¿Explotación forestal ecológica o protección?

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PRESENTACIÓN DE “¿EXPLOTACIÓN FORESTAL ECOLÓGICA O PROTECCIÓN?

El siguiente texto, al igual que varios otros de los publicados en esta página web (como por ejemplo: “Contra la construcción social de la naturaleza salvaje” de Eileen Crist o “La auténtica idea de la Naturaleza salvaje” de Dave Foreman), es una refutación más de ciertos argumentos humanistas en contra del concepto de Naturaleza salvaje.

El autor, siguiendo la línea de la mayoría de los conservacionistas, comete los mismos errores típicos: idealismo y desconocimiento del funcionamiento de los factores que realmente influyen en el desarrollo de los sistemas sociales humanos (plantea como meta última el establecimiento de una sociedad “medioambientalmente armoniosa”, sin tener en cuenta que, sencillamente, es imposible planificar y dirigir el desarrollo futuro de una sociedad); centrarse en la protección legal de la Naturaleza (a pesar de ser evidente que, a largo plazo, la protección legal no va a ser suficiente para salvar lo que queda de Naturaleza salvaje); y obviar que existe una opción diferente de la protección legal a corto plazo y la defensa idealista de utopías ecológicamente “armoniosas” a largo plazo: la eliminación de la sociedad tecnoindustrial.

A todo esto habría que añadir el irrealismo idelista que conlleva la propuesta de que los pueblos primitivos actuales sigan viviendo de forma totalmente primitiva en los espacios naturales protegidos. Es completamente cierto que por muy “aborígenes”, “nativos” o “indígenas” que fuesen sus antepasados y por mucho que traten de mantener vivas algunas de sus tradiciones culturales, la inmensa mayoría de los descendientes que viven hoy en día en las zonas ocupadas tradicionalmente por sus pueblos llevan un modo de vida moderno e industrial que no se diferencia en nada esencial del que lleva el resto de la población humana que ocupa otras zonas más desarrolladas del planeta. Y por tanto, su impacto ecológico es similar al de cualesquiera otros seres humanos de la actualidad. Por muy lógica deseable que pueda parecer la propuesta de restringir la residencia de seres humanos en las zonas protegidas a la gente con un modo de vida tradicional, sin tecnología moderna y con bajas densidades de población, no va a funcionar. Y, en gran parte, no va a funcionar porque los propios nativos que ya hayan tenido contacto con la sociedad moderna (que son ya la inmensa mayoría en la actualidad) no van a querer vivir en condiciones primitivas o tradicionales. Díganle ustedes, por ejemplo, a un esquimal que para seguir viviendo en la zona protegida que tradicionalmente ocupaba su tribu tendrá que renunciar a los rifles, las motos de nieve, o los motores fueraborda (por no hablar de las casas con electricidad y calefacción, la TV, la asistencia médica, la comida envasada o los subsidios estatales). Sencillamente, ¡les mandará a la mierda! Por tanto, en realidad, si se desea proteger legalmente una zona, sólo hay dos opciones realistas: echar a esa gente de esa zona protegida (con todos los problemas sociales y éticos que ello conlleva) o dejar que se quede (con todo el impacto y los problemas ecológicos que esto conlleva).

No obstante, estos defectos teóricos del autor no afectan a la validez de sus refutaciones de los argumentos filosóficos en contra del concepto de la Naturaleza salvaje, y esta es la razón por la que consideramos este texto digno de ser publicado.

 

¿EXPLOTACIÓN FORESTAL ECOLÓGICA O PROTECCIÓN? UNAS PALABRAS EN DEFENSA DE LOS PARQUES

Por Ken Wu[1]

 

Durante los años 90 del siglo XX, el tremendo desarrollo del movimiento medioambiental ha ido acompañado de muchos cambios dentro de dicho movimiento, muchos para bien pero algunos para mal. Entre los cambios a peor está la creciente tendencia entre los activistas a restar importancia a la necesidad de establecer parques y áreas protegidas. Muchos de dichos individuos y grupos o bien están combatiendo en el vacío la destrucción de las tierras salvajes[2], es decir, sin una alternativa clara a esa destrucción, o bien están promoviendo la “explotación forestal ecológica”[3] y otras formas supuestamente benignas y ecológicas de extracción de recursos. Espero poder mostrarles aquí que cualquier otra cosa que no sea un llamamiento a la protección de las áreas salvajes prioritarias va en detrimento de la biodiversidad autóctona. Examinaré los principales argumentos contra el establecimiento de parques que algunos ecologistas esgrimen y las consecuencias estratégicas de no defender los parques.

