¿Es posible el crecimiento verde?

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en esta web podría resultar complicada, hemos añadido un enlace en cada uno de ellos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título del artículo.


Presentación de “¿Es posible el crecimiento verde?

El principal valor del texto que presentamos a continuación es que, a pesar de ser un texto escrito por académicos, pone en cuestión la creencia generalizada en que el desarrollo material de la sociedad tecnoindustrial es o puede ser independiente de los impactos en los ecosistemas; es decir, la creencia en que una sociedad puede producir más bienes y servicios e incrementar su nivel económico sin a la vez provocar más impactos ecológicos. Ya sólo esto convierte a este texto sea una auténtica rareza en los tiempos que corren, en que los estudiosos profesionales no suelen destacar precisamente por su valentía y honestidad intelectuales a la hora de extraer conclusiones lógicas de sus investigaciones cuando éstas chocan con los dogmas y tendencias imperantes.

No obstante, cabe destacar que, a pesar de sus virtudes, el texto adolece también de algunas carencias y defectos. A saber:

-  Los autores basan sus conclusiones en los modelos y pronósticos de otros autores, sin embargo, el comportamiento de sistemas y procesos complejos, como son la sociedad tecnoindustrial o el clima global, es intrínsecamente impredecible. Ninguno de dichos estudios y modelos puede predecir exactamente la trayectoria, el estado y los efectos de dichos sistemas y procesos para un periodo dado, por mucho que se intente y por muchos recursos tecnológicos que se apliquen al intento. Aunque sólo sea porque siempre faltarán datos (no es de extrañar pues que los autores encuentren que muchos de dichos modelos se basan en asunciones sin base empírica; no podría ser de otro modo) y porque los modelos nunca son lo mismo que la realidad (y por tanto discutir sobre modelos no es lo mismo que discutir sobre hechos reales). Y aun así parece que, a pesar de lo anterior y de sus críticas concretas a dichos modelos, los autores se siguen fiando demasiado de los resultados de los mismos. ¿Quiere esto decir que entonces sus conclusiones generales son equivocadas y que el “desacoplamiento” absoluto entre crecimiento material e impacto ecológico podría ser posible? No, simplemente lo que significa es que señalar las carencias e incongruencias de modelos que son inherentemente inexactos o incluso inútiles a la hora predecir exactamente el futuro no es la mejor forma de demostrar que en la realidad el crecimiento verde, el desarrollo sostenible y el desacoplamiento entre crecimiento e impactos son un timo. Al usar dichos modelos como referencia se deja abierta la puerta a la excusa: “el problema es la imprecisión de los modelos, no el crecimiento verde en sí”.

-  Los autores, pese a su actitud crítica y escéptica hacia el “crecimiento verde” y el “desarrollo sostenible”, son completamente acríticos con cosas como la creencia verde en que la transición a las energías renovables o la innovación tecnológica constituirán realmente mejoras de la situación global y formarán parte de la vía a seguir para resolver los problemas, cuando en realidad el desarrollo tecnológico es el problema, no la solución.  Se echa de menos en su estudio que no hayan sido capaces de aplicar su loable espíritu crítico y escéptico y su aparentemente riguroso empirismo más allá del concepto de crecimiento verde. Deberían haber prestado más atención a los impactos inevitables, tanto directos como indirectos, que van siempre inherentemente asociados a la innovación tecnológica en general y a las energías renovables en particular. Si lo hubiesen hecho, sus conclusiones seguro que serían aún menos optimistas.

- Los autores parecen querer diferenciar entre “crecimiento” y “desarrollo”, siguiendo una línea de pensamiento progresista muy extendida en amplios sectores verdes y “medioambientalmente concienciados” de la sociedad tecnoindustrial. Sin embargo, el desarrollo, sea del tipo que sea (incluso el desarrollo “moral” o el desarrollo “espiritual”, en caso de que existiesen, o el desarrollo “intelectual” o del “conocimiento”), implicaría siempre crecimiento material, porque incluso los aspectos no materiales de las culturas y del comportamiento humanos tienen una base material que precisa ser físicamente alimentada y mantenida. Eso de lograr un “desarrollo social” o “humano” sin crecimiento material ni impactos físicos negativos es un cuento chino. Aquí sólo hay dos opciones: o se crece en todos los sentidos, o se decrece en todos ellos. Y a la larga, si lo que se valora es la preservación de la Naturaleza, la única opción aceptable es la segunda, por mucho que a algunos progresistas “morales” les duela pensar en lo que perderán con ello a nivel artístico, espiritual, filosófico, ético, intelectual, civil, etc.

 

¿Es posible el crecimiento verde?

Por Jason Hickel y Giorgos Kallis[a]

Introducción

La noción del crecimiento verde surgió como tema central en la Conferencia sobre Desarrollo Sostenible Río+ 20 del 2012 y aparecía de forma prominente en el documento resultante The World We Want (ONU 2012), el cual hacía simultáneamente un llamamiento en favor de la “economía verde” y del “crecimiento económico sostenido”. El crecimiento verde ha sido desde entonces una respuesta dominante a las cada vez más graves advertencias acerca del cambio climático y el colapso ecológico (Dale et al. 2016). Como teoría, el crecimiento verde afirma que la expansión económica continuada (medida por el Producto Interior Bruto o PIB) es o puede hacerse que sea compatible con la ecología de nuestro planeta. Si bien esta idea ha estado latente en la retórica del desarrollo sostenible desde la Comisión Brundtland y la primera Conferencia de Río, cuando sus primeras formulaciones tomaban nombres como Modernización Ecológica (Ayres y Simonis 1993, Weizsäcker et al. 1998) o la hipótesis de la Curva Medioambiental de Kuznets (Dasgupta et al. 2002), la teoría del crecimiento verde la interpreta como una afirmación formal.

La teoría del crecimiento verde está siendo promovida en la actualidad por organizaciones multilaterales punteras y es asumida por las políticas nacionales e internacionales. Dicha teoría descansa sobre la asunción de que el desacoplamiento[b] absoluto del crecimiento del PIB respecto del uso de recursos y de las emisiones de carbono es factible (p.ej. Solow 1973), y que lo es a un ritmo suficiente para evitar un cambio climático peligroso y otros aspectos del colapso ecológico. Este artículo de revisión examina esta asunción y la contrasta con los datos empíricos existentes. Preguntamos: ¿Cómo definen las organizaciones internacionales el crecimiento verde? ¿Resiste el escrutinio la teoría del crecimiento verde (y más concretamente, la asunción de que el desacoplamiento absoluto del crecimiento del producto interior bruto (PIB) respecto de la producción[c] material y de las emisiones de carbono puede ser logrado a un ritmo lo suficientemente rápido) a la luz de los datos y de los pronósticos basados en los modelos existentes? Y, en caso de que no lo resista, ¿cuáles serían las implicaciones políticas?

Definiendo el crecimiento verde

Existen tres principales instituciones proponentes de la teoría del crecimiento verde a nivel internacional: la OCDE[d], el Programa ambiental de las Naciones Unidas (PANU[e]) y el Banco Mundial. Cada una de ellas publicó informes emblemáticos acerca del crecimiento verde alrededor de la misma fecha en que se celebró  la Conferencia Río+ 20. En el 2011, la OCDE lanzó una estrategia de crecimiento verde titulada Hacia el crecimiento verde[f]. Ese mismo año, el PANU publicó un informe titulado Hacia una economía verde: vías para el desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza[g]. En 2012, el Banco Mundial publicó Crecimiento verde inclusivo: la vía hacia el desarrollo sostenible[h]. Durante la Conferencia Río+ 20, estas instituciones se juntaron con el Instituto para el Crecimiento Verde Global[i] para crear la Plataforma para el Conocimiento del Crecimiento Verde[j] como instrumento para promover la estrategia del crecimiento verde por todo el mundo.

Cada una de estas tres organizaciones da una definición diferente del crecimiento verde. La OCDE lo define como “fomentar un crecimiento y un desarrollo económicos a la vez que asegurar que los bienes naturales continúen suministrando los recursos y servicios medioambientales de los que depende nuestro bienestar” (2011, p. 18). El Banco Mundial (2012) lo define como

el crecimiento económico que es eficiente en el uso de los recursos naturales, limpio en tanto que minimiza la contaminación y los impactos ambientales y resiliente en el sentido de que tiene en cuenta los riesgos naturales y el papel de la gestión medioambiental y del capital natural a la hora de prevenir desastres físicos.

El PANU sustituye la expresión “crecimiento verde” por la de “economía verde”, la cual define como aquella que simultáneamente hace crecer los ingresos y mejora el bienestar humano “a la vez que reduce significativamente los riesgos medioambientales y la carestía ecológica” (2011, p. 16).

Ninguna de estas definiciones es tan precisa como cabría esperar (véase Jacobs 2013). Como Smulders et al. (2014) señalan, el concepto de crecimiento verde es “nuevo y todavía en cierto modo amorfo”. La definición del Banco Mundial es la más floja. El Banco Mundial pretende “minimizar” el impacto ambiental del crecimiento; pero no se puede minimizar el impacto ambiental sin reducir el impacto por debajo de sus niveles actuales y, de hecho, sin incrementar aún así el impacto total. La de la OCDE es un poco más sólida en tanto que pretende “mantener” los recursos y los servicios medioambientales, aunque en ella no hay una exigencia de reducir el impacto. El informe del PANU ofrece la definición más rigurosa ya que hace un llamamiento a reducir el impacto ambiental y las carestías ecológicas, así como a “reconstruir el capital natural”.

Sin embargo, las tres instituciones están de acuerdo en cuál es el mecanismo necesario para lograr el crecimiento verde. La promesa es que el cambio y la sustitución tecnológicos mejorarán la eficiencia ecológica de la economía y que los gobiernos pueden acelerar este proceso con unas regulaciones e incentivos adecuados. Pero difieren en la claridad de sus afirmaciones. El Banco Mundial ni se plantea la pregunta de si las innovaciones dirigidas por la política serán suficientes para reducir el impacto ambiental. La OCDE, por su parte, aclara que el crecimiento verde sólo es posible si la tecnología se vuelve lo suficientemente eficiente como para lograr el “desacoplamiento” del crecimiento respecto del impacto ambiental. El PANU lleva esto un paso más allá y pone el desacoplamiento en el centro del análisis:

un concepto clave para enmarcar los desafíos que afrontamos a la hora de llevar a cabo la transición a una economía más eficiente es el desacoplamiento. A medida que el crecimiento económico global choca contra los límites planetarios, desacoplar la creación de valor económico respecto del uso de recursos naturales y de los impactos ambientales se vuelve más urgente.

