La Tierra no es un jardín

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PRESENTACIÓN DE “LA TIERRA NO ES UN JARDÍN

El interés que le vemos al siguiente texto es que es una crítica bastante acertada de las corrientes ecomodernistas basadas en el concepto del Antropoceno.

No obstante, el autor cae en dos errores sobre los que es necesario llamar aquí la atención:

1.      El autor, siguiendo la línea tradicional del conservacionismo, habla de cultivar el sentimiento de “modestia y respeto” hacia la Naturaleza como vía principal para lograr la preservación de ésta. Ciertamente, el sentimiento de humildad y de respeto por la Naturaleza es algo loable, que obviamente los editores de Naturaleza Indómita compartimos y consideramos fundamental, pero dudamos que por sí mismo sea suficiente para preservar efectivamente la Naturaleza salvaje. El motivo de esto es que lo que determina el desarrollo de las sociedades no son fundamentalmente las ideas, sentimientos, actitudes o valores mantenidos por sus miembros, sino los factores materiales, las condiciones físicas que restringen, condicionan y empujan a dichas sociedades a tomar el rumbo que siguen. Y, por tanto, la destrucción de la Naturaleza por parte de las sociedades humanas viene determinada principalmente por los factores materiales (demografía, necesidad de recursos, capacidad tecnológica, etc.) que condicionan el desarrollo de las mismas. Las ideas, creencias y valores predominantes en dichas sociedades son sólo un efecto de dicho desarrollo, no su causa. Las ideas y actitudes predominantes pueden y suelen servir para justificar y reforzar dicho desarrollo, pero ni lo originaron ni lo mantienen por sí mismas. Y del mismo modo, las ideas y sentimientos contrarios a esa destrucción tampoco van a servir, por sí mismos, para cambiar el rumbo de la sociedad y con él la destrucción de la Naturaleza. Lo único que podría lograrlo sería algo igualmente de carácter físico que incida en las bases materiales del mantenimiento y desarrollo de la sociedad tecnoindustrial.[1]

Visto lo visto, no resulta pues extraño que el autor crea ingenuamente que basta con dejar que la ética y los ideales (tomar lo salvaje como valor fundamental) sirvan de guía a la “intensificación” (es decir, al desarrollo de la sociedad tecnoindustrial) promovida por los neoconservacionistas. Sin embargo, como hemos señalado, los ideales y principios no sirven por sí solos. Los valores e ideas pueden servir para definir unos fines e inspirar e incitar a perseguirlos, pero para lograr dichos fines hace falta algo más que una ética y una ideología. Si las condiciones materiales que determinan principalmente el desarrollo de la sociedad tecnoindustrial no son modificadas, la ética y los ideales no lograrán nada por sí mismos y el desarrollo seguirá su curso actual, con toda la destrucción y sometimiento de lo salvaje que inevitablemente conlleva.

2.      Keim, también en la línea conservacionista típica y en relación con lo anterior, cree ingenuamente en la posibilidad de alcanzar un equilibrio o compromiso entre el desarrollo de la tecnología moderna y la preservación de la Naturaleza salvaje. De ahí que, a pesar de sus críticas, haga ciertas concesiones a los ecomodernistas y hable positivamente de “las finanzas de la conservación”, de ciertas formas de ingeniería genética, de la colaboración entre los ecomodernistas y las multinacionales (The Nature Conservancy y Rio Tinto, por ejemplo), etc. Sin embargo, dicho equilibrio es imposible. La única forma de preservar eficazmente la Naturaleza salvaje a largo plazo sería la eliminación física completa del sistema tecnoindustrial. Cualquier otra solución de compromiso entre tecnología moderna y Naturaleza salvaje, será insuficiente para conservar a largo plazo ésta última y antes o después acarreará su total destrucción o/y sometimiento. Así pues, la dicotomía planteada por Michael Shellenberger y Ted Nordhaus: o calentamiento global o electricidad, resulta no ser tan falaz como el autor pretende. Si bien este par de ecopostmodernos pretendían defender arteramente con ella la sociedad tecnoindustrial, dando por sentado que cualquiera elegiría el mantenimiento y desarrollo de la sociedad tecnoindustrial, sean cuales sean sus consecuencias negativas para la Naturaleza, antes que quedarse sin las comodidades modernas, el hecho es que en toda dicotomía hay dos opciones posibles, por mucho que a ellos en este caso les espante la otra opción: eliminar la electricidad, es decir, el sistema tecnoindustrial.

 

LA TIERRA NO ES UN JARDÍN

Por Brandon Keim[2] 

Hace algunos años, pregunté a una amiga bióloga qué pensaba ella acerca de una idea que se había puesto de moda recientemente en los círculos ecologistas: que la naturaleza virgen era una ilusión y que nuestras queridas tierras salvajes[3] eran una construcción mental obsoleta que no existía en la realidad. Ella acababa de terminar su turno en el paseo elevado de madera, un paseo atendido por voluntarios a través de una adorable y pequeña turbera pantanosa que se formó tras la edad del hielo, cerca de lo que hoy es el área comercial más grande del este de Maine.

Tras un momento de reflexión, me dijo que probablemente eso era cierto, en un sentido académico, pero que ella no le prestaba mucha atención. El hecho era que lugares afectados por la actividad humana, como la turbera, eran especiales y debían ser protegidos; otros lugares estaban mucho menos afectados, pero eran especiales y también necesitaban protección.

Era una respuesta simple y práctica, procedente de alguien que había dedicado gran parte de  su vida a cuidar del mundo natural. Me he acordado de ella ahora que los ideales de la conservación sufren el asedio por parte de la autoproclamada vanguardia del propio movimiento: los modernistas verdes (también conocidos como Nuevos Conservacionistas, postecologistas o ecopragmáticos), un grupo de pensadores influyentes que afirman que deberíamos aceptar nuestro dominio del planeta y replantearnos la Tierra como un jardín gigante.

