El mito del paisaje precolombino humanizado

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EL MITO DEL PAISAJE PRECOLOMBINO HUMANIZADO

Por Dave Foreman[a]

 

El geógrafo de la Universidad de Wisconsin William M. Denevan es un destacado crítico de lo que el llama “El Mito de la Naturaleza Virgen[b]”. Afirma que “el paisaje de los nativos americanos del siglo XVI era un paisaje humanizado casi por doquier. Las poblaciones eran grandes”.1 Arturo-Gomez-Pompa  y Andrea Kaus se hacen eco de esta afirmación: “Los hallazgos científicos indican que prácticamente todas las partes del globo, desde los bosques boreales a los húmedos trópicos, han sido habitadas, modificadas o gestionadas a lo largo de nuestro pasado humano”.2 J. Baird Callicott asegura, de modo semejante, que “la idea de las tierras salvajes[c] es lamentablemente etnocéntrica. Pasa por alto la presencia histórica y los efectos que los pueblos aborígenes tuvieron en prácticamente la totalidad de los ecosistemas del mundo”.3

¿Cuánto hay de verdad en estas aseveraciones teóricas? ¿Qué nos dicen realmente la investigación y los hechos? Algunas preguntas que debemos hacernos acerca del Mito de la Naturaleza Virgen son:

  • ¿Cómo era de grande la población nativa?
  • ¿Cuán extendida estaba la población nativa?
  • ¿Cuán amplios fueron los impactos de la población nativa?
  • ¿Se recuperan del impacto humano los ecosistemas?
  • Y, finalmente, ¿es el Mito de la Naturaleza Virgen necesario para la Idea de las Áreas Salvajes Protegidas[d]?

Tras explorar estas cuestiones, secundaré a las geógrafas de la Universidad de Oregon, Cathy Whitlock y Margaret Knox, que dicen: “No es de extrañar que asignar un papel importante a los pueblos primitivos sea un concepto popular hoy en día entre aquellos que defienden la gestión activa tanto de las áreas salvajes como de las tierras explotadas[e]”.4 De hecho, el apologeta de la ganadería extensiva Dan Dagget reclama la cría de ganado en las tierras áridas del Oeste y, en última instancia, la domesticación de las áreas salvajes porque cree que los indios americanos ya habían domesticado la tierra antes de que Norteamérica fuese ocupada por los colonos blancos.5 Michael Soulé señala que los anticonservacionistas de derechas de los Estados Unidos defienden que, “dado que el oeste ya no es virgen, no debería haber restricciones reguladoras para la persecución del máximo beneficio a corto plazo en las tierras públicas”, y que los ecologistas sociales de izquierdas afirman que la pluviselva del Amazonas fue creada por los indios y, por tanto, esto justifica “posteriores remodelaciones materiales”.6 Las implicaciones políticas y ecológicas de la perspectiva de que “los-humanos-siempre-han-estado-en-todas-partes” son escalofriantemente claras.

¿Cuánta población nativa había?

Denevan ha sugerido una población total de 53,9 millones para el Nuevo Mundo en 1492: “3,8 millones para Norteamérica, 17,2 millones para México, 5,6 millones para Centroamérica, 3 millones para el Caribe, 15,7 millones para Los Andes y 8,6 millones para las tierras bajas de Sudamérica”.7 Otros han supuesto que hubo hasta 8 millones de personas viviendo al norte del Río Grande. Sin embargo, Douglas H. Uberlaker, del Instituto Smithsoniano, cree que eran sólo 2 millones.8 La antología editada por Denevan, The Native Population of the Americas in 1492, lo único que demuestra es lo diversas que son las estimaciones, lo cuestionables que son los indicios en que se basan y cómo la ideología influye en ellas. Denevan reconoce abiertamente que sus estimaciones son simplemente el resultado de multiplicar por dos las de Uberlaker, las cuales considera demasiado conservadoras.9 Aunque creo que las estimaciones demográficas de Uberlaker son más acertadas, usaré aquí las de Denevan para que no se me pueda acusar tan fácilmente de subestimar la población real.

¿Cuán extendida estaba la población nativa?

Sin duda, casi 23 millones de personas en México y América Central supondrían una población grande y, a menudo, densa. Sin embargo, para la Norteamérica situada al norte del Río Grande, la estimación de Denevan es meramente de 3,8 millones. Téngase en cuenta que la población conjunta de Canadá y Estados Unidos hoy en día es de más de 330 millones. Aun dando por buenos los cálculos de Denevan, la población precolombina sería poco mayor del 1 por ciento de la actual. Además, estos casi 4 millones de personas tampoco estaban esparcidos de forma uniforme por el paisaje. Había grandes regiones que raramente eran visitadas por los seres humanos –y menos aún tenían asentamientos permanentes- debido a lo inhóspito del entorno, a la pequeña población humana total de la época, a su distribución desigual, a su tecnología limitada, a la falta de caballos y a las continuas guerras y ataques. La arqueología apoya mi postura. Además, algunas zonas, como la de la Meseta del Colorado, en el actual sudoeste de los Estados Unidos, y la gran área del Yucatán en Centroamérica, se habían despoblado siglos antes de la llegada de Colón debido a la sequía y a que los agricultores sobrepasaron la capacidad de carga de la tierra, y después su carácter de tierras salvajes se había recuperado en gran medida.

El geógrafo de la Universidad de Wisconsin, Thomas Vale, después de considerar cuidadosamente varias estimaciones de población, llega a la sabia conclusión de que “gran parte del área del Oeste [de los actuales estados Unidos] estaba sólo ligeramente habitada”. Con el fin de encontrar más pruebas que apoyen su postura, Vale utiliza la arqueología, la etnología, la ecología y la paleoecología tanto para estimar el área real usada por los nativos al norte del Río Grande para sus asentamientos y para la agricultura como para calcular cuánta tierra se vio afectada por otras actividades, tales como la modificación de la vegetación y la tala de árboles. Demuestra que, en gran medida, hubo inmensas áreas que no se vieron afectadas por los indios.10

Y en lo que respecta al baluarte de las tierras salvajes en los Estados Unidos contiguos en la actualidad –las Montañas Rocosas-, William Baker, catedrático de geografía en la Universidad de Wyoming, calcula que “la población en las propias Rocosas en el 1500 d.C. podría haber sido aproximadamente de 32.000 habitantes”.11 Esta es una población menor que la de la ciudad de Missoula, en Montana. Esa población, esparcida por las Rocosas, distaba mucho de abarrotar la región, en el peor de los casos.

