Islas de civilización - Un modo minoritario de ver las cosas

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en esta web podría resultar complicada, hemos añadido un enlace en cada uno de ellos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título del artículo.

PRESENTACIÓN DE “ISLAS DE CIVILIZACIÓN” Y DE LA RÉPLICA “UN MODO MINORITARIO DE VER LAS COSAS

Los dos siguientes artículos han sido escritos por sendos autores conservacionistas que valoran la Naturaleza salvaje y muestran preocupación por la destrucción a que ésta está siendo sometida en la actualidad, pero que, sin embargo, representan dos enfoques muy diferentes en lo que respecta a identificar y hacer frente a las causas de dicha destrucción.

Roderick Nash es un iluso tecnoutópico, humanista e idealista que, en lugar de identificar la civilización (grandes sociedades con grandes núcleos urbanos y una elevada población humana) y el desarrollo tecnológico como las causas reales de la destrucción y sometimiento de la Naturaleza salvaje, considera que la causa última es la asunción de unos valores e ideas erróneos acerca del lugar del ser humano en el mundo y de su relación con la Tierra. No es de extrañar pues que su receta para evitar la destrucción de la Naturaleza se base en cambiar los valores e ideas de la sociedad y predicar una “ética ambiental” que dirija las relaciones entre los seres humanos y el resto del Planeta, sin cuestionar en absoluto el desarrollo tecnológico, sino más bien promoviéndolo y saltándose alegremente a la torera los límites y determinantes físicos más básicos, evidentes e ineludibles.

John Davis, por su parte, responde a la disparatada tecnofilia utópica de Nash mostrando la inherente incompatibilidad entre la conservación de la Naturaleza salvaje y el desarrollo de la civilización tecnológica. Dicha incompatibilidad se basa en factores físicos que los idealistas extremos como Nash tienden a no tener en cuenta.

Este contraste entre las posturas de ambos autores (idealismo desmelenado y tecnófilo vs. realismo) es lo que hace que pensemos que es interesante publicar estos dos textos. Sin embargo, a pesar de su mayor sensatez y tendencia al realismo, Davis, como la inmensa mayoría de los conservacionistas, tiene un excesivo poso idealista que hace que su respuesta a Nash no sea todo lo contundente y apropiada que debería.

Para empezar, no pone en cuestión la validez de predecir, imaginar, planificar y hacer proyectos acerca del futuro desarrollo de la sociedad tecnoindustrial, sino que incluso aplaude a Nash por hacerlo. Un mínimo conocimiento del funcionamiento de los sistemas y procesos complejos o, simplemente, un mínimo de reflexión y consciencia de los hechos (históricos y actuales), habrían mostrado a Davis lo absurdo de tratar de predecir, y más aún de dirigir voluntariamente, el desarrollo futuro de una sociedad. Esto jamás ha funcionado y jamás funcionará. Ni siquiera es posible a corto plazo, no digamos ya a largo plazo (por ejemplo, a los mil años vista propuestos por Nash). Soñar con futuras sociedades “felices”, sean tecnoutópicas o primitivas, es pura especulación inútil que no ayuda realmente a combatir eficazmente en la práctica y en la actualidad las causas reales de la destrucción de la Naturaleza salvaje.

Además de ser un idealista desbocado, Nash es un humanista que basa su discurso en el concepto de “derecho”, planteando que la sociedad futura debería basarse en una “ética ambiental” a la hora de relacionarse con la Naturaleza. Y Davis, aunque desde luego no parece tan humanista, tampoco pone en cuestión esta propuesta. Sin embargo, la noción de “derecho” (una entelequia creada para regular las relaciones sociales dentro de las sociedades humanas y que recientemente se ha tratado de ampliar a las relaciones con otras especies o entes naturales) nada tiene que ver con el respeto real por la Naturaleza salvaje. Además, aparte de la imposibilidad, mencionada más arriba, de que una sociedad pueda guiar voluntariamente su desarrollo y funcionamiento en base a una ética, “ambiental” o no, proponer semejante cosa es poner el carro delante de los bueyes: lo que en el fondo determina el desarrollo, funcionamiento, estructura e ideología (incluida la ética o moral) de una sociedad son los factores materiales (geología, ecología, biología, climatología, demografía, tecnología, etc.) no los valores ni las ideas (la ética en este caso). Por tanto, predicar valores y moderación no va a cambiar una situación que es física: la existencia de la civilización tecnoindustrial conlleva necesaria e inevitablemente la destrucción y sometimiento de los sistemas no artificiales que hay sobre la Tierra, ya que requiere extraer de ellos la energía y materias necesarias, verter en ellos los residuos de sus procesos de mantenimiento y ocupar el espacio que ellos ocupan.

