Naturaleza salvaje: ¿qué y por qué?

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en elta web podría resultar complicada, hemos añadido un enlace en cada uno de ellos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título del artículo.

PRESENTACIÓN DE “NATURALEZA SALVAJE: ¿QUÉ Y POR QUÉ?

El siguiente texto, como buena parte de los incluidos en esta sección, trata de refutar, con bastante acierto, los típicos ataques al concepto de la Naturaleza salvaje. De su lectura, el lector inteligente será capaz de extraer ideas y conclusiones importantes acerca de en qué consiste realmente el carácter salvaje de los ecosistemas. Y esta información le podrá servir para no caer en errores e ingenuidades a la hora de referirse a la Naturaleza salvaje, así como para no dejarse engatusar por las falacias de aquellos que pretenden hacernos creer que lo salvaje ni existe ni es un valor que se deba defender.

Asimismo, una idea muy interesante mencionada en el texto es lo que el autor llama “amnesia del paisaje” (lo que otros llaman “síndrome de las referencias ecológicas cambiantes”, “shifthing ecological baseline syndrome” en inglés). A medida que las verdaderas zonas salvajes van desapareciendo, la gente tiende a ir aceptando y tomando paulatinamente como normales o deseables (referencias ecológicas) entornos que en realidad no son sino, en el mejor de los casos, estados degradados de lo que en su día hubo y de lo que en realidad debería haber. Esto tiene mucho que ver, por ejemplo, con la forma en que muchos ecologistas y gente similar suelen plantear el ideal ecológico en Europa (un continente en su mayor parte intensamente humanizado desde hace muchos siglos): un mundo rural o urbano “verde”, con una “naturaleza” mayoritariamente domesticada y en gran medida dependiente del ser humano y de su cultura. Cuando lo único que se conoce y que rodea a uno, aparte de las calles y edificios de los pueblos y las ciudades, son campos de labranza, bosques secundarios, dehesas, plantaciones silvícolas y pastizales ganaderos, es fácil asumir que eso es la verdadera Naturaleza. Hace falta un esfuerzo consciente y bastante conocimiento ecológico para darse cuenta de que la Naturaleza auténtica (es decir, salvaje) es otra cosa: lo que había antes de toda esa domesticación y degradación.

Por otro lado, como es costumbre entre los conservacionistas, el autor se centra en defender la meta de la preservación legal de la Naturaleza salvaje. Sin embargo, aunque esta estrategia pueda ser necesaria y relativamente eficaz a corto plazo, no servirá a largo plazo para proteger los ecosistemas salvajes del asedio a que se verán inevitablemente sometidos, antes o después, por parte de la sociedad tecnoindustrial. Y, precisamente, los problemas o deficiencias de la conservación que el propio autor reconoce y menciona en este texto son pruebas de lo anterior, ejemplos de porqué y cómo a largo plazo la conservación legal no conseguirá proteger lo salvaje. La solución al conflicto entre Naturaleza salvaje y sociedad tecnoindustrial ha de ser otra, diferente de la preservación legal de zonas protegidas y de la engañosa búsqueda de un equilibrio entre dos partes que en realidad son irreconciliables.


NATURALEZA SALVAJE: ¿QUÉ Y POR QUÉ?

Por Howie Wolke[a]

Hace unos pocos años, guié a un grupo a través de las tierras salvajes[b] del norte de la Cordillera Brooks en Alaska durante la migración del caribú de principios del otoño. Creo que si tuviese veinte vidas nunca más volvería a experimentar algo tan primigenio, tan simple y rudimentario y tan completa e inequívocamente salvaje. Si la belleza está en el ojo de quien mira, ésta llenó mi ojo más que cualquier otra cosa. Quizá esa expedición –en una de las últimas áreas salvajes[c] terrestres que quedan en la Tierra- sea mi vara de medir personal, mi quintaesencia personal de lo que constituye una zona salvaje entre todas mis experiencias de las zonas salvajes a lo largo de toda mi vida. La tundra era un arco iris con pelaje otoñal. La nieve reciente cubría los picos y, periódicamente, también los valles. Los animales estaban por doquier, miles de ellos, moviéndose a través de los valles, cruzando pasos de montaña, sobre las divisorias, encima de las cumbres. Los lobos perseguían a los caribúes. Un oso gris alimentándose de un cadáver bloqueaba temporalmente nuestra ruta a través de un paso estrecho. Fue una semana que nunca olvidaré, una semana en un mundo antiguo que en otras partes está siendo rápidamente engullido por la aterradora tecnofilia causada por el déficit de naturaleza del siglo veintiuno.