Vista a la gran escala temporal de los quinientos mil millones de años de vida animal compleja sobre la Tierra, la presencia humana se ha producido durante un tiempo extraordinariamente corto y nuestro impacto hasta hace muy poco fue disperso y leve.12 ¿Qué sucedió durante la inmensidad de las épocas previas a nuestra aparición? Los deconstruccionistas postmodernos y sus supuestos rivales políticos, los defensores teóricos del libre mercado, parecen creer que no pasó nada –o al menos nada que importe. He llegado a sospechar que tales humanistas centrados en sí mismos son realmente incapaces de imaginar una época o un lugar sin la presencia de seres humanos. Son construccionistas sociales duros y pueden ser enemigos inflexibles de la protección de la naturaleza salvo en los casos en que ésta beneficia directamente a la gente y en los que lo que se protege es uno de esos parques tipo Disneylandia con hordas de visitantes por todas partes.

¿Cuán amplios fueron los impactos de los pueblos nativos?

¿Cuál fue el nivel del impacto que los pueblos indígenas tuvieron en América? La respuesta obvia es que nadie lo sabe con seguridad. Hasta hace poco, la creencia generalizada era que los nativos al norte de México habían afectado muy poco al paisaje. Esto es lo que afirmaban los puritanos de Nueva Inglaterra con el fin de justificar su apropiación de una tierra que consideraban “no aprovechada” por los indios.13 El péndulo se ha movido hasta el otro extremo en los últimos años, proclamando que incluso las poblaciones más minúsculas transformaron los ecosistemas precolombinos –especialmente mediante el fuego. El “Mito de la América Virgen” ha sido reemplazado por el “Mito del Paisaje Humanizado”.

La cuestión a discutir no es si los nativos tocaron la tierra, sino aclarar en qué medida y dónde. Aun cuando ciertos lugares poblados y cultivados no fuesen tierra autorregulada[f] debido a las quemas, a la agricultura y a otros usos nativos, de ello no se puede inferir que lo mismo sucediese en todas partes. El hecho de que Los Ángeles esté pavimentada, ¿implica acaso que toda la superficie de los Estados Unidos está pavimentada? ¿Hemos de considerar que el Área Salvaje Protegida Bob Marshall en Montana es un paisaje creado por el ser humano, sólo porque la mayor parte de Illinois es un paisaje creado por el ser humano? Por supuesto que no. Aquellos primeros exploradores y los posteriores colonos que, en base a las tierras salvajes que encontraron, extrapolaron que toda América era una tierra salvaje antes de la llegada de los europeos son imitados hoy en día por los deconstructores que, partiendo de algunos sitios puntuales modificados por los nativos, extrapolan que toda América fue domesticada por los indios. Ambas nociones son infundadas –y estúpidas.

La primera oleada de expertos cazadores que llegó a América hace unos trece mil años causó rápidamente la extinción de docenas de especies de grandes mamíferos no habituados a semejante depredador. La extinción del Pleistoceno-Holoceno tuvo profundos efectos que puede que aún estén repercutiendo en los ecosistemas americanos.15 En ciertas regiones de la América precolombina, la gran densidad de la población humana y la agricultura intensiva causaron una grave degradación de los ecosistemas y el exterminio de la fauna salvaje. Sin embargo, resulta descabellado afirmar que entre 2 y 4 millones de personas habían domesticado completamente el territorio situado al norte del Río Grande. Según el historiador de la Universidad de Kansas, Donald Worster, “dos millones de personas esparcidas por lo que son hoy en día Canadá y los Estados Unidos, armadas con herramientas primitivas de piedra, no pudieron haber ‘domesticado’ realmente todo el continente. Ni siquiera los 300 millones de estadounidenses y canadienses de la actualidad, armados con una tecnología mucho más poderosa, han domesticado completamente el continente aún”.16

Una pieza clave en el mito del paisaje domesticado es que los nativos prendían fuegos por toda Norteamérica. Hace más de diez años, sin embargo, Reed Noss, uno de los mayores expertos en los ecosistemas norteamericanos y antiguo redactor de la revista Conservation Biology, señaló que los incendios causados por los rayos explicaban mejor la presencia de vegetación adaptada al fuego que los incendios provocados por los indios.17 El ecólogo Craig Allen, de la Agencia para la Investigación Geológica de los EE.UU.[g], confirma esto para el norte de Nuevo México:

Entre cada 5 y cada 20 años se producían incendios generalizados en todos los lugares en que crecían pinos ponderosa[h], con unas frecuencias algo menores, del orden de entre cada 15 y cada 40 años, en los bosques compuestos de pinos piñoneros[i] y juníperos[j] de altitudes inferiores así como en los bosques mixtos de coníferas a altitudes superiores. … Dado nuestro clima primaveral seco y nuestras frecuentes tormentas eléctricas, se considera que los rayos han causado la inmensa mayoría de estos incendios. Esta idea viene apoyada por los registros de alrededor de 4.000 incendios causados por rayos que fueron documentados entre 1909 y 1996 por el operativo de extinción de incendios de las Montañas Jemez, y por los más de 16.000 impactos de rayos registrados en la región de Jemez por un sistema de detección de rayos entre 1985 y 1994.18

El ecólogo forestal, paleoecólogo y director del Bosque Harvard de la Universidad de Harvard, David Foster ha puesto a prueba también las afirmaciones acerca de que los indios de Nueva Inglaterra crearon los patrones de vegetación de esa región mediante las quemas. Dice que “el registro paleoecológico no ofrece ningún apoyo a dichas opiniones y, cuando se complementa con otros datos históricos, presenta en cambio una imagen muy diferente del paisaje general. Los lugares estudiados en la región central de las tierras altas de Massachusets registran incendios y dinámicas de vegetación asociadas a ellos, pero se hallan separados por intervalos de siglos o milenios … En las Berkshires y en las tierras altas del norte de Vermont se registra una frecuencia de incendios incluso menor”.19 Foster añade que “el registro del carbón vegetal no apoya la idea de una gestión extensa y frecuente de la tierra mediante el uso del fuego por parte de los nativos americanos [en Nueva Inglaterra]”.20

Quizá sea Thomas Vale quien haya examinado más cuidadosamente las afirmaciones sobre el paisaje precolombino humanizado. “El deseo de imaginar unos paisajes humanizados en la época preeuropea deriva de ideologías sociales”, escribe, “no de un análisis minucioso de los datos ecológicos”.21 Creo que Vale ha dado en el clavo a la hora de entender en su conjunto la andanada postmoderna contra la naturaleza salvaje[k]. Es la ideología social la que dispara esas armas, no el examen de los hechos ecológicos. La ideología social también es la que impulsa a los defensores de la tala comercial y de la ganadería extensiva que promueven el Mito del Paisaje Humanizado para así justificar la explotación.

