El dilema de la conservación

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EL DILEMA DE LA CONSERVACIÓN

Por David Ehrenfeld[a]

 

Mirad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan:

Y sin embargo os digo, que ni siquiera Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos.

                                                                                                                                        Mateo 6:28-29

 

El hombre está acostumbrado a valorar las cosas en la medida que le son útiles y, dado que está dispuesto por el temperamento y por la situación a considerarse a sí mismo la creación suprema de la Naturaleza, ¿por qué no debería creer que él representa también el propósito final de ésta? ...
¿Por qué no debería conceder a su vanidad esta pequeña falacia? ... ¿Por qué no debería llamar mala hierba a una planta cuando desde su punto de vista ésta realmente no debería existir? Él preferirá  mucho más atribuir la existencia de los cardos que entorpecen su labor en el campo a la maldición de un espíritu benevolente enfurecido, o al rencor de uno siniestro, que simplemente considerarlos como hijos de la Naturaleza universal, tan apreciados por ella como el trigo que él cuidadosamente cultiva y que tanto valora. De hecho, los individuos más moderados, a su propio juicio filosóficamente resignados, no pueden ir más allá de la idea de que todo debe al menos redundar en beneficio de la humanidad o, de hecho, de que puede aún ser descubierta alguna propiedad adicional de éste o aquel organismo natural que lo haga útil para el ser humano, tanto en forma de medicina como de otro modo.

     Johann Wolfgang von Goethe,

An Attempt to Evolve a General Comparative Theory”


El culto a la razón[b] y la versión moderna de la doctrina de las causas finales[c] interactúan en los entornos humanistas[d] para reforzarse mutuamente; uno de los resultados es que aquellas partes del mundo natural de las cuales no se conoce una utilidad para nosotros son consideradas sin valor, a menos que se les descubra alguna utilidad previamente insospechada. La Naturaleza, en palabras de Clarence Glacken, es vista como “un cuarto de herramientas gigante”; y esta es una metáfora acertada ya que implica que todo lo que no es una herramienta o una materia prima probablemente sean restos sin valor. Esta actitud, casi universal en nuestro tiempo, crea un terrible dilema para el conservacionista o para cualquiera que crea, al igual que Goethe, acerca de la Naturaleza que “cada una de sus creaciones tiene su propio ser, cada una representa un concepto particular y, sin embargo, juntas son una”. La dificultad radica en que el mundo humanista acepta la conservación de la Naturaleza sólo por partes y a un precio: debe haber alguna razón lógica y práctica para salvar todas y cada una de las partes del mundo natural que deseamos preservar. Y el dilema surge en las cada vez más frecuentes ocasiones en que encontramos una parte de la Naturaleza que está amenazada pero no encontramos un motivo racional para conservarla.

A menudo se identifica la conservación con la preservación de recursos naturales. Este era ciertamente el significado de la conservación llevada a cabo por Gifford Pinchot, fundador del sistema forestal nacional de los Estados Unidos, que fue el primero en popularizar la palabra “conservación”. Los recursos pueden ser definidos de forma muy estricta como reservas de bienes que tienen un valor monetario apreciable para la gente, bien sea directa o indirectamente. Desde los tiempos en que Pinchot usó el término “conservación” por primera vez, su significado se ha visto seriamente modificado de tanto usarlo. Un porcentaje continuamente creciente de “conservacionistas” han estado preocupados por la preservación de aspectos naturales -especies animales y vegetales, comunidades de especies y sistemas ecológicos enteros- que no son recursos convencionales, aunque puede que ellos no lo admitan.

Un ejemplo de tales no-recursos es una especie de anfibio en peligro de extinción, el sapo de Houston, Bufo houstonensis. Este pequeño y poco vistoso animal no tiene un valor, ni demostrado ni hipotético, como recurso para el hombre; otras especies de sapo lo reemplazarán cuando desaparezca y no es de esperar que su desaparición cause gran impresión en el entorno de la ciudad de Houston o de sus suburbios. Sin embargo, alguien pensó lo suficiente en el sapo de Houston como para otorgarle una página en las listas de animales y plantas en peligro de extinción de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, y su seguridad ha sido presentada como una de las razones para impedir una perforación petrolífera en un parque de Houston.

El sapo de Houston no ha llamado la atención de todos los conservacionistas, de otro modo podrían ya haber descubierto en él algún valor inherente hasta ahora insospechado; y este es precisamente el problema. Las especies y las comunidades que carecen de un valor económico o de un valor potencial demostrado como recursos naturales no son fácilmente protegidas en las sociedades que mantienen una relación fuertemente explotadora con la Naturaleza. Muchas comunidades naturales, probablemente la mayoría de las especies de flora y fauna, y ciertos tipos domesticados de plantas de cultivo caen dentro de la categoría de los no-recursos, en el extremo final del espectro de la utilidad. Aquellos que estamos a favor de su preservación a menudo estamos motivados por un sentimiento profundamente conservador de desconfianza hacia los cambios irreversibles y por una actitud socialmente atípica de respeto por los componentes y la estructura del mundo natural. Estas actitudes no racionales no son aceptables como base para la conservación en las sociedades occidentales, salvo en esos pocos casos en que los costes de la preservación son mínimos y no existen usos que compitan por el espacio que ahora ocupan los no-recursos. En consecuencia, los defensores de los no-recursos generalmente han intentado asegurar la protección de sus especies o entornos “inútiles” mediante un cambio de calificación: se descubre un “valor” y el no-recurso se transforma en recurso.

Quizá el primero en reconocer este proceso fue Aldo Leopold, quien escribió en “The Land Ethic”:

Una de las debilidades básicas de un sistema de conservación basado totalmente en motivos económicos es que la mayoría de los miembros de la comunidad de la tierra no tienen valor económico ... Cuando una de estas categorías no económicas se ve amenazada y resulta que la amamos, inventamos subterfugios para otorgarle importancia económica.

Valores económicos para los no-recursos

Los valores atribuidos a los no-recursos son diversos y a veces bastante artificiosos; de ahí la dificultad de intentar condensarlos en una lista. En mi intento de hacerlo me he basado, en parte, en los sesudos análisis ofrecidos por G. A. Lieberman, J. W. Humke y otros miembros de The Nature Conservancy[e] de Estados Unidos. A todos los valores listados a continuación se les puede asignar un valor monetario y, por tanto, se vuelven equiparables a los bienes y servicios ordinarios –aunque en algunos casos se requeriría una buena dosis de ingenio para lograrlo. Todos son valores antropocéntricos.

1. Valores recreativos y estéticos. Este es uno de los tipos de valor más populares que se asignan a los no-recursos, porque aunque frecuentemente es bastante legítimo, también es fácilmente falseado. En consecuencia, es una parte importante de los análisis coste-beneficio y de los estudios de impacto ambiental, añadiéndose sesgadamente a las cuentas según el resultado que se desee obtener. La categoría incluye actividades que implican poca interacción entre la gente y los entornos: las vistas panorámicas pueden ser presentadas como un valor monetario. Otras interacciones menos remotas son caminar, acampar, la caza deportiva y cosas por el estilo. Las organizaciones como el Sierra Club[f] hacen hincapié en muchas de ellas, en parte porque sus miembros les dan mucho valor. No es casualidad, por ejemplo, que de entre los mamíferos australianos, aquellos que son grandes, llamativos, bonitos y diurnos, como los grandes canguros que pueden verse en un safari, sean celosamente protegidos por los conservacionistas y que a muchos de ellos les vaya bastante bien. Sin embargo, los marsupiales pequeños, poco vistosos y nocturnos, tales como el bandicut de hocico largo[g] o el ratón marsupial de pies estrechos[h], presentan tristemente un gran número de especies gravemente amenazadas o recientemente exterminadas.

La escasez misma confiere un tipo de valor estético-económico, como podrá confirmar cualquier coleccionista de sellos o monedas. Una de las grandes dificultades a la hora de conservar las poblaciones pequeñas y aisladas de la bella tortuguita de los pantanos de Muhlenberg[i], en el este de los Estados Unidos, es que a medida que se han ido volviendo cada vez más raras el precio pagado por ellas en el mercado negro por los aficionados a criar tortugas ha subido a varios cientos de dólares. Algunas incluso han sido robadas de los zoos. Los halcones en peligro de extinción se enfrentan a una amenaza similar pero más grave por parte de los cetreros que usan ladrones de halcones para  robarlos de los nidos a escala internacional.

Algunos de los intentos más enérgicos de dar a esta categoría recreativa y estética un firme carácter de recurso han sido llevados a cabo por aquellos que afirman que la oportunidad de disfrutar de la Naturaleza, al menos ocasionalmente, es un prerrequisito para una buena salud mental y física. Supuestamente, varios grupos de pacientes mentales crónicos se han beneficiado más de las excursiones de acampada que de otros tratamientos, y se ha afirmado que el color verde y los entornos que carecen de la monotonía de los espacios organizados por el hombre tienen efectos psicológicos deseables. 

2. Valores no descubiertos o no explotados. En 1975 se informó de que el aceite de la legumbre de la jojoba, Simmondsia chinensis, es muy similar, en lo que respecta a sus propiedades físicas, al aceite de esperma de ballena tratado. De la noche a la mañana, este arbusto del desierto del sudoeste de Estados Unidos pasó del estatus de recurso sin importancia al de recurso muy importante. Se puede asumir con seguridad que muchas otras especies de plantas y animales hasta ahora poco conocidas tendrán un gran valor como auténticos recursos si su potencial es descubierto o explotado. Las plantas son probablemente los miembros más numerosos de esta categoría: además de sus posibilidades como futuras fuentes de alimento, pueden proporcionar también materiales estructurales, fibras y sustancias químicas para la industria y la medicina. Un libro titulado Drugs and Foods from Little-Known Plants[j] enumera más de 5.000 especies que son usadas localmente, pero no más ampliamente, como alimento, medicina, veneno para pescar, jabón, aroma, protector contra las termitas, curtiente, tinte, etc. La mayoría de estas plantas no han sido nunca investigadas sistemáticamente. Es una asunción básica de la botánica económica que nuevos cultivos domesticables y, lo que es más importante, variedades no descubiertas y  precursoras de los cultivos actuales aún existen en la Naturaleza o en zonas agrícolas aisladas y se suelen enviar expediciones para que las descubran.