Algunos afirman que la naturaleza salvaje[d] viene definida por nuestra percepción, la cual a su vez es determinada por nuestras circunstancias y experiencias. Por ejemplo, una persona que nunca haya estado en la Cordillera Brooks y en cambio haya pasado la mayor parte de su vida confinada en grandes ciudades con poca exposición a la naturaleza salvaje podría considerar que son “zonas salvajes” un bosque de una granja o un pequeño parque estatal atravesado por pistas; o incluso un campo de maíz, aunque esto parece que fuerza la teoría de la relatividad de la naturaleza salvaje[e] hasta alcanzar el punto de lo evidentemente absurdo. Según esta línea de pensamiento, lo salvaje[f], como la belleza, está en el ojo de quien mira.

Sin embargo, aquellos que creen que la percepción define lo salvaje[g] están completamente equivocados. En nuestra cultura, la naturaleza salvaje[h] es una entidad muy diferenciada y definible y puede ser vista a dos niveles complementarios. Primero, desde un punto de vista legal, la Wilderness Act[i] de 1964 define las áreas salvajes de forma bastante clara. Una zona salvaje declarada es un área “sin explotar” y “primigenia”, un trozo salvaje de terreno público sin añadidos civilizados que es administrado para que permanezca salvaje. La sección 2c de la Wilderness Act define un área salvaje como un área “sin trabas”, en el sentido de “sin límites” o “sin restricciones”. Además define las áreas salvajes como “área de terreno federal no explotado que retiene su carácter e influencia primigenios, sin mejoras ni poblamientos humanos permanentes”. La ley también prohíbe en general la construcción de carreteras y la extracción de recursos tales como la tala o la minería. También, establece una pauta general de 5.000 acres[j] como tamaño mínimo para una zona salvaje. Es más, restringe a las zonas no salvajes todo aparato mecánico, desde las bicicletas de montaña y los carritos para la caza[k] a los ruidosos y humeantes vehículos todoterreno y motos para la nieve.

Redactada principalmente por el difunto Howard Zahniser, la Wilderness Act crea un Sistema Nacional para la Preservación de las Tierras Salvajes (SNPTS) en tierras públicas administradas federalmente. Las cuatro agencias federales de gestión de la tierra administran las zonas salvajes: el Servicio Forestal de los EE.UU.[l], el Servicio de Parques Nacionales[m], el Servicio de Pesca y Vida Salvaje de los EE.UU.[n] y el Departamento de Gestión de Tierras[o]. Para declarar protegida un área salvaje, el Congreso de los Estados Unidos debe promulgar un estatuto y el presidente debe firmarlo. Asimismo, de acuerdo con la Wilderness Act, el SNPTS debe ser gestionado de manera uniforme como un solo sistema.

Además de ver lo salvaje[p] como una entidad legal, también tenemos una visión cultural estrechamente relacionada, impregnada de misterio y romanticismo e influenciada por nuestra historia, la cual ciertamente incluye la visión hostil de la naturaleza salvaje[q] que fue especialmente predominante durante los primeros tiempos de la colonización. Hoy en día, nuestra visión cultural de lo salvaje[r] es generalmente positiva. La visión cultural de la naturaleza salvaje[s] en la actualidad está influenciada en gran medida por la Wilderness Act, lo que significa que cuando la gente simplemente habla de las tierras salvajes, sin referirse a las definiciones legales, habla de una región salvaje que es grande, silvestre y sin explotar, en la cual manda la naturaleza. Y eso, ciertamente, no se refiere a una plantación silvícola o un campo de maíz.