Usando la arqueología, la historia, la ecología y la lógica, Vale examina las afirmaciones acerca de un paisaje humanizado para un lugar concreto -el Parque Nacional de Yosemite- en su artículo, “The Myth of the Humanizad Landscape”. Sugiere que se puede decir que un lugar es “natural” o que se halla “en estado salvaje”[l] si en él las características fundamentales de la vegetación, la fauna, la orografía, el suelo, la hidrología y el clima son aquellas que resultan de los procesos naturales no humanos y si estas condiciones existen tanto si los seres humanos están presentes como si no”.22 Michael Soulé argumenta de manera similar: “Afirmar que el Homo sapiens ha producido o inventado los bosques pasa por alto la integridad taxonómica básica de las unidades biogeográficas: las especies actuales aún tienen distribuciones geográficas determinadas principalmente por las tolerancias ecológicas, la historia geológica y el clima, en lugar de por las actividades humanas”.23

Vale explica que las afirmaciones acerca de un Yosemite preeuropeo humanizado no deberían ser aplicadas más allá del relativamente poblado Valle de Yosemite ni abarcar la totalidad del área ocupada por el parque nacional, y que, aun así, las modificaciones leves de la vegetación o el uso de plantas no significan que el valle estuviese completamente humanizado en épocas nativas. Por último, considera las exageradas afirmaciones hechas acerca de las quemas realizadas por los indios. Dice, “Un examen más detallado debería preguntarse hasta qué punto los incendios inducidos por los seres humanos se sumaban a los fuegos naturales o si más bien los sustituían y, más aún, si alguno de los incendios prendidos por los indios americanos transformó el paisaje en otro diferente del que habría existido sin esas quemas”.24 Tras sopesar lo que la ciencia sabe hoy en día acerca de la frecuencia y el comportamiento de los incendios en Yosemite, considera que “estas frecuencias de los incendios varían a lo largo del tiempo, con los fuegos siguiendo de cerca a las condiciones meteorológicas –una señal de que son los factores naturales, no los seres humanos, los que determinan la frecuencia de los incendios”.25 Según el geógrafo de la Universidad de Georgia, Albert J. Parker, experto en las perturbaciones de los bosques de coníferas, “el predominio de las pruebas procedentes de ecosistemas proclives a los incendios … sugiere que los patrones de acumulación de combustible son mucho más influyentes que la fuente de ignición a la hora de regular la frecuencia y la extensión espacial de los fuegos”.26

Vale también revisa los estudios acerca de otras regiones de los Estados Unidos para saber lo extensos que fueron los impactos graves provocados por los seres humanos. Llega a la siguiente conclusión:

La idea general, por tanto, es que el paisaje preeuropeo de los Estados Unidos no estaba monolíticamente humanizado, no era un “paisaje gestionado, gran parte de cuyas apariencia y ecología [fuesen] producto de la presencia humana” (Flores 1997). Más bien era un mosaico compuesto, a diversas escalas, de partes salvajes y partes humanizadas. Las tierras salvajes naturales americanas –entornos fundamentalmente moldeados por la naturaleza- existían de hecho.27

La antología editada por Vale, Fire, Native Peoples, and the Natural Landscape, desarrolla sus argumentos en base a pruebas y análisis cuidadosos que abarcan todo el oeste de los Estados Unidos. Sus colaboradores, que incluyen a varios de los más destacados geógrafos biológicos y ecólogos del fuego, echan por tierra la idea romántica (y, tal como demuestran, imperialista) de que los indios realizaban quemas generalizadas. Las regiones estudiadas en el libro son las Montañas Rocosas, el norte de la región situada entre las Rocosas, la Sierra Nevada y la Cordillera Cascade,[m] las Tierras Bajas del Sudoeste, la Costa Noroeste[n],los bosques de la Sierra Nevada y el Chaparral de California. Su libro es esencial para entender completamente la cuestión de si los indios ya habían domesticado los Estados Unidos cuando los europeos colonizaron la región. Todo aquel que desee tratar inteligentemente el problema de lo virgen y lo humanizado (o de lo prístino y lo profanado, como lo llama Soulé) necesita leer este libro. Los autores saben de lo que están hablando; los deconstruccionistas de la naturaleza salvaje[o] –tanto los de izquierdas como los de derechas- que promueven la idea de un paisaje preeuropeo humanizado están muy equivocados.

A lo largo y ancho de todo el Oeste, estos expertos muestran que eran los fuegos causados por rayos, no los fuegos provocados por los seres humanos, los que dominaban el régimen de incendios. Los defensores de las quemas por parte e los indios basan gran parte de su argumentación en relatos históricos. Sin embargo, William Baker, Craig Allen y los otros autores de Fire, Native Peoples, and the Natural Landscape muestran que los primeros observadores pasaron por alto, en gran medida, que los rayos causaban incendios. Por ejemplo, Aldo Leopold escribió en 1920, “Como bien sabían los antiguos colonos[p], los indios quemaban los bosques con la intención deliberada de confundir y concentrar a las presas caza de manera que fuese más fácil cazarlas”.28 Los antiguos colonos de Leopold no sabían de qué hablaban, y Leopold siguió sin tener nada claro el papel ecológico real de los incendios durante toda su vida. El historiador Stephen Pyne, tomado ampliamente en Estados Unidos por un experto en incendios y por alguien que ha escrito muchas obras buenas, repite la misma malinterpretación, afirmando que el uso más extendido del fuego por parte de los indios fueron probablemente las quemas para facilitar la caza. El ecólogo del fuego y de los cambios en el paisaje, Craig Allen, sin embargo, replica que “en el sudoeste, la idea de que los incendios para la caza tuviesen un impacto a escala paisajística se basa en fundamentos que carecen de la sustancia de una documentación mínima … las pruebas primarias de quemas a gran escala para facilitar la caza son prácticamente inexistentes en el Sudoeste y las bases en que se apoyan son débiles”.29 Pyne, Charles Kay y otros creyentes en la piromanía de los nativos se han basado acríticamente en unas pocas afirmaciones no demostradas, hechas por los antiguos colonos de Leopold, y han creado una historia y una prehistoria del fuego que son ecológicamente inconsistentes.

