Crítica y alternativa a la idea de las zonas salvajes / zonas salvajes, hoy más que nunca

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en elta web podría resultar complicada, hemos añadido un enlace en cada uno de ellos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título del artículo.

PRESENTACIÓN DE “CRÍTICA Y ALTERNATIVA A LA IDEA DE LAS ZONAS SALVAJES” Y “ZONAS SALVAJES, HOY MÁS QUE NUNCA

 Lo siguiente es un debate entre un crítico del concepto de Naturaleza salvaje (John B. Callicott) y uno de sus defensores (Reed F. Noss). Los argumentos de Callicott son en gran medida los típicos argumentos que los humanistas postmodernos suelen esgrimir en contra de lo salvaje, con la peculiaridad, sin embargo, de que este autor, al contrario que otros críticos del concepto de lo salvaje y por paradójico que pueda parecer, realmente aprecia la Naturaleza salvaje, aunque prefiera usar, erróneamente, el término “biodiversidad” para denominar a lo salvaje (la biodiversidad y el carácter salvaje no siempre van unidos y basta con visitar al menos algunas de las “reservas de la biodiversidad” europeas, que Callicott toma y propone como referencia de zonas protegidas, para darse cuenta de ello; es posible que en dicha visita el lector vea en la reserva más superficie compuesta de áreas industrializadas, urbanizadas o dedicadas a la silvicultura, la agricultura y la ganadería que áreas realmente salvajes). Algunos de los falaces argumentos de Callicott son bastante elaborados (algunos hasta parecen ciertos y razonables) y, por tanto, aunque no estemos de acuerdo con ellos, creemos que merece la pena darlos a conocer para ayudar a los lectores inteligentes a evitar caer en nociones simplistas e ingenuas acerca de la Naturaleza salvaje.

Por su parte, Noss contesta acertadamente a la mayoría de las falacias de Callicott, aunque, como era de esperar, cae a su vez en los típicos errores de los conservacionistas, ya señalados en otras partes de esta página web (véanse, por ejemplo, la introducción al apartado de textos acerca de Naturaleza salvaje y teoría ecocéntrica o la presentación de “¿Explotación forestal ecológica o protección?).

 

CRÍTICA Y ALTERNATIVA A LA IDEA DE LAS ZONAS SALVAJES

Por J. Baird Callicott[1]

 

Hace poco di una charla en un simposium en Bozeman, Montana, con motivo de la celebración del trigésimo aniversario de la Wilderness Act[2] de 1964. Me precedió en el estrado un ganadero bien hablado educado en la Facultad Amherst, Chase Hibbard, que se describió a sí mismo como el típico paleto[3] en esta reunión de creyentes en la idea de las zonas salvajes[4]. Declaró su amor por los seres salvajes y libres y su dedicación a la administración de las tierras, privadas y públicas, que pasta el ganado. Nos apremió a todos a buscar un consenso y encontrar un equilibrio entre la preservación de los ecosistemas salvajes y las necesidades económicas.

Cuando llegó mi turno de hablar, tratando de ser la mofeta en la fiesta del jardín –un pequeño símil que tomé prestado (sin ninguna atribución) de un texto de Dave Foreman aparecido en Wild Earth-, comencé diciendo que Mr. Hibbard era un paleto típico. De modo que de un solo plumazo me gané la simpatía de la audiencia –la gente no puede odiar a una autoproclamada mofeta- y los puse sobre aviso de que podía tener algo perturbador que decirles. Hay dos debates acerca del valor de la naturaleza salvaje, dije a continuación. Uno, acerca del cual acabábamos de oír hablar, el que se da entre la preservación de los ecosistemas salvajes y los “puestos de trabajo” (y, señalé, los beneficios económicos, que sin duda eran lo más importante para Mr. Hibbard, que no trabajaba por un sueldo, aunque nunca lo mencionó en su discurso). El otro debate –dentro de la comunidad de los conservacionistas, no entre conservacionistas y vaqueros- trata sobre el valor de la idea de los ecosistemas salvajes para la conservación de la diversidad biológica.

Como devoto conservacionista y ecologista, creo que debemos reexaminar la idea comúnmente aceptada de zona salvaje, tal y como la define la Wilderness Act, “un área donde la tierra y su comunidad de vida carecen de trabas impuestas por el ser humano, donde el hombre no es más que un visitante que no permanece”. Quiero subrayar que mi intención no es desacreditar las áreas declaradas “zonas salvajes protegidas”[5] para hacerlas así más vulnerables a las presiones del desarrollo. Al contrario, necesitamos multiplicar y expandir dichas áreas. Lo que aquí critico es más bien el concepto de zona salvaje, es decir, cómo concebimos las áreas que llamamos zonas salvajes. Lo hago con la esperanza de reforzar los intentos de conservación ayudando a basar la política de conservación en una filosofía medioambiental sólida.

Después de que la existencia de una “crisis medioambiental” fuese ampliamente reconocida a finales de los 60, la referencia para la calidad medioambiental fue el ideal de virginidad de las áreas salvajes, la naturaleza intacta. En consecuencia, la nueva generación de ecologistas creyó que el mejor modo de preservar la naturaleza, si es que no el único, era excluir todas las actividades económicas humanas de los ecosistemas representativos y declararlos áreas salvajes protegidas[6]. En ellas, algunos bosques primarios podrían permanecer en pie, la fauna salvaje podría tener un poco de hábitat, etc. En efecto, tratamos de lograr la preservación medioambiental dividiendo el planeta en zonas en las que las actividades económicas destructivas humanas -tales como el pastoreo de ganado, la minería, la tala, la agricultura, el recreo mecanizado, la industria y el desarrollo inmobiliario- serían permitidas y zonas de las que dichas actividades quedarían excluidas. Varios descubrimientos recientes y no tan recientes están trastocando esta filosofía simple de la conservación de la naturaleza mediante la preservación de las áreas salvajes.

Primero, a nivel práctico, los ecologistas de finales del siglo XIX y principios del XX, como John Muir, no articularon el razonamiento original para la preservación de las áreas salvajes en términos de conservación biológica. Al contrario, hicieron hincapié en los modos en que los ecosistemas salvajes satisfacen las necesidades estéticas, psicológicas y espirituales humanas. Las zonas salvajes, en resumen, eran originalmente consideradas como un recurso psicoespiritual. A menudo, los lugares bellos, silenciosos y solitarios son demasiado lejanos, escarpados, yermos o áridos para el cultivo, la tala o incluso la minería. De ahí que uno de los primeros criterios para identificar áreas apropiadas para ser parques nacionales, tales como Yellowstone y Yosemite, mucho antes de la Wilderness Act de 1964 y del reconocimiento público de la crisis medioambiental, fue su inutilidad para prácticamente cualquier otro propósito. Por consiguiente, tal como Dave Foreman señala con su característica franqueza, gran parte de las áreas declaradas salvajes son “rocas y hielo”, estupendas para “admirar el paisaje y disfrutar de la soledad” pero no tan buenas para la conservación biológica.

