¿Es la naturaleza algo real?

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PRESENTACIÓN DE “¿ES LA NATURALEZA ALGO REAL?

El texto que presentamos a continuación es una respuesta más[1] a las a menudo deshonestas críticas postmodernas contra el concepto de la Naturaleza salvaje.

Mucho de lo que dice el autor es muy acertado y oportuno, y esto es lo que hace que consideremos este texto digno de ser publicado. Sin embargo, como de costumbre, es necesario señalar al menos dos de sus puntos flojos.

El principal es que el autor (al igual que bastantes otros conservacionistas) es un jipi budista cuyas ideas contraculturales y su atracción por las filosofías no occidentales (léase “orientales”) impregnan, desgraciadamente, su, por lo demás, bastante atinado texto. La verdad, no todos tenemos tan claro como él que el budismo o el hinduismo sean referencias filosóficas útiles a la hora de defender la noción de lo salvaje o simplemente la existencia de la realidad objetiva, ni que en el fondo no causen a menudo más confusión y desequilibrios mentales que los que pretenden resolver (especialmente entre los “occidentales” que las adoptan para tratar de sentirse “diferentes”).

Visto lo anterior, no resulta sorprendente que el autor haga un llamamiento a “comprender el dolor y el malestar de la gente trabajadora en todas partes”, que poco tiene que ver con la temática del texto. El izquierdismo suele acompañar al jipismo. Sin embargo, la cuestión social (es decir, los problemas relativos a la justicia social, a la justicia e igualdad en las relaciones entre grupos e individuos humanos) es, por lo general, algo como mínimo completamente ajeno al problema de la destrucción y sometimiento de la Naturaleza salvaje por parte de la civilización. Eso, cuando no lo agrava con propuestas y fines humanistas y progresistas. Los valores y fines fundamentales de quienes se preocupan por la cuestión social suelen ser incompatibles con los de quienes se preocupan por la Naturaleza salvaje, aunque muchos de estos últimos, como el autor, no sean siquiera conscientes de ello.

 

¿ES LA NATURALEZA ALGO REAL?

Por Gary Snyder[2]

Me están empezando a cabrear los aviesos argumentos presentados por intelectuales bien pagados que tratan de echar por tierra la naturaleza y a la gente que la valora, y aún así pretenden dárselas de inteligentes y progresistas.

La idea de la naturaleza como una “construcción social” -una proyección cultural compartida que es vista y formada a la luz de valores y prioridades sociales- si se la expusiese completamente a la brillante luz de la filosofía, parecería un subconjunto de la cosmovisión mejor desarrollada del budismo Mahayana o del Advaita Vedanta, que declaran (sólo como una parte de su estrategia) que el universo es maya, o ilusión. Al afirmar esto, los filósofos asiáticos no están diciendo que el universo carezca ontológicamente de ningún tipo de realidad. Lo que están diciendo es que, en general, nuestra forma de ver el mundo es una construcción biológica (basada en las cualidades particulares del cuerpo-mente de nuestra especie), psicológica (refleja proyecciones subjetivas) y cultural. Y, en consecuencia, sugieren una manera de examinar la propia forma de ver, de modo que vea a quien ve y así esa forma de ver sea más verdadera.

El uso actual de la expresión “construcción social”, sin embargo, no puede profundizar más, ya que se basa en la lógica de la ciencia europea y de la “Ilustración”. Esta corriente de pensamiento, en su búsqueda de algún nuevo tipo de metanarrativa, ha sido incapaz de examinar su propio relato -que es la misma visión occidental de la naturaleza como fuente de recursos que ha sido ofrecida a la humanidad para ser usada. Como esfera espiritualmente (políticamente) vacía, esta naturaleza socialmente construida no tendría otra realidad que la cuantificación ofrecida por los economistas y los gestores de recursos. Esta es de hecho la mercantilización última de la naturaleza, llevada a cabo por teóricos supuestamente avanzados que demuestran ser simplemente el culmen del movimiento a favor del “uso inteligente”[3]. La deconstrucción, realizada con un corazón compasivo y con la intención de obtener sabiduría, convierte el budismo Mahayana en un ejercicio lógico y filosófico que sondea hasta el fondo de lo que se deconstruye y vuelve a la superficie con compasión hacia todos los seres. La deconstrucción sin compasión es autoengrandecimiento.