Los animales tienen usos potenciales como recursos comparables a los de las plantas, pero su potencial está siendo explotado a un ritmo aún más lento. Las posibilidades de domesticación y cría a gran escala de la vicuña de Sudamérica, fuente de una de las fibras textiles animales más finas del mundo, fueron reconocidas solamente después de que su extinción comercial en estado salvaje se hizo inminente. Abundan los informes acerca de usos extraños de animales: los chimpancés y los babuinos han sido usados como trabajadores no cualificados en diversas ocupaciones, e incluso presuntamente se ha adiestrado a tapires como bestias de carga. (En High Jungles and Low, Archie Carr cuenta la maravillosa -incluso si es apócrifa- historia de un centroamericano que decidió usar a su tapir doméstico para llevar su cosecha de azúcar al mercado y, por el camino, descubrió horrorizado que, en lugar de nadando, los tapires prefieren cruzar los ríos andando por el fondo). El potencial total como recursos, por ejemplo, de los insectos como fuente de subproductos químicos útiles o de nuevas sustancias, ha sido escasamente explorado; la goma laca que se obtiene del insecto de la laca, Laccifer lacca, es uno de los pocos ejemplos clásicos de este tipo de explotación.

Algunas especies son recursos potenciales de forma indirecta, en virtud de sus asociaciones ecológicas. El botánico Arthur Galston ha descrito uno de dichos casos que se refiere al helecho acuático conocido como Azolla pinnata, que es cultivado desde hace mucho tiempo en los arrozales junto con las plantas de arroz por los campesinos de ciertas aldeas del norte de Vietnam. Esta planta no comestible y aparentemente inútil contiene colonias de algas verdeazuladas en unos receptáculos especiales de sus hojas. Las algas son “fijadoras de nitrógeno”, es decir, convierten el nitrógeno atmosférico, el principal componente del aire, en fertilizante nitrogenado que las plantas pueden usar y este fertilizante se disuelve en el agua circundante, nutriendo tanto a los helechos como al arroz. No es sorprendente que las aldeas que conocían los secretos celosamente guardados del cultivo del helecho suelan producir cantidades excepcionales de arroz.

Por supuesto, no se puede pedir la protección de las especies cuyas posibilidades como recursos son desconocidas pero probablemente la mayoría de, si no todas las comunidades contengan especies con tales posibilidades. Por tanto, el argumento del recurso no explotado ha sido usado para defender el creciente movimiento para salvar ecosistemas autorregulados “representativos” por todo el mundo (un “ecosistema” es una comunidad natural de plantas y animales en su ambiente físico completo constituido por la topografía, el sustrato rocoso, el clima, la latitud geográfica, etc.). Tales ecosistemas varían desde las pedregosas y comparativamente áridas colinas de Galilea, en las que aún encuentran refugio los antecesores silvestres del trigo, la avena y la cebada, hasta los bosques tropicales del mundo, cuyos recursos como fuente de madera, de alimento y de otros productos forestales siguen siendo en gran medida desconocidos incluso mientras son destruidos.

3. Valores de estabilización de los ecosistemas. Este punto es el centro de una difícil controversia que ha surgido acerca de la teoría ecológica de la conservación, una controversia basada en una idea científica semipopular que ha sido bien expresada por Barry Commoner:

La cantidad de estrés que un ecosistema puede absorber antes de llegar al colapso es también el resultado de sus diversas interconexiones y de las velocidades relativas de respuesta de éstas. Cuanto más complejo sea el ecosistema, mejor puede resistir con éxito el estrés ... Del mismo modo que una red, en la que cada nudo está conectado con otros por varios hilos, su tejido puede resistir el colapso mejor que un círculo simple de hilos sin ramificaciones –el cual si es cortado en cualquier punto, se deshace en su totalidad. La contaminación ambiental es a menudo una señal de que los vínculos ecológicos han sido cortados y de que el ecosistema ha sido artificialmente simplificado.

Explicaré un poco más tarde por qué la idea de que los ecosistemas naturales que han conservado su diversidad original son más estables que los que han sido perturbados y simplificados es controvertida; pero la menciono aquí porque se ha vuelto una de las principales razones para preservar los no-recursos, para mantener completa la diversidad de la Naturaleza. Una formulación más general y mucho menos controvertida de esta idea de la “diversidad-estabilidad” es discutida por separado en el punto 9 de esta lista.

Una derivación concreta y menos problemática de la hipótesis de la diversidad-estabilidad se refiere a los monocultivos –plantaciones de una sola especie- en la agricultura y la silvicultura. Hace ya mucho que se sabe que los monocultivos intensivos que caracterizan las granjas y plantaciones forestales modernas facilitan el cultivo y la recolección y reducen su coste a la vez que incrementan la producción; sin embargo, esto se consigue a cambio de un mayor riesgo de enfermedades epidémicas y de una mayor vulnerabilidad frente a los ataques de los insectos y de otras plagas. La razón de ello es en parte la reducción de la diversidad de especies. Ésta da como resultado una mayor densidad espacial de especies de cultivo similares lo que a su vez facilita la expansión tanto de las plagas como de los organismos que causan enfermedades. Asimismo elimina las especies de plantas que dan cobijo a los enemigos naturales de las plagas especializadas en atacar a las plantas de cultivo. Los monocultivos también crean problemas en la ganadería y en la acuicultura, a menudo debido a la cara ineficacia que se produce cuando la única especie implicada hace un uso incompleto de los recursos alimenticios disponibles. Volveré a este punto en breve, cuando comente la cría de animales de caza en África.

4. Valores como ejemplos de supervivencia. Las comunidades de flora y fauna, y en menor medida las especies tomadas en solitario, pueden tener valor como ejemplos o modelos de supervivencia a largo plazo. J. W. Humke ha observado que “La mayoría de los sistemas naturales han estado funcionando esencialmente de la misma forma que en el presente durante muchos miles de años. Por otro lado, los sistemas muy modificados y dominados por el hombre no han funcionado de forma muy fiable en el pasado y, en aspectos significativos, tampoco lo hacen en el presente”. El valor económico aquí es indirecto, consistiendo en problemas evitados (dinero ahorrado) gracias a un buen diseño inicial de sistemas dominados por el ser humano o a la reparación de los defectuosos basándose en características inspiradas en las de sistemas naturales. Este punto de vista se está haciendo cada vez más popular a medida que crece el desencanto respecto a los resultados de las planificaciones tradicionales. A algunos se les ha ocurrido volver la mirada hacia comunidades naturales exitosas con el fin de buscar pistas acerca de la organización de rasgos que lleven a la persistencia o la supervivencia. H. E. Wright, hijo, ha expresado de la forma más potente este valor de los no-recursos en la conclusión de un interesante artículo acerca del desarrollo del paisaje: “La supervivencia del hombre puede depender de lo que podamos aprender del estudio de los ecosistemas naturales extensos”.

5. Referencia medioambiental y valores de seguimiento. La fluctuación en el tamaño de las poblaciones de animales o plantas, el estado de sus órganos o de sus subproductos, o la mera presencia o ausencia de una determinada especie o grupo de especies en un entorno particular pueden ser usadas para definir las condiciones medioambientales normales o “de referencia” y para determinar el grado en que las comunidades han sido afectadas por influencias externas no ordinarias, tales como la contaminación o la alteración del hábitat por parte de los seres humanos. Las funciones biológicas, como la diversidad de especies en un lugar concreto, cuando son estudiadas a lo largo de varios años, constituyen los mejores indicadores posibles de los efectos significativos de la contaminación, del mismo modo que el comportamiento de un animal es el mejor indicador individual de la salud de sus sistemas nervioso y músculo-esquelético. La diversidad de especies es el resultado de todas las fuerzas que afectan a los ecosistemas. Permite un análisis automático de los productos finales. También cabría señalar que el valor económico tradicional de una especie carece de importancia a la hora de determinar su utilidad como indicador medioambiental –un punto importante si estamos interesados en la transformación de los no-recursos en recursos.

Con la excepción del seguimiento biológico de la contaminación de las aguas, hay pocos ejemplos de uso de especies hasta la fecha “carentes de valor” como indicadores del cambio medioambiental. En el caso de la contaminación del agua, el trabajo pionero en el campo de las especies indicadoras ha sido llevado a cabo por la limnóloga Ruth Patrick, que estudia las comunidades acuáticas de algas e invertebrados de agua dulce. Ella y sus muchos colaboradores han elaborado listas con los tipos y la abundancia de organismos que sería de esperar que apareciesen en distintas aguas con diferentes estados de alteración.

