salvaje” refiriéndose a estar en un ecosistema gestionado. Sin embargo, si en las zonas salvajes los osos grises son controlados mediante collares radiotransmisores y programas de reubicación, entonces, ¿qué ha sido de la que era la cuestión central según Thoreau: la libertad? Simplemente ha sido dejada de lado en el discurso acerca de la preservación.

También ignoramos el carácter salvaje cuando definimos las áreas salvajes en términos de ausencia de seres humanos. En “Aldo Leopold Metaphor”, J. Baird Callicott señala que a excepción de la Antártida, no existe ninguna masa de tierra que no haya tenido presencia humana y, por tanto, las zonas salvajes según las define la Wilderness Act son una idea “incoherente” (45).[kk] Otra gente niega la existencia de lo salvaje[ll] diciendo que cualquier influencia humana sobre una especie o ecosistema destruye el carácter salvaje, y como la influencia humana lleva produciéndose desde hace mucho tiempo... pues eso, que no existe lo salvaje[mm]. Esto es absurdo, y uno se pregunta qué hubiesen pensado Lewis y Clark, de pie sobre los taludes de las orillas del Missouri, acerca de toda esa cháchara. “Esto no es una zona salvaje[nn]. Porque ahí afuera hay millones de seres humanos. Y tampoco es natural[oo]. La influencia humana lleva 10.000 años echando a perder este lugar”.

Aquí hay algo que falla, y creo que la causa puede ser que la mayoría de la gente que está escribiendo y pensando acerca de temas relativos a la naturaleza salvaje[pp] sólo conoce las zonas salvajes de la Wilderness Act. Una semana en el Amazonas, en el alto Ártico o en la vertiente norte del Himalaya les sugeriría que lo que cuenta como carácter salvaje y como tierra salvaje no viene determinado por la ausencia de gente, sino por la relación existente entre la gente y el lugar. Un lugar es salvaje cuando su orden se crea siguiendo sus propios principios organizativos –cuando es una tierra autorregulada. Los pueblos nativos normalmente (aunque definitivamente no siempre) “se adaptan” a ese orden, influyendo en él pero no controlándolo, aunque probablemente si no lo hacen no es porque tengan un conjunto superior de valores sino porque carecen de los medios técnicos para ello. El control se incrementa con la civilización, y la civilización moderna, al versar en gran medida sobre el control –es una ideología del control proyectada sobre la totalidad del mundo- debe controlar lo salvaje[qq] o negarlo. Esta perspectiva es representada claramente por las novelas distópicas, empezando por We de Yevgeny Zamyatin.

Aunque la autonomía es a menudo confundida con la separación radical y la independencia completa, la autonomía de los sistemas (y yo diría también la libertad humana) se ve reforzada por la interconexión, la interacción[rr] elaborada y la retroalimentación –es decir, la influencia. De hecho, dichos procesos crean una posibilidad de cambio sin la cual no existe libertad. El determinismo y la autonomía son tan inseparables como las múltiples interpretaciones de una imagen gestalt.

Lo importante es que sea cual sea el tipo de autonomía en cuestión –la libertad humana, tierras con voluntad propia[ss], sistemas autorregulados, sistemas autoorganizados, autopoiesis –todos ellos son incompatibles con el control externo. Tomarse el carácter salvaje en serio es tomarse en serio el asunto del control y, dado que las disciplinas de la biología aplicada no se toman en serio el asunto del control, están sembradas de paradojas –“gestión de la fauna salvaje”, “gestión de las tierras salvajes”, “gestionar para el cambio”, “gestionar los sistemas naturales”, “imitar las perturbaciones naturales”- que podríamos llamar las paradojas de la autonomía. Los conjuntos de paradojas suelen significar malas noticias para los paradigmas científicos y creo que las ciencias biológicas se enfrentan a una importante revolución.11

 

III

 

Desde los tiempos de Aldo Leopold, las ciencias biológicas han ido jugado un papel crecientemente dominante en la ética de la conservación. Si la meta es preservar los ecosistemas y las especies, entonces uno recurre a los expertos en la materia: los ecólogos y los biólogos. Durante los últimos veinte años se ha ido haciendo evidente que las disciplinas individuales de la biología aplicada no son lo suficientemente amplias para alcanzar las metas preservacionistas, especialmente la biodiversidad, y que necesitan ser integradas en las nuevas disciplinas de la biología de poblaciones y la ecología –o sea, en la biología de la conservación. La biología de la conservación tiene un papel cada vez más dominante en la preservación en este país[tt], cuando no en el mundo, y las grandes organizaciones ecologistas que en su día lideraban la lucha por la preservación a menudo siguen sus programas.12

Desafortunadamente, la biología de la conservación también tiene que ver con el control. Integra controles que ya estaban disponibles en las ciencias biológicas, físicas y sociales, lo cual nos lleva a lo que podríamos denominar como metagestión. Dado que la biodiversidad es entendida siguiendo el modelo de un recurso escaso, la preservación de la biodiversidad se convierte en un problema similar a la gestión de recursos.13 Frente a la pérdida de biodiversidad (y es cierto que existe tal crisis), la biología de la conservación demanda que hagamos algo, ahora, del único modo que cuenta como hacer algo: más dinero, más investigación, más tecnología, más información, más superficie de terreno. Confiad en la ciencia, confiad en la tecnología, confiad en los expertos; ellos saben lo que es mejor. En resumen, la receta para tratar la enfermedad es aún más control.

Esto refleja el modo de responder a las crisis habitualmente tratado en los estudios de Michel Foucault acerca de la locura, el crimen y la enfermedad. Al igual que la psiquiatría, la criminología y la medicina clínica, la biología de la conservación es una disciplina teórica que busca el control persiguiendo una misión moralmente pura: acabar con una crisis. Aunque los males en que se centran estas disciplinas han estado siempre entre nosotros (y han sido manejados de formas más imaginativas por otras culturas), son agravados por las condiciones de la modernidad –la superpoblación, la urbanización y las estructuras sociales patológicas- y por la globalización de dichas condiciones.