 

ISLAS DE CIVILIZACIÓN

Por Roderick Frazier Nash[1]

 

Hoy en día no es una nueva noticia el hecho de que el Planeta Tierra no está bien. El problema, en pocas palabras, es que una de entre las aproximadamente treinta millones de especies está creciendo, tanto en número como en impacto sobre el entorno, hasta niveles que son insostenibles en la nave espacial finita que transporta a través del cosmos la única vida de la que tenemos noticia. En esta gran comunidad, el ecosistema global, el Homo sapiens ya no es un buen vecino. Nuestra capacidad para coexistir responsablemente con otras formas de vida comenzó a desaparecer hace unos 15.000 años, cuando cambiamos la caza y la recolección por la ganadería y la agricultura. Desde entonces, mediante la civilización tecnológica hemos ido llevando la modificación medioambiental hasta extremos peligrosos. Ahora existen señales de que con nuestra tendencia a crecer incontroladamente, los seres humanos somos una especie de cáncer en el organismo de la Tierra. Al igual que a las células cancerosas, se nos da muy bien crecer. A ambos [el cáncer y la humanidad] nos va bien en contextos extremos en los que la expansión es una virtud. Pero al final, e irónicamente, ambos fracasamos a causa de nuestro propio éxito. Conviene recordar que en el momento en que el cáncer alcanza su mayor desarrollo, el organismo huésped está a punto de morir, pero así es el cáncer. También los seres humanos nos hundiremos con el barco del ecosistema a menos que desarrollemos la capacidad del autocontrol.

Actualmente somos testigos del movimiento medioambiental más poderoso de la historia. En los años 90 del siglo XX se habla de una década verde y de un próximo siglo verde. Y estamos empezando a hacer algunas cosas razonablemente bien. Reciclaje, producción no contaminante y eficiencia energética son algo más que eslóganes. Sin embargo, a los ecologistas de la actualidad nos falta visión. Me refiero a visión a largo plazo: una concepción de cómo queremos que sea la civilización dentro de mil años. Sin ella, no tendremos una brújula que nos guíe a través de los mares ecológicos futuros que con seguridad serán procelosos. Al carecer de visión a largo plazo, somos como un esquiador cuya atención se centre en un punto de la ladera cincuenta pies[2] más abajo. La actuación a corto plazo (la conservación contemporánea) puede ser impresionante. Pero más adelante hay un precipicio (el umbral del cambio irreversible en los sistemas de soporte vital del planeta) y el esquiador miope corre el riesgo de ir trazando giros perfectos, ¡directamente hacia el abismo! Necesitamos una visión bifocal. Hemos de actuar en el escenario del día a día y del año a año pero, al mismo tiempo, hemos de mantenernos atentos al gran contexto a largo plazo. Ahora estamos jugando a ser Dios. Para bien o para mal, aunque probablemente para mal, el futuro del planeta está en nuestras a menudo torpes manos.

La visión que voy a presentar será controvertida ya que voy a tratar asuntos importantes y difíciles que implican la subordinación de los intereses humanos al conjunto biótico. Incluso los biocentristas y ecologistas profundos estarán en desacuerdo con parte de mi propuesta. Sin embargo, antes de que la sangre llegue al río, permítaseme subrayar la importancia en general del pensamiento futurista. Si a ustedes no les gusta parte o nada de mi sueño de las Islas de Civilización, creen el suyo. Lo esencial es que de vez en cuando levantemos la vista desde los detalles cotidianos hacia los horizontes lejanos de las posibilidades planetarias. ¿Dónde queremos que nuestra especie, y la naturaleza en general, estén dentro de un milenio? Sin tales metas no puede haber dirección. Y sin dirección navegamos a la deriva hacia un cada vez más aterrador abismo medioambiental.

