El valor de una alimaña

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PRESENTACIÓN DE “EL VALOR DE UNA ALIMAÑA


Quizá algunos lectores podrán pensar que el siguiente texto carece de interés pues está centrado en un tema muy concreto: la evolución del control de depredadores a lo largo del siglo XX en los Estados Unidos. Y puede que, en cierta medida, tengan razón. Pero, de todos modos, si uno es lo suficientemente perspicaz puede extraer de él conclusiones, implicaciones e ideas interesantes que son aplicables también, salvando las distancias, a otros países y otros periodos, y que van mucho más allá del tema concreto del control de depredadores. Éste es el motivo de publicarlo.

Al igual que en otros muchos temas relativos a la preservación de lo salvaje, los Estados Unidos fueron pioneros en plantear seriamente y de forma más o menos oficial un enfoque ecológico de la relación de los seres humanos con los depredadores salvajes frente al enfoque clásico basado en una moral antropocéntrica y religiosa que demonizaba a los depredadores. Este enfoque ecológico de la depredación, fue después extendiéndose a muchas otras partes del mundo, pero comenzó allí. Y es justo saberlo y reconocerlo.

Sin embargo, el artículo también nos muestra a la vez y de refilón las miserias del pensamiento progresista (el llamado “movimiento progresista” estadounidense de principios del siglo XX, fue sólo un ejemplo concreto de aplicación del ideal progresista general, es decir, de las ideas basadas en la creencia en el progreso): su arrogancia humanista, su maligno deseo de defender y aumentar el “bien común” (o de la nación), su objetivo centrado en alcanzar el control absoluto, su miopía ecológica, etc. Y no sólo las miserias del pensamiento progresista oficial (el de Pinchot y sus secuaces), sino también las del de sus rivales, parte de los cuales no fueron siquiera capaces de enfrentarse real y tajantemente a los valores básicos del progresismo y librarse completamente de ellos. Así siguieron defendiendo la propia idea del progreso, la idea de que la civilización es algo bueno, la idea de los derechos (naturales) y la idea de que la civilización industrial es compatible con la defensa y la preservación de la Naturaleza y de que ambas pueden y deben ser reformadas o mejoradas; o la equivocada y tontorrona idea de tratar de extender cierta ética “comunitaria” intrahumana a la relación con otras especies o a las relaciones con la Naturaleza en general (la ética ecocéntrica es y debe ser algo muy diferente del extensionismo moral de los derechos o la comunidad humanos defendido por Aldo Leopold).

En este sentido, cuando el dedo señala la Luna, el autor, Donald Worster, se queda mirando al dedo. Las limitaciones que ve en la forma de pensar de Leopold, son meramente secundarias, en el mejor de los casos. Por ejemplo, si bien la crítica de Leopold a la tecnociencia de laboratorio iba bien encaminada, el hecho de que Leopold, a pesar de todo, siguiese siendo científico y mecanicista ni siquiera es un defecto. El problema de la ética de Leopold no es consecuencia precisamente de su mentalidad científica y racional, sino de un humanismo y de un progresismo de los que nunca logró desembarazarse completamente. Quizá porque murió prematuramente -¿quién sabe qué habría llegado a pensar de haber seguido viviendo unos cuantos años más?

Por último, como es costumbre entre autores conservacionistas, como Worster, sus escritos están excesivamente impregnados de idealismo. En concreto de la idea de que lo que principalmente hace falta para lograr la preservación de lo salvaje es difundir una nueva ética que regule el comportamiento humano y lo haga compatible y respetuoso con la Naturaleza. Algo tan loable como inútil a la hora de obtener resultados prácticos en esa dirección. Por mucha ética ecocéntrica que se predique y se asuma, si las condiciones materiales siguen siendo las mismas (expansión de la infraestructura industrial y de los entornos artificiales, crecimiento de la población, desarrollo tecnológico, necesidad de ingentes cantidades de materia, energía y espacio, etc.), nada cambiará en realidad, porque son dichas condiciones físicas las que determinan qué hacemos con la Naturaleza. Miles de millones de seres humanos con un modo de vida tecnoindustrial seguirían destruyendo y subyugando la Naturaleza de todos modos, por muy ecocéntricas que pudiesen llegar a ser sus ideas y sus intenciones (que ni siquiera es el caso). Lo que hace más falta en realidad es acabar físicamente con dichas condiciones materiales, es decir, con la civilización industrial. La ética y las ideas ecocéntricas pueden y deben ser la inspiración y el motivo para combatir la sociedad tecnoindustrial, pero por sí solas no pueden ni van a cambiar nada.


VALOR DE UNA ALIMAÑA

Por Donald Worster[a]

 

Ahí afuera, en el oeste de Estados Unidos, la naturaleza salvaje aullante[b] todavía sigue aullando, pero el timbre y el mensaje de su voz han cambiado. Durante los 300 años de colonización europea, el lobo dominó las zonas naturales[c]. Era un demonio oscuro y de ojos verdes cuyo grito provocaba escalofríos en la imaginación de los colonos americanos -el símbolo de una naturaleza feroz y poderosa que desafiaba el dominio humano. A principios del siglo veinte, sin embargo, ese espectro de la maldad se desvaneció y la profunda y grave canción del lobo fue silenciada a lo largo y ancho de los Estados Unidos, salvo en Alaska y en uno o dos puntos aislados del noreste de Minnesota. Lo que nos queda hoy de este espeluznante mundo de sonido carnívoro es la voz de ese astuto y socarrón tramposo: Canis latrans, El Coyote[d], el pequeño “lobo de pradera”. Su gemido de tenor llega como un eco desde un arbusto de mezquite iluminado por la luna o desde una colina cubierta de artemisas y es respondido por los ladridos y chillidos de unos cuantos camaradas, como tratando de llenar el aire desprovisto ya de la voz de su pariente. Un antiguo mito indio dice que “el hermano coyote” será el último animal que quede vivo sobre la tierra, y de hecho ya ha sobrevivido a muchos de sus viejos socios -el lobo, el puma y el oso gris- así como a la mayoría de los bisontes y berrendos[e]. Mientras el coyote deambule sobre la tierra, la naturaleza salvaje[f] seguirá hablando. Sin embargo, lo hará con la voz del oportunismo vigilante en lugar de con la de la intrépida fuerza bruta.

Ernest Thompson Seton y Vernon Bailey estimaron que el área de distribución original del lobo en Norteamérica abarcaba siete millones de millas cuadradas[g]. Antes de la llegada del hombre blanco había unos dos millones de lobos en esta área -uno por cada tres y media millas cuadradas. Para 1908 la población del lobo había caído hasta 200.000 ejemplares, y sólo 2.000 de éstos vivían al oeste del Misisipi, en lo que en su día fue su baluarte. En 1926 en Arizona se informó de que allí ya no quedaban lobos y en Wyoming sólo se pudieron encontrar cinco. Dos años más tarde, de entre decenas de miles de carnívoros matados en los estados del oeste, sólo once fueron clasificados como lobos grises[h]. En 1929 el informe de la oficina federal para el control de depredadores ni siquiera mencionaba la especie. Ni tampoco a los leones de montaña[i]. Ni a los osos grises[j]. El recuento de cadáveres mostraba que casi todos eran coyotes, junto con unos pocos tejones, linces[k], zorros y mofetas[l].