Desgraciadamente, en lugar de actuar sobre las causas, las disciplinas teóricas modernas como la biología de la conservación tratan de controlar los síntomas. Sus controles están dirigidos a los Otros, no a nuestras propias patologías sociales. Esto recuerda a la diferencia entre medicina preventiva y medicina intrusiva: en lugar de reconstruirnos a nosotros mismos y a nuestras sociedades, las disciplinas teóricas modernas se esfuerzan por rehacer el mundo no humano y por reducir su autonomía. A largo plazo, esto tiende a fracasar a medida que el mundo resiste y se adapta a nuestras intrusiones, y nosotros, en cambio, descubrimos el verdadero coste de nuestros intentos de control.

Estos controles tienen siempre un carácter disciplinario o protodisciplinario, y aquí los múltiples significados de “disciplina” no son accidentales. Implican captura (disparar, lanzar dardos, tender redes y trampas, atrapar, detener); aislamiento en áreas especiales (guardas, prisiones, refugios, áreas naturales protegidas[uu]); identificación numérica (tatuarlo y marcarlo todo, desde los presos y los soldados hasta los cisnes y los osos grises); representación tecnológica (fotografía, rayos X, cartografía GPS); manipulación química (de los gérmenes, del cerebro, de la fertilidad); cirugía (lobotomías para los locos y, para los depredadores, la implantación de radiotransmisores o de placas radioactivas que hacen que sus heces sean visibles desde los satélites); seguimiento (collares radiotransmisores en animales, tobilleras de control en los presos, monitores cardiacos en los enfermos del corazón); y una vigilancia constante para acumular cada vez más información. Habiendo interferido ya seriamente en el cuerpo y la mente humanos, ahora intentamos entrometernos en el resto de la creación, confirmando por tanto el pronóstico del Eclesiastés: “Porque lo que acontezca a los hijos de los hombres, acontecerá a las bestias”.

Justificadas en nombre de la normalidad y del equilibrio –igual que las guerras son justificadas en nombre de la “paz en nuestra época”[vv]- las tecnologías disciplinarias tienden a desarrollarse en forma de grandes programas de salvación: guerras económicas en contra de la pobreza, guerras criminológicas contra el crimen. A pesar de algunas pequeñas victorias esporádicas, estas guerras fracasan. Las prisiones crean más criminales y la pobreza y el hambre crecen con las economías modernas. Desafortunadamente, estos fracasos ni devalúan dichas disciplinas ni paran dichas guerras. Como Avis, las tecnologías disciplinarias simplemente se esfuerzan aún más, es decir, tratan de controlar más y mejor.

La biología de la conservación se sitúa en esta tradición de salvación a lo grande. Quiere llevar a cabo una guerra por la biodiversidad, por lo que adopta una misión y una estrategia (palabra procedente del término griego usado para denominar al ejército: stratos) encaminadas a rehacer el mundo natural según su propia visión. Yo pronostico que fracasará por la misma razón que fracasan otras disciplinas: no actúa sobre las causas de los males que pretende tratar sino que sigue siendo terapéutica. Su principal fin es detener los síntomas y da por sentado, erróneamente, que la enfermedad es aguda en lugar de crónica.

El verdadero cambio proviene de la alteración de la estructura, no del tratamiento de los síntomas. La estructura que una postura medioambiental radical (“raíz”) ha de cambiar es el sistema de retroalimentaciones positivas formado por la superpoblación, la urbanización, unos niveles de vida escandalosamente elevados, una distribución de los bienes básicos extremadamente injusta; la unión de la ciencia clásica, la tecnología, el estado y la economía de mercado para mantener ese elevado nivel de vida; las infinitas presunciones relativas a nuestros derechos, libertades y privilegios; y la completa ausencia de una vida espiritual que pueda mitigar estas formas de ambición. En resumen, la preservación del carácter salvaje, de las tierras salvajes y de la biodiversidad requiere una revolución contra la patología social, una transformación de la civilización occidental –y, aceptémoslo, muchos de nosotros nos acobardamos frente a dicho desafío. Preferimos controlar la naturaleza,

En ecología, la expresión más poderosa de una ética del control de la naturaleza está representada por el libro Discordant Harmonies: A New Ecology for the Twenty-First Century, de Daniel Botkin. Botkin presenta evidencias gráficas de la devastación causada por los elefantes incontrolados en Tsavo, uno de los mayores parques nacionales de Kenia. Señala mordazmente que nuestras ideas actuales acerca de la naturaleza están trasnochadas, exige más gestión, más información, más seguimiento, más investigación, más inversión en educación medioambiental. Defiende la preservación de las áreas salvajes principalmente como referencias para las mediciones científicas. Es un libro convincente. La conclusión que extrae es que “La naturaleza en el siglo XXI será una naturaleza hecha por nosotros; la cuestión es en qué grado dicho modelado será intencionado o no, deseable o no” (193).

Botkin no está solo. En un ensayo titulado “The Social Siege of Nature”, Michael Soulé, uno de los fundadores de la biología de la conservación, dice:

 

Algunos de los mitos ecológicos discutidos aquí contienen, explícita o implícitamente, la idea de que la naturaleza se autorregula y es capaz de cuidar de sí misma. Esta noción lleva a la teoría de la gestión entendida como abandono benigno –la naturaleza se las apañará bien si los humanos simplemente la dejamos en paz, gracias. De hecho, hace un siglo, la política del “no tocar” era la mejor política. Hoy no lo es...

La homeostasis, el equilibrio y Gaia son modelos peligrosos cuando se aplican a escalas espaciales y temporales equivocadas. Incluso hace cincuenta años, dejar seguir el curso de la naturaleza podría haber sido la mejor medicina, pero aquel era un mundo con espacios mucho más grandes, mucho menos humanizados y mucho más conectados, un mundo con un tercio de la población humana actual y un mundo en gran medida no afectado por motosierras, buldóceres, pesticidas ni especies exóticas invasivas.

