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Una ética de la tierra

UNA ÉTICA DE LA TIERRA[1]

(Libro de Aldo Leopold; edición de Jorge Riechmann)[2]

Este libro es una edición parcial de la obra principal de Aldo Leopold (1887-1948), un ingeniero forestal estadounidense reconvertido a conservacionista, Un almanaque del condado arenoso. El original está dividido en tres partes de las que solamente la primera aparece de forma íntegra en esta edición al castellano realizada por el izquierdista Jorge Riechmann. De la segunda parte sólo hay cuatro textos de los quince originales y de la tercera, uno de cuatro. La excusa dada por el editor para este trabajo a medio hacer es la falta de espacio. Para culminar el despropósito, está incluido en una colección titulada “Clásicos del pensamiento crítico” junto a obras de Marx, Lenin, Gandhi, Martin Luther King, Kropotkin, etcétera, con las que comparte poco o nada.

Dejando a un lado la utilización de esta edición para la difusión del credo ecosocialista del editor, lo que queda de este libro de Leopold describe en su primera parte lo vivido y percibido en una granja de un condado del estado de Wisconsin (Estado ubicado al norte de Estados Unidos junto a los Grandes Lagos). En esa granja, que Leopold había adquirido para poner en práctica sus ideas sobre la restauración ecológica, se concentran las descripciones del entorno natural. Al tiempo que Leopold narra sus experiencias como leñador, cazador y pescador, despliega todo su conocimiento de la ecología de los condados centrales de Wisconsin. Además, señala las modificaciones de los ecosistemas nativos causadas por la colonización europea. La rápida transformación de la naturaleza de un estado prácticamente salvaje a uno civilizado industrial se había producido en apenas 150 años cuando Leopold escribió este libro y no había indicios de que fuera a detenerse.

Leopold fue uno de los que manifestó la necesidad de contener esa transformación y, al menos, establecer ciertas áreas donde no debía producirse. En la segunda parte y en la tercera, es donde se encuentran los principales alegatos a favor de lo salvaje y donde aparecen expresiones que hoy día son de referencia en el conservacionismo anglosajón como “pensar como una montaña”, “un fiero fuego verde” y “una ética de la Tierra”. Leopold se expresa en un estilo literario e incluso poético en ciertas partes, pero no por ello deja de expresar claramente que las criaturas salvajes y los entornos salvajes deben de seguir existiendo en el mundo sin que su existencia venga apoyada por un interés económico para la humanidad. De hecho, su prólogo comienza así: “Hay personas que pueden vivir sin seres salvajes, y otras no. Estos ensayos vienen a ser los gozos y los dilemas de alguien que no puede”.

En algunos pasajes del libro, parece que Leopold pensaba que el progreso y la naturaleza salvaje podrían llegar a convivir de alguna manera. Hoy día es difícil de apoyar esa afirmación con 70 años de tendencias recurrentemente demostrando lo contrario. Este libro se escribió en los años cuarenta del siglo XX. La naturaleza salvaje no es la misma y lo que la amenaza tampoco.

Las herramientas propuestas por Leopold para conseguir dicha convivencia se basan principalmente en la educación, en la ética y en la acción del Estado. El conservacionismo y el ecologismo de hoy día siguen esa línea, siendo los resultados muy limitados.

Algunos fragmentos del libro pueden servir para ilustrar los planteamientos de Aldo Leopold:

“Pero la educación actual no menciona las obligaciones para con la tierra, más allá de las dictadas por el propio interés egoísta. El resultado es que tenemos más educación, pero menos suelo, menos bosques sanos, y tantas inundaciones como en 1937.” (Página 140)

Una debilidad básica de un sistema de conservación basado en motivos económicos es que la mayoría de los miembros de la comunidad de la tierra no tiene un valor económico. Por ejemplo, las flores silvestres y los pájaros cantores. De las 22.000 plantas superiores y animales nativos de Wisconsin, es dudoso si más de un 5 por ciento pueden venderse, pastarse, comerse o darles cualquier otro uso económico. Y con todo, esas criaturas son miembros de la comunidad biótica, y si (como creo) su estabilidad depende de su integridad, tienen derecho a continuar con vida.

Cuando está amenazada una de esas categorías no económicas, si resulta que la amamos, inventamos subterfugios para darle importancia económica. A principios de siglo, se suponía que estaban desapareciendo los pájaros cantores. Los ornitólogos se lanzaron a su rescate, esgrimiendo pruebas no del todo convincentes de que los insectos se nos comerían vivos si los pájaros dejaran de controlarlos. Las pruebas tenían que ser de naturaleza económica para ser válidas.