El PANU señala que “datos recientes indican una moderada tendencia al desacoplamiento relativo a lo largo del tiempo”, pero deja claro que esto no es suficiente: “El reto central … es desacoplar absolutamente el crecimiento respecto de la intensidad material y energética” (PANU 2011, p. 15).

En este caso, de nuevo, el PANU ofrece la definición de crecimiento verde más clara –y la más sólida- dirigida a influir en la política, a saber, que el crecimiento verde requiere un desacoplamiento absoluto del PIB respecto del uso de recursos y del impacto ambiental. Esto concuerda con la literatura ecológica, que insiste en que en un contexto de saturación ecológica (Rockström et al. 2009, Ceballos et al. 2015 y 2017 y Steffen et al. 2015), no basta con simplemente “minimizar” el impacto ambiental –debemos reducirlo rápidamente hasta unos límites seguros.

Esto nos deja con la pregunta: ¿es posible el desacoplamiento absoluto? Y, en tal caso, ¿es posible llevarlo a cabo a un ritmo suficientemente rápido como para volver a situarse dentro de los límites planetarios y mantenerse en ellos? Ninguno de los tres informes sobre crecimiento verde ofrece ninguna evidencia de que así sea. Sin embargo, desde la Conferencia Río+ 20, han aparecido diversos estudios clave que arrojan nueva luz sobre esta cuestión. Esbozamos los descubrimientos de esta literatura empírica en los siguientes párrafos, analizando sucesivamente los dos principales aspectos del desacoplamiento –uso de recursos y emisiones de carbono-,1 antes de discutir sus implicaciones teóricas y políticas.

Uso de recursos: ¿es posible el desacoplamiento absoluto?

La forma convencional de medir el uso de recursos de una economía es el “consumo material nacional” (CMN)[k], que es el peso total de materias primas (biomasa, minerales, metales y combustibles fósiles) extraído del territorio nacional, más todas las importaciones físicas menos todas las exportaciones físicas. Si bien el CMN no es un indicador directo de la presión ecológica, es una aproximación arraigada y ampliamente usada en la literatura política y presenta unos sólidos fundamentos empíricos para cumplir este propósito (Krausmann et al. 2009, p. 2703). Van der Voet et al. (2004) descubrieron que aunque los flujos masivos de materiales individuales no son indicativos de sus impactos ecológicos y aunque los impactos varían a medida que las tecnologías cambian, en conjunto hay un alto grado de correlación (0,73) entre la producción[l] material y los impactos ecológicos.

Para poner medir la relación entre el PIB y el uso de recursos, muchos gobiernos han adoptado la práctica de dividir el PIB por el CMN. Esto da una idea de la “eficiencia del uso de recursos” en una economía. Si el PIB crece más rápido que el CMN (desacoplamiento relativo), la economía se está haciendo más eficiente en el uso de recursos. El cociente PIB/CMN es usado por la Unión Europea para evaluar el avance hacia un crecimiento verde. Es también la medida principal usada en el informe anual de la OCDE Green Growth Indicators.

Según esta forma de medirlo, parece que muchas naciones han conseguido un desacoplamiento relativo, con el PIB creciendo a un ritmo mayor que el CMN. En la edición del 2017 de Green Growth Indicators, la OCDE llegaba a la conclusión de que “la productividad material ha mejorado en algunos países de la OCDE” (45). El informe también indica que las naciones europeas de la OCDE han alcanzado el desacoplamiento absoluto, con un PIB que crece a la vez que el CMN se reduce. El consumo material no energético en la OCDE descendió de 12 toneladas per cápita en el 2000 a 10 toneladas per cápita en el 2015, con una tendencia a la baja que comenzó tras la crisis financiera del 2008 (debería señalarse, sin embargo, que la versión del CMN de la OCDE no  incluye los combustibles fósiles; ésta no es una práctica normal en la literatura acerca de los flujos materiales). Estos datos son la clave de las narrativas optimistas del crecimiento verde y apuntalan la noción popular de que hemos alcanzado el “pico material” (p.ej. Goodall, 2011, Pearce, 2012).

No obstante, el CMN es un indicador problemático, ya que no incluye el impacto material que implican la producción y el transporte de mercancías importadas (Wiedmann et al. 2015, Gutowski et al. 2017). En una economía globalizada, en la cual los países ricos han desplazado gran parte de su producción a países más pobres, este aspecto del consumo material ha sido eliminado de su hoja de balance. Si volvemos a incluirlo, observando el impacto total del consumo de recursos por parte de cualquier nación (a lo que Wiedmann et al. se refieren como “huella material” o HM[m]), la imagen cambia. Wiedmann et al. muestran que si bien los EE.UU., el Reino Unido, Japón, la OCDE y la EU-27 han alcanzado un desacoplamiento relativo del PIB respecto del CMN (incluyendo los combustibles fósiles), la huella material ha estado creciendo a un ritmo igual o mayor que el PIB, lo cual sugiere que no se ha producido ningún  desacoplamiento; de hecho, en la mayoría de los casos lo que ha ocurrido es un reacoplamiento[n] (véase la Figura 1). El Green Growth Indicators de la OCDE reconoce en parte este problema, afirmando que “el avance es moderado cuando se consideran los flujos indirectos relativos al comercio”. Sin embargo, el informe no ofrece ningún dato sobre los flujos indirectos; y los datos disponibles sugieren que el avance no ha sido moderado sino negativo.

Según Wiedmann et al. (2015), los únicos casos significativos de desacoplamiento relativo del PIB respecto de la huella material han sido China, la India y Sudáfrica. Sudáfrica es el caso más notable de los tres, con un crecimiento cercano a cero en la huella material desde 1990, aunque sin ninguna evidencia de desacoplamiento absoluto sostenido.

A escala global, el uso de recursos ha estado creciendo siguiendo una trayectoria fija. Krausmann et al. (2009) muestran que la extracción y el consumo globales de materiales (incluidos los combustibles fósiles) se multiplicó por 8 durante el periodo comprendido entre los años 1900 y 2005, alcanzando los 59.000 millones[o] de toneladas[p] al año y creciendo a unos ritmos anuales de entre el 1 por ciento y el 4 por ciento. Giljum et al. (2014) descubrieron que el consumo global creció un 93,4 por ciento entre los años 1980 y 2009, a un ritmo medio del 2,4 por ciento al año, hasta alcanzar un total de 67.600 millones de toneladas[q].2 Materialflows.net (2015), que es dirigida por la Universidad de Ciencias Económicas y Empresariales de Viena, ofrece datos para el periodo comprendido entre los años 1980 y 2013 y muestra que la huella material global creció un 132 por ciento, a un ritmo medio de un 2,5 por ciento al año, hasta alcanzar casi 85.000 millones de toneladas[r] (Figura 2(a)).

 

Figura 1. Tendencias del uso de materiales para la EU-27, la OCDE y los EE.UU., 1990–2008. Fuente: Wiedmann et al. (2015).

 

¿Cuál es la relación entre el PIB global y el uso de recursos? Krausmann et al. (2009) muestran que durante el siglo XX el PIB creció a un ritmo más rápido (3 por ciento al año) que el uso de recursos (2 por ciento al año). Esto representa un desacoplamiento o desmaterialización relativos del crecimiento del PIB, a un ritmo de aproximadamente un 1 por ciento al año. Sin embargo, esto cambió en el siglo XXI: el ritmo del crecimiento  del consumo global aumentó entre los años 2000 y 2005, a una media de un 3,7 por ciento al año. Dado que esto iguala o supera la tasa de crecimiento del PIB, no se logró ningún desacoplamiento. También Giljum et al. (2014) descubrieron que el ritmo de crecimiento del consumo global se aceleró en el siglo XXI, a una media de un 3,4 por ciento al año entre los años 2000 y 2009; de nuevo, no se logró ningún desacoplamiento. Los datos globales de Wiedmann muestran una tendencia similar. Materialflows.net (2015) muestra un periodo de crecimiento moderado de la huella material global entre los años 1980 y 2002, a un 1,78 por ciento al año. Dado que éste fue más lento que la tasa de crecimiento del PIB, se logró cierto desacoplamiento relativo. Sin embargo, la década final que va desde el año 2002 al año 2013 muestra una aceleración del uso global de materiales, a un 3,85 por ciento al año.3 El uso global de materiales aumentó más rápidamente que el PIB durante esta década. En otras palabras, en el siglo XXI la intensidad material de la economía mundial ha estado incrementándose, no decreciendo. Los autores afirman: “Hoy en día, la economía mundial sigue por tanto una vía de rematerialización y está lejos de cualquier desacoplamiento –ni siquiera relativo-”. (Figura 2(b)).

  

Figura 2. (a) Huella material global, 1970–2013; (b) Cambio en la huella material global comparado con el cambio en el PIB global (tomando como constante el valor del dólar estadounidense en el 2010[s]), 1990–2013. Fuente: Materialflows.net/Banco Mundial.

 

En resumen: las tendencias históricas globales muestran un desacoplamiento relativo pero no muestran ninguna evidencia de desacoplamiento absoluto, y las tendencias del siglo XXI no indican una eficiencia mayor sino más bien una eficiencia menor, produciéndose incluso un reacoplamiento. Por supuesto, potencialmente las trayectorias futuras podrían romper con estas tendencias si cambiásemos la composición y la tecnología de la economía global (Grossman y Krueger 1995). ¿Qué es lo que dicen los datos acerca de los pronósticos para el futuro?

Una posibilidad teórica es que la intensidad del consumo de recursos disminuya a medida que las economías vayan desplazándose desde de la manufacturación a los servicios. Sin embargo, los datos históricos no apoyan esta teoría. La proporción del PIB mundial que constituyen los servicios ha crecido desde un 63 por ciento en 1997 a 69 por ciento en el 2015, según datos del Banco Mundial. No obstante, durante este mismo periodo el uso global de materiales se ha acelerado, superando el crecimiento del PIB. Lo mismo sucede con las naciones que tienen ingresos elevados. Los servicios representan el 74 por ciento del PIB en las naciones con ingresos elevados (creciendo a partir de un 69 por ciento en 1997), pero el CMN no ha disminuido y el crecimiento de la huella material está superando al del PIB. Esto puede ser debido a que los servicios requieren intensos aportes de recursos (en otras palabras, los servicios incorporan cantidades significativas de materiales) o porque los ingresos obtenidos de vender servicios son usados para comprar bienes de consumo que requieren un uso intenso de recursos (Kallis 2017). Otra posibilidad es que la intensidad del consumo de recursos de los sectores primario y secundario se haya incrementado hasta tal punto que supera cualquier ganancia derivada del desplazamiento hacia los servicios. Sea cual sea la causa, no hay evidencia histórica de que un desplazamiento hacia los servicios, en sí mismo y por sí mismo, vaya a reducir la producción[t] material de la economía global.