Dejen ustedes a un lado su apego por los territorios salvajes[4], dicen. No existe tal cosa, y pensar de otro modo es ciertamente contraproducente. Y en lo que respecta al carácter salvaje[5], algo de él podría quedar en los márgenes de nuestros jardines –diseñados y gestionados para servir a los deseos de los seres humanos-, pero no es especialmente importante. ¿Y si aprecian ustedes a las plantas silvestres y a los animales salvajes por sí mismos? Bueno, olvídense de eso también. Esos sentimientos están tan pasados de moda como un daguerrotipo de las barbas de Henry David Thoreau, tan muertos como un dodo[6] en una época, el Antropoceno, caracterizada por la literalmente impresionante dominación de la Tierra por parte de la humanidad.

Es cierto que la humanidad tiene un poder enorme. Aproximadamente un cuarto de toda la actividad fotosintética terrestre y la mitad del agua dulce disponible son desviadas para fines humanos. Estamos alterando las corrientes oceánicas y los patrones atmosféricos, y estamos moviendo tanta roca como los procesos erosivos. La biomasa total de la humanidad y de nuestros animales domesticados supera la de los demás mamíferos terrestres; nuestro plástico se extiende por los océanos. Estamos empujando a otras criaturas hacia la extinción a un ritmo nunca experimentado en los últimos 65 millones de años, desde que un asteroide golpeó la Tierra y acabó con la era de los dinosaurios.

A mediados del presente siglo, podríamos llegar a ser 10.000 millones de seres humanos, todos ellos demandantes y merecedores de una calidad de vida que hoy en día sólo experimentan unos pocos. Será un reto extraordinario y que afectará considerablemente al planeta. Hacerle frente requerirá, como los modernistas verdes señalan correctamente, nuevas ideas y herramientas. También exigirá un profundo y duradero respeto hacia la vida no humana, no menos importante que el respeto que mostremos unos por otros. Poder no es lo mismo que supremacía.

Si la humanidad ha de ser algo más que un asteroide biológico, los amantes de la naturaleza, al contrario de lo que recomendaba, en un ensayo seminal del que es coautor, Peter Kareiva, jefe científico de The Nature Conservancy, la mayor organización conservacionista del mundo, no deberíamos “echar por la borda las nociones idealizadas acerca de la naturaleza, los parques y las tierras salvajes[7]” ni dejar de “perseguir la protección de la biodiversidad por su valor intrínseco”. Ni podemos reemplazar estos ideales con lo que la escritora científica Emma Marris imagina como “un bullicioso jardín[8] global, medio salvaje, mantenido por nosotros”.

Por muy bienintencionadas que puedan ser las ideas de estos autores, son inadecuadas para el Antropoceno. Necesitamos defender más la naturaleza salvaje, no menos. Y aunque definir el papel de la humanidad como el de la jardinera global parezca inocuo, la idea contiene la semilla del error fundamental de la sociedad industrial: una visión ética en la cual sólo importan los intereses humanos. No es el proyecto de un jardín, sino el de un cementerio ajardinado.

El modernismo verde no es algo precisamente nuevo. Al contrario, en él se han cristalizado argumentos que se han ido filtrando en el conservacionismo durante las últimas décadas, y han alcanzado su apogeo tras la publicación del libro de Marris Rambunctious Garden: Saving Nature in a Post-Wild World (2011) y de Love Your Monsters: Postenvironmentalism and the Anthropocene (2011), una colección de ensayos producidos por el Instituto para el Avance[9], un laboratorio de ideas[10] con base en California. Cuando se sumaron la prominencia de Kareiva dentro de The Natural Conservancy, el gancho mediático de un cambio de paradigma y la frustración general –compartida tanto por los modernistas verdes como por sus críticos- debida a la incapacidad de parar la destrucción ecológica, todo estuvo listo para que se produjese lo que el periodista estadounidense Keith Kloor llamó una batalla por el alma del ecologismo.

En esta batalla, los modernistas blandían armas estratégicas y tácticas. A sus ojos, los conservacionistas eran demasiado agoreros y estaban obsesionados con historias de derrotas: osos polares sobre icebergs, ecosistemas modificados para siempre. La naturaleza es resiliente, objetaban. Los bosques vuelven a crecer. Después de todo, los osos polares podrían apañárselas con el calor. Asimismo, los conservacionistas deberían ser más realistas y reconocer la impracticabilidad de sus esperanzas. Y también deberían ser más humanistas. La naturaleza ha sido protegida, demasiado a menudo, a costa de los seres humanos.

“Los conservacionistas tendrán que aceptar el desarrollo humano y la ‘explotación de la naturaleza’ para fines humanos”, escribían Kareiva y sus colaboradores, Michelle Marvier, una catedrática de estudios medioambientales, y Robert Lalasz, el director de comunicaciones científicas de The Nature Conservancy. Los modernistas verdes pedían a las grandes empresas que se les uniesen y hacían hincapié en los “servicios de los ecosistemas”, mediante los cuales la naturaleza es medida y convertida en productos según los beneficios que nos ofrezca. También echaban en cara a los conservacionistas el ser unos tecnófobos reticentes a aplaudir las tecnologías que promueven la prosperidad a la vez que reducen nuestra huella ecológica.

En sí mismas, muchas de estas ideas no eran tan radicales. Representaban una puesta al día, a principios del siglo XXI, del enfoque gestor que previamente ya era patente en todas partes, desde la pesca a los estudios de impacto ambiental. Lo que hizo que el modernismo verde fuese tan controvertido fue el cambio ideológico implícito: que los intereses humanos deberían ser puestos por encima de todo lo demás. La justificación que daban para esto equivalía a volver a escribir la historia ecológica de nuevo.