Existen algunos pocos ejemplos más de este uso de las plantas y los animales. Los líquenes, unos complejos e inofensivos vegetales que cubren los árboles y las rocas, son unos sensibles indicadores de la contaminación del aire, en especial de aquella causada por el polvo y el dióxido de azufre. Pocos líquenes crecen dentro de un radio de cincuenta millas alrededor de un área urbana moderna –los bosques de la antigua América colonial eran descritos como blancos a causa de los líquenes que cubrían los troncos de los árboles, pero esto ya no es así. El lilo común[k] desarrolla una enfermedad llamada enrollamiento necrótico de las hojas como respuesta a niveles elevados de ozono y dióxido de azufre. La miel de las abejas revela la existencia de contaminación por metales pesados en el área donde las abejas recolectan el néctar. Y la presencia de colas enroscadas o torcidas en los renacuajos puede ser indicativa de pesticidas, lluvia ácida o incluso de un cambio climático local. Todo esto trae reminiscencias de la antigua práctica de examinar el vuelo y la forma de alimentarse de las aves para augurar el futuro, aunque no tengamos forma de comparar la eficacia de los resultados.

6. Valores de investigación científica. Muchas criaturas que de otro modo serían económicamente insignificantes muestran alguna característica única o especial que las hace extremadamente valiosas para los investigadores científicos. Debido a su semejanza con los humanos los orangutanes, los chimpancés, lo monos e incluso los primates inferiores caen dentro de esta categoría. Los calamares y los poco conocidos moluscos llamados liebres de mar poseen sistemas nerviosos con propiedades que les hacen inmensamente valiosos para los neurocientíficos. Las camadas de cuatrillizos idénticos de los armadillos y las respuestas hormonales de la rana de uñas, Xenopus, les convierten en objetos de estudio especiales para los embriólogos y endocrinólogos, respectivamente. El extraño ciclo vital de los mohos mucilaginosos ha despertado el interés de los biólogos por estos hongos, y los usan para estudiar la química de las interacciones entre células.

7. Valores didácticos. El valor didáctico de un ecosistema intacto puede ser calculado indirectamente observando el valor económico de los usos alternativos que no se llevan a cabo en ese terreno. Por ejemplo, las autoridades que administran una universidad pueden preservar un bosque didáctico en el campus si el uso con el que compite es un parking extra para la maquinaria de mantenimiento, pero puede que no estuviesen tan dispuestas a conservar el bosque si el terreno en que se halla éste se requiriese para construir un nuevo centro administrativo. Esto establece el “valor” didáctico del bosque para los administradores.

En una ocasión, en 1971, un juez federal de distrito de los EE.UU. ordenó a la Guardia Nacional del estado de Nueva York retirar un relleno de tierra de la orilla del río Hudson y restaurar la marisma que había ocupado ese lugar previamente. Una de las razones que alegó, aunque quizá no la más importante para él, fue que la marisma era usada anteriormente por el instituto local para sus clases de biología.

8. Valores de reconstrucción del hábitat. Los sistemas naturales son demasiado complejos como para que sus elementos y relaciones funcionales sean descritos o registrados completamente. Ni podemos reconstituir genéticamente las especies una vez que han sido exterminadas. En consecuencia, si deseamos restaurar o reconstruir un ecosistema en lo que un día fue su hábitat, necesitamos un ecosistema vivo e ileso del mismo tipo tanto para que sirva como modelo adecuado como para que actúe como fuente de componentes vivos. Esto es asumido tácticamente por los ecólogos de las selvas tropicales, por ejemplo, que saben que cuando se talan completamente áreas muy grandes de bosque húmedo tropical es probable que acabe siendo muy difícil para la selva volver alguna vez a recuperar algo similar a su riqueza de especies y estructura originales. En ciertos bosques templados del norte, la tala en franjas, en la que intercaladas entre las zonas taladas se dejan franjas de bosque intactas para producir semillas y servir de hábitat a la fauna, está siendo en la actualidad cada vez más habitual en las operaciones madereras comerciales. Aún son raros los casos reales de ecosistemas completamente reconstruidos y seguirán siéndolo: el mejor ejemplo lo aportan los diversos intentos de restaurar las marismas de agua salada en estuarios devastados –esto ha sido posible porque dichas marismas son comunidades relativamente simples con sólo unas pocas plantas dominantes; y porque aún quedan muchas marismas que sirven como fuentes de flora y fauna y como modelos para la reconstrucción. En el futuro, si ciertos ecosistemas amenazados son reconocidos como útiles para nosotros, cualquier fragmento que quede de dichos ecosistemas adquirirá un valor especial como recurso.

9. Valor conservador: evitación de cambios irreversibles. Esta es una reformulación de un miedo básico que subyace en todos los demás puntos de esta lista; antes o después aparece en todas las discusiones acerca de salvar no-recursos. Expresa la creencia conservadora de que el cambio irreversible provocado por el ser humano en el orden natural –la pérdida de una especie o de una comunidad natural- puede conllevar un oculto e impredecible riesgo de acarrear graves daños a los seres humanos y a sus civilizaciones. Preservar la gama completa de la diversidad natural ya que no sabemos de qué aspectos de dicha diversidad depende nuestra supervivencia a largo plazo. Esta era una de las ideas básicas de Aldo Leopold:

Un sistema de conservación basado solamente en el propio interés económico está totalmente desequilibrado. Tiende a ignorar, y por tanto en el fondo a eliminar, muchos elementos de la comunidad de la tierra que carecen de valor comercial pero que son (por lo que sabemos) esenciales para el funcionamiento saludable de ésta.

Lo que Leopold ha hecho es rechazar un enfoque abiertamente humanista en favor de uno sutilmente humanista, y este fracaso a la hora de escapar al sesgo humanista supone a una debilidad en su, por lo demás, sabio y poderoso argumento. Leopold nos deja sin una justificación real para preservar aquellos animales, plantas y hábitats que, como él bien sabía, casi seguro que no son esenciales para el “funcionamiento saludable” de cualquier gran ecosistema. Ésta no es una categoría trivial; incluye, en parte, muchísimas especies e incluso comunidades que han sido siempre extremadamente raras o que siempre han estado geográficamente confinadas en un área pequeña. Se podría replicar que, por ejemplo, los líquenes, que en su día eran ubicuos, podrían jugar a largo plazo algún papel arcano pero vital en la ecología de los bosques –esto sería algo casi imposible de probar o refutar. Pero no se podría afirmar en serio lo mismo de la hierba piojera de Furbish[l], un pequeño miembro de la familia de la boca de dragón[m][n] que probablemente jamás ha sido más que un raro constituyente de los bosques de Maine.

Exageraciones y distorsiones

La lista anterior contiene la mayoría de las razones, si no todas, que una sociedad humanista ha ideado para justificar la conservación parcial de cosas de la Naturaleza que, en principio, no parecen tener valor para nosotros. Como tales, son todas racionalizaciones –a menudo racionalizaciones verdaderas, ciertamente, pero racionalizaciones al fin y al cabo. Y al ser lo que son, las racionalizaciones son por lo general fácilmente detectadas por casi todos y tienden a no ser muy convincentes, independientemente de su veracidad. En este caso, para la mayoría de la gente no son ni de lejos tan convincentes como los argumentos económicos a corto plazo usados para justificar la preservación de recursos “reales” tales como el petróleo y la madera.

En una sociedad capitalista, cualquier individuo o empresa privada que tratase los no-recursos como si fuesen recursos probablemente entraría en bancarrota y más o menos al mismo tiempo recibiría la primera medalla al servicio público destacado. En una sociedad socialista, el resultado sería que no se satisfarían las cuotas, lo cual, desde un punto de vista personal, sería tan desagradable como la bancarrota. La gente no está dispuesta a llamar recurso a algo porque las consideraciones a largo plazo o las probabilidades estadísticas digan que podría serlo. Por motivos similares, la mayoría de las poblaciones occidentales están contentas de vivir cerca de centrales nucleares y de seguir respirando fibras de asbesto. A los humanistas no les gusta preocuparse de los peligros que caen más allá de la vista, especialmente cuando está en juego el “confort” material.

Si examinamos el último punto de la lista, el “valor conservador” de los no-recursos, la dificultad se hace evidente de forma inmediata. El valor económico en este caso es remoto y nebuloso; es la protección frente a unos fantasmales ruidos nocturnos, los peligros desconocidos del cambio irreversible. No sólo es vago el riesgo, sino que si un peligro se materializa como resultado de perder un no-recurso podría ser imposible probar o siquiera detectar la conexión entre ambas cosas. Incluso en los casos en que parece probable que la pérdida de un no-recurso inicie cambios indeseables a largo plazo, el argumento puede ser demasiado complejo y técnico para ser ampliamente persuasivo; incluso podría ir en contra de la creencia popular.

Un ejemplo que ilustra este último punto de forma excelente aunque no intencionada ha sido ofrecido por el ecólogo David Owen e, independientemente, por el científico de la sanidad pública W. E. Ormerod. Ambos han afirmado que la mosca tse-tse que transmite la enfermedad del ganado conocida como tripanosomiasis puede ser esencial para que se mantengan en buen estado grandes zonas del África subsahariana ya que mantiene al ganado fuera de las áreas susceptibles de sufrir sobrepastoreo y evita así la consiguiente desertificación. Sin embargo, los programas para la erradicación de la mosca tse-tse siguen adelante.

Dadas la gran complejidad de relaciones ambientales y la miríada de interconexiones existentes entre objetos y sucesos en la Naturaleza, es asimismo posible que los ecólogos y ecologistas se vayan al extremo opuesto y postulen consecuencias futuras a partir de sucesos presentes cuando en realidad no es probable que exista conexión o relación causal. Incluso hay quienes, yendo mucho más allá de la ecológicamente razonable, aunque humanista, postura de Leopold, asumen que todo en la Naturaleza es esencial para la supervivencia del mundo natural ya que la evolución asegura que todo está ahí por un propósito o una razón importantes. R. Allen, por ejemplo, resume en una famosa publicación científica sus razones para basarse estrictamente en argumentos de defensa de recursos para preservar la riqueza de la Naturaleza: el clima económico es hoy tal, señala, que

sólo prevalecerán los argumentos más rigurosamente prácticos. Los ecólogos pusilánimes que temen que sus especies favoritas resulten ser completamente inútiles tendrán que asumir el riesgo. Sin duda hay cierta redundancia en el sistema, pero existen poderosos fundamentos teóricos para creer que la mayoría de las especies de este planeta están aquí por una razón mejor que ser malas lectoras de los mapas galácticos.

