Allá donde el hombre es un visitante

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en esta web podría resultar complicada, hemos añadido un enlace en cada uno de ellos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título del artículo.

PRESENTACIÓN DE “ALLÁ DONDE EL HOMBRE ES UN VISITANTE

El valor que le vemos al siguiente texto es que es una refutación sencilla y en tono ameno a los típicos ataques humanistas y postmodernos en contra del concepto de la Naturaleza salvaje. (Existe otro texto de Foreman, “El mito del paisaje precolombino humanizado”, también publicado en Naturaleza Indómita, en que se desarrollan de forma más elaborada muchos de los argumentos aquí presentados: http://www.naturalezaindomita.com/textos/naturaleza-salvaje-y-teora-ecocntrica/el-mito-del-paisaje-precolombino-humanizado).

Como de costumbre, sin embargo, hay que señalar ciertos problemas o defectos que le vemos al texto.

Para empezar, el autor hace ciertos guiños y concesiones, al menos de boquilla, a la defensa de la justicia social. Si bien esto puede tener aparentemente una justificación estratégica (ganarse para la causa conservacionista a quienes dan importancia a las luchas sociales por la igualdad y la solidaridad; o, al menos, no espantarlos), en realidad, en el fondo y a largo plazo es un error (la justicia social es un asunto, como mínimo, totalmente independiente de la defensa de la Naturaleza salvaje, cuando no incompatible con ella; y de hecho, ésta es precisamente la razón por la que los humanistas, postmodernos o no, suelen atacar o tratar de desvirtuar la segunda). Aparte de ser un engaño en este caso: Foreman en realidad nunca ha mostrado mucho interés por la justicia social, sino más bien lo contrario, siempre ha defendido no mezclar la conservación con las luchas izquierdistas y él mismo se declara incluso conservador y “de derechas”.

Además, es típico de Foreman confundir la Naturaleza salvaje protegida con la Naturaleza salvaje y el carácter salvaje en sí. Para él, a menudo, parece que lo único salvaje es lo protegido. Sin embargo, la parte protegida de la Naturaleza salvaje es sólo eso, una parte de la misma.

Y ya hemos comentado en otras ocasiones que la protección legal de la Naturaleza (a la que Foreman da una importancia absoluta) no será ni suficiente ni eficaz a largo plazo para salvar la Naturaleza salvaje del acoso que sufre y seguirá sufriendo por parte de la sociedad tecnoindustrial. La única forma de salvar realmente y de forma definitiva lo salvaje es eliminar la sociedad tecnoindustrial.

En relación con todo esto, el autor comete la grave torpeza intelectual de decir que el carácter salvaje es meramente un “concepto humano”, dando a entender que lo único real son los lugares y seres salvajes concretos y que cualquier idea o noción abstracta acerca de los mismos carece de base real. Pero, si la noción del carácter salvaje es meramente una invención humana, si no se refiere a un rasgo que exista en la realidad, ¿cómo sabemos que son realmente salvajes los seres y sistemas que Foreman pretende proteger? El carácter salvaje no es una invención humana, sino un rasgo objetivo de ciertos procesos, sistemas y seres físicos (aquellos que existen y funcionan por sí mismos, que no son artificiales y actúan autónomamente, siguiendo sus propias dinámicas). Foreman es un apasionado defensor de la Naturaleza salvaje con muchos años de experiencia a sus espaldas, y esto le honra y le hace digno de ser tomado como referencia en muchas ocasiones, pero a veces intelectualmente deja mucho que desear. Echar por tierra toda abstracción, toda idea, toda noción, todo concepto como meras invenciones humanas, es una torpeza (aparte de que la crítica abstracta de la “abstracción” es, irónicamente, un rasgo típico de muchos posmodernos).

En cuanto a que proteger legalmente, es decir, dejar voluntariamente sin explotar o destruir ciertas zonas salvajes es un acto de humildad, a pesar de ser cierto, supone también un problema: desvía la atención respecto de las causas últimas de la destrucción y sometimiento de la Naturaleza salvaje, que son materiales (población, tecnología, expansión geográfica, etc.), hacia “causas” que en el mejor de los casos son secundarias cuando no meros efectos de dicha destrucción y sometimiento (valores, actitudes, ideas, voluntades). La falta de humildad frente a la Naturaleza no fue la causa primera de la dominación de lo salvaje (es más bien el efecto de la misma; un efecto que a su vez refuerza dominación, por supuesto, pero que no fue su origen), y por tanto, la humildad, por necesaria que sea, tampoco va a ser suficiente para salvar lo que queda de salvaje en la Tierra.[a]

 

ALLÁ DONDE EL HOMBRE ES UN VISITANTE

Por Dave Foreman[b]

 