Según los modernistas verdes, los conservacionistas convencionales están obsesionados con la idea decimonónica de unas tierras salvajes[11] vírgenes no mancilladas por las manos humanas. Consumidos por la nostalgia, no han sido capaces de comprender la importancia histórica de la influencia ecológica humana, practicando un culto a la naturaleza salvaje que no sólo es ineficaz, sino ilusorio. “La conservación no puede prometer un retorno a unos paisajes prístinos prehumanos”, dicen Kareiva y sus colegas. “La naturaleza salvaje tan querida por los conservacionistas –los lugares ‘sin trabas impuestas por el hombre’[12]- nunca existió, al menos no a lo largo de los últimos milenios, y posiblemente incluso desde hace mucho más tiempo”.

Mirando a través de unas gafas con cristales de color sepia, los conservacionistas presuntamente ignoran otras formas de naturaleza menos prístinas, los paisajes y hábitats asociados a nuestras actividades. Recordando su infancia, pasada jugando en los bosques de crecimiento secundario[13] de la Costa Noroeste de Norteamérica, Marris escribe que “los ecólogos y conservacionistas han ignorado durante mucho tiempo dichos bosques. Atrapados por el señuelo de la ‘naturaleza salvaje virgen’, dejaron de lado los bosques secundarios”.

Es una extraña afirmación, dado que la búsqueda en Google de “second-growth forest” ofrece más de 54.000 resultados; y no es difícil mencionar a varios conservacionistas cuya conciencia ecológica surgió en dichos espacios “ignorados”. El poeta y ecologista Gary Snyder creció justo en los mismos bosques a que se refiere Marris, en una “granja de tocones” –un término que deriva de la retirada de los tocones que quedan cuando son talados los gigantescos árboles de los bosques primarios- al norte de Seattle. Bob Marshall, el ingeniero forestal y activista cuyos esfuerzos llevaron a la Ley de Áreas Salvajes de 1964 y al sistema federal de áreas salvajes protegidas de los Estados Unidos[14], advirtió, ya en 1930, que unos umbrales de pureza “inalcanzablemente altos” dejarían a los bosques secundarios desprotegidos. Aldo Leopold, unos de los padres del ecologismo moderno, cuyo influyente libro, A Sand County Almanac[15] (1949) es una crónica de la naturaleza en una granja de las praderas de la época del Dust Bowl[16], es un ejemplo especialmente interesante.

Leopold, cazador e ingeniero forestal, al principio creía en la tradición gestora que consideraba la naturaleza como un recurso. Los árboles, los peces y los faisanes existían para ser usados por nosotros, aunque responsablemente. Sin embargo, con el tiempo llegó a considerar insuficiente este ideal, una transformación relatada en “Thinking Like a Mountain”[17], su ensayo acerca de la caza de una loba. “Tras haber visto morir el fuego verde” en los ojos de la loba, escribió, “sentí que ni la loba ni la montaña estaban de acuerdo con dicha forma de ver las cosas”.

Y también tenemos al propio Thoreau, santo patrón de la conservación y blanco favorito de los ataques de los ideólogos del Antropoceno, que se mofan de él por ensalzar las virtudes de lo salvaje[18] mientras vivía a tiro de piedra de la ciudad. Sin embargo, si acaso, esto debería hacerle incluso más relevante. Thoreau, en los bosques secundarios y a lo largo de las líneas del ferrocarril, descubrió “otra civilización diferente de la nuestra” y sugirió que “en el carácter salvaje está la salvación del mundo”. Sin embargo, al modernismo verde no le conviene reconocer esto, del mismo modo que no le resulta conveniente tener en cuenta la definición del estado de la naturaleza “sin trabas” tan valorado por los conservacionistas.

“Sin trabas” no significa no tocado, sino no restringido. Las tierras salvajes[19] tal como formalmente las define la Ley de Áreas Salvajes, son simplemente lugares donde los procesos de la naturaleza no han sido gravemente impedidos por las actividades humanas. La mejor forma de entenderlo es como una escala de grados de carácter salvaje [“wildness”], un término procedente de la palabra del antiguo idioma escandinavo[20] que significaba “voluntad” [“will”]. El carácter salvaje consiste –para Thoreau, para el historiador ecológico Roderick Nash y para generaciones enteras de conservacionistas- en tener voluntad propia[21]. Lo salvaje es libre y autónomo, y existe independientemente del control humano. Esto es lo que apasiona a tantos conservacionistas: no simplemente el Refugio Ártico Nacional para la Vida Salvaje[22] o la jungla del Amazonas, sino también la vida silvestre que encuentran en los paisajes cotidianos, en sus propios paseos por los pasos elevados de madera de una turbera. Unos pocos puede que se obsesionen con lo prístino, pero la mayoría lo que aman es lo salvaje[23] y el aprecio que muestran por las zonas salvajes[24] tiene un carácter mucho más práctico.

Da igual, la caricatura que retrata al conservacionismo como agorero es sólo un complemento necesario para la segunda premisa del modernismo verde: que la actividad humana del siglo XXI es la mera continuación de lo que llevamos haciendo desde hace milenios. Los paisajes preindustriales supuestamente prístinos que engatusaron a los conservacionistas ya habían sido modificados y, por consiguiente, el ideal de la naturaleza salvaje carece de sentido.