Allen está diciendo que todo en la Naturaleza –incluidos casi todas las especies- está muy interconectado y que casi todo tiene su propio papel que jugar en mantener el orden natural: en consecuencia, casi todas las especies son importantes, tienen valor como recursos. Eliminemos una especie, incluso una aparentemente trivial como recurso, y es más que probable que de algún modo, en algún lugar, algún día sintamos las consecuencias. Esta no es una idea nueva –su popularidad científica se remonta al menos hasta los escritos de Charles Babbage y George P. Marsh en el siglo XIX. En el capítulo noveno de su Ninth Bridgewater Treatise, Babbage afirma que “la tierra, el aire y el océano son los testigos eternos de los actos que realizamos ... Ningún movimiento, tanto imprimido por causas naturales como por la actividad humana, se borra jamás”. Veintisiete años más tarde, Marsh llenó 550 páginas con ejemplos de las consecuencias ecológicas de nuestra interferencia en la Naturaleza parafraseando y ampliando las ideas de Babbage:

Existe, no sólo en la consciencia humana o en la omnisciencia del Creador, sino en la naturaleza material externa, un registro imborrable, imperecedero e incluso posiblemente legible para la inteligencia creada, de cada acto realizado, de cada palabra pronunciada, más aún, de cada deseo y propósito y pensamiento concebidos por el hombre mortal, desde el nacimiento de nuestro primer ancestro hasta la extinción final de nuestra raza; de modo que los rastros físicos de nuestros pecados más secretos durarán hasta que se fundan en esa eternidad de la que sólo la religión, no la ciencia, afirma tener conocimiento.

Por supuesto, en cierto sentido, esto es correcto. Puede que queden trazas permanentes de cada acto que llevemos a cabo (aunque, ciertamente, en la mayoría de los casos no contienen la suficiente información residual como para que podamos leerlas). Y, en la ecología, existen infinidad de conexiones ocultas, la mayoría de ellas imposibles de conocer: por ejemplo, recientemente se ha descubierto que en la isla Mauricio, en el Océano Índico, los últimos viejos supervivientes de una especie de árbol llamado Calvaria major ya no producen retoños porque sus semillas, que estos viejos árboles aún producen en abundancia, han de pasar por la molleja de un dodo para poder germinar. Y el dodo, una de nuestras primeras víctimas, se extinguió en 1681.

Pero Marsh está dando a entender algo más que esta clase de cosas. Está sugiriendo, al igual que Allen, que un considerable porcentaje de las huellas que persisten tras nuestras acciones tendrá consecuencias humanistas –afectará a los recursos. Yo no puedo aceptar esto. Coincido con Marsh  en que la deforestación del valle del Ganges tiene que haber alterado permanentemente y de manera importante la ecología del Golfo de Bengala. Sin embargo, ¿ha habido algún efecto permanente y significativo en los recursos a causa de la extinción, en estado silvestre, del gran descubrimiento de John Bartram, el bello árbol Franklinia alatamaha, que casi había desaparecido de la faz de la tierra cuando Bartram puso sus ojos en él? ¿O por la extinción de las innumerables especies de pequeños escarabajos muchos de los cuales nunca supimos siquiera que existieron? ¿Podemos siquiera tener la certeza de que los bosques del este de los Estados Unidos sufren la pérdida de sus palomas pasajeras[o] y sus castaños[p] de un modo tangible que afecte a su vitalidad o permanencia, su valor para nosotros?

Lo mejor que podemos decir es que cualquier pérdida podría tener consecuencias terribles, y ya he mostrado cuáles son las deficiencias de este argumento, aunque para mí y para muchos otros ecólogos y conservacionistas sea importante. No estoy muy seguro de que los poderosos fundamentos teóricos de Allen puedan proteger al sapo de Houston, a los bosques nubosos y a la inmensa multitud de otros seres vivos que se merecen una oportunidad de evolucionar sin verse estorbados por la realización de nuestras fantasías humanistas.

Por tanto, el dilema de la conservación queda expuesto: los humanistas normalmente no van a estar interesados en salvar ningún no-recurso, ningún fragmento de la Naturaleza que no sea manifiestamente útil para la humanidad, y las diversas razones esgrimidas para demostrar que esos no-recursos son realmente útiles o potencialmente valiosos probablemente no resulten convincentes aun cuando sean verdaderas y correctas. Cuando se llama recurso a todo, la palabra pierde todo su significado –al menos en un sistema de valores humanista.

Una de las consecuencias del dilema es que los conservacionistas se ven tentados a exagerar y distorsionar los “valores” humanistas de los no-recursos. El ejemplo más molesto y embarazoso para los conservacionistas lo constituye el asunto de la diversidad-estabilidad mencionado anteriormente. No obstante, he de dejar claro desde un principio que la controversia entre los ecólogos no versa acerca de la necesidad de preservar la riqueza biológica de la Naturaleza –hay poco desacuerdo acerca de este punto- sino acerca de la razón teórica concreta, esgrimida por Commoner y otros, de que los ecosistemas diversos son más estables que los empobrecidos (en lo que se refiere al corto plazo), de que son más capaces de resistir la contaminación y otros cambios indeseables inducidos por el hombre. Como dijo el ecólogo David Goodman:

Desde un punto de vista práctico, la hipótesis de la diversidad-estabilidad no es realmente necesaria; incluso si la hipótesis resulta ser completamente falsa sigue siendo lógicamente posible –y, según las mejores pruebas disponibles, muy probable- que la perturbación de los patrones de desarrollo de la interacción en comunidades naturales tenga consecuencias adversas y ocasionalmente catastróficas.

Para entender los orígenes de la controversia hemos de retrotraernos a un texto clásico del gran ecólogo español Ramón Margalef. Margalef notó, como otros antes que él, que a medida que las comunidades naturales de plantas y animales maduraban tras una perturbación inicial (un fuego, el arado de un campo, un deslizamiento de tierras, una erupción volcánica, etc.), el número de especies en dichas comunidades tendía a aumentar hasta que alcanzaba un máximo y aparecía una comunidad “clímax” característica. Se creía que esta comunidad clímax duraba hasta la siguiente perturbación, independientemente de cuándo sucediese ésta. El proceso completo de cambio es llamado “sucesión”. Una sucesión vegetal típica en un campo abandonado de Nueva Jersey o Pensilvania empezaría con hierbas anuales tales como la cola de zorro[q] y la ambrosía[r]; éstas tras uno o dos años darían paso a hierbas perennes, tales como las varas de oro[s] y los ásteres; pronto aparecerían matas de zarzas y otras plantas leñosas y, después, los árboles típicos de las “etapas tempranas de las sucesiones” –el cedro rojo[t] y el cerezo negro[u]- nacerían de las semillas depositadas por las aves. Tras diez o quince años, otros árboles, tales como arces rojos[v] o robles, podrían haber brotado de semillas procedentes de los bosques circundantes y, medio siglo después de eso, el bosque de robles y nogales[w] daría paso gradualmente a una comunidad vegetal clímax de árboles amantes de la sombra: hayas, arces del azúcar[x] y abedules amarillos[y].

Para Margalef, esta tendencia de la sucesión hacia una comunidad clímax (ecosistemas “maduros” según su terminología) era una de las diversas evidencias sólidas de que los últimos estados de la sucesión son más “estables” que los primeros. Dado que también creía que estos ecosistemas finales eran más diversos en especies y en conexiones o interacciones entre especies, afirmaba que esta diversidad era la responsable de la mayor estabilidad de los ecosistemas maduros –que la estabilidad era consecuencia de la estructura con forma de red de las comunidades más complejas. De este tipo de razonamientos derivaron analogías como la ya mencionada de Commoner, en las cuales la fuerza de una comunidad sucesional tardía era comparada con la de una red. Esta hipótesis acabó siendo un lugar común para los conservacionistas que ansiaban justificar con razones científicas su originalmente emocional deseo de proteger en su totalidad la riqueza de la Naturaleza, incluida la aparentemente inútil mayoría de especies. Tal y como Goodman señaló, existe un atractivo básico [en] su metáfora subyacente. Es la clase de cosa que a la gente le gusta, y quiere, creer”.

Sin embargo, a medida que Margalef iba refinando su hipótesis, cinco tipos de evidencia se iban combinando para socavar la parte de la misma aquí descrita. Primero, los resultados de muchos estudios diferentes acerca de ecosistemas terrestres y acuáticos mostraban que la diversidad no siempre se incrementa con el desarrollo de la sucesión, especialmente en las fases finales. Segundo, se descubrió que el proceso de la sucesión no es siempre tan esquemático y regular como se creía y que la idea de comunidad “clímax”, como la mayoría de abstracciones semejantes, refleja sólo parcialmente lo que vemos en la Naturaleza. Tercero, las investigaciones acerca de las asociaciones vegetales realizadas por el ecólogo de Cornell R. H. Whittaker y sus colegas tendían a mostrar que la interdependencia y las interacciones descubiertas entre las especies de las comunidades maduras habían sido en cierto modo exageradas.