Una refutación a algunos de los principales argumentos en contra de los parques

Gran parte de la falta de apoyo a las áreas protegidas puede atribuirse a la ignorancia. Muchos activistas simplemente no tienen una visión general de la situación de los ecosistemas amenazados de Norteamérica y no son conscientes de que los ecosistemas que están más sanos y más a salvo de la destrucción medioambiental son precisamente los parques y las áreas protegidas. Por tanto, no entienden la importancia de actuar a favor de la protección legal, en lugar de a favor de meras moratorias en la destrucción, que normalmente acaban siendo anuladas más tarde.

Sin embargo, lo que debe ser contestado de forma más vigorosa son las críticas filosóficas a los parques y áreas protegidas, ya que el desarrollo de semejantes argumentos medioambientales contrarios a la naturaleza salvaje[4] está en auge, como ejemplifica el ensayo de William Cronon, “The Trouble with Wilderness”[5], en la reciente antología Uncommon Ground: Toward Reinventing Nature. Dave Foreman, David Johns, George Wuerthner, Mike Matz y Reed Noss ya han respondido a muchas de las críticas al concepto de las áreas salvajes y a las áreas salvajes protegidas[6] en la antología del Wildlands Project[7], Place of the Wild, así como en Wild Earth, de modo que no es necesario que yo repita sus refutaciones. No obstante, me gustaría añadir unas pocas ideas propias, ya que creo que es crucial que dichas críticas equivocadas a los parques (la denominación más común de las tierras salvajes protegidas[8] en Canadá) sean refutadas de una vez por todas antes de que ganen mayor peso en el movimiento. Los argumentos medioambientalistas en contra de las áreas protegidas, y mis respuestas, son los siguientes:

1. Los conceptos de parque y de área salvaje protegida[9] separan a los seres humanos de la naturaleza cuando, de hecho, los seres humanos son parte de la naturaleza. Por tanto, los parques refuerzan el dualismo hombre/naturaleza de la civilización occidental.

De todos los argumentos contra las áreas protegidas, este es el que se lleva la palma por irreflexivo y claramente ilógico. Que la sociedad humana debería estar en armonía con la naturaleza no significa que esté en armonía con ella -estamos muy lejos de estarlo, de ahí la crisis ambiental global. Hay una diferencia entre lo que debería ser y lo que es. Ciertamente, la sociedad industrial, con sus automóviles, fábricas, DDT y centros comerciales, no es una con la naturaleza y no es usando la expresión tierras salvajes como, de algún modo, estamos creando un dualismo; ese dualismo ya existía. Hay una enorme diferencia entre una zona de aparcamiento y una pradera, entre una zona talada a matarrasa y un bosque primario. La civilización humana se había separado ya de la naturaleza, de las tierras salvajes; lo que hay que hacer es volver a poner a los seres humanos en armonía con la naturaleza desarrollando una sociedad medioambientalmente armoniosa y protegiendo la naturaleza en las tierras salvajes de los parques mientras la sociedad industrial aún exista. Los defensores de las tierras salvajes no crearon el dualismo humano/naturaleza; la agricultura, la tecnología y la sociedad industrial lo hicieron al destruir la naturaleza y crear, por tanto, una separación obvia entre las tierras salvajes y la sociedad humana. Hemos de reconocer esta dicotomía entre naturaleza salvaje y civilización si queremos superarla. Crear parques, proteger la naturaleza de la que la gente supuestamente es parte, es el paso más importante a la hora de trascender ese dualismo.

2. Lo que se necesita son la “explotación forestal ecológica” y unos modos de vida y prácticas medioambientalmente armoniosos, no más parques. No son los seres humanos per se los que tienen la culpa, sino más bien los modos que en que vivimos, que son destructivos.