“Algunos ecologistas ven el Antropoceno como un desastre por definición, dado que consideran todos los cambios provocados por los seres humanos como una degradación del Edén virgen”, escribían Kareiva, Marris, el científico medioambiental Erle Ellis y el ecólogo Joseph Mascaro en una editorial del New York Times, en el 2011. “Sin embargo, de hecho, los seres humanos llevan modificando los ecosistemas desde hace milenios”. Los fundadores del Instituto para el Avance, Michael Shellenberger y Ted Nordhaus, lanzan un comentario similar en Love Your Monsters: “La diferencia entre las nuevas crisis ecológicas y los modos en que los seres humanos e incluso los prehumanos han estado dando forma a la naturaleza no humana durante decenas de miles de años es de grado y de escala, no de clase”.

El Amazonas es uno de los ejemplos favoritos de alteración masiva de la naturaleza. El descubrimiento de huertos y canales de riego prehistóricos bajo el bosque presuntamente primario provocó una oleada de excitación hace una década. Aquellos descubrimientos, que fueron dados a conocer sobre todo en el libro de Charles Mann, 1491: New Revelations of the Americas Before Columbus (2005), y en las obras del antropólogo Michael Heckenberger, parecían volver a escribir la historia ecológica. Lejos de ser una tierra salvaje no tocada por el ser humano, la gran pluviselva del Amazonas, el delicado pulmón de la Tierra, ¡había estado siendo explotada hasta hace poco! “La propia noción de una ‘pluviselva virgen’ puede que sea errónea”, escribía Kareiva en el 2007 en la revista Science.

Pero esta opinión es muy controvertida. Aunque ciertas zonas del Amazonas estaban de hecho pobladas, eran comparativamente pequeñas: parches de modificación intensa esparcidos en medio de una inmensa región salvaje[25]. Ciertamente, la Amazonía no estaba domesticada a una escala ni remotamente similar a la del Antropoceno. Algunos arqueólogos han sugerido incluso que las zonas del Amazonas en que se realizaron construcciones de tierra[26] eran lugares secos similares a la sabana, con lo que sus impactos fueron menos dramáticos. Los indios practicaban la agricultura a nivel local, no la ingeniería paisajística.

Esto no son sólo nimiedades arqueológicas. Difuminar la línea divisoria entre los impactos limitados causados por los seres humanos en el pasado y la extensa actividad humana llevada a cabo a la enorme escala del Antropoceno en la actualidad dificulta reconocer las zonas salvajes, grandes y pequeñas, que aún quedan en muchas partes, desde las profundidades de los océanos del sur a los bosques boreales, pasando por gran parte del Amazonas. Este confusionismo también diluye las diferencias entre los modos de vida. La gestión limitada y cuidadosa de la naturaleza –fuegos que tratan de imitar los regímenes regionales de incendios o sistemas agrícolas ajustados a los ciclos hidrológicos existentes- es considerada al mismo nivel que las actividades que pasan por alto estos rasgos ecológicos.

No es que las sociedades indígenas fuesen siempre armoniosas administradoras que dejaban una huella liviana. Hay muchos ejemplos de lo contrario, siendo el más notable el de las extinciones que se produjeron tras la llegada de los seres humanos de la edad de piedra a América y Australia. Sin embargo, estas extinciones no supusieron en absoluto la desaparición de las tierras salvajes[27], ni caen en el mismo lugar del espectro de grados de impacto sobre la naturaleza que ocupa el desarrollo a escala industrial. En su día vencimos en la competencia con los perezosos gigantes[28] de 20 pies[29] de alto y los tigres de dientes de sable, ahora tenemos problemas para compartir el espacio incluso con las ratas canguro[30] y las salamandras tigre[31]. Esta es la diferencia entre las transformaciones provocadas por unos pocos millones de personas y las producidas por 7.000 millones, con unos requerimientos de recursos drásticamente diferentes. Y esta diferencia es escamoteada por la narrativa de la omnipresencia humana.

Esta narrativa está vinculada, según dice el catedrático de derecho medioambiental, David Johns, en un ensayo publicado en Keeping the Wild: Against the Domestication of Earth (2014), “A la idea de que la significativa presencia humana y el notable impacto de nuestra especie significan que los seres humanos estamos al mando”. Es un ejemplo de creación moderna de mitos, la normalización y autojustificación de un Antropoceno dominado por el ser humano y carente de naturaleza salvaje, en el cual esos malditos conservacionistas han de ponerse al día con el programa. Tal como Marris afirma en Rambunctious Garden: “Estamos ya dirigiendo la totalidad de la Tierra”.

Todo esto a algunos podría parecerles algo así como una tempestad en una taza de té: una pelea intestina. Sin embargo, las ideas importan, especialmente cuando implican cuestiones tan fundamentales como el modo en que nos vemos a nosotros mismos en relación con otros seres vivos. Descartar la naturaleza salvaje y subestimar el carácter salvaje nos llevan a situaciones éticamente inquietantes. Y son el resultado a su vez de  una situación éticamente inquietante: la filósofa ecológica Eileen Crist equipara el modernismo verde a la mentalidad que ponía a los seres humanos en  la cima de la Gran Cadena del Ser en la Edad Media, y que nos mantuvo allí hasta que llegó Charles Darwin.

La metáfora del jardín está especialmente cargada de implicaciones. Un jardín no es lugar para la ética. En él la vida y la muerte suceden según el capricho del jardinero. Plantar o cortar, cuidar o matar, incluir o excluir: es un ejercicio de voluntad no restringida moralmente, que está bien para el patio trasero de una casa, pero que requiere unos límites, tanto literales como filosóficos. “Una vez hayamos adoptado una mentalidad de jardineros, ésta nos dará demasiada libertad para hacer lo que nos dé la gana”, dice el experto en bioética Gregory Kaebnick. “Y sé de qué hablo, soy un ferviente jardinero aficionado”.