La alternativa a dejar que la naturaleza se las apañe sola es cuidar activamente de ella –en el lenguaje actual, la discriminación positiva[ww] de las tierras salvajes. (159-160)

 

¿Administradores del cosmos? ¿Una naturaleza hecha por nosotros? Esto es la reductio ad absurdum del movimiento estadounidense para la conservación. La que solía ser la meta de la conservación –la preservación del mundo natural y de su propio orden- ha sido reducida al abandono; de hecho, al abandono benigno, una expresión que insinúa falta de preocupación por la naturaleza. ¿Y qué es lo bueno entonces? La discriminación positiva –el típico truco liberal. Si usted no está de acuerdo con la biología de la conservación acabará en el rincón de los que no se preocupan de la naturaleza porque el debate ha quedado encuadrado en términos antropocéntricos: ¿cuál es la mejor medicina que nosotros podemos administrar al pobre y viejo mundo enfermo? La política maniquea de gestión de Soulé simplemente se limita a repetir la retórica facilona de los años 60.

¿Qué implica esto para la aparentemente trasnochada idea de Thoreau acerca del carácter salvaje? Las verdaderas consecuencias de este paradigma de la gestión son claramente planteadas por Davis M. Graber, un investigador científico del Departamento Nacional de Biología[xx], en un texto sobre la gestión en los parques nacionales:

 

Los parques se están convirtiendo progresivamente en islas ecológicas a medida que los paisajes que los rodean son transformados en tierras agrícolas o son desarrollados. Por tanto, a medida que el clima vaya cambiando, es de esperar que acarree la extinción local de especies en los parques, la entrada de muchas especies nativas de “reemplazo” –aquellas que se adapten al nuevo clima- se verá bloqueada por el aislamiento. La introducción o el mantenimiento intencionados de las especies nativas podrían en algunos casos ser usados para facilitar la introducción de especies que podrían haber llegado por sí mismas antes de la fragmentación del hábitat, así como para preservar la supervivencia de otras especies que ya no estarían lo suficientemente adaptadas para subsistir en las nuevas condiciones climáticas y ecológicas. De hecho, es probable que semejante gestión intensiva sea necesaria para preservar especies de plantas y animales que ya tienen una distribución local.

Decididamente, este modo de gestionar los parques renuncia a la noción contemporánea de lo salvaje[yy]. De hecho, hemos acabado condenados a cuidar del resto de la vida en un mundo transformado.14

 

Ciertamente, esto es un dilema. Deseamos proteger y preservar la naturaleza salvaje, pero parece que para hacerlo hemos de aceptar un positivismo científico bastante inflexible que en las ciencias biológicas toma la forma de un estilo de gestión igualmente intransigente. El resultado de este estilo de gestión es que sólo podemos salvar la biodiversidad destruyendo el propio orden salvaje de la naturaleza. La alternativa, “dejar que la naturaleza solucione los problemas”, no es tomada en serio. De hecho, se ha convertido en anatema, puesto que incluso nuestros patéticos intentos de control serían mejores que dejar que el orden natural gobierne el mundo natural.

Estas actitudes están a punto de convertirse en un asunto de política social. Un reciente libro con ensayos acerca de la salud de los ecosistemas sugiere que “existe una importante base para un consenso amplio si al concepto de salud se le otorga su principal identidad como un concepto público”.15 Esto elimina la “salud de la naturaleza” como propiedad del mundo, la reduce a la política humana y, a cambio, asegura que los biólogos y ecólogos se pondrán a arreglar el mundo con tratamientos y acciones correctoras. Esta es la ironía del ensayo de Soulé: lamenta el asedio social a la naturaleza pero no es capaz de ver que las ciencias biológicas están dirigiendo el ataque; como si, de algún modo, la biología y la ecología no formasen parte de la trama de la construcción social.

La gestión ecológica es la normalización y el control disciplinario de Folcault proyectados sobre los ecosistemas desde las instituciones sociales. La Alteridad[zz] del mundo natural es consumida por la política social actual, y los nuevos doctores de la naturaleza llevan a cabo su misión –evangelistas realizando su labor una vez más entre las poblaciones salvajes (hoy plantas y animales en lugar de pueblos) trayendo el regalo del orden moderno y nuestra actual versión de la salvación-, la preservación de la biodiversidad.

Esta salvación supone confiar en sistemas abstractos y, dado que la persona no experta carece tanto del conocimiento como de la capacidad para evaluar los fundamentos de estos sistemas abstractos, nuestra confianza es menos una cuestión de conocimiento que de fe. Aquellos que están chapados a la antigua pondrán su confianza en ellos mismos y en aquellos a quienes conocen en lugar de en sistemas abstractos. Algunos, por supuesto, dirán que ambas cosas son bastante compatibles pero, en última instancia, no lo son: a la hora de la verdad, hay que decidir en qué confiar. La confianza en sistemas abstractos y en expertos arranca nuestras relaciones con la naturaleza de su contexto apropiado. Este es precisamente el porqué de que muchos de nosotros ya no confiemos en la ciencia: ignora los lugares, pueblos, flora y fauna individuales.

Yo, por ejemplo, no quiero saber acerca de los osos grises en general, ni puedo preocuparme de ningún modo práctico de los grizzlis en general. Yo quiero saber y preocuparme del oso gris que vive en el cañón que hay más arriba de donde vivo yo. Y tengo más confianza en mí mismo, en mis amigos y en ese grizzli que en gestores sentados en universidades situadas a mil millas de distancia que nunca han visto este lugar ni este oso gris y quieren que todo ello quede incluido en un modelo matemático.

 

V

 

En esta situación, a uno le gustaría creer que los ecologistas radicales pueden ofrecer algo diferente de lo que ofrecen las grandes organizaciones ecologistas y la biología de la conservación. Desgraciadamente, esto ya no está tan claro.

A lo largo de los últimos cinco años la biología de la conservación ha extendido su influencia en el ecologismo radical, invirtiendo temas que en su día legitimaban su contenido radical. La transformación de parte de Earth First![aaa] en Wild Earth fue un giro desde la confianza y la confrontación personales a la confianza en abstracciones y la conciliación con la tecnología. En esta transición ganó nuevos seguidores (y mucho apoyo financiero) y perdió otros. Ciertamente me perdió a mí. Mientras que en su día la ciencia, la tecnología y la modernidad eran parte del problema, hoy en día son una parte importante de la solución y me temo que el Wildlands Project pueda reducir Wild Earth –ciertamente una de nuestras mejores organizaciones ecologistas radicales- a ser el brazo político de una disciplina científica.