Empezaré con cuatro esperanzas u objetivos que planteo para el futuro de la actividad humana en la Tierra. Los ajustes que propongo están pensados para ayudar a su realización.  Primero, espero que nuestra presencia en el planeta pueda mantenerse durante muchos miles de años. No comparto la misantropía de la mayoría de los ecologistas profundos radicales cuyo biocentrismo extremo les lleva a creer que lo mejor que puede hacer el Homo sapiens es suicidarse como especie. Ni tampoco me sitúo entre los futuristas que esperan que nuestro principal hábitat dentro de mil años ya no sea la Tierra. Independientemente de que la expansión por el espacio funcione o no, me parece que estamos moralmente obligados a cuidar de nuestro primer hogar. Abandonar una Tierra arrasada en busca de pastos planetarios más verdes sería, como mínimo, el colmo de la ingratitud.

Segundo, creo en la existencia de derechos para todas las especies y procesos ecosistémicos normales. Además, creo que estos derechos están por encima de los derechos de los seres humanos a incrementar su población, su opulencia y su ocupación del hábitat. Espero que la avalancha de extinciones de especies que ocurre en el presente pueda ser frenada y que la ética medioambiental guíe las relaciones futuras entre la gente y el planeta. La comunidad moral debería ser idéntica a la ecológica en el fondo. Espero que los derechos naturales se amplíen para abarcar a los derechos de la naturaleza. Tengo la esperanza de que dentro de mil años no sólo todos los seres humanos, sino también los seres de cuatro patas, los seres con raíces, los seres que vuelan y los microbios se unan todos juntos en una extensa hermandad ecológica. Desarrollando la retórica de 1963 de Martin Luther King hijo, digo que la libertad resuene no sólo desde y para Stone Mountain en Georgia, sino también para los océanos, ríos y bosques en todas partes.[3]

Tercero, espero que una cantidad significativa de tierras en este planeta permanezca salvaje para siempre.[4] No celebro un entorno totalmente humanizado y homogeneizado, no importa lo beneficioso o favorable que sea. La preservación de las tierras salvajes[5] es esencial, no solamente para el entretenimiento humano sino como un gesto de modestia planetaria por parte de una especie que necesita desesperadamente que le recuerden que sólo es un miembro y no la dueña del ecosistema. Aldo Leopold entendió esto en los años 40 del siglo XX, cuando avisó de que la primera ley para el éxito a la hora de tratar de arreglar algo es conservar todas las partes. La segunda ley, podríamos añadir ahora, es conservar las instrucciones: y éstas están contenidas en los ecosistemas salvajes sanos.

Por último (y aquí confío estar en compañía de mis respetados colegas de las fronteras más radicales del ecologismo), espero que se produzca un desarrollo completo del potencial intelectual y tecnológico humano. La pegatina que dice “Volvamos al Pleistoceno”[6] no aparece en la parte trasera de mi automóvil. Yo considero que muchas de las características de la civilización son dignas de ser protegidas y ampliadas. ¿Qué tienen de malo las sinfonías, las universidades y la tecnología médica moderna? Los ordenadores, la televisión y la energía nuclear son herramientas maravillosas -siempre que sepamos cómo usarlas responsablemente. ¿Y qué maravillas podría llegar a haber dentro de mil años?

Veamos, la tecnología no es el problema básico. Las máquinas sólo expresan valores humanos. Cámbiense dichos valores y se podrá alterar la más básica de las contaminaciones: la contaminación mental. Y, dado que tenemos el control, un cambio profundo es teóricamente posible. El truco, como Henry David Thoreau reconoció hace un siglo y medio, es “asegurar todas las ventajas” de la civilización “sin sufrir ninguna de sus desventajas”. Además, ¿no tiene un número razonable de seres humanos tanto derecho a desarrollar su potencial evolutivo como cualquier otra forma de vida? El requisito esencial es que al hacerlo no pongan en peligro, o eliminen, las oportunidades de otras especies para hacer lo mismo.