¡Vale! Los modos de vida cazadores-recolectores han permitido que los ecosistemas en que se dan permanezcan más o menos intactos. Se podría decir que dichos modos de vida son medioambientalmente armoniosos. No obstante, la explotación forestal ecológica, la permacultura y la agricultura ecológica, con el uso que hacen de las tecnologías avanzadas actuales y con la superpoblación humana actual, poco tienen que ver con los modos de vida cazadores-recolectores.

En la explotación forestal ecológica, un gran número de árboles son extraídos y utilizados para producir madera, según cómo sea el crecimiento anual del bosque. Esto choca con el reducido número de árboles que cortaban los cazadores-recolectores (cuando cortaban alguno) para hacerse una balsa o construir su casa. Ciertamente, en los casos en que también se practica una agricultura de rozas (talar y quemar) además de la caza y la recolección, como en muchas culturas indígenas tropicales, se quitan muchos más árboles. Esto puede indicar el inicio de un modo de vida principalmente agrícola para estos pueblos, el cual será ciertamente destructivo, como lo es toda agricultura. La agricultura es la destrucción de los organismos nativos de un área y su sustitución por una o unas pocas especies útiles para los seres humanos.

En esas sociedades principalmente cazadoras-recolectoras, sin embargo, las rozas ocupan sólo diminutas fracciones de la cubierta boscosa, que son rápidamente reclamadas por el bosque cuando las pequeñas parcelas aclaradas son abandonadas al cabo de un par de años. Por el contrario, mediante la tala selectiva y la entresaca comercial, que son posibilidades mucho más prácticas que la explotación forestal ecológica en una sociedad industrial, los árboles pueden ser extraídos en una cantidad que excede con mucho el crecimiento anual, punto a partir del cual las condiciones internas del bosque se degradan. Además de la extracción de árboles, los problemas de la construcción de carreteras, la fragmentación de los hábitats, la compactación del suelo, la erosión, los daños a las corrientes de agua y la introducción de especies exóticas aumentan incluso con la práctica de la extracción maderera selectiva[10]. Tampoco deberían usarse para justificar prácticas silvícolas alternativas la costumbre de los indígenas de quemar trozos de bosque para obtener mejores pastos para los ungulados que cazaban. Cada vez más estudios están revelando las diferencias entre las áreas taladas y las quemadas (Noss 1993), tales como la química del suelo, la composición de especies de la sucesión y la presencia de gradientes de defoliación en las áreas quemadas, pero no en las taladas. Claramente la naturaleza salvaje y las áreas usadas para la explotación forestal no son lo mismo. La explotación forestal ecológica podría ser necesaria en áreas que no sean adecuadas para ser protegidas, pero dichas prácticas no son apropiadas en cualquier lugar ni son una réplica de los procesos naturales.

Algunos oponentes de las áreas protegidas citan el ejemplo de los pueblos indígenas que vivían en armonía con la naturaleza para negar la necesidad de áreas protegidas en que la residencia de seres humanos esté prohibida. Bien, protejamos entonces áreas en las cuales se incluya y proteja a las tribus nativas cazadoras-recolectoras. La mayoría de los defensores de las tierras salvajes apoyarían que los cazadores-recolectores indígenas siguiesen viviendo en las áreas salvajes[11] protegidas, siempre y cuando esos pueblos nativos poseyesen las tecnologías y los niveles de población tradicionales (como es el caso de algunas tribus de las zonas tropicales de África, Asia y Sudamérica). En cambio, pocos defensores de las áreas protegidas apoyarían que pueblos nativos con tecnologías industriales y poblaciones mayores extrajesen recursos en áreas protegidas, especialmente para fines comerciales. Aquí es donde los ecologistas ecocéntricos a menudo discrepan de otros ecologistas más antropocéntricos, que apoyan que los pueblos nativos usen motosierras, buldóceres, rifles, trampas de acero y motos de nieve para extraer recursos de áreas propuestas para ser protegidas. El apoyo a los modos de vida cazadores-recolectores nativos no invalida la necesidad de proteger esas áreas. Más bien, es una justificación para proteger aquellas áreas dignas de protección que contienen cazadores-recolectores.