En el pasado la oposición a las Áreas Salvajes Protegidas[c] y a los Parques Nacionales solía provenir de aquellos cuyos intereses económicos les llevaban a desear explotar los recursos naturales de propiedad pública, a menudo con la ayuda económica del gobierno. Aún sigue siendo así. Sin embargo, más recientemente, la oposición ha surgido también a partir de una postura ideológica de “¡La Gente Primero!”[d]. Se suele citar a Edward Abbey[e] diciendo, “Las tierras salvajes[f] no necesitan defensa, sólo defensores”[g]. El propio Cactus Ed[h] me dijo que él nunca había dicho eso y que esa frase carecía de sentido para él. Está claro que las tierras salvajes[i] necesitan defensores. Sin embargo, con ese ataque ideológico por parte de los humanistas arrogantes1, las Áreas Salvajes necesitan ser defendidas no sólo como lugar, sino también como concepto.2

Es necesario que los defensores de las tierras salvajes que proceden de los campos de la antropología, la arqueología, la historia, la sociología rural, la filosofía y la biología de la conservación investiguen las afirmaciones que hacen los adversarios humanistas de las Áreas Salvajes y las rebatan. Y todos los amantes de los seres salvajes y libres necesitan articular una enérgica defensa de las Áreas Salvajes. Lo que sigue no es ni una defensa exhaustiva ni una estudiada refutación. Debido a ello, en gran medida carece de referencias. Es un mapa trazado en la arena de la orilla de un río con un trozo de madera arrastrado por la corriente. Espero que conduzca a algunos de nosotros a desarrollar respuestas más profundas a partir de las preguntas aquí planteadas.

Hace ciento cuarenta años, el piragüista y cultivador de alubias a tiempo parcial, Henry David Thoreau, dijo, “deseo decir unas palabras a favor de la Naturaleza, a favor de la absoluta libertad y del carácter salvaje absoluto”[j]. Hoy, yo deseo decir unas palabras a favor de la Naturaleza Integral[k], a favor de las Áreas Salvajes Protegidas.

La sección introductoria de la Ley para la Protección de las Áreas Salvajes de 1964 define, en parte, Área Salvaje como un área “en la que el propio hombre es un visitante que no permanece”. En los últimos años, tanto los charlatanes como aquellos sinceramente preocupados por el distanciamiento de los seres humanos respecto de la naturaleza han atacado la noción de Área Salvaje entendida como un lugar en que los seres humanos son visitantes. Usan la ausencia de poblamiento humano para tachar las Áreas Salvajes Protegidas de misantrópicas y contraproducentes. Estos ataques provienen de todas las partes del globo y de todo el espectro político.

Podemos excluir de esta discusión a ese populismo de pelo en pecho que se autodenomina “movimiento por el uso inteligente”[l]. Este movimiento está en gran medida compuesto por madereros, mineros, rancheros, tramperos y aficionados a las motos todoterreno y a la caza desde vehículos. Estos elementos despotrican contra las Áreas Salvajes porque “les dejan fuera de ellas”. Parecen haber evolucionado hasta convertirse en una nueva especie que ha perdido la capacidad de caminar. Quizá podríamos llamarla Homo petroliens. Su oposición a las Áreas Salvajes y a los demás tópicos de la conservación y del ecologismo procede de una defensa orgullosa de la ignorancia que trata de expresar su antiintelectualismo y su antielitismo vistiendo gorras de motosierras Stihl. Son los sirvientes de la elite suprema estadounidense: la oligarquía de las grandes empresas. Estos rudos individualistas son marionetas cuyas cuerdas son manejadas por los ejecutivos de las compañías petroleras, mineras y madereras. No suponen una crítica seria a las Áreas Salvajes.

Más preocupantes son aquellos críticos de las Áreas Salvajes Protegidas que proceden de tradiciones más progresistas y reflexivas, tanto en Estados Unidos como en el extranjero. Algunos son conservacionistas, biólogos y ecofilósofos. Otros son medioambientalistas que sospecho que nunca han salido al aire libre, salvo para parar un taxi. Permítanme tratar de reunir algunos de sus argumentos para, después, responderlos cómodamente.

No deseo parecer un cascarrabias, pero estoy cansado de las críticas contra las Áreas Salvajes, de modo que seré breve. Respeto a mucha de la gente que últimamente ha escrito cuestionando las nociones tradicionales acerca de las Áreas Salvajes Protegidas y los Parques Nacionales. Creo que entiendo su frustración y espero que mi respuesta nos lleve a la confluencia en lugar de a la divergencia. Dado que no deseo caer en la trampa de demonizar a otros (un pasatiempo habitual en la filosofía académica –véanse las páginas de Environmental Ethics[m]), como norma general, evitaré mencionar los nombres de los individuos que defienden los siguientes argumentos en contra de las Áreas Salvajes. En Latinoamérica, Asia y África se hace hincapié en argumentos contra las Áreas Salvajes que son, en cierto modo, diferentes de los argumentos que se usan en los Estados Unidos, Canadá y Australia. Sin embargo, debido a que existen diversos híbridos, todos constituyen un mismo rebaño.