Otra posibilidad teórica que se suele plantear es que la innovación tecnológica y las políticas gubernamentales podrían traer el desacoplamiento en el futuro. Ésta es la asunción sugerida por los informes sobre el crecimiento verde del Banco Mundial, la OCDE y el PANU. Que sepamos, hay tres estudios principales que examinan esta posibilidad a escala global. Discutiremos sus descubrimientos a continuación.

Dittrich et al. (2012) muestran que en el escenario basado en “seguir actuando como hasta ahora”[u] (escenario BAU[v]) el uso de materiales aumentará desde 68.000 millones de toneladas[w] en 2008 a 180.000 millones de toneladas[x] en el 2050. Este escenario asume que las economías globales del Sur crecerán hasta un punto en que el consumo medio global per cápita en el 2030 igualará al consumo per cápita de la OCDE en el 2008. Dittrich et al. llegan a la conclusión de que este nivel de uso de recursos “no es una opción para el futuro”. Por su parte, su escenario optimista asume (a) un crecimiento de la población medio; (b) que todos los países llevarán a cabo las mejores prácticas en lo que respecta a la eficiencia en el uso de recursos; y (c) que la reducción del consumo de un material no requerirá un consumo mayor de otro. En este escenario, el uso de recursos alcanzará los 93.000 millones de toneladas[y] en el 2050. Esto representa un desacoplamiento relativo, pero no una reducción absoluta del uso de materiales.

En un segundo estudio, Schandl et al. (2016) usan un modelo basado en un crecimiento anual medio del PIB global del 3 por ciento y exploran tres escenarios entre los años 2010 y 2050. El escenario de referencia, sin cambios significativos en las políticas medioambientales, muestra que el uso global de recursos crecerá desde 79.400 millones de toneladas[z] en el 2010 a 183.000 millones de toneladas[aa]  en el 2050 (resultado similar al del pronóstico de Dittrich et al.), con un ligero desacoplamiento relativo. El escenario de “eficiencia intermedia”, con un precio del carbono de 25$ por tonelada de CO2 (aumentando un 4 por ciento al año), muestra que el uso global de recursos aún crecerá de forma constante en dicho periodo, pero a un ritmo que será aproximadamente la mitad del ritmo de crecimiento del PIB, alcanzando 130.000 millones de toneladas[bb] en el 2050. El escenario de “eficiencia elevada”, que comienza con un precio del carbono de 50$ (aumentando un 4 por ciento al año hasta llegar a 36$ en el 2050) además de doblar la eficiencia material de la economía (desde mejoras históricas de un 1,5 por ciento al año hasta un 4,5 por ciento al año), muestra que el uso global de recursos  aún seguirá creciendo de forma constante, pero aproximadamente a un cuarto del ritmo de crecimiento del PIB global, alcanzando los 95.000 millones de toneladas[cc] en el 2050 (de nuevo, los resultados son similares a los Dittrich et al.).

Es importante señalar que la tasa de mejora de la eficiencia material que Schandl et al. asumen (a saber, un 4.5 por ciento al año) carece de base empírica. No aportan ninguna evidencia de que sea posible mantener un ritmo tan rápido. Sin embargo, incluso con esta asunción optimista, Schandl et al. llegan a la siguiente conclusión: “Nuestra investigación muestra que si bien puede lograrse cierto desacoplamiento relativo en algunos escenarios, ninguno llevará a una reducción absoluta de … la huella material”.

Por último, el PANU ha desarrollado un modelo que explora cuatro escenarios futuros diferentes, que son discutidos en su informe del Assessing Global Resource Use (PANU 2017a, pp. 42–45). Su escenario de referencia, extrapolando a partir de las tendencias existentes, muestra que el uso global de recursos crecerá de forma constante desde 85.000 millones de toneladas en el 2015 hasta 186.000 millones de toneladas en el 2015 (resultado similar a los de Dittrich et al. y Schandle et al.). Su escenario de alta eficiencia, por el contrario, incluye rigurosas medidas políticas: (a) un precio global del carbono de 5$ por tonelada de CO2 en el 2021, aumentando un 18,1 por ciento al año hasta alcanzar 573$ en el 2050; (b) innovación tecnológica que mejore la eficiencia en el uso de recursos; (c) un impuesto a la extracción de recursos que aumente el precio de los recursos naturales en relación a otros aportes; y (d) cambios progresivos en las regulaciones, la planificación y el aprovisionamiento gubernamentales (para conocer al completo los detalles del modelo véase PANU 2017b, p. 287 ff). El escenario de elevada eficiencia predice que el uso global de recursos aumentará hasta 132.000 millones de toneladas[dd] en el 2050. Si bien se alcanza cierto desacoplamiento relativo, no existe una reducción absoluta del uso de recursos.              

Los pronósticos del PANU son significativamente peores que lo que Dittrich et al. o Schandl et al. predicen. Los autores del modelo, Ekins y Hughes, dicen que esto es debido a que su modelo ha incorporado el “efecto rebote” (PANU 2017a, 106 ff.). El efecto rebote anula algunas de las mejoras de la eficiencia en el uso de recursos. Esto sucede porque dichas mejoras reducen los costes de una mercancía o un servicio, liberando ingresos e incrementando la demanda efectiva (véase Herring y Sorrell 2009 para un repaso de la literatura al respecto). A la luz de estos descubrimientos, el PANU reconoce que las mejoras en la eficiencia del uso de recursos no serán suficientes, en sí mismas ni por sí mismas, para alcanzar la sostenibilidad, ni el crecimiento verde. “La eficiencia en el uso de recursos no es suficiente. Los aumentos de productividad en el actual sistema de producción lineal conducirán muy probablemente a un aumento de la demanda material a través de una combinación de crecimiento económico y efectos rebote” (12). En su lugar, el informe reconoce que hace falta otra cosa. Sugieren más investigación acerca de los principios de una economía circular: “un desplazamiento desde los flujos materiales lineales hacia flujos materiales circulares mediante una combinación de ciclos de vida extendidos, un diseño inteligente de productos y la estandarización, la reutilización y la refabricación” (12). Mejorar la circularidad podría reducir el impacto ecológico de la producción[ee] material, pero solamente una pequeña parte de la producción[ff] total tiene potencial circular. El 44 por ciento de la producción lo constituyen los aportes de alimentos y energía, que son irreversiblemente degradados, y el 27 por ciento lo constituye la adición neta a la construcción de edificios e infraestructuras (Haas et al. 2015).

Estos modelos sugieren que el desacoplamiento absoluto no es factible a escala global en el contexto de un crecimiento económico continuado. Sin embargo, son estudios globales. Se podría objetar que, cuando se trata de evaluar la cuestión de si el crecimiento verde es posible, hay que mirar qué es en concreto lo que las naciones con altos ingresos podrían ser capaces de lograr, dada su mayor capacidad de desarrollo tecnológico. Hatfield-Dodds et al. (2015) han modelado una serie de escenarios para Australia desde el 2015 al 2050, con resultados que han sido ampliamente citados en apoyo de la teoría del crecimiento verde. Su escenario más optimista asume un alto grado de aumento de la eficiencia políticamente promovido, con un descenso del 70 por ciento en la intensidad del uso de materiales. Los autores consideran que “un sustancial desacoplamiento económico y físico es posible”, con un aumento del PIB a un ritmo medio de un 2,41 por ciento al año “a medida que las correspondientes presiones medioambientales (emisiones de gases de efecto invernadero, estrés hídrico, pérdida de hábitats nativos) se reducen”. El modelo sugiere que esto puede ser llevado a cabo sin externalizar el impacto medioambiental a otros países.

Sin embargo, Hatfield-Dodds et al. han recibido críticas a causa de este modelo. Primero, no ofrecen ninguna prueba para su asunción de que un descenso de un 70 por ciento en la intensidad del uso de materiales es posible. Alexander et al. (2018) han señalado que esta tasa de mejora de la eficiencia carece de base y es irrealista. De hecho, el Departamento Australiano de Economía Agrícola (DAEA[gg] 2008) informa de que en el futuro la eficiencia muy probablemente mejorará sólo entre un 0,2 y un 0,5 por ciento al año –como mucho un octavo de la tasa que Hatfield-Dodds asumen. Segundo, incluso si un descenso del 70 por ciento en la intensidad del consumo material fuese posible, parece que cualquier reducción del uso de recursos resultante sólo se produciría para el corto plazo. El escenario optimista del modelo de Hatfield-Dodds et al. muestra que el uso de materiales decrece a partir del 2015 hasta el 2040, pero después comienza a aumentar de nuevo.

Ward et al. (2016) han puesto a prueba el modelo de Hatfield-Dodds para un periodo más largo, hasta el 2100. Asumen una caída en la intensidad del uso de materiales en el 2050 que será un 50 por ciento mayor que la que proponen Hatfield-Dodds et al., para que sea un escenario aún más optimista. Han descubierto que la extracción de materiales desciende hasta el 2050 (desvinculándose a una tasa media de alrededor del 4 por ciento al año) pero entonces se estabilizará y luego crecerá de forma continuada, de modo que  el 2100 el uso de materiales será entre un 20 por ciento y un 60 por ciento más alto de lo que era inicialmente en el 2015. Si bien el desacoplamiento absoluto respecto de la extracción de materiales es alcanzado en el corto plazo, para un plazo más largo la extracción de materiales aumenta un 2,16 por ciento al año, equiparándose casi a la tasa de crecimiento del PIB.  Nótese que el indicador “extracción de materiales” es diferente tanto del CMN como de la huella material, ya que no incluye las importaciones; los valores del CMN y la huella material para Australia serían significativamente mayores (Figura 3).

Ward et al. (2016) explican que este resurgimiento de la extracción de materiales ocurre porque la eficiencia en el uso de los recursos no puede mejorar ilimitadamente, ya que al final acaba chocando con unos límites físicos. Afirman:  

Para recursos no sustituibles tales como las tierras, el agua, las materias primas y la energía, consideramos que aunque el aumento de la eficiencia puede ser posible, hay unos requisitos mínimos que en último término vienen dictados por los hechos físicos:  por ejemplo el límite fotosintético para la productividad vegetal y la eficacia máxima de conversión trófica para la producción animal dictan el mínimo de tierra que se precisa para la producción[hh] agrícola; los límites fisiológicos para la eficacia del uso del agua por parte de los cultivos dictan el uso mínimo de agua en la agricultura; y los límites superiores de las eficacias energética y material dictan la cantidad mínima de recursos necesaria para la producción[ii] económica.