En un jardín, no existe necesariamente la sensación de que la vida tenga ningún valor aparte del que nosotros le asignemos. Ni los seres individuales ni las entidades de mayor tamaño –poblaciones, comunidades, especies, procesos ecológicos- son intrínsecamente merecedores de respeto. La ética del jardinero no puede tener eso en cuenta. Lo que Leopold tan sabiamente aconsejó: que pensemos en nosotros mismos no como conquistadores de las comunidades de seres vivos sino como “meros miembros y ciudadanos” de las mismas, es arrojado por la ventana.

Además, los valores que asignamos están inevitablemente sesgados hacia lo que hemos plantado y controlado. “La civilización … es el jardín donde las relaciones crecen”, escribió el poeta Howard Nemerov, una frase reveladora citada por Gary Snyder en A Place in Space (1988). “Fuera del jardín se halla el abismo salvaje”. Esta mentalidad está incrustada ya profundamente en nuestra sociedad tendente al desarrollo. Lo que no está gestionado es devaluado, si es que no es considerado totalmente invisible. Nadie atraviesa caminando en línea recta un parterre sembrado de flores; sin embargo pisoteamos las llamadas malas hierbas de una parcela vacía sin siquiera darnos cuenta de que están ahí. En un Antropoceno ajardinado, la naturaleza corre el riesgo de  convertirse en una abstracción estética, en gran medida sólo interesante porque podremos encontrar en ella nuestro propio reflejo.

Por tanto, la restauración de las referencias ecológicas preindustriales es considerada algo poco práctico, pero el llamado reasilvestramiento pleistocénico[32] -parques gestionados para contener algo similar a los ecosistemas de hace un millón de años- es aplaudido. Intentar evitar la extinción de especies es algo pasado de moda, pero la “desextinción”[33] por medio de la reconstrucción biotecnológica de las mismas es el último grito. Este tipo de proyectos tiene cierto valor, pero refleja una noción de la naturaleza del Antropoceno centrada en sí misma que fácilmente se puede convertir en algo tóxico.

Un ejemplo destacable procede de un post del blog de la Radio Pública Nacional[34] de enero de este mismo año, titulado “A Human-Driven Mass Extinction: Good or Bad?”. El autor, Adam Frank, comenta una entrevista hecha en New Scientist al ecólogo Chris Thomas, quien señala que hoy en día algunos linajes se están adaptando a las actividades humanas mientras que dichas actividades están empujando a otros muchos a la extinción. “¿Cómo les hace a ustedes sentir eso? ¿Cómo debería hacerles sentir?” preguntaba Frank acerca de la inminencia de la extinción masiva. “La respuesta a dicha pregunta depende en gran medida de lo que cada uno entienda por naturaleza y de en qué lugar crea que debemos encajar en ella”.

Esta línea de pensamiento jamás se aplica a los asuntos humanos: “Una ciudad ha sido bombardeada esta noche y ¡otra gente está construyendo refugios con los escombros! ¿Es eso bueno o malo?” El mero hecho de preguntarlo es ridículo. Después de todo, las vidas humanas tienen un valor intrínseco. Sin embargo, según la lógica del modernismo verde, las vidas no humanas no lo tienen. En la mayoría de los casos, representan preferencias o servicios. Es la esencia explotadora del colonialismo aplicada a la naturaleza, la consagración de las mismas actitudes que han convertido a la humanidad en un asteroide biológico. Dejar de proteger la naturaleza por sí misma, juzgar la conservación por el grado en que promueve los intereses humanos, es reconfigurar nuestra relación con la Tierra dándole la misma forma de la relación que une a un imperio con las colonias productoras de recursos. La expresión “La Tierra” se refiere sólo a nosotros.

La naturaleza salvaje y el carácter salvaje son lo opuesto a esto. Como ideales, encarnan el respeto por las vidas no humanas, reconociendo que no existen únicamente en relación a nosotros. Al entrar en un área salvaje[35], escribe Nash, nos damos cuenta de que no estamos en un patio de recreo, sino en el hogar de otros. Nos abre a la percepción del valor intrínseco de otras vidas y a la importancia de compartir.

“La conservación viene inspirada por la pregunta: ¿quiénes son los miembros de mi comunidad?” dice Kieran Suckling, director ejecutivo del Centro para la Diversidad Biológica de Arizona. “Es un acto de humildad. Requiere que te digas, ‘Lo importante no son sólo mis deseos y necesidades. También es importante lo que otras criaturas quieren y necesitan’”.

Lo cual no significa que los seres humanos no puedan ni deban causar daño alguno, ni mucho menos que deban cesar en todas sus actividades. Es imposible no dejar huella. Sin embargo, podemos pensar dónde ponemos nuestros pies, cultivar un sentido de modestia en lugar de altivez y dejar que la cortesía y el respeto nos guíen. Es un hábito de la mente que es útil también en las relaciones dentro de nuestra propia especie. “las lecciones que aprendemos de lo salvaje[36]”, escribe Snyder, “se convierten en el protocolo de la libertad”.

Es más fácil decirlo que hacerlo, por supuesto. Los modernistas verdes responderían que no es realista: esos adorables ideales puede que hayan ganado unas pocas batallas, pero los conservacionistas están perdiendo la guerra. Se necesitan nuevas ideas. Dejando a un lado la discutible propuesta de que los principios deberían ser abandonados cuando sean difíciles de poner en práctica, unas pocas de sus críticas parecen incómodamente acertadas.

Está claro que se necesita más. Si las victorias de la conservación hubiesen sido suficientes para soportar nuestro peso, la Tierra no estaría encaminada a una extinción masiva. Y es cierto que los conservacionistas han confiado con excesiva frecuencia en tópicos manidos. Es más que evidente que no “todo” está “conectado con todo lo demás”; la extinción de una mariposa no echará abajo la totalidad del edificio ecológico. Del mismo modo, los prejuicios en contra de las especies no nativas pueden ser contraproducentes; si hoy en día la vegetación alóctona fuese erradicada, gran cantidad de mariposas morirían de hambre. El discurso de la fragilidad y la irreversibilidad acaba cansando también. La vida puede ser frágil, pero también puede ser marcadamente resiliente.