Resumiré los argumentos en contra del concepto de Área Salvaje del siguiente modo:

  • Las Áreas Salvajes Protegidas separan a los seres humanos de la naturaleza ya que no se permite que la gente viva en ellas.
  • Lo que necesita ser protegido es el carácter salvaje, no las Áreas Salvajes. El carácter salvaje es real; las Áreas Salvajes son una construcción intelectual humana.
  • Las Áreas Salvajes Protegidas y sus parientes, los Parques Nacionales, son una herencia de la civilización occidental y sus falsas dicotomías.
  • Los defensores de las Áreas Salvajes son misántropos. No sólo buscan la soledad en lugares remotos donde no vive nadie, sino que desean excluir del territorio a los pueblos indígenas y a los habitantes rurales.
  • El movimiento ecologista no debería preocuparse tanto por la vida salvaje y los parques. El ecologismo se ocupa principalmente de la salud humana.
  • Deberíamos animar a la gente a repoblar el territorio. Los Bosques Nacionales[n] y demás tierras públicas deberían ser abiertos al asentamiento por parte de aquella gente que desee ser guardiana y sanadora de la tierra.
  • Los indígenas (e incluso los habitantes rurales de Estados Unidos) mejoran la naturaleza con sus actividades. Debido a su profundo conocimiento de la tierra y a su amor por ella, sus actividades aumentan la diversidad biológica.
  • La noción de una América precolombina virgen es un mito. Los nativos modificaron la tierra en gran medida. El paraíso que los europeos encontraron no era una tierra salvaje, sino un jardín mejorado por los seres humanos.
  • La creencia en el valor intrínseco de otras especies y de los procesos naturales es una postura hipócrita y un lujo exclusivo de los occidentales ricos. El Tercer Mundo es ajeno a nociones tales como las manifestadas en los Parques Nacionales y las Áreas Salvajes Protegidas. La gente en los países “en vías de desarrollo” necesita desarrollo sostenible que ponga comida en sus estómagos y zapatos en sus pies, no reservas para la fauna salvaje. La idea de las Áreas Salvajes les resulta ajena. Las Áreas Salvajes Protegidas y los Parques Nacionales son un legado del imperialismo europeo y estadounidense.
  • El papel de los seres humanos es ajardinar la Tierra. Hemos de tomar el timón del planeta y gestionar activamente la evolución y los procesos naturales. La Áreas Salvajes Protegidas representan una dejación de responsabilidad y un abandono del deber. Sin la gestión activa y la presencia humana, los paisajes naturales se deteriorarán y perderán su biodiversidad.
  • Con más de cinco mil millones de personas y subiendo, no podemos permitirnos Áreas Salvajes Protegidas ni grandes carnívoros. La tierra y el océano han de producir para la gente. En un mundo plagado de imperialismo económico y de injusticias sociales, los progresistas deberían dirigir sus esfuerzos a mejorar el destino de la humanidad en su conjunto. No podemos perder tiempo con los leones, tigres y osos o con museos al aire libre y parques de excursionismo para la elite económica.
  • Los cambios en la demografía de los Estados Unidos conllevarán una reducción en el apoyo tradicional a las Áreas Salvajes Protegidas. Los conservacionistas necesitan centrarse en asuntos medioambientales más orientados hacia las personas con el fin de atraer al movimiento a los hispanos, los asiáticos y los afroamericanos.
  • Los científicos nos dicen que la Tierra está a las puertas del sexto episodio de extinción masiva. Por lo tanto, las Áreas Salvajes Protegidas y los Parques Nacionales han fracasado a la hora de proteger la biodiversidad. Se necesita algo nuevo que incluya a la gente: la “gestión de los ecosistemas”.

¡Demonios! Esto empieza a parecer una denuncia del FBI que le acusa a uno de todo salvo de no usar la seda dental cada noche. Y eso que no he agotado todos los argumentos en contra de las Áreas Salvajes que los defensores del desarrollo sostenible y los ecologistas humanistas suelen esgrimir.

Ahora bien, los argumentos no surgen de la nada. Proceden de las personas. Estas personas tienen sus motivos para enseñar los dientes frente a ciertos puntos de vista. Antes a los niños malos les gustaba mojar con aguarrás a los gatos para verlos chillar y correr. Algunos pensarán que mi interés en señalar las motivaciones de la agitación en contra de las Áreas Salvajes es como mojar gatos con aguarrás. Puede que yo sea un gruñón, pero, honestamente, en el fondo soy un buen tipo. Pregúntenle a mi hermana. Me interesa más encontrar un terreno común que construir barreras. Sin embargo, las motivaciones son importantes. Consideraré esas motivaciones a medida que intente apuntar en la dirección de posibles respuestas a las críticas en contra de las Áreas Salvajes.

Me temo que los más escandalosos críticos de las Áreas Salvajes y Parques Nacionales entendidos al estilo estadounidense, sufren de un patrioterismo tercermundista exagerado. Todo lo que proceda de los Estados Unidos es malo para esta gente. Norteamérica y Europa tienen la culpa de todos los problemas del mundo.