En resumen, entonces, las tierras salvajes son naturaleza con toda su magia y ausencia de predictibilidad. No sólo carecen de carreteras, motores, pavimento y construcciones, sino que vienen cargadas de maravillas y desafíos desconocidos que al menos algunos seres humanos ansían cada vez más en el actual mundo paulatinamente más y más controlado y confinado. Las tierras salvajes libres de trabas, por definición, incluyen incendios e insectos, depredadores y presas, así como la impredictibilidad dinámica de la naturaleza salvaje, existiendo a su propio modo y por su propio derecho, con total indiferencia por las preferencias, la conveniencia y la comodidad humanas. Y también por la percepción humana. Como las raíces etimológicas de la palabra “wilderness” indican, se trata de “tierra con voluntad propia”[t] y del “hogar de las bestias salvajes”[u]. Son también el hogar ancestral de todo lo que conocemos en este mundo e incluso engendraron la civilización, aunque no estoy convencido de que esto último fuese algo bueno.

Ni la Wilderness Act ni nuestra más general percepción cultural de la naturaleza salvaje[v] requieren que los paisajes salvajes[w] sean vírgenes. Los autores de la Wilderness Act reconocieron sabiamente que, incluso en 1964, no quedaban paisajes que escapasen completamente de la impronta de la humanidad. Consideremos la lluvia ácida, la contaminación atmosférica global y la crisis climática antrópica. Esa es la razón por la que definieron las áreas salvajes como aquellas que “parecen en general haber sido afectadas principalmente por las fuerzas de la naturaleza siendo en ellas significativamente inapreciable la huella de las obras del hombre” [la cursiva es mía]. De hecho, aquellos que citan los omnipresentes impactos de la humanidad para proclamar erróneamente que la naturaleza salvaje[x] ya no existe no son capaces de comprender la diferencia entre salvaje y virgen. La naturaleza absolutamente virgen puede que sea historia, pero a este atormentado planeta aún le queda mucho de salvaje[y]. Al tiempo que la proliferante población humana continúa su maligno crecimiento dentro del menguante dominio de los hábitats salvajes, el valor de lo salvaje[z] –y de proteger las áreas salvajes- aumenta.

Así que las tierras salvajes no son sólo cualquier paisaje no desarrollado ni urbanizado. No son meramente un espacio en blanco en el mapa. Porque dentro de ese espacio en blanco podría haber todo tipo de actuaciones humanas dañinas que llevasen mucho tiempo destruyendo la esencia de las zonas salvajes: gaseoductos y oleoductos, líneas eléctricas, conducciones de agua, eriales arruinados por el sobrepastoreo y cicatrices causadas por los vehículos todoterreno, por ejemplo. No, las tierras salvajes no son sólo lugares que carecen de desarrollo. Son lugares primitivos que no han sido echados a perder, lugares sagrados por derecho propio. Pueden no ser enteramente vírgenes, pero aún son almacenes funcionales para los procesos evolutivos; con mucho los mejores que quedan. La designación de áreas salvajes es una declaración dirigida a aquellos que de otro modo mantendrían el avance del monstruo industrial: ¡No tocar! ¡Este lugar es especial!

La declaración de áreas salvajes no es simplemente una estrategia política para impedir que los buldóceres invadan las tierras silvestres. Este es un uso válido de nuestra legislación sobre las tierras salvajes, sí, pero cuando vemos las zonas salvajes solamente –o siquiera principalmente- como un elemento disuasivo para la industria y los motores, no tenemos en cuenta todas las cosas importantes que en realidad diferencian las áreas salvajes de otros lugares menos extraordinarios. Algunas de dichas cosas incluyen atributos físicos tangibles como fauna y flora nativas, agua pura y una polución acústica mínima. Sin embargo, en muchos sentidos, los valores intangibles de las zonas salvajes son igualmente importantes a la hora de diferenciar éstas de otros paisajes. El asombro y el desafío son dos de ellos. A muchos de nosotros, el simple conocimiento de que algunos paisajes están más allá de nuestro control nos proporciona un respiro de cordura. La soledad y el sentimiento de conexión con otras formas de vida son también alcanzados al máximo en las zonas salvajes.