De modo que entiendo la idea de que la naturaleza salvaje[4] es una construcción social; ¿por qué no ha de serlo? Lo que viene más al caso, y que no consigo encontrar en los escritos de la tropa contraria a la naturaleza, es la consciencia de que las tierras salvajes son el lugar en que se hallan los ecosistemas grandes y ricos y, por tanto, (entre otras cosas) un hogar para los seres que no pueden sobrevivir en ningún otro tipo de hábitat. El uso recreativo, la espiritualidad, la estética -buenos para la gente- también hacen valiosas las tierras salvajes, pero son secundarios respecto a la importancia de la biodiversidad. La protección de la diversidad natural es esencial para la salud planetaria de todos.

Algunos de estos académicos críticos construyen, y luego atacan, la noción de “naturaleza salvaje virgen”[5] y de nuevo esto no es sino machacar en hierro frío. Es algo bien conocido que los seres humanos y protohumanos han vivido prácticamente en todas partes durante cientos de milenios. “Virgen” es sólo un término relativo y, por mucho que el paisaje haya podido ser usado por los seres humanos, hasta hace noventa años el planeta aún tenía inmensos territorios de terreno salvaje que ahora se hallan tristemente reducidos. Mucha de la tierra salvaje era también el territorio de culturas indígenas que encajaban bien en lo que eran tierras salvajes habitadas.

Los ataques a la naturaleza y a los ecosistemas salvajes[6] desde torres de marfil llegan justo en el momento apropiado para reforzar a los explotadores globales, a las compañías madereras resurgentes (aquí en California la Pacific Lumber tras los juicios contra Charles Hurwitz) y a aquellos que derogarían la Ley de Especies Amenazadas[7]. Parece como si hubiese una infame alianza entre materialistas capitalistas e idealistas marxistas para atacar un mundo rural que, según dicen, Marx consideraba idiota y aburrido.

Heráclito, los estoicos, los budistas, los científicos y las personas corrientes mayores y despiertas, todos ellos sabían que todo en este mundo es efímero e impredecible. ¡Incluso los primeros ecólogos que trabajaban con la sucesión de Clements[8] lo sabían! Sin embargo, ahora una generación de biólogos recursistas, amamantados con la leche desnatada de la teorización de Daniel Botkin[9], están promoviendo lo que ellos piensan que es un nuevo paradigma que relega el concepto de clímax al vertedero de las ideas. Ciertamente, ninguno de los primeros ecólogos científicos dudó jamás de que las perturbaciones van y vienen. Parece como si este caso concreto de acoso también apareciese a tiempo para apoyar a las empresas madereras y explotadoras de la tierra. (A pesar de los derribos debidos al viento, los bichos, los fuegos, las sequías y los deslizamientos de tierras muchas comunidades vegetales se mantuvieron en esencia a lo largo de muchos millones de años antes de la era del ser humano).

Es una auténtica pena que muchos académicos de las humanidades y las ciencias sociales encuentren tan difícil aceptar el surgimiento de la “naturaleza” como campo intelectualmente serio. A pesar de toda la cháchara acerca de “los otros” en las teorías de todo el mundo hoy en día, cuando se ven frente a frente con un Otro auténtico, el mundo no humano, la respuesta de estos recién llegados intelectuales antinaturaleza es cerrar filas y declarar que la naturaleza forma en realidad parte de la cultura. Lo cual quizá sea sólo una estrategia para mantener la financiación de sus especialidades.

Mucha de esta retórica, si se la traduce a la política humana, sería como decir “los afroamericanos son una construcción social de los blancos”. Y entonces también podrían afirmar que la parte sur del centro de Los Ángeles es un territorio problemático porque ha sido exagerado por algunos blancos liberales, un territorio cuyos aparentes problemas morales son también ilusorios, y que lo que hay que hacer realmente en relación con los afroamericanos es tratar de comprender mejor cómo los construyeron los escritores y lectores blancos. Sin embargo, cuando tratan asuntos que se refieren a sus compañeros humanos, los teóricos críticos liberales no hablan de este modo porque saben qué tipo de respuesta recibirán. En el caso de la naturaleza, dado que siguen aún bajo la ilusión de que no está ahí en realidad, se permiten a sí mismos esta superficialidad moral y política.

Los conservacionistas y los ecologistas nos lo hemos buscado, en cierto modo. Aún no hemos conseguido comunicar la importancia de la diversidad. Muchos, cuando no la mayoría, de los ciudadanos están realmente confundidos acerca de porqué dicha importancia parece ser adjudicada a búhos o peces de los que hasta ahora ni siquiera se había oído hablar. Los científicos han de ser escuchados, pero los escritores y filósofos de entre nosotros (yo incluido) deberíamos hablar con mayor claridad de nuestros sentimientos profundos acerca del valor de lo no humano. Necesitamos mantenernos frescos, escribir prosa clara, rechazar la obscuridad y no exagerar intencionadamente. Y necesitamos comprender el dolor y el malestar de la gente trabajadora en todas partes.

