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La venganza de la Tierra y La Tierra se agota

La venganza de la Tierra  y La Tierra se agota

LOVELOCK: UN NUEVO AVISO PARA SALVAR LA CIVILIZACIÓN

(Reseña de los últimos libros de James Lovelock, por A.Q.)

 

 

1.     Introducción.

 

Abundan últimamente las voces que alertan sobre los peligros a los que puede enfrentarse la civilización industrial en un futuro próximo. Por ejemplo, libros como Colapso de Jared Diamond o Nuestra hora final de Martin Rees fueron, respectivamente, un análisis sobre las posibles causas de desmoronamiento de una sociedad compleja y un aviso sobre los peligros que puede traer el desarrollo tecnológico en las próximas décadas. Incluso ha logrado cierto apogeo en diversos sectores de la sociedad tecnoindustrial una corriente de pensamiento izquierdista basada en el decrecimiento económico planificado (conocida coloquialmente como “decrecionismo”), la cual tiene un efecto similar a cualquier otra corriente izquierdista en la sociedad actual: servir como mecanismo de alerta señalando posibles fallos o peligros para el correcto funcionamiento de la sociedad tecnoindustrial y proponiendo soluciones a los mismos. En esta línea se encuentran los dos últimos libros publicados en castellano de James Lovelock (Gran Bretaña, 1919- ), La venganza de la Tierra1 (Editorial Planeta, 2008) y La Tierra se agota2 (Editorial Planeta, 2011). En concreto, los escritos de Lovelock tratan uno de esos posibles peligros para la civilización industrial: el tan manido “cambio climático” o “calentamiento global”, del cual hablaré algo en el siguiente punto. Se trata de dos libros con un enfoque y contenido muy similar, además de estar escritos muy cercanos en el tiempo, así que la siguiente reseña se basará en ambos textos.

 

2.    La teoría de Gaia y el cambio climático.

 

James Lovelock (inventor, médico y geofisiólogo3) fue, junto a la bióloga Lynn Margulis, quien formuló, durante los años 60 del siglo XX, la teoría conocida como “hipótesis Gaia”, según la cual el planeta Tierra se comporta de forma similar a un organismo vivo, regulando el clima y la química de modo que esto tienda a mantenerse en un óptimo para el desarrollo de las diferentes formas de vida que habitan el planeta.

 

Su teoría no tuvo inicialmente una buena acogida dentro del mundo científico, principalmente por dos razones:

 

La primera es que la forma de expresarse de Lovelock, con abundantes metáforas sobre la Tierra como si fuera realmente un organismo vivo (e incluso consciente e intencionado), atrajo a algunas corrientes filosóficas cuyo apogeo coincidió en el tiempo con la formulación publica de la teoría de Gaia: la “New Age” (Nueva Era) y el movimiento “hippie”. De hecho, existe incluso una religión llamada “Gaia”, la cual personifica el planeta Tierra en forma de diosa. Según el mismo Lovelock explica, debido al carácter pseudocientífico (cuando no directamente irracional y chiflado) de estas corrientes, la teoría de Gaia fue directamente rechazada por muchos científicos sin tan siquiera debatirla.

 

En los últimos libros de Lovelock el autor repite varias veces que se trata solamente de metáforas (que no ve el planeta Tierra como un ser con consciencia y voluntad). A veces de modo contradictorio4. Pero esto, en el caso de que fuera dicho también en su día, no fue suficiente para no ser tomado como referencia por hippies y chiflados.

 

La segunda razón por la cual parece que dicha teoría provocó notable controversia dentro del mundo científico fue el hecho de relacionar diversas ramas de la Ciencia que, hasta entonces y en cierto grado ahora mismo, se han mantenido separadas. En especial, el supuesto de Lovelock de que la física, la química o el clima se ven afectados por la evolución de las formas de vida y no sólo al revés, se sale del marco en el que se basaba la biología evolucionista (darwinista) de la época (en el cual las especies evolucionan por selección natural con un entorno de fondo sobre el que las formas de vida no tienen influencia) e igualmente incluía factores ajenos en las ciencias de la Tierra5, que han venido estudiándose de forma independiente a las formas de vida planetarias.  En parte, la culpa de dicha controversia ha sido del propio Lovelock, ya que formuló la teoría de forma simplista y fue demasiado lejos, afirmando, por ejemplo, que son las formas de vida las que regulan el clima y la química de la Tierra, e incluso que ése es el objetivo de las formas de vida (hoy el propio autor reconoce que la “hipótesis Gaia”, tal y como fue formulada en los años 60, era errónea, pero sigue defendiendo algunos de sus aspectos más controvertidos). Todo esto supuso un aluvión de críticas desde la biología evolucionista y las ciencias de la Tierra.

 

La conclusión de que formas de vida y planeta se afectan mutuamente ha obtenido últimamente una notable prueba a su favor debido, entre otras cosas, a un suceso fortuito: el “calentamiento global” o “cambio climático”. Cada vez parece más claro que los humanos, por medio de la sociedad tecnoindustrial, están alterado el clima planetario (más allá de las fluctuaciones climáticas naturales) debido a las modificaciones en los ecosistemas terrestres, marinos y en la composición química del aire. Este es el tema principal de los dos últimos libros de Lovelock. Y él lo resume así:

 

“La Tierra, no en nuestro beneficio sino en el suyo, podría verse obligada a evolucionar hacia una época de calentamiento, en la que ella pueda sobrevivir, aunque en un estado mermado y menos habitable. Si, como parece, eso sucede, nosotros habremos sido la causa” (La Tierra se agota, página 15).

 

Donde Lovelock dice: “La Tierra”, podría decirse, en un sentido más amplio: “La Naturaleza salvaje”. Aunque, como veremos más adelante con mayor detalle, las preocupaciones del autor, a pesar de las apariencias, no van dirigidas en última instancia a los daños que el calentamiento global pueda generar en la Naturaleza salvaje, sino en la civilización industrial moderna.

 

 

3.    Dando en el clavo.

 

Existen en los libros de James Lovelock algunos aciertos dignos de mención por tratarse de aspectos sobre los que poca gente parece reparar, o verdades incómodas que muy pocos están dispuestos a aceptar. Y no me refiero sólo a la población en general, sino al movimiento ecologista en particular.