La naturaleza salvaje[aa] también nos ofrece cierta defensa contra la enfermedad colectiva de la amnesia del paisaje. Comencé a usar esta expresión a principios de los 80 mientras escribía en un periódico educativo acerca de las áreas salvajes y las áreas sin carreteras. Se me empezó a ocurrir que, a medida que vamos domesticando la naturaleza, cada nueva generación se vuelve menos consciente de lo que constituye un paisaje sano ya que muchos de los componentes de dicho paisaje desaparecen gradualmente. Del mismo modo que alguien que observa cómo la proverbial rana dentro de la cazuela con agua va lentamente aproximándose al punto de ebullición sin percibir en ningún momento el punto en que la rana pasa de estar viva a estar muerta, la sociedad no se percata de que el paisaje del entorno va desapareciendo hasta que ya es demasiado tarde.

Por ejemplo, pocos individuos en la actualidad recuerdan que los extensos y saludables bosques de álamos de Virginia eran corrientes en las llanuras de inundación de todo el Oeste. De modo que las generaciones actuales ven nuestras vacías llanuras aluviales como algo “normal”. Por tanto, no existe ninguna presión para restaurar ese ecosistema. Este principio se aplica a las zonas salvajes. Estas zonas mantienen al menos ciertas áreas intactas, salvajes y naturales, para que la gente las vea. No olvidamos lo que aún podemos ver con nuestros propios ojos. Cuando mantenemos salvajes esas zonas, el riesgo de que sucumbamos a la amnesia de la naturaleza salvaje[bb] y olvidemos cómo son las zonas salvajes auténticas es menor.

Lo que diferencia a las zonas salvajes es su carácter dinámico; siempre están fluyendo, nunca son lo mismo un año o década o siglo que el siguiente, nunca se paran y carecen completamente de limitaciones –a pesar de los implacables intentos de los seres humanos por controlarlo casi todo. Los procesos naturales, tales como los incendios forestales, las inundaciones, la depredación y los insectos nativos pueden (o deberían poder) dar forma al paisaje de las zonas salvajes del mismo modo que lo han venido haciendo en el pasado.

Se ha dicho que la naturaleza salvaje[cc] no puede ser creada; que sólo puede ser protegida allá donde aún existe; y hay algo de verdad en ello. Sin embargo, existe también una gran zona gris. A pesar de que la mayoría de las nuevas unidades de tierras salvajes protegidas están constituidas por áreas sin carreteras y relativamente intactas, el congreso de los Estados Unidos es libre de declarar como zona salvaje cualquier área de tierra federal, incluso tierras que hayan sufrido los impactos de actividades humanas en el pasado, tales como talas y construcción de carreteras o el uso de vehículos todoterreno. De hecho, el congreso ha declarado como zonas salvajes tierras de ese tipo en numerosas ocasiones. Una vez declaradas, las agencias gubernamentales están legalmente obligadas por la Wilderness Act a gestionar dichas tierras como zonas salvajes. Normalmente el tiempo y los elementos hacen el resto. Por ejemplo, la mayoría de las áreas salvajes del este de los Estados Unidos sufrieron en su día severas talas y estaban surcadas de carreteras y pistas. Actualmente han recuperado buena parte de su antiguo carácter salvaje.

Quizás la sección de la Wilderness Act que más ha sido pasada por alto sea la que trata del cuidado de las áreas declaradas. La Wilderness Act ordena a los gestores que mantengan las áreas salvajes “intactas” y para “la preservación de su carácter de tierras salvajes”. Esto significa que la ley prohíbe la degradación de las áreas salvajes protegidas”. Por consiguiente, uno asumiría que, una vez que un área es declarada zona salvaje, todo estaría bien, al menos en ese pequeño rincón del mundo. Sin embargo, uno se equivocaría.