El hincapié que los modernistas verdes hacen en un desarrollo ecológicamente viable es también bienvenido, aun cuando sus promotores toquen algunas notas estridentes. (“Poner nuestra fe en la modernización requerirá una nueva teología laica”, escriben Shellenberger y Nordhaus, y “requiere una cosmovisión que vea la tecnología como algo benigno y sagrado”). El incipiente campo de las finanzas de la conservación, una extensión centrada en la naturaleza de las inversiones de choque[37] orientadas al beneficio social, tiene un potencial tremendo.

Sin embargo, sin los ideales de la naturaleza salvaje y del carácter salvaje como guías, la brújula gira sin rumbo fijo. Perseguir la intensificación –la meta del modernismo verde de lograr una agricultura más productiva y unas ciudades más densas, que presuntamente dejarían así más espacio para la naturaleza- requiere una dirección ética. De lo contrario, lo que se promete es meramente la intensificación sobre una porción cada vez mayor de la superficie de la Tierra. Abrazar la tecnología es un consejo igualmente impreciso. Hay una diferencia entre los cultivos modificados para que tengan alta productividad y resistencia a la sequía y aquellos diseñados para soportar grandes dosis de diversos pesticidas.

Hacer tales distinciones requiere una forma de pensar crítica respecto a la tecnología y al desarrollo, no la exigencia de Kareiva y Marvier de que los conservacionistas dejen de “quejarse del capitalismo”, como si el capitalismo fuese alguna entidad trascendental en vez de algo sujeto a un debate constante. Igualmente poco útiles son las falsas dicotomías de Shellenberger y Nordhaus, quienes escriben que “vivir en un mundo más cálido constituye un problema menor que vivir en uno sin electricidad”.

Los modernistas verdes ponen su empeño en celebrar la naturaleza urbana, lo cual está bien. La vida no humana de las ciudades debería ser apreciada por principio. Bob Marshall deseaba que “aprendiésemos a tratar con respeto incluso a los elementos más pequeños del mundo natural”, incluso a las ardillas y a los desaliñados olmos que crecen dentro de las ciudades. Sin embargo, la naturaleza urbana está limitada como medio para preservar la riqueza de la vida. Lo corrobora el estudio global sobre las aves y plantas que viven en las ciudades, publicado a principios de este año en Proceedings of the Royal Society B. Las ciudades contienen, respectivamente, el 20 por ciento de las aves y el 5 por ciento de las plantas que podríamos encontrar en los lugares no urbanos correspondientes. Sin embargo, esta sombría estadística es alabada en algunos entornos modernistas como una buena noticia: ¡las ciudades pueden albergar vida!

Este impulso excesivamente optimista caracteriza muchos de los ejemplos dados por los modernistas verdes como evidencias de resiliencia: raras especies de salamandras que, tras haber perdido su hábitat natural, se han “especializado en vivir en los bebederos del ganado”; pluviselvas que vuelven a crecer en los campos de cultivo abandonados y  que contienen la mitad de las especies que vivían allí previamente. Chernobyl es otro ejemplo icónico de la aparente resiliencia del Antropoceno: ¡incluso después de la fusión del núcleo de una central atómica, la vida florece! Pero la gran y terrible lección que nos ha enseñado Chernobyl es que, para la vida no humana, un accidente nuclear es mejor que tenernos a nosotros alrededor. El mejor de los jardines no es en absoluto un jardín. Las plantas y animales de la Tierra siguen necesitando territorios salvajes[38], tanto pequeños como grandes.

Por supuesto, en los lugares que necesitan algunas de estas zonas salvajes[39] y gran parte los seres salvajes para existir, también viven seres humanos. Es estupendo que The Nature Conservancy esté trabajando con el gigante minero Río Tinto para reducir los impactos en el desierto del Gobi y que esté ofreciendo consejos acerca de cómo situar presas en los ríos colombianos con el fin de minimizar los daños ecológicos. El control de los daños tiene una importancia vital. Sin embargo, no debería ser la mayor aspiración de la conservación y en absoluto es una estrategia de la que deba depender el futuro de la Tierra.

Recomendar, como hace Kareiva, que dejemos de “defender la protección de la biodiversidad por sí misma” – o, en términos menos asépticos, de la vida por sí misma- y midamos la conservación “en gran parte por su relevancia para la gente”, no es una idea nueva ni audaz. Es una rendición. También es algo poco práctico: ¿puede acaso trazarse una línea alguna vez? ¿Cuándo dejar de pavimentar un poco más de pradera, o dejar sin embalsar un río –dado que pavimentar y construir presas también crea nuevos tipos de ecosistemas, y da testimonio de la capacidad de la naturaleza para adaptarse-? Ante esto, el modernismo verde trazaría líneas en base a los servicios ecosistémicos: las praderas mantienen a los polinizadores, los ríos sin presas mantienen las reservas de peces con valor comercial. Sin embargo, ¿puede tener éxito a gran escala esta estrategia? Podría llegar a ser posible lograr servicios valiosos –aire y agua limpios, “paisajes productivos”[40] rentables- con un mínimo de biodiversidad.

Como el biólogo John Vucetich señala, el mundo moderno demuestra adecuadamente que podemos lograr prosperidad para los seres humanos aun en ausencia de la abundancia de vida que había en el pasado. “Hay tan pocos hurones de pies negros[41] en el planeta que ya ha quedado demostrado que no los necesitamos”, dice, “nos las apañaremos bien sin zorros veloces[42] o sin glotones[43]. Podemos enumerar listas enteras de especies sin las que podríamos apañárnoslas”.