 

Superpoblación: Uno de esos aciertos es que el autor reconoce abiertamente que el planeta está actualmente superpoblado de humanos, y que la población humana existente ahora mismo no es compatible con la biodiversidad ni con un clima planetario autorregulado6. E incluso reconoce que el aumento descontrolado de la población humana en el planeta, y con ello la mayoría de los problemas importantes actuales, son cuestiones que vienen de largo, relacionadas con el desarrollo de sociedades agroganaderas e incluso con el uso del fuego y la tecnología (más adelante diré algo sobre esto último).7 Se trata pues de un análisis bastante más profundo de lo que suele ser habitual (presentar los problemas actuales como el resultado de decisiones premeditadas o del conflicto en los últimos siglos entre diferentes corrientes humanistas).

 

No estamos solos y no mandamos nosotros: Otro acierto es que menciona (aunque una lectura cuidadosa de sus libros demuestra que no lo acepta realmente) que la especie humana no es más que una de entre todas las que pueblan este planeta, y que es necesario que los humanos dejen espacio donde la Naturaleza pueda seguir autorregulándose (territorios salvajes).8 No se trata de una noción claramente ecocéntrica (sigue otorgando un papel preponderante al humano en los ecosistemas), pero tampoco totalmente antropocéntrica (tiene en cuenta al resto de formas de vida o a los entornos principalmente salvajes). Yo diría que, para tratarse de un ecologista europeo, Lovelock en este y otros aspectos va algo más allá que la mayoría, aunque no vaya todo lo que sería de desear.

 

Cómo se desarrolló el ecologismo: Un tercer acierto importante que veo en Lovelock es el análisis que hace éste del desarrollo del ecologismo a lo largo del siglo XX. Menciona como inicio del ecologismo moderno el movimiento estadounidense en defensa de los territorios salvajes y no el conocido libro de Rachel Carson “Primavera silenciosa” (que suele ser mencionado como el inicio del ecologismo). Además, explica cómo la izquierda política ha ido mezclándose con el movimiento ecologista hasta desfigurar la agenda de éste, incluyendo asuntos que poco o nada tienen que ver con la conservación de la Naturaleza.9 Aunque no queda nada claro que él esté totalmente en contra de dicha mezcolanza. También muestra el carácter izquierdista que desde sus inicios tuvo el movimiento antinuclear, del que luego surgió la mayor parte del ecologismo social actual.

 

Desarrollo sostenible y energías renovables: Otro acierto digno de mención: cabe destacar la crítica que Lovelock hace del desarrollo sostenible y de las llamadas “energías renovables”. Estas últimas son descritas por el autor como poco más que un negocio económicamente rentable para las empresas del sector y ciertos países a la vez que un engaño para la población (promovido por muchos grupos ecologistas).10 La posición de Lovelock con respecto al desarrollo sostenible es, en abstracto, contraria a él (por ejemplo, ver nota 6), aunque está a favor del desarrollo tecnológico. Lo que él propone es un proceso de decrecimiento de la civilización industrial al que llama “retirada sostenible”. Este es otro punto que hace a este ecologista un tanto diferente de la mayoría del ecologismo europeo, que suele ser favorable a las “energías renovables” y el “desarrollo sostenible”.

 

Qué motiva el trabajo científico: Por último, puede que Lovelock también tenga algo de razón cuando dice que a los científicos les incomoda la teoría de Gaia porque es una amenaza para su vida cotidiana (La Tierra se agota, página 196). O que los resultados que plasman éstos en sus estudios están influenciados por el estatus o los beneficios económicos que puedan obtener para seguir con su trabajo.11 En cierto modo está poniendo de relevancia que existen en los científicos otras motivaciones más allá de hacer el bien a la humanidad o al planeta, y que éstas pueden tener una influencia primordial sobre el rumbo del trabajo científico. Todo esto recuerda un tanto, salvando las diferencias, a lo que Freedom Club decía en La sociedad industrial y su futuro sobre las motivaciones en el trabajo científico.12

 

 

4.    Errores y contradicciones.

 

El problema más importante que quiero resaltar sobre estos libros es la ética humanista de Lovelock. Y digo que es lo más importante porque de ello emana su forma de entender el mundo y la situación actual, así como lo que ve como problemas y los planteamientos prácticos que propone para tratar de solucionarlos o, al menos, paliarlos. Como he tratado de mostrar en el punto anterior, Lovelock posee en cierta medida algunos valores ecocéntricos  (cierto respeto y devoción por la Naturaleza salvaje), pero esa tendencia se ve lastrada una y otra vez por valores humanistas (antropocéntricos) que le llevan a contradecirse en su discurso en multitud de ocasiones. A pesar de ello él no parece darse cuenta de la ausencia de lógica que caracteriza su discurso en ocasiones, como trataré de mostrar en este punto. Además, Lovelock se presenta a sí mismo como un científico independiente que no tiene que rendir cuentas a ninguna institución, y asegura que esa independencia le permite “considerar la salud de la Tierra sin la limitación de tener que anteponer el bienestar de la humanidad” (La Tierra se agota, página 47). Pero lo cierto es que a veces la pleitesía es inconsciente: los ejemplos de que el pensamiento de Lovelock está constreñido por sus valores humanistas son muchos y muy claros, y a continuación mostraré unos cuantos.

 

La Tierra no es lo más importante para Lovelock: Por mucho que el autor diga, en abstracto, que la Tierra es lo más importante para él, lo que realmente le importa es salvar la civilización industrial.13 No parece comprender (o sus valores humanistas no le permiten reconocer) que las sociedades civilizadas, debido a su mayor tamaño y complejidad, son precisamente aquellas que mayor daño han causado a lo largo de la historia a la Naturaleza salvaje. Ni que, afinando un poco más, es precisamente la sociedad tecnoindustrial (debido a su mayor tamaño y a los efectos de la tecnología moderna -e independientemente del buen o mal uso que se quiera hacer de la tecnología-) la que mayor  daño ha causado a la Naturaleza salvaje (la que mayor cantidad de materia y energía tiene que extraer de los ecosistemas para su funcionamiento, entre otras cosas). Dicho de otro modo: la civilización industrial ha sido, es y será la mayor amenaza para la Naturaleza salvaje, la biosfera o, como a Lovelock le gusta llamarla: Gaia. Y sólo la ignorancia o los prejuicios humanistas e izquierdistas pueden hacer que alguien niegue esta gran verdad. Además, en ocasiones parece como si, para Lovelock, el final de la sociedad tecnoindustrial y la extinción de la especie humana fuesen lo mismo, cuando es evidente que no es así14.