Esto es debido a que, a pesar de la genialidad poética y pragmática de la Wilderness Act, los gestores de las tierras ignoran la ley de manera rutinaria y, por tanto, casi ninguna de las unidades del SNPTS cumple la promesa de una naturaleza salvaje sin trabas[dd]. Para ser justos, los gestores de las tierras salvajes de las agencias gubernamentales a menudo están sometidos a una presión tremenda –frecuentemente a nivel local- para que ignoren los abusos. A veces sus presupuestos son simplemente insuficientes para realizar el trabajo. Por otro lado, los ciudadanos pagamos a nuestros funcionarios para que apliquen la ley. Cuando no consiguen mantener adecuadamente el carácter de las tierras salvajes, violan tanto la ley como la confianza del público.

A lo largo del SNPTS, la degradación es galopante. Las invasiones de plantas exóticas, el control de depredadores por parte de los gestores de fauna estatales (¡sí, en áreas declaradas salvajes!), las pistas para recorrer a caballo de varios carriles que provocan erosión, las orillas de lagos pisoteadas, las albercas para almacenar agua construidas con buldóceres, las proliferación de construcciones y del uso de equipo motorizado, el sobrepastoreo por parte del ganado y la entrada ilegal de vehículos a motor son sólo unos pocos de los problemas actuales. Muchos de estos problemas parecen poco importantes tomados de forma individual, pero tomados en conjunto se suman a la decadencia del sistema, constituyendo una plétora de pequeños pero crecientes agravios que yo llamo “degradación paulatina”, a pesar de que algunos de dichos ejemplos parecen avanzar a toda velocidad, no poco a poco. Las influencias externas, tales como el cambio climático y la contaminación química, se van añadiendo a los problemas de las zonas salvajes[ee] a medida que nos encaminamos hacia las desafiantes, y puede que espeluznantes, décadas venideras.

Aparte de las zonas salvajes, tanto entendidas como idea cultural como tomadas como entidades legales, existe otra dicotomía relativa a ellas. Es la dicotomía de las áreas salvajes declaradas frente a las tierras salvajes “con minúsculas”. Las tierras públicas de Estados Unidos incluyen quizá un par de cientos de millones de acres de tierras salvajes no explotadas y mayoritariamente sin carreteras que –hasta ahora- carecen de protección gubernamental. Estas “áreas sin carreteras” constituyen zonas salvajes “con minúsculas” o “de facto”. Esta es la cruda realidad de principios del siglo XXI: dada la creciente población humana y su búsqueda de recursos que explotar en casi cada rincón y grieta restantes de la Tierra, nos acercamos rápidamente al día en que los únicos hábitats naturales significativos que queden serán aquellos que decidamos proteger –bien como áreas salvajes o bien como otras categorías (inferiores) de tierras protegidas. Dentro de no mucho, la mayoría de las demás áreas naturales de tamaño considerable desaparecerán.

Con el fin de conseguir que el máximo número posible de áreas sin carreteras sean añadidas al SNPTS, algunos grupos de defensa de los ecosistemas salvajes apoyan condiciones especiales en los proyectos de nuevas áreas salvajes protegidas para aplacar a quienes se oponen a dichas áreas. Entre los ejemplos están incluidas condiciones que refuerzan los derechos de apacentar ganado en las zonas salvajes, que permiten la circulación de vehículos todoterreno y de helicópteros, que autorizan[ff] usos incompatibles como las presas y otros proyectos hidráulicos, que declaran exentos de cumplir las regulaciones a los explotadores comerciales, así como otros muchos casos. De modo que legalizamos el sobrepastoreo, el uso de vehículos todoterreno por parte de los rancheros y de los gestores de la fauna, un exceso de celo en la gestión de incendios y nuevos proyectos hidráulicos destructivos –sólo por mencionar unas pocas de las actividades incompatibles que a veces son permitidas en áreas salvajes declaradas como protegidas. Estas y otras actividades semejantes despojan de su carácter salvaje[gg] tanto al sistema de tierras salvajes como a la idea de naturaleza salvaje[hh]. Y cuando permitimos que la idea de naturaleza salvaje[ii] se degrade, es inevitable que la sociedad gradualmente acepte como “áreas salvajes” espacios que son menos salvajes de lo que lo eran en el pasado. Una vez más es la enfermedad de la amnesia del paisaje o amnesia de la naturaleza salvaje[jj].