Segundo, a nivel político, la filosofía de la conservación de la naturaleza mediante la preservación de ecosistemas salvajes es defensiva y a la larga constituye una estrategia perdedora. Las zonas en que se permite la explotación exceden en gran medida en número y tamaño a las zonas de las que la explotación queda excluida. En los Estados Unidos continentales (excepto Alaska) la superficie de terreno pavimentada es mayor que la protegida en las áreas salvajes declaradas. Menos de un 5 por ciento de los cuarenta y ocho estados contiguos goza de la condición de área salvaje, sea declarada o de facto. A medida que la población humana y la economía crecen, la presión sobre estas diversas áreas salvajes se va volviendo cada vez mayor. En las zonas templadas de Estados Unidos, las áreas salvajes protegidas[7], los parques nacionales y las zonas destinadas a la conservación se han convertido en pequeñas islas en medio de una creciente marea de ciudades, suburbios, granjas, ranchos, autopistas interestatales y matarrasas. Y todas ellas se están viendo seriamente comprometidas por el uso recreativo humano y por la colonización por parte de especies exóticas. Las grandes áreas salvajes han retrocedido hasta las latitudes subárticas y árticas. Incluso estas remotas zonas se están viendo amenazadas por las talas, los planes hidroeléctricos, la exploración petrolífera y otras intrusiones industriales, por no mencionar las amenazas que suponen el calentamiento global y la exposición a niveles intensamente elevados de radiación ultravioleta. La idea de las zonas salvajes, popularizada de manera esperanzadora y entusiasta por los célebres libros de John Muir a finales del siglo XIX, ha quedado obsoleta, aquí al final del siglo XX, con el pesimismo y la desesperación del reciente superventas de Bill McKibben, The End of Nature[8]. Las tesis de McKibben no necesitan ser expuestas aquí por mí ya que su título lo dice todo.[9]

Tercero, a nivel internacional, la idea de las áreas salvajes es algo exclusivamente estadounidense y no es un enfoque universalizable de la conservación. Sin embargo, la crisis medioambiental y, en especial, la erosión de la biodiversidad tienen un alcance global. Por tanto, necesitamos una filosofía de la conservación que sea universalizable. En Europa occidental, la conservación por medio de la preservación de áreas salvajes carece de sentido. En la India, en África y en Sudamérica, los parques nacionales al estilo estadounidense han sido creados desalojando por la fuerza a los pueblos residentes, algo que ha traído trágicas consecuencias. Los ik, por ejemplo, eran cazadores-recolectores que vivían de forma sostenible, desde tiempo inmemorial, en el remoto valle de Kidepo en el noreste de Uganda. En 1962 los trasladaron para crear el Parque Nacional de Kidepo, un área en la que la comunidad de la vida estaría en lo sucesivo libre de las trabas impuestas por el hombre, donde el hombre sería un visitante que no permanece. Cuando los ik fueron obligados a asentarse en aldeas densamente pobladas fuera del parque y a cultivar la tierra, su cultura se desintegró y degeneraron en esa parodia de seres humanos que hizo célebre Colin Turnbull.

Cuarto, a nivel histórico, estamos comenzando a darnos cuenta de que la idea de zonas salvajes es un concepto etnocéntrico. Los europeos vinieron a lo que ellos llamaron el “nuevo mundo” y dado que no se parecía al paisaje humanizado que habían dejado atrás en el “viejo mundo”, pensaron que era una tierra salvaje virgen[10], sobre la que, como dijo David Brower, nunca habían sido puestas las manos del hombre. Sin embargo, el hemisferio occidental estaba lleno de indios cuando Colón tropezó con él. En 1492 la única área salvaje de tamaño continental que había en el mundo era la Antártida. Los habitantes nativos de América del Norte y de Sudamérica, además, no eran pasivos habitantes de los bosques, las praderas y los desiertos; gestionaban activamente sus tierras -principalmente mediante el fuego. Algunos paleoecólogos creen que, sin las quemas por parte de los indios, las vastas y biológicamente diversas praderas de América del Norte y del Sur no habrían existido, que en su lugar las tierras del interior de América habrían estado cubiertas de matorral. Algunos creen que los bosques norteamericanos no habrían sido tan ricos y diversos sin la pirotecnología de los indios.

Para el siglo XVII, cuando los colonos ingleses comenzaron a establecerse en la costa este de Norteamérica, los pueblos nativos habían sufrido la mayor debacle demográfica de la historia de la humanidad. Sus poblaciones se vieron reducidas quizá en un 90 por ciento debido a los estragos causados por las enfermedades del Viejo Mundo, que se habían extendido por el hemisferio transmitidas primero de los colonos a los indios y luego entre los propios indios. Así que los Peregrinos se encontraron con una tierra salvaje[11] relativamente desolada y vacía, según ellos mismos se lamentaban, pero era, irónicamente, una tierra salvaje[12] artificial -a pesar de que esta combinación de palabras parezca un oxímoron. Los europeos crearon inadvertidamente el estado salvaje de las tierras del Nuevo Mundo[13] mediante una involuntaria pero totalmente devastadora guerra biológica contra los habitantes indígenas.

Quinto, a nivel de la ecología teórica, hubo un tiempo en que se creía que los ecosistemas permanecían estables a menos que sufriesen una perturbación y que si eran perturbados, retornaban finalmente a su estado estable, llamado comunidad clímax. Hoy en día se considera que ser inestables y estar en constante cambio, más que ser algo excepcional es su estado normal. Por consiguiente, tanto si los seres humanos interferimos con ellos como si no, los ecosistemas sufrirán una metamorfosis. Sin embargo, la preservación de las áreas salvajes ha significado a menudo congelar la imagen del statu quo anterior, manteniendo las cosas como eran cuando los “hombres blancos” entraron por primera vez en escena. Por tanto, el ideal de las áreas salvajes, interpretado de este modo, representa una meta de conservación que, paradójicamente, sólo sería posible lograr mediante un intenso esfuerzo de gestión con el fin de mantener las cosas como estaban, desafiando el dinamismo inherente a la naturaleza.

Sexto, a nivel filosófico, la idea de las áreas salvajes perpetúa el mito predarwinista de que “el hombre” existe aparte de la naturaleza. Nuestras tradiciones culturales más antiguas e influyentes nos han enseñado que los seres humanos fuimos creados exclusivamente a imagen de Dios, o que de manera única fuimos de algún modo dotados de una racionalidad divina. En consecuencia, tanto nosotros como todos los productos de nuestras mentes, esencialmente sobrenaturales, fuimos pensados para existir al margen de y sobre-contra la naturaleza. Para los defensores puristas de las zonas salvajes, encontrarse con cualquier artefacto humano (salvo los suyos propios) en un escenario salvaje[14] estropea su experiencia de la naturaleza virgen. Sin embargo, Darwin difundió la desagradable noticia de que nuestra autoexaltada existencia humana es un mero accidente de la selección natural, no menos de lo que lo es la de cualquier otro gran mamífero. Somos una de las cinco especies vivas de grandes simios. Somos, para ser francos, sólo grandes monos -unos muy precoces, ciertamente, pero monos al fin y al cabo. Y todo lo que hacemos -desde jugar a los bolos o hacer puenting hasta escribir La Iliada o construir naves espaciales (o cometer actos de ecotaje, sin duda)- es cosa de monos. Para mucha gente, la noticia traída por Darwin fue una mala noticia porque parecía degradarnos y socavar nuestras nobles pretensiones y aspiraciones. Sin embargo, yo creo que era una buena noticia. Si somos parte de la naturaleza, entonces tenemos un lugar y un papel en la naturaleza no menos legítimos que los de cualquier otra criatura -no menos que los elefantes, que las ballenas o que las secuoyas. Y lo que podemos hacer en y a la naturaleza -las transformaciones que imponemos al medioambiente- no es en principio mejor ni peor que lo que pueden ocasionar los elefantes, las ballenas o las secuoyas.

Y digo “en principio” ya que ciertamente no deseo dar a nadie la impresión de que creo que, por el mero hecho de que somos tan naturales como todos los demás organismos, todo lo que hagamos en y a la naturaleza -todo cambio que impongamos al entorno- será bueno. La mayoría del cambio antrópico ciertamente no es bueno. De hecho, la mayoría de lo que hacemos en y a la naturaleza es muy destructivo.