Continuar transmitiendo el mensaje de lo salvaje[m] parece una carga pesada para una criatura tan pequeña como el coyote, pero hasta ahora se las ha apañado bastante bien. Ha expandido su área de distribución desde las praderas y llanuras hasta Point Barrow, en Alaska, pasando por Nueva Inglaterra y por las colinas de Hollywood. Sin embargo, a lo largo de los años él también ha perdido algo de terreno. En vastas zonas de Texas, Wyoming, Nevada e Idaho, por ejemplo, las noches son fatalmente silenciosas -son lugares donde el coyote en su día retozaba y cantaba pero donde ahora ya no se le oye ni se le ve. Parece que el ingenio y el arrojo no han sido siempre suficientes para salvarle del destino del lobo. Ha sido igualmente cazado, pero con armas tecnológicas cada vez más potentes: pistolas de cianuro[n] (el “atrapa-coyotes”), francotiradores desde aviones con rifles de alta potencia, cadáveres de ovejas o ciervos emponzoñados con fluoroacetato de sodio -conocido popularmente como Compuesto 1080, uno de los venenos más letales jamás elaborados; una sola libra[o] de él basta para matar un millón de libras de vida animal. En los últimos tiempos, en los Estados Unidos, se han matado al menos 90.000 coyotes cada año usando estos medios; de 1915 a 1947 casi dos millones de ejemplares fueron exterminados. Claramente, a pesar de todos sus éxitos, el coyote no lo ha tenido nada fácil. No ha sido temido como lo era el lobo, pero ha sido odiado, despreciado y perseguido sin descanso por el hombre blanco quizá más que ningún otro animal.1

El coyote es la alimaña por antonomasia. A diferencia de su otro pariente, el servil perro doméstico, él mantiene una distancia prudencial con el hombre y, por si esto fuera poco, ataca a las gallinas del granjero o a los corderos del pastor. Por supuesto, sólo en un mundo domesticado podría verse reducido de este modo al estatus de merodeador; en la economía amoral de la naturaleza simplemente es un depredador, que debe vivir, al menos en parte, cazando para obtener la carne de que se alimenta en lugar de llevar una dieta más inocente basada en comer hierba. Sin embargo, con la llegada de la economía agrícola al Nuevo Mundo, inevitablemente se convirtió en un paria y en un esquivo desafío para la controladora e industriosa mano del hombre. Aún más que eso, acabó siendo visto como un trasgresor moral, un pecador, una especie de “plaga” que debía ser erradicada, por cualquier medio disponible. Puede que sea verdad, tal como creía J. Frank Dobie, que “la simpatía por los animales salvajes, simpatía que es tanto intelectual como emocional, no ha sido un elemento especialmente intenso en el modo de vida estadounidense tradicional”. Sin embargo, hemos hecho distinciones en nuestras reacciones nacionales frente a la vida salvaje, hemos elegido unos favoritos y también hemos seleccionado unos enemigos. Aquí, como sucede con otros temas, la mentalidad angloamericana ha exhibido un moralismo peculiarmente intenso que, en este caso, asigna a cada especie una categoría ética absoluta: buena o mala. Unos pocos animales salvajes, los pájaros canores principalmente, han sido declarados buenos; todos los demás sólo sirven para practicar el tiro al blanco. Y “alimaña” ha sido el peor de todos los epítetos en el léxico moral estadounidense, una etiqueta reservada para aquellas especies que habitaban las profundidades de la depravación moral. Básicamente alimañas son los animales con dientes y garras: los carnívoros, incluidos los lobos, los pumas, los osos y, al final de la fila, los coyotes. Desde la época en que los puritanos de Nueva Inglaterra pusieron precio a sus cabezas por primera vez, los carnívoros han sido vistos la mayoría de las veces como enemigos implacables y diabólicos que no merecían otra cosa que el exterminio total. De ahí leyes tales como aquella de Vermont que consideraba un crimen equiparable a la violación o el robo el hecho de obstaculizar el trampeo de lobos. De ahí esta condenatoria descripción del acorralamiento y muerte a tiros de un puma al borde del Gran Cañón hecha por Theodore Roosevelt: “El gran gato asesino de caballos, el destructor de ciervos, el señor del crimen sigiloso se enfrentaba a su condena con un corazón tan cobarde como cruel”. Como último representante de estos “forajidos”, el coyote ha sido el objeto del fervor moralista concentrado de los Estados Unidos y su tenaz supervivencia representa un escandaloso desafío para el justo imperio del hombre sobre la naturaleza.2

Sin embargo, en el siglo XX, el coyote, junto con otras alimañas y depredadores, ha llegado a ser visto por muchos estadounidenses bajo una óptica radicalmente diferente. Algunos lo han visto, no como un fuera de la ley sino como un miembro útil de la comunidad biológica; de hecho, su bienestar individual ha llegado a ser identificado con el bienestar del orden ecológico en su conjunto. La ausencia de depredadores significa una economía natural malamente desequilibrada; un mundo sin coyotes, sin lobos o sin pumas, se ha afirmado, es un mundo con problemas. Visto desde esta perspectiva, la presencia de una alimaña es la reafirmación no sólo de la supervivencia de la naturaleza salvaje, sino de la salud medioambiental en general. Y una sociedad que insiste en el exterminio total de los depredadores y otras especies indeseadas, y pone sus propias invenciones en su lugar, tiene más confianza en sí misma -quizá más autoindulgencia- de la que puede justificar.

En otras palabras, esta nueva defensa de la alimaña, tiene una índole ecológica. Se halla en el mismo centro del desplazamiento que ha ocurrido en el pensamiento medioambiental del siglo XX hacia una conciencia popular ecológica más amplia. Al igual que la idea de la comunidad climácica, que se ganó la atención pública más o menos a la vez -durante los años 30- la defensa del depredador fue dirigida por un grupo de ecólogos profesionales. Sin embargo, estaban ansiosos por enseñar al público tanto unos valores éticos como los principios de su ciencia por igual. La historia del cambio en la reputación de la alimaña es por tanto la historia del movimiento en la conservación estadounidense hacia un punto de vista ecológico: una actitud fundamentada no sólo en la ciencia sino en una filosofía moral de interdependencia y tolerancia.

Mucho se ha escrito acerca de cómo el auge del movimiento para la conservación en los Estados Unidos puso fin a una era de despilfarro, avaricia y sobreexplotación en la frontera[p]; de cómo salvó los bosques y la vida silvestre para las generaciones venideras. La conservación ha sido a menudo aclamada como una de las mayores contribuciones hechas por los Estados Unidos a los movimientos de reforma de todo el mundo, en referencia a que sus ideas acabaron siendo exportadas a Gran Bretaña y otras naciones. Todo esto es cierto; en cierto sentido. Lo que generalmente queda fuera de esta interpretación es que, durante varias décadas, una característica principal de la cruzada para la conservación de los recursos fue una campaña deliberada para destruir animales salvajes -una de las empresas más eficaces, mejor organizadas y mejor financiadas de la historia de la humanidad. Esta destrucción no fue para nada accidental; fue una política claramente declarada por ciertos conservacionistas destacados y una meta central de los programas de gobierno que éstos establecieron y dirigieron. Fue esta política la que acabó con el lobo en los primeros años del siglo y es este mismo ideal de la conservación el que ha promovido, y sigue promoviendo, la guerra contra el coyote.

Cuando la conservación llegó a alcanzar prominencia nacional y fijó sus propósitos en la mentalidad del público, fue una de las principales expresiones del movimiento político progresista[q]. El progresismo fue principalmente una campaña reformista para limpiar la política, regular los negocios de las grandes corporaciones y purificar la moral de la nación. Sin embargo otra importante meta de su programa era una gestión más eficaz de los recursos naturales en el dominio público. Uno de los principales portavoces de este intento fue  Theodore Roosevelt, presidente de los Estados Unidos  desde 1901 a 1909. De su administración -y de manera más amplia, a partir de la ideología progresista- emergió también un programa oficial para erradicar las alimañas y proteger a Estados Unidos de sus depredaciones. En cierto modo, no había mucho de nuevo en esta conservación progresista; se seguía valorando la naturaleza principalmente como una mercancía cuyo fin era ser usada para el éxito económico del hombre. Sin embargo, se ofrecían unos medios inmensamente más eficaces para poner en práctica las viejas actitudes. Por primera vez, los recursos del gobierno federal se aplicaron en contra de los depredadores. En lugar de depender del hombre de la frontera cazador de alimañas, el mismo gobierno se dedicó a eliminar al depredador de una vez por todas.3