 

La civilización humana no tiene el valor que Lovelock pretende otorgarle: Lovelock intenta en repetidas ocasiones convencer al lector de que los modos de vida civilizados, e incluso la especie humana, poseen un valor que en realidad no tienen: “Lo que más me ha animado mientras escribía este libro ha sido la idea de que los seres humanos son de vital importancia para Gaia, no a través de lo que somos ahora sino a través de nuestro potencial como especie capaz de ser progenitores [sic] de una especie mucho mejor. Nos guste o no ahora somos su mente y su corazón, pero para seguir desempeñando mejor este papel tenemos que asegurar nuestra supervivencia como especie civilizada y no volver a ser el conglomerado de tribus guerreras que fuimos en algún momento de nuestra historia evolutiva. […] Como parte de Gaia, nuestra presencia empieza a hacer sensible al planeta. Deberíamos estar orgullosos de poder formar parte de este enorme paso, que puede ayudar a Gaia a sobrevivir mientras el sol continua su lento pero implacable aumento de producción de calor, haciendo del sistema solar un medio ambiente futuro cada vez más hostil.” (La Tierra se agota, página 44). Aunque para ello tenga que contradecirse con sus propias palabras: “Es una arrogancia pensar que sabemos cómo salvar la Tierra: nuestro planeta cuida de sí mismo. Lo único que podemos hacer es tratar de salvarnos nosotros. (La Tierra se agota, página 25). En efecto, el mundo y la vida podrían continuar sin nosotros, igual que lo hacían antes de que surgiera nuestra especie, y no digamos ya simplemente evolucionar sin los modos de vida civilizados (más adelante diré algo más sobre esto). Este es un claro ejemplo de cómo los prejuicios humanistas pueden distorsionar el pensamiento de personas que, por lo demás, parecen sentir devoción por la Naturaleza salvaje.

 

Los entornos rurales no son los mejores para los humanos: También trata de convencer al lector argumentando que a los humanos nos va mejor vivir en zonas rurales que en un territorio salvaje: “No nos equivoquemos, nuestro temor instintivo de la naturaleza salvaje es profundo: los lugares completamente salvajes son tan hostiles para la cándida gente de ciudad como el paisaje de un planeta alienígeno [sic] plagado de monstruos. Hay formas de vida, desde los microorganismos hasta los tigres, pasando por los nematodos, los invertebrados, las serpientes y, por supuesto, otros seres humanos, que son potencialmente peligrosas para nosotros si nos instaláramos cerca de ellas. No es de extrañar que el hombre primitivo separara sus campos de la naturaleza y se convirtiera paulatinamente en granjero, pues veía como perniciosa toda vida que distara de su ganado, cultivos, empleados y parientes. Luego construimos ciudades –fortalezas- para separarnos de la naturaleza salvaje y dominar el campo, de manera que pueda proveernos de alimento, combustible, minerales y materiales de construcción. No hay nada antinatural en esta evolución. Las termitas y otros insectos sociales lo han hecho a su manera también. En lo que nos diferenciamos a todo lo que nos precedió es que hemos escapado a las causas de muerte prematura, depredación, hambre y enfermedad, las cosas que en otro tiempo nos asustaban.” (La Tierra se agota, página 26). Lovelock tergiversa aquí la realidad de forma flagrante en varias cuestiones:

 

-  Han existido (y aún existen algunas) culturas humanas que han vivido durante decenas de miles de años en entornos salvajes bajo modos de vida cazadores-recolectores y no civilizados (de hecho, representan la mayor parte de la historia evolutiva humana). Muchas de éstas no han abandonado ese modo de vida hasta que no han tenido más remedio que hacerlo (por destrucción, colonización, derrota militar, confinamiento en reservas, diezmados por enfermedades traídas por la civilización, etc.); y eso que en ocasiones convivían en los alrededores con sociedades agroganaderas y por tanto conocían esos otros modos de vida. Así que no es para nada cierto que los humanos sintamos un miedo “instintivo” a la Naturaleza salvaje, por más que les gustaría que así fuese a los humanistas.

 

-  Estamos adaptados genéticamente por medio de la evolución por selección natural para la vida en entornos salvajes (como cazadores-recolectores nómadas). Y el propio Lovelock lo reconoce al menos en una ocasión: “Nosotros hemos evolucionado perfectamente para vivir como cazadores-recolectores. La evolución adaptó las alas de nuestro cerebro para sobrevivir en el mundo de hace un millón de años, pero estamos tan mal preparados para sobrevivir en la Tierra del siglo XXI que hemos hecho como un halcón en una cueva.” (La Tierra se agota, página 92). Luego no es solamente que no tenga por qué irnos mal en la Naturaleza salvaje, sino que sólo integrados en ella podemos desarrollar y satisfacer correctamente todas nuestras capacidades, tendencias y necesidades innatas.

 

- La evolución de los insectos sociales, más allá de comparaciones superficiales, no tiene mucho que ver con el desarrollo de ciertas sociedades humanas en los últimos milenios, por mucho que Lovelock quiera quitarle hierro al desarrollo de sociedades complejas tildándolas de “naturales”. La palabra “natural” suele usarse para designar aquello que no ha sido creado por los humanos (lo contrario de “natural”, según esta acepción convencional, sería “artificial”). Pero existe otra acepción según la cual lo “natural” es todo lo que no es “sobrenatural”. Bajo la primera acepción todo lo que crean o modifican los humanos sería artificial, bajo  la segunda, natural. Lovelock enreda utilizando una u otra acepción según lo que le interese argumentar, y así es muy fácil hacer pasar por verdaderas o defendibles cosas que en realidad no lo son: que si las sociedades de insectos son aceptables por ser  “naturales” (“no artificiales”), las civilizaciones de los seres humanos también han de ser aceptables porque no son “sobrenaturales”.