Algunos individuos, procedentes de los Estados Unidos, están expiando su culpa blanca y liberal. (Soy afortunado. Yo procedo, como mucho, de una familia de paletos de ascendencia escocesa e irlandesa de clase media baja. Tengo una buena cantidad de defectos morales, y uno de estos días creo que debería pararme a purgar algunos de ellos, sin embargo en mi lista no figura el sentimiento de culpa por haber sido criado en la opulencia).

La civilización occidental (el imperialismo) y los Estados Unidos de América merecen muchas críticas. Y creo que a Estados Unidos se le deberían aplicar unos criterios más estrictos que a cualquier otro país o sociedad ya que desde el principio los estadounidenses hemos afirmado estar involucrados en un experimento social superior. Yo he experimentado en persona algunos de los defectos de los Estados Unidos. (Cuando tu gobierno gasta tres millones de dólares para intentar meterte entre rejas, incluso un tipo duro de mollera como yo acaba mostrando cierto escepticismo).

Sin embargo, Estados Unidos no es un país totalmente malo. No somos la única causa de la injusticia en el mundo. A pesar de los esfuerzos de J. Edgar Hoover y Ronald Reagan, tenemos una Declaración de Derechos y la protegemos celosamente. A pesar de todos nuestros fallos, ninguna otra nación, pasada o presente, puede compararse de cerca con los Estados Unidos en lo que respecta a la protección de las libertades civiles. La Declaración de Derechos es considerada como el gran regalo que los Estados Unidos hicieron al mundo. Y hemos hecho al mundo otro regalo incluso mayor: la idea de los Parques Nacionales y las Áreas Salvajes Protegidas.

Además, el antiamericanismo inherente en las críticas tercermundistas a las Áreas Salvajes y a los Parques Nacionales pasa por alto la corrupción de las elites en esos países. Culpar a los varones blancos de todos los males del mundo es –me atrevo a decir- racismo. Es más, los principales críticos tercermundistas de las Áreas Salvajes son miembros de la elite socioeconómica de sus propios países, y han recibido una educación occidental.

Nada de esto implica que debamos ignorar los asuntos relativos a la justicia económica internacional. Europa, Japón y Estados Unidos, en connivencia con los barones de la expoliación del Tercer Mundo, practican conscientemente por todo el mundo el imperialismo económico contra la gente. Es más, es necesario salvaguardar tierras para que las usen los pueblos indígenas y los campesinos, así como reconocer y celebrar su conocimiento y buena administración de los territorios. Las Áreas Salvajes Protegidas y los Parques Nacionales, no tienen por qué entrar necesariamente en conflicto con las necesidades y derechos de los oprimidos.

Algunos de los argumentos en contra de las Áreas Salvajes provienen del mito del Buen Salvaje. Alienados respecto a nuestra propia sociedad “corrompida”, deseamos creer aún que los seres humanos son intrínsecamente buenos, de modo que idealizamos a los pueblos indígenas presentándolos como los primeros ecologistas. Parece ser que no podemos aceptar a las sociedades no industriales tal y como son. O bien hemos de demonizarlas presentándolas como grupos de salvajes con impulsos animales incapaces de comportarse civilizadamente, o bien hemos de exaltarlas como modelos de virtud.

La antropología es como la Biblia: si se desea, se puede usar para apoyar cualquier afirmación acerca de los seres humanos y de la naturaleza. Por ejemplo, podemos discutir hasta que la cara se nos ponga azul acerca del nivel del impacto que los pueblos indígenas tuvieron en América. La opinión dominante hasta hace poco era que los nativos americanos tuvieron muy poco impacto en el paisaje. Los puritanos de Nueva Inglaterra así lo aseguraban, para justificar que les estaban quitando a los indios la tierra “que no utilizaban”. El péndulo ha oscilado hacia el extremo opuesto en los últimos años. Ahora, algunos chiflados, junto con algunos académicos serios, afirman que incluso las poblaciones pequeñas alteraron significativamente los ecosistemas precolombinos –especialmente mediante las quemas. El “mito de la América virgen” está siendo desacreditado. Los adoradores del Buen Salvaje aseguran que dicho impacto fue positivo. Algunos suben también al pedestal ecológico incluso a los aztecas, los incas y los mayas.

Sin embargo, muchos investigadores perciben pruebas arqueológicas de colapso ecológico. ¿Superaron los hohokam y los anasazi la capacidad de carga y causaron un fallo del ecosistema en lo que actualmente es el sudoeste de los Estados Unidos? ¿Si los indios de las praderas hubiesen sido dejados en paz durante otros cien años, habrían acabado causando la casi total extinción de los bisontes gracias a la nueva movilidad que les ofrecían los caballos salvajes abandonados por los españoles? ¿Degradaron las civilizaciones de Mesoamérica sus tierras de un modo tan terrible como lo hicieron las civilizaciones de Oriente Medio y del Mediterráneo? La extinción de la megafauna del Pleistoceno, ¿fue causada por los cazadores de la Edad de Piedra al entrar en un territorio virgen?

Y a éstas les siguen preguntas aún más profundas. ¿Es la profunda filosofía de los hopi el resultado de un nuevo pacto con la tierra que siguió al colapso ecológico de los anasazi hace setecientos años? ¿Podrían haber sido las éticas acerca de la caza de las tribus de América (y de otras partes) una reacción a la matanza del Pleistoceno?