Los proponentes de la soberanía nativa puede que cuestionen la noción de pueblos nativos viviendo en parques controlados por gobiernos coloniales, tanto aquí, en Norteamérica como en cualquier otro lugar del mundo. La soberanía nativa puede ser un derecho legítimo; sin embargo, mientras tanto, hasta que los gobiernos actuales sean presionados para aceptar la soberanía nativa o sean depuestos, ni al entorno ni a los pueblos nativos les hace ningún bien tener a multinacionales destruyendo las tierras salvajes. Los parques son el mejor medio para evitarlo en la sociedad actual.

3. La tarea crucial es cambiar la sociedad para que sea medioambientalmente armoniosa, no crear más parques que existan paralelamente a la sociedad de consumo sin poner en cuestión su base fundamental. La sociedad industrial destruirá finalmente de todos modos las áreas protegidas a través de la contaminación (destrucción de la capa de ozono, efecto invernadero, lluvia ácida, etc.) y abriendo los límites de los parques en tiempos de escasez de recursos.

Esta es una crítica usada tanto por los reformistas como por los radicales. Sus dos principales problemas son que confunde los medios con los fines y que es estratégicamente defectuosa. Primero, desde una perspectiva ecocéntrica, la continuidad de la existencia de la biodiversidad natural de la Tierra al completo es la meta más importante. Para alcanzar dicha meta, hemos de defender ambas cosas, la protección de esta biodiversidad en los parques de tierras salvajes -un medio concreto que es también idéntico al fin- y el establecimiento de una sociedad medioambientalmente armoniosa de modo que la contaminación y el crecimiento de la población no destruyan las áreas protegidas ni el resto de la naturaleza. Por tanto, cuando se exigen nuevas leyes medioambientales que regulen las prácticas madereras o frenen la contaminación o, de un modo más básico, cuando se trabaja para desmantelar la sociedad industrial, esto se hace para garantizar la seguridad a largo plazo de las áreas protegidas y de todas las especies, incluida la humana. Sin embargo, los críticos de las áreas protegidas, creyendo que la principal tarea es la supervivencia de la especie humana, no ven ninguna razón para proteger las tierras salvajes; un mundo con las necesidades básicas para la supervivencia –agua, aire y suelos limpios y una agricultura renovable- aseguradas es todo lo que se necesita para garantizar la existencia humana. La existencia del vasto conjunto de la biodiversidad mundial en ecosistemas funcionales (algunas especies pueden ser almacenadas en bancos de genes) no es, en su mayor parte, una necesidad para la supervivencia humana; la visión de la Tierra como un jardín, tal y como la denomina críticamente Roderick Nash (1982), se considera suficiente.

Para algunos críticos, la reforma o la sustitución de la sociedad industrial es la tarea crucial para asegurar la existencia humana, mientras que la protección de las tierras salvajes es simplemente un medio de “salvar el planeta”, refiriéndose a asegurar la existencia no humana. Dicha gente ha confundido el medio de crear una sociedad verde con el fin de asegurar las tierras salvajes.[12]

Además de ser antropocéntrica, su crítica es estratégicamente débil. Si, tal como muchos de los críticos confundidos de los parques afirman, primero hay que cambiar la sociedad aunque la protección de más áreas salvajes[13] sea algo estupendo, entonces para cuando la revolución triunfe será ya demasiado tarde para la mayoría de las áreas y especies salvajes. Ahora mismo, la mayoría de los parques y áreas salvajes protegidas[14] en los Estados Unidos y Canadá están rodeadas por campos agrícolas, zonas taladas a matarrasa y áreas urbanas. Si no fuese por las medidas protectoras, estas áreas naturales hace tiempo que ya habrían sido destruidas.

4. Nuestros parques han fracasado miserablemente a la hora de parar la pérdida de biodiversidad. La mayoría de los parques, que para empezar son demasiado pequeños, está situada en áreas de elevada altitud compuestas de hielo y rocas que resultan inapropiadas para otros usos por parte de los seres humanos, mientras que los ecosistemas más productivos y diversos de menor altitud son en gran medida dejados sin protección. Además, los parques se han visto sometidos al turismo industrial, que ha destruido buena parte de su integridad biótica.