 

- Por otro lado, la falaz utilización del comportamiento de otras especies para justificar el comportamiento humano es muy habitual, pero nada científica. A Lovelock no le gusta tanto que los humanos arreglen sus problemas por medio de la guerra, la destrucción y el aniquilamiento de otros grupos de nuestra especie (ver nota 13 y la primera cita del punto “La civilización humana no tiene el valor que Lovelock pretende otorgarle”), aun cuando esto es un comportamiento que muchos hemos visto realizar entre comunidades de hormigas u otros insectos sociales. En realidad, los insectos sociales han evolucionado para desarrollar las comunidades complejas en las que viven, mientras que los humanos no han evolucionado viviendo en sociedades complejas hasta épocas muy recientes a escala evolutiva (como el propio Lovelock reconoce en otro lugar. Ver un par de párrafos atrás), sino en pequeños grupos de cazadores-recolectores nómadas, en entornos fundamentalmente salvajes. No somos insectos sociales, sino mamíferos pertenecientes al grupo de los primates.

 

- Los ecosistemas, sin perder su carácter salvaje, también pueden proveer de “alimento, combustible, minerales y materiales de construcción” a los humanos. Antes de la agroganadería y la civilización, los humanos no vivían del aire ni sobrevivían por casualidad. Este tipo de argumentaciones suelen ser esgrimidas por personas de carácter humanista para denigrar todo lo anterior a los modos de vida civilizados.

 

- Por último, no sé si es necesario explicar que hoy en día siguen existiendo multitud de “causas de muerte prematura, depredación, hambre y enfermedad” (incluso algunas las ha creado o favorecido la sociedad tecnoindustrial). A poco que piense, al lector se le ocurrirán muchos ejemplos.

 

La bondad o maldad de la tecnología moderna no depende del uso que se la dé: Aparte de alabar la civilización, Lovelock también intenta justificar el desarrollo tecnológico desechando todo tipo de valoración moral hacia la tecnología. Para ello trata de colarnos, de nuevo jugando con las dos acepciones diferentes de “natural”, que la tecnología moderna, dado que proviene en última instancia de materiales extraídos de la Naturaleza, es tan natural como cualquier cosa creada por la propia Naturaleza: “Pero como no somos ni dioses ni diosas, que puedan producir energía o materia de la nada, tenemos que obedecer a las leyes del universo, y como es lógico ello implica que nada de lo que hacemos es natural. [15] Un monovolumen con tracción a las cuatro ruedas con el carburante que lleva en el depósito es tan natural como un nido de termitas. Sin vida en la Tierra no existiría ninguno de los dos, ni tampoco podría conducirse el coche; olvidamos con facilidad que el combustible no sirve para nada sin oxígeno. Los monovolúmenes y su combustible no son intrínsecamente buenos ni malos, aunque pueda serlo lo que se haga con ellos. Así que, ¿a qué viene tanto alboroto? A que somos tantos que quemamos combustible cien veces más rápido de lo que la Tierra tarda en renovarlo.” (La Tierra se agota, página 138).

 

A primera vista puede parecer que una tecnología, puede ser buena o mala según el uso que uno quiera darle. Pero, al menos en el caso de la tecnología moderna e industrial, no es así. A menudo, el desarrollo tecnológico es la causa del crecimiento poblacional en las sociedades humanas. En concreto, la revolución industrial es la causa directa de que el planeta esté actualmente superpoblado de humanos (en los aproximadamente 200 años que median entre la actualidad y el inicio de la revolución industrial la población humana mundial se ha multiplicado por siete) y, por tanto, de todos los problemas derivados de dicha superpoblación, como Lovelock reconoce en otro lugar (ver nota 7). No es sólo que haya demasiada gente quemando combustibles fósiles, es que, hoy por hoy, para que sea rentable obtener y utilizar en esta sociedad combustibles fósiles (y los aparatos que los consuman, como los coches) tiene que haber mucha gente.16 Tecnología y demografía son dos factores que normalmente se retroalimentan mutuamente durante la evolución de una sociedad. Ya sólo por esto (y hay más razones) no puede decirse que la tecnología moderna sea en sí misma innocua.17 Lo de comparar un coche con un nido de termitas es otro ejemplo del enredo sobre el término “natural”: los coches son una invención humana (algo artificial), pero como no son nada “sobrenatural”, para Lovelock ya parecen ser lo mismo que las obras de la Naturaleza.18

 

La verdadera naturaleza humana no es la que pinta el humanismo: La comprensión de la naturaleza humana por parte de Lovelock está impregnada por algunos prejuicios muy habituales en la forma de pensar de la gente. El humanismo es una filosofía propia de sociedades civilizadas. Trata de justificar la existencia de este tipo de sociedades deformando la percepción de la naturaleza humana hasta dar una imagen de ella compatible con los modos de vida civilizados. Lovelock no escapa a dicha falsedad y, el hecho de que la biología humana no sea su especialidad científica, no basta para explicar algunos de sus errores en este campo. En principio, los científicos deberían ser personas lo suficientemente informadas y objetivas como para no obviar en sus argumentaciones hechos científicamente reconocidos. Y seguramente los científicos conozcan perfectamente esos hechos. Pero el bagaje cultural humanista de la mayoría de ellos les hace “pasarse por el forro” el saber científico (por el que tanto babean en otras ocasiones) siempre que lo consideran necesario (cuando no directamente contradecirse con lo que ellos mismos expresan en otro lugar o momento, como he mostrado antes). Hay varios ejemplos de esto en Lovelock:

 