Sin embargo, otras especies, también, pueden tener efectos tanto beneficiosos como perjudiciales sobre el resto de la naturaleza. Si hubiese 6.000 millones de elefantes en el planeta en lugar de 6.000 millones de personas (o, recordando que un elefante adulto es más de cien veces más pesado que un humano adulto, si hubiese tanta biomasa de elefantes como la actual biomasa humana), el planeta Tierra estaría aún en medio de una crisis ecológica. Los elefantes, en otras palabras, pueden ser también unos miembros muy destructivos en sus comunidades bióticas. Por otro lado, la biomasa de abejas y de otros insectos polinizadores de plantas probablemente sea mayor que la biomasa humana (no lo sé, no soy biólogo) y la población de abejas ciertamente excede con mucho la población humana, pero el efecto ecológico de todas esas abejas es indudablemente beneficioso. Así que, si el impacto ecológico de las actividades de las abejas y de los elefantes puede ser tanto bueno como malo, ¿por qué no puede ser el impacto ecológico de las actividades humanas tanto bueno como malo? Medido según el criterio de las áreas salvajes, todo impacto humano es malo, no porque los seres humanos sean inherentemente malos sino porque los seres humanos no son parte de la naturaleza -o eso es lo que da por sentado la idea de las áreas salvajes.

Personalmente, espero que aquellos de nosotros, los ricos estadounidenses, que lo deseemos, podamos seguir disfrutando del lujo de visitar respetuosa y reverentemente las áreas salvajes. En mi opinión, el mayor valor de la Wilderness Act de 1964 es ético. Reconoce formalmente un compromiso humano de humildad, tolerancia y autocontrol. Sin embargo, necesitamos encontrar una alternativa a la idea de las áreas salvajes como pieza central de una filosofía de la conservación de la naturaleza. Afortunadamente, no necesitamos buscar muy lejos. Encontramos la alternativa apropiada en el concepto de reservas de la biosfera, un concepto surgido en Europa, centrado en los trópicos y al que han dado el visto bueno las Naciones Unidas. Por tanto, tiene una validez genuinamente internacional. Es más, las reservas de la biosfera no son seleccionadas en base a su calidad paisajística ni porque no sean útiles para nada más, sino en base su calidad ecológica. Dichas reservas, dirigidas a preservar la diversidad biológica y la salud del ecosistema, deberían estar diseñadas para albergar no sólo la megafauna carismática -osos, lobos, bisontes y similares- sino también todo el espectro de especies indígenas, tanto invertebrados como vertebrados, tanto plantas como animales.

Una política de gestión humana invasiva -por medio de, digamos, quemas controladas o una caza selectiva cuidadosamente planeada- es cognitivamente disonante[15] respecto a la idea de las áreas salvajes, pero no respecto a la idea de las reservas de la biosfera. De hecho, una de las diferencias significativas entre la vieja idea de las áreas salvajes y el nuevo concepto de las reservas de la biosfera es una aceptación de residencias y actividades humanas compatibles dentro y alrededor de las reservas. Si el Parque Nacional de Kidepo hubiese sido concebido como la Reserva de la Biosfera de Kidepo (aunque, por supuesto, pensar que podría haber sido realmente así es un anacronismo), los ik y su cultura podrían haber sido parte de lo que fue preservado. Mirando al futuro, la idea de unas Grandes Praderas americanas restauradas -las Tierras Comunales de Bisontes imaginadas por Frank y Deborah Popper[16]- sufrió, desde el principio, una oposición tan violenta porque originalmente fue lanzada siguiendo acríticamente el modelo de las áreas salvajes. Esta idea se está volviendo políticamente más aceptable, incluso atractiva, a medida que los residentes de las regiones elegidas ven la oportunidad de permanecer en ellas, sin tener que abandonarlas, cambiando el cultivo y la ganadería extensiva por diversas formas de explotar sosteniblemente el bisonte, el wapití[17], el ciervo y el antílope americano[18]. Tal y como imagino yo las Tierras Comunales de Bisontes, los rebaños privados de ganado vacuno y de ovejas serían eliminados de todo el Oeste árido y semiárido. Una vez ausente el ganado doméstico, la vegetación nativa podría volver a ocupar el territorio. Y con las vallas desmanteladas, los ungulados nativos podrían deambular libres y salvajes. Los antiguos rancheros y granjeros podrían conservar como hogar un terreno de cuarenta acres[19] y formar cooperativas de gestión para repartirse los derechos de caza selectiva, quizá proporcionalmente a cuánta tierra aportase cada uno al terreno común. Si los pies negros, los arapahoe, los cheyenne y los lakota pudieron explotar los rebaños sin dueño de wapitíes y bisontes sin poner en peligro la diversidad biológica, ¿por qué no van a poder hacerlo los residentes contemporáneos de la misma región?

La idea de las reservas de la biosfera puede ser la pieza central de una filosofía de la conservación coherente y universalizable. La idea de las áreas salvajes es una de las dos partes de una dicotomía del tipo “o esto o aquello”: o bien se dedica un área al poblamiento y a la explotación económica destructiva por parte de los seres humanos, o bien se la preserva en su estado prístino como área salvaje. En otras palabras, los defensores clásicos de las áreas salvajes, como Roderick Nash, no imaginaron ninguna alternativa a la preservación de zonas salvajes a la hora de contrarrestar la civilización industrial. Mientras la civilización industrial se mantuviese en su lado de la valla, no era cuestionada.

El concepto de zonas núcleo-amortiguador-corredor del Wildlands Project[20] está basado en el nuevo paradigma de las reservas de la biosfera. Sin embargo, en mi opinión, los autores del “Wildlands Project Mission Statement” de 1992 cuando escriben aún le conceden demasiado a la civilización industrial tal y como la conocemos, “La intensa actividad humana asociada a la civilización -agricultura, producción industrial, centros urbanos- podría continuar fuera de las zonas de amortiguación”. Complementando la idea de reserva de la biodiversidad en una filosofía sólida de la conservación de la naturaleza están las ideas de la tecnología apropiada y de los medios de vida sostenibles -si por “medio de vida sostenible” entendemos la actividad económica humana que no compromete la salud e integridad ecológicas. Las alternativas solares a la energía hidroeléctrica y a los combustibles fósiles deberían ser intensamente exploradas. Las alternativas a la agricultura industrial deberían ser promovidas mediante cambios en las políticas. La expansión urbana debería ser controlada mediante una mejor planificación y una distribución por zonas más estricta. Las reservas de madera deberían ser extraídas ecológica y sosteniblemente, tal y como hoy en día ordena la nueva política del Servicio Forestal en los bosques nacionales. Etcétera, etcétera. Por tanto, parte de la conservación biológica podría estar integrada en las actividades económicas en las áreas no declaradas reservas de la biodiversidad (como las zonas de amortiguación y los corredores), del mismo modo que ciertas actividades económicas podrían estar integradas en la conservación biológica en las áreas declaradas.

Me impresionó el modo en que el Gran Ecosistema de Yellowstone[21] parecía ser una presencia apabullante en la consciencia colectiva de Bozeman. Casi todos los oradores del simposium lo mencionaron. Algunos vivían en él. Unos pocos no hablaron más que de él. Como coincidió con mis vacaciones de Semana Santa[22], reservé algunos de los días posteriores para hacer trekking. El parque me atraía como un imán. Alquilé un coche y conduje subiendo por el valle Paradise hasta la entrada norte. Entonces merodeé a pie por el valle del río Yellowstone y por los del Lamar y el Gardiner, dos de sus afluentes.

Cansado del largo y triste invierno de Wisconsin y con mis esquíes de fondo en casa, nunca llegué a acercarme siquiera a las zonas más salvajes[23]. Trepando por McMinn Bench cerca del monte Everts, pude ver el poblado de las oficinas centrales del parque en las inmediaciones de las fuentes termales Mammoth, el pueblo de Gardiner más al norte, la U.S. 89 dirigiéndose hacia el sur hacia la cuenca del géiser Norris y la U.S. 212, que es mantenida abierta todo el invierno hasta tan al este como Cooke City, Montana. Sin embargo, la diferencia entre dentro y fuera de los límites del parque era como la diferencia entre el día y la noche. Dentro, el poblado de las oficinas, las carreteras, las zonas de acampada, todos tenían bordes estrictamente claros. Y no había cercados. Fuera, el poblado de la entrada tenía un largo filamento de estaciones de servicio, moteles, mercadillos y puestos colocados todo a lo largo de la carretera. Casas con aspecto de nuevas se hallaban esparcidas aquí y allá en los riscos cercanos. A pesar de que normalmente caminaba a través de una mezcla de barro y estiércol de wapití, el parque parecía limpio. Más allá, el paisaje parecía estropeado y desordenado.