Aunque escribe específicamente acerca del Sudoeste, lo que dice Allen resume claramente la situación para todo el Oeste: “Las afirmaciones modernas acerca de quemas extensas de los paisajes del Sudoeste llevadas a cabo por los aborígenes han demostrado estar basadas en burdas generalizaciones exageradas y en la aceptación acrítica de unos pocos informes históricos sobre usos del fuego localizados”.30 Antes de la conquista y colonización española a principios del siglo XVII, lo que hoy en día es Nuevo México estaba bastante poblado por los indios pueblo. Allen, que probablemente entiende mejor que nadie la paleoecología y la ecología actual de esta región, muestra que incluso aquí[q] los incendios eran causados por los rayos. Por ejemplo, las Montañas Jemez, al oeste de Santa Fe, tienen una extensa red de dispositivos automatizados para la detección de rayos. Este sistema “registró 165.117 descargas de las nubes al suelo … durante el periodo que va de 1985-1994”.31 Dicha cantidad no me sorprende lo más mínimo ya que he estado cerca de ser alcanzado en más de una ocasión. (Una de las mejores comidas de mi vida fue debajo de una pícea de las Jemez[r] durante una tormenta de rayos terrible –mi esposa Nancy asó con aceite de oliva en la estufa de nuestro campamento unos boletos recién recolectados mientras esperábamos a que escampase). En la Sierra Nevada, una red de detección de rayos “registró que los rayos impactaron en la región del Parque Nacional de Yosemite aproximadamente 2.000 veces al año durante el sexenio comprendido entre 1985 y 1990 (65 impactos por cada 100 km2 al año)”. 32

Aunque muchos de aquellos que afirman que los indios domesticaron el Oeste son liberales bienintencionados y a favor de la justicia social, también existe un lado más oscuro en este mito. Tal y como Craig Allen señala, “quizá el prejuicio propio de finales del siglo XIX de que los indios prendían muchos fuegos estaba también relacionado con la mentalidad del ‘Destino Manifiesto’[s] que buscaba justificar la expulsión de algunas tribus de sus tierras boscosas nativas”.33

Según Pyne, “Ambos, los rayos y la gente, crearon el patrón elástico que definía el régimen de incendios”. Los ecólogos del fuego Tom Swetnam y C. H. Baisan lo rebaten diciendo, “sostenemos que, aunque los seres humanos jamás hubiesen cruzado el puente de tierra que unió Asia y Norteamérica, los regímenes históricos de incendios en la mayoría de los bosques del Sudoeste habrían seguido siendo semejantes en muchos aspectos a los regímenes de incendios que hemos documentado”.34 Y Allen resume su exhaustiva investigación (gran parte de la cual fue realizada sobre el terreno, no como las de los proponentes de las quemas por parte de los indios) como sigue: “Numerosas líneas de evidencia procedentes de esta región sugieren de forma abrumadora que en el año 1850 d.C., al igual que en el 1580 d.C., la mayoría de los paisajes montañosos eran ‘naturales’ y ‘salvajes’ en lo que respecta a los regímenes de incendios y a los patrones de vegetación asociados a ellos”.35

¿Qué es lo que motiva realmente este debate? Albert Parker lo expone claramente:

La discordia acerca del papel de los seres humanos indígenas a la hora de dar forma al paisaje viene motivada por los contrastes en las raíces académicas y las afinidades ideológicas de las voces principales en este debate … La evidencia que refuta que los aborígenes humanos tuviesen un papel generalizado a la hora de dar forma al paisaje de la Sierra Nevada procede principalmente de científicos físicos y biológicos, ingenieros forestales y ecólogos del fuego que han estudiado los paleoentornos de finales del Cuaternario, los regímenes de incendios previos al contacto con los europeos y la geografía de los rayos y de los incendios causados por los rayos. Sus pruebas son principalmente físicas y, tomadas en conjunto, ofrecen una historia lógica y consistente de los vínculos existentes entre el clima, la vegetación y el fuego, los cuales han actuado para estructurar el paisaje de la Sierra a lo largo de los últimos veinte mil años, o más, principalmente sin verse alterados de forma significativa por los seres humanos. La evidencia a favor de la idea de que los seres humanos habían domesticado las paisajes de la Sierra procede principalmente de los expertos en geografía humana y de los antropólogos culturales … la mayoría de las pruebas presentadas para apoyar esta postura son etnográficas, basadas en entrevistas a ancianos que vivieron en el pasado o en el presente y que descendían de las comunidades tribales de la Sierra.36

Parker señala además que esta tropa siente “una fuerte necesidad de expiar los pecados del pasado relativos a la agresión y a la trasgresión, tanto culturales como medioambientales”, y tiene una “agenda política” para “volver a poner la Sierra en manos de los pueblos nativos, quienes, a imagen del Buen Salvaje, eran excelentes administradores de la tierra”. Y llega a la conclusión de que “la nostalgia y las agendas políticas no son sustitutos válidos de las pruebas”.37 Amen.

¿Se recuperan los ecosistemas del impacto humano?