A medida que los límites físicos de la eficiencia en el uso de recursos se van alcanzando, el crecimiento continuo del PIB hace que el uso de recursos aumente de nuevo. Ward et al. llegan a la conclusión de que “el desacoplamiento del crecimiento del PIB  respecto del uso de recursos, tanto si es relativo como si es absoluto, en el mejor de los casos es sólo temporal. El desacoplamiento permanente (absoluto o relativo) es imposible para recursos esenciales no sustituibles ya que los aumentos de la eficiencia están sujetos en última instancia a unos límites físicos. Al final, el crecimiento del PIB no puede ser fehacientemente desacoplado respecto del crecimiento del uso de energía y materiales, demostrando de manera categórica que el crecimiento del PIB no puede sostenerse indefinidamente. Es por tanto engañoso desarrollar políticas orientadas al crecimiento basándose en la esperanza de que el desacoplamiento es posible”.

 

 

Figura 3. Previsiones para la extracción de materiales en Australia con unas condiciones muy optimistas, 2015–2100. Los puntos verdes representan la previsión de Hatfield-Dodds hasta el 2050. Fuente: Ward et al. (2016).

 

Conclusiones y discusión

Los datos empíricos sugieren que el desacoplamiento absoluto del PIB respecto del uso de recursos (a) puede ser posible para el corto plazo en ciertas naciones ricas con unas rigurosas políticas de reducción, pero sólo asumiendo unas mejoras teóricas en la eficiencia que pueden ser imposibles de lograr en la realidad; (b) no es factible a escala global, incluso en las condiciones políticas de los escenarios de los mejores casos; y (c) es físicamente imposible de mantener a largo plazo. En vista de estos datos, podemos extraer la conclusión de que la teoría del crecimiento verde –en lo referente al uso de recursos- carece de sostén empírico. No sabemos de ningún modelo empírico creíble que contradiga esta conclusión. No obstante, existen tres contrapuntos a considerar:

Primero, esta conclusión es sensible a la tasa de crecimiento del PIB que se tome como referencia. Los estudios citados más arriba prevén un crecimiento de entre un 2 y un 3 por ciento al año. A medida que la tasa de crecimiento se aproxima a cero, el desacoplamiento absoluto se va volviendo más factible y es probable que dure más tiempo. Sería razonable esperar que el crecimiento verde pudiese ser alcanzado con tasas de crecimiento del PIB muy bajas, es decir, de menos del 1 por ciento al año –un ritmo significativamente menor que el de las tendencias históricas y las trayectorias previstas.4

Segundo, los estudios citados más arriba se basan en la relación existente entre el PIB y la producción[jj] material. Son modelos del impacto de variables conocidas, tales como las mejoras en la eficiencia, la innovación tecnológica, los impuestos, el desplazamiento hacia los servicios, etc. Sin embargo, se podría objetar que es teóricamente posible romper completamente la relación existente entre el PIB y la producción[kk] material. En la penúltima sección de este artículo reflexionamos acerca de esto.

Tercero, se podría objetar que el indicador de la huella material total oculta la posibilidad de desplazarse desde el uso de recursos con un impacto elevado al uso de recursos con un impacto reducido. Es cierto que diferentes materiales tienen diferentes impactos y que los materiales renovables y los no renovables tienen diferentes tipos de umbrales de sostenibilidad, pero la medida conjunta es, de todos modos, considerada  como una aproximación útil ya que todas las categorías materiales constituyentes exhiben más o menos las mismas tendencias que el total (es decir, todas ellas aumentan con el crecimiento del PIB). Y, dado que todos los materiales tienen algún impacto, el crecimiento indefinido de cualquier categoría material no es compatible con los principios ecológicos.

Es importante señalar que el estándar de crecimiento verde que hemos usado más arriba es conservador, puesto que considera como verde cualquier reducción del uso anual de recursos, por pequeña que sea. La literatura académica sobre el uso de recursos es significativamente más estricta que esto. El consenso emergente considera que es necesario reducir  la huella material global a 50.000 millones de toneladas[ll] al año para que sea compatible con la ecología del planeta (Dittrich et al., 2012, Hoekstra y Wiedmann 2014, PANU 2014, Bringezu 2015). Bringezu (2015) va aún más lejos y sugiere que es necesario que esta reducción se produzca antes del 2050. Por supuesto, hay razones para ser escépticos acerca de objetivos globales como éste, porque combinan materiales renovables y no renovables que deberían ser tratados de forma separada y porque los impactos del uso de materiales son localmente concretos y los umbrales deberían ajustarse a los ecosistemas locales (salvo en el caso de los combustibles fósiles y de la extracción de biomasa terrestre, que afectan a las emisiones de gases de efecto invernadero). Aun así, la literatura deja claro que es necesario que la huella material se reduzca significativamente respecto a los niveles actuales. En otras palabras, para ser verdaderamente verde, el crecimiento verde no requiere simplemente cualquier grado de desacoplamiento absoluto, sino un desacoplamiento absoluto que sea lo suficientemente rápido como para cumplir con los objetivos ecológicos.

Emisiones de carbono: ¿Es el crecimiento compatible con el Acuerdo de París?

A diferencia de lo que sucede con el uso de recursos, hay una tendencia constante a largo plazo hacia un desacoplamiento relativo del PIB respecto de las emisiones de carbono, y sabemos que es posible conseguir reducciones absolutas en las emisiones de carbono. En lo que respecta al cambio climático, sin embargo, el objetivo no es simplemente reducir las emisiones (cuestión de flujos), sino evitar que las emisiones totales excedan presupuestos de carbono concretos (cuestión de cantidades acumuladas). Por consiguiente, en lo referente a la teoría del crecimiento verde, la cuestión no es sólo si podemos alcanzar el desacoplamiento absoluto y reducir las emisiones, sino si podemos reducirlas lo suficientemente rápido como para mantenernos dentro de los presupuestos de carbono para 1.5°C ó 2°C, de acuerdo con el Acuerdo de París, y aun así seguir con el crecimiento económico.

Unos cuantos países con elevados ingresos han visto decrecer sus emisiones en del siglo XXI, a pesar de su crecimiento económico continuo. La figura 4(a) muestra el descenso de las emisiones en los EE.UU. y la EU28, tanto a nivel territorial como en lo que respecta al consumo, desde el 2006 al 2016 (es decir, un desacoplamiento absoluto). De todos modos, las emisiones del Sur global siguieron aumentando, aunque a un ritmo menor que el PIB (es decir, un desacoplamiento relativo). Las emisiones de China descendieron ligeramente entre los años 2014 y 2016 (un breve periodo de desacoplamiento absoluto), antes de volver a crecer en el 2017.

A nivel global, las emisiones de CO2 han aumentado de forma constante, decreciendo sólo durante los periodos de recesión económica (Figura 4(b)). Las emisiones globales se estabilizaron en el 2015 y 2016 mientras el PIB siguió creciendo, haciendo que la Agencia Internacional de la Energía, una rama de la OCDE dedicada a la investigación, anunciase que “Se ha confirmado el desacoplamiento de las emisiones globales respecto del crecimiento económico” (IEA 2016), mientras los titulares mediáticos celebraban el “pico de emisiones” (Meyer 2016). Estas noticias pasaron a constituir un elemento clave de las narrativas optimistas sobre el crecimiento verde durante un breve espacio de tiempo, hasta que las emisiones globales comenzaron a crecer de nuevo en el 2017 (un 1,6 por ciento) y el 2018 (un 2,7 por ciento). Los analistas atribuyen el parón temporal a un desplazamiento en China desde el carbón hacia (sobre todo) el petróleo y el gas y a un desplazamiento de los EE.UU hacia el gas.5 Una vez completados estos desplazamientos, el crecimiento económico continuado hizo que las emisiones aumentasen de nuevo.   

En conjunto, la productividad global del carbono ha estado decreciendo. Los datos del banco Mundial  muestran que la productividad del carbono (CO2 por PIB medido en dólares estadounidenses del 2010[mm]) mejoró de forma continua a partir de 1960 hasta el 2000, con la descarbonización produciéndose a un ritmo medio de un 1,28 por ciento   al año (desacoplamiento relativo). Sin embargo, a partir del 2000 y hasta el 2014 no hubo ninguna mejora de la productividad del carbono –en otras palabras, no se ha logrado un desacoplamiento, ni siquiera relativo, en el siglo XXI.6  A las naciones con ingresos elevados, les ha ido mejor, al menos en términos de emisiones territoriales (el Banco Mundial no analiza la trayectoria de las emisiones basadas en el consumo), pero incluso así, el avance se ha ralentizado, ha bajado de un ritmo medio del 1,9 por ciento al año entre los años 1970 y 2000 al 1,61 por ciento al año entre el 2000 y el 2014.

Las tendencias actuales son incompatibles con los objetivos del Acuerdo de París. De seguir todo como hasta ahora (escenario BAU) se habrá producido un calentamiento de 4,2°C (de 2,5°C a 5,5°C) en el 2100. Incluso con las Contribuciones Nacionalmente Determinadas y las Contribuciones Nacionalmente Determinadas Prometidas en el Acuerdo de París, se prevé que el calentamiento global alcance 3,3°C (entre 1,9°C y 4,4°C) –una mejora respecto al escenario BAU, pero que aún excede con mucho los umbrales de 1.5°C y 2°C.7 Para mantener el calentamiento por debajo de estos umbrales, el mundo tendrá que llevar a cabo unas reducciones de emisiones mucho más agresivas.

 

Figura 4. (a) Emisiones de CO2 territoriales y de consumo anuales para ciertas regiones seleccionadas, 1990–2016; (b) Emisiones globales de CO2, 1960–2018. Fuente: Presupuesto Global de Carbono[nn] (2018).

 

El Quinto Informe de Evaluación (IE5)[oo] del PICC[pp] incluye 116 escenarios de mitigación que son consecuentes con la Vía de la Concentración Representativa 2.6 (VCR2.6)[qq], la cual ofrece las mejores oportunidades de mantenerse por debajo de los 2°C. Todos estos escenarios son escenarios de crecimiento verde en el sentido de que estabilizan las temperaturas globales a la vez que el PIB global sigue creciendo. El PIB creciente es una característica incorporada de las Vías Socioeconómicas Compartidas (VSCs)[rr], que constituyen la base de los escenarios de mitigación del PICC (Kuhnhenn 2018). El IE5 advierte, sin embargo, de que estos escenarios “implican una saturación temporal de las concentraciones atmosféricas” y que “por regla general se basan en la disponibilidad y la utilización generalizada de la bioenergía con captura y almacenamiento de carbono (BECAC)[ss]” (2014, p. 23). De hecho, la inmensa mayoría de los escenarios para 2°C (101 de los 116) se basan tanto en la BECAC que alcanzan emisiones negativas.8 La BECAC supone cultivar grandes plantaciones de árboles para secuestrar CO2 de la atmósfera, cosechar la biomasa, quemarla para obtener energía, capturar las emisiones de CO2 en su fuente y almacenarlo bajo tierra. Confiar en estas “tecnologías de emisiones negativas” permite un presupuesto de carbono mucho mayor (cerca del doble del tamaño real) al asumir que podremos reducir con éxito el carbono atmosférico global en la segunda mitad de este siglo.