Sin embargo, de nuevo, el asunto clave es el control y la autonomía, no la ciencia. Algunos números recientes de Wild Earth y de Conservation Biology han recogido debates acerca de la gestión de las tierras y los sistemas salvajes[bbb], pero no han penetrado hasta el fondo del problema. Escribiendo en Wild Earth, Mike Seidman concluía su aportación diciendo, “Parece que la profundidad de mi crítica a la gestión ha pasado desapercibida”. Seidman estaba siendo caballeroso, dado que la otra parte del “debate” fue un extenso non sequitur.16

La autonomía de los sistemas naturales es un tema espinoso en nuestra ética de la conservación y, aunque es reconocido, nadie está afrontando el asunto honestamente. El problema aparece de muchas formas. Explica el creciente descontento con nuestro control de depredadores, con la caza de wapitíes en el Parque Nacional Grand Teton, con la matanza de elefantes para gestionarlos y con la captura y entrenamiento de los últimos cóndores[ccc]. Explica el creciente descontento en torno a la reintroducción de lobos en el Parque Nacional de Yellowstone. Durante una década los ecologistas lucharon por la introducción de una población experimental; ahora, viendo el control biológico y político a que está sometida esta población experimental, mucha gente hubiese preferido la recuperación natural –sin importar cuánto tiempo requiriese.

Los controles biológicos son omnipresentes. Los biólogos controlan a los osos grises, atrapan y colocan collares radiotransmisores a las grullas, les ponen a las ranas unas mochilitas radiotransmisoras muy monas, remachan botones de plástico de colores brillantes en los picos de los patos arlequín, incluso les ponen radiotransmisores a los pececillos. Y siempre por una misma razón: más información para un mejor y más saludable ecosistema. La información es inseparable del control, algo que ya señaló con gran detalle James R. Benninger en The Control Revolution: Technological and Economic Origins of the Information Society. Es el punto principal, quizá el único, de la vigilancia.

Lo que más necesitamos, ahora, es empezar a imaginar una alternativa. Quizá no necesitemos más información; puede que el énfasis en hacer inventarios biológicos, en recuperar, vigilar y hacer seguimientos de especies sea otro paso más en la dirección equivocada. ¿Qué puede haber de radical en todo ello? The Nature Conservancy lo ha estado haciendo durante años, así como el Departamento de Interior. Tratar de ser radical acerca de, digamos, los inventarios biológicos es como tratar de ser radical acerca de las lavanderías: no es lo suficientemente grande, conceptualmente, como para llegar al origen del problema.

La obsesión de los ecologistas radicales con las carreteras y las presas revela una tosca idea de la destrucción industrial de la naturaleza y nos vuelve ciegos ante las menos evidentes tecnologías modernas de control que implican modos de destrucción más potentes incluso. Y así tenemos a ecologistas profundos como George Sessions y Arne Naess que, en lugar de hacer una crítica general del control, apoyan la ingeniería genética, en teoría o en la práctica.17

De algún modo y cada vez más, la cuestión clave queda oculta por asuntos secundarios. Necesitamos grandes ecosistemas salvajes, grandes hábitats naturales, no más información tecnológica acerca de ellos. ¿Por qué no trabajar para establecer grandes áreas en las que limitemos todas las formas de influencia humana: sin estrategias de conservación, sin diseño de áreas salvajes protegidas[ddd], sin carreteras, sin caminos, sin vigilancia por satélite, sin helicópteros que las sobrevuelen, sin collares radiotransmisores, sin aparatos de medición, sin fotografías, sin información GPS, sin bases de datos cargadas con la localización de cada una de las drabas[eee] de la cima del monte Moran, sin libros de guía, sin mapas topográficos? Dejemos que cualquier hábitat que queramos preservar vuelva a su propia autoorganización tanto como sea posible. Dejemos que las tierras salvajes vuelvan de nuevo a ser espacios en blanco en nuestros mapas. ¿Por qué las organizaciones ecologistas radicales no luchan por eso? Sospecho que gran parte de la respuesta tiene que ver con esto: no hay dinero en ello y, como todas las organizaciones sin ánimo de lucro, necesitan mucho dinero ya sólo para sobrevivir, más aún para alcanzar alguna meta.

 

V

 

Existen dos modos de entender la “preservación”, y la mayoría de los preservacionistas han seguido el primero: la conservación de las cosas. Las fresas en conserva encarnan este tipo de preservación. El otro modo de entender la preservación es la conservación de los procesos: dejar que las cosas sean ellas mismas. Dough Peacock presenta este segundo significado con gran claridad, llamando “Biojodienda”[fff] a la biología y diciendo “Dejad a los putos osos en paz”.18 Esto recuerda a la frase de Abbey “Dejad ser al ser”, citando a Heidegger, que a su vez se la robó a Lao Tzu:

 

¿Quieres mejorar el mundo?

No creo que se pueda.

 

El mundo es sagrado.

No puede ser mejorado.

Si lo manipulas, lo arruinarás.

Si lo tratas como a un objeto, lo perderás.

.   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .   .

El Ama ve las cosas tal y como son,

Sin tratar de controlarlas.

Ella deja que sigan su propio camino,

Y reside en el centro del círculo.[ggg]19

 

Aunque la mayor parte del público cree en la ética de la preservación, dejar las cosas en paz es definitivamente la nueva tradición minoritaria entre los preservacionistas. Sin embargo, consideremos cuidadosamente la advertencia “Si lo manipulas, lo arruinarás. / Si lo tratas como a un objeto, lo perderás”. Esto se dirige al corazón de lo que yo llamo “lo salvaje abstracto” –el carácter salvaje convertido objetivado y filtrado a través de los conceptos, las teorías, las instituciones y la tecnología. 

¿Y si el efecto de la creación de entornos, del tratamiento de los ecosistemas y de la gestión de las especies por parte de los expertos científicos fuese (¿a veces?, ¿a menudo?, ¿siempre?) igual de malo o peor que los efectos de la naturaleza no gestionada? En pocas palabras, dejemos aparte la pregunta, ¿“Deberíamos gestionar la naturaleza?” y preguntémonos, “¿Qué tal funciona (puede funcionar) realmente la gestión de la naturaleza?”. Los ecólogos tienden a evitar hablar de esto por miedo a estar ayudando al enemigo, sin embargo el asunto requiere un examen cuidadoso.