Vucetich ve la pelea acerca del modernismo verde como un choque entre dos formas de entender la sostenibilidad: una que explota la naturaleza todo lo que queramos siempre y cuando no dañemos la explotación futura y otra que explota la naturaleza sólo lo necesario para llevar una vida plena. “No creo que estas dos visiones del mundo nos vayan a conducir a un mismo lugar”, dice. “Creo que conducirían a mundos completamente diferentes”.

Los éxitos de la conservación no son simplemente los parques nacionales y las áreas protegidas, sino los muchos lugares en que los apetitos humanos se ven restringidos de modo que otras formas de vida puedan florecer: parcelas de bosque en los bordes de las ciudades, humedales que han evitado convertirse en centros comerciales. Defenderlos es el pan de cada día en las labores de conservación y, para esto, se necesitan ideales.

“La gente se presenta voluntaria para participar en comisiones que estudian las propuestas mineras, critican los informes de impacto ambiental, desafían las asunciones poco escrupulosas de las grandes empresas y se alzan en contra de ciertos cargos públicos locales que intentan traicionar a los habitantes”, escribe Snyder acerca de los esfuerzos de sus vecinos por proteger de la minería y de la tala irresponsables sus bosques de ladera de segunda generación en la Sierra Nevada. Lo que les motiva a realizar esta poco atractiva labor no es su propio interés, escribe, sino “un amor verdadero y desinteresado por la tierra”. Es difícil imaginar al modernismo verde siendo tan inspirador o, para el caso, tan eficaz. A pesar de las caricaturas que retratan a los conservacionistas como fanáticos intransigentes, en la práctica la conservación es un ejercicio de negociación y de acuerdos –y ningún acuerdo decente se puede alcanzar jamás quedándose a medio camino desde un principio.

Aquí me viene a la mente otro ejemplo en Maine: la restauración que se está llevando a cabo en el río Penobscot, el segundo más largo del noreste de los Estados Unidos, que durante la mayor parte de los últimos 9.500 años servía de vía para la migración de enormes bancos de peces entre el océano Atlántico y las 7.700 millas cuadradas[44] de su cuenca. Durante los últimos dos siglos, todo su curso, salvo unas pocas millas[45], fue interrumpido por una serie de presas. Esas migraciones masivas, que el historiador y biólogo John Walkman dice que en su día hacían que los ríos del este “pareciesen plateados”, habían quedado reducidas a un escaso y triste goteo de peces.

A lo largo de la pasada década, una alianza entre organizaciones conservacionistas y agencias gubernamentales llegó a un acuerdo con las compañías eléctricas: comprarían tres presas, desmantelarían dos de ellas y crearían un paso alrededor de la otra, mientras que otra presa seguiría funcionando y aumentaría su capacidad de generación. El acuerdo era precisamente el tipo de acción que los modernistas verdes defienden: un equilibrio entre los intereses comerciales y los valores ecológicos, que producía electricidad y a la vez protegía la vida.

The Nature Conservancy ayudó a hacer posible la restauración y, con todo derecho, lo celebró en su página web. Sin embargo, no fueron los únicos involucrados en ella. Las negociaciones se realizaron sólo porque los conservacionistas y los pescadores habían luchado previamente durante décadas para evitar la construcción de más presas. El valor comercial de las pesquerías restauradas y de las oportunidades recreativas formaba parte de los argumentos para eliminar las presas y ayudó a vender el proyecto a nivel político. Sin embargo, la fuerza impulsora que mantuvo a tanta gente acudiendo a reuniones, revisando estudios de impacto y organizando eventos para recaudar fondos fue el amor por lo que el Penobscot fue en su día.

Una mujer que conozco, una artista y ecóloga de la fauna que realiza grabados en madera de animales del río para que los alumnos de las escuelas locales los usen en las clases de arte, describe el proyecto como un renacimiento. A veces vadea las zonas poco profundas, buscando entre el barro antiguas pesas para pescar hechas de piedra por los indios penobscot en épocas preindustriales. La nación india penobscot también ha apoyado la restauración, considerándola una oportunidad para sanar la degradación de las aguas que en su día fueron centrales para su vida tribal. Y aunque no se hacen ilusiones de que el río vuelva a albergar su antigua riqueza –después de todo, la negociación dejó una presa intacta- se sienten inspirados por la idea. También les mueve una idea intuitiva de lo que no es correcto. Porque que la vida del Penobscot hubiese sido truncada tan alegremente simplemente no estaba bien.

Son estos sentimientos, de pasión, de modestia y de respeto hacia la naturaleza salvaje[46], los que en el fondo hicieron posible el compromiso. No fueron los análisis de costes-beneficios, ni ninguna noción de la humanidad como la jardinera planetaria. Si hubiésemos desechado la naturaleza salvaje, tanto su realidad como el ideal que representa, las presas aún seguirían asfixiando el río.



[1] Véase también al respecto la presentación de “Allá donde el hombre es un visitante” de Dave Foreman en esta misma página.

[2]Traducción a cargo de Último Reducto de “Earth is not a Garden”. Original publicado en AEON, 18 de septiembre del 2014. https://aeon.co/essays/giving-up-on-wilderness-means-a-barren-future-for-the-earth N. del t.

[3] “Wilderness” en el original. Este término se refiere a las tierras y ecosistemas poco o nada humanizados. Según el contexto se puede traducir de diversas maneras: “tierras salvajes”, “territorios salvajes”, “áreas salvajes”, ecosistemas salvajes” o, más en general, “naturaleza salvaje”. En este texto se ha traducido como “naturaleza salvaje” salvo en los casos en que se indique explícitamente de otro modo. N. del t.