Una amenaza igualmente enorme para las tierras salvajes es la tendencia reciente a crear nuevas áreas salvajes protegidas con fronteras que son trazadas para excluir todo conflicto potencial o detectable, también con el fin de apaciguar a la oposición. De modo que tenemos áreas “salvajes” pequeñas y fragmentadas, a veces con fronteras dominadas por bordes con forma de ameba que rodean pequeños núcleos de hábitat. O bien grandes áreas sin carreteras que de otro modo serían continuas, se ven transformadas en pequeñas unidades “salvajes”[kk] fragmentadas porque el congreso aprueba que las atraviesen vías para vehículos a motor. Estas tendencias alarman a los biólogos de la conservación que están preocupados por la diversidad biológica y la protección de ecosistemas completos. Si no conseguimos demandar y trabajar para lograr zonas auténticamente salvajes, nunca las conseguiremos. Eso seguro.

A algunos, especialmente a aquellos que identifican los motores o la extracción de recursos con la libertad, la designación de áreas salvajes protegidas les parece restrictiva. Sin embargo, en realidad, las tierras salvajes tienen más que ver con la libertad que cualquier otro paisaje. Me refiero a la libertad de deambular y, sí, a la libertad de equivocarse, porque en qué otro lugar podríamos ser tan inmediatamente conscientes de las consecuencias físicas de nuestras decisiones? Libertad, desafío y aventura van juntos y las tierras salvajes ofrecen grandes dosis de cada uno de ellos –“¿Debería tratar de cruzar por aquí?” “¿Puedo evitar a ese oso dando un rodeo?” “¿Se está aproximando una gran tormenta o no?” Cuando nos internamos en las tierras salvajes dejamos atrás todas las seguridades. Nos vemos enfrentados a lo desconocido. Las cosas a menudo no salen como planeábamos. La naturaleza salvaje[ll] es rudimentaria y fundamental de formas que en gran medida hemos perdido con la cultura. Esta pérdida, dicho sea de paso, nos debilita. La naturaleza salvaje[mm] nos refuerza.

Libertad. En las tierras salvajes somos libres de cazar, pescar, caminar, arrastrarnos, deslizarnos, nadar, cabalgar, navegar en canoa o en balsa, hacer ski de fondo, observar a la fauna, estudiar la naturaleza, fotografiar y contemplar cualquier cosa que pueda despertar nuestro interés. Somos libres de seguir nuestros valores espirituales, sean éstos cuáles sean, sin ninguna presión por parte de las autoridades oficiales de la iglesia organizada o del estado. Y generalmente somos libres de hacer cualquiera de estas cosas durante todo el tiempo que queramos. Las tierras salvajes son también el mejor entorno para la poco practicada pero vitalmente importante actividad de no hacer absolutamente nada –me refiero a nada de nada, salvo quizá mirar las nubes pasar flotando sobre un maravilloso paisaje salvaje[nn].

La naturaleza salvaje[oo] ofrece un antídoto esencial para los crecientes excesos civilizados de la urbanización, la polución, la tecnología y la cultura popular. Las tierras salvajes proporcionan agua limpia y controlan las inundaciones, y actúan como un almacén de aire limpio. Proporcionan muchas toneladas de carne saludable, ya que nuestras poblaciones de pescado y caza más sanas están relacionadas con las áreas salvajes (¿quién dice que “el paisaje no da de comer”?). Y las zonas salvajes reducen la necesidad de crear listas política y socialmente conflictivas de especies amenazadas. Cuando protegemos el hábitat, la mayoría de las especies prosperan.