En un ensayo titulado “Down from the Pedestal: A New Role for Experts”, David Ehrenfeld, que fue durante muchos años el redactor de Conservation Biology, presenta varios ejemplos de fallos predictivos en ecología y las desafortunadas consecuencias que han tenido para los sistemas naturales. Consideremos, por ejemplo, la introducción de la gamba opósum[hhh] en los lagos del noroeste con el propósito de aumentar la producción de salmón rojo[iii]. “La historia es complicada, implicando a las cantidades de nutrientes, a los niveles del agua, a las algas, a diversos invertebrados y a la trucha lacustre[jjj], junto a la interacción de todos ellos. Sin embargo, el fondo de la cuestión es que la población de salmón rojo descendió en lugar de aumentar, y esto a su vez afectó a las poblaciones de águilas calvas[kkk], a diversas especies de gaviotas y patos, a los coyotes, a los visones, a las nutrias de río y a los osos grises, así como a los visitantes humanos del Parque Nacional Glacier”. De hecho, Ehrenfeld continúa diciendo que “la complejidad biológica, con su miríada de variables internas y externas, con su infinidad de posibilidades, sitúa la gestión de la ecología y de la vida salvaje un poco más cerca del final de la escala de fiabilidad ocupado por ... los expertos en economía” (148-150).

¿La economía? ¿En serio? ¿Y esto lo está diciendo uno de los decanos de la biología de la conservación? ¿Hemos de confiar la gestión de la naturaleza a expertos cuya fiabilidad es similar a la de los economistas? Esto le quita un poquito de esplendor a los proyectos de reconstrucción de la naturaleza, ¿no? Yo no les dejaría que gestionasen ni siquiera el jardín de delante de mi casa.

Los ecólogos son comparados con los economistas debido a que tienen problemas con la predicción. La predicción (creen algunos) es la esencia de la ciencia: Sin predicción no hay ciencia; mala predicción, mala ciencia. A menos que (según este punto de vista) las ciencias biológicas puedan generar predicciones cuantitativas precisas y comprobables, están en camino de unirse a la pésima ciencia de, digamos, la astrología. Bueno, si su idea de lo que es buena ciencia requiere predicciones cuantitativas, en concreto predicciones cuantitativas a largo plazo, entonces todas las ciencias parecen ser un poco desastrosas, especialmente la ecología.20

El historiador ecológico Donald Worster, en su ensayo, “The Ecology of Order and Chaos”, señala que “A pesar de la evidente complejidad de la materia que es su objeto de estudio, los ecólogos han estado entre los que más han tardado en unirse a la interdisciplinar ciencia del caos” (168). Esto no es del todo justo. Robert May, un ecólogo matemático de Oxford, es uno de los pioneros de la teoría del caos y su libro Stability and Complexity in Model Ecosystems sigue siendo un clásico. Sin embargo, aun así, lo que dice Worster sigue siendo revelador, y uno sospecha que la falta de apertura respecto a ese tema por parte de los ecólogos probablemente tiene algo que ver con las perturbadoras consecuencias que tendría para la aplicación práctica de su disciplina –y, en consecuencia, para sus nóminas. Siguen aferrándose a la esperanza de lograr mejores modelos informáticos y más información, pero como Bretch dijo en otro contexto, “Si sigues sonriendo, es que no has comprendido las noticias”.

La mayoría de la rápidamente creciente literatura acerca del caos y la complejidad es o bien periodística o bien extremadamente técnica.21 De mayor importancia para el pensamiento radical acerca del medioambiente son las implicaciones filosóficas del caos y de la complejidad y su impacto en aquellas disciplinas biológicas de las que dependemos para guiar la política medioambiental. Un examen excelente de lo anterior aparece en el libro de Stephen H. Kellert In the Wake of Chaos: Unpredictable Order in Dynamical Systems, que sugiere, como también lo hacen los ejemplos de Ehrenfeld, que los problemas a que se enfrentan las aplicaciones prácticas de la ecología y la biología son más formidables de lo que estas disciplinas están dispuestas a admitir.22 De lectura obligatoria para entender el impacto de la teoría del caos en la teoría ecológica es el ensayo de Stuart L. Pimm, “Nonlinear Dynamics, Strange Attractors, and Chaos”, en The Balance of Nature? Ecological Issues in the Conservation of Species and Communities, un libro que dará que pensar a cualquiera que crea que o bien entendemos esos asuntos o bien tenemos suficientes datos empíricos para tomar decisiones inteligentes acerca de la gestión de ecosistemas a largo plazo.

Muchos biólogos y ecólogos creen que la autonomía de la naturaleza es un ideal ingenuo y que ahora hemos de tratar de controlar la Tierra. Irónicamente, este punto de vista está muy extendido, a pesar de que el reciente trabajo sobre las dinámicas no lineales demuestra el talento de la naturaleza para la autoorganización, de hecho su talento para organizarse a sí misma hasta estados críticos que colapsan de forma impredecible en avalanchas de los propios sucesos que tanto nos perturban –terremotos, incendios, extinciones, epidemias. De hecho, muchos sistemas naturales parecen verse atraídos hacia el desequilibrio (o, yo diría, el carácter salvaje).23 Algunos de los sucesos mayores y más catastróficos –como los incendios de Yellowstone en 1988- son precisamente los sucesos impredecibles que son la clave para la formación de la arquitectura de la vegetación que es básica para el orden de un ecosistema. Y, sin embargo, son los sucesos que más ansiamos gestionar.

Lo que surge del reciente trabajo acerca del caos y la complejidad es el descarte de la metáfora del mundo entendido como máquina y el surgimiento de una nueva metáfora –una visión de un mundo que se caracteriza por la vitalidad y la autonomía, una visión cercana al sentido del carácter salvaje de Thoreau, una visión que, por supuesto, va mucho más allá de la suya, pero que él hubiese encontrado gloriosa sin duda. En lugar de una inmensa máquina, gran parte de la naturaleza resulta ser un conjunto de sistemas dinámicos, muy similar a las formidables líneas de remolinos en Lava Falls, en las que la descripción de la turbulencia es una ecuación diferencial no lineal que contiene funciones complejas con variables “libres” que impiden obtener una solución (de forma cerrada). Dichos sistemas naturales son inestables; nunca se quedan en equilibrio. (Los aficionados a navegar en kayak lo saben por experiencia). Son aperiódicos; como el tiempo meteorológico, nunca se repiten, sino que siempre generan nuevos cambios, y uno de los más importantes es la evolución. La vida evoluciona al borde del caos, el área de máxima vitalidad y cambio.