- El ejemplo más claro es que afirma que el ser humano es el único animal capaz de pensar y comunicar sus pensamientos. (La Tierra se agota, página 40). O que es el primer animal social e inteligente. (La Tierra se agota, página 253, citando a E. O. Wilson). Sin embargo, la etología (la ciencia que estudia el comportamiento animal) ofrece ejemplos de capacidades cognitivas que van más allá de la mera respuesta innata, de comunicación y de vida social en otras especies animales.19 Estos descubrimientos científicos ponen de relevancia la continuidad y semejanza entre los humanos y el resto de especies. Es decir, que sólo somos otra especie animal más, con nuestras semejanzas y diferencias con otras especies. El problema es que el humanismo se empeña en vanagloriarse de aquellas capacidades cognitivas que los humanos hemos desarrollado en mayor medida que otras especies, como adaptaciones evolutivas al problema de la supervivencia y la reproducción, considerándolas superiores a aquellas en las que se destacan el resto de especies. A medida que la ciencia vaya aportando pruebas de “elevadas” capacidades cognitivas en otras especies, el humanismo podría redefinir términos como “inteligencia”, “pensamiento” o “comunicación” para que estos sólo incluyan aquello de lo que no se tengan pruebas de su existencia en otras especies, pero esto sólo serviría para confirmar la necesidad actual de los humanos (dentro de la sociedad tecnoindustrial) de poseer una ideología (como el humanismo) que los reconforte mostrándolos como algo ajeno y superior a la Naturaleza salvaje, aunque sea en contra de toda evidencia científica.

 

- También afirma que los humanos poseemos una “sincronización de la voluntad” similar  a la de los insectos sociales, las termitas y los bandos de pájaros y de peces. (La Tierra se agota, página 254). La biología evolutiva afirma que la sociabilidad natural humana es selectiva y se enmarca dentro de un pequeño grupo de allegados. Muy probablemente nuestro pasado evolutivo nos haya dotado con la tendencia a seguir a un líder o a identificarnos con un grupo pequeño (el grupo social de referencia). Esto entra dentro de las posibilidades de la vida como cazadores-recolectores. Y quizá un cambio incipiente provocado por las condiciones anormales a las que la sociedad tecnoindustrial está obligando a vivir a cada vez mayor porcentaje de la población humana, haga que eso cambie en el futuro. Pero la realidad es que las sociedades humanas de masas son un fenómeno demasiado reciente como para estar adaptados a ellas a nivel evolutivo, que es lo que Lovelock da a entender con lo de la “sincronización de la voluntad”.

 

- El tercer y último ejemplo es que Lovelock caracteriza al ser humano como un producto inacabado que debe seguir evolucionando hasta llegar a la perfección. Que no es aún verdaderamente social, verdaderamente inteligente, que no ha evolucionado lo suficiente para convivir en este planeta con el resto de formas de vida salvaje, etc. (La Tierra se agota, páginas 21 y 259). El darwinismo postula que la evolución por selección natural es un proceso ininterrumpido que no tiene objetivo o fin. Y las especies salvajes actuales están bien adaptadas a los entornos salvajes en los que han evolucionado. Del mismo modo, las capacidades de la mente y el cuerpo humanos (entre ellas, la inteligencia o la sociabilidad) están bien adaptadas al entorno y tipo de vida que hemos llevado los humanos durante cientos de miles de años (pequeños grupos de cazadores-recolectores nómadas en territorios salvajes.). Este tipo de vida llevó a nuestra especie a extenderse por buena parte del planeta y sobrevivir a varios cambios climáticos (cambios entre periodos glaciares e interglaciares).

 

El problema viene cuando alguien pretende que millones de “máquinas” de supervivencia y reproducción darwinianas, como somos los humanos, nos comportemos como hermanos, cooperemos y vivamos en paz dados de la mano. La vida en el planeta, independientemente de si influye o no en la composición química del aire o en el clima, ha evolucionado por medio de la supervivencia y reproducción de los genes, y cuando cosas como la convivencia, la solidaridad o la tolerancia se dan en el comportamiento de cualquier forma de vida es porque los genes que favorecen dichas conductas altruistas han obtenido de ellas algún tipo de beneficio a nivel reproductivo a lo largo de la evolución, no porque sean lo mejor para el conjunto de las formas de vida.

 

Hay indicios de que algunos grupos de humanos primitivos tuvieron relación con diversas extinciones de flora y fauna.20 Pero, por mucho que Lovelock y otros en la actualidad justifiquen el desarrollo tecnológico moderno en base a que en el pasado los humanos también causaron modificaciones en los ecosistemas que habitaban, los cambios que la sociedad tecnoindustrial está generando en la actualidad en todo el planeta no tienen parangón ni de lejos, en cualquier sociedad anterior (ni tan siquiera en la civilización preindustrial más avanzada). Ahora no se trata simplemente de la reducción de la biodiversidad en un continente, sino de la transformación de buena parte de los ecosistemas terrestres, de los mares, cambios en la composición química del aire e incluso en el clima, por poner algunos ejemplos de lo que ya está sucediendo. Y, a todo lo que ya está sucediendo, habría que sumarle las consecuencias para la Naturaleza salvaje de lo que pueda suceder en un futuro próximo (lo que la civilización industrial se llevará por delante en su afán por salvarse). Así que no parece que ese “camino a la perfección” que Lovelock propone vaya a hacer que la sociedad tecnoindustrial “aprenda” a convivir con el resto de especies. Digo “sociedad tecnoindustrial” y no “los humanos” porque esa ensoñación de Lovelock y otros sobre la perfección del ser humano pasa por la supervivencia de dicha sociedad. Y dicha sociedad es incompatible con la Naturaleza salvaje (destruir lo salvaje es la esencia de su funcionamiento).

 

El futuro “ecotecnológico” que propone Lovelock es denigrante para los humanos y esclavizador para la Naturaleza salvaje en general: En un punto de uno de sus libros, bajo el enunciado “Alimentos y estilo de vida utópicos” (La Venganza de la Tierra, páginas 193-195), Lovelock especula sobre algunas de las características que debería tener lo que él llama “civilización compacta de alta tecnología y bajo consumo” para sobrevivir ésta al cambio climático en curso. Que, resumiendo, son:

 

-  Alimentos sintéticos para ocho mil millones de humanos. La comida natural (no sintética) será un lujo para las clases altas.

- División del territorio de cada Estado en tres partes iguales: (1) zonas urbanizadas y vías de comunicación, (2) cultivo intensivo y (3) territorio donde la Naturaleza salvaje pueda autorregularse, sin ningún tipo de interferencia o control por parte de los humanos (aunque en otro punto del libro propone que éste sería un buen lugar para abandonar los residuos nucleares).