Dado que algunos aseguran que la horticultura itinerante humana y el uso de plantas no nativas[o] aumentan la diversidad local de especies, ¿osaremos preguntarnos acerca de la calidad de dicha diversidad aumentada? ¿Son las especies adicionales simples malas hierbas? ¿Proceden de Europa muchas de esas especies exóticas? No toda la biodiversidad es igual. Las especies nativas raras y sensibles son más importantes que las malas hierbas que prosperan en las zonas alteradas por el ser humano.

En ciertas zonas de América, la alta densidad poblacional y la agricultura intensiva dieron como resultado unos ecosistemas gravemente degradados. La primera oleada de hábiles cazadores de hace doce mil años probablemente causase la extinción de docenas de especies de grandes mamíferos en América. Algo inaudito para un depredador semejante. Sin embargo, yo pongo en cuestión, al igual que hacen algunos otros, que los bosques y praderas norteamericanos que encontraron los primeros exploradores y colonos europeos fuesen principalmente el resultado de las quemas por parte de las tribus nativas. Ciertamente, en zonas localizadas, las tribus norteamericanas tuvieron un impacto importante en la vegetación a causa de las quemas que realizaban. Pero, ¿cuán extensa pudo llegar a ser dicha manipulación con una población de sólo entre 4 y 8 millones al norte del Río Grande?3

Estas preguntas no implican oponerse a las legítimas reclamaciones de tierras llevadas a cabo por los nativos americanos y otros pueblos indígenas. En la mayoría de los casos, las tribus son mejores guardianas y administradoras de la tierra que las agencias gubernamentales. A pesar de la oposición de otros conservacionistas de Nuevo México, yo apoyé la transferencia del área Blue Lake del Bosque Nacional de Carson a los indios pueblo taos en los años 70. Era su tierra y habían realizado mejor la labor de proteger sus tierras salvajes de lo que lo habría hecho el Servicio Forestal. Sin embargo, hemos de ser intelectualmente honestos a la hora de investigar las relaciones de los seres humanos con la tierra, y no hemos de condescender frente al mito del Buen Salvaje ni, por tanto, elevar a los pueblos primitivos a unos niveles inverosímiles.

Hay un abismo enorme entre considerar ecólogos y ecologistas a los pueblos indígenas o a los campesinos del Tercer Mundo y hacer lo mismo con los residentes rurales de los Estados Unidos. Entre el proletariado rural estadounidense, me he topado con una abismal falta de conocimiento ecológico o de aprecio por los ecosistemas. He pedido a los rancheros que me identifiquen plantas. Conocen la grasa de invierno[p] y unas pocas especies de gramíneas, pero todas las demás son “malas hierbas” o “maleza”. De un modo similar, los madereros e incluso los guardas forestales conocen los árboles valiosos como fuente de madera, pero se encogen de hombros frente al resto. Las actitudes hacia los animales son aun más preocupantes si cabe. Mis vecinos del condado de Catron, Nuevo México, se mofaban de los biólogos universitarios. Más de una vez me dijeron que las lagartijas espinosas[q] eran las crías de los monstruos de Gila[r].

Independientemente de los tira y afloja acerca del papel de las sociedades preindustriales a la hora de cambiar la faz de la tierra, hay muchas evidencias de que las Áreas Salvajes –vastas extensiones no habitadas por los seres humanos- no son un concepto ajeno a las culturas primitivas. Los nativos hawaianos me dijeron que, antes de la conquista por parte de los Estados Unidos, los seres humanos tenían prohibida la entrada a algunas zonas montañosas, bajo pena de muerte. Jim Tolisano, un ecólogo que ha trabajado para las Naciones Unidas en muchos países, informa de que las tribus de Papúa Nueva Guinea demarcan grandes áreas como vedadas a la construcción de poblados, a la horticultura, a la caza e incluso a las visitas. “Usted no debe ir allí; esa montaña pertenece a los espíritus”. Al igual que los papúes, los yanomami del Amazonas se enzarzan en sangrientos y feroces conflictos (mis antepasados montañeses del este de Kentucky eran muy parecidos a ellos). Entre las distintas aldeas hay zonas prohibidas[s] en las que si uno entra su vida corre peligro. Como consecuencia, grandes áreas son dejadas sin cultivar y sin cazar y raramente son visitadas. La biodiversidad prospera en ellas. Estas tierras fronterizas son el refugio de los animales que son cazados de forma intensa cerca de los asentamientos.4

Algunos antropólogos piensan que el estado de guerra permanente entre algunas tribus es una adaptación para evitar superar la capacidad de carga, ya que ésta daría como resultado el colapso ecológico. (Estas zonas no usadas en los bordes territoriales son misteriosamente similares a las áreas donde lindan unos con otros los territorios de las manadas de lobos. En dichos lugares los ciervos abundan). Mis ancestros fueron capaces de seguir a Dan’l Boone[t] a las “oscuras y sangrientas tierras” de Kaintuck porque estaban deshabitadas por los nativos americanos. Los shawnee del norte del río Ohio y los cherokee del valle del Tennessee cazaban y peleaban en Kentucky. Sin embargo, ninguno de ellos vivía allí. ¿Acaso no era ésa una zona de tierras salvajes hasta que los escoceses e irlandeses de Shenandoah la invadieron?