Tanto fuera como dentro del parque vi wapitíes, ciervos mula[24] y de cola blanca[25] y berrendos[26]. Dentro del parque vi bastantes bisontes. A más corta distancia, la evidencia de la superpoblación de wapitíes era omnipresente: los álamos temblones[27] estaban ausentes, había una línea de ramoneo que llegada hasta el nivel de los ojos de los wapitíes en los abetos de Douglas[28] y los pinos de corteza blanca[29], las sendas de los animales atravesaban las laderas más o menos cada cincuenta pies[30] de elevación, las riberas de los ríos estaban desnudas y erosionadas y por todas partes que pisaba, pisaba sobre excrementos de wapití.

El Gran Ecosistema de Yellowstone (que contiene los Parques Nacionales de Yellowstone y Grand Teton, los Bosques Nacionales de Bridger-Teton, Targhee, Gallatin, Custer, Caribou y Beaverhead y tres refugios de vida salvaje, así como tierras propiedad del Departamento de Gestión de Tierras[31], del estado y privadas) es el mayor ecosistema relativamente intacto de los 48 estados contiguos. El parque está en la lista de Reservas de la Biosfera y Patrimonios de la Humanidad de la UNESCO. Lo que le falta a la Reserva de la Biosfera de Yellowstone es una política bien pensada para la zona de amortiguación y unos corredores bien articulados para conectarla con los hábitats-núcleos de Bitteroot, Bob Marshall, Glacier y Cascade. No tengo experiencia personal en lo referente a corredores potenciales, pero el valle Paradise es un candidato ideal para una zona de amortiguación en el límite norte del Parque Nacional de Yellowstone. Bajo la nueva ordenanza para la gestión de los ecosistemas, el Servicio Forestal debería gestionar sus bosques de “múltiples usos” como zonas de amortiguación del Gran Ecosistema de Yellowstone. Hasta ahora, el servicio forestal ha extendido la construcción de carreteras y permitido las matarrasas en sus tierras, especialmente en los Bosques Nacionales de Targhee y Gallatin, “tratamientos” incompatibles con la gestión de las zonas de amortiguación de las reservas de la biosfera. El pastoreo de ganado se permite en casi la mitad de las tierras públicas del ecosistema, incluidas (increíblemente) las zonas declaradas áreas salvajes protegidas en los bosques nacionales y en algunas partes del Parque Nacional Grand Teton. Con todo, ¿qué esperanza podemos albergar de que el hábitat de invierno, absolutamente esencial para los ungulados, que constituyen muchas de las propiedades privadas del valle Paradise sea gestionado como una zona de amortiguación?

Observemos lo que está ocurriendo en el valle hoy en día. Con la primera lata de cerveza fría que tomaba desde hacía tres días posada sobre el asiento, entre mis piernas, mi mano izquierda sobre el volante y la derecha tomando notas mientras conducía desde Gardiner a Livingston, esto es lo que vi:

Inmediatamente más allá de los límites del parque una gran cantidad de tierra despejada en las laderas de las colinas entre el valle del Río Yellowstone y las montañas ha sido comprada por la Fundación Rocky Mountain Elk con el fin de servir como refugio de invierno. Sin embargo, algún empresario emprendedor ha excavado una cantera de grava visible prácticamente desde la puerta del parque y a tiro de piedra del río. Mientras yo conducía, un buldócer estaba empujando rocas sueltas en medio de una nube de polvo.

La siguiente marca llamativa del hombre en el paisaje es el antiguo rancho alpino, Royal Teton Ranch, que era propiedad del difunto Malcom Forbes, quien no debía saber que las vistas desde su refugio daban a la Cordillera Gallatin no a la Teton. Forbes, en su último rito de culto a Mammón[32], vendió su propiedad de Montana por una buena suma a la secta apocalíptica Iglesia Universal y Triunfante. Justo a orillas del río, el núcleo duro de la secta vive en un destartalado poblado (y el resto en lugares como Livingston y Bozeman). Más atrás, en las laderas de la Cordillera Gallatin han construido refugios contra bombas, cuyos tanques de almacenamiento de combustible se descubrió que perdían gasoil. Mientras conducía al atardecer, las vacas de la secta bebían en el Yellowstone y pisoteaban sus orillas. Da la casualidad de que la antigua propiedad de Forbes tiene “recursos” geotermales y vi salir vapor cerca del pequeño asentamiento. La “iglesia” planea explotar estos recursos, poniendo en peligro de agotamiento a los géiseres del parque.

Luego, al lado de la carretera y lejos del río, pasé al lado de una “granja de wapitíes”, una casa desvencijada y algunos cobertizos descompuestos al lado de un pequeño corral sin hierba rodeado con una valla alta. Me dijeron que los guardas de caza habían acabado atrapando al astuto propietario mientras atraía por las noches a sus instalaciones a wapitíes salvajes hambrientos. Después los vendía como animales criados en cautividad.

Entrar en el cañón Yankee Jim supuso un pequeño alivio de este mundo herido. La mayor parte del cañón pertenece al Bosque Nacional Gallatin. En el cañón, las montañas de ambos lados del valle se acercan y el río fluye rápido a través de una estrecha garganta.

Hacia el norte, más abajo del respiro del Yankee Jim, el valle se ensancha, bordeado al este por la Cordillera Absaroka y al oeste por la Gallatin. Una vez más, la propiedad es mayoritariamente privada. Ranchos. Ganado vacuno. No permanecí por allí el suficiente tiempo para saber si los rancheros del valle Paradise eran administradores conscientes de la tierra, como Mr. Hibbard, o no. Sin embargo, lo que sí pude ver a través del parabrisas a sesenta millas por hora[33] fue el significado de “trabado”[34] -atrapado o cogido en, o como en, una red; enredado; impedido o estorbado; confinado, según mi diccionario. El valle estaba “trabado”, estorbado e impedido por una red de cercados.

Entremezclados con los ranchos, cerca de un punto grueso en el mapa de carreteras llamado Emigrant y siguiendo hasta Livingston, hay pequeñas granjas ribereñas con mansiones erigidas en ellas, que pertenecen a gente adinerada de otras partes que encontraron su pequeño trozo de paraíso a orillas del Río Yellowstone. Dos millas al este de Emigrant, en un gran meandro del río está Chico, un lugar con aguas termales. No paré allí ya que acababa de darme un chapuzón au naturel en el parque.

Para acomodar a los peregrinos itinerantes en el valle, más allá, bajando por la carretera alguien estaba reajustando las márgenes del río con un buldócer y construyendo una “zona de acampada” para vehículos recreativos. Las instalaciones estaban terminadas. Justo cuando yo pasé por allí, estaban construyendo los accesos.

A medida que me acercaba a Livingston, el aburguesamiento de la zona ribereña se iba volviendo más intenso. Las montañas de los lados se volvían a acercar entre sí hasta llegar al extremo norte del valle Paradise, cerca de un lugar llamado Allen Spur. Seguí rodando por este pueblo -poco a poco. La carretera está bordeada de casas modestas a lo largo del río, almacenes de madera, estaciones de servicio, tiendas 7-Eleven[35], moteles, restaurantes de comida rápida, solares vacíos llenos de desperdicios -el típico batiburrillo del desarrollo no planificado completamente al desnudo, Cualquier Lugar, EE. UU.

¿Y en qué podría convertirse el valle? En unas Tierras Comunales de Bisontes. O, de modo más preciso, en unas Tierras Comunales de Ungulados.

La mayoría de las sectas acaban autodestruyéndose -la Rama Davidiana fue un ejemplo espacialmente espectacular. La Iglesia Universal y Triunfante es de esperar que no sea una excepción a la regla. Entonces, el gobierno federal podrá hacer lo que ya intentó antes, comprar la antigua propiedad de Forbes y dedicarla a la vida salvaje.