Resulta embarazoso leer hoy en día estos circunloquios. Aún no tenemos una ética de la tierra, pero al menos nos hemos aproximado a admitir que los pájaros deberían seguir existiendo por puro derecho biótico, sin tener en cuenta la presencia o ausencia de ventajas económicas para nosotros.” (Página 142)

El obstáculo más serio que impide el desarrollo de una ética de la tierra quizás sea el hecho de que nuestro sistema educativo y económico le ha vuelto la espalda a una genuina conciencia de la tierra, en vez de encaminarse hacia ella. El hombre moderno está separado de la tierra por muchos intermediarios, y por innumerables artilugios. No tiene una relación vital con ella; es sólo un espacio entre ciudades donde crecen las cosechas. Llévale a pasar un día en plena naturaleza y, de no ser en un campo de golf o en una zona «pintoresca», se aburre soberanamente. Si las cosechas pudieran producirse mediante cultivos hidropónicos, en vez de en las granjas, le parecería muy bien. Los sustitutos sintéticos de la madera, el cuero, la lana y otros productos naturales de la tierra, los prefiere a los originales. Resumiendo, la tierra es algo que «se le ha hecho pequeño».” (Página 154)

“Uno de los requisitos para la comprensión ecológica de la tierra es un conocimiento de la ecología, y esto de ninguna manera corre parejo con la «educación»; de hecho, la mayor parte de la enseñanza superior parece evitar deliberadamente los conceptos ecológicos. Una comprensión de la ecología no se produce, necesariamente, en cursos que lleven la etiqueta de ecológicos; podría igualmente darse en cursos de geografía, botánica, agronomía, historia o economía. Así tendría que ser; pero, más allá de las etiquetas, la preparación ecológica es escasa.

Abogar por una ética de la tierra parecería una causa perdida, de no ser por la minoría que se rebela contra esas tendencias «modernas».

El pivote que hay que mover para poner en marcha el proceso de evolución que conduciría a una ética de la tierra es simplemente éste: dejar de pensar que el uso adecuado de la tierra es sólo un problema económico. Examinar cada cuestión en términos de lo que es correcto desde el punto de vista ético y estético, además de lo que conviene económicamente. Algo es correcto cuando tiende a preservar la integridad, estabilidad y belleza de la comunidad biótica. Es incorrecto cuando tiende a otra cosa. No hay ni que decir que la viabilidad económica limita el alcance de lo que se puede y no se puede hacer a favor de la tierra. Siempre ha sido así y siempre lo será.” (Páginas 154 y 155)

Por estos fragmentos, se puede concluir que Leopold no era precisamente un ingenuo creyente en las bondades educativas. ¿Cuál sería hoy su respuesta al ver la implantación de la educación ambiental y sus resultados? La educación ambiental nada tiene que ver con su ética de la tierra puesto que la primera es totalmente utilitarista y antropocéntrica, pero las consecuencias prácticas de su implantación dicen mucho de las posibilidades de provocar un cambio drástico de rumbo social a partir de la educación. Seguramente la mayoría de los que lean esto ya pertenecen a esas generaciones educadas en la conciencia ambiental y el estado de la naturaleza en la actualidad no es mejor. También pueden dar cuenta de los comportamientos actuales de sus compañeros de pupitre o de los suyos propios. A los niños es más fácil provocarles un cambio de comportamiento que a los adultos, pero de ahí no se puede concluir que vayan a doblegar las fuerzas que operan en la sociedad y determinan su rumbo. El sistema tecnológico modifica tan rápidamente la sociedad y es aceptado tan religiosamente que supera continuamente las situaciones en las que muchos fuimos educados para comportarnos “ecológicamente”. El progreso tiene una inercia tal que ningún sistema educativo ha sido capaz de detenerlo en lo más mínimo, en todo caso ha sido su acicate. Si hoy día las generaciones más “educadas” y mojigatas pueden despreciar las últimas técnicas de inseminación artificial en el ganado porcino y al mismo tiempo aplauden con las orejas cuando ven los últimos artilugios informáticos y harán colas para implantarse las interfaces o chips que les permitan estar más conectados, si todo esto ocurre, no es por la educación pro-tecnología o la falta de educación ecológica. Es porque la sociedad está siendo modelada por fuerzas como la tecnología muy superiores a la educación moral. El libro de Leopold poco puede aportar al análisis del desarrollo tecnológico y cómo éste destruye lo salvaje. No obstante, los fundamentos de su pensamiento, que lo salvaje tiene valor -un valor irreemplazable- y que no podemos vivir cabalmente sin el mundo salvaje, son una poderosa fuente de inspiración.



[1] Los libros de la Catarata, 2005.

[2] Reseña a cargo de J. H.