La BECAC ha generado mucha controversia entre los científicos del clima. Obersteiner et al. (2001) y Keith (2001) la propusieron por primera vez a principios del siglo XXI. Los equipos encargados de crear los modelos del PICC comenzaron a incluirla en sus escenarios a partir del 2005, a pesar de que no había ninguna evidencia firme de su viabilidad. Con la publicación del IE5, la BECAC se consagró como la asunción dominante. Obersteiner ha expresado alarma por la rápida aceptación de su idea; considera que la BECAC es lo que él llama una “estrategia de gestión de riesgos” o una “tecnología de respaldo” en caso de que los bucles de retroalimentación climática resulten ser peores de lo esperado, y dice que el PICC ha hecho un “mal uso” de ella al incluirla en escenarios regulares para quitar presión de las vías de mitigación convencionales (es decir, de las reducciones de emisiones) (Hickman 2016). En la formulación inicial de Keith (2001) de la idea, éste señalaba que si bien “el uso comedido” de la biomasa podría ayudar a mitigar los problemas medioambientales, “el uso a gran escala de biomasa cultivada no podrá hacerlo”.

Anderson y Peters (2016) señalan que el “atractivo” de la BECAC es debido al hecho de que permite a los políticos posponer la necesidad de reducir rápidamente las emisiones: “La BECAC permite seguir con la combustión de combustibles fósiles y a la vez cumplir aparentemente los Compromisos de París”. Hay varias preocupaciones. Primero, la viabilidad. No se ha comprobado nunca que la generación de electricidad mediante CAC[tt] sea económicamente viable o aplicable a gran escala; requeriría la construcción de 15.000 instalaciones (Peters 2017). Segundo, la escala de la biomasa asumida en los escenarios del IE5 requeriría plantaciones que cubrirían un área de entre dos y tres veces el tamaño de la India, lo cual plantea dudas acerca de la disponibilidad de terreno, de la competencia con la producción de alimentos, de la neutralidad de carbono y de la pérdida de biodiversidad (Smith et al. 2016; Heck et al. 2018). Tercero, la capacidad de almacenamiento necesaria puede que no exista (De Coninck y Benson 2014, Instituto de la CAC Global[uu] 2015). Anderson y Peters llegan a la conclusión de que “la BECAC por tanto sigue siendo una tecnología altamente especulativa” y que confiar en ella es por consiguiente “una apuesta injusta y muy arriesgada”: si no tiene éxito, “la sociedad se verá atrapada en una vía de temperaturas elevadas”. Esta conclusión es compartida por un número creciente de científicos (p.ej. Fuss et al. 2014, Vaughan y Gough, 2016, Larkin et al. 2017 y Van Vuuren et al. 2017) y por el Concejo Asesor de Ciencia de las Academias Europeas[vv] (2018).

No está claro que podamos justificar la confianza en la BECAC, una tecnología no probada, para respaldar la teoría del crecimiento verde. Si aceptamos esta objeción, entonces debemos volver a preguntarnos si es posible mantener el crecimiento sin depender de la BECAC para mantenernos dentro de unos presupuestos de carbono consecuentes con el Acuerdo de París. Sin la BECAC, las emisiones globales necesitan reducirse a cero en el 2050 para 1.5°C, o en el 2075 para 2°C.9 Esto supone unas reducciones del 6,8 por ciento y del 4 por ciento al año, respectivamente (Figure 5). En teoría, esto puede lograrse con (a) un rápido desplazamiento a energías 100 por cien renovables para eliminar las emisiones derivadas de la combustión de combustibles fósiles (Jacobson y Delucchi 2011); más (b) una forestación y una regeneración de suelos para eliminar las emisiones derivadas del cambio de uso de la tierra; más (c) un cambio a procesos industriales alternativos para eliminar las emisiones derivadas de la producción de cemento, acero y plástico. La pregunta es, ¿puede lograrse todo esto lo suficientemente rápido?

Sólo 6 de los 116 escenarios para 2°C en el IE5 excluyen la BECAC. Éstos operan asumiendo “una tecnología completamente óptima” en todas las demás áreas, además de una forestación masiva y altos costes de mitigación. Estos escenarios representan vías teóricamente posibles, pero sin ninguna evidencia empírica de su factibilidad.

Los resultados de los estudios empíricos no son prometedores. Schandl et al. (2016) han creado un modelo de lo que podría ser logrado con políticas de mitigación agresiva, sin depender de la BECAC. Su escenario de elevada eficiencia incluye un precio del carbono que comienza en 50$ por tonelada (subiendo un 4 por ciento al año hasta 236$ en el 2050) más la duplicación de la eficiencia material de la economía debida a las innovaciones tecnológicas (mejorando a partir de la media histórica del 1,5 por ciento al año hasta alcanzar un 4,5 por ciento). Schandl et al. no aportan ninguna evidencia de la factibilidad de las mejoras de la eficiencia que asumen. Aun así, los resultados muestran  que, con un crecimiento global del 3 por ciento al año, las emisiones anuales se estabilizarían en el 2050 pero no disminuirían. En este escenario, el crecimiento de la demanda de energía aventaja a la tasa de descarbonización, incumpliendo los presupuestos de carbono para 1,5ºC y 2ºC.

La Asociación Internacional para la Energía Renovable (AIER[ww] 2018) ha modelado un escenario para un crecimiento continuo del PIB compatible con los 2ºC gracias a asumir un desplazamiento rápido hacia la energía (coincidente con Jacobson y Delucchi 2011). El escenario requiere añadir 12.000 GW de capacidad solar y eólica antes del 2050, con un incremento dramático en los ritmos de instalación (de 2,3 a 4,6 veces más rápido que el actual).10 El escenario también requiere que la intensidad del consumo de energía de la economía global se reduzca en dos tercios (alrededor de un 2,8 por ciento al año; el doble de la tasa histórica), haciendo descender la demanda de energía en el 2050 a un poco menos que la del 2015.11 Esto es factible ya que la propia transición a la eólica y la solar mejora la eficiencia energética (Jacobson y Delucchi 2011).12 Aun así, incluso este escenario optimista logra solamente el 90 por ciento de las reducciones de las emisiones necesarias para 2ºC (muy probablemente porque no presta atención a las emisiones procedentes del cambio de uso de la tierra y de la producción de cemento). El modelo confía en la tecnología de emisiones negativas para cubrir la mayor parte del resto de reducciones. 

 

Figura 5. Curvas de mitigación de CO2 para 1,5°C y 2°C. Fuente: Presupuesto Global de Carbono (2018).

Van Vuuren et al. (2018) consideran “vías alternativas” para cumplir los objetivos del Acuerdo de París sin depender del uso generalizado de tecnologías de emisiones negativas. Han hecho un modelo para un PIB creciente acorde con la VSC2[xx]. Además de un impuesto al carbono y otras estrategias de mitigación agresivas, su escenario optimista incluye las siguentes condiciones: la población  global  alcanza su máximo con 8.400 millones en el 2100; el consumo de carne desciende un 80 por ciento para el 2050; todos los automóviles y aviones nuevos son eficientes a partir del 2025; el mundo adopta las tecnologías más eficientes para la producción de acero y cemento; etc. Incluso incluyendo estas asunciones enormemente optimistas, descubren que las presiones del crecimiento continuo harán que las emisiones excedan los presupuestos de carbono para 1,5ºC y 2ºC, sin tecnologías de emisiones negativas.  

Otro modo de enfocar esta cuestión es mirando los ritmos de desacoplamiento previstos. Si asumimos que el PIB global continúa creciendo a un 3 por ciento al año (la media de los años 2010 a 2014), entonces el desacoplamiento deberá ocurrir a un ritmo del 10,5 por ciento al año para 1,5ºC, o del 6,4 por ciento al año para 2ºC. Ambos objetivos van más allá de lo que los modelos empíricos existentes indican como factible. El modelo de Schandl et al. indica que el desacoplamiento puede ocurrir a un ritmo de como mucho un 3 por ciento al año asumiendo unas condiciones optimistas. Otros modelos llegan a conclusiones similares. Antes de adoptar asunciones basadas en la BECAC, el PICC (2000) preveía un desacoplamiento de un 3,3 por ciento al año en el escenario del mejor de los casos. La herramienta C-ROADS (desarrollada por Climate Interactive y la Escuela Sloan del MIT) prevé un desacoplamiento de, como mucho, un 4 por ciento al año bajo las políticas de reducción más agresivas: unas elevadas subvenciones para las renovables y la energía nuclear, más unos impuestos altos para el petróleo, el gas y el carbón. Todos estos resultados no llegan al ritmo de desacoplamiento que debe lograrse si la economía global continúa creciendo al ritmo esperado. Holz et al. (2018) han descubierto que, si descartamos el uso generalizado de tecnologías de emisiones negativas, el ritmo de descarbonización requerido para cumplir el Acuerdo de París está “muy por encima de lo que actualmente se considera alcanzable, basándonos en la evidencia histórica y los modelos estándar”.

El reto es incluso más difícil para las naciones ricas. Anderson y Bows (2011) han creado un modelo de las reducciones de las emisiones necesarias para tener un 50 por ciento de posibilidades de mantenernos por debajo de los 2ºC (una probabilidad más relajada que los dos tercios que la CMNUCC[yy] requiere), sin BECAC. Parten del principio de la “responsabilidad común pero diferenciada”, por el que las naciones ricas (las naciones del Anexo 1) realizan reducciones más agresivas de las emisiones que las naciones pobres, debido a su mayor responsabilidad histórica por las emisiones y a su mayor capacidad de gestionar los costes de la transición. Asumen que las naciones que no figuran en el Anexo 1 retrasan el pico de emisiones hasta el 2025, y a partir de entonces reducen las emisiones un 7 por ciento al año. Reconocen que estas asunciones son extremadamente ambiciosas pero consideran que constituyen el compromiso más factible entre practicidad y equidad. Para mantenerse dentro del presupuesto restante de carbono, las naciones del Anexo 1 necesitan reducir sus emisiones entre un 8 y un 10 por ciento al año, comenzando en el 2015. Este modelo fue desarrollado con datos obtenidos hasta el 2010; dado que el presupuesto de carbono es menor hoy en día, Anderson estima que las naciones del Anexo 1 necesitan reducir las emisiones un 12 por ciento al año.13

Si aceptamos que las naciones del Anexo 1 necesitan alcanzar una reducción de emisiones del 12 por ciento al año y si asumimos que el PIB en las naciones del Anexo 1 sigue creciendo al 1,86 por ciento al año (la media del periodo comprendido entre los años 2010 y 2014), entonces el desacoplamiento deberá producirse a un ritmo del 15,8 por ciento al año.14 Para ponernos en perspectiva, esto es ocho veces más rápido que la tasa histórica de desacoplamiento en las naciones del Anexo 1 (o sea, un 1,9 por ciento al año de 1970 al 2013), y es importante tener en cuenta que el ritmo de desacoplamiento por lo general se ralentizó durante este periodo.15 También excede más de cinco veces el ritmo asumido por la media de las Contribuciones Nacionalmente Determinadas del G20 en el Acuerdo de París (a saber, un 3 por ciento al año).