[4] “Wilderness” en el original. N. del t.

[5] “Wildness” en el original. Se refiere normalmente al carácter salvaje, a la cualidad de ser salvaje, a lo que ciertos seres y entes tienen de salvaje. Aunque, a veces, según el contexto pueda traducirse de forma libre como simplemente “la naturaleza salvaje”. Aquí, excepto cuando se indique de otro modo, se ha traducido como “el carácter salvaje”. N. del t.

[6] Raphus cucullatus. Ave, extinta en el siglo XVII, que habitaba las islas Mauricio, en el océano Índico. Es uno de los ejemplos más famosos de extinción de una especie provocada por los seres humanos. N. del t.

[7] “Wilderness” en el original. N. del t.

[8] “Rambunctious garden” en el original. Es una alusión a Rambunctious Garden que, como el autor señala más abajo, es el título de un libro de Marris en el cual se defiende la domesticación y gestión de la Biosfera. N. del t.

[9] “Breakthrough Institute” en el original. N. del t.

[10] “Think tank” en el original. Los “think tanks” suelen ser organizaciones compuestas por teóricos e intelectuales multidisciplinares, que expresan sus opiniones sobre política social, estrategia política, económica o militar, tecnología o cultura. Se caracterizan por tener algún tipo de orientación ideológica y, a menudo, están relacionados con laboratorios militares, empresas privadas e instituciones académicas o de otro tipo. Sus trabajos tienen habitualmente un peso importante en la política y la opinión pública, particularmente en Estados Unidos. N. del t.

[11] “Wilderness” en el original. N. del t.

[12] “Untrammelled by man” en el original. Hace referencia a un famoso y polémico fragmento de la Ley de Áreas Salvajes (“Wilderness Act”) de los Estados Unidos (sección 2c). N. del t.

[13] Los bosques de crecimiento secundario o bosques secundarios, son bosques que han crecido de nuevo tras ser talados y que, tras un periodo lo suficientemente prolongado, se encuentran en proceso de recuperación, de modo que los efectos de la tala dejan de ser apreciables. Los bosques secundarios son diferentes de los bosques que vuelven a crecer tras una perturbación natural (bosques seriales tempranos), como los incendios, las plagas, el viento, etc. ya que carecen en gran medida de los nutrientes, así como de la protección frente a la erosión o de la capacidad de retención de agua en el suelo que aportan los árboles muertos. N. del t.

[14] “America’s federally designated wilderness system” en el original. N. del t.

[15] Existe traducción parcial al español “Un almanaque del condado arenoso” en Una ética de la Tierra. Libros de la Catarata, 2005.

[16] “Dust bowl” en el original. Literalmente “Cuenco de Polvo”, “Dust Bowl” es el nombre por el que se conoce en inglés al fenómeno que en los años 30 del siglo XX afectó a las llanuras y praderas que se extienden desde el golfo de México hasta Canadá. El suelo, despojado de humedad, fue levantado por el viento en grandes nubes de polvo. Las gramíneas resistentes a la sequía del ecosistema original de las praderas fueron reemplazadas por los cultivos de trigo que, al fallar debido a la sequía, dejaron el suelo desnudo, originando tormentas de polvo de una magnitud sin precedentes. N. del t.

[17] Existe traducción al español “Pensar como una montaña” en Una ética de la Tierra. Libros de la Catarata, 2005. N. del t.

[18] “Wildness” en el original. N. del t.

[19]“Wilderness” en el original. N. del t.

[20] Norse. N. del t.

[21] “Self-willed” en el original. N. del t.

[22]Arctic National Wildlife Refuge” en el original. N. del t.

[23] “Wildness” en el original. N. del t.

[24] “Wilderness” en el original. N. del t.

[25] Ídem. N. del t.

[26] El autor se refiere al descubrimiento de grandes figuras geométricas de tierra (geoglifos) en ciertas zonas de la cuenca Amazónica. Véase, por ejemplo, “Environmental impact of geometric earthwork construction in pre-Columbian Amazonia”, John Francis Carson, Bronwen S. Whitney, Francis E. Mayle, José Iriarte, Heiko Prümers, J. Daniel Soto, y Jennifer Watling, en PNAS, 7 de Julio del 2014. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC4115532/ . N. del t.

[27] “Wilderness” en el original. N. del t.

[28] Género Megatherium. N. del t.

[29] 1 pie = 30,48 cm. N. del t.

[30] Roedores del género Dipodomys. N. del t.

[31] Ambystoma tigrinum. N. del t.

[32] “Pleistocene rewilding” en el original. N. del t.

[33] “De-extinction” en el original. N. del t.

[34] “Nacional Public Radio” en el original. Se refiere a una cadena de radio estadounidense. N. del t.

[35] “Wilderness” en el original. N. del t.

[36] “The wild” en el original. N. del t.

[37] Impact investing” en el original. Se refiere a inversiones, en empresas u organizaciones, en teoría hechas con la intención de generar un beneficio social o medioambiental aparte de unos beneficios económicos. N. del t.

[38] “Wilderness” en el original. N. del t.

[39] Ídem. N. del t.

[40] En relación al concepto de “paisaje productivo” véase el artículo “Por qué el paisaje productivo no funciona” de George Wuerthner, en esta misma página web. N. del t.

[41] “Black-footed ferrets” en el original. Mustela nigripes. N. del t.

[42]Switf foxes” en el original. Vulpes velox. N. del t.

[43] “Wolverines” en el original. Gulo gulo. N. del t

[44] 1 milla cuadrada equivale aproximadamente a 2,59 kilómetros cuadrados. N. del t.

[45] 1 milla equivale aproximadamente a 1,6 km. N. del t.

[46] “It’s these feelings, wilderness-impassioned and modest and respectful” en el original. N. del t.