Entrar en conflicto

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PRESENTACIÓN DE “ENTRAR EN CONFLICTO

No es raro oír o leer que la guerra no existía entre los pueblos primitivos; que la guerra no existía entre los cazadores-recolectores; que los conflictos bélicos constituyen actividades exclusivas de las sociedades civilizadas o modernas; que la guerra primitiva era poco más que un juego que no merece ser llamado “guerra”; etc. Los autores del texto que se presenta a continuación, S. A. LeBlanc y Katherine E. Register, tratan de desmontar todos estos mitos, que ellos incluyen en su libro bajo la denominación general del “mito del buen salvaje pacífico”, con numerosos datos extraídos del registro arqueológico, histórico y etnográfico. Y es en este sentido, como fuente de datos empíricos, donde radica principalmente el interés de dicho texto.

Aparte de esto, también es interesante el modo en que los autores utilizan la noción darwinista de evolución por selección natural para argumentar sus ideas acerca de la guerra en sociedades primitivas. Los autores aplican la idea de selección natural a la interacción entre grupos sociales humanos, con resultados que, como mínimo, dan mucho que pensar acerca de las teorías sociales basadas en la naturalidad, superioridad, conveniencia y/o mayor eficacia de cosas como la gestión racional de los recursos y del comportamiento, la cooperación, la conciencia ecológica, el pacifismo, etc. Hasta qué punto son realmente válidos estos argumentos de los autores basados en la selección natural es algo de lo que se podría discutir largo y tendido (y ello es en sí mismo un buen motivo para incluir su texto en esta página), pero es evidente que al menos ponen en evidencia las ideas ingenuas acerca de la naturaleza humana, de la evolución de las sociedades y de los factores que la dirigen o la deberían dirigir.

Otro punto a favor de este texto es la utilización que los autores hacen de algunas nociones procedentes de la ecología o biología de ecosistemas, como la capacidad de carga. Muchos antropólogos, historiadores y arqueólogos olvidan demasiado a menudo que los seres humanos son una especie animal más que necesita consumir unos recursos extrayéndolos de su entorno y que ello condiciona el modo y el grado en que los grupos humanos se desarrollan.

Como contrapartida, hay que señalar que parte de lo que los autores consideran y presentan como evidencias indiscutibles no lo son tanto (como los propios autores reconocen, a pesar de usar el término “prueba” -“evidence”, en el original- para referirse a ellas). Algunos de los indicios que los autores presentan son sólo eso, indicios más o menos probables de que hubo guerra en esas sociedades, pero no pruebas concluyentes y seguras de que la hubiese. Dichos indicios podrían servir para reforzar en su postura a quien realmente ya creía que hubo guerra en las sociedades a que se refiere el texto, o incluso a quien tiene ciertas dudas pero está inclinado a creerlo. Pero no sirven para desmontar las afirmaciones de quienes creen que no había guerra en esas sociedades, ni para convencer a los escépticos recalcitrantes que no creen más que lo que quede empíricamente demostrado más allá de toda duda.

Asimismo, los autores juntan en el mismo artículo datos procedentes de sociedades cazadoras-recolectoras nómadas, de sociedades agricultoras no civilizadas, de civilizaciones prehistóricas, de sociedades civilizadas históricas e incluso de sociedades industriales. Esto es algo que puede ser aprovechado por aquellos que no quieren reconocer que la guerra es tan antigua como la humanidad para acusar a los autores de falta de rigor o para inhabilitar gran parte de sus argumentos (éstos se basan en datos de sociedades civilizadas, o demasiado desarrolladas, por lo que algunos podrían seguir defendiendo que en sociedades humanas menos desarrolladas y complejas, como las cazadoras-recolectoras nómadas, no había guerra), aunque no todos (hay en el texto incluso algunos datos procedentes de sociedades cazadoras-recolectoras nómadas). Aunque a este tipo de gente no suele haber nada que la baje de su cómodo “burro primitivista”, ni siquiera los datos empíricos.


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