Si el gobierno pensó que no podía permitirse pagar el precio que Forbes pedía, probablemente se estremecería ante la idea de comprar todo el valle Paradise, gran parte del cual puede que ni siquiera esté en venta. De modo que, ¿qué se puede hacer? Convencer a los rancheros de echar abajo sus vallas, la presencia que más omnipresentemente impone trabas a la tierra; deshacerse del ganado e invitar a entrar a los wapitíes, bisontes, antílopes y ciervos. Los coyotes mantendrían a raya a las ardillas terrestres; los hurones de patas negras[36] limitarían la población de perrillos de la pradera; los lobos grises y los pumas eliminarían a los grandes herbívoros viejos, enfermos y menos aptos, dejando que los rancheros recogiesen lo mejor de las manadas libres. A la gente adinerada debería encantarles mirar a través de sus ventanales y ver animales salvajes libres, en lugar del ganado vacuno cercado de sus vecinos. Y los turistas podrían pagar incluso más dinero por aparcar una Winnebago[37] en medio de la “naturaleza libre” -como Arne Naess llama a esta adecuada mezcla de gente y vida silvestre- en vez de justo junto a otra atracción al lado de la carretera.

Sin embargo, ¿cómo evitar la tragedia de los comunes[38]? A través de la cooperación. El valle Paradise está bien definido y demarcado. Una cooperativa de rancheros podría contratar a sus propios ecólogos expertos en vida silvestre y, en colaboración con el Servicio de Pesca y Fauna, el Servicio Forestal y el Servicio de Parques, establecer sus propias cuotas de extracción sostenible.

Tras mi charla en el simposium sobre las tierras salvajes[39], le pregunté a Chase Hibbard qué opinaba de mi propuesta acerca de cambiar la cría de ganado vacuno por la caza comercial de ungulados nativos. Él era contrario a ella. De manera categórica. Le pregunté por qué, si los análisis de mercado sugieren que un programa semejante sería más atractivo económicamente que la cría de ganado. “Ya sabe usted, el negocio es el negocio. ¿O acaso el ganado vacuno es una religión en Montana?”. “Sí”, me contestó, “lo es”. (Este simposium estuvo lleno de sorpresas). Y continuó planteando la típica sarta de sandeces[40] acerca de cómo el ganado forma parte de aquello que hace que el Oeste sea el Oeste (en las mentes estadounidenses mediatizadas por Hollywood), y de cómo su familia ha estado criando ganado allí desde hace mucho tiempo. “¡Mucho tiempo!”, me dieron ganas de decir, pero me callé -un instante en la trayectoria de la verdadera historia y del futuro del Oeste, el cual pertenece a los bisontes y a aquellos cuyo medio de vida estuvo una vez centrado, y pronto puede volver a estarlo, en estos símbolos greñudos de las tierras altas semiáridas de Norteamérica y en los demás herbívoros nativos.

Pensando sobre este intercambio de opiniones, llegué a la conclusión de que el ganado no era el verdadero objeto de culto de la religión de los rancheros del Oeste. La propiedad privada lo es. Además de la Iglesia Universal y triunfante, el valle Paradise no es hogar para los nuevos adoradores de Baal[41]. No, el teólogo de los ganaderos es John Locke[42]. Tal y como yo imagino las Tierras Comunales del Valle Paradise -una parte clave de la Zona de Amortiguación de la Reserva de la Biosfera del Gran Yellowstone- la propiedad privada “auténtica” seguirá en manos privadas. Son las “unidades animales” poseídas de forma privada las que desaparecerían, junto con las vallas, uno de cuyos propósitos es marcar los límites de las propiedades y separar entre sí los rebaños privados.

¿Sería esto algo tan antiamericano? No si pensamos de un modo más amplio, en términos históricos. Ese es más o menos el modo en que los indios –y si alguien puede decir que es un auténtico americano son ellos- lo hacían. Cada grupo tenía un territorio sobre el cual reclamaban y hacían valer sus derechos de propiedad. Pero los animales eran sus propios dueños. Y si, para sonar más cercanos, hemos de limitarnos a la escala a corto plazo de la historia euroamericana, tradicionalmente, los pescadores pelágicos, han sido propietarios de sus propios barcos y aparejos, pero los peces iban a donde querían, sin que nadie los poseyera. Así que el precedente y paradigma de unas Tierras Comunes de Ungulados deberían quizá ser las pesquerías marinas en lugar de los ranchos terrestres. Con una gran diferencia: una red de Tierras Comunales de Ungulados de Norteamérica sería mucho menos propensa a la sobreexplotación, ya que los stocks están compuestos por especímenes grandes y visibles que son bastante fáciles de contar y que caen bajo jurisdicciones nacionales (las de los Estados Unidos, Canadá y México, hoy en día, para mal o para bien, coordinadas por el NAFTA[43]).

El concepto de conservación por medio de reservas de la biosfera incluye otra zona a menudo menos comentada, la zona de transición. Aquí también, la clave son las tecnologías apropiadas y las economías sostenibles. Comenzando en Livingston y yendo hacia el este, las montañas de Montana dan paso a las llanuras altas de Montana. La región de las Grandes Llanuras ya se está moviendo en dirección a las Tierras Comunales del Bisonte. Los cercados siguen aún en pie, pero varios grandes ranchos -el más famoso es el que pertenece a Ted Turner- están cambiando el ganado por bisontes. Aunque los bisontes son ciertamente menos fáciles de manejar y más difíciles de contener, necesitan menos cuidados que el ganado vacuno, de modo que se están volviendo una alternativa cada vez más atractiva para los emprendedores de las llanuras altas imaginativos y con suficiente terreno. Y muchos grupos indios están mostrando un vivo interés en repoblar las tierras de las reservas con manadas de bisontes, con el incentivo añadido del lugar que el bisonte ocupaba en sus historias, culturas y religiones.

 

ZONAS SALVAJES, HOY MÁS QUE NUNCA. UNA RESPUESTA A CALLICOTT

Por Reed F. Noss[44]

El artículo de J. Baird Callicott “Crítica y alternativa a la idea de las zonas salvajes” es peculiar. Está bien escrito, es erudito y, definitivamente, hace pensar. Sin embargo, también provoca una buena cantidad de frustración, al menos en mí. Muchos de los que estamos involucrados en el movimiento para la conservación hemos trabajado duro durante años para promover la comprensión ecológica y evolutiva como fundamento lógico de la conservación de la tierra (tierra en el sentido que Aldo Leopold usaba el término, incluyendo el aire, el suelo, el agua y la biota), aunque siempre unida a la apreciación estética y ética de los seres y lugares salvajes por sí mismos. Siguiendo a Leopold, hemos tratado de unir el cerebro y el corazón, la racionalidad y la intuición, en la lucha por defender la naturaleza salvaje. Sin embargo, ahora viene Callicott, un renombrado experto en ética medioambiental, un estudioso de las ideas de Leopold y un declarado amante de lo salvaje[45], lanzando un ataque contra el concepto de las áreas salvajes. Éste es sólo el último de una serie de artículos en los que Callicott tacha la idea de las áreas salvajes de anacrónica, ecológicamente desinformada, etnocéntrica, históricamente ingenua y políticamente contraproducente. Creo que Callicott está completamente equivocado y voy a tratar de mostrarles a ustedes por qué.