Es necesario que los geógrafos, los antropólogos, los historiadores y los ecólogos investiguen estos y otros fascinantes campos de estudio para mostrar que las Áreas Salvajes[u] –en las que los seres humanos son visitantes que no permanecen- estaban en su día ampliamente extendidas por todo el mundo. Las Áreas Salvajes[v] no son exclusivamente una idea de los estadounidenses, los canadienses y los australianos del siglo XX.

¿Puede la gente de fuera de las antiguas colonias inglesas de la frontera apreciar las tierras salvajes por sí mismas? He conocido a nativos americanos y a personas en México y en Belice que son tan partidarias de las Áreas Salvajes como yo y que creen en el valor intrínseco de otras especies. Hace unos años, en una conferencia internacional sobre la cartografía de las tierras salvajes, conocí a biólogos sudamericanos que eran tan intransigentes en su defensa de las Áreas Salvajes como lo es Reed Noss[w]. Jim Tolisano habla de colegas en Sri Lanka, en varios países africanos, en Costa Rica y en el Caribe que me hacen parecer un flojo.

Es racista declarar que sólo los norteamericanos y australianos de clase media pueden ser ecologistas profundos o partidarios de las Áreas Salvajes. ¿Cómo osan estos señoritos pretenciosos y consentidos afirmar que quienes no son occidentales son incapaces de tener una ética de la tierra como la de Leopold[x]? Decir que la gente de Latinoamérica, África y Asia puede vivir sin seres y puestas de sol salvajes es otra forma de imperialismo. Es exactamente tan racista como decir que los afroamericanos y demás gente de color de los Estados Unidos no están interesados en la vida silvestre ni en las Áreas Salvajes. Michael Fischer, antiguo director ejecutivo del Sierra Club, cuenta la historia de cuando estuvo en un programa de radio con Ben Chasis, hoy en día director ejecutivo del NAACP[y]. Fischer quería hacer hincapié en la nueva voluntad del Sierra Club de preocuparse por los asuntos de la justicia medioambiental en las comunidades minoritarias y sugirió que el Sierra Club debería centrarse menos en los asuntos relativos a la protección de las Áreas Salvajes. Chasis le reprendió por su condescendencia. “A nosotros también nos interesan la vida silvestre y las tierras salvajes”. Los conservacionistas de las Áreas Salvajes necesitamos preocuparnos por los problemas de contaminación en las comunidades de color. También necesitamos ayudar a quienes residen en el interior de las ciudades a experimentar directamente las tierras salvajes. Pero no necesitamos suavizar nuestra resolución de proteger las Áreas Salvajes.

Muchos tienen la creencia sincera y legítima de que necesitamos crear una nueva sociedad biorregional[z] y sostenible en la que la gente viva en contacto con la tierra. El cuidado y la restauración a nivel de cuencas hidrográficas es la verdadera tarea. Gary Snyder cuenta una bella historia de lo que le sucedió mientras descendía por el camino de vuelta a su casa al atardecer. Sorprendió a un puma que estaba sentado fuera al lado de la ventana escuchando a su hijastra tocar el piano. Necesitamos comunidades como la de la Cresta de San Juan en las laderas de la Sierra Nevada de California. Arne Naess las llama “comunidades intermedias”[aa]. Sin embargo, las Áreas Salvajes extensas, donde los seres humanos son sólo visitantes, son también esenciales, los grandes carnívoros y muchas otras especies necesitan refugios lejos de la presencia humana constante. Los humanos no siempre somos buenos vecinos, y los Gary Snyders son casos raros.

De hecho, las Áreas Salvajes Protegidas y los Parques Nacionales no han sido capaces de salvaguardar la gama completa de especies nativas ni todas las funciones de los ecosistemas de Norteamérica. Sin embargo, ¿qué es lo que ha fracasado realmente? ¿La idea de las Áreas Salvajes Protegidas y de los Parques Nacionales o, más bien, la aplicación de la gestión del territorio en nuestro politizado entorno social? Debido a la superior influencia política de las industrias extractivas, los conservacionistas han sido derrotados una y otra vez a medida que intentaban establecer áreas protegidas. Las áreas biológicamente más productivas de nuestras tierras federales han sido abiertas a las matarrasas, a la construcción de presas y carreteras, a la minería y al entretenimiento motorizado.

He pasado muchos, muchos días y noches en Áreas Salvajes Protegidas, desde Alaska a Centroamérica. Nunca he sentido que estos parajes en los que yo sólo era un visitante me separasen de la naturaleza. Cuando hago excursionismo o navego en canoa por un Área Salvaje, me siento en casa. Las Áreas Salvajes son la realidad;  el carácter salvaje[bb] es un concepto humano.