Según afirman Arturo Gomez-Pompa y Andrea Kaus: “Nuevas pruebas procedentes de la región maya sugieren que las selvas aparentemente naturales que estamos tratando de proteger de nuestra versión de la civilización sostuvieron altas densidades de población humana y fueron gestionadas por las civilizaciones del pasado … [L]a población maya del sudeste de México pudo haber oscilado entre los 150 y los 500 habitantes por km2 a finales del Periodo Clásico, contrastando fuertemente con las densidades de población actuales de entre 4,5 y 28,1 habitantes por km2 en la misma región. … Estas civilizaciones del pasado parece que gestionaban las selvas para obtener alimento, fibras, maderas, combustible, resinas y medicinas”.38

Parte de esto probablemente sea cierto, pero el resto de la historia, pertinentemente pasado por alto por Gomez-Pompa y Kaus, es que la altamente superpoblada civilización maya sobreexplotó extremadamente las selvas y, cuando la sequía golpeó, dicha civilización belicosa y totalitaria se colapsó.39 Durante los mil años posteriores, sin embargo, esos bosques han estado recuperándose. Esta realidad ecológica también explica las diferencias en la densidad de población. Jared Diamond analiza la caída de la civilización maya en su libro, Collapse. Dice, “se estima que la población del Petén central en el apogeo del periodo Clásico maya oscilaba entre 3.000.000 y 14.000.000 de personas, pero sólo quedaban allí unas 30.000 personas cuando los españoles llegaron”.40 En otras palabras, la población se redujo en más de un 99 por ciento. Estas cifras de población muestran que el colapso maya no fue debido ni a las enfermedades traídas por los españoles ni a la conquista española, sino al modo en que los mayas “gestionaron” sus bosques y a que, debido a ello, no fueron capaces de superar la sequía. Gomez-Pompa y Kauz basan sus afirmaciones en la ideología social, no en hechos ecológicos.

Hay un Nuevo Mito de la Naturaleza Virgen que es común en los escritos de los deconstruccionistas de la naturaleza salvaje[t]: una vez que la tierra es tocada de algún modo por los seres humanos, su carácter salvaje se evapora[u] y no puede ser restaurado; por consiguiente, no hace falta protegerla de posteriores explotaciones por parte del ser humano. Esta es la idea del Servicio Forestal acerca de una desfasada y falsa idea de pureza, que esta agencia usó tras la aprobación de la Ley de Áreas Salvajes[v] para tratar de reducir al mínimo la cantidad de tierras protegidas como áreas salvajes (trato este tema más en profundidad en Taming the Wilderness[w]). Michael Soulé nos advierte acerca de esta “metáfora de lo virgen”, “debido a  que la virginidad, como el embarazo, no conoce grados” y es una excusa, por tanto, “para justificar posteriores remodelaciones materiales” de las tierras salvajes.41 Soulé llama a esto la dicotomía prístino-profanado. Por citar sólo un ejemplo, un teórico del libre mercado usó la noción de lo impuro vs. lo virgen[x] para defender el suavizamiento de la Ley de Especies en Peligro[y].42

Entonces, en respuesta a la pregunta, los ecosistemas a menudo se pueden recuperar de los impactos causados por el ser humano a lo largo de ciertos periodos de tiempo, dependiendo del nivel del impacto. Esta resiliencia[z] nunca debería ser usada como justificación para mayores intrusiones en las tierras salvajes, sino que ofrece un fundamento válido para los conceptos de recuperación y reasilvestramiento[aa] de las mismas.

Y, por último, ¿es el Mito de la Naturaleza Virgen importante para la Idea de las Áreas Salvajes Protegidas?

“La visión prístina”, según Denevan,43 “es en gran medida un invento de los escritores románticos y primitivistas del siglo XIX”. En cierto modo estoy de acuerdo, pero no creo que lo que Denevan califica de “visión prístina” haya tenido mucho que ver con la idea de la naturaleza salvaje[bb] que llevó a crear el Sistema Nacional para la Preservación de las Áreas Salvajes[cc] ni con las motivaciones de los conservacionistas a favor de las tierras salvajes en los últimos ochenta y tantos años. En 1925, Aldo Leopold señaló que “la idea de las Áreas salvajes nació después, no antes, de que el curso normal de la explotación comercial hubiese empezado”.44 De modo que, el padre de la protección de las áreas salvajes[dd] dejó claro que su idea de las áreas salvajes protegidas[ee] era algo nuevo, que vino después de que los “coches a motor” comenzasen a invadir los bosques nacionales tras la Primera Guerra Mundial. Tiene poco que ver con el “Mito de lo Virgen” de “los escritores románticos y primitivistas del siglo XIX”.

Ni tampoco el Nuevo Mito de lo Virgen tiene nada que ver con la protección de las áreas salvajes[ff] en la actualidad. Los lugares no necesitan ser prístinos para ser declarados áreas salvajes protegidas[gg]; la Ley de Áreas Salvajes[hh] nunca ha exigido un estado virgen.45 Leopold explicó inteligentemente que “en cualquier programa práctico, las áreas unitarias que se pretenden preservar por fuerza varían grandemente en tamaño y en el grado de su carácter salvaje” [la cursiva es mía].46 El senador Frank Church, de Idaho, era el jefe de grupo en 1964, cuando la Ley de Áreas Salvajes fue aprobada. Diez años más tarde, cuando el Servicio Forestal “trató de hacernos creer que ninguna tierra que hubiese sido sometida alguna vez en el pasado a algún impacto por parte de los seres humanos podría ser considerada área salvaje, ni hoy ni nunca”, Church respondió: “Nada podría ser más contrario al significado y al propósito de la Ley de Áreas Salvajes”.47

La definición de área salvaje en la Ley de Áreas Salvajes reconoce totalmente que hay pocos lugares, si es que hay alguno, que no se hayan visto afectados por la influencia del ser humano. La Ley no requiere que las áreas propuestas no hayan sido tocadas por el ser humano. Y, una y otra vez, los conservacionistas han tenido que rebatir los argumentos contrarios a la naturaleza salvaje[ii] basados en la falta de pureza. Hoy en día, el Sistema Nacional para la Preservación de las Áreas Salvajes cuenta con más de 600 áreas, que suman más de 107 millones de acres[jj]. La mayoría de estas áreas salvajes[kk] fueron  declaradas protegidas a pesar de las objeciones de opositores que decían que no eran lo suficientemente puras.