La agencia a la que se encomendó llevar a cabo esta misión fue la Oficina para el Estudio Biológico[r] [OEB] del Departamento de Agricultura. Fundada en 1905, la OEB tenía una serie de predecesoras que se remontaba hasta la década de los 80 del siglo XIX, incluyendo la antigua División de Entomología y la División de Ornitología y Mastozoología Económicas. A lo largo de todo este proceso de muda burocrática, el elemento que se mantuvo constante fue el hombre que ejerció como director en todas las agencias: C. Hart Merriam, creador del concepto de “zona vital”[s] y una autoridad en los hábitos de alimentación de las aves y en cómo éstos suponían una amenaza para los cultivos. Durante muchos años del mandato de Merriam el trabajo de las agencias consistió en poco más que recopilar una asombrosa colección de 25.000 estómagos de aves; su verdadera ambición, sin embargo, era más puramente científica. Antes de que dimitiera consiguió que se quitase la palabra “económicas” del nombre de su agencia e hizo que ésta fuese un organismo más desinteresado, preocupado principalmente por la distribución geográfica de la fauna salvaje. No obstante, la OEB, al igual que su homóloga la Oficina para el Estudio Geológico[t] de los Estados Unidos, nunca abandonó demasiado sus inclinaciones prácticas. En 1901, por ejemplo, Merriam pasó del problema de controlar las plagas de aves al de la abundancia de mamíferos, en concreto de los perrillos de las praderas[u]. El remedio, aseguraba, era usar grano envenenado. Los ganaderos llevaban usando desde hacía mucho tiempo diversos venenos para matar lobos, pero Merriam parece haber sido el primer funcionario federal en recomendar públicamente el envenenamiento de un animal. Tras la marcha de Merriam, la OEB comenzó a concentrar sus energías aún más en aspectos de la ciencia que tienen un valor económico obvio. La presión del Congreso para que produjese resultados -esa familiar némesis de la ciencia patrocinada por el gobierno- ayudó a empujar a la agencia hacia una preocupación más activa por el bienestar de la nación, sobre todo por la situación económica de los granjeros. Para entonces, la agricultura era ya algo muy diferente del mundo del simple granjero rural que labraba la tierra para alimentar a su familia. Era un gran negocio, que servía a enormes mercados internacionales y alguna gente del gobierno sospechaba que se estaba perdiendo una parte considerable de los beneficios anuales por culpa de los animales salvajes. En consecuencia, en 1906 la OEB comenzó a funcionar como un centro de información para los sistemas de recompensas estatales[v]. Intensificó su trabajo contra los daños ocasionados por insectos en los cultivos. Y empezó a publicar panfletos sobre los hábitos de los depredadores, sugiriendo los mejores tipos de cebos olorosos y venenos que se podían usar contra cada especie. En 1907 la Oficina supervisó el sacrificio de 1.800 lobos y 23.000 coyotes en los Bosques Nacionales[w], una política que pronto se extendió también a los Parques Nacionales.4

Entonces, en 1915 la OEB empezó a involucrarse aún más directamente en lo que Jenks Cameron llama “la guerra supresiva” contra los tipos indeseables. El sistema de recompensas, tras casi tres siglos de intentos, había demostrado no ser lo suficientemente eficaz a la hora de limpiar la tierra de plagas y alimañas; lo que se necesitaba, decidieron los agentes de la OEB, era una campaña sin tregua llevada a cabo por unas fuerzas especialmente preparadas constituidas por cazadores, tramperos y envenenadores del gobierno. El congreso ese año destinó 125.000 dólares para que este ejército profesional llevase a cabo el exterminio de lobos en tierras tanto privadas como públicas: fue el principio del fin para varias especies. En 1931, tres cuartos del presupuesto de la Oficina iba destinado al programa de control de depredadores. A principios de los años 40, se gastaban casi 3 millones de dólares al año para erradicar depredadores y roedores; en 1971, el programa cooperativo combinado federal-estatal de exterminio, dirigido por la recientemente rebautizada División de Servicios de Fauna Salvaje[x] de la Oficina de Pesca Deportiva y Fauna Salvaje[y] del Departamento de Interior, tenía asignados 8 millones de dólares. Los nombres cambiaban cada pocos años, tal como acostumbra a suceder en las burocracias gubernamentales. Los presupuestos crecían constantemente. Y muchos depredadores fueron inexorablemente empujados al abismo de la extinción.5

Este curso de los acontecimientos se produjo en parte debido a que las presiones que sufrió el gobierno por parte de las poderosas asociaciones de ganaderos, sobre todo de las de los ovejeros del oeste, muchos de los cuales reaccionaban con un odio casi metafísico frente a lobos y coyotes. Sus ovejas eran animales trágicamente vulnerables, difíciles de criar y de proteger de mil y un posibles contratiempos; sin embargo, la subsistencia de sus familias dependía enteramente de la seguridad de esas reses lanudas. La gran escala de muchas explotaciones ganaderas empeoraba aún más su situación, ya que excedía enormemente la capacidad de los pastores para supervisar y cuidar de todas las ovejas. En lugar de encerrar sus rebaños en rediles seguros, siguiendo la antigua tradición de los buenos pastores, los rancheros del oeste, que vivían en una tierra escasamente cubierta de vegetación, comenzaron a dejarlos sueltos en las tierras públicas. Después los ganaderos le pidieron al gobierno que limpiase la tierra de peligros potenciales. Querían -necesitaban, según su punto de vista- ver el Oeste convertido en un orden ecológico artificial, libre para siempre de depredadores: un pastizal idílico para miles de rebaños balantes. Este deseo se tradujo con precisión en las políticas llevadas a cabo por el programa federal de depredadores. De hecho, el Oeste se convirtió en poco tiempo en una zona segura para las ovejas y rentable para los ovejeros, al menos hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la caída de los mercados -que no los coyotes- redujo el número de ovejas criadas en Estados Unidos a casi la mitad del total existente en 1910. Los informes de pérdidas, que según las estadísticas llegaban a los 20 millones de dólares al año, hicieron que pareciese que lo mejor para el interés de la economía nacional era apoyar la industria ovejera con un ejército de tramperos. A principios de los 60, sin embargo, resultaba imposible demostrar que las pérdidas eran lo suficientemente grandes como para justificar un control de depredadores continuado: en 1962, por ejemplo, el valor de las ovejas perdidas en las tierras de los Bosques Nacionales de California fue de 3.500 dólares, mientras que el programa de control en esas mismas tierras costó más de 90.000 dólares. Tras medio siglo de ser protegidos, los ganaderos se encontraban de repente a la defensiva, obligados a aceptar el fin de los envenenamientos en las tierras públicas. Mientras tanto, de todos modos, se habían librado de varios millones de alimañas en sus zonas de pastos.6

Sin embargo, la guerra si tregua para exterminar a los depredadores fue más que el resultado de las necesidades económicas y la presión política de los grupos de ganaderos. La fuerza más importante en juego fue la actitud hacia la tierra y la fauna salvaje que defendían los líderes de la conservación progresista. Estos hombres estaban motivados por un poderoso y altamente moralista sentido de que tenían la misión de limpiar el mundo a su alrededor, y esa ambición afectaba tanto al medio natural como a la corrupción económica y política. Sin su ejemplo de celo moral, la OEB podría haber seguido simplemente recolectando estómagos y haciendo mapas de las zonas vitales. En lugar de esto, durante los años del mandato de Theodore Roosevelt, la Oficina comenzó a hacerse eco de su filosofía reformista agresiva. Quizá la retórica progresista criticando “el capitalismo depredador” ayudó a que los agentes de la Oficina apoyasen una guerra contra los animales depredadores en el Oeste, e incluso que tratasen de vender de forma agresiva la idea a muchos habitantes reticentes del Oeste. La naturaleza, como la sociedad, se afirmaba, alberga explotadores y criminales despiadados que deben ser barridos de la faz de la tierra. Comenzaron a aparecer panfletos, como “Destruction of Wolves and Coyotes”[z] de Vernon Bailey en 1908, que hacían hincapié en las pérdidas económicas causadas por estos animales y los describían como monstruos diabólicos y cobardes; las fotografías los mostraban con las patas extendidas, las cabezas bajas y los ojos resplandecientes de astucia cruel. Esta cruzada por parte de los líderes de la conservación en el gobierno no pretendía meramente apoyar a una poderosa industria ganadera. Mucho más importante era su deseo de establecer una filosofía de la gestión de la fauna salvaje en la cual la utilidad y la moralidad fuesen metas estrechamente ligadas. Según ambas perspectivas, el depredador por tanto era persona non grata. El plan, explica Jenks Cameron, era “primero, la represión de la fauna salvaje indeseable y perjudicial; segundo, la protección y fomento de la fauna salvaje en sus formas deseables y beneficiosas”. Estos conservacionistas estaban dedicados a reorganizar la economía natural de modo que cumpliese su propia visión ideal de lo que la naturaleza debería ser.7