Mi visión del mundo dentro de mil años empieza con la asunción de que, en un planeta finito, compartido con otras especies, sólo un número limitado de seres humanos podrá disfrutar de oportunidades ilimitadas. La moderación, en otras palabras, es la clave del progreso. De hecho, menos es más. La primera limitación esencial debe ser en nuestro número. Ahora somos 3.500 millones y subiendo -rápidamente. Los demógrafos creen que entre mil y dos mil millones de humanos, viviendo cuidadosa y eficientemente, constituyen una población sostenible. De modo que, en 2992, yo abogo por 1.500 millones de seres humanos maximizando su potencial a la vez que respetando los potenciales de otros seres. ¿No sería esto preferible a ser 14.000 o 40.000 millones meramente sujetos a una existencia patética en un planeta biológicamente empobrecido?

La otra principal aplicación de la moderación que demanda mi propuesta se refiere al espacio vital. Desde el punto de vista de otras especies, una de las peores características de la civilización humana contemporánea es su tendencia a expandirse. En los últimos cinco siglos en las latitudes templadas, hemos asistido a una aterradora explosión de los entornos modificados por los seres humanos. En Europa y amplias zonas de Asia, África y Norteamérica, nos acercamos a la saturación. Si no se controla, esta expansión podría afectar a todo el planeta. Téngase en cuenta que en los próximos mil años vamos a ser testigos de una extrapolación de las capacidades técnicas más allá de nuestras imaginaciones más delirantes. Ciudades protegidas bajo cúpulas cubriendo los polos y subdivisiones submarinas de las mismas no son algo inconcebible. En vez de esta explosión, yo abogo por una implosión.

Mi sueño para el próximo milenio muestra a la mayoría de los 1.500 millones de seres humanos viviendo en quinientos hábitats concentrados. Integrados dentro de cada uno estarían los medios de producción de alimentos y materiales y de generación de energía. En los inmensos espacios entre estos hábitats humanos estarían los hábitats de otras especies. La mayoría del planeta en 2992 debería haber vuelto a un estado salvaje[7]. En lugar de dominar el mundo, la humanidad y sus obras deberían ocupar pequeños nichos en un ecosistema salvaje continuo. En lugar de islas de tierra salvaje rodeadas por un mar de civilización, como sucede en el presente, tendríamos Islas de Civilización.

Uso el término “hábitats” en vez de “ciudades” para dar a entender que estos entornos humanos serán diferentes de cualquier otra cosa que conozcamos. Albergando a alrededor de 3 millones de personas cada uno, podrían tener una milla, tanto de altura sobre el suelo como de profundidad bajo él o, quizá, bajo la superficie del mar. La tecnología de 2992 permitiría que existiesen hábitats en cualquier lugar del planeta. La civilización podría expandirse por los polos, pero se reduciría radicalmente en las latitudes templadas. Para entender mejor lo que tengo en mente, consideremos que las áreas salvajes legalmente protegidas[8] en 1992 constituyen alrededor del 2 por ciento de la superficie de los cuarenta y ocho estados contiguos de los Estados Unidos. En 2992 la proporción sería la inversa; las Islas de Civilización no necesitarían más que un 2 por ciento del suelo estadounidense. Este es un “Exterior” mucho más grande de lo que ni siquiera Dave Foreman haya imaginado jamás[9]. Hace falta una explicación.