Tal como George Wuerthner (1994) ha señalado, “El hecho de nuestro sistema de reservas actual no funcione tan bien como debería no significa que no sirva”. Que nuestros parques sean demasiado pequeños para mantener poblaciones saludables de todas las especies no significa que no debamos defender los parques; significa que debemos luchar por conseguir parques mayores, como el propuesto en la Ley de Protección de los Ecosistemas de las Montañas Rocosas del Norte[15]. Que los parques raramente se establezcan en bosques primarios o praderas herbáceas no significa que debamos dejar de defender la creación de parques; significa que debemos trabajar para que los bosques primarios y las praderas sean protegidos. Por ejemplo, aquí, en la Columbia Británica, la tremenda presión del público para que los bosques primarios sean protegidos ha dado como resultado en los últimos años que extensiones sustanciales de magníficos bosques primarios de baja altitud hayan sido protegidas: los bosques de los valles del Carmanah, el Megin, el Stein, el Khutzeymateen, el Boise, el Kitlope, el Mehatl, el Skagit, el Clendenning y el Niágara, así como el de South Moresby. Estas no son tierras marginales para el uso humano; el valor de su madera es de millones de dólares. Que algunos parques contengan estaciones de esquí, sean pacidos por el ganado y sean talados no significa que los parques sean inútiles; significa que hemos de luchar contra las estaciones de esquí, el ganado y las talas en los parques.

Además, decir que los parques han fracasado es aceptar una visión muy estrecha y desinformada de la protección de los ecosistemas. Los ecosistemas alpinos y subalpinos, que poseen sus propias especies únicas, que son por propio derecho exactamente tan importantes como las especies endémicas de los bosques primarios, han sido protegidos razonablemente bien. Todos los demás ecosistemas parcialmente protegidos por los parques -incluidos los trozos pequeños y medianos de tierras productivas y económicamente valiosas- también representan victorias parciales. La creación de parques es un proceso en el cual todas las áreas protegidas hasta la fecha son victorias mientras que aún deben crearse más y mayores parques para completar un sistema ecológicamente viable de áreas protegidas.

Por último, si uno cree que la naturaleza tiene valor intrínseco y que los seres humanos no pueden mejorarla, entonces en realidad no hay otra opción válida más que dejar las tierras salvajes como son y protegerlas de futuras alteraciones por parte de los seres humanos; esta es la definición de un área protegida, o de lo que a menudo se denomina “parque”. Alguna gente tiene problemas con la palabra parque, ya que tiene la connotación de que la naturaleza salvaje[16] está ahí para el recreo de los seres humanos; bien, entonces llamémoslos “reservas ecológicas” o “reservas de tierras salvajes”. Pero no defender la protección de un ecosistema amenazado sólo porque no nos gusta su nombre y permitir, por tanto, que sea talado o arrasado por la minería a cielo abierto, es un crimen.

5. La naturaleza necesita de la gestión humana para mantenerse sana. Por ejemplo, las especies exóticas a menudo deben ser controladas, se deben realizar quemas artificiales[17] en hábitats aislados, los depredadores deben ser controlados a veces para permitir que las poblaciones de especies en peligro se recuperen y hay que introducir nuevos individuos en poblaciones pequeñas y aisladas para evitar la consanguinidad. Por tanto, ya que la naturaleza debe ser gestionada, en el fondo, no hay nada malo en gestionar un paisaje mediante la extracción maderera selectiva, el pastoreo controlado o la agricultura limitada.

Este argumento lo esgrimen algunos biólogos de la conservación y gestores de tierras que perciben que la gestión activa de algunas áreas salvajes es necesaria para mantener su carácter natural. Los seres humanos hemos perturbado tanto las poblaciones y los procesos naturales que a menudo se necesita la intervención humana para corregir los errores del pasado. Sin embargo, la diferencia entre corregir y gestionar fallos de la naturaleza inducidos por el ser humano y gestionar la naturaleza en sí misma es enorme. Se pueden aún defender los parques incluso si las áreas en cuestión necesitan dicha gestión correctiva; sin embargo, su condición de áreas protegidas debería implicar la prohibición de gestionar la naturaleza en sí. Lamentablemente, alguna gente junta ambas cosas, la gestión de los errores humanos y la gestión de la naturaleza, bajo el concepto general de “gestión” y apoya formas “alternativas” de extracción de materias primas en lugar de la protección total, pensando que dichas actividades no son fundamentalmente diferentes de las quemas artificiales o de la eliminación de especies exóticas.