Hay un modelo empírico que consigue reducir de forma factible las emisiones y es consecuente con el Acuerdo de París, sin depender de tecnologías de emisiones negativas. Publicado por Grubler et al. (2018), fue incluido en el Informe Especial del PICC sobre la subida de 1,5ºC (2018) en respuesta a las crecientes críticas a la confianza en la BECAC mostrada por el PICC. El escenario, conocido como de “Baja Demanda de Energía” (BDE)[zz], logra reducciones de las emisiones compatibles con 1,5ºC mediante la reducción global de la demanda de energía en un 40 por ciento para el 2050. Además de la descarbonización y la forestación, la característica clave de este escenario es que la producción y el consumo materiales globales decrecen significativamente: “El conjunto de la producción[aaa] material total decrece en un 20 por ciento a partir de hoy, un tercio debido a la desmaterialización y dos tercios debidos a las mejoras en la eficiencia del uso de materiales.” La desmaterialización se lograría desplazándose desde la posesión privada de bienes clave (como los automóviles) hacia modelos basados en la compartición. El BDE diferencia entre el Norte y el Sur globales. La actividad industrial decrece un 42 por ciento en el Norte y un 12 en el Sur. Con mejoras en la eficiencia, esto se traduce en un descenso de la demanda industrial de energía del 57 por ciento en el Norte y del 23 por ciento en el Sur.

El escenario BDE prevé un crecimiento del PIB continuo justo por encima del 2 por ciento al año, lo cual haría que fuese consecuente con la teoría del crecimiento verde. Sin embargo, la base empírica para esta tendencia del PIB no es sólida. Procede del modelo MESSAGE-Globium, que calcula el PIB a partir de sólo dos aportes: el suministro del trabajo (el tamaño poblacional y la productividad) y la energía. La baja demanda de energía en el escenario BDE no afecta al crecimiento ya que es compensada por las mejoras en la eficiencia. Dado que el modelo es insensible a los cambios en la producción[bbb] material, las reducciones en la producción y en el consumo no afectan al resultado. El modelo no aporta ninguna prueba de que el PIB vaya a seguir creciendo a pesar de las reducciones. Charlie Wilson, uno de los autores del modelo, ha reconocido que “no consideramos cuestiones más amplias acerca del crecimiento o decrecimiento del PIB y, por esta razón, no informamos explícitamente acerca de las relaciones entre nuestro escenario y los resultados del PIB”.16

Conclusiones y discusión

Los datos empíricos demuestran que si bien el desacoplamiento absoluto del PIB respecto de las emisiones es posible y está ya produciéndose en algunas regiones, es muy poco probable que se produzca lo suficientemente rápido con respecto a los presupuestos de carbono para 1,5ºC y 2ºC en un contexto de crecimiento económico continuo. El crecimiento incrementa la demanda de energía, haciendo más difícil la transición a las energías renovables, y aumenta las emisiones debidas al cambio de uso de las tierras y a los procesos industriales. Los modelos que pronostican un crecimiento verde dentro de las restricciones del Acuerdo de París dependen mucho de tecnologías de emisiones negativas que o bien no han sido probadas o bien son peligrosas a gran escala. Sin estas tecnologías, las tasas de descarbonización requeridas para 1,5ºC ó 2ºC son significativamente más altas de lo que los modelos actuales sugieren que es factible incluso con políticas agresivas de mitigación.

Esta conclusión cambia algo si ajustamos la tasa de crecimiento de referencia. Todos los estudios citados más arriba prevén un crecimiento global del PIB de entre un 2 y un 3 por ciento al año. Un ritmo de crecimiento más bajo requiere una tasa de descarbonización más baja. Un ritmo de crecimiento del 0 por ciento requiere una descarbonización del 6.8 por ciento al año para 1,5ºC y un 4 por ciento al año para 2ºC. No existe ninguna evidencia empírica de que el 6,8 por ciento pueda ser alcanzado a escala global, pero el 4 por ciento es casi alcanzable. En otras palabras, es empíricamente factible lograr el crecimiento verde dentro de un presupuesto de carbono para 2ºC con políticas de mitigación que sean lo más agresivas posible si el ritmo de crecimiento es muy cercano a cero y si la mitigación comienza inmediatamente. Esta conclusión está en línea con las investigaciones de Schroder y Storm (2018), que han descubierto que reducir las emisiones de forma consecuente con el objetivo de los 2ºC es factible (haciendo asunciones optimistas) sólo si el crecimiento económico global es menor del 0,45 por ciento al año. Sin embargo, esta conclusión no se sostiene para 1,5ºC; las reducciones de las emisiones compatibles con 1,5ºC no son empíricamente factibles, salvo en un escenario de decrecimiento.

Posibilidades teóricas

Como dice John O’Neill (2017), si bien

es lógicamente posible tener un PIB creciente y una producción[ccc] física y energética decrecientes en una economía … es una falacia pasar de afirmaciones acerca de lo que es lógicamente posible a afirmaciones acerca de lo que es físicamente posible y también lo es pasar de lo que es físicamente posible a lo que es empíricamente real.

El crecimiento verde, como hemos demostrado, no es empíricamente real pero, ¿es posible en teoría?

Esta pregunta a menudo es afrontada en términos de la ecuación IPAT (Impacto ambiental= Población x Riqueza[ddd] x Tecnología[eee])[fff], que dice que el impacto de una economía (p.ej. las toneladas de C per cápita) es igual a la escala de la economía (PIB per cápita) dividida entre su eficiencia (p.ej. PIB por tonelada de carbono).[ggg] La eficiencia viene determinada, en principio, por la tecnología y la política y no existe ninguna razón a priori por la cual no pueda crecer más rápido que la escala, o incluso tan rápido como sea necesario para reducir el impacto hasta un nivel sostenible. Además, en la medida que el PIB mida lo que la gente está dispuesta a pagar por las cosas, y no la cantidad de energía y recursos que la gente consume, no hay razón para que la economía no pueda crecer en teoría usando progresivamente menos energía y recursos: las preferencias de la gente pueden desplazarse hacia bienes y servicios con unos cada vez menores requerimientos de energía y materiales. Se puede llegar a la conclusión, entonces, de que el desacoplamiento absoluto debería ser posible en teoría –y, de hecho, éste es precisamente el motivo por el que los defensores del crecimiento verde no se ven disuadidos por las objeciones que les dicen que es algo que no ha sucedido aún y que no parece muy probable que suceda en el futuro. Lo atribuyen a que no se ha intentado lo suficiente.

El estudio de Ward et al. (2016) aporta el contraargumento más convincente frente a esta afirmación. Dado que existe un máximo de eficiencia termodinámicamente definido, el crecimiento indefinido antes o después llevará a un aumento del uso de recursos y energía. En el mejor de los casos, cualquier reducción absoluta debida a la sustitución o la eficiencia será pasajera. Imaginemos una economía hipotética alimentada por energía solar, con un suministro estable de alimentos y de productos necesarios procedentes de fuentes renovables, en la que los bienes sean reutilizados y los materiales reciclados. En la transición hacia dicha economía, el uso de recursos descenderá. Sin embargo, incluso dicha economía tendrá aún ciertos requerimientos mínimos de aportes materiales, tierras, etc. de modo que, una vez la transición tenga lugar, cualquier crecimiento posterior de esa economía producirá un crecimiento del uso de recursos. Dado que el crecimiento compuesto deriva rápidamente hacia el infinito, lo mismo harán el uso de recursos y el impacto.

Se podría responder diciendo que aún estamos lejos de alcanzar los límites en lo que respecta a la eficiencia y la sustitución. No podemos descartar sustituciones o saltos tecnológicos que empujarían dichos límites tan lejos en el futuro como para considerarlos irrelevantes (p.ej. la fusión nuclear, el reciclaje de materiales al cien por cien y alimentado por energía de fusión o solar, etc.). Además, la economía aún tiene mucho espacio para un cambio estructural hacia servicios que requieran un uso menos intensivo de recursos. En otras palabras -podría argumentarse- quizá el crecimiento verde no sea sostenible de forma indefinida, pero de cualquier modo puede darse ahora y podrá ser mantenido durante un horizonte temporal relevante para nuestra civilización (aunque hay que señalar que Ward et al. indican que los límites de la eficiencia del uso de recursos podría ser alcanzado en el 2050).

Así que asumamos que el crecimiento verde es teóricamente posible a corto o medio plazo. Aun así, hemos de preguntarnos si existe una razón fundamental, a diferencia de los motivos históricamente contingentes, por la cual no se haya producido todavía. ¿Hay alguna razón subyacente por la que la productividad y la producción[hhh] estén tan estrechamente acopladas[iii] en el registro empírico?17

Cabe destacar que el modelo IPAT da la impresión de que A y T, o la escala y la eficiencia, son factores independientes, cuando de hecho se afectan mutuamente (Ekins 2012). Sin embargo, nótese que el modelo IPAT es una tautología, es verdadero por la mera definición de las cantidades implicadas[jjj], y no debería confundirse con un modelo causal. Además, P, A y T no son independientes entre sí. Por ejemplo, sabemos gracias a la economía básica del crecimiento que el desarrollo tecnológico (T) causa crecimiento económico y aumento del consumo (A). Los economistas ecológicos han mostrado también que cuanto más eficientemente use los recursos una economía, más crece y más recursos acaba consumiendo –la llamada paradoja de Jevons (Polimeni et al. 2008). Esto no es sólo cuestión de efectos rebote que se comen las mejoras en la eficiencia a pequeña escala, se refiere a un macromecanismo más fundamental por el cual las economías industriales crecen usando los recursos de forma más productiva. Por ejemplo, cuando la tecnología mejora la productividad del trabajo, es de esperar que esto lleve a un mayor crecimiento y a más empleos a medida que los costes relativos del trabajo decrecen –no está claro por qué algunos esperan que esto funcione de forma diferente en lo que respecta a los recursos (Kallis 2018).