Primero, he de hacer énfasis en que estoy de acuerdo con buena parte del ensayo de Callicott. Sus interpretaciones progresistas de las reservas de la biosfera, las zonas de amortiguación, las zonas de transición, los medios de vida sostenibles y la gestión ecológica van todas ellas en la misma línea que lo que yo y los muchos otros afiliados al Wildlands Project hemos apoyado y propuesto. Sin embargo, Callicott presenta todos estos conceptos integradores como alternativas a la protección de las áreas salvajes, como las cosas a las que los conservacionistas deberían dedicar su tiempo en lugar de dedicarlo a defender las tierras salvajes. Para apoyar su opinión de que la idea de las áreas salvajes ya no tiene valor, Callicott construye un hombre de paja a partir de una idea de las áreas salvajes (basada esencialmente en la Wilderness Act de 1964) que lleva treinta años caducada. Nadie que yo conozca piensa hoy en día acerca de las áreas salvajes del modo que describe Callicott. Cualquiera con un poco de cerebro sabe que los límites de las áreas salvajes son permeables, que los ecosistemas son entes dinámicos, que los humanos somos en el fondo parte de la naturaleza (aunque se podría dudar de si no seremos una parte maligna) y que la gestión ecológica es esencial en la mayor parte de las áreas salvajes modernas si deseamos mantener la biodiversidad y la integridad ecológica. “Dejar que la naturaleza siga su curso” en las reservas pequeñas y aisladas con cada vez más especies exóticas y herbívoros no controlados es observar pasivamente mientras la víctima de un accidente se desangra hasta morir.

Callicott afirma que “varios descubrimientos recientes y no tan recientes están trastocando esta filosofía simple de la conservación de la naturaleza mediante la preservación de las áreas salvajes”. Y continúa ofreciendo diversos argumentos a favor de su tesis de que el ideal de las áreas salvajes ya no es útil. Estoy de acuerdo en que las áreas salvajes “intactas” en los paisajes dominados por los seres humanos a menudo tienen un valor ecológico mínimo. Pero aun así tienen cierto valor, por ejemplo, al servir como sitios de referencia (aunque sean imperfectos) para las experiencias de restauración y gestión y como microrrefugios para especies sensibles a las perturbaciones causadas por el ser humano. Es una exageración afirmar que la preservación de las áreas salvajes ha fracasado. De hecho, a juzgar por las evidencias recientes disponibles en la mayor parte del continente, se podría llegar más fácilmente a la conclusión de que es la gestión de usos múltiples la que ha fracasado. Las áreas de usos múltiples, las cuales constituyen la inmensa mayoría de las tierras públicas, han sido mucho más degradadas que prácticamente cualquiera de nuestras áreas salvajes protegidas[46] (el propio Callicott ofrece varios ejemplos pertenecientes al Gran Ecosistema de Yellowstone). Las carreteras cruzan por doquier, los últimos bosques primarios están siendo convertidos en tablones, las vacas rumian y cagan mientras se abren paso por las tierras de pasto públicas y la propaganda de la “gestión de los ecosistemas” es usada para justificar el mantenimiento del statu quo bajo una nueva apariencia. Estas evidencias no hacen sino reforzar la idea de que necesitamos más -no menos- superficie de terreno fuera de los límites de la explotación humana intensa. Cuanto más se degrada el paisaje en general, más valor adquieren las auténticas áreas salvajes, a pesar de que cada vez sean más difíciles de proteger.

Callicott tiene toda la razón al decir que en su día la conservación biológica no era uno de los motivos principales a la hora de declarar protegidas las áreas salvajes. La localización sesgada de las tierras declaradas áreas salvajes protegidas -son protegidas áreas de escaso valor económico, salvo para el recreo y el turismo, en lugar de áreas más productivas y biodiversas- es algo bien sabido. Este enfoque distorsionado y poco ecológico de la protección de las áreas salvajes ha sido repetidamente denunciado tanto en los escritos técnicos de la conservación como en la literatura conservacionista popular. Los programas modernos para la conservación, desde proyectos convencionales del gobierno, tales como el Análisis Gap de la Agencia Nacional para la Investigación Biológica[47], hasta intentos vanguardistas como el Wildlands Project, están tratando de corregir este desequilibrio y de representar mejor la totalidad del espectro de la biodiversidad en las áreas protegidas. En lo referente a este asunto, las críticas de Callicott al movimiento de defensa de las áreas salvajes son deshonestas; hemos aprendido y hemos madurado. Ya no toleraremos el sacrificio de tierras salvajes productivas a cambio de unos pocos pedazos de rocas y hielo. La afirmación de Callicott de que la preservación de las áreas salvajes es puramente “defensiva” es simplemente el reflejo de los ataques que las áreas salvajes[48] sufren en todas partes. Por supuesto que somos defensivos. Si no defendiésemos las últimas áreas salvajes[49] que quedan, pronto desaparecerían. Y aun así perdemos la mayoría de las batallas; si nos rindiésemos, en poco tiempo no quedaría nada. Sea como sea, el movimiento de defensa de las áreas salvajes hoy en día no es meramente defensivo. De hecho, el Wildlands Project pretende superar los intentos defensivos y desesperados y pasar de decir lo que no debería ser hecho a decir lo que debería ser hecho para restaurar ecosistemas completos en todas las regiones.

Callicott dedica bastante espacio en su ensayo al problema de excluir a los seres humanos de las áreas salvajes cuando los seres humanos son en realidad parte de la naturaleza. No conozco ningún problema filosófico más difícil que la cuestión de “qué es natural”. Que me aspen si lo sé. Sin embargo, Callicott tampoco aporta gran cosa para la resolución de este asunto. Estoy de acuerdo en que fue un error extender el modelo estándar estadounidense de parques nacionales a países en desarrollo y excluir de esas áreas a las culturas cazadoras-recolectoras indígenas. La idea de que las áreas salvajes pueden incluir a todos los primates salvo al género Homo es ridícula. Sin embargo, no es ridículo impedir que gente que lleva modos de vida derrochadores, subvencionados, insostenibles e industriales (incluidos Callicott y yo) habiten de manera permanente en las áreas salvajes protegidas[50]. Incluso excluir a los pueblos “nativos” de algunas reservas no es ridículo cuando esta gente adquiere armas de fuego, motos de nieve, vehículos todoterreno, buldóceres y medicina moderna. No es la exclusión de esas reservas lo que nos separa de la naturaleza; es nuestra cultura y nuestros modos de vida, lo que nos había separado ya de ella mucho antes de que empezásemos a declarar protegidas las áreas salvajes. Sí, la revolución darwinista nos unió intelectualmente a la naturaleza; pero llevamos tratando por todos los medios de separarnos emocional y físicamente de la naturaleza desde la época neolítica (como mínimo).

El problema de nuestro alejamiento respecto de la naturaleza puede estar en la creciente preponderancia de la evolución cultural sobre la evolución biológica en los últimos milenios de nuestra historia. Esta escisión entre lo cultural y lo biológico requiere también que tomemos medidas para proteger las áreas salvajes[51] y a otras especies de la explotación por parte de los seres humanos, si queremos que sobrevivan. Las adaptaciones de la mayoría de las especies vienen determinadas por la evolución biológica que actúa a través de la selección natural. Salvo las bacterias y algunas especies de invertebrados que tienen “generaciones” con una duración muy corta, la evolución biológica es mucho más lenta que la evolución cultural, tardando cientos o miles de años en expresarse. Mediante la evolución cultural los seres humanos pueden responder mucho más rápido que la mayoría de las demás especies al cambio medioambiental. Dado que la mayor parte del cambio medioambiental hoy en día es obra del ser humano, hemos creado una situación en la cual nuestra supervivencia a corto plazo está mucho más asegurada que la de las especies menos adaptables. Algunas de esas especies son extremadamente sensibles a las actividades humanas. Tal y como yo la entiendo, la ética medioambiental, como Leopold, Callicott y otros la han llamado, nos obliga a proteger a aquellas especies que dependen de las áreas salvajes ya que son sensibles a la persecución y el asedio por parte de los seres humanos. Me apresuro a decir que pocas especies “dependen” de las áreas salvajes porque prefieran éstas a las tierras ocupadas por los seres humanos; más bien, necesitan las áreas salvajes porque los humanos las exterminan en todos los demás lugares. La ausencia de carreteras define las zonas salvajes. Allá donde haya carreteras u otros medios de acceso para los seres humanos, los grandes carnívoros y otras especies vulnerables a la persecución humana normalmente no podrán sobrevivir.