Los sistemas dinámicos marcados por el caos y la complejidad tienen un orden, y el orden puede ser descrito matemáticamente. Son deterministas y podemos (normalmente) calcular las probabilidades y hacer predicciones cualitativas –sobre el modo en que el sistema se comportará en general. Pero, con el caos y la complejidad, el conocimiento científico vuelve a ser limitado de formas similares a los límites impuestos por la in completitud, la incertidumbre y la relatividad.

Esto no acaba con la ciencia; lo que deja fuera, en realidad, es la predicción cuantitativa a largo plazo, y esto afecta a la mayor parte de la ciencia de un modo: el control. Sin embargo, ese es el quid de la cuestión. Tal y como dijo John Ralston Saul, “La esencia del liderazgo racional es el control justificado por la experiencia”.24 Sin control, no existen los expertos. Las ciencias biológicas pierden su liderazgo en la ética de la conservación. La tradición de la “preservación entendida como gestión” que empezó con Leopold está acabada ya que hay pocas razones para confiar en que los expertos tomarán decisiones inteligentes a largo plazo en lo que se refiere a la naturaleza.

Sin unas predicciones y un control precisos, ¿qué pasa con la racionalidad de gestionar las especies y los ecosistemas? Si los microsistemas de un ecosistema, desde los flujos vasculares hasta la deriva genética, pasando por la turbulencia –además de todas las perturbaciones naturales de los ecosistemas: el tiempo meteorológico, el fuego (el frente de un incendio forestal es un fractal), el viento, los terremotos, las avalanchas)- exhiben un comportamiento caótico y/o complejo y algunos se organizan a sí mismos a nivel global hasta estados críticos que dan como resultado sucesos catastróficos y, más aún, si dicho comportamiento no permite predicciones cuantitativas a largo plazo, entonces, ¿no es la gestión de ecosistemas en cierta medida una farsa y la gestión de los grizzlis y los lobos una burla en el mejor de los casos? Si un ecosistema no puede ser conocido o controlado con datos científicos, entonces, ¿por qué simplemente no dejamos de hablar de la salud y la integridad de los ecosistemas y admitimos, honestamente, que es sólo un asunto de política social, no de ciencia?

Mucha de la mejor labor intelectual de este siglo ha llevado a la admisión de diversos límites en la ciencia y las matemáticas –de los sistemas de axiomas, de la observación, de la objetividad y de la medición. Esto debería fomentar la humildad en todos nosotros y los límites de nuestro conocimiento deberían determinar los límites de nuestra práctica. Las ciencias biológicas deberían fijar unos límites a sus operaciones en las zonas salvajes –en los núcleos salvajes[lll], en las áreas protegidas por la Wilderness Act[mmm], en cualquier área salvaje- por las mismas razones por las que los científicos nucleares deberían aceptar unos límites a la hora de enredar con los átomos y los genetistas deberían aceptar unos límites a la hora de enredar en la estructura del ADN: Ni somos tan sabios, ni podemos serlo.

La cuestión no es la legitimidad de la ciencia en general, ni la legitimidad de una disciplina científica en particular, sino cuáles son los límites apropiados que han de ser establecidos para cualquier disciplina habida cuenta de nuestro limitado conocimiento. Ignorar estos límites es renunciar a la humildad y socavar los fundamentos del movimiento para la preservación. Aceptar estos límites e imaginar una nueva ética de la conservación basada en el carácter salvaje y una práctica humilde, cuidadosa y no intrusiva uniría la perspicaz idea de Thoreau de que “en Lo Salvaje[nnn] está la preservación del Mundo” y las tradiciones de la sabiduría antigua con las intuiciones de nuestros amantes de los ecosistemas salvajes, ecofeministas y matemáticos y físicos vanguardistas más radicales. Esto es tan reconfortante como encantador.

Todo conocimiento tiene su sombra. El avance del conocimiento biológico en lo que llamamos el mundo natural promueve a la vez los procesos de normalización y control, fuerzas que merman el carácter salvaje que surge del propio orden de la naturaleza, el mismo orden que, supuestamente, es objeto de la preservación. En el centro de la actual conjunción de preservación y ciencia biológica –la herencia de Leopold- yace una contradicción. Nos enfrentamos a una elección, una elección que es fundamentalmente moral. Ignorarla es mera cobardía. ¿Remodelaremos la naturaleza siguiendo la teoría biológica o aceptaremos lo salvaje?

 

El carácter salvaje está ahí afuera. Los seres y sistemas más vitales habitan al borde del carácter salvaje. La próxima vez que usted aúlle de placer como un lobo, aúlle por un comportamiento inestable aperiódico en los sistemas dinámicos no lineales.  Lao Tzu, Thoreau y Abbey estarán contentos.

 

Notas:

 

1.    Richardson, Henry Thoreau, 225.

2.    Nabhan, “Cultural Parallax in Viewing North American Habitats”, en Reinventing Nature, eds. Michael Soulé y Gary Lease (Washington D.C.: Island Press, 1995).

3.    Giddens, Modernity and Self-Identity, 144. Véase también su libro The Consecuences of Modernity.

4.    Gary Coates, citado en Jerry Mander, In Absence of the Sacred, 149.

5.    En Leopold, The River of the Mother of God and Other Essays.

6.    Véase Reed F. Noss, “The Wildlands Project”, 10-25.

7.    Dada la experiencia de las mujeres en ser dominadas, gran parte de las mejores obras acerca del control han sido escritas por feministas. Véase el libro de Susan Griffin Woman and Nature: The Roaring Inside Her y el de Carolyn Merchant The Death of Nature.

Una de las mejores discusiones acerca de la autonomía se encuentra en el capítulo 5 de la segunda parte del libro de Evelyn Fox Keller Reflections on Gender and Science. Sobre la autopoiesis, véanse Humberto R. Maturana y Francisco J. Varela, Autopoiesis and Cognition y The Tree of Knowledge. Acerca de sistemas autoorganizados, véase I. Prigogine y I. Stengers, Order out of Chaos.