William Cronon está entre aquellos que parecen no haber entendido la Ley de Áreas Salvajes, ya que a principios de los 90, escribió, “Si uno se ciñe a la definición del gobierno federal, no existen áreas salvajes en Wisconsin”.48 Falso, falso, falso, falso, falso, falso –seis veces falso: en la época en que Cronon escribió eso, en Wisconsin había de hecho cinco áreas salvajes protegidas en bosques nacionales y una en un refugio de fauna salvaje: la de las Islas Wisconsin, la de Blackjack Springs, la de Headwaters, la del Lago Porcupine, la del Lago Rainbow y la del Lago Whisker. Suman en total 44.170 acres. (En 1978, yo testifiqué ante el Congreso en nombre de la Wilderness Society a favor de las áreas de Blackjack Springs y del Lago Whisker). Todas cumplen la definición de área salvaje del gobierno federal y, por tanto, han sido declaradas áreas salvajes protegidas. Y los conservacionistas han propuesto que sean protegidas otras áreas salvajes[ll] adicionales en Wisconsin; mientras Cronon escribía, el Congreso establecía el Área Salvaje Protegida Nacional de Gaylord Nelson en el Litoral Lacustre de las Islas Apostle[mm]. La idea de las áreas salvajes protegidas recogida en la Ley de Áreas Salvajes de 1964 procede de reglas de gestión de la protección basadas en la experiencia[nn] más que de un ideal romántico. Analizo más a fondo el mito de la pureza de las áreas salvajes en Rewilding North America y en mi próximo libro Taming the Wilderness[oo].

Ninguna de las dos conceptualizaciones del “mito de lo virgen” –una: que América era virgen antes de la llegada de los europeos y otra: que sólo las áreas prístinas pueden ser tenidas en cuenta a la hora de declarar zonas salvajes protegidas- tiene mucho que ver con la idea de área salvaje protegida[pp]. ¡Espero haber dejado lo suficientemente clara la falsedad de este mito como para que a nadie más se le vuelva a ocurrir seguir echando mano de él![qq]

Acabaré este ensayo con unas sabias palabras de Thomas Vale:

En la época del contacto con los europeos existían tierras salvajes naturales y paisajes prístinos … No los había en todas partes, eso seguro, pero había lugares donde sí existían; existían en algunos sitios. A mucha gente esta conclusión no le parecerá novedosa, pero será rechazada por aquellos a quienes ‘la naturaleza salvaje[rr]’ les parece un ataque políticamente incorrecto a la justicia social o un ideal estratégicamente estúpido para lograr las metas de la conservación, o por aquellos que afirman que la ‘naturaleza’ es meramente una categoría socialmente construida, un artificio de la mente y del lenguaje humanos.49

 

Notas:

1.      W. M. Denevan, “The Pristine myth: The Landscape of the Americas in 1492”, Annals of the Association of American Geographers (1992): 369-385.

2.      A. Gomez-Pompa y A. Kaus, “Taming the Wilderness Myth”, BioScience 42, nº 4 (abril 1992): 271-279.

3.      J. Baird Callicott, “The Wilderness Idea Revisited: The Sustainable Development Alternative”, The Environmental Professional 13 (1991): 240.

4.      C. Whitlock y M. A. Knox, “Prehistoric Burning in the Pacific Northwest: Human Versus Climatic Influences” en Fire, Native Peoples, and the Natural Landscape, ed. T. R. Vale (Washington, D.C.: Island Press, 2002), 222-223.

5.      D. Dagget, Gardeners of Eden: Rediscovering Our Importance to Nature (Reno, NV: University of Nevada Press, 2005). No sé cómo consiguieron hacer esto sin el cuasidivino ganado, al que Dagget y sus amigos rancheros consideran sagrado.

6.      M. E. Soulé, “The Social Siege of Nature” en Reinventing Nature: Responses to Postmodern Deconstruction, ed. M. E. Soulé y G. Lease (Washington, D.C.: Island Press, 1995), 155-156.

7.      Denevan, “The Pristine Myth”, 370.

8.      D. H. Uberlaker, “North American Indian Population Size, A.D. 1500 to 1985”, American Journal of Physical Anthropology 77 (1988): 291.

9.      W. M. Denevan, ed,. Introducción a The Native Population of the Americas in 1942, 2ª ed. (Madison, WI: The University of Wisconsin Press, 1992), pág. xx.

10.  T. R. Vale, “The Pre-European Landscape of the United States: Pristine or Humanized?” en Fire, Native Peoples, and the Natural Landscape, ed. T. R. Vale (Washington, D.C.: Island Press, 2002), 10-31.

11.  W. R. Baker, “Indians and Fire in the Rocky Mountains: The Wilderness Hypothesis Renewed”, en Fire, Native Peoples, and the Natural Landscape, ed. T. R. Vale (Washington, D.C.: Island Press, 2002), 50.

12.  D. Foreman, Rewilding North America: A Vision for Conservation in the 21st Century (Washington, D.C.: Island Press, 2004), 25-44.

13.  W. Cronon, Changes in the Land: Indians, Colonists, and the Ecology of New England (Nueva York: Hill & Wang, 1983), 56.

14.  T. R. Vale, “The Myth of the Humanized Landscape: An Example from Yosemite National Park”, Natural Areas Journal 18, nº 3 (1998): 231-236; este artículo fue publicado posteriormmente bajo el mismo título en Wild Earth, Otoño 1999, págs. 34-40.

15.  J. Donlan, H. W. Greene, J. Berger, C. E. Bock, J. H. Bock, D. A. Burney, J. A. Estes, D. Foreman, Paul S. Martin, Gary W. Roemer, Felisa A. Smith y Michael E. Soulé, “Re-wilding North America”, Nature 436 (18 de agosto del 2005): 913-914. (El título original de este artículo era “Pleistocene Rewilding” pero, desgraciadamente, los redactores de Nature cambiaron el título; véanse también C. J. Donlon et al., “Pleistocene Rewilding: An optimistic Agenda for Twenty-first Century Conservation”, The American Naturalist 168 [2006]: 660-681); C. Barlow, The Ghosts of Evolution: Nonsensical Fruit, Missing Partners, and Other Ecological Anachronisms (Nueva York: Basic Books, 2000); P. S. Martin y D. A. Burney, “Bring back the Elephants!”, Wild Earth, Primavera 1999, págs. 57-64; P. Martin, Twilight of the Mammoths: Ice Age Extinctions and the Rewilding of America (Berkeley, CA: University of California Press, 2005).