El principal arquitecto de la ideología conservacionista progresista fue Gifford Pinchot, un individuo oriundo de Pennsylvania que trabajó como Ingeniero Forestal Jefe durante el mandato de Roosevelt y que en 1905 organizó el Servicio Forestal de los Estados Unidos. En su autobiografía, Breaking New Ground, Pinchot define la conservación como “la política material fundamental de la civilización humana” y también como “el desarrollo y uso de la tierra y todos sus recursos para mantener el bienestar de los hombres”. De qué modo la nación lograría una prosperidad completa y duradera fue el problema que dominó toda su carrera pública. No hubo hombre en Washington que fuese menos egoísta que él ni estuviese más dedicado a mejorar el bienestar de la nación, tanto moral como económicamente. Tampoco caben dudas acerca de su sesgo utilitario respecto a la naturaleza. La prosperidad, aseguraba Pinchot, nunca podrá garantizarse en una sociedad que despilfarre su riqueza natural al estilo tradicional de la frontera de llegar, esquilmar y largarse. Por el contrario, se requería un plan a largo plazo, una gestión cuidadosa que se basase en una explotación totalmente racional y eficiente de los recursos. Las metas de dicha gestión no serían las ganancias privadas ni una aún mayor concentración de la riqueza, sino el máximo beneficio económico para todos los ciudadanos. En 1897 la Comisión Forestal Nacional[aa], de la que Pinchot era miembro, llegó a la conclusión en un informe de que las zonas extensas de tierras públicas que quedaban en Estados Unidos, todas ellas en el Oeste, no deberían ser protegidas completamente de futuras ocupaciones o usos. “Debe hacerse que jueguen su papel en la economía de la Nación. A menos que se haga que las tierras protegidas de dominio público contribuyan al bienestar y la prosperidad del país, éstas deberían abrirse a la colonización y todo el sistema de tierras protegidas debería ser abandonado”. Pinchot estaba de acuerdo con todo esto, pero sobre todo con el énfasis en la prioridad de la “economía de la Nación”. Proteger la economía de la nación, no la de la naturaleza, era el tema central de su filosofía de la conservación. Dio forma al Servicio Forestal y lo dirigió siempre teniendo presente esa meta, dirigiendo un cuerpo de hombres jóvenes que combinaban el sentido pragmático de los negocios con un ferviente compromiso para con su causa patriótica.8

A Pinchot le gustaba referirse a la conservación forestal como “cultivo de árboles”.[bb] En vez de simplemente extraer madera de los bosques, sus cuerpos de agentes forestales replantarían las tierras taladas, igual que un granjero replanta sus cultivos cada año. “La silvicultura es manejar los árboles para que den una cosecha tras otra”, explicaba.

El propósito de la Silvicultura, por tanto, es hacer que el bosque produzca la mayor cantidad posible de cualquiera de las cosechas o servicios que sean más útiles, y que siga produciéndola generación tras generación, tanto de hombres como de árboles … una granja bien administrada se va haciendo cada vez más productiva a medida que pasan los años. Lo mismo sucede con un bosque bien administrado.

Igual que Francis Bacon o que Lester Ward[cc], Pinchot creía que el mundo necesitaba imperiosamente ser gestionado, y estaba convencido de que la ciencia podía enseñar al hombre a mejorar la naturaleza, a hacer que sus procesos fuesen más eficientes y que sus cosechas fuesen más abundantes. No iría tan lejos como los alemanes en lo referente al cultivo intensivo, ni a establecer, como ellos hicieron, cultivos de árboles cuya ordenada planificación recordaba a las fábricas -no había suficiente mano de obra en Estados Unidos como para gestionar la naturaleza tan intensamente sobre una extensión de terreno tan vasta. Sin embargo, insistiría en que en el futuro todos los recursos naturales renovables, sobre todo los bosques y la fauna salvaje, fuesen vistos como cultivos que deberían ser plantados, cultivados y cosechados por expertos cualificados. Y como todo buen granjero estadounidense, podía ver valor en la tierra principalmente allá donde se la podía hacer producir ganancias.9

Tras la filosofía de la conservación de Pinchot, hay toda una tradición que se remonta al siglo XVIII: la agricultura progresista y científica. Desde la época de “Nabo” Townshend[dd] y Arthur Young[ee], quien enseñó a Inglaterra cómo hacer que creciesen dos hojas de hierba donde antes sólo crecía una, la agricultura progresista siempre había promovido algún tipo de conservación. Sus portavoces llevaban siendo una fuerza a favor de la gestión del agua y de los bosques desde hacía mucho tiempo. Habían mostrado a las generaciones previas la amenaza de la erosión del suelo, desarrollado el cultivo de contorno e inventado los fertilizantes químicos para hacer más productiva la tierra. En Estados Unidos habían establecido una serie de colegios universitarios agrarios en los que se enseñaba a los estudiantes el evangelio del uso inteligente de la tierra[ff]. Por tanto, cuando Pinchot anunciaba que estaba “innovando” en el campo de la conservación, estaba pasando por alto dos siglos de trabajos pioneros. Más en concreto, su propia contribución traería la tradición de la agricultura progresista a la gestión de las tierras públicas, sobre todo de los bosques. Como sus predecesores, hizo que la mejora de la “eficiencia” y de la “productividad” fuesen los valores que controlasen la conservación. Estas palabras, de hecho, se convirtieron en símbolos sagrados para él, imbuidos de una magia poderosa que podía transformar tocones de árboles en modelos de belleza y virtud. Así como el granjero progresista disfrutaba al ver las hileras de surcos de los campos arados en contorno y las vallas extendiéndose con paso firme hasta más allá del horizonte, a Pinchot le gustaba ver sus árboles bien cuidados, con sus copas desarrollándose adecuadamente y con sus competidores eliminados. Por tanto, no es extraño que el Servicio Forestal encontrase su hogar definitivo en el Departamento de Agricultura, el cual estaba dominado por expertos en agronomía y en productividad. Esencialmente, el objetivo de la conservación progresista era aplicar las técnicas de la agricultura progresista a toda la tierra de los Estados Unidos que cayese dentro del dominio administrativo del gobierno federal.

En la historia de la agricultura progresista, las criaturas salvajes nunca fueron tenidas muy en cuenta. No se ajustaban a los propósitos productivos del granjero y por tanto eran vistas como inútiles, cuando no como una amenaza. Sin embargo, hubo al menos unos pocos agricultores que habían señalado el papel beneficioso que las aves jugaban a la hora de controlar el daño causado por los insectos, e incluso hubo algunos que habían defendido una economía agraria más ecológicamente sensible. En Estados Unidos, por ejemplo, estaba John Lorain, que en 1825 publicó su Nature and Reason Harmonized in the Practice of Husbandry. En concreto, Lorain criticaba a los granjeros por destruir el modo en que la naturaleza creaba la fertilidad del suelo mediante la acumulación de humus y el trabajo de los “animálculos” o descomponedores bacterianos. El ensayo de 1860 de Henry Thoreau sobre “La sucesión de los árboles del bosque”[gg] fue una contribución, tanto a la ecología como a la agricultura científica. Y, luego, en 1864 George Perkins Marsh, un hombre del campo de Vermont que llegó a ser embajador estadounidense en Italia, escribió su Man and Nature, la obra más extensa acerca de la gestión de la tierra escrita hasta entonces en el mundo angloparlante. Marsh hablaba basándose tanto en sus propias experiencias y minuciosas observaciones de la agricultura de Nueva Inglaterra como en sus amplias lecturas de las obras de los naturalistas, geógrafos, ingenieros forestales e hidrólogos europeos. “La ecuación de la vida animal y vegetal”, advertía, “es un problema demasiado complicado como para que la inteligencia humana pueda resolverlo, y no podremos llegar a saber nunca cuán amplio será el círculo de perturbación que producimos en las armonías de la naturaleza cuando lanzamos  incluso el más pequeño guijarro al océano de la vida orgánica”. En lo que concierne a la fauna salvaje, aconsejaba al granjero errar por exceso de cautela en lugar de arriesgarse a erradicar especies que, después de todo, podría resultar que eran una bendición.