LAS IMPLICACIONES DE DEJAR DE DEFENDER LOS PARQUES

Una vez refutados los principales argumentos filosóficos en contra de las áreas protegidas, podemos examinar las implicaciones estratégicas de no exigir la protección total. Cuando los ecologistas no exigen la protección, por lo general, en el mejor de los casos, se produce una de las dos consecuencias siguientes:

1.    Una moratoria de la destrucción, mediante una orden judicial (en los Estados Unidos) o por simple decreto del gobierno (en Canadá). Las moratorias siempre pueden ser derogadas, de modo que se repetirá una y otra vez la misma lucha, salvo por el hecho de que las circunstancias políticas puede que no sean tan favorables la próxima vez; puede que estén en el poder nuevos políticos contrarios al medioambiente, puede que haya habido un aumento de la fuerza del movimiento a favor del “uso inteligente”[18] o puede que el movimiento ecologista esté de capa caída. Las moratorias no son la solución.

2.    Una solución de compromiso en la cual el carácter prístino del área sea mermado. Esto puede incluir matarrasas de menor extensión, construcción limitada de carreteras o, muy probablemente, la puesta en práctica de la explotación forestal alternativa sugerida por el grupo ecologista de turno (la cual, como ya he dicho, no es una réplica de la naturaleza). Estas soluciones de compromiso son a menudo más difíciles de revertir que las destrucciones totales, ya que pueden complacer a gran parte del movimiento ecologista más moderado. Mientras tanto, aunque a un ritmo menor, las tierras salvajes son progresivamente engullidas.

CONCLUSIÓN

Claramente, las exigencias directas de establecimiento de áreas protegidas son necesarias si se quieren salvar de una vez por todas las áreas salvajes[19]. Por supuesto, no existe garantía de que las áreas protegidas no sean abiertas a la explotación en un futuro, pero no existe garantía para nada en la sociedad; la protección es el modo más seguro de garantizar la supervivencia de la biodiversidad nativa.

A veces al crear una coalición con grupos ecologistas que comparten con nosotros la oposición a un proyecto de explotación, una exigencia directa de protección puede destruir la alianza. Algunos de los individuos de la zona puede que estén en contra de la perforación de pozos de gas en esa área pero aun así quieran seguir apacentando su ganado en ella, o puede que se opongan a los planes madereros pero quieran seguir poniendo trampas para vender pieles. En dichas áreas, los conservacionistas deben usar su propio juicio para decidir si la coalición merece renunciar temporalmente a proteger un área. En cualquier caso, la meta última de la campaña debería ser la protección completa una vez que las amenazas inmediatas sean eliminadas. Además, uno debe preguntarse si la coalición con otros grupos es deseable en el contexto de una campaña general, especialmente si dichos grupos se oponen a toda forma de protección y acabarán convirtiéndose en nuestros oponentes una vez que la amenaza común desaparezca. Como principio general en las campañas en favor de las tierras salvajes, cuanto antes se exija la protección completa, mejor.

FUENTES

Cronon, W. 1995. Teh trouble with wilderness. En Uncommon Ground:Toward Reinventing Nature, ed. William Cronon. Nueva York: Norton.

Foreman, D. 1994. Where man is a visitor. En Place of the Wild, ed. David Clarke Burks. Washington, D.C.: Island Press.

Foreman, D. 1995. Wilderness areas are vital. Wild Earth 4 (4): 64-68.

Johns, D. 1994. Wilderness and Human habitation. En Place of the Wild.

Matz, M. 1995. Lock it up. Wild Earth 4 (4): 6-8.

Nash, R. 1982. Wilderness and the American Mind. New Haven, Conn.: Yale University Press.

Noss, R. F. 1993. The Wildlands Project: Yellowstone to the Yukon. Canadian Parks and Wilderness Society. Vídeo.