-  Apiñar a la población en ciudades compactas para ahorrar energía.

-  Sustituir el transporte aéreo por veleros de alta tecnología.

 Promover el uso de aparatos tecnológicos de bajo consumo para el ocio (teléfonos móviles, Internet, videojuegos,…) de forma que disminuyan los traslados privados en coche y avión. Llega a afirmar que los teléfonos móviles son uno de los inventos más ecologistas de la historia.

-  Vigilancia para restringir el consumo de lujos que amenacen a “Gaia”.

 

Podrían criticarse muchas cosas sobre la viabilidad o no de estas propuestas, pero eso es algo que carece de importancia. Lo realmente importante es: ¿qué tipo de mundo tendríamos si este tipo de utopías se cumpliesen? Es muy preocupante ver por qué tipo de sociedad y de mundo están peleando algunos bajo la bandera del ecologismo y la defensa de la Tierra: bajo una apariencia de defensa de una biosfera autorregulada se esconde un afán por salvar la civilización a toda costa. Aunque sea a costa de aumentar y perpetuar la dominación de la Naturaleza salvaje por parte de la sociedad tecnoindustrial, de reducir aún más la libertad individual o de engañar a los humanos para que se conformen con vivir “realidades virtuales” ante la imposibilidad de desarrollar su naturaleza en un mundo real cada vez más degradado y saturado por multitudes de humanos y de máquinas.

No todo lo humano es amenazante para la Naturaleza salvaje: Los humanos también tenemos cabida dentro de la Naturaleza salvaje. Pero una forma habitual de justificar los modos de vida civilizados es argumentar que, allá donde haya humanos, no existe la Naturaleza salvaje y, por tanto, no tiene sentido rechazar la sociedad tecnoindustrial o la civilización bajo unos valores de respeto por la Naturaleza salvaje, ya que eso sería caer en la misantropía (querer que nuestra especie desaparezca). Lovelock, de forma similar, afirma que los humanos estamos ligados a la destrucción del planeta desde que comenzamos a utilizar el fuego y la tecnología (ver nota 7).

 

Como he comentado antes, parece que algunas culturas primitivas, fueron un factor importante en cambios en la flora y fauna de los lugares que habitaban. El ejemplo más claro que se conoce quizá sea el de los aborígenes australianos, que degradaron los ecosistemas originales de aquel continente por medio del fuego (ver nota 20), ejemplo que Lovelock comenta en uno de sus libros.21 Se trata de hechos rechazables que no hay por qué ocultar. Pero el hecho de que ciertas culturas primitivas se comportaran erróneamente no significa que el uso del fuego o la tecnología sean siempre contrarios a los procesos de autorregulación de la Naturaleza salvaje. De hecho, el uso y fabricación de herramientas (tecnología) y el uso del fuego para cocinar o calentarse son algo que acompaña a nuestra especie desde sus inicios y que ha generado diversos cambios físicos y psicológicos en nuestra naturaleza. Mientras que, los modos de vida agroganaderos y/o civilizados, son algo reciente a escala evolutiva (para los cuales no estamos adaptados genéticamente) y adoptados de forma independiente (sin presión por parte de ninguna otra sociedad) sólo por una parte de las culturas humanas (como he explicado antes). Con el fuego y las tecnologías primitivas quizá podamos estar dentro de la Naturaleza salvaje, pero con la agroganadería y la civilización está claro que no.

 

 

5.    Conclusiones.

 

La valoración que puede hacerse de estos libros (o, más en general, de la forma de pensar de James Lovelock) desde una perspectiva de respeto por la Naturaleza salvaje y rechazo de la sociedad tecnoindustrial es francamente negativa. A priori, parecen alegatos a favor de una Naturaleza autorregulada, como casi todo lo que se hace público bajo la bandera del ecologismo. Pero ese aparente verdor esconde un fondo negro como el de un tizón: se trata, en realidad, de alegatos en favor de la civilización industrial moderna, como he tratado de mostrar a lo largo de esta reseña, espero que con ejemplos más que suficientes. Ciertamente, dentro de la civilización humana actual, pueden conservarse algunos parajes semisalvajes, o cierta autonomía en el comportamiento de los individuos y pequeños grupos humanos, pero cuando aparece un conflicto de intereses entre la Naturaleza salvaje y la sociedad tecnoindustrial, lo salvaje siempre sale perdiendo. El ecologismo de Lovelock, a pesar de no ser el más convencional en muchos aspectos, propone un futuro que no muestra diferencias en cuanto a dicha regla.

 

Estoy convencido de que la inmensa mayoría del ecologismo (al menos tal y como se articula aquí en Europa), no es más que una avanzadilla de los valores de la sociedad tecnoindustrial, al igual que el izquierdismo, del que podría decirse que forma parte. En este caso, Lovelock avisa, propone, atrae a personas que puedan estar sinceramente preocupadas por lo que esta sociedad está haciendo a la Naturaleza salvaje y, lo quiera o no, las atrapa con los tabúes y prejuicios humanistas, encerrándolas en un círculo en el que, pase lo que pase, la civilización industrial no se puede tocar.

 

Por otro lado, estos libros muestran (de forma exagerada o no) los problemas ecológicos a los que la sociedad tecnoindustrial se enfrenta en la actualidad o deberá hacer frente en un futuro próximo. Hay que tener en cuenta que estos son sólo algunos de los problemas a los que va a enfrentarse esta sociedad. Algunos problemas derivados del desarrollo tecnológico no pueden siquiera predecirse. Pero de entre los predecibles, a los problemas de índole ecológica habría que sumarles especialmente los problemas referentes al control del comportamiento humano (relacionados con la inadaptación de la naturaleza humana a las condiciones de vida modernas), que deberían agudizarse a medida que la sociedad tecnoindustrial haga a los humanos vivir en unos entornos cada vez más diferentes de aquellos en los que nuestra especie evolucionó. 