Aldo Leopold escribió que existen quienes pueden vivir sin seres ni puestas de sol salvajes, y existen quienes no. Muchos de aquellos que critican las Áreas Salvajes Protegidas muestran una ausencia de pasión visceral por los seres salvajes. ¿Acaso escuchan la música de los gansos o se emocionan con la primera anémona[cc]? ¿Acaso ansían saber que hay lobos cazando alces en un lugar ajeno a las interferencias por parte de los seres humanos? No veo ninguna evidencia de dichos sentimientos en los escritos de algunos de los críticos de las Áreas Salvajes.

Unos pocos de entre ellos sufren lo que yo educadamente llamaría el Complejo de Caperucita Roja. Les da miedo la oscuridad. Les aterroriza el gran lobo malo. Las reservas naturales de un tamaño de bolsillo para plantas raras están bien. Para ellos, la preservación de la biodiversidad trata sólo de eso. Sin embargo, los lugares grandes, salvajes y deshabitados les hacen temblar de miedo.

Podemos ver la historia como el control progresivo de la Tierra por parte del Hombre Amo y Señor[dd]. Esos tecnócratas de la Nueva Era que parlotean acerca de tomar las riendas de la evolución y mejorar la Tierra son, por tanto, los monstruosos herederos de la hibris[ee] griega. Su adorable jardín humano es el infierno para otras especies. Cuatro mil millones de años de vida se convierten en una mera obertura, antes de que el Hombre, en toda su gloria wagneriana, irrumpa cantando en escena. ¿Conoce límites nuestra locura? ¿Es que no tenemos humildad?

Vale ya de contraargumentos. Las Áreas Salvajes Protegidas, más que cualquier otra cosa, nos retan a ser mejores personas.

Durante seis mil años, cada una de las sucesivas épocas históricas ha hinchado más su pecho que la anterior. Mientras un Ozymandias[ff] caía en las solitarias y llanas arenas, un Ozymandias mayor y más orgulloso ocupaba su lugar. La virtud ha sido reemplazada cada vez más por el dominio y el deseo de poder. Las Áreas Salvajes Protegidas son el callado reconocimiento de que no somos dioses.

Las Áreas Salvajes Protegidas, donde los seres humanos son visitantes que no permanecen, nos ponen a prueba de un modo que ninguna otra cosa puede hacerlo. Ningún otro lugar nos enseña humildad tan bien –tanto si las visitamos como si no. Las Áreas Salvajes nos hacen preguntarnos: ¿Somos capaces de autoimponernos la restricción de dejar algunos lugares en paz? ¿Podemos elegir conscientemente compartir la tierra con aquellas especies que no nos toleran bien? ¿Podemos desarrollar la suficiente generosidad de espíritu, la suficiente grandeza de corazón como para no estar en todas partes?

Ningún otro desafío requiere una moderación, una generosidad y una humildad mayores que la preservación de las Áreas Salvajes. Nuestro amigo de Concord, Thoreau, dijo: “En Lo Salvaje[gg] está la preservación del Mundo”. Cierto, muy cierto. Sin embargo,  una verdad más profunda es que en las Áreas Salvajes Protegidas está la Preservación de Lo Salvaje[hh].

Notas:

1.      Uso el término “humanista” en el sentido de aquel que glorifica al Hombre Amo y Señor y es abiertamente antropocéntrico respecto a los asuntos relativos a la conservación. Véase The Arrogance of Humanism, de David Ehrenfeld (Nueva York: Oxford University Press; 1978).

2.      En aquellos lugares del texto en que me refiero al concepto de las tierras salvajes o a los lugares protegidos sobre el terreno, escribo Áreas Salvajes (“Wilderness” en el original) y Áreas Salvajes Protegidas (“Wilderness Areas”), respectivamente, con las iniciales mayúsculas. Mucho de lo que sigue se puede aplicar igualmente a los Parques Nacionales.

3.      Según las mejores y más recientes estimaciones de demógrafos serios.

4.      George Schaller informa de que cuando las tribus estaban armadas sólo con cerbatanas y arcos, se podían encontrar monos a media milla[ii] de distancia de las aldeas. Hoy, tras la llegada de las escopetas, no pueden encontrarse monos a menos de cinco millas de los asentamientos. Jim Tolisano informa de cambios similares en Papúa Nueva Guinea.



[a] Véase al respecto, por ejemplo, la presentación de “La Tierra no es un jardín” en Naturaleza Indómita (http://www.naturalezaindomita.com/textos/naturaleza-salvaje-y-teora-ecocntrica/la-tierra-no-es-un-jardn).

[b] Traducción a cargo de Último Reducto de “Where Man Is a Visitor”. Texto original publicado en Place of the Wild, David Clarke Burks (ed.), Island Press, 1994. N. del t.

[c] “Wildernes Áreas” en el original. En este texto, esta expresión ha sido traducida como “Áreas salvajes Protegidas”, salvo en los casos en que se indica explícitamente de otro modo. N. del t.