Otra razón fundamental por la cual la eficiencia podría estar acoplada[kkk] con la escala es que, como sabemos por la biología y la ecología, el metabolismo de un organismo grande, digamos un elefante, es más eficiente que el de uno más pequeño, pongamos un ratón, y esto es debido a que el elefante es mayor (Polimeni et al. 2008). Es verdad que el desacoplamiento relativo de los recursos o la energía a menudo acompaña al crecimiento de una economía, pero esto podría ser simplemente un artefacto producido por la escala. Y de ahí no se puede inferir que un desacoplamiento relativo cada vez mayor equivaldrá a un desacoplamiento absoluto. La economía de los EE.UU., como el elefante, no podría ser tan grande en comparación con otras de no ser también más eficiente, y es grande porque es eficiente –pero esto no significa que haciéndose cada vez mayor vaya a quemar menos energía, del mismo modo que un elefante no quema menos calorías que un ratón. Todo esto no equivale a una refutación teórica del desacoplamiento absoluto, pero muestra que podría existir un mecanismo más fundamental que enlazaría la escala de una economía con su productividad[lll] el cual merece la pena explorar.

Dicho esto, se podría objetar que a diferencia de la escala de un animal, la escala de la economía (es decir, el PIB) es una medida del valor, no del tamaño físico, y que por consiguiente puede crecer sin límite, incluso mientras el rendimiento[mmm] del uso de recursos y de energía disminuye. El PIB, se podría argumentar, mide meramente lo que la gente está dispuesta a pagar, lo cual no va necesariamente unido al uso de recursos y energía.  

¿Puede el valor crecer independientemente del rendimiento[nnn]? Esto requiere una teoría clara del valor. Lamentablemente, la literatura del crecimiento verde no ofrece dicha teoría. Hay dos posibilidades generales que podríamos considerar. (1) La teoría neoclásica del valor, según la cual el valor representa la utilidad (lo útiles que nos resultan los bienes), lo cual se refleja en los precios (en cuánto estamos dispuestos a pagar por ellos). En este esquema, el PIB es la cantidad de bienes y servicios valiosos que son comprados y vendidos, multiplicada por su valor. En la medida que la literatura sobre el crecimiento verde considera que el PIB es una aproximación al valor total, podemos asumir que acepta esta teoría neoclásica del valor. (2) Las teorías del valor del trabajo o de la energía, que afirman que el valor viene determinado en último término por el trabajo o la energía que se dedican a la producción, insinuando que existe un acoplamiento[ooo] más fundamental entre el valor y la productividad[ppp] (Kallis 2018). Desde esta perspectiva, el valor no puede crecer sin que se dedique más trabajo humano o más energía a la producción.

Ni la teoría neoclásica del valor ni las teorías del valor del trabajo o de la energía han sido probadas empíricamente; en otras palabras, no pueden predecir de forma precisa el precio al cual las cosas son compradas y vendidas. Es imposible calcular el total de trabajo o energía que ha sido dedicado a la producción de un bien, ni la utilidad que aporta. De hecho, nadie ha medido nunca independientemente la utilidad para comprobar si tiene alguna correlación con los precios o con la disposición a pagar (Sagoff 2008). Por consiguiente, no tenemos una teoría del valor que nos permita determinar si el valor puede ser desacoplado absolutamente respecto de la producción[qqq]. Por supuesto, se podría decir que hay una tercera forma: podemos pensar en el valor como la suma de todos los “valores” que la gente tiene. Claro que no existe ninguna razón por la cual las cosas que una sociedad valora no puedan aumentar a la vez que la producción[rrr] decrece. No obstante, este enfoque tiene dos problemas. Primero, si los valores son inconmensurables, es imposible sumarlos y determinar si el valor total está creciendo o no. Segundo, se puede imaginar una sociedad que valore la calidad del entorno natural por encima de todo lo demás; un valor semejante podría por supuesto crecer a la vez que la producción[sss] decrece, pero llamar a dicho escenario “crecimiento verde” es estirar el significado de la expresión más allá de lo pertinente.

En resumen, no se puede demostrar que el crecimiento verde del valor sea teóricamente posible, a menos que aceptemos un marco que lo haga posible por definición –un marco que asuma que el valor y la producción[ttt] vienen determinados por alguna cualidad indefinida e ilimitada llamada utilidad que no está acoplada[uuu] con el mundo físico. Y al revés, y por la misma razón, no puede probarse tampoco que el crecimiento verde sea teóricamente imposible; al menos no mientras los últimos límites de la eficiencia y la sustitución no se hayan alcanzado. Como resultado, nuestra única guía fiable en lo que respecta a la cuestión del crecimiento verde/desacoplamiento debe ser empírica. Y, como hemos demostrado, los estudios empíricos existentes demuestran que el crecimiento verde es en el mejor de los casos altamente improbable. Se puede insistir en que el crecimiento verde no se ha producido porque no se ha intentado y que el hecho de que hasta ahora no haya sido empíricamente observado sería algo irrelevante. Nosotros en cambio tenemos un enfoque más preventivo y defendemos que la política debería ser hecha en base a evidencias empíricas sólidas, en lugar de en base a posibilidades teóricas especulativas, especialmente dada la gravedad de la crisis a que nos enfrentamos.

Conclusión

Esta revisión ha llegado a la conclusión que las evidencias empíricas existentes no apoyan la teoría del crecimiento verde. Esto está claro en dos registros clave. (1) El crecimiento verde requiere que alcancemos un desacoplamiento absoluto permanente del uso de recursos respecto del PIB. Las predicciones empíricas no muestran ningún desacoplamiento absoluto a escala global, ni siquiera en condiciones muy optimistas. Si bien algunos modelos muestran que el desacoplamiento absoluto podría ser alcanzado en las naciones con elevados ingresos bajo condiciones altamente optimistas, también indican que no es posible mantener esta trayectoria a largo plazo. (2) El crecimiento verde también requiere que alcancemos un desacoplamiento absoluto permanente de las emisiones de carbono respecto del PIB y que lo hagamos a un ritmo lo suficientemente rápido como para evitar que excedamos el presupuesto de carbono para 1,5ºC ó 2ºC. Si bien el desacoplamiento absoluto es posible tanto a escala nacional como global (y de hecho ya ha sido alcanzado en algunas regiones), y a pesar de que es técnicamente posible desacoplar manteniéndose dentro del presupuesto de carbono para 1,5ºC ó 2ºC,  las previsiones empíricas muestran que esto es muy poco probable que se logre, incluso en condiciones altamente optimistas.

La evidencia empírica plantea dudas acerca de la legitimidad de los intentos del Banco Mundial y de la OCDE de promover el crecimiento verde como una vía para salir de la emergencia ecológica y sugiere que cualquier programa político que se base en asumir un crecimiento verde –tal como las Metas del Desarrollo Sostenible- necesita ser reexaminado urgentemente. El hecho de que el crecimiento verde siga siendo una posibilidad teórica no es razón para diseñar políticas en torno a él cuando los hechos señalan en la dirección contraria.

Por supuesto, necesitamos todas las innovaciones tecnológicas que podamos realizar y necesitamos encaminar las políticas gubernamentales a la consecución de estas innovaciones, pero esto no va a ser suficiente por sí solo. Las pruebas presentadas más arriba indican que para que las mejoras en la eficiencia sean efectivas, necesitaremos también reducir la actividad económica en su conjunto. Es más factible que seamos capaces de lograr las reducciones necesarias en el uso de recursos y en las emisiones, sin crecimiento que con él. De hecho, no existen fundamentos científicos para no poner en cuestión el crecimiento si nuestra meta es evitar un cambio climático peligroso y el colapso ecológico. Mantenernos dentro de los límites planetarios puede requerir un decrecimiento de la producción y del consumo en las naciones con un consumo elevado (Victor 2008, Alier 2009, Jackson 2009, Kallis 2011, Kallis et al. 2012) y en el Sur global el abandono de la estrecha agenda del desarrollo centrado en el crecimiento. Tal y como señala Gough (2017), combatir el cambio climático podría requerir no sólo nuevas tecnologías de producción de energía limpias y eficientes, sino también una reducción y recomposición del consumo, con un desplazamiento desde las emisiones intensas de carbono a sectores con bajas o nulas emisiones de carbono. Los límites legislativos, los impuestos verdes, los cambios en las inversiones públicas, las reducciones de las horas de trabajo o las nuevas instituciones de seguridad social, tales como la renta básica, tienen todos ellos un papel que jugar en dicha transición (Gough 2017, Kallis 2018). El objetivo podría ser encontrar modos de desacoplar la prosperidad y el desarrollo respecto del crecimiento (p.ej. Jackson, 2009, O’Neill et al. 2018) en lugar de continuar persiguiendo el fantasma del crecimiento verde.

Parece probable que la insistencia en el crecimiento esté siendo políticamente motivada.  La asunción es que no es políticamente aceptable poner en cuestión el crecimiento económico y que ninguna nación limitaría voluntariamente el crecimiento en nombre del clima o del entorno; en consecuencia, el crecimiento verde debe ser verdad, dado que la alternativa es el desastre. Sin embargo, bien podría darse el caso de que, como señalan Wackernagel y Rees (1998), “lo políticamente aceptable sea ecológicamente desastroso mientras que lo ecológicamente necesario sea políticamente imposible”. Como científicos no deberíamos permitir que la conveniencia política moldee nuestra visión de los hechos. Deberíamos analizar los datos y luego extraer conclusiones, en vez de empezar ya con unas conclusiones aceptables e ignorar los hechos incómodos.

Notas

1. Steffen et al. (2015) han identificado la integridad de la biosfera y el cambio climático como los límites planetarios básicos dignos de más atención.

2. Wiedmann et al. (2015) calculan una cantidad similar, 70.000 millones de toneladas métricas[vvv] en el 2008.

3. Esta tendencia fue impulsada principalmente por el crecimiento en el uso de materiales industriales y de construcción, sobre todo en Asia. No está claro, sin embargo, qué parte de dicho uso de materiales ha sido consumida a nivel nacional y qué parte ha sido exportada para su consumo en otros países.

4. El modelo del PANU sugiere que el desacoplamiento puede ser logrado a un ritmo máximo de un 1 por ciento al año. Por lo tanto, el crecimiento del PIB ha de ser menor del 1 por ciento al año para que el uso de recursos se reduzca.