8.    Para el “Diario” de Thoreau y un examen del “carácter salvaje”, véase Sherman Paul, The Shores of America, 412-17. Para un texto sobre las “tierras salvajes” entendidas como “tierras autorreguladas”, véase Jay Hansford C. Vest, “Will of the Land”.

9.    Richard B. Primack cometió este error tan común en Essentials of Conservation Biology, 13.

10.  Nabhan, The Desert Smells Like Rain, capítulo 7. Véase también la introducción de Peter Sauer en Finding Home.

11.  Véase Paul Hoyningen-Huene, Reconstructing Scientific Revolutions, sobre las paradojas en las teorías científicas.

12.  Véase el capítulo 1 de Primack, Essentials of Conservation Biology.

13.  Véase el diagrama que enlaza la biología de la conservación y la gestión de recursos en Primack, Essentials of Conservation Biology, 6.

14.  Graber, “Resolute Biocentrism”, 131.

15.  Robert Constanza et al., Ecosystem Health, 14.

16.  La carta original de Mike Seidman apareció en Wild Earth 2 (otoño 1992): 9-10. Las respuestas de Reed F. Noss, W. S. Alverson y D. M. Waller a esta carta aparecieron en Wild Earth 2 (invierno 1992-93): 8-10. La réplica de Seidman está en Wild Earth 3 (primavera 1993): 7-8.

17.  Salleh, “Class, Race y Gender”, 233.

18.  Citado en Rick Bass, “Grizzlies: Are They Out There?”.

19.  Lao Tzu, Tao Te Ching, capítulo 29, traducción al inglés de Stephen Mitchell. Mitchell se merece el Premio Nobel de la Paz por haber usado el género femenino.

20.  Para caos y fallos predictivos en la economía clásica, véase Richard H. Day, “The Emergence of Chaos from Classical Economic Growth”.

21.  Un clásico, por supuesto, sería el libro de James Gleick Chaos: Making A New Science. Véase también M. Mitchell Waldrop, Complexity: The Emerging Science at the Edge of Order and Chaos. La introducción más accessible a los aspectos técnicos es el libro de John Biggs y F. David Peat, Turbulent Mirror. Para comentarios sobre el caos en ramas que van desde la ecología a la física cuántica, véase Nina Hall (ed.), Exploring Chaos: A Guide to the New Science of Disorder.

22.  Para una introducción general al problema de la predicción véase John L. Casti, Searching For Certainty.

23.  Véanse Per Bak y Kan Chen, “Self-Organized Cruticality” y Per Bak, “Self-Organized Criticality and Gaia”.

24.  Saul, Voltaire’s Bastards, 10.

 

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[a] Un fractal es un objeto geométrico cuya estructura básica se repite a diferentes escalas.

[b] Traducción a cargo de Último Reducto del capítulo 8 (“Wildness and the Defense of Nature”) del libro The Abstract Wild (University of Arizona Press, 1996). N. del t.

[c] “Wildness” en el original. “Wildness” hace referencia al carácter salvaje de algo y, con este sentido, se puede traducir también como “lo salvaje” (la parte o aspecto salvaje de algo). En el presente texto se ha traducido como “el carácter salvaje”, salvo en los casos en que se indique explícitamente de otro modo. N. del t.

[d] “Lo Salvaje”, en el sentido de “las cosas salvajes”, “la Naturaleza salvaje”. N. del t.

[e] “Wildness” en el original. N. del t.

[f] “Wildness” en el original. N. del t.

[g] “Self-willed” en el original. Aunque en principio significaría algo así como “con voluntad propia”, el término “self-willed” suele ser bastante utilizado, más o menos metafóricamente, por los conservacionistas radicales angloparlantes para referirse a aquellos ecosistemas y seres no artificiales (con consciencia y voluntad o sin ellas) que muestran dinámicas propias y siguen sus propias tendencias, es decir, que son autónomos; o, dicho de otro modo, salvajes. En este texto, a no ser que se indique explícitamente lo contrario, se ha traducido libremente por “autorregulado”. N. del t.

[h] Pueblo amerindio del desierto de Sonora. N. del t.

[i] “The wild” en el original. N. del t.

[j] “Wilderness” en el original. “Wilderness” se refiere a los ecosistemas o zonas poco o nada humanizados, aunque  a veces, según el contexto, puede ser traducido como “Naturaleza salvaje”. En este texto ha sido traducido como “ecosistemas salvajes”, “tierras salvajes”, “áreas salvajes” o “zonas salvajes”, salvo en los casos en que se indique explícitamente de otro modo. N. del t.

[k] “Wildness” en el original. N. del t.

[l] “The wild” en el original. Véase nota c de pie de página. N. del t.

[m] “Wilderness” en el original. Aquí y en algunas otras partes del texto, el autor se refiere a las llamadas “designated wilderness areas”, zonas salvajes declaradas como protegidas en base a la Wilderness Act en Estados Unidos. N. del t.

[n] Ídem. N. del t.

[o] “Designer wilderness” en el original. Véase nota l de pie de página. N. del t.

[p] “Neutered wild” en el original. N. del t.

[q] “Wild” en el original. N. del t.

[r] “Los ecosistemas salvajes como laboratorio de la tierra”. N. del t.

[s] Esta organización conservacionista se llama Wildlans Network en la actualidad. N. del t.

[t] Revista conservacionista estadounidense que se publicó cuatrimestralmente entre 1991 y 2004. El presente texto fue escrito dentro de ese periodo y, más adelante, hará de nuevo referencia a esta revista. N. del t.

[u] El autor se refiere a Dave Foreman, Reed F. Noss y el resto de conservacionistas que crearon la Wildland Network. N. del t.

[v] “Salvaje” en inglés. N. del t.

[w] “Desear” o “querer” en inglés. N. del t.

[x] “Con voluntad propia” en inglés. Véase nota f de pie de página. N. del t.

[y] “Wilderness ethic” en el original. N. del t.

[z] “Sin trabas” en inglés. N. del t.

[aa] “The wild” en el original”. Véase nota c de pie de página N. del t.

[bb] “Wilderness” en el original. N. del t.

[cc] “Wildness” en el original. N. del t.