Cuarto, un análisis matemático llevado a cabo por Robert May no logró confirmar la intuitivamente atractiva noción, sugerida por Commoner, de que cuanto mayor es el número de interacciones, o conexiones, mayor es la estabilidad del sistema. Los modelos matemáticos de May funcionaron del modo contrario: cuantos más elementos (especies e interacciones entre especies) había, mayor era la fluctuación en el tamaño de las “poblaciones” del sistema cuando se simulaba la aplicación de una perturbación. En teoría, descubrió que los sistemas más diversos deberían ser los más delicados; eran aquellos que sufrían mayor riesgo de colapsar tras un cambio inducido por el ser humano.

Quinto, la evidencia aportada por los propios conservacionistas apoyaba a May y contradecía la hipótesis original: las comunidades diversas y “maduras” eran casi siempre las primeras en desplomarse cuando el ser humano las sometía a un fuerte estrés y siempre eran las más difíciles de proteger. Por otro lado, la propia genial descripción de Margalef de las especies que llevan a cabo las etapas tempranas de la colonización indicaba que estos residentes de las comunidades “inmaduras” normalmente eran resilientes, oportunistas y genéticamente variables, mostraban comportamientos adaptables y tenían altas tasas reproductivas. Los organismos más difíciles de erradicar eran, entre otros, los animales que causan plagas, las malas hierbas y las presas de caza comunes.

Como bien percibieron May y otros, la hipótesis de la diversidad-estabilidad, en el sentido restringido aquí descrito, era un caso de inversión de causa y efecto. Las comunidades más diversas eran normalmente aquellas que habían ocupado los entornos más estables durante los periodos de tiempo más largos. Eran dependientes de un entorno estable –no al revés. No producían necesariamente la clase de estabilidad interna y a corto plazo que Margalef había asumido que existía. La moraleja de esta historia subraya el patetismo del dilema de la conservación. En nuestro entusiasmo por demostrar la existencia de un “valor” humanista para los espléndidos y diversos ecosistemas “maduros” del mundo –las pluviselvas y los bosques nubosos, los arrecifes de coral, los desiertos de zonas templadas y similares- insistimos en el papel que estaban jugando en la estabilización inmediata de sus propios entornos (incluidas las propias poblaciones que los constituyen) contra la polución y otros efectos de la civilización moderna. Esto fue una distorsión parcial que no sólo hizo que se prestase menos atención a los valores reales, trascendentes y a largo plazo de esos ecosistemas, sino que además ayudó a oscurecer, por un tiempo, su extremada fragilidad frente al “progreso” humano.

Muchos tipos diferentes de “estabilidad” dependen de hecho de que se mantenga la diversidad biológica –la riqueza de la Naturaleza. Esto es especialmente evidente hoy en día en aquellos lugares, a menudo de los trópicos, donde los suelos son proclives a la erosión, a la pérdida de nutrientes y a la formación de costras rojizas de “laterita”, así como donde puede darse la desertificación; sin embargo, ninguno de estos efectos, por muy fatal y duradero que sea, es nunca tan sencillo de explicar a los legos como la hipótesis de la “red estable”.

Un ejemplo mucho menos complejo de una exageración o distorsión como resultado del impulso por buscar valores para los no-recursos se refiere los ranchos de fauna cinegética en África. En los años 50 y 60 del siglo XX se señaló por vez primera que la captura de la fauna salvaje nativa del matorral y la sabana podría producir al menos tanta carne por acre como la cría de ganado, sin la destrucción de la vegetación que siempre acompaña a ésta en los entornos áridos. Esta sugerencia no puede ser rebatida basándose en la teoría ecológica, la cual reconoce que las docenas de diferentes especies de grandes herbívoros nativos –tales como las gacelas, los ñúes, las cebras o las jirafas- comen distintas partes de la vegetación, o la misma vegetación pero en diferentes momentos, y que por consiguiente el entorno puede tolerar a sus animales nativos que pacen y ramonean mucho mejor que a un número igual o menor de ganado que come siempre lo mismo. Tampoco existe aquí un problema relativo a la tolerancia alimentaria: los africanos están acostumbrados a comer y disfrutar de una gran variedad de animales, que va desde roedores a murciélagos, pasando por cerdos hormigueros[z], monos, tortugas, caracoles, langostas y moscas.

Los puntos flojos de este sencillo plan sólo se han hecho evidentes recientemente. Aparte de los graves problemas culturales relativos al alto valor social del ganado en algunas tribus africanas, lo cual hace que estos africanos sean reacios a reducir el tamaño de sus rebaños, el mayor inconveniente es ecológico. La teoría de los ranchos cinegéticos original y los consiguientes programas de “extracción” llevados a cabo por Ian Parker asumían tácitamente que las poblaciones explotadas remplazarían los animales perdidos, o, dicho de otro modo, que las poblaciones de herbívoros salvajes comestibles serían capaces de adaptarse a una reducción anual importante causada por la caza comercial. Esto es sin duda cierto para algunas de las especies más fecundas, pero muy probablemente no todas las especies se reproduzcan lo suficientemente rápido como para soportar la presión de esta mortalidad sostenida. Las dinámicas de las poblaciones y la ecología de la gestión de casi todas las especies son aún desconocidas en gran medida y la explotación, tanto legal como ilegal, está llevándose a cabo con poco más que especulaciones acerca de las consecuencias a largo plazo. En un estudio ecológico reciente se mostraba que es necesario que los ñúes pazcan de forma masiva durante sus migraciones anuales para permitir que unos meses más tarde aparezca un exuberante tapiz de hierbas que puedan ser comidas por las gacelas de Thompson. ¿Cuántas otras relaciones semejantes existen ahí de las cuales no sabemos nada?

El problema aquí radica en el peligro de asumir, con un aire de infalibilidad, que se conoce cuáles serán los efectos ecológicos de la gestión de los animales cinegéticos. Esto de nuevo es una manifestación de la arrogancia del humanismo: si los animales han de ser considerados recursos y dignos de ser salvados, entonces han de estar disponibles para ser explotados. Sin embargo, nuestra ignorancia de los efectos de ese aprovechamiento ha sido repetidamente subrayada por Hugh Lamprey y algunos otros de aquellos que mejor conocen la ecología del este de África. En su magistral libro The Last Place on Earth, Harold Hayes repasa estos argumentos ecológicos e ilustra bellamente muchos de ellos con una anécdota que le contó John Owen, un destacado antiguo director de parque en el Serengeti. Owen le describió la controversia acerca del retorno de los elefantes (2.000 ejemplares) al Serengeti y el supuesto daño que estaban ocasionando a los ecosistemas del parque. ¿Deberían los elefantes ser explotados?, era la cuestión a decidir –cada bando tenía sus defensores.

Cuando volví de Arusa, los guardias me acompañaron para enseñarme las acacias tronchadas. Al día siguiente, los científicos [ecólogos del Serengeti Research Institute] me acompañaron para enseñarme los nuevos retoños de acacia que brotaban en otra parte del parque. Las semillas de las acacias son transportadas por los elefantes y fertilizadas con su estiércol.

En la actualidad, gran parte del problema son los furtivos, y hay que admitir que existe una remota posibilidad de que los ranchos y los programas de explotación de la fauna cinegética a gran escala tengan el efecto de hacer que el furtivismo (para ganar dinero con la venta de las presas) deje de ser rentable. Sin embargo, existe también la posibilidad de que los ranchos y la explotación de animales cinegéticos afecten a la diversidad de las especies y a la estabilidad de los ecosistemas tanto como el furtivismo o incluso, en ciertos casos, tanto como la cría de ganado. En nuestro apresuramiento por proteger a las cebras, los ñúes, los dicdics[aa] y los springboks[bb] dotándolos de un valor humanista tangible, puede que hayamos exagerado el tipo de potencial que tienen como recursos (tienen otros muchos) y en el proceso los hayamos puesto aún más en peligro.

Una de las lecciones de los ejemplos mencionados más arriba es que los conservacionistas no pueden confiar en las presunciones de poder ni en la doctrina de las causas finales más de lo que puede hacerlo otra gente –no deben asumir que siempre puede ser creada una teoría ecológica para apoyar sus casos, especialmente cuando dichos casos conciernen a objetivos humanistas inmediatos y cuando el ámbito del debate se ha visto artificialmente restringido por un enfoque a corto plazo del tipo coste-beneficio. Es un grave error asumir que, dado que hasta la fecha somos la creación más llamativa de la Naturaleza, cada una de sus otras innumerables criaturas y obras puede de algún modo ser usada para nuestro beneficio si descubrimos la clave de cómo hacerlo. Tal como los conservacionistas la usan, esta asunción es uno de los engaños humanistas más tiernos y bienintencionados; pero las falsedades, aunque surjan de las buenas intenciones, siguen siendo falsedades.

Otro ejemplo de una situación en la que las teorías ecológicas, si se entienden en un contexto restringido, no apoyan las prácticas de conservación es descrito por el ecólogo tropical Daniel Janzen:

Un posible remedio [para la persistencia de las plagas y enfermedades de los cultivos agrícolas a lo largo del año en los trópicos] es desagradable para el conservacionista. El potencial agrícola en muchas partes de los trópicos con sequía estacional bien podría ser mejorado mediante la destrucción sistemática de la vegetación, tanto riparia como de otros tipos, que suele dejarse para dar sombra al ganado, controlar la erosión y para la conservación. Podría estar bien reemplazar el baniano[cc] por un cobertizo. ... Algunos estudios incluso sugieren que los pastizales “sobrepastoreados” pueden tener una producción más elevada que lugares más cuidadosamente gestionados, ... especialmente si se tienen en cuenta los costes reales de la gestión.