16.  D. Worster, “The Wilderness of History”[ss], Wild Earth, Otoño 1997, pág. 10; Worster escribe, “Estoy usando la cauta pero rigurosa estimación de Douglas H. Ubelaker, del Instituto Smithsoniano, aparecida en su artículo de 1988 ‘North american Indian Population Size, A.D. 1500 to 1985’, American Journal of Physical Antrhopology 77: 291”.

17.  R. Noss, “Wilderness: Now More than Ever”[tt], Wild Earth, Invierno 1994/1995, págs. 60-63.

18.  C. D. Allen, “Where Have All the Grasslands Gone? Fires and Vegetation Change in Northern New Mexico”, The Quivira Coalition Newsletter, mayo de 1998.

19.  D. R. Foster, “New England’s Forest Primeval”, Wild Earth, Primavera 2001, págs. 42-43.

20.  D. Foster, “Wild Earth Interview” entrevista realizada por Jamie Sayen, Wild Earth, primavera 2001, pág. 35.

21.  Vale, “The Myth of the Humanized Landscape”, 231.

22.  Vale, “The Myth of the Humanized Landscape”, 232.

23.  M. E. Soulé, “The Social Siege of Nature” en Reinventing Nature: Responses to Postmodern Deconstruction, ed. M. E. Soulé y G. Lease (Washington, D.C.: Island Press, 1995), 157. En un correo electrónico personal dirigido a mí, Soulé dice que su “afirmación se puede aplicar a todo tipo de especies, salvo a aquellas que han sido casi totalmente eliminadas por las actividades comerciales o el transporte humanos (incluidos los grandes mamíferos y otras especies explotadas; así como muchas especies exóticas). Sin embargo, numéricamente, las especies cuya distribución geográfica no viene determinada por la biogeografía o la ecología son una minoría”.

24.  Vale, “The Myth of the Humanized Landscape”, 232.

25.  Vale, “The Myth of the Humanized Landscape”, 233.

26.  A. J. Parker, “Fire in Sierra Nevada Forests: Evaluating the Ecological Impact of Burning by Native Americans”, en Fire, Native Peoples, and the Natural Landscape, 255-256.

27.  T. R. Vale, “The Myth of the Humanized Landscape”, 234, en referencia a D. Flores, “The West that Was, and the West that Can Be”, High Country News 29, nº 15 (1997): 1 y 67.

28.  C. D. Allen, “Lots of Lightning and Plenty People: An Ecological History of Fire in the Upland Southwest”, en Fire, Native Peoples, and the Natural Landscape, 162.

29.  Allen, “Lots of Lightning and Plenty People: An Ecological History of Fire in the Upland Southwest”, 162-163.

30.  Allen, “Lots of Lightning and Plenty People: An Ecological History of Fire in the Upland Southwest”, 145.

31.  Allen, “Lots of Lightning and Plenty People: An Ecological History of Fire in the Upland Southwest”, 146.

32.  Parker, “Fire in Sierra Nevada Forests: Evaluating the Ecological Impact of Burning by Native Americans”, 254.

33.  Allen, “Lots of Lightning and Plenty People: An Ecological History of Fire in the Upland Southwest”,  170-171.

34.  Allen, “Lots of Lightning and Plenty People: An Ecological History of Fire in the Upland Southwest”, 180.

35.  Allen, “Lots of Lightning and Plenty People: An Ecological History of Fire in the Upland Southwest”, 180.

36.  Parker, “Fire in Sierra Nevada Forests: Evaluating the Ecological Impact of Burning by Native Americans”, 258-59.

37.  Parker, “Fire in Sierra Nevada Forests: Evaluating the Ecological Impact of Burning by Native Americans”, 259.

38.  Gomez-Pompa y Kaus, “Taming the Wilderness Myth”, 274.

39.  J. Diamond, Collapse: How Societies Choose to Fail or Succeed (Nueva York: Viking, 2005)[uu]; S. A. LeBlanc y K. Register, Constant Battles: The Myth of the Peaceful, Noble Savage (Nueva York: St. Martin’s Press, 2003); y R. Wright, A Short History of Progress (Nueva York: Carroll & Graf Publishers, 2005).

40.  Diamond, Collapse, 175.

41.  Soulé, “The Social Siege of Nature”, 155-156.

42.  R. T. Simmons, “Nature Undisturbed: The Myth behind the Endangered Species Act”, PERC reports, marzo del 2005, 2-5.

43.  Denevan, “The Pristine Myth”, 369.

44.  A. Leopold, “The Last Stand of the Wilderness” American Forests and Forest Life 31, nº 382 (octubre de 1925): 603.

45.  El número de Wild Earth de la primavera del 2001, dedicado al tema del “Salvaje, Salvaje Este”[vv], debería haber servido para aclarar definitivamente la confusión acerca de las áreas vírgenes. Particularmente dignos de mención son: J. M. Turner, “Wilderness East: Reclaiming History”, págs. 19-26; D. W. Scott, “Eastern Wilderness Areas Act: What’s in a Name?”, pág. 24; y D. W. Scott, “Congress’s Practical Criteria for Designating Wilderness”, págs. 28-32. Véase también el memorando técnico realizado por Scott y dirigido a Sally Millar, “What Lanas Qualify for Wilderness Designation: A Review of the Wilderness Act and Congressional Precedents”, 23 de julio del 2001, distribuido por la Campaña por las Tierras Salvajes de los Estados Unidos[ww]. Este memorando hace pedazos el Mito de lo Virgen de las áreas salvajes protegidas. El último libro de Scout también trata de forma muy eficiente este tema: véase D. Scout, The Enduring Wilderness: Protecting Our Natural Heritage through the Wilderness Act (Golden CO: Fulcrum Publishing, 2004).

46.  A. Leopold, A Sand County Almanac (Nueva York: Oxford University Press, 1949), 189.[xx]

47.  F. Churh, “The Wilderness Act Applies to the East”, Congressional Record–Senate, 16 de enero de 1973, 737.

48.  W. Cronon, “Landscape and Home: Environmental Traditions in Wisconsin”, reimpresión limitada, originalmente publicado en Wisconsin Magazine of History 74 (Invierno 1990-1991).