[d] “People First!” en el original. Se refiere a posturas antropocéntricas. La expresión “People First!” muestra un claro contraste con la postura ecocéntrica que implica la expresión “Earth First!” (“¡La Tierra Primero!), nombre de una organización ecologista fundada, entre otros, por Foreman en los años 80 del siglo XX. N. del t.

[e] Edward Paul Abbey (1927-1989). Escritor estadounidense cuyas ideas acerca de la Naturaleza salvaje y la civilización industrial tuvieron mucha influencia en el conservacionismo y el ecologismo radicales de los Estados Unidos de la segunda mitad del siglo XX. N. del t

[f] “Wilderness” en el original. El término “wilderness” hace referencia a las tierras poco o nada humanizadas. En este texto se traducirá por “tierras salvajes” o “áreas salvajes”, a no ser que se indique explícitamente de otro modo. N. del t.

[g] “Wilderness needs no defense, only defenders” en el original. N. del t.

[h] Sobrenombre por el que era conocido Ed Abbey. N. del t.

[i] “Wildlands” en el original. N. del t.

[j] “I wish to speak a Word for Nature, for absolute freedom and wildness” en el original. N. del t.

[k] “Nature With Integrity” en el original. N. del t.

[l] “Wise-use movement” en el original. El movimiento “Wise Use” surgió en Estados Unidos en la década de los 80 como grupo de presión y movimiento social en respuesta a la aprobación de diferentes leyes que protegían las tierras públicas o regulaban su uso. En dicho movimiento se agrupan diferentes sectores de la derecha estadounidense, financiados por empresas de industrias extractivas, que defienden que el bienestar económico y social de los humanos debe primar sobre la protección de la naturaleza y que no existe ningún tipo de límite objetivo o material al crecimiento y al progreso. N. del t.

[m] Revista en inglés dedicada a tratar los aspectos filosóficos de los problemas medioambientales. N. del t.

[n] Los “Nacional Forests” de los Estados Unidos son zonas boscosas de propiedad pública que gozan de cierto grado de protección legal y son gestionadas por el gobierno federal por medio del Servicio Forestal de los Estados Unidos (U.S. Forest Service). N. del t.

[o] En el original ponía: “… and using native plants…” (cuya traducción sería en principio: “… y el uso de plantas nativas…”). Sin embargo, esto es incongruente respecto al resto del párrafo, por lo que se ha considerado que el autor (o quizá el editor de la versión original) cometió el error de no poner un “non” delante de “native” y, en consecuencia, se ha subsanado en esta traducción. N. del t.

[p] “Winterfat” en el original. Krascheninnikovia lanata. En invierno constituye un importante aporte de forraje para el ganado en Norteamérica, probable razón por la que los ganaderos la conocen y aprecian. N. del t.

[q] Género Sceloporus. N. del t.

[r] Lagartos de la especie Heloderma suspectum. N. del t.

[s] “Between villages there is a death zone” en el original. N. del t.

[t] Se refiere a Daniel Boone (1734-1820), famoso explorador y pionero estadounidense. N. del t.

[u] “Wilderness Áreas” en el original. N. del t.

[v] Ídem. N. del t.

[w] Biólogo estadounidense. Es uno de los fundadores de The Wildlands Project  (actualmente conocido como The Wildlands Network), organización conservacionista que defiende la protección de grandes zonas salvajes unidas por corredores biológicos a escala continental. N. del t.

[x] Aldo Leopold (1887-1948). Ecólogo y conservacionista estadounidense. Tuvo gran influencia en el pensamiento conservacionista del siglo XX. N. del t.

[y] National Association for the Advancement of Colored People (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color). N. del t.

[z] El biorregionalismo es un movimiento surgido a principios de la década de los setenta del siglo XX en EE.UU. Dicho movimiento defiende que las comunidades y grupos humanos pueden enfrentarse a las catastróficas consecuencias de las actividades humanas sobre los ecosistemas terrestres tratando de vivir en armonía con la biorregión en la que viven. N. del trad.

[aa] “Mixed comunities” en el original. N. del t.

[bb] “Wildness” en el original. N. del t.

[cc] “Pasqueflower” en el original. El nombre común en inglés se refiere a las plantas del género Pulsatilla, que florecen muy temprano en primavera. N. del t.

[dd] “Lord Man” en el original. N. del t.

[ee] “Hubris” en el original. Término procedente del griego (ὕβρις, hýbris) que hace referencia al orgullo desmedido, a la arrogancia. N. del t.

[ff] Ozymandias es el título de un poema del escritor romántico Percy Bysshe Shelley. El tema central de Ozymandias es la inevitable decadencia de todos los líderes y de los imperios que éstos construyen sin importar cuan poderosos sean en su época. N. del t.

[gg] “Wildness” en el original. Se refiere al carácter o cualidad de ser salvaje. En este caso se ha optado por traducirlo como “lo salvaje”. N. del t.

[hh] Ídem. N. del t.

[ii] 1 milla equivale aproximadamente a 1,6 km. N. del t.