Es decir, Janzen ha demostrado aquí que es bastante posible que la teoría ecológica dote a los no-recursos con un valor negativo, para convertirlos en cargas económicas. En este caso concreto, las consideraciones ecológicas a largo plazo (tales como los costes finales de la erosión, la pérdida de nutrientes en el suelo y otros factores relacionados con todos los puntos de la lista enumerada más arriba) probablemente predominarían sobre las consideraciones ecológicas a corto plazo descritas por Janzen. Sin embargo, el resultado práctico neto de cualquier intento conservacionista, basado en la teoría ecológica, de demostrar el valor como recurso tanto de la vegetación adyacente a los cursos de agua como de otros tipos de vegetación en los trópicos con sequía estacional, supondría exponer la postura conservacionista a un ataque innecesario.

Quiero hacer hincapié aquí en que el propósito de este capítulo es restringido: demostrar cómo las omnipresentes presunciones humanistas contaminan y dañan incluso los intentos de aquellos que están ocupados en combatir las consecuencias medioambientales del humanismo moderno; así como identificar razones no-humanistas, honestas y duraderas para salvar la Naturaleza. Esto no significa que yo rechace los argumentos basados en la noción de recurso cuando éstos son válidos. La pluviselva amazónica, la tortuga verde[dd] y muchas otras formas de vida son de hecho recursos; contribuyen en gran medida al mantenimiento del bienestar humano. Sin embargo, esta es sólo una de las razones para su conservación, y debería ser aplicada con cuidado, aunque sólo sea debido a la probabilidad que existe de que acabe socavando su propia eficacia.

Riesgos adicionales

Aun cuando es bastante legítimo encontrar valores humanistas para aquellas cosas que tradicionalmente han sido consideradas no-recursos, desde el punto de vista de la conservación puede ser arriesgado hacerlo. Lo que pasa es que descubrir un papel como recursos para estas partes de la Naturaleza en su día carentes de valor resulta ser una cuasisolución, y pronto aparecen un montón de problemas residuales. Los ecólogos J. Gosselink, Eugene Odum y sus colegas han llevado a cabo una investigación para descubrir el “valor” de las marismas a lo largo de la costa del sureste de los Estados Unidos, la cual –a pesar de su elegancia científica- puede servirnos para ilustrar estos riesgos.

El propósito del proyecto era establecer un valor monetario definido para las marismas basado en las propiedades tangibles de los recursos. Por consiguiente, los valores estéticos no fueron tenidos en cuenta. Las propiedades estudiadas incluían la actividad de las marismas en la eliminación de los contaminantes de las aguas costeras (una especie de tratamiento terciario de las aguas residuales) y en la producción de peces para la alimentación y la pesca deportiva (las marismas sirven como “guardería” para los alevines), el potencial para la acuicultura comercial y una multitud de otras funciones difíciles de cuantificar. El valor final de una marisma intacta fue establecido en 82.940$ por acre. A pesar de que la computación fue compleja y especulativa y podría seguramente haber sido cuestionada por algunos ecólogos, yo estoy perfectamente dispuesto a aceptarla. Las marismas son valiosas.

¿Es llamar la atención acerca de este valor el mejor modo de conservar las marismas? Si una marisma dada fuese menos valiosa si se la sometiese a un posible uso que si permaneciese en estado intacto, la respuesta podría ser “sí”, siempre que la marisma no fuese propiedad privada. Sin embargo, descubrir el valor puede ser peligroso: de hecho, supone renunciar a todo derecho a rechazar las presunciones humanistas.

Primero, cualquier uso posible con un valor mayor, da igual lo pequeña que sea la diferencia, tendría preferencia. Dado que muchos de los usos potenciales son irreversibles, un posterior incremento relativo en el valor de la zona de marisma llegaría demasiado tarde. Por lo general, no solemos demoler torres de apartamentos de lujo para restaurar marismas.

Segundo, los valores cambian. Si, por ejemplo, es descubierto un nuevo método y el tratamiento de las aguas residuales se vuelve menos caro de repente (o si las aguas residuales adquieren valor como materia prima), entonces nos encontraremos con que el valor de las marismas es súbitamente mucho menor que antes.

Tercero, el estudio da por hecho que todas las cualidades de las marismas, tanto las valiosas como las carentes de valor, son conocidas y están identificadas. A su vez, esto significa que aquellas cualidades de las marismas costeras que no tienen asignado un valor convencional no son importantes. Esta es una asunción peligrosa.

Cuarto, C. W. Clark ha calculado que los beneficios rápidos de la explotación inmediata, incluso si implican la extinción de un recurso, a menudo son económicamente superiores al tipo de beneficios continuados y a largo plazo que podrían ser producidos por el recurso intacto. Este principio económico ha sido demostrado por la industria ballenera, especialmente en Japón, donde se han percatado de que el dinero hecho con la rápida extinción de las ballenas puede ser reinvertido en diversas industrias “en expansión”, de modo que los beneficios totales serán al final mayores que si las ballenas hubiesen sido capturadas a un ritmo que les permitiese sobrevivir indefinidamente. En otras palabras, encontrar un valor para algunas partes de la Naturaleza no garantiza que lo racional para nosotros vaya a ser preservarlo –podría ser precisamente lo contrario.

Dadas estas cuatro objeciones, los riesgos de tratar (aun cuando se haga legítimamente) a los no-recursos como si fuesen recursos se hacen bastante evidentes, al igual que los riesgos de hacer excesivo hincapié en el enfoque de costes-beneficios a la hora de conservar hasta los recursos más tradicionales y aceptados. No existe una protección verdadera de la Naturaleza dentro del sistema humanista –esta idea en sí misma es una contradicción.

            Existe otro riesgo a la hora de asignar valor como recursos a los no-recursos: siempre que los valores “reales” son calculados se vuelve posible –incluso necesario- clasificar las diversas partes de la Naturaleza para la profana tarea de determinar una prioridad en la conservación. Dado que el valor en dólares, como en el caso de las marismas, no suele estar disponible, se han concebido otros métodos de clasificación que supuestamente se aplican de un modo mecánico y objetivo.

Uno de dichos sistemas de clasificación ha sido desarrollado por F. R. Gehlbach para valorar las tierras de los parques estatales en Texas. Las propiedades que son tenidas en cuenta y sumadas en el sistema de Gehlbach incluyen la “condición de clímax”, la “idoneidad educativa”, la “importancia de las especies” (la presencia de especies raras, amenazadas y localmente únicas), la “representatividad de las comunidades” (el número y tipo de comunidades de plantas y animales incluidas) y el “impacto humano” (tanto el presente como el potencial), en orden de importancia creciente. Gehlbach cree evidentemente que las puntuaciones numéricas creadas por este sistema pueden ser usadas, sin entradas humanas adicionales, para determinar las prioridades en la conservación. Dice:

Sugerimos que, si se ofrece un área como donación [al Estado de Texas], sea aceptada sólo cuando su puntuación como área natural exceda la puntuación media de las comunidades del mismo tipo o de tipos similares del sistema de reservas de áreas naturales.

Existen otros sistemas de clasificación, tanto en Gran Bretaña como en los Estados Unidos, y probablemente otros más serán desarrollados.

Hay dos peligros en clasificar las partes de la Naturaleza y ambos actúan en contra del uso acrítico o mecánico de este tipo de sistema. Primero está el problema del conocimiento incompleto. Es imposible conocer todas las propiedades de algo en la Naturaleza, y cuanto más compleja es la entidad (por ejemplo, una comunidad natural) menos sabemos. Es tentador. Por ejemplo, hacer un agujero en una tarjeta de computadora que califique a una comunidad como un “bosque caducifolio de llanura de inundación de las tierras bajas” y dejarlo así. Sin embargo, semejantes descripciones de las comunidades, especialmente las cortas y “objetivas”, son en gran medida abstracciones artificiales; están diseñadas para hacer más fácil hablar sobre la vegetación, no para decidir qué hacer con ella. Es algo presuntuoso asumir que cualquier sistema formal de clasificación puede servir como sustituto del conocimiento personal de la tierra o como sustituto de los sentimientos humanos –guiados por la información- acerca de su significado o valor en el mundo de hoy o en el de dentro de cien años.

El segundo peligro es que esa clasificación formal es probable que acabe poniendo a la Naturaleza en contra de sí misma de un modo inaceptable y totalmente innecesario. ¿Se nos llegará a pedir algún día que elijamos entre el Big Thicket de Texas y el Cañón de Palo Verde en base a puntuaciones totales relativas? La necesidad de conservar una comunidad o especie particular debe ser juzgada independientemente de la necesidad de conservar cualquier otra cosa. Los recursos limitados pueden forzarnos a hacer elecciones en contra de nuestra voluntad, pero los sistemas de clasificación animan a hacerlas y las justifican. Hay una diferencia entre el científico que considera necesario matar ratones para poder investigar y el científico que diseña experimentos para matar ratones. Los sistemas de clasificación pueden ser útiles como ayuda para la toma de decisiones pero cuanto más formales y generalizados se vuelven más probables es que causen daño.

Sólo ha habido un caso en la cultura occidental de un esfuerzo de conservación mayor que el que se está realizando en la actualidad; fue referente a las especies amenazadas. Ni una sola especie quedó excluida en base a su baja prioridad y, según se cuenta, ni una sola especie se perdió.

De las bestias puras, y de las que no lo son, y de las aves, y de todo lo que se arrastra sobre la tierra, de dos en dos entraron en el arca con Noé, el macho y la hembra, tal y como Dios ordenó a Noé. (Génesis 7:8-9).

Es un excelente precedente.