Noss, R. F. 1995. Wilderness - Now more than ever. Wild Earth 4 (4): 60-63.[20]

Wuerthner, G. 1994. A new vision for the West. En Place of the Wild.



[1] Traducción a cargo de Último Reducto de la reimpresión del artículo “ Ecoforestry or Protected Status? Some Words in Defense of Parks”, publicada en Wild Earth. Wild Ideas for a World out of Balance (Tom Butler, ed., Milk Weed Editions, 2002). El artículo original apareció en la revista Wild Earth 6, nº 4 (Invierno 1996/1997): 62-66. © 1996 Ken Wu. N. del t.

[2] “Wilderness” en el original. Término inglés que se suele referir a los ecosistemas o áreas poco o nada humanizados, aunque puede ser traducido de diversas maneras según el contexto. En este texto, a no ser que se indique de otro modo, se traducirá como “tierras salvajes”. N. del t.

[3] “Ecoforestry” en el original. Si bien “forestry” se suele traducir como “silvicultura”, su significado es más amplio que el mero cultivo y cuidado de plantaciones de árboles (silvicultura), incluyendo cualquier tipo de explotación forestal, tanto de plantaciones arbóreas como de bosques espontáneos. Por otro lado, el término “ecoforestry” se refiere a una corriente que defiende el uso de métodos alternativos en la explotación forestal con el fin de hacerla, supuestamente ecológica y sostenible. También es conocida como “explotación forestal selectiva” (“selection forestry”) o “explotación forestal de restauración” (“restoration forestry”). Por todo ello, en este texto se ha traducido “ecoforestry” como “explotación forestal ecológica” en todos los casos. N. del t.

[4] “Antiwilderness” en el original. N. del t.

[5] “El problema con la naturaleza salvaje”. N. del t.

[6] “Wilderness concept and wilderness areas” en el original. N. del t.

[7] The Wildlands Project era una organización conservacionista estadounidense. Hoy en día sigue activa, aunque se llama Wildlands Network. N. del t.

[8] “Wilderness” en el original. N. del t.

[9] Ídem. N. del t.

[10] Véase nota de pie de página nº 3. N. del t.

[11] Ídem. N. del t.

[12] “To some critics, wilderness protection is simply a means to ‘save the planet,’ meaning to secure human existence, while the reform or replacement of industrial society is the most crucial task for ensuring human survival. Such people have confused the means of creating a green society to secure wilderness with the ends” en el original. Vista la incongruencia del texto original, parece que el autor no fue muy hábil a la hora de expresar claramente sus ideas en este párrafo (por ejemplo, probablemente, en lugar de “secure human existence”, el autor quería decir “secure non-human existence”) de modo que una traducción literal de este fragmento carecería de sentido. Así pues, se ha optado por hacer una traducción libre basada en las ideas expresadas en el resto del punto 3. N. del t.

[13] Ídem. N. del t.

[14] “Designated wilderness areas”. N. del t.

[15] “Northern Rockies Ecosystem Protection Act” en el original. N. del t.

[16] “Wilderness” en el original. N. del t.

[17] “Prescribed burns” en el original. Aquí esta expresión se refiere a las quemas que se realizan en ciertos ecosistemas salvajes adaptados al fuego. En principio, el objeto de estas quemas artificiales es tratar de reiniciar el régimen natural de incendios en dichos ecosistemas y con ello promover la recuperación de éstos en aquellos casos en que los fuegos naturales han sido impedidos artificialmente en el pasado por políticas de supresión de incendios forestales. N. del t.

[18] “Wise use” en el original. El movimiento “Wise Use” surgió en Estados Unidos en la década de los 80 como grupo de presión y movimiento social en respuesta a la aprobación de diferentes leyes que protegían las tierras públicas o regulaban su uso. En dicho movimiento se agrupan diferentes sectores de la derecha estadounidense, financiados por empresas de industrias extractivas, que defienden que el bienestar económico y social de los humanos debe primar sobre la protección de la naturaleza y que no existe ningún tipo de límite objetivo o material al crecimiento y al progreso. N. del t.

[19] “Wilderness areas” en el original. N. del t.

[20] Existe traducción en castellano: Zonas salvajes, hoy más que nunca. Una respuesta a Callicott”, en esta misma página. N. del t.