Sin embargo la perspectiva de Marsh respecto al uso de la tierra difería de la que tomaría Gifford Pinchot pocas décadas después. De hecho, el programa de conservación que surgió bajo el mandato de Pinchot a principios del siglo XX prestaba poca atención a las complicaciones ecológicas. Era esencialmente un programa encaminado a maximizar la productividad de los principales recursos en los que el hombre tenía un interés claro, directo e inmediato. Si se quería un suministro abundante y duradero de árboles, eso, y no la preservación de la matriz biológicamente mucho más compleja en la cual los árboles crecían, se convertía en la única meta del ingeniero forestal. Esta estrategia, todo sea dicho, había sido desde siempre la tendencia principal de la agricultura científica y fue heredada fácilmente por la forma de pensar de sus descendientes: la conservación.10

El propio Pinchot parece haber mostrado poco interés por la fauna salvaje, salvo como cazador al que le gustaba hacerse con un trofeo de vez en cuando cazando junto a su jefe, Theodore Roosevelt. Sin embargo otros conservacionistas encontraron en el programa de cultivo de árboles de Pinchot una inspiración para hacer lo mismo con las aves, los peces y los mamíferos; querían crear la profesión de “gestor cinegético”. Fue este grupo el que puso en marcha la OEB y docenas de nuevos programas estatales para la gestión de la fauna a principios de siglo. Al igual que los bosques primigenios, las especies de animales salvajes cazables habían sido completamente exterminadas en muchas zonas del país en la década de los 80 del siglo XIX. La esperanza de los conservacionistas era recuperar estas especies hasta lograr una producción sostenida de modo que pudiesen jugar un papel, si no en la economía de la nación, al menos en su entretenimiento. Con los ciervos, en concreto, centraron sus visiones en una abundancia futura. Con una gestión juiciosa, este animal podría sobrevivir al impacto de la civilización mejor que cualquier otro y suministrar así al cazador una muestra de los desafíos de la vida en la frontera. Era “caza mayor” en un mundo que por lo demás estaba empequeñecido. En consecuencia, la conservación cinegética llegó a significar un intento intensivo de aumentar la cabaña de ciervos a lo largo y ancho del país exigiendo licencias a los cazadores, limitando las capturas, estableciendo temporadas de caza más restringidas, mejorando los hábitats y suministrando “refugios” y “reservas de caza” en los que una población que sirviese como fuente pudiese ser mantenida en buenas condiciones. Y tenía que significar, de un modo más enfático, destruir a los depredadores, que después de todo eran los rivales del hombre a la hora de disfrutar de la experiencia de matar y de la carne. Los depredadores “malgastaban” un recurso que podría producir beneficios. Y sus crímenes contra el ganado les convertían en hechos inaceptables para una sociedad orientada a la producción de ganancias. En resumen, no había nada en ellos que mereciese ser conservado.11

La gestión cinegética en las tierras públicas comenzó en serio durante la administración de Roosevelt. Para empezar, en 1905, ciertas partes de unos pocos Bosques Nacionales fueron declaradas refugios y los depredadores fueron eliminados lo más rápidamente posible. Esta política de gestión pronto empezó a dar resultado. En la meseta del norte de Arizona, por ejemplo, en la zona del Bosque Kaibab declarada Reserva Nacional de Caza del Gran Cañón, sólo había 4.000 ejemplares de ciervo en 1906. Dieciocho años más tarde su número había crecido hasta cerca de 100.000. Aparecía como una magnífica curva en los estudios de producción, un impactante triunfo de la conservación cinegética progresista. Sin embargo, de repente, al año siguiente, miles de ciervos murieron a causa de la desnutrición; la explosión poblacional había llevado a que los ciervos paciesen y ramoneasen en exceso los árboles (comiéndose las ramitas y las hojas de las ramas hasta la altura que podían alcanzar). Según Irvin Rasmunssen, “la zona había sido tan severamente dañada que incluso 20.000 era una población excesiva”. El sesenta por ciento de la población total desapareció durante los inviernos de 1924-1925 y 1925-1926; para 1939 la población de ciervos de Kaibab había descendido a sólo 10.000 animales a causa de la inanición y la caza. Desde entonces, el episodio de Arizona se convirtió en la cause célèbre de la gestión cinegética en Estados Unidos. Ha sido presentado durante medio siglo como el clásico ejemplo de la mala gestión de los recursos que supone administrarlos al estilo empresarial, y de la ignorancia ecológica de los conservacionistas centrados en la producción. Sin embargo, en 1906 nada de esto fue previsto por parte de los especialistas en caza. Incluso en una fecha tan tardía como 1918, cuando el daño causado a los hábitats por el exceso de ciervos empezó a ser reconocido por algunos ingenieros forestales, no se tomó ninguna medida oficial para modificar la política del cultivo de un solo recurso en el paisaje.12

Los ciervos son una especie que encaja demasiado bien en el modelo de la naturaleza del siglo XVIII. A diferencia de algunas criaturas, parecen no tener capacidad alguna de controlar su propia proliferación y por lo general requieren algún tipo de fuerzas externas que mantengan su número en equilibrio con el hábitat. Quizá en la explosión de Kaibab actuaron muchos factores, pero indudablemente la ausencia de un control por parte de los depredadores fue el más importante. Entre 1906 y 1923 los cazadores del gobierno patrullaron la zona, matando todos los depredadores que encontraban y, como de costumbre, hicieron su trabajo con mortal meticulosidad. Durante el periodo de 1916 a 1931, capturaron en trampas o abatieron a tiros 781 leones de montaña, 30 lobos, 4.889 coyotes y 554 linces. En una fecha tan tardía como 1939 aún seguían con su misión, a pesar del desastre ecológico que anteriormente habían ocasionado. Una vez instituido, se argumentaba, un programa de gestión no se podía interrumpir de forma abrupta; en su estado de debilidad, los ciervos necesitaban más que nunca protección frente a sus enemigos. Por otro lado, para entonces ya se entendía ampliamente que la tierra no podía mantener una abundancia ilimitada de recursos de fauna salvaje “deseable”. Todos coincidían ya en que los ciervos tenían que ser mantenidos dentro de la capacidad de carga del entorno. Pero ésta era una labor que los cazadores humanos podían llevar a cabo tan bien como los desaparecidos depredadores, y estaban de lo más dispuestos a asumirla. Por tanto un nuevo orden ecológico obra del ser humano vio la luz, tanto en la meseta de Kaibab como en el resto de los Estados Unidos -un orden ecológico diseñado y creado por los gestores de la fauna y que requería su perpetua supervisión.13

Durante este periodo temprano de la gestión de la fauna salvaje, el Departamento de Agricultura no contó con nada comparable al liderazgo de la ingeniería forestal de Gifford Pinchot. El episodio de Kaibab fue más el producto de un difuso conjunto de asunciones que de las ideas de un líder destacado. Sin embargo, en 1933 apareció un libro que pronto sería la biblia de la profesión de la gestión de la fauna: Game Management [hh] de Aldo Leopold. La obra de Leopold fue al mismo tiempo la base de este campo científico emergente y la culminación de toda la filosofía medioambiental progresista. Leopold había estudiado en la Facultad Forestal de Yale, creada con dinero de la familia de Pinchot en 1900 y desde entonces reconocida como el principal centro académico de la visión productiva de la naturaleza. Tras un periodo de trabajo en Nuevo México y Arizona, promoviendo más la gestión cinegética que la ingeniería forestal, Leopold se mudó en 1924 a Madison, Wisconsin, para trabajar como director asociado del Laboratorio de Productos Forestales de los Estados Unidos. De nuevo, su interés en por la fauna salvaje resultó ser más fuerte que su compromiso con el Servicio Forestal y en 1928, con ayuda financiera del Instituto de Fabricantes de Armas y Munición Deportiva, empezó a estudiar el estado de los animales cinegéticos en la zona norte del Medio Oeste. En 1933 asumió la nueva cátedra de gestión cinegética de la Universidad de Wisconsin –impartiendo sus cursos en el Departamento de Economía Agrícola, como era de esperar.

Al igual que los ingenieros forestales, Leopold creía en extender los principios de la agricultura científica a una gestión más amplia de la naturaleza. “La conservación eficaz”, decía, “requiere además de sentimientos y leyes públicos, una manipulación deliberada y decidida del entorno –la misma manipulación que se lleva a cabo en la ingeniería forestal”. Consideraba que especies tan apreciadas como los ciervos o las codornices[ii] eran “cultivos” de la naturaleza que deberían ser cuidados y cosechados. Esta perspectiva agronómica fue la esencia de su programa de conservación en 1933, al igual que lo había sido para Pinchot tres décadas antes.14

En Game Management, Leopold articulaba más en profundidad esta idea de la naturaleza como “recursos” -un mundo que debía ser reorganizado y gestionado para satisfacer las demandas sociales. El propósito de la gestión, explicaba, es alterar el entorno “para obtener una mayor productividad”, que en este caso sería “la tasa a la cual una población madura reproductiva produce más ganado o cultivos maduros cosechables”. “Al igual que todas las demás artes agrícolas”, continuaba diciendo, “la gestión cinegética produce una cosecha controlando los factores medioambientales que frenan el incremento natural, o productividad, de los ejemplares reproductores”. Buena parte de ese libro, por consiguiente, estaba dedicada a identificar con precisión matemática esos factores limitantes.