Valores no-económicos

El intento de preservar no-recursos encontrando un valor económico para ellos produce una situación de atolladero. Gran parte del valor descubierto para los no-recursos es indirecto, en el sentido de que consiste en evitar problemas costosos que podrían surgir si los no-recursos desapareciesen. Esta es la base del atolladero. Por un lado, si el no-recurso es destruido y a su desaparición no le sigue ningún desastre, el argumento para su conservación pierde toda credibilidad. Por otro lado, si se produce un desastre tras la extinción del no-recurso puede que resulte imposible demostrar que existe una conexión entre ambos sucesos.

Un modo de evitar este atolladero es identificar los valores no-económicos inherentes en todas las comunidades y especies naturales y concederles una importancia por lo menos igual a la de los valores económicos indirectos. La primera de estas cualidades universales podría ser denominada el valor del “arte natural”. Ha sido excelentemente articulada por el gran naturalista y conservacionista Archie Carr, en su libro Ulendo:

Si los egipcios usasen las pirámides como canteras o si los franceses permitiesen a los pillastres tirar piedras en el Louvre, todo el mundo se pondría furioso. Sucedería lo mismo si los estadounidenses inundasen con una presa el valle del Colorado. La reverencia por el paisaje original es una de las cualidades humanas. Fue la primera de ellas. Consideradas en términos de cómo afectan ambas a los nervios y a los sentidos humanos, no hay diferencia entre una obra de arte y una obra de la naturaleza. Sin embargo existe esta diferencia. ... Cualquier arte podría, en cierto modo, ser remplazado algún día –la sinfonía completa del paisaje de la sabana nunca.

Este punto de vista no es habitual y algunos necesitan acostumbrarse a él, pero aparentemente está ganando popularidad. En un artículo sobre los tamarinos o titíes león de Brasil[ee], tres especies de coloridos y diminutos primates de las pluviselvas atlánticas, A. F. Coimbra-Filho apuntaba la noción del arte natural en una franca y reflexiva declaración notablemente similar a la de la cita anterior:

En términos puramente económicos, realmente no importa que estos tres monos brasileños se desvanezcan en la extinción. A pesar de que puedan ser usados como animales de laboratorio en la investigación biomédica (y, de hecho, antes lo fueron), otras especies mucho más abundantes de otras partes de Sudamérica sirven igualmente bien o mejor para los laboratorios. Los tamarinos león pueden ser exhibidos en zoos, efectivamente, pero es dudoso que la mayoría del público de los zoos los eche en falta. No, parece que la principal razón para tratar de salvarlos a ellos y a otros animales como ellos es que la desaparición de cualquier especie representa una gran pérdida estética para el mundo en su totalidad. Quizás pueda ser comparada con la pérdida de una gran obra de arte de un famoso pintor o escultor, salvo que, a diferencia de las obras de arte hechas por el hombre, la evolución de una sola especie es un proceso que requiere millones de años y nunca podrá volver a ser duplicado.

Este arte natural, a diferencia del arte hecho por el hombre, no tiene valor económico, ni directa ni indirectamente. Nadie puede comprarlo o venderlo por su calidad artística; no siempre estimula el turismo, ni ignorarlo provoca, por la misma razón, ninguna pérdida de bienes, servicios o confort. Es distinto de los valores como recurso recreativo o estético descritos anteriormente y puede aplicarse a comunidades o especies que no harían que ningún turista se desviase de su ruta una sola milla para verlas o a cualidades que nunca se han revelado en una inspección casual.

A pesar de estar libre de algunos de los problemas asociados a los argumentos basados en la noción de recurso, el fundamento para la conservación basado en el arte natural es de todos modos, a su manera, un poco artificial y confuso. Lo primero, acarrea el tipo de problemas de clasificación que he comentado más arriba. Si la analogía con el arte es válida, no podemos esperar que todas las partes de la Naturaleza tengan el mismo valor artístico. Muchos críticos dirían que el Greco fue mejor pintor que Norman Rockwell pero, ¿es la sabana del Serengeti más valiosa artísticamente que los pinares de los páramos de Nueva Jersey o que las dunas costeras de Aimsdale-Southport en Lancanshire? Y si así fuese, ¿entonces qué?

Incluso si aceptamos que el fundamento para la conservación basado en el arte no tiene por qué fomentar este tipo de comparaciones, hay aún algo que no está bien, ya que el concepto del arte natural sigue estando enraizado en la misma cosmovisión homocéntrica y humanista responsable de que el mundo natural, incluidos nosotros mismos, haya llegado a su estado actual. Si hay que conservar el mundo natural meramente porque es artísticamente estimulante para nosotros, seguimos conservándolo por motivos egoístas. Sigue habiendo una condescendencia y una superioridad implícitas en la actitud de los seres humanos, los bondadosos padres, hacia la Naturaleza, el hijo lindo pero problemático. Esta actitud no está en consonancia con los descubrimientos de la ecología que nos inspiran humildad ni con el tipo de cosmovisión ecológica que hace hincapié en la conectividad y en la inmensa complejidad de la relación de los seres humanos con la Naturaleza. Ni está de acuerdo con el creciente conjunto de sentimientos esencialmente religiosos que se aproximan a la misma postura –igualdad en dicha relación- siguiendo una vía no científica.

 El principio de Noé

Los defensores del arte natural nos han hecho un gran servicio al ser los primeros en señalar la naturaleza insatisfactoria de algunas de las razones económicas planteadas para apoyar la conservación. Sin embargo, se necesita algo más, algo que no dependa de valores humanistas. Charles S. Elton, uno de los fundadores de la ecología, ha indicado otro valor como no-recurso, la razón última para la conservación y la única que no puede verse comprometida:

La primera [razón para la conservación], que normalmente no suele ser puesta en primer lugar, es en realidad religiosa. Hay millones de personas en el mundo que piensan que los animales tienen derecho a existir y a ser dejados en paz, o al menos a no ser perseguidos o extinguidos como especies. Alguna gente creerá esto incluso aun cuando sea bastante peligroso para ella.

Este valor no-humanista de las comunidades y especies es la más simple de las declaraciones: deberían ser conservados porque existen y porque esta existencia es en sí misma la expresión presente de un proceso histórico continuado de una antigüedad y majestuosidad inmensas. La existencia desde tiempo inmemorial en la Naturaleza se considera que conlleva el derecho inalienable a continuar existiendo. La existencia es el único criterio del valor de las partes de la Naturaleza y el descenso en el número de seres existentes es la mejor forma de medir la disminución de lo que deberíamos valorar. Este es, como ya se ha dicho, un modo antiguo de evaluar la “conservabilidad” y, por propio derecho, merecería ser denominado el “Principio de Noé”, en honor a la persona que fue la primera en ponerlo en práctica. Para aquellos que rechazamos las bases humanistas de la vida moderna, simplemente no existe modo de decir si una parte de la Naturaleza elegida arbitrariamente tiene más “valor” que otra parte, de modo que, al igual que Noé, ni nos preocupamos por intentarlo.

En la actualidad, la idea de conferir derechos a otras formas de existencia diferentes de la humana se está volviendo cada vez, más popular (y está encontrando cada vez más resistencia). Daré sólo dos ejemplos. En un libro titulado Should Trees Have Standing?[ff] C. D. Stone ha defendido la existencia de derechos legales para los bosques, los ríos, etc., al margen de los intereses inalienables de la gente asociada a estas entidades naturales. Describiendo la tierra como “un organismo, del cual la Humanidad es una parte funcional”, Stone extiende la ética de la tierra de Leopold de un modo formal, justificando pleitos tan inusuales como Byram River, et al. contra la Aldea de Port Chester, Nueva York, et al. Si una gran empresa puede tener derechos y responsabilidades legales y acceso a los tribunales por medio de sus representantes (“estatus legal”), argumenta Stone, ¿por qué no los ríos? El ensayo de Stone ha sido ya citado en una decisión minoritaria del Tribunal Supremo de los Estados Unidos –no es algo trivial. Dudo que su sugerencia vaya a prosperar mucho a menos que el humanismo pierda terreno, pero las debilidades de la noción de estatus legal para la Naturaleza no son lo importante aquí; la mera aparición de esta idea en este momento es un suceso significativo.

Sin embargo, el otro ejemplo del Principio de Noé en acción ha sido aportado por el doctor Bernard Dixon en un pequeño pero profundo artículo acerca del caso de la cuidadosa conservación de Variola, el virus de la viruela, una especie amenazada:

Dado que el hombre es el único producto de la evolución capaz de dar pasos conscientes, sean basados en la lógica o en la emoción, para influir en el curso de ésta, tenemos la responsabilidad de vigilar que ninguna otra especie sea aniquilada.... Algunos de nosotros que podríamos despedirnos alegremente de un virus o una bacteria virulentos bien podríamos tener escrúpulos acerca de erradicar para siempre a un animal “superior” –sea éste rata, ave o pulga- que transmite dichos microbios del hombre. ... ¿Dónde, subiendo en la escala de tamaño y aspecto desagradable (virus de la viruela, bacilos de la fiebre tifoidea, parásitos de la malaria, gusanos de la esquistosomiasis, langostas, ratas ...), se vuelve importante la conservación? De hecho, no puede ser trazada una línea. Cada uno de los argumentos aducidos por los conservacionistas se puede aplicar tanto al mundo de los animales que causan plagas y de los microbios patógenos como a las ballenas, las gencianas y los flamencos. Incluso se puede aplicar al más diminuto y más virulento de los virus.

En otras partes del artículo Dixon hace una sólida defensa de la preservación del virus de la viruela como recurso (aunque no para fabricar armamento biológico); de todos modos, el argumento no-humanista del “valor de la existencia” es el que más le importa.