Callicott critica correctamente la idea de las áreas salvajes entendidas como paisajes “no gestionados” en absoluto. Yo discrepo de algunos defensores modernos de las áreas salvajes en que hago hincapié en que la mayoría de las áreas salvajes protegidas[52] hoy en día deben ser activamente gestionadas si queremos que mantengan las condiciones “naturales” a causa de las cuales fueron declaradas protegidas (véase mi libro, escrito a medias con Allen Cooperrider, Saving Nature’s Legacy: Protecting and Restoring Biodiversity, Island Press, 1994). Ciertamente los nativos americanos gestionaban los ecosistemas en que vivían, principalmente mediante el uso del fuego. Creo que hay evidencias palmarias de que hasta cierto nivel de gestión el Homo sapiens puede ser una auténtica “especie clave” en el sentido más positivo; que podemos enriquecer la diversidad de hábitats y especies del paisaje. Podemos jugar un papel similar al de los castores, los perrillos de las praderas, los bisontes, los pájaros carpinteros o las tortugas excavadoras[53], aportando los hábitats de los que muchas otras especies dependen. Por encima de cierto umbral, sin embargo, el aumento de biodiversidad se convierte en destrucción de la biodiversidad. La diversificación se transforma en homogenización. El hombre que era parte de la naturaleza entra en guerra con la naturaleza. Nos volvemos demasiado endemoniadamente listos para nuestro propio bien. No creo que la gestión o la tecnología humanas sean inherentemente malas; pero una vez que hemos cruzado el umbral, nos volvemos un tumor en vez de ser una parte vital del ecosistema. Una vez más esta transformación constituye otra razón para establecer áreas salvajes protegidas[54] y protegerlas de la invasión humana. Esas áreas salvajes puede que necesiten ser gestionadas, pero la gestión más positiva será normalmente la protección respecto del uso excesivo por parte de la gente, la restauración de las estructuras y procesos dañados por actividades humanas realizadas en el pasado y la gestión de las perturbaciones (por ejemplo, las quemas artificiales[55]) para sustituir los procesos naturales que se han visto alterados.

El hombre de paja de las áreas salvajes de Callicott alcanza su cenit con la afirmación de que “la preservación (la cursiva es suya) de las áreas salvajes ha significado a menudo congelar la imagen del statu quo anterior, manteniendo las cosas como eran cuando los ‘hombres blancos’ entraron por primera vez en escena”. A pesar de ser lógicamente coherente, semejante interpretación del ideal de las áreas salvajes es estúpida. Ningún ecólogo interpreta las áreas salvajes en el sentido de clímax estáticos y vírgenes con que Callicott las caricaturiza. De todos modos, tirar por la borda el conocimiento del estado histórico preeuropeo de los paisajes de Norteamérica sería igualmente estúpido. Esos ecosistemas previos a la colonización se desarrollaron a lo largo de miles e incluso millones de años de evolución de las especies que los componían sin una intervención humana significativa [salvo por el posible papel de los cazadores humanos en la eliminación de muchos de los grandes mamíferos norteamericanos hace entre 10.000 y 15.000 años]. Es verdad que el entorno en que dichas comunidades se desarrollaron era dinámico, pero el ritmo y la magnitud del cambio no eran para nada semejantes a los experimentados hoy. Tal como los ecólogos Steward Pickett, Tom Parker y Peggy Fiedler señalan (en Conservation Biology, editado por P. L. Fiedler y S. K. Jain, Chapman and Hall 1991) en relación al “nuevo paradigma de la ecología”, el conocimiento de que la naturaleza es esencialmente un mosaico cambiante en continuo flujo no debería ser malinterpretado con el fin de sugerir que los cambios generados por los seres humanos no son algo de lo que haya que preocuparse. Al contrario, “los cambios generados por el ser humano deben ser restringidos porque la naturaleza tiene unos límites funcionales, históricos y evolutivos. La naturaleza tiene un rango de modos de ser, pero hay un límite para dichos modos y, por consiguiente, los cambios humanos han de estar dentro de dichos límites”.

Sí, muchos ecosistemas norteamericanos fueron gestionados mediante las quemas que realizaron los indios durante quizá tanto tiempo como 10.000 años; pero en la mayoría de los casos, los indios no crearon nuevos ecosistemas. Simplemente mantenían y expandían las praderas y sabanas que se desarrollaban de forma natural durante los periodos climáticos en que la frecuencia de incendios era alta. Además, la importancia de los fuegos provocados por los indios se exagera a menudo. Como muchos ecólogos han señalado, la frecuencia natural de las tormentas en algunas regiones, tales como la llanura costera del Sudeste de Estados Unidos, es más que suficiente para explicar la dominancia de la vegetación pirófita allí. En cualquier caso, los nativos americanos, en la mayoría de los casos (dejando aparte las extinciones de la megafauna de finales del Pleistoceno), claramente actuaron más dentro de los límites funcionales, históricos y evolutivos de sus ecosistemas que los europeos, que transformaron la mayor parte del continente norteamericano en menos de 200 años. La idea moderna de las áreas salvajes, tal y como se concibe en el Wildlands Project, no dice que los humanos estén aparte de la naturaleza. Simplemente dice, en la misma línea que la ética de la tierra de Leopold, que necesitamos imponer restricciones a nuestras acciones. Necesitamos mantenernos dentro de los límites establecidos por las historias evolutivas de los paisajes en que habitamos. Hasta que logremos reducir nuestro número y caminar humildemente por todas partes, hagamos esto último al menos dentro de las áreas salvajes[56] que nos quedan.

Callicott presenta el modelo de las reservas de la biosfera como si fuese una alternativa a las áreas salvajes protegidas[57]. Estoy de acuerdo en que el modelo de las reservas de la biosfera es útil -nosotros [el Wildlands Project] basamos nuestras propuestas de red de tierras salvajes en una extensión de dicho modelo. Las reservas de la biosfera no son, de todos modos, una alternativa a las áreas salvajes protegidas[58]. De hecho, las áreas salvajes protegidas[59] son la parte central del modelo de las reservas de la biosfera: las áreas núcleo. Sin un núcleo constituido por un área salvaje, una reserva de la biosfera no podría cumplir su función de mantener todo el conjunto de especies nativas y procesos naturales. Un núcleo constituido por un área salvaje puede que aún requiera gestión ecológica, especialmente si es demasiado pequeña para cuidar de sí misma (menor de varios millones de acres). Una meta saludable a largo plazo es reconstruir áreas núcleo (lo ideal sería que hubiese al menos una en cada ecorregión) lo suficientemente grandes para ser esencialmente autogestionadas, áreas que no requieran nuestros constantes cuidados y vigilancia. Esas verdaderas áreas salvajes tendrán mucho que enseñarnos acerca de cómo podríamos habitar armoniosamente con la naturaleza en las zonas de amortiguación.

La supuesta dicotomía de Callicott de “o bien se dedica un área al poblamiento y a la explotación económica destructiva por parte de los seres humanos, o bien se la preserva en su estado prístino como área salvaje” es falsa. El modelo de red de reservas aplicado por el Wildlands Project reconoce un gradiente que va desde tierra salvaje hasta tierra desarrollada, pero promueve un movimiento continuo hacia el extremo salvaje del gradiente a lo largo del tiempo a medida que la escala y la intensidad de las actividades humanas declinen. Y las actividades humanas deben declinar si queremos que la Tierra tenga algún futuro. La idea de Callicott de “medios de vida sostenibles” es totalmente coherente con este modelo. Sin embargo, ¿cómo vamos a saber de qué modo gestionar los recursos de forma sostenible (sosteniendo a la vez todas las especies y procesos ecológicos nativos) sin áreas salvajes que sirvan de referencia y modelo? ¿Cómo vamos a mostrar moderación en nuestra gestión de los recursos dentro del conjunto del paisaje si no tenemos el respeto suficiente como para dejar sin explotar grandes áreas salvajes por su propio bien?