Al dar a la naturaleza un respiro respecto a la manipulación humana, las zonas salvajes sustentan el proceso evolutivo. Ayudan a mantener la conectividad entre los centros de población de  los grandes animales de territorio amplio –especialmente los grandes carnívoros. Esto protege la diversidad genética y aumenta la resiliencia de las poblaciones faunísticas, tan importantes para el ecosistema. Estamos empezando a entender que sin grandes carnívoros, la mayoría de los ecosistemas naturales entran en una espiral de pérdidas y agotamiento biológicos.

Las áreas salvajes son también nuestro entorno de referencia primario. En otras palabras, son la regla metafórica con la que medimos la salud de todos los paisajes alterados por los seres humanos. ¿Cómo podríamos jamás tomar decisiones inteligentes en explotación forestal o agricultura, por ejemplo, si no existiese una referencia con la que comparar? Por supuesto, las áreas salvajes actúan como una referencia auténtica sólo si les permitimos ser salvajes y las mantenemos libres de trabas.

La naturaleza salvaje[pp] tiene que ver también con la humildad. Es un recordatorio de que no lo conocemos todo y de que nunca lo conoceremos. En la naturaleza salvaje[qq] formamos parte de algo mucho más grande que nuestra civilización y que nosotros mismos. Nos empuja más allá del ego y eso, creo yo, sólo puede acarrear cosas buenas. Quizá, por encima de todo, las áreas salvajes son el reconocimiento de que las formas de vida no humanas y los paisajes que las sustentan tienen un valor intrínseco, simplemente porque existen, independientemente de sus múltiples beneficios para la especie humana. El valor intrínseco es un concepto difícil de comprender para algunos, especialmente cuando se refiere a la vida o a los hábitats no humanos. De modo que, no, no puedo probar de forma absoluta la validez de la idea del valor intrínseco de la naturaleza salvaje[rr] (como tampoco puedo demostrar el valor intrínseco de mi abuela); su validez depende de los valores básicos que se tengan y del cultivo de la receptividad y de la capacidad de escuchar. Pocos de los que pasan mucho tiempo en la naturaleza[ss] negarán lo anterior.

Rotundamente, las zonas salvajes no tienen que ver principalmente con el entretenimiento, aunque, ciertamente, ese sea uno de sus muchos valores. Ni con la actitud de “yo primero” de aquellos que ven metafóricamente la naturaleza como un pastel que ha de ser repartido entre diferentes grupos de usuarios. Tiene que ver con la falta de egoísmo, con dejar nuestros egos a un lado y hacer lo que sea mejor para la tierra. Tiene que ver con la totalidad, no con fragmentos. Después de todo, las áreas salvajes protegidas – a pesar de sus problemas- aún son los paisajes más sanos con las aguas más limpias y tienden a mantener las poblaciones de vida salvaje más saludables, especialmente en el caso de muchas especies que se han vuelto raras en o han sido eliminadas de lugares que son menos salvajes.

Habiéndome ganado la vida como guía/monitor de naturaleza[tt] durante treinta y cinco años, he tenido la gran fortuna de conocer de primera mano muchos lugares salvajes a lo largo y ancho del oeste de Norteamérica y, a veces, mucho más allá. Si tuviese que resumir en una sucinta frase lo que he aprendido, sería probablemente ésta: La naturaleza salvaje[uu] tiene que ver con la moderación. Como dijo Howard Zahniser, los gestores de las tierras salvajes han de ser “guardianes, no jardineros”. En caso de duda, dejémoslas en paz. Porque si no logramos moderar nuestros impulsos manipuladores en las áreas salvajes, ¿en qué otro lugar de la Tierra podremos encontrar alguna vez tierras sin trabas?