5. Incluso mientras las emisiones de CO2 se habían estabilizado, las de metano siguieron creciendo un 30 por ciento entre los años 2002 y 2014 (Turner et al. 2016).

6. La tendencia parece algo más prometedora si usamos dólares PPA[www], pero los cálculos de la PPA son poco fiables y tienden a sobreestimar el poder adquisitivo de los países pobres.  

7. “Climate Scoreboard”, Climate Interactive:

https://www.climateinteractive.org/programs/scoreboard/

8. Otros 9 escenarios incluyen alguna BECAC, pero no hasta el punto de lograr emisiones negativas.

9. PwC, Índice de la economía baja en carbono 2017.

10. En el 2017 se instalaron150 GW; El escenario de la AIER requiere que se instalen de media 350 GW al año hasta el 2050.

Esto es factible con las tasas de crecimiento actuales (entre los años 2016 y 2018 la capacidad solar y eólica creció un 8 por ciento al año), pero la AIER no especifica la trayectoria necesaria para 2ºC. Jacobson y Delucchi (2011) indican que se necesita añadir 700 GW al año hasta el año 2030 –4,6 veces la tasa actual. Esto requiere un ritmo de crecimiento de las tasas actuales de un 25 por ciento al año.

11. La intensidad global del uso energético mejoró un 1,3 por ciento al año entre los años 2000 y 2010, y un 1,8 por ciento al año entre el 2010 y el 2015.

12. Jacobson y Delucchi (2011) aseguran que la demanda global de energía decrecerá en un 36 por ciento (según el escenario BAU para el 2050) a medida que los combustibles fósiles sean reemplazados por energía eólica y solar, lo cual significa que la demanda en el 2050 será menor que la demanda en el 2012.

13. Ésta es la cifra que Anderson usó en varias charlas públicas en el 2018. En el 2019 nos ha confirmado un rango de entre un 10 y un 15 por ciento al año, por medio de correspondencia personal.   

14. Usando la ecuación: Ritmo de desacoplamiento necesario = tasa de crecimiento del PIB /(1 – Tasa de las reducciones necesarias de las emisiones).

15. Desacoplamiento ralentizado desde una media del 2,3 por ciento al año en la primera mitad del periodo a una media del 1,6 por ciento al año en la segunda mitad, según las emisiones de CO2 del Banco de Datos del  Banco Mundial  (en kg por PIB en dólares estadounidenses del 2010).

16. Correspondencia personal, 2018. Asimismo, cabe señalar que Grubler et al. afirman que el escenario BDE no incorpora los efectos rebote; reconocen que esta es una importante deficiencia de la obra.

17. Para un tratamiento en detalle de esta cuestión, véase Ekins (2012).

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[a] Traducción a cargo de Último Reducto del artículo “Is Green Growth Possible?”, publicado en New Political Economy (17 de abril del 2019). Doi: 10.1080/13563467.2019.1598964. © 2019 Informa UK Limited, operando como Taylor & Francis Group. N. del t.

[b] “Decoupling” en el original. Otras traducciones posibles e igualmente válidas serían “desvinculación” o “disociación”. N. del t.

[c] “Throughput” en el original. La traducción de este término es problemática, porque puede referirse a diferentes conceptos según el contexto. Por ejemplo, puede significar “producción”, “productividad” o “rendimiento”, según el caso. En este texto se ha traducido de diferentes formas según la ocasión, indicándolo en una nota de pie de página en cada caso. N. del t.

[d] Siglas de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. “OECD” en el original. N. del t.

[e] “UNEP” en el original. N. del t.

[f]Towards Green Growth” en el original. N. del t.

[g]Toward a Green Economy: Pathways to Sustainable Development and Poverty Eradication” en el original. N. del t.

[h]Inclusive Green Growth: The Pathway to Sustainable Development” en el original. N. del t.

[i]Global Green Growth Institute” en el original. N. del t.

[j]Green Growth Knowledge Platform” en el original. N. del t.

[k] “‘Domestic material consumption’ (DMC)” en el original. N. del t.

[l] “Throughput” en el original. N. del t.

[m] “‘Material footprint’ or MF” en el original. N. del t.

[n] “Re-coupling” en el original. N. del t.

[o] “Billion tons” en el original. Aunque en el Reino Unido “billion” a veces puede significar literalmente “billón” (es decir, un millón de millones; 1012), normalmente en la literatura científica en inglés a nivel internacional “billion” suele significar “mil millones” (109) no “billón”. De todos modos, en cada uno de los casos en que aparece el término “billion” en el original, se ha añadido una nota de pie de página que indica la cantidad original en inglés. N. del t.

[p] “59 billion tons” en el original. N. del t.

[q] “67.6 billion tons” en el original. N. del t.

[r] “85 billion tons” en el original. N. del t.

[s] “Constant 2010 USD” en el original. N. del t.

[t] “Throughput” en el original. N. del t.

[u] “‘Bussiness as usual’ scenario” en el original. N. del t.

[v] Siglas de “Bussiness-as-usual”. N. del .t.

[w] “68 billion tons” en el original.  N. del t.

[x] “180 billion tons” en el original. N. del t.

[y] “93 billion tons” en el original. N. del t.

[z] “79,4 billion tons” en el original. N. del t.

[aa] “183 billion tons” en el original. N. del t.

[bb] “130 billion tons” en el original. N. del .t.

[cc] “95 billion tons” en el original. N. del t.

[dd] “132 billion tons” en el original. N. del .t.

[ee] “Throughput” en el original. N. del t.

[ff] Ídem. N. del t.

[gg]Australian Bureau of Agricultural Economics” en el original. Las siglas aparecen como “ABARE” en el original. N. del .t.

[hh] “Output” en el original. “Output”, al igual que “throughput”, puede significar “producción” o “productividad”, según el caso. A lo largo del texto se ha traducido de diferentes modos según l contexto, indicándolo en cada caso en una nota de pie de página. N. del t.

[ii] “Throughput” en el original. N. del t.

[jj] Ídem. N. del t.

[kk] Ídem. N. del t.

[ll] “50 billion tons” en el original. N. del .t.

[mm] “CO2 per 2010 $USD GDP” en el original. N. del .t.

[nn] “Global Carbon Budget” en el original. N. del t.

[oo] “Fith Assesment Report (AR5)” en el original. N. del t.

[pp] Siglas del “Panel Intergubernamental del Cambio Climático”.  “IPCC” en el original. N. del t.

[qq] “Representative Concentration Pathway 2.6 (RCP2.6)” en el original. N. del t.

[rr]Shared Socio-Economic Pathways (SSPs)” en el original. N. del t.

[ss] “Bioenergy with carbon capture and storage (BECCS)” en el original. N. del t.

[tt] “CCS” en el original. Supuestamente serían las siglas de “Carbon capture and Storage” (“Captura y Almacenamiento de Carbono”), por lo que aquí se han traducido como “CAC”. N. del t.

[uu] “Global CCS Institute” en el original. N. del t.

[vv] “European Academies’ Science Advisory Council” en el original. N. del t.

[ww] “International Renewable Energy Agency (IRENA)” en el original. N. del t.

[xx] “SSP2” en el original. Probablemente se refiere a la segunda de las llamadas “Shared Socioeconomic Pathways” o “Vías Socioeconómicas Compartidas”, de modo que se ha traducido aquí como “VSC2”. N. del t.

[yy]UNFCC” en el original. Probablemente los autores se refieren a la “UNFCCC”, siglas de “United Nations Framework Convention on Climate Change”, Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. N. del t.

[zz] “Low Energy Demand (LED)” en el original. N. del t.

[aaa] “Output” en el original. N. del t.

[bbb] “Throughput” en el original. N. del t.

[ccc] Ídem. N. del t.

[ddd] “Affluence” en el original. Pese a que la traducción literal es “riqueza”, en realidad la ecuación se refiere al “consumo de recursos per cápita”. N. del t.

[eee] “Technology” en el original. Se refiere en realidad al “impacto producido por cantidad de recursos consumidos”. N. del t.

[fff] “Environmental Impact = Population * Affluence * Technology” en el original. De ahí el nombre de la ecuación: IPAT o I=PAT. N. del t.

[ggg] “The impact of an economy (e.g. tons of C per capita) is equal to the scale of the economy (GDP per capita) times its efficiency (e.g. GDP per tons of carbon)” en el original (cursiva y negrita añadidas). Aquí parece ser que los autores han cometido un error, ya que literalmente dicen “el impacto de una economía (p.ej. las toneladas de C per cápita) es igual a la escala de la economía (PIB per cápita) multiplicada  por su eficiencia (p.ej. PIB por tonelada de carbono)” o sea, Impacto=Escala x Eficiencia, cuando la eficiencia es en realidad inversamente proporcional al impacto y, por tanto, la ecuación correcta sería: Impacto= Escala/Eficiencia. Es decir, deberían haber dicho “el impacto de una economía (p.ej. las toneladas de C per cápita) es igual a la escala de la economía (PIB per cápita) dividida entre su eficiencia (p.ej. PIB por tonelada de carbono)”, de modo que se ha corregido en la traducción. N. del t.

[hhh] “Throughput and output” en el original. N. del t.

[iii] “Coupled” en el original. Podría ser traducido también como “vinculado” o “asociado”. Dado que en todo el texto se ha traducido “decoupling” como “desacoplamiento”, se ha optado por traducir “coupled” por “acoplado”. N. del t.

[jjj] Los autores se refieren a lo siguiente: según la forma típica de entender la ecuación I=PAT, A se define como C/P y T como I/C, siendo C el consumo de recursos naturales. Por tanto, I=P.(C/P).(I/C) lo cual resulta ser I=I; o sea, una perogrullada. N. del t.

[kkk] Ídem. N. del t.

[lll] “Throughput” en el original. N. del t.

[mmm] Ídem. N. del t.

[nnn] Ídem. N. del t.

[ooo] “Coupling” en el original. Ver nota de pie de página eee. N. del t.

[ppp] “Throughput” en el original. N. del t.

[qqq] Ídem. N. del t.

[rrr] Ídem. N. del t.

[sss] Ídem. N. del t.

[ttt] “Output” en el original. N. del t.

[uuu] “Uncoupled” en el original. Siguiendo la línea del resto de la traducción, se ha optado por traducir “uncoupled” como “no acoplada”. Otras traducciones posibles serían “no vinculada” o “no asociada”. N. del t.

[vvv] “70 billions of metric tons” en el original. N. del t.

[www] Dólares de Paridad de Poder Adquisitivo, “PPP dollars” en el original. La PPA es una tasa de conversión que trata de equiparar el poder adquisitivo de diferentes monedas mediante la eliminación de las diferencias de los niveles de precios entre países. N. del t.