Una Zona Salvaje[10] es siempre un lugar concreto, ya que está ahí para las criaturas locales que viven en ella. En algunos casos, unos pocos humanos vivirán en ella también. Dichos lugares son escasos y deben ser defendidos rigurosamente. Lo Salvaje[11] es el proceso que nos rodea a todos, la naturaleza autoorganizada: creando las zonas vegetales, a los humanos y a sus sociedades, todos ellos extremadamente resilientes, más allá de lo que podemos imaginar. Las sociedades humanas crean multitud de sueños, nociones e imágenes acerca de la naturaleza de la naturaleza[12]. Sin embargo, no es imposible obtener una imagen bastante precisa de la naturaleza con un poco de experiencia de primera mano -no es muy difícil, yo llevaría a estos dubitativos catedráticos a dar un paseo por el exterior, les mostraría un poco del espectáculo de la desaparición de los ecosistemas y quizá les llevaría a limpiar un riachuelo.

 


[1] Véanse también, por ejemplo, “La auténtica idea de la naturaleza salvaje” de Dave Foreman, “Contra la construcción social de la naturaleza salvaje” de Eileen Crist  o “Las tierras salvajes de la historia” de Donald Worster, en esta misma página web

[2] Traducción a cargo de Último Reducto de la reimpresión de “Is Nature Real?” publicada en Wild Earth. Wild Ideas for a World Out of Balance (Tom Butler, ed., Milk Weed Editions, 2002). El artículo fue publicado originalmente en Wild Earth 6, nº4 (invierno 1996/1997): 8-9, bajo el título “Nature As Seen from Kitkitdizze Is No ‘Social Construction’”. © 1996 Gary Snyder. N del t.

[3] “‘Wise use’ movement” en el original. El “Wise Use movement” surge en Estados Unidos en la década de los 80 como grupo de presión y movimiento social en respuesta a la aprobación de diferentes leyes que protegían las tierras públicas o regulaban su uso. En dicho movimiento se agrupan diferentes sectores de la derecha estadounidense, financiados por empresas de industrias extractivas, que defienden que el bienestar económico y social de los humanos debe primar sobre la protección de la naturaleza y que no existe ningún tipo de límite objetivo o material al crecimiento y al progreso. N. del t.

[4] “Wilderness” en el original. El término “wilderness” hace referencia a los ecosistemas poco o nada humanizados. Según el contexto se puede traducir de diferentes modos. En este texto, a no ser que se explicite de otro modo, ha sido traducido como “tierras salvajes”. N. del t.

[5] “Pristine wilderness” en el original. N. del t.

[6] “Wilderness” en el original. N del t.

[7] “Endangered Species Act” en el original. Ley estadounidense aprobada en 1973 y creada para proteger de la extinción a las especies que se hallen críticamente en peligro a consecuencia del crecimiento económico y del desarrollo desmesurado. N. del t.

[8] La teoría de la sucesión vegetal, creada por Frederic Clements en 1916, viene a decir que el proceso por el cual las comunidades vegetales se establecen en un lugar, cambian y son sustituidas a lo largo del tiempo sigue unos pasos relativamente predecibles y determinados, llamados sucesión ecológica, sucesión vegetal o series de vegetación. Dichos pasos están dirigidos al establecimiento de una comunidad vegetal madura o clímax. N del t.

[9] Biólogo estadounidense que pone en cuestión las ideas de equilibrio y clímax ecológicos y, con ellas, la de sucesión ecológica, y considera que el estado normal de los ecosistemas es la perturbación. Ciertos autores ecologistas, como George Sessions, lo vinculan al movimiento “wise use” (véase “Lo salvaje, los cíborgs y nuestro futuro ecológico” en esta misma página web) y, de hecho, las teorías de la corriente contraria a la idea de equilibrio y clímax ecológicos, de la que Botkin es uno de los mayores exponentes, son usadas a menudo para justificar la intervención humana en los ecosistemas y la gestión humana de la biosfera. N. del t.

[10] “Wilderness” en el original. N del t.

[11] “Wild” en el original. N. del t.

[12] “About the nature of nature” en el original. No es una errata por repetición. El autor se refiere a la naturaleza o esencia de la Naturaleza. N. del t.