 

Existen muchas posibilidades de que se aproxime un contexto en el que la sociedad tecnoindustrial pierda fuerza atravesando por problemas notables (mucho más que la recesión económica actual) y bajo esa coyuntura un movimiento que se proponga favorecer el colapso del sistema tecnológico industrial (o lo que es lo mismo, evitar que la civilización industrial se recupere) tendría una oportunidad inmejorable y, lo que es más grave, quizá irrepetible. Para que esto suceda probablemente el movimiento tenga que estar formado y preparado con anterioridad, y esa es la mayor dificultad ahora mismo. Aquellos que piensan que no es necesario hacer nada porque la sociedad tecnoindustrial colapsará tarde o temprano por sí sola, deberían pensar qué va a quedar de la Naturaleza salvaje en el planeta Tierra antes de que eso suceda (si es que sucede). Puede que James Lovelock exagere acerca de los problemas que se le vienen encima a la sociedad tecnoindustrial; pero, sea como sea, sus libros muestran algunos ejemplos de lo que esta sociedad hará con la Naturaleza salvaje si le es necesario para sobrevivir.

 

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Notas:

 

1 Título original: The Revenge of Gaia. Why the Earth is fighting back-and how we can still save humanity.

 

2 Título original: The Vanishing face of Gaia.

 

3 Término acuñado por el propio Lovelock para definir su trabajo sobre la teoría de Gaia. Lo de “geo” por la Tierra y lo de “fisiólogo” porque estudiaba los sistemas y dinámicas del funcionamiento terrestre de modo similar a como los fisiólogos estudian el funcionamiento de los cuerpos de los organismos vivos.

 

4 Un ejemplo: “Se habrá dado cuenta de que utilizo la metáfora de ‘La Tierra viva’ al hablar de Gaia, pero no quiero decir con ello que considere que la Tierra está viva de un modo consciente, y ni siquiera viva en el sentido en que lo está un animal o una bacteria. Creo que ya es hora de que ampliemos la definición dogmática y limitada de la vida como algo que se reproduce y corrige los errores de reproducción por selección natural entre la progenie.” (La venganza de la Tierra, página 38).

 

5 Las “ciencias de la Tierra” o “geociencias” son las disciplinas, dentro de las ciencias naturales, que estudian la estructura, morfología, evolución y dinámica del planeta Tierra.

 

6 Un par de ejemplos: 

>- “Debemos comprender que la ‘primavera silenciosa’ no procedía simplemente del envenenamiento por pesticidas; los pájaros morían porque ya no había espacio para ellos en nuestro mundo intensivamente cultivado. Hay tantos humanos que desean vivir como se vive actualmente en el primer mundo, que estamos echando del planeta a nuestros socios, las demás formas de vida.” (La venganza de la Tierra, página 163).

- “Todo depende de la población […] Si sólo hubiera 100 millones de personas en la Tierra, podríamos hacer casi lo que nos apeteciera sin causar daño. Con 7000 millones dudo que haya nada que pueda ser sostenible o que reduzca significativamente la quema de combustibles fósiles; con significativamente me refiero a que sea suficiente para detener el calentamiento global. Siete mil millones de personas viviendo como vivimos, y como aspiramos a vivir, son demasiadas para un planeta que trata de autorregular su clima” (La Tierra se agota, página 132).

 

7 Por ejemplo: “Nosotros nos convertimos en la infección de la Tierra hace un largo e incierto tiempo cuando usamos fuego y herramientas intencionadamente, pero no fue hasta hace unos doscientos años cuando terminó el largo periodo de incubación y empezó la revolución industrial; entonces la infección de la Tierra se hizo irreversible.” (La Tierra se agota, páginas 246-247).

 

8 Ejemplo: “Esta crisis es la consecuencia de poner los derechos humanos por delante de nuestras obligaciones humanas hacia la Tierra y todas las formas de vida de [sic] quienes la compartimos.” (La Tierra se agota, página 257).

 

9Las principales preocupaciones de los primeros grupos de presión ecologistas, el Word Wildlife Fund, el Friends of the Earth y el Sierra Club, eran la vida salvaje o la desaparición de las zonas vírgenes o no urbanizadas, y no fue hasta la década de los sesenta cuando los datos científicos pusieron en nuestro conocimiento que los pesticidas y otros venenos se habían extendido hasta los pingüinos de la Antártida. La amenaza que se percibía ya no afectaba sólo a la vida salvaje; ahora se creía que constituía una seria y verdadera amenaza para todo el mundo. No tardó mucho en darse otra fusión, entre la izquierda y las filosofías ecologistas. Se decía que los venenos industriales eran los productos de las industrias que sólo se preocupaban por los beneficios. La izquierda pudo afirmar entonces que todos éramos victimas de esos viejos enemigos del marxismo, los capitalistas, y que ahora no sólo nos explotaban sino que también nos envenenaban. Las intenciones ecologistas se distorsionaban aún más cuando se combinaban con las de las muy respetadas organizaciones contrarias al armamento nuclear, como la Campaña pro Desarme Nuclear, CDN. Casi todo el mundo coincide en que usar armas nucleares en una guerra está mal, y esta asociación de pensamiento pacifista y ecologista estaba también detrás de la formación de Greenpeace. (La Tierra se agota, página 237).

 

10 No deben sentirse culpables si no comparten esa tontería [la creencia en la viabilidad y bondad de las energías renovables]: un análisis más detenido revela que se trata de un complejo chanchullo en beneficio de unas pocas naciones cuyas economías se ven enriquecidas a corto plazo con la venta de turbinas eólicas, plantas para biocombustibles y otros equipos para energías aparentemente verdes. No se crean ni por un momento el cuento de que éstas van a salvar el planeta. Los argumentos de los vendedores se refieren al mundo que ellos conocen, el mundo urbano. La verdadera Tierra no necesita que la salven. Puede, podrá y siempre se ha salvado ella sola, y ahora está empezando a hacerlo cambiando a un estado mucho menos favorable para nosotros y otros animales. Lo que la gente quiere decir con esa petición es ‘salvemos el planeta que conocemos’, pero eso ahora es imposible.” (La Tierra se agota, página 31).

 

11 Por ejemplo: “En ese clima de opinión, no pasó mucho hasta que científicos en busca de financiación descubrieran que investigaciones que parecían indicar que el compuesto X o el pesticida Y era cancerígeno resultaban extraordinariamente gratificantes y les comportaban fama y fondos más allá de lo que hubieran podido imaginar.” (La venganza de la Tierra, página 166).