Los científicos ven que, para poder manipular económicamente los factores de la productividad, deben  primero descubrirlos y entenderlos; que la labor de la ciencia no sólo consiste en proporcionar datos biológicos, sino también en desarrollar una nueva técnica basada en ellos.

Para el experto en fauna salvaje, la ciencia era una herramienta para extraer mayores cosechas del campo. Leopold, todo sea dicho, no sólo calculaba el valor de los animales de caza en dólares y centavos; para él también representaban un pasado primitivo y pionero en el cual esperaba que el ciudadano medio, a través de la caza, pudiese seguir creyendo. Por esta razón insistía en que la mano de la gestión debía tocar el orden natural con suavidad -no hacerlo pedazos y después volverlos a juntar en un orden demasiado obviamente artificial, sino dirigir sutilmente sus fuerzas para mantener las presas vivaces, alerta y evasivas. Sin embargo, a pesar de sus intentos de lograr naturalismo a la hora de manipular la tierra y de su ideal de un estilo de gestión rústico y de baja intensidad, Leopold no se apartó demasiado del transitado sendero agronómico. Al igual que para cualquier granjero moderno de Wisconsin, su ambición en Game Management era hacer que la tierra fuese más productiva. Por consiguiente, su libro subrayaba el enfoque económico de la naturaleza.15

Al parecer, la experiencia de la reserva de Kaibab no hizo tambalearse la confianza de Leopold en que la postura medioambiental progresista era básicamente correcta. Siguió con la campaña en contra de los depredadores, y siguió promoviendo el control de sus efectivos como uno de los métodos más eficaces de la gestión cinegética. Sin embargo, había suavizado considerablemente su, en otro tiempo feroz, resentimiento hacia la presencia de carnívoros en la naturaleza. En 1920, por ejemplo, había prometido perseverar hasta que “el último lobo o león de montaña de Nuevo México” estuviese muerto. Cinco años después había empezado a expresarse en un tono ligeramente diferente; al menos había empezado a cuestionarse si una política de exterminio total era realmente sensata, desde un punto de vista ecológico en vez de económico. Sin embargo, su respuesta a esa duda se demoró mucho; pasarían diez años más antes de que ésta creciese lo suficiente como para hacer añicos los cimientos de sus presunciones profesionales. En cierto sentido, por tanto, Game Management fue un anacronismo, tanto para Leopold personalmente como aún más para algunos otros conservacionistas. Unas pocas personas, más influenciadas que Leopold por el fracaso de Kaibab, iban ya por delante de él de en lo que respecta a preguntarse si no podría ser bueno a veces tener depredadores por los alrededores. Empezaron a preguntarse si la productividad y la eficacia eran los únicos valores importantes en la relación del hombre con la naturaleza, y a cuestionarse el sesgo agrícola de “cultivos y cosechas” en la conservación y su inquebrantable perspectiva centrada en el hombre. Comenzaron a preocuparse -al igual que Leopold a veces- por las consecuencias ecológicas de la gestión progresista. Y se fueron desplazando hacia un conjunto diferente de valores morales en lo referente a la naturaleza.

En su mayor parte la mentalidad agronómica se mantuvo firme y la guerra contra el coyote y otras alimañas continuó sin restricciones. Pero a mediados de la tercera década del siglo XX, una postura ecológica respecto a la fauna salvaje comenzó a surgir en los Estados Unidos. Leopold fue bastante lento a la hora de sumarse a esta nueva actitud; pero cuando lo hizo, mostró una elocuencia y credibilidad que rápidamente le convirtieron en uno de los líderes de la nueva corriente ecológica. Mientras que muchos estudiantes seguían aún absorbiendo las lecciones de Pinchot a través de Game Management, el propio Leopold estaba ya atacando la mayoría de lo que la vieja escuela de la conservación había sostenido. Para comprender completamente la conversión de Leopold y el movimiento más amplio que representaba, es necesario examinar las señales tempranas de disidencia, seguir esas grietas en el muro a medida que se extendían a través de los valores medioambientales establecidos.16

Indudablemente había mucha gente corriente que nunca estuvo de acuerdo con la ideología de la conservación y su política de exterminar a los depredadores. Y hubo disidentes elocuentes y muy visibles como John Muir, fundador del Sierra Club, quien hasta el final de su vida, en 1914, se opuso a la filosofía de Pinchot con feroz y tajante pasión. Sin embargo, la primera crítica destacable a la OEB y a los especialistas en caza en relación al asunto concreto de las alimañas llegó con la reunión anual de la Sociedad Estadounidense de Mastozoólogos de Filadelfia, en 1923. Varios científicos, incluido Joseph Grinnell de la Universidad de California, estaban alarmados por la desaparición de los mamíferos depredadores en Estados Unidos y por los métodos empleados para su eliminación. La Oficina, señalaron, estaba volcada en una “guerra tóxica moderna” sin realizar apenas estudios acerca de sus consecuencias medioambientales. Posiblemente la repulsión generalizada hacia el uso de gases venenosos en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial influyó en esta crítica. Sin embargo, la reacción de muchos mastozoólogos contra el envenenamiento no se diluyó junto con sus recuerdos de la Gran Guerra. En la reunión de 1923 y durante más de un cuarto de siglo después, la Sociedad escucharía en sus conferencias anuales informes de los críticos de la erradicación de los depredadores, junto con defensas de la misma por parte de sus apologetas en el gobierno y la industria ganadera.17

En abril de 1924, por ejemplo, Charles C. Adams, uno de los principales ecólogos de la fauna del país, habló sobre “La Conservación de los Mamíferos Depredadores” en la reunión anual de la Sociedad. En 1925 el Journal of Mammalogy empezó a  publicar artículos a favor y en contra del programa de depredadores de la Oficina. En 1930 la Sociedad organizó un “Simposio acerca del Control de Animales Depredadores” para su reunión de mayo en el Museo de Historia Natural de la ciudad de Nueva York. Entre los conferenciantes estaban W. C. Henderson, jefe asociado de la OEB y E. A. Goldman, experto biólogo de la Oficina, así como C. C. Adams, representando al Museo del Estado de Nueva York en Albany, E. Raymond Hall y Joseph Dixon de la Universidad de California y A. Brazier Howell de Johns Hopkins -todos ellos críticos con la política de exterminio del gobierno. Durante los años treinta la Comisión para el Problema del Control de Mamíferos Depredadores creada por la Sociedad envió científicos junto con agentes de la Oficina al campo para llevar a cabo investigaciones conjuntas sobre los cazadores y tramperos del gobierno e informar de los efectos dañinos del envenenamiento, tanto para las especies objeto de control como para las demás. Y en una fecha tan tardía como 1950, cuando la Sociedad de Mastozoólogos se reunió en el Parque Nacional de Yellowstone, aún andaban votando y aprobando resoluciones críticas con las políticas de Washington sobre los depredadores. “Nuestras tecnologías de destrucción son adecuadas, lo que necesitamos son técnicas para poder vivir con éxito en asociación con nuestra fauna y flora nativas”, concluyeron en esta conferencia. Esta declaración es la esencia de la postura disidente de los científicos a lo largo de todo ese tiempo de controversia.18

Durante este periodo, entre 1925 y 1950, la Sociedad de Mastozoólogos fue el principal oponente institucional de la Oficina. Sin embargo, científicos a nivel individual, y también gente que no eran científicos, se unieron a la búsqueda de una nueva relación entre el hombre y el depredador. Aun así, había científicos en la Sociedad, algunos de ellos trabajando para la OEB, que defendían la campaña de envenenamiento masivo. De modo que no era simplemente una confrontación entre la ciencia y el gobierno lo que estaba surgiendo, sino más bien un choque entre éticas contradictorias en relación a la naturaleza, cada una de las cuales presentaba a la ciencia como su autoridad válida. Sin duda gran parte del debate se centró en proclamas rivales acerca de la prudencia económica, en disputas técnicas sobre las dinámicas poblacionales y en acusaciones de estar mezclando intereses particulares con cuestiones científicas. Sin embargo, el punto de desacuerdo fundamental giraba, como de costumbre, en torno a valores morales -en particular acerca del lugar del hombre en el mundo natural, y de sus derechos como una especie entre tantas otras. El “punto de vista ecológico” se convirtió en el lema de los críticos del gobierno. Con esta expresión se referían a una política respecto a la fauna salvaje basada en la ciencia, en lugar de a una fundamentada únicamente en criterios económicos. Lo que era aún más importante, sin embargo, es que dicha frase normalmente implicaba una nueva ética de la coexistencia entre el hombre y la alimaña.