Primero, téngase en mente que dentro de mil años los 1.500 millones de personas de la Tierra estarán usando una tecnología que hoy en día es inimaginable. Por ejemplo, no habrá necesidad de talar árboles en 2992; la madera habrá quedado obsoleta como material de construcción y de impresión (junto con, quizá, los periódicos y los libros). Con la energía, el agua, los materiales y los alimentos producidos dentro o cerca de los hábitats, las presas y los acueductos desaparecerán y con ellos todas las tuberías, cables y conducciones a larga distancia. Las carreteras y ferrocarriles ya no existirán. Todo el transporte en 2992 será por aire y, lo más probable, instantáneo. Dirán que es ciencia ficción, ¿verdad? Bueno, considérese lo que pensaban en la década de los 90 del siglo XIX acerca de los alunizajes. Creo que, si los seres humanos pueden mantener el planeta en un estado habitable, tendrán potenciales tecnológicos ilimitados. Dejemos a nuestras mejores mentes trabajar en los desafíos técnicos de las Islas de Civilización (en vez de reparar las antiguas e insostenibles formas de hacer las cosas) y no será necesario volver al Pleistoceno para encontrar un modelo de vida de bajo impacto.

¿Cómo sería vivir en las Islas de Civilización? A la hora de afrontar esta importante cuestión es necesario dejar a un lado la imagen de un edificio de apartamentos similar a un termitero. Confío en que los arquitectos del futuro, construyendo en base a las ideas de visionarios como Paolo Soleri, serán capaces de diseñar hábitats muy densos y muy atractivos con una estructura sencilla. Por supuesto, habrá que hacer sacrificios. Lo que habrá desaparecido completamente en el hábitat implosionado de 2992 será el “Sueño Americano”: hogares unifamiliares en terrenos de medio acre[10] muy distanciados de los centros culturales y de negocios y conectados por redes de carreteras en un tejido casi continuo de civilización.

Sin embargo, dado que tengo en mente una cultura intensamente urbana, imagino muchas más posibilidades para el contacto con una naturaleza salvaje[11] de gran calidad que las que existen en el presente. Sólo a unas pocas millas de las islas civilizadas estará el lugar donde se hallen los seres salvajes: osos, lobos, elefantes y tigres, pero también la totalidad del complemento constituido por las especies más humildes cuya presencia determina la biodiversidad y la salud ecológica. Aquellos que se aventuren en estas tierras salvajes, paradójicamente más salvajes gracias a una cultura tecnológica más avanzada, deberán hacerlo siguiendo los términos impuestos por ellas. Esto significará que la gente tendrá que mostrar moderación en cómo entre y qué lleve a las tierras salvajes. Significará entrenamiento y formación en lo referente a comportarse adecuada y responsablemente en la naturaleza[12]. Las técnicas para vivir en la naturaleza[13] serán conocidas por la mayoría en 2992 ya que todos los ciudadanos físicamente capaces habrán asistido a la Universidad de las Tierras Salvajes. Este periodo educativo obligatorio se impartiría al terminar la enseñanza secundaria, a la edad de unos veinte años, antes de pasar a la facultad o elegir una profesión. No estoy hablando de cursos Outward Bound[14] de dos semanas sino de varios años de vida cazadora-recolectora sin ningún contacto con las islas de civilización. ¡Aquí es donde volveremos al Pleistoceno! La gente joven, organizada en grupos tribales, seguirá al caribú a través de los puertos de las montañas y pescará los salmones cuyas migraciones habrán sido restauradas por los ríos fluyendo libres. Aprenderán las técnicas antiguas y primitivas y, lo que es más importante, la sabiduría acerca de la tierra y la reverencia hacia ella que tenían los pueblos indígenas.

¿Podría alguien vivir de la tierra dentro de mil años? Pueden apostarlo, considerando que el número de jóvenes de entre dieciocho y veinte años que lo harían sería aproximadamente igual al de la población humana del Pleistoceno, y considerando también que la integridad ecológica (especialmente la salud de las poblaciones de animales) se habría restaurado. Por ejemplo, en 2992, las Grandes Llanuras de los Estados Unidos, según mi escenario, consistirían en tres hábitats humanos ocupando unas pocas docenas de millas cuadradas y 100.000 millas cuadradas de pradera silvestre. El bisonte habría vuelto, junto con el lobo y el oso gris. Los seres humanos podrían ocupar su lugar junto a los otros depredadores. California del Sur tendría varios hábitats humanos, pero en los cientos de millas de línea de costa salvaje las oportunidades de cazar y recolectar serían tan buenas como lo eran para los antiguos chumash[15]. Asimismo, igualmente buenas serían las oportunidades de adquirir una ética medioambiental que subyazca a la responsabilidad ecológica de las Islas de Civilización.