No necesitamos alternativas a las áreas salvajes. Más bien, necesitamos incorporar el ideal de las áreas salvajes en una visión más amplia de paisajes recuperados y a la vez dinámicos en los que dominen las tierras salvajes, pero estén complementados por una verdadera civilización. Como dijo Ed Abbey, una sociedad digna de llamarse civilización es aquella que reconoce el valor de dejar gran parte de su tierra en estado salvaje[60]. En estos días de frívola “gestión de los ecosistemas”, necesitamos el ideal de las áreas salvajes más que nunca. Lo necesitamos para tener una “base de datos de normalidad”, como la llamó Leopold, con el fin de que nos aporte sitios de referencia con los que poder comparar las tierras gestionadas de forma más intensa. Lo necesitamos para inspirarnos, para poner nuestras vidas en peligro, para volvernos humildes. Y, lo que es más importante, los osos también lo necesitan.

 


[1] Traducción a cargo de Último Reducto de “A Critique of and an Alternative to the Wilderness Idea” según la reimpresión publicada en Wild Earth. Wild Ideas for a World out of Balance (Tom Butler, ed., Milk Weed Editions, 2002) del artículo original aparecido en la revista Wild Earth 4, nº 4 (Invierno 1994/1995):54-59. © 1994 J. Baird Callicott. N. del t.

[2] Ley estadounidense que regula la protección legal de ciertas áreas declaradas salvajes. N. del t.

[3] “Redneck” en el original. Si bien, en aras de la sencillez, se ha traducido simplemente como “paleto” en el presente texto, el concepto de “redneck”, en inglés y en Estados Unidos, tiene ciertas connotaciones, debidas a las condiciones sociales y culturales de ese país, que lo hacen diferente del concepto de “paleto” en español. Por otro lado, ciertos sectores no izquierdistas del conservacionismo estadounidense han reivindicado para sí mismos con orgullo, y no sin cierta dosis de humor, el calificativo de “rednecks”. N. del t.

[4] “Wilderness” en el original. Término que hace referencia a las tierras y ecosistemas poco o nada humanizados. En estos dos textos, salvo que se indique explícitamente, ha sido traducido como “zonas salvajes”, “áreas salvajes” o “ecosistemas salvajes” N. del t.

[5] “Wilderness” en el original. En este caso concreto se ha traducido como “zonas salvajes protegidas” porque aquí el autor se refiere específicamente a las zonas salvajes protegidas por la Wilderness Act. N. del t.

[6] “Wilderness preserves” en el original. N. del t.

[7] Ídem. N. del t.

[8] Existe edición en castellano: El fin de la naturaleza, Ediciones B, 1990. N. del t.

[9] El título del libro de McKibben: The End of Nature significa “El fin de la Naturaleza” en español y en este libro McKibben viene a desarrollar más ampliamente la idea de que, en el planeta Tierra, ya no quedan zonas o procesos geobiológicos que no se hayan visto afectados de algún modo por las actividades industriales humanas. N. del t.

[10] “Pristine wilderness” en el original. N del t.

[11] “Wilderness” en el original. N del t.

[12] Ídem. N del t.

[13] “The New World wilderness condition” en el original. N del t.

[14] “Wilderness setting” en el original. N. del t.

[15] La disonancia cognitiva hace referencia en psicología a la percepción de incompatibilidad debida al conflicto entre las distintas ideas, creencias o emociones de una persona, o entre su comportamiento y sus ideas, emociones o creencias. N. del t.

[16] Propuesta para la creación de una gran reserva natural de 360.000 km2 en las Grandes Llanuras estadounidenses. N. del t.

[17] Cervus elaphus. N. del t.

[18] Antilocapra americana. N. del t.

[19] Aproximadamente 160.000 m2. N. del t.

[20] Proyecto de conservación norteamericano. Una idea central de este proyecto es la conectividad entre las áreas protegidas (núcleos) mediante corredores para la vida salvaje. Otra idea importante es la creación de áreas de amortiguación alrededor de los núcleos en las cuales las actividades económicas humanas serían permitidas pero estarían reguladas para favorecer la conservación de la biodiversidad en los núcleos. El nombre actual del proyecto es Wildlands Network. N. del t.

[21] “Greater Yellowstone Ecosystem” en el original. N. del t.

[22] “Spring Break” en el original. N. del t.

[23] “Backcountry” en el original. N. del t.

[24] Odocoileus hemionus. N. del t.

[25] Odocoileus virginianus. N. del t.

[26] Otro de los nombres vulgares del antílope americano. N. del t.

[27] “Aspen” en el original. Probablemente Populus tremuloides. N. del t.

[28] Pseudotsuga menziesii. N. del t.

[29] Pinus albicaulis. N. del t.

[30] 1 pie = 30,48 cm. N. del t.

[31] “BLM” [Bureau of Land Management] en el original. N. del t.

[32] Nombre bíblico de la avaricia y la riqueza. N. del t.

[33] Una milla=1,609 km. N del t.

[34] “Tramelled” en el original. Aquí, el autor está haciendo referencia al fragmento de la Wilderness Act, mencionado más arriba, en el que se dice que en las áreas salvajes protegidas la naturaleza no tiene trabas impuestas por el ser humano. N del t.

[35] Cadena de tiendas multinacional. N. del t.

[36] Mustela nigripes. N. del t.

[37] Famosa marca estadounidense de autocaravanas. N. del t.

[38] La tragedia de los comunes es el nombre comúnmente dado a la situación en la cual se explota individualmente un recurso común de acceso libre. El resultado, en ausencia de una autoridad que regule eficazmente dicha explotación, suele ser la sobreexplotación y agotamiento del recurso, ya que cada parte individual trata de obtener un beneficio máximo mediante la intensificación de la explotación. N. del t.

[39] “Wilderness” en el original. N. del t.

[40] “The usual line of bullshit (pun intended)” en el original. Esta frase en inglés juega con el doble sentido de “bullshit”(literalmente “boñiga” , aunque normalmente se usa con el sentido de “sandez”), para burlarse de lo que decía el ranchero, y lo remarca explícitamente en el paréntesis. Estos detalles jocosos son imposibles de traducir. N. del t.

[41] Dios de la antigua mitología de Asia Menor, asociado a la lluvia y la fertilidad. El autor se refiere metafóricamente a quienes defienden la Naturaleza salvaje. N. del t.

[42] En referencia a la idea de que la propiedad privada es un derecho natural del ser humano defendida por este filósofo del siglo XVII, considerado uno de los padres del liberalismo. N. del t.

[43] Tratado de Libre Comercio de América del Norte. N. del t.

[44] Traducción a cargo de Último Reducto de “Wilderness-Now More than Ever” según la reimpresión publicada en Wild Earth. Wild Ideas for a World out of Balance (Tom Butler, ed., Milk Weed Editions, 2002) del artículo original aparecido en la revista Wild Earth 4, nº 4 (Invierno 1994/1995):60-63. © 1994 Reed F. Noss. N. del t.

[45] “Wildness” en el original. N. del t.

[46] “Wilderness areas” en el original. N. del t.

[47] “National Biological Survey’s Gap Analysis” en el original. Hace referencia a un proyecto oficial que más tarde pasó a ser llevado a cabo por la División de Investigación Biológica de la Agencia para la Investigación Geológica de los Estados Unidos (U. S. Geological Survey). N. del t.

[48] “Wild areas” en el original. N. del t.

[49] Ídem. N. del t.

[50] “Wilderness areas” en el original. N. del t.

[51] “Wild areas” en el original. N. del t.

[52] “Wilderness areas” en el original. N. del t.

[53] Gopherus polyphemus. N. del t.

[54] Ídem. N. del t.

[55] “Prescribed burning” en el original. N. del t.

[56] “Wilderness areas” en el original. N. del t.

[57] “Wilderness” en el original. N. del t.

[58] Ídem. N. del t.

[59] Ídem. N. del t.

[60] “Much of its land as wilderness” en el original. N. del t.