[dd] “Wilderness” en el original. N. del t.

[ee] El autor se refiere aquí a que en realidad la frase de Thoreau era “In wildness is the preservation of world” (“En lo salvaje está la preservación del mundo”; cursiva añadida), es decir, Thoreau se refería en general al carácter de todo lo salvaje y no sólo a las zonas salvajes; y menos aún a las áreas declaradas legalmente protegidas. N. del t.

[ff] “Wilderness” en el original. N. del t.

[gg] Ídem. N. del t.

[hh] “Self-willed land” en el original. N. del t.

[ii] “Wildness” en el original. N. del t.

[jj] Pueblo nativo del sudoeste de Norteamérica. N. del t.

[kk] Esto hace referencia a que una de las definiciones de “área salvaje” recogidas en la Wilderness Act dice que dichas zonas son aquellas en las que los seres humanos no permanecen más que como visitantes. N. del t.

[ll] “Wildness” en el original. N. del t.

[mm] Ídem. N. del t.

[nn] “Wilderness” en el original. N. del t.

[oo] “Wild” en el original. A pesar de significar literalmente “salvaje”, en este caso se ha traducido libremente por “natural” para evitar la redundancia y mantener el significado de la frase en este contexto. N. del t.

[pp] Ídem. N. del t.

[qq] “Wildness” en el original. N. del t.

[rr] “Iteration” en el original. Dado que este término (que significa “repetición”) es incongruente con este contexto, se ha considerado que se trata de un error tipográfico y que el autor en realidad se refería a “interaction”, término mucho más concordante con el contexto. N. del t.

[ss] “Self-willed land” en el original. N. del t.

[tt] Estados Unidos. N. del t.

[uu] “Wilderness” en el original. N. del t.

[vv] “Peace in our time” en el original. Hace referencia a una frase del discurso dado en 1938 por el primer ministro británico Arthur Neville Chamberlain al volver de firmar el Acuerdo de Munich. Poco después comenzaría la Segunda Guerra Mundial. N. del t.

[ww] “Affirmative approach to wildlands” en el original. N. del t.

[xx] “National Biological Survey” en el original. N. del. t.

[yy] “Wildness” en el original. N. del. t.

[zz] “Otherness” en el original. N. del t.

[aaa] Grupo ecologista radical que surgió en Estados Unidos a finales de los años 70 del siglo XX. A mediados de los años 80, parte de sus miembros los abandonaron y algunos de ellos crearon la revista Wild Earth y la organización The Wildlands Proyect. N. del t.

[bbb] “Wilderness and wild systems” en el original. N. del. T.

[ccc] El autor se refiere probablemente a los cóndores californianos, Gymnogyps californianus. En la época en que se escribió este texto fueron capturados los últimos ejemplares de cóndor californiano en estado salvaje con el propósito de que se reprodujesen en cautividad para luego ser reintroducidos en la Naturaleza. El autor está criticando esta medida. N. del t.

[ddd] “Wilderness” en el original. N. del t.

[eee] Género de plantas pertenecientes a la familia de las brasicáceas. N. del t.

[fff] “Biofuck” en el original. N. del t.

[ggg] “Do you want to improve the world? / I don’t think it can be done. / The world is sacred. / It can’t be improved. / If you tamper with it, you will ruin it./ If you treat it like an object, you’ll lose it. /… / The Master sees things as they are, / without trying to control them. / She lets go their own way, / and resides at the center of the circle. en el original. N. del t.

[hhh] “Opossum shrimp” en el original. Mysis diluviana. N. del t.

[iii] “Kokanee salmon” en el original. Oncorhynchus nerka. N. del t.

[jjj] “Lake trout” en el original. Salvelinus namaycush. N. del t.

[kkk] Haliaeetus leucocephalus. N. del t.

[lll] “Core wilderness” en el original. N. del t.

[mmm] “Wilderness Act-wilderness” en el original. N. del t.

[nnn] “Wildness” en el original. N. del t.

[ooo] Existe traducción al castellano: Prismas. Ariel, 1962. N. del t.

[ppp] Existe traducción al castellano: “Criticalidad Auto-organizada”, en Investigación y Ciencia, nº 174, marzo 1991. N. del t.

[qqq] Existe traducción al castellano: Espejo y reflejo: Del caos al orden. Gedisa Editorial, 1990. N. del t.

[rrr] Existe traducción al castellano: Armonías discordantes. Acento Ediciones, 1993. N. del t.

[sss] Existe traducción al castellano: Las consecuencias de la modernidad. Alianza Editorial, 2008. N. del t.

[ttt] Existe traducción al castellano: Modernidad e identidad del yo. Península, 1997. N. del t.

[uuu] Existe traducción al castellano: Caos: La creación de una nueva ciencia. Seix Barral, 1994. N. del t.

[vvv] Existe traducción al castellano: Reflexiones sobre género y Ciencia. Editorial Alfons el Magnànim, 1991. N. del t.

[www] Existen múltiples traducciones al castellano, tanto en papel como en la red. Por ejemplo: Tao Te Ching. Martínez Roca, 1999. O Tão Te Ching, http://www.swami-center.org/es/text/tao_te_ching.pdf. N. del t.

[xxx] Existe traducción al castellano: Complejidad: El caos como generador de orden. Tusquets, 1995.

[yyy] Existe traducción al castellano: En ausencia de lo sagrado: El fracaso de la tecnología y la supervivencia de las naciones indias. Olañeta, 1996. N. del t.

[zzz] Existe versión en castellano: El árbol del conocimiento: Las bases biológicas del entendimiento humano. Lumen Humanitas, 2013. N. del t.

[aaaa] Existe traducción al castellano: Fundamentos de conservación biológica: Perspectivas Latinoamericanas. Fondo de Cultura económica de España, 2009. N. del. t.

[bbbb] Existe traducción al castellano: Los bastardos de Voltaire: La dictadura de la razón en Occidente. Andrés Bello, 1998. N. del t.

[cccc] Existe traducción al castellano: La práctica de lo salvaje. Varasek Ediciones, 2016. N. del t.

[dddd] Existe traducción al castellano: “La ecología del orden y del caos” en Naturaleza Indómita.

[eeee] Existe traducción al castellano: Nosotros. Akal, 2008. N. del t.