La acusación más fácil de hacer contra la Oficina para el Estudio Biológico y sus defensores era que fueron excesivamente celosos a la hora de llevar a cabo su autoasignada misión de aniquilar a todos los depredadores, roedores y otros “bichos”. Habían declarado la guerra total, independientemente de su coste o de su necesidad, mientras que sus críticos estaban de acuerdo en que había que oponerse a que el gobierno tomase como objetivo el exterminio absoluto de cualquier especie. “Yo no abogo por favorecer o permitir que los mamíferos depredadores críen en cualquier lugar sin restricción”, escribía el ecólogo Lee Dice de la Universidad de Michigan en 1924, “pero estoy seguro de que el exterminio de cualquier especie, depredadora o no, en cualquier distrito faunístico[jj], es una grave pérdida para la ciencia”. La biología tenía demasiadas preguntas sin respuesta que los depredadores podrían responder, como para que los científicos no se preocupasen por su extinción -en este punto hubo un rápido consenso. Del mismo modo, fue bastante sencillo encontrar apoyo para la propuesta de que se ofreciese a los depredadores un refugio limitado -análogo a las reservas indias- en los Parques Nacionales y otras áreas salvajes donde no pudiesen surgir conflictos con el hombre. “Sólo las tierras remotas, aisladas y pobres”, escribía C. C. Adams, eran adecuadas para las poblaciones de grandes depredadores. Sin embargo, en el país existían estos espacios en todas partes, supervisados por el Servicio Nacional de Parques, que había sido establecido en 1916. Estas áreas ofrecían las mejores oportunidades para acercar a los estadounidenses a los territorios de los depredadores; toda la familia podría ir a ver sus carnívoros a dichos lugares sin temor a perder un brazo, igual que si fuesen al zoo. “Probablemente somos la nación más rica de la tierra”, señalaba Adams:

¿Cuál sería el coste de mantener cien leones de montaña en Estados Unidos? ¿Paralizaría esto la civilización estadounidense? Tenemos millones de acres[kk] en los Bosques Nacionales, en las tierras de Dominio Público y en los Parques Nacionales. Algunos de ellos se podrían gestionar de modo que algunos de dichos animales podrían ser preservados y ¡hasta podrían comer carne de ciervo!

Esta idea debe haber sido persuasiva, porque en 1936 se puso fin a toda forma de caza de depredadores en los Parques Nacionales. Esta decisión fue vigorosamente combatida por la OEB, cuyo personal de campo comenzó a realizar incursiones secretas dentro de los parques para eliminar sus alimañas. Y no fue raro a partir de entonces ver los bordes de un parque relumbrando con atrapa-coyotes cargados de cianuro. Sin embargo, la idea de los refugios limitados en lugar del exterminio total tuvo arraigo.19

Al final la cúpula burocrática de la Oficina llegó a estar de acuerdo con esta política de preservación simbólica, aunque nunca tuviese mucho éxito a la hora de transmitir ese compromiso a sus cazadores del Oeste. La Oficina tampoco fue nunca tan enérgica a la hora de preservar a los carnívoros como lo había sido a la hora de destruirlos. El experto biólogo Stanley Young, que había sido en su día un agente federal de control de alimañas y se convirtió en uno de los estudiosos de depredadores más respetados del país, tuvo que aceptar que en los confines más remotos del continente, “allá donde estos grandes asesinos puedan existir sin un conflicto directo con el hombre”, podrían ser tolerados. Acerca de los Parques Nacionales, sin embargo, estaba menos convencido. Estos lugares fueron establecidos, creía, más para proteger las especies cinegéticas que para dar refugio a los carnívoros. Y además se mantuvo inflexible en su evaluación del carácter moral de los depredadores: el lobo “es cien por cien criminal, mata por pura sed de sangre. … [T]odos los lobos son asesinos. Son asesinos tanto de ganado como de presas salvajes, y a estos asesinatos no recurren sólo los llamados renegados”. Sin embargo, Young no fue el único de los empleados de la Oficina que admiraba a estos villanos, a pesar de toda su depravación. En su serie de estudios sobre los principales depredadores, hoy tomada como modelo, subrayaba repetidamente que no quería verlos desaparecer para siempre de la faz de la tierra. Siempre que unos pocos pudiesen encontrar algún rincón dejado de la mano de Dios en donde no hubiese absolutamente ninguna oportunidad de que compitiesen contra los seres humanos, estaba dispuesto a concederles asilo. “A pesar de todo lo que tiene de malo el lobo”, escribía en 1930, “yo personalmente considero a este animal nuestro cuadrúpedo más maravilloso y a menudo he deseado que cambiase sus modales sólo un poco para que la mano del hombre no tuviese que ser levantada constantemente en contra de este depredador. En mi opinión es el ‘rey de los depredadores’”. Impulsados por estos sentimientos, los dirigentes de la OEB se fueron apartando de su meta de la erradicación total, hasta que a finales de los años treinta habían sustituido firmemente la palabra “exterminio” por “control”. Sin embargo, aunque este ideal pudiese sonar más prudente, controlar a los depredadores esencialmente significaba eliminarlos a todos de cualquier lugar donde el hombre quisiese usar la tierra para la agricultura o la caza. Los grandes depredadores, seguía insistiendo Young, “no tenían lugar en la civilización moderna”.20

Creer que los depredadores deberían tener algo más que una existencia de zoo al aire libre, que podrían jugar un papel valioso en un mundo civilizado, era una propuesta más radical y ciertamente chocó con la resistencia oficial. Sin embargo, algunos científicos de hecho llegaron a defenderla, extrayendo a partir del ideal clásico del “equilibrio de la naturaleza” una justificación utilitaria para mantener a los depredadores en escena aunque se produjesen pérdidas económicas. Sostenían que todos los carnívoros, grandes y pequeños, son un medio importante de controlar no sólo a herbívoros salvajes como los ciervos sino también a roedores destructivos como las ratas, los perrillos de las praderas, los ratones y los topillos. La mayoría de los roedores, por supuesto, no eran muy apreciados por el hombre debido a la amenaza que suponían para su salud y su propiedad. Por tanto, el descubrimiento de que los coyotes se alimentaban en gran medida de esos bichos otorgó a este pequeño cánido un rol social útil, incluso indispensable. Sin un enemigo natural tan eficiente, los roedores podrían invadir el mundo; y entonces habría que usar venenos para resolver un desequilibrio causado a su vez por otros venenos. En general, el sistema de control de plagas de la naturaleza era más seguro, más eficaz y más barato que cualquier método que la OEB pudiese ingeniar. Esta línea de razonamiento fue aplicada por una serie de biólogos, empezando en los años 20, en respuesta  a los programas de erradicación del gobierno, y serviría como prototipo de un nuevo e importante tipo de conservación: el pragmatismo ecológico. La preservación de los mecanismos de control y de los equilibrios, al menos de tantos como fuese posible, evitaría a la sociedad los riesgos y gastos derivados de aplicar burdos sustitutos. De este modo, las alimañas depredadoras pasaron a ser vistas más como fuerzas estabilizadoras valiosas que como meras curiosidades que debían ser salvadas sólo en cantidades simbólicas.21

