Islas de civilización - Un modo minoritario de ver las cosas

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en esta web podría resultar complicada, aquí meramente aparecen las presentaciones de los mismos o un fragmento inicial de cada texto. Los textos completos pueden leerse en formato pdf haciendo "click" en el título del artículo o en el vínculo "Texto completo versión pdf". 

PRESENTACIÓN DE “ISLAS DE CIVILIZACIÓN” Y DE LA RÉPLICA “UN MODO MINORITARIO DE VER LAS COSAS

Los dos siguientes artículos han sido escritos por sendos autores conservacionistas que valoran la Naturaleza salvaje y muestran preocupación por la destrucción a que ésta está siendo sometida en la actualidad, pero que, sin embargo, representan dos enfoques muy diferentes en lo que respecta a identificar y hacer frente a las causas de dicha destrucción.

Roderick Nash es un iluso tecnoutópico, humanista e idealista que, en lugar de identificar la civilización (grandes sociedades con grandes núcleos urbanos y una elevada población humana) y el desarrollo tecnológico como las causas reales de la destrucción y sometimiento de la Naturaleza salvaje, considera que la causa última es la asunción de unos valores e ideas erróneos acerca del lugar del ser humano en el mundo y de su relación con la Tierra. No es de extrañar pues que su receta para evitar la destrucción de la Naturaleza se base en cambiar los valores e ideas de la sociedad y predicar una “ética ambiental” que dirija las relaciones entre los seres humanos y el resto del Planeta, sin cuestionar en absoluto el desarrollo tecnológico, sino más bien promoviéndolo y saltándose alegremente a la torera los límites y determinantes físicos más básicos, evidentes e ineludibles.

John Davis, por su parte, responde a la disparatada tecnofilia utópica de Nash mostrando la inherente incompatibilidad entre la conservación de la Naturaleza salvaje y el desarrollo de la civilización tecnológica. Dicha incompatibilidad se basa en factores físicos que los idealistas extremos como Nash tienden a no tener en cuenta.

Este contraste entre las posturas de ambos autores (idealismo desmelenado y tecnófilo vs. realismo) es lo que hace que pensemos que es interesante publicar estos dos textos. Sin embargo, a pesar de su mayor sensatez y tendencia al realismo, Davis, como la inmensa mayoría de los conservacionistas, tiene un excesivo poso idealista que hace que su respuesta a Nash no sea todo lo contundente y apropiada que debería.

Para empezar, no pone en cuestión la validez de predecir, imaginar, planificar y hacer proyectos acerca del futuro desarrollo de la sociedad tecnoindustrial, sino que incluso aplaude a Nash por hacerlo. Un mínimo conocimiento del funcionamiento de los sistemas y procesos complejos o, simplemente, un mínimo de reflexión y consciencia de los hechos (históricos y actuales), habrían mostrado a Davis lo absurdo de tratar de predecir, y más aún de dirigir voluntariamente, el desarrollo futuro de una sociedad. Esto jamás ha funcionado y jamás funcionará. Ni siquiera es posible a corto plazo, no digamos ya a largo plazo (por ejemplo, a los mil años vista propuestos por Nash). Soñar con futuras sociedades “felices”, sean tecnoutópicas o primitivas, es pura especulación inútil que no ayuda realmente a combatir eficazmente en la práctica y en la actualidad las causas reales de la destrucción de la Naturaleza salvaje.

Además de ser un idealista desbocado, Nash es un humanista que basa su discurso en el concepto de “derecho”, planteando que la sociedad futura debería basarse en una “ética ambiental” a la hora de relacionarse con la Naturaleza. Y Davis, aunque desde luego no parece tan humanista, tampoco pone en cuestión esta propuesta. Sin embargo, la noción de “derecho” (una entelequia creada para regular las relaciones sociales dentro de las sociedades humanas y que recientemente se ha tratado de ampliar a las relaciones con otras especies o entes naturales) nada tiene que ver con el respeto real por la Naturaleza salvaje. Además, aparte de la imposibilidad, mencionada más arriba, de que una sociedad pueda guiar voluntariamente su desarrollo y funcionamiento en base a una ética, “ambiental” o no, proponer semejante cosa es poner el carro delante de los bueyes: lo que en el fondo determina el desarrollo, funcionamiento, estructura e ideología (incluida la ética o moral) de una sociedad son los factores materiales (geología, ecología, biología, climatología, demografía, tecnología, etc.) no los valores ni las ideas (la ética en este caso). Por tanto, predicar valores y moderación no va a cambiar una situación que es física: la existencia de la civilización tecnoindustrial conlleva necesaria e inevitablemente la destrucción y sometimiento de los sistemas no artificiales que hay sobre la Tierra, ya que requiere extraer de ellos la energía y materias necesarias, verter en ellos los residuos de sus procesos de mantenimiento y ocupar el espacio que ellos ocupan.

 

Textos completos versión pdf