Discutir el modo de hacer que el sueño de las islas de Civilización se convierta en realidad está más allá del alcance de este texto. Baste con observar que, si la vía de la reforma demuestra ser ineficaz, la opción radical de la fuerza o de la revolución irá adquiriendo cada vez mayor sentido, especialmente para una población impactada y asustada por las primeras señales de la catástrofe ecológica. La violencia, después de todo, ha formado parte frecuentemente de la historia humana como forma de cambiar paradigmas. Me vienen a la mente la Revolución Americana y la Guerra Civil. El movimiento abolicionista llevó a que, en la década de los 60 del siglo XIX, el problema de la esclavitud en los Estados Unidos se resolviese de forma violenta. El ecologismo podría racionalizar de un modo similar el uso de la fuerza para la liberación de la naturaleza. O, como algunos están comenzando a señalar, la violencia puede que venga de la naturaleza, devolviendo el golpe y librándose por sí misma del amenazador cáncer humano. Sin embargo, sea por propia elección, por coerción o por medio de una catástrofe, habrá un final para los insostenibles niveles actuales de crecimiento y devastación. Puede que esté más cerca de lo que creemos. El siglo veintiuno puede que sea el último en que tengamos la opción de corregir el curso de la civilización mediante la deliberación.

Soy un historiador, y desde mi perspectiva la humanidad hoy en día está en una encrucijada no sólo de la historia humana sino de la totalidad del proceso evolutivo. La vida ha evolucionado a partir del polvo de estrellas a lo largo de miles de millones de años hasta que una especie ha desarrollado la capacidad de perturbar la totalidad del milagro biológico. Sin embargo, en medio del miedo al que nos conduce este pensamiento, hay algo que tranquiliza. No estamos amenazados, como el ecosistema de los dinosaurios, por una estrella de la muerte. Nosotros somos la estrella de la muerte. Podríamos ser también la estrella de la salvación ecológica. Este es simplemente el mayor desafío al que se ha enfrentado la vida en la Tierra. ¿Resultará de ayuda la visión de las Islas de Civilización?

 

UN MODO MINORITARIO DE VER LAS COSAS. UNA RÉPLICA A“ISLAS DE CIVILIZACIÓN”

Por John Davis[16]

 

No puedo resistirme a escribir una réplica del editor[17] al artículo anterior. Pero, primero, permítanme subrayar la importancia del artículo del profesor Nash, independientemente de las virtudes y defectos de sus sugerencias concretas. Rod Nash ha hecho una profunda sugerencia: la gente necesita comenzar a planificar conforme a las necesidades de las formas de vida –de todas las formas de vida- a mil años vista, o más.

Estoy de acuerdo con el 98 por ciento de su propuesta, pero encuentro inquietante el otro 2 por ciento. Planteo las siguientes objeciones a “Islas de Civilización” con el máximo respeto hacia el profesor Nash –uno de los principales historiadores y expertos en ética ambiental de la actualidad. No se debería hacer responsable de lo que sigue a ninguna de las demás personas que están vinculadas a Wild Earth. Estas objeciones emanan de la perspectiva de alguien que es un anacronismo andante.

1. Hablar de la Tierra como si fuese una “nave espacial” o una “nave ecológica” es lanzar insultos contra el único orbe biológicamente diverso que conocemos. Esto podría parecer una cosa sin importancia, pero las metáforas que usamos influencian fuertemente el modo en que pensamos acerca del mundo natural y en que nos relacionamos con él.