49.  T. R. Vale, “Reflections”, en Fire, Native Peoples, and the Natural Landscape, pág. 300.

 


[a] Traducción del capítulo “The Myth of the Humanized Pre-Columbian Landscape”, del libro Keeping the Wild , editado por George Wuerthner, Eileen Crist y Tom Butler (Island Press, 2014). Traducción a cargo de Último Reducto. N. del t.

[b] “The Pristine Myth” en el original. N. del t.

[c] “Wilderness” en el original. El término “wilderness” hace referencia a las tierras poco o nada humanizadas. En este texto se traducirá por “tierras salvajes” o “áreas salvajes”, a no ser que se indique explícitamente de otro modo. N. del t.

[d] “Wildernes Areas” en el original. Aquí se traducirá como “áreas salvajes protegidas” a no ser que se indique de otro modo. N. del t.

[e] “Commodity lands” en el original. N. del t.

[f] “Self-willed land” en el original. La traducción literal sería “tierra con voluntad propia”. La expresión “self-willed land” es usada con frecuencia por los autores conservacionistas anglófonos para referirse, más o menos metafóricamente, a las tierras salvajes, autorreguladas, autónomas, es decir, que siguen sus propias dinámicas y tendencias. N. del t.

[g] “U.S. Geological Survey” en el original. N. del t.

[h] Pinus ponderosa. N. del t.

[i] “Piñon” en el original. “Piñon” o “Pinyon” es el nombre común en inglés (procedente del español) de las diversas especies de pinos que producen semillas comestibles (piñones) que crecen en el sudoeste de Estados Unidos y en México. Aquí el autor, a juzgar por la región, se refiere probablemente a P. monophylla y/o P. edulis. N. del t.

[j] “Juniperus” en el original. Nombre común (y genérico) de varias especies norteamericanas de enebros o sabinas que viven en esa región y suelen crecer asociadas a los pinos piñoneros. N. del t.

[k] “Wilderness” en el original. N. del t.

[l] “In a wilderness condition” en el original. N. del t.

[m] “Northern Intermountain West” en el original. N. del t.

[n] “Pacific Northwest” en el original. N. del t.

[o] “Wilderness deconstructionists” en el original. N. del t.

[p] “Old-timers” en el original. Es una expresión que se refiere de forma general a la gente de antaño y según el contexto puede referirse a los ancianos y veteranos de la actualidad o a gente de épocas pasadas. Aquí se ha traducido como “los antiguos colonos”. N. del t.

[q] Foreman vive en Nuevo México, en el Sudoeste de los Estados Unidos. N. del t.

[r] Probablemente Picea pungens. N. del t.

[s] La doctrina del Destino Manifiesto es una teoría que expresa la creencia en que Estados Unidos de América es una nación destinada (por Dios) a expandirse desde las costas del Atlántico hasta el Pacífico. Esta doctrina tuvo una gran repercusión en el siglo XIX ya que sirvió, en parte, como excusa para la conquista del Oeste y el avance de la frontera entre lo salvaje y lo civilizado, siempre a expensas de los territorios salvajes. N. del t.

[t] “Wilderness deconstructionists” en el original. N. del t.

[u] “Once touched by humans in any way, wilderness has evaporated” en el original. N. del t.

[v] “Wilderness Act” en el original. Ley estadounidense que regula la protección de ciertas áreas naturales. N. del t.

[w] Foreman tiene la mala costumbre de vender la piel del oso antes de cazarlo, es decir, de referirse a libros suyos que no se han publicado aún en la fecha en que escribe los artículos en que los menciona. Algunos de ellos, como el citado aquí, siguen sin estar publicados varios años después de haber sido mencionados. N. del t.

[x] “The fallen-virgin notion” en el original. N. del t.

[y] “Endangered Species Act” en el original. Ley estadounidense que regula la protección y la recuperación de ciertas especies. N. del t.

[z] En ecología se llama resiliencia a la capacidad de un ecosistema para recuperarse de las perturbaciones. N. del t.

[aa] “Rewilding” en el original. Se refiere a la recuperación del carácter salvaje. N. del t.

[bb] “Wilderness idea” en el original. N. del t.

[cc] “Nacional Wilderness Preservation System” en el original. N. del t.

[dd] “Wilderness area protection” en el original. N. del t.

[ee] “Wilderness area idea” en el original. N. del t.

[ff] “Wilderness areas protection” en el original. N. del t.

[gg] “Wilderness” en el original. N. del t.

[hh] “Wilderness Act” en el original. N. del t.

[ii] “Anti-wilderness” en el original. N. del t.

[jj] 1 acre equivale a unas 0,4 hectáreas. N. del t.

[kk] “Wilderness areas” en el original. N. del t.

[ll] Ídem. N. del t.

[mm] Apostle Islands Nacional Lakeshore Gaylord Nelson Wilderness Area” en el original

[nn] “…comes from post-designation management rules” en el original. N. del t.

[oo] Véase nota de pie de página w. N. del t.

[pp] “Wilderness areas” en el original. N. del t.

[qq] Traducción libre de la expresión original “I hope I have beaten up on this dead horse enough so that no one will try to get it back up on its feet!”. La traducción literal sería: “¡Espero haber azotado lo suficiente a este caballo muerto como para que a nadie vuelva a tratar de ponerlo de pie!”. Aquí Foreman hace referencia a un dicho ingles: “To beat up on a dead horse” (“Azotar a un caballo muerto”) que viene a significar lo mismo que el dicho español: “Machacar en hierro frío”, es decir, seguir haciendo algo que no tiene sentido, que es una pérdida de tiempo, o que ya no da más de sí. Se ha optado por una traducción menos literal pero que suene más natural a los oídos de un hispanoparlante. N. del t.

[rr] “Wilderness” en el original. N. del t.

[ss] Existe traducción en castellano: “Las tierras salvajes de la historia”, en esta misma página web. N. del t.

[tt] Existe traducción en castellano: “Zonas salvajes, hoy más que nunca”, en esta misma página web. N. del t.

[uu] Existe traducción al español: Colapso, Random House Mondadori, 2006. N. del t.

[vv] “Wild, Wild East” en el original. N. del t.

[ww] “Campaign for America’s  Wilderness” en el original. N. del t.

[xx] Existe traducción parcial al español: Una ética de la Tierra, Los libros de la Catarata, 2005. N. del t.