Sin embargo, la Oficina no estaba dispuesta a otorgar a sus críticos ninguna ventaja a la hora de apelar a lo económico y práctico. Su consiguiente autodefensa varió desde la ocultación de pruebas hasta una persistente desestimación de la importancia del coyote como controlador de roedores. En 1929 Olaus Murie, uno de los biólogos de la fauna de la propia Oficina, fue interrogado por la directiva de la agencia sobre sus pensamientos respecto a en qué modo el control de depredadores había afectado al equilibrio de la naturaleza. Desafortunadamente, la respuesta de cinco páginas de Murie coincidía con los críticos que decían que la Oficina estaba creando caos en el orden natural. La carta quedó inmediatamente sepultada en los archivos de la OEB, y a Murie le dieron órdenes de mantenerse lejos de la conferencia sobre fauna salvaje que se celebraría en St. Louis y en la cual estaba previsto que diese una charla. En torno a 1936, su artículo acerca de los “Hábitos alimentarios del coyote en Jackson Hole, Wyoming”[ll] fue cuidadosamente extraviado en el mismo obscuro archivo de la sede central en el que su carta había desaparecido; no podía consentirse que ninguna crítica adversa proviniese de las propias filas de la Oficina. Mientras tanto, la OEB expuso ante la opinión pública todos los pequeños indicios que pudo encontrar para demostrar el efecto inapreciable de los coyotes sobre las poblaciones de roedores. En el estudio de unas 40.000 muestras, recogidas de los estómagos de coyotes por los tramperos del gobierno entre 1918 y 1923, los contenidos más frecuentes eran conejo, carne de oveja o cabra, cebos, carne de vacuno, carroña y hierba o bayas. “La suma de ganado doméstico, aves de corral y carne de caza supera a la cantidad de roedores”, señalaba W. C. Henderson. Y llegaba a la conclusión de que el suministro de comida disponible y las enfermedades, y no los coyotes, debían ser por tanto los mecanismos de control más importantes en las poblaciones de roedores.22

Podría parecer que recoger este tipo de pruebas empíricas sería la mejor manera de establecer el valor del coyote y de otros depredadores para el equilibrio de la naturaleza, pero, por ambos lados, los hechos eran invariablemente mezclados con sentimientos subjetivos. Si uno era un entusiasta de la caza, entonces el depredador constituía un importante mecanismo control en las poblaciones de las especies cazables, un “asesino nato” que tenía que ser eliminado de la naturaleza si se quería que las presas sobreviviesen para poder ser cazadas. Si uno era un trampero del gobierno tratando de asegurar su puesto de trabajo, era evidente que los coyotes y los lobos comían sólo especies cinegéticas y ganado, y que nunca cazaban ningún roedor. Pero si uno se oponía a la política de envenenamiento, resultaba indudable que los depredadores se alimentaban principalmente de roedores dañinos para los cultivos, que no tenían efecto en la población de especies cinegéticas y que rara vez se molestaban en matar ovejas o terneros. Incluso hoy en día no es nada fácil determinar los efectos que los depredadores tienen a la larga en las poblaciones de presas, probablemente porque la relación varía mucho de un lugar a otro y de una especie a otra. Todas las generalizaciones acerca de este tema terminan resultando inadecuadas de algún modo a la hora de representar la economía de la naturaleza y los datos irrefutables terminan viéndose empañados por valores económicos y morales.23

Quizá porque sentían que estaban pisando terreno traicionero, los defensores de la Oficina decidieron muy a menudo deshacerse completamente de la idea del equilibrio de la naturaleza, ya que en el mejor de los casos era una guía poco fiable para establecer una política sobre la fauna salvaje estadounidense. E. A. Goldman, por ejemplo, en un artículo de 1925, “The Predatory Mammal Problem and the Balance of Nature”, sugería que “con la ocupación del continente por parte de los europeos que portaban armas de fuego, aclaraban los bosques y creaban asentamientos permanentes, el equilibrio de la naturaleza fue violentamente eliminado, para no volver a ser restablecido jamás”.  En 1930 el redactor de New Mexico Conservationist exponía la idea sin rodeos:

Es una frase sonora esto del Equilibrio de la Naturaleza y también nosotros solíamos tenerla en gran estima hasta que descubrimos que no significaba nada. … La naturaleza jamás ha estado en equilibrio en ningún lugar por mucho tiempo. Siempre sucedía algo que perturbaba el régimen preexistente. A veces era la invasión por parte de los coyotes de un hábitat virgen, a veces era una catástrofe climática que eliminaba ciertas especies y dejaba otras, y una vez fue la llegada del hombre al continente. … El sentimental dirá que el coyote tiene tanto derecho a la existencia como la presa de caza de la que se ha apropiado para su uso, y sentimentalmente hablando, esa lógica carece de fallos. Desafortunadamente, los bárbaros de la caza no queremos al coyote y queremos a las especies cinegéticas. Y estamos dispuestos a correr el riesgo de sufrir los efectos de forzar un poco más el equilibrio de la Madre Naturaleza con tal de satisfacer nuestros gustos al respecto.

Esta última frase lo dice todo. A pesar de su abiertamente declarado desencanto, este individuo encontraba difícil deshacerse completamente de la idea tradicional de que hay un equilibrio en la naturaleza; tanto si es perfectamente alcanzado alguna vez como si no, era una noción útil, quizá indispensable. Al igual que la idea, emparentada con ella, de que hay una etapa de clímax, habría que seguir usando la idea del equilibrio de la naturaleza, a pesar de todos sus problemas y en ausencia de nada mejor. Los defensores de la Oficina parecían reconocerlo incluso mientras atacaban dicha idea.24

El asunto más urgente era si el hombre debería respetar y acatar las fuerzas equilibrantes de la naturaleza o si podría ignorarlas sin correr ningún riesgo. El modo en que se respondía a esta cuestión dependía de la confianza que uno tuviese en las habilidades gestoras humanas, así como de la disposición de uno a asumir riesgos para lograr el tipo de mundo que quería. El lado antidepredador creía que el hombre sólo podía ser feliz en un entorno totalmente modificado. “¿Por qué siempre se considera algo malo perturbar el equilibrio de la naturaleza, o sea, alterar el esquema natural de las cosas?” preguntaba un agente de control de plagas. “¿Acaso el hombre no ha sobrevivido y mejorado su nivel de vida en proporción directa al grado de control conseguido sobre la naturaleza y a la manipulación del equilibrio de ésta en su propio beneficio?”. E. A. Goldman defendía, de nuevo en 1925, que dado que era imposible restaurar el orden primigenio en América, el hombre podría asimismo afrontar el hecho de que “existen consideraciones prácticas que requieren que asuma el control efectivo de la fauna salvaje en todas partes”. Según parecía, la interferencia del pasado servía para justificar una aún mayor interferencia en el futuro. Preocuparse excesivamente por un equilibrio natural era obstaculizar el progreso. En 1948, Ira Gabrielson, por entonces director de la Oficina, insistía en que “en cualquier caso serán los intereses humanos, y no el ideal de un equilibrio ecológico ni los derechos de los depredadores, los que dominarán el tipo, grado y trayectoria del control de depredadores”.25

Por tanto, cuando se entendía en los términos puramente pragmáticos de la estabilidad ecológica y del interés propio humano, la defensa de los depredadores se enfrentaba a dificultades. Aquellos que querían mantener depredadores en el entorno como una forma útil de mantener bajo control el aumento del número de roedores y de herbívoros tenían una poderosa razón, pero ésta podía ser rebatida con sólidos argumentos referentes a las pérdidas financieras sufridas por la ganadería y la actividad cinegética. Si bien la prudencia ecológica podría haber sugerido un programa de control más cauteloso, un intento vigoroso de purgar la tierra de alimañas era aún lo que mejor se ajustaba a la ambición del hombre. Al percatarse de este punto muerto, algunos críticos comenzaron a variar su defensa de los grandes depredadores hacia aspectos no económicos: ahora se consideraba que el lobo, el coyote, el puma y los osos grises tenían un derecho moral a existir, aun cuando pudiesen interferir con los propósitos humanos. El propósito de la gestión de la fauna salvaje, según esta perspectiva, era encontrar la mejor solución de compromiso entre el hombre y sus competidores carnívoros, una que reconociese a ambas partes como miembros de la comunidad de la tierra y buscase su reconciliación. Por tanto, tenía que llegar a haber un motivo ético además de económico tras la llamada a ejercer una política de gestión de la fauna determinada ecológicamente.

Durante varias décadas uno de los portavoces de este ideal comunitario[mm] de la gestión fue Olaus Murie. Nacido en Minnesota, estudió biología de la fauna en la Universidad de Michigan antes de entrar a trabajar para la Oficina para el Estudio Biológico como biólogo de campo en 1920, una época en que los investigadores eran sobrepasados en una proporción de diez a uno por los cazadores y tramperos dentro de la agencia. Pasó varios años recorriendo las tierras salvajes del norte del continente, desde