Finalmente, cuando no logramos proteger, mantener y restaurar auténticas áreas salvajes, perdemos la oportunidad de pasar a nuestros hijos y nietos –y a las futuras generaciones de vida no humana- las irremplazables maravillas de un mundo que se está convirtiendo rápidamente en un mero y débil recuerdo de una época mucho mejor. Por fortuna, aún tenemos la oportunidad tanto de declarar como de proteger apropiadamente una considerable cantidad de una naturaleza salvaje[vv] que en su día fue enorme. No dejemos pasar esta oportunidad. Necesitamos proteger tanto como sea posible y mantenerlo salvaje.


[a] Traducción del capítulo “Wilderness: What and Why?”, del libro Keeping the Wild, editado por George Wuerthner, Eileen Crist y Tom Butler (Island Press, 2014). Traducción a cargo de Último Reducto. N. del t.

[b] “The wilds” en el original. N. del t.

[c] “Wilderness” en el original. Aunque se refiere en general a las zonas o ecosistemas salvajes, es decir, poco o nada humanizados, la traducción de “wilderness” al castellano puede variar según el contexto. En este texto se ha traducido como “zonas salvajes”, “áreas salvajes” o “tierras salvajes”, salvo en los casos en que se indica explícitamente. N. del t.

[d] “Wilderness” en el original. N. del t.

[e] Ídem. N. del t.

[f] Ídem. N. del t.

[g] Ídem. N. del t.

[h] Ídem. N. del t.

[i] Ley estadounidense que regula la protección de las zonas salvajes. N. del t.

[j] 1 acre equivale aproximadamente a 0,4 hectáreas. N. del t.

[k] “Game carts” en el original. Se refiere a una especie de carretillos que se usan para transportar las piezas de caza mayor. N. del t.

[l] “U.S. Forest Service” en el original. N. del t.

[m] “National Park Service” en el original. N. del t.

[n] “U.S. Fish and Wildlife Service” en el original. N. del t.

[o] “Bureau of Land Management” en el original. N. del t.

[p] “Wilderness” en el original. N. del t.

[q] Ídem. N. del t.

[r] Ídem. N. del t.

[s] Ídem. N. del t.

[t] “Self-willed-land” en el original. N. del.t.

[u] “Home of wild beasts” en el original. Se refiere a “wild-deor-ness”, donde “deor” es un término en inglés antiguo para “animal”. N. del t.

[v] “Wilderness” en el original. N. del t.

[w] “Wilderness landscapes” en el original. N. del t.

[x] “Wilderness” en el original. N. del t.

[y] “Plenty of wildness” en el original. “Wildness” en principio se refiere al carácter salvaje de algo, aunque dependiendo del contexto podría traducirse de otros modos. N. del t.

[z] “Wildness” en el original. N. del t.

[aa] “Wilderness” en el original. N. del t.

[bb] “Wilderness amnesia” en el original. N. del t.

[cc] “Wilderness” en el original. N. del t.

[dd] “Untrammeled wildness” en el original. N. del t.

[ee] “The wilds” en el original. N. del t.

[ff] “Grandfather” en el original. Hace referencia a las llamadas “grandfather clauses” (literalmente “cláusulas del abuelo”) según las cuales ciertos individuos o grupos quedan exentos de cumplir una nueva regulación por tener ciertos “derechos adquiridos” previamente a la nueva normativa. N. del t.

[gg] “De-wild” en el original. N. del t.

[hh] “Wilderness idea” en el original. N. del t.

[ii] Ídem. N. del t.

[jj] “Wilderness amnesia” en el original. N. del t.

[kk] “‘Wilderness’” en el original. N. del t.

[ll] “Wilderness” en el original. N. del t.

[mm] Ídem. N. del t.

[nn] “Wilderness landscape” en el original. N. del t.

[oo] “Wilderness” en el original. N. del t.

[pp] Ídem. N. del t.

[qq] Ídem. N. del t.

[rr] Ídem. N. del t.

[ss] Ídem. N. del t.

[tt] “Wilderness guide/outfitter” en el original. N. del t.

[uu] “Wilderness” en el original. N. del t.

[vv] Ídem. N. del t.