2. Tal y como Jerry Mander argumenta en su brillante libro En Ausencia de lo Sagrado, es hora de que nos desengañemos de la noción de que la tecnología es neutral. Las tecnologías desarrolladas en los pasados 15.000 años han llevado casi invariablemente a la explotación de la naturaleza, a estructuras centralizadas de poder y a un empobrecimiento biológico. La historia no apoya la idea de que sea posible que las tecnologías postpaleolíticas sean usadas de una forma benigna y sostenible. Cuando nuestros antepasados desarrollaron las herramientas precursoras de la tecnología, deberían haberse quedado contentos con los cacharros de cerámica, las lanzas (quizá) y –lo más importante- el fuego. Podríamos haber pasado milenios felices contemplando el fuego, contando historias acerca de él, creando mitos y perfeccionando usos apropiados para el tremendo poder que supone.

3. El profesor Nash ha usado tres ceros de más a la hora de expresar la población que recomienda: 1.500 millones serían casi con total seguridad incompatibles con una biodiversidad completamente floreciente; 1,5 millones es suficiente. Algunos dirán que la idea de que podemos reducir nuestra población pacíficamente a 1,5 millones es ridícula. No tanto. Si todos comenzamos ahora simplemente a dejar de tener hijos, podemos reducir nuestro número en tres órdenes de magnitud en menos de cien años. (Reconozco que llevar a cabo una moratoria en los nacimientos será algo problemático). Es más, 1,5 millones excede lo que la mayoría de lo biólogos de la conservación consideran una población mínima viable para un mamífero de gran tamaño. Si los corredores migratorios humanos (caminos a lo largo de lo que en su día hubiesen sido autopistas, por ejemplo) se mantuviesen, una población humana global de menos de un millón podría fácilmente preservar su diversidad genética.

4. Podríamos estar ya “jugando a ser Dios”, pero no deberíamos. Los conservacionistas deberían oponerse a dicha arrogancia en todo momento. La idea de que la evolución biológica sea dirigida por un puñado de ineptos simios desnudos –algunos de los cuales llevarían gruesas gafas y vestirían batas blancas- es, en el mejor de los casos, poco atractiva.

5. Las islas de civilización causarían extinciones casi inevitablemente, violando, por tanto, el derecho a la existencia de otros seres. Si nos tomamos en serio la idea de unos derechos intrínsecos e inalienables para todas las formas de vida, no podemos simplemente abandonar a la dominación humana ninguna porción considerable de la biosfera. Todas las áreas tienen sus formas de vida únicas. Los biólogos están continuamente elevando sus estimaciones del número de especies que hay en el planeta (así como las del número de especies extinguidas cada día). Estudios recientes sugieren que incluso el fondo oceánico (que Nash dice que algún día podría ser habitado por los seres humanos) tiene una biodiversidad indescriptiblemente grande. A medida que los científicos realicen estudios cada vez más intensivos de los sedimentos oceánicos, de los suelos de los bosques, de los lechos fluviales, de las cuevas y de otros entornos relativamente desconocidos, bien puede ser que encuentren una diversidad de organismos tan elevada y localizada que nos veamos forzados a reconocer que cualquier paisaje totalmente humanizado extinguirá formas de vida singulares -cada una de las cuales tiene tanto derecho a existir como el Homo sapiens.

6. Las islas de civilización perpetuarían nuestro alejamiento de la naturaleza. Si pasamos la mayor parte de nuestras vidas en entornos humanizados y, en especial, si no experimentamos el Gran Exterior[18] hasta la edad de dieciocho años, no obtendremos la sabiduría acerca de la Tierra ni el conocimiento del lugar. Seremos unos idiotas adormilados.

7. A menos que aceptemos la vieja idea judeocristiana de la creatio ex nihilo (creación a partir de la nada, una capacidad históricamente atribuida solamente a Dios y a los capitalistas), resulta difícil ver de qué manera esas grandes concentraciones de gente podrían mantenerse a sí mismas sin explotar las regiones exteriores. Los seres humanos no pueden infringir de forma duradera las leyes de la naturaleza, en particular la segunda ley de la termodinámica (la entropía).

8. Repito, los seres humanos permanecerán en guerra con la naturaleza mientras sigan empleando alta tecnología y vivan en entornos artificiales; mientras se nieguen a ser miembros normales de la comunidad biótica. Es más, mientras estemos en guerra con la naturaleza, seguiremos siendo como un cáncer. Parece extremadamente improbable que un organismo vivo pueda albergar por mucho tiempo 500 tumores benignos. Antes o después, un tumor se volverá maligno. Luego vendrá la metástasis; y no mucho después, estaremos de vuelta en 1991.