Charles Elton propuso que hay tres razones diferentes para la conservación de la diversidad natural:

porque es una relación correcta entre el hombre y los seres vivos, porque da oportunidades para una experiencia más plena y porque tiende a promover la estabilidad ecológica –la resistencia ecológica a los invasores y a las explosiones en las poblaciones nativas.

Afirmó que estas razones podrían ser armonizadas y que juntas podrían generar un “sabio principio de coexistencia entre el hombre y la naturaleza”. Desde que se escribieron estas palabras hemos ignorado esta armonía de las razones para la conservación, haciendo caso omiso de la primera razón (o razón religiosa) por parecernos embarazosa o ineficaz y basándonos en pruebas racionales, humanistas y “rigurosamente científicas” para los valores.

No estoy tratando de desacreditar todos los usos económicos o egoístas de la Naturaleza ni recomendando el abandono de los motivos para la conservación basados en la idea de recurso. El egoísmo, dentro de unos límites, es necesario para la supervivencia de cualquier especie, incluida la nuestra. Además, si sólo nos basásemos en motivaciones para la conservación ajenas a la idea de recurso, descubriríamos, dado el presente estado de la opinión y las aspiraciones materiales del mundo, que pronto ya no quedaría nada que conservar. Sin embargo, hemos sido demasiado poco cuidadosos con el uso que hemos hecho de los argumentos basados en la idea de recurso –distorsionándolos y exagerándolos por propósitos a corto plazo y permitiendo que confundan y dominen nuestro pensamiento a largo plazo. Las razones para la conservación basadas en la noción de recurso pueden ser usadas siempre que sean sinceras pero, han de ser presentadas siempre junto a las razones no-humanistas, y debería dejarse claro que las últimas son más importantes en todos los casos. Y cuando una comunidad o una especie no tiene un valor económico conocido o cualquier otro valor para la humanidad, es tan deshonesto y poco inteligente inventarse valores débiles basados en la noción de recurso para ella como lo es abandonar todo intento de conservarla. Su valor no-humanista es suficiente para justificar su protección –pero no necesariamente para garantizar su seguridad en esta cultura mundial obsesionada con lo humano.

He tratado de mostrar en este capítulo el carácter endiabladamente intrincado y taimado de la trampa humanista. “¿Amas la Naturaleza?” preguntan. “¿Quieres salvarla? Entonces, dinos para qué sirve”. El único modo de escapar de este tipo de trampa, si es que hay alguno, es hacerla pedazos, rechazarla completamente. Este es el realismo definitivo; antes o después tendremos que llegar a él –cuanto antes lo hagamos, menos nos dolerá.

Los argumentos no-humanistas adquirirán todo el peso que se merecen sólo después de que las actitudes culturales hayan cambiado. A los movimientos misioneros respaldados moralmente, como las sociedades protectoras de animales, les va bastante bien en la actualidad, pero no me hago ninguna ilusión acerca de la posibilidad de un cambio ético en nuestra cultura fáustica a no ser que se vea empujada a ello por alguna catástrofe general.

No todos los problemas tienen soluciones aceptables; siento que este es uno de estos casos. Por un lado, los conservacionistas no triunfarán en sentido general usando solamente el enfoque basado en la idea de recurso; y a menudo incluso dañarán su propia causa. Por otro lado, una combinación de argumentos humanistas y no-humanistas como la de Elton puede fracasar también, y si triunfa, probablemente sea debido a fuerzas que los conservacionistas nunca esperaron ni controlaron, tal como señala Mumford en “Prospect” 

Con frecuencia, los factores más significativos a la hora de determinar el futuro son los irracionales. Con “irracional” no me refiero a subjetivo o neurótico, ya que desde el punto de vista de la ciencia cualquier pequeña cantidad u ocasión única puede ser considerada como irracional, siempre que no se preste a un tratamiento estadístico y a una observación repetida. Según esto, hemos de aceptar, al considerar el futuro, la posibilidad de milagros.... Con milagro, no nos referimos a algo fuera del orden de la naturaleza sino a algo que ocurre tan infrecuentemente y que acarrea un cambio tan radical que nadie puede incluirlo en ninguna predicción estadística.

Sin embargo, en el caso de que dicho cambio inesperado en las actitudes culturales se produzca, aquellos de nosotros que ya hayan rechazado la idea humanista de la Naturaleza al menos estaremos preparados para aprovechar las circunstancias favorables. Y sea cual sea el resultado, habremos tenido la pequeña satisfacción privada de haber sido sinceros durante un tiempo.


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[a] Traducción a cargo de Último Reducto del capítulo 5 del libro The Arrogance of Humanism (Oxford University Press, 1981). N. del t.

[b] Por “razón” el autor se refiere únicamente a la lógica. Según él para que el pensamiento sea adecuado ha de combinar la razón (la lógica) con la emoción (término que para el autor incluye desde la intuición a los impulsos básicos como, por ejemplo, el miedo). Con “culto a la razón” se refiere a la exaltación del pensamiento lógico en detrimento de la “emoción”. Todo esto lo intenta explicar ampliamente, con mayor o menor fortuna y claridad, en el capítulo 4 de The Arrogance of Humanism.

[c] Según el autor, la doctrina de las causas finales “afirma, en pocas palabras, que los rasgos del mundo natural -montañas, desiertos, ríos, especies vegetales y animales, clima- han sido todos ellos dispuestos por Dios para servir a ciertos fines; principalmente para el beneficio de la humanidad. Estos fines benéficos a menudo pueden ser percibidos si observamos cuidadosamente: los ríos aportan pescado comestible y vías de transporte, los desiertos sirven de fronteras y límites, etc. Nuestra responsabilidad es reconocer este regalo y aceptar controlar el planeta a cambio, una aceptación que fue alentada por algunos judíos y cristianos incluso en los tiempos antiguos. Por tanto, las ideas de usar una Naturaleza creada para nosotros, del control y de la superioridad humana fueron asociadas temprano en nuestra historia. Sólo quedaba disminuir el papel de Dios y llegaríamos al humanismo completo” (The Arrogance of Humanism, págs. 7-8).

[d] El autor utiliza en este texto (y en todo el libro al que éste pertenece) el término “humanismo” con un significado muy concreto: la idea de que el ser humano puede y debe controlar racionalmente cualquier proceso o sistema complejo, entre ellos la Naturaleza, así como la idea, derivada de la anterior, de que los problemas debidos a perturbaciones artificiales ocasionadas en sistemas y procesos complejos pueden y deben resolverse interfiriendo en ellos aún más. No se refiere a la noción más convencional y general del término “humanismo” que lo asocia con la defensa y exaltación de lo humano. N. del t.

[e] Importante organización conservacionista de Estados Unidos. N. del t.

[f] Ídem. N. del t.

[g] “Long-nosed bandicoot” en el original. Perameles nasuta. N. del t.

[h] “Narrow-footed marsupial mouse” en el original. Sminthopsis murina. N. del t.

[i] “Muhlenberg bog turtle” en el original. Glyptemys muhlenbergii. N. del t.

[j] Drogas y alimentos procedentes de plantas poco conocidas. N. del t.

[k] Syringa vulgaris. N. de t.

[l] Pedicularis furbishiae. N. del t.

[m] “Snapdragon” en el original. Plantas pertenecientes al género Antirrhinum. Su familia es Plantaginaceae. N. del t.

[n] En realidad, actualmente, el género Pedicularis se incluye en la familia Orobanchaceae. N. del t.

[o] “Passenger pigeons” en el original. Ectopictes migratorius. Especie muy abundante en Norteamérica hasta mediados del siglo XIX, que fue extinguida en el intervalo de unas pocas décadas. N. del t.

[p] El autor se refiere a los castaños americanos, Castanea dentata, que si bien no se extinguieron completamente, sí que pasaron en muchas zonas de ser muy abundantes y dominantes en los bosques, a ser muy escasos en estado adulto, a causa de una enfermedad fúngica, la roya del castaño (Criphonectria parasitica), introducida desde Asia por el ser humano. N. del t.

[q] “Fox tail” en el original. Probablemente se refiere al género Alopecurus. N. del t.

[r] “Ragweed” en el original. Género Ambrosia. N. del t.

[s] “Goldenrods” en el original. Género Solidago. N. del t.

[t] Juniperus virginiana. N. del t.

[u] Prunus serotina. N. del t.

[v] Acer rubrum. N. del t.

[w] “Oak-hickory forest” en el original. “Hickory” hace referencia a los árboles americanos del género Carya, estrechamente emparentados con los nogales europeos (Juglans). N. del t.

[x] “Sugar maple” en el original. Acer saccharum. N. del t.

[y] “Yellow birch” en el original. Betula alleghaniensis. N. del t.

[z] Orycteropus afer. N. del t.

[aa] Antílopes del género Madoqua. N.del t.

[bb] Gacelas pertenecientes a la especie Antidorcas marsupialis. N.del t.

[cc] “Banyan tree” en el original. Nombre común de varias especies del género Ficus, también llamadas “higueras estranguladoras”. N. del t.

[dd] Chelonia mydas. N. del t.

[ee] Género Leontopithecus. N. del t.

[ff] ¿Deberían los árboles tener estatus legal? N. del t.

[gg] Existe edición en castellano: El círculo que se cierra, Plaza & Janés S.A. Editores, 1973. N. del t.

[hh] Existe edición en castellano: Huellas en la playa de Rodas. Naturaleza y cultura en el pensamiento occidental desde la Antigüedad hasta finales del siglo XVIII, Ediciones del Serbal, 1996. N. del t.

[ii] Existe edición en castellano: “Un almanaque del condado arenoso” en  Una ética de la Tierra, Los Libros de la Catarata, 2000. N. del t.