 

12 A este respecto, ver La Sociedad Industrial y su Futuro, Ediciones Isumatag, páginas 67-69.

 

13 Ejemplos:

-“No solo debemos salvarnos, sino que también debemos mantenernos civilizados y no degenerar en una ley de la calle donde los cabecillas de las bandas se impongan como señores de la guerra” (La Tierra se agota, página 102).

-“La energía nuclear es simplemente el medicamento que nos proporcionará una fuente segura y constante de electricidad para que las luces de la civilización sigan encendidas hasta que la energía de fusión, limpia y eterna –la energía alimentada por el sol-, y las energías renovables estén disponibles. Y recurrir a la energía nuclear no es lo único que tendremos que hacer si queremos evitar que en este mismo siglo se produzca una nueva Edad Oscura” (La venganza de la Tierra, página 31).

- “[…] no puedo permanecer impasible mientras la civilización se embriaga hasta la muerte de combustibles fósiles.” (La venganza de la Tierra, página 207).

 

14 Es más, podría argumentarse, no sin falta de razón, que es precisamente la supervivencia de la sociedad tecnoindustrial lo que podría llevar, en el futuro, a la especie humana (a la vez que al resto de especies salvajes) a su extinción, al menos como producto de la evolución por selección natural. Si se estudian detenidamente algunas de las tendencias del desarrollo tecnológico actual (transformación paulatina de los humanos en máquinas por medio de prótesis y otros aparatos tecnológicos, transformación de los humanos por medio de modificaciones genéticas artificiales, mayor automatización de los procesos productivos, inteligencia artificial, mayor capacidad de los ordenadores para tomar correctamente decisiones que antes tomaban los humanos, creciente mano de obra superflua, etc.), bien podría uno llegar a la conclusión de que existen más posibilidades de que el final de la especie humana llegue con la supervivencia de la civilización industrial moderna que con su final.

Y todo esto sin olvidar que la extinción de la especie humana no sería nada catastrófico: sin nuestra especie, la vida y la Evolución podrían seguir su curso sin ningún problema (siempre y cuando la forma en que se produjese nuestra desaparición no conllevase a su vez una extinción en masa de demasiadas especies). Sin embargo, sin lo salvaje, el planeta no sería más que una inmensa bola tecnológica bajo control artificial, poco más que una ciudad gigantesca; y nuestra especie, en caso de seguir existiendo y poder seguir llamándose humana, ya no sería un producto de la evolución o del azar, sino un producto manufacturado. ¿Qué es más espeluznante, un mundo sin humanos pero salvaje o un mundo, con humanos o sin ellos, donde todo esté diseñado y controlado por un sistema tecnológico? Esto último es una verdadera amenaza para la Naturaleza salvaje (o para el planeta Tierra), el final de los humanos y sus obras, no.

 

15 Esta frase es incongruente. Debería decir “…ello implica que todo lo que hacemos es natural” o “…ello implica que nada de lo que hacemos es sobrenatural”. Probablemente se trate de un error de traducción, pero dado que no poseo el original en inglés, no puedo asegurarlo.

 

16 Con lo de “hoy por hoy”, me refiero a que si en el futuro los coches y otros aparatos que consumen combustibles fósiles funcionasen por automatización total (sin humanos), entonces esta frase no tendría sentido. Pero, ahora mismo, está claro que el sistema tecnológico industrial necesita vastas cantidades de seres humanos para funcionar.

 

17 El propio Lovelock, involuntariamente, da una pista de por qué lo mejor sería quitarle al ser humano la tecnología moderna (que la civilización industrial desapareciese): “Al igual que los fotosintetizadores[*], nosotros no podríamos haber evitado llegar a este estado superpoblado e insostenible. Somos lo que somos y muy poco podríamos haber hecho para evitar lo que ahora parecen cambios adversos; no debemos sentirnos culpables de ello” (La Tierra se agota, página 88).

 

* Se refiere a la extinción masiva provocada por la aparición y expansión de los organismos fotosintéticos dentro del periodo geológico conocido como Precámbrico.

 

18 La comparación del vehículo a motor y el nido de termitas por parte de Lovelock podría ser, de nuevo, un error de traducción. El libro contiene unos cuantos errores de traducción notables (difíciles de creer en un libro de divulgación científica), pero dado que no poseo el original en inglés, no puedo asegurar que se trate de un problema de traducción.

 

19 Algunas de esas capacidades cognitivas encontradas en otras especies, que tradicionalmente se han considerado exclusivas de los humanos son: capacidad de resolver problemas nuevos, capacidad de planear el futuro, preparación y uso de herramientas, cultura, consciencia y autoconsciencia, consciencia de que los demás tienen mente (engaño premeditado), emociones primarias y secundarias, política y sentido de la justicia. Para una explicación más detallada y ejemplos, ver: Manuel Soler, Adaptación del comportamiento humano: comprendiendo al animal humano, Ed. Síntesis, 2009. Capítulo 11: La mente animal (páginas 409-439).

Para una explicación y ejemplos de la comunicación en animales no humanos, puede verse, en el mismo libro, el capítulo 10: La comunicación animal y el lenguaje humano (páginas 373-408).

 

20 Me refiero, por ejemplo, a: “¿Causaron los humanos un colapso en el ecosistema de la antigua Australia?”, fragmento de “Paleofauna extinta de Australia. No sólo en la actualidad viven criaturas raras”, Mariano Magnussen Saffer, Paleo, Boletín paleontológico, Año 4, nº 19, septiembre 2006.

 

21Un grupo de esos primeros humanos emigró a Australia en un momento en el que el nivel del mar era mucho más bajo que ahora y el viaje en barco o balsa no era ni largo ni difícil. De este grupo descienden los aborígenes australianos modernos, a los que a menudo se pone como ejemplo de humanos en estado de naturaleza que viven en paz con la Tierra. Y, sin embargo, su método de despejar tierras mediante incendios puede que haya destruido los bosques del continente australiano tan eficazmente como lo hicieron hombres modernos con sierras eléctricas. Que la paz sea con vosotros aborígenes. Individualmente no sois ni mejores ni peores que nosotros. Sólo que nosotros somos más y contamos con más medios.” (La venganza de la Tierra, página 209).