 

Para terminar estas burdas y apresuradas objeciones: Roderick Nash nos ha prestado un gran servicio al hacernos mirar hacia adelante y nos ha ofrecido una imagen atractiva de cómo podría ser el mundo dentro de mil años. Yo sugiero, no obstante, que una pequeña parte de su visión requiere ser radicalmente modificada. Ciertamente, somos como unos esquiadores que se dirigen ciegamente hacia un abismo. Paremos por tanto, quitémonos esos apéndices de plástico, volvamos a subir a la montaña mientras aún recordemos el camino y deslicémonos con dignidad por la ladera por la que en su día vinimos... de vuelta al Pleistoceno.

 


[1] Traducción de la reimpresión publicada en Wild Earth. Ideas for a world out of balance (Tom Butler ed., Milkweed Editions, 2002) de “Island Civilization. A vision for the planet Earth in the year 2992”. El artículo apareció originalmente en la revista Wild Earth 1, nº 4 (invierno 1991/1992): 2-4. © 1991 Roderick Frazier Nash. N del t.

[2] 1 pie = 30,38 cm. N del t.

[3] El autor hace aquí referencia a una frase de un discurso de Martin Luther King: “Let freedom ring from the Stone Mountain of Georgia”. La frase se refiere a la “Liberty Bell”, una campana que se usó en 1776 para convocar a los ciudadanos de Filadelfia a la lectura de la Declaración de Independencia. Esta campana simboliza la independencia de los Estados Unidos, la abolición de la esclavitud y la libertad. Stone Mountain es el mayor macizo granítico expuesto al aire libre del mundo. A sus pies se halla una ciudad con el mismo nombre. En Stone Mountain, en 1915, se fundó el Segundo Ku klux Klan. También hay un parque temático que entre otras atracciones cuenta con un monumento a la Confederación tallado en la roca de la montaña. N. del t.

[4] “I hope that a meaningful amount of wilderness will remain on this planet forever” en el original. N. del t.

[5] “Wilderness” en el original. “Wilderness” hace referencia a las tierras o ecosistemas poco o nada humanizados, aunque puede traducirse de diferentes maneras según el contexto. En el presente texto ha sido traducido como “tierras salvajes” o “ecosistemas salvajes” a no ser que se indique explícitamente de otro modo. N. del t.

[6] “Back to the Pleistocene” en el original. Es uno de los eslóganes popularizados por Earth First!, entre otros. N. del t.

[7] “Wilderness condition en el original. N. del t.

[8] “Legally designated wilderness areas”. N. del t.

[9] En referencia al libro de Dave Foreman y Howie Wolk The Big Outside  [El Gran Exterior] (Ned ludd Books, 1989), sobre los grandes ecosistemas salvajes de Estados Unidos. N. del t.

[10] 1 acre corresponde aproximadamente a 0,4 hectáreas. N. del t.

[11] “Wilderness” en el original. N. del t.

[12] Ídem. N. del t.

[13] “Backcountry skills” en el original. N. del t.

[14] Outward Bound es una organización internacional sin ánimo de lucro que se dedica a realizar programas de desarrollo personal basados en afrontar retos en salidas a la Naturaleza. N. del t.

[15] Pueblo amerindio del centro y sur de California. N. del t.

[16] Traducción de la reimpresión publicada en Wild Earth. Ideas for a world out of balance (Tom Butler ed., Milkweed Editions, 2002) de “A minority view. A Rejoinder to ‘Island Civilization’”. El artículo apareció originalmente en la revista Wild Earth 1, nº 4 (invierno 1991/1992): 5-6. Copyright © 1991 John Davis. N del t.

[17] Davis formaba parte del grupo que editaba Wild Earth. N del t.

[18] “The Big Outside” en el original. La expresión hace referencia a los grandes espacios salvajes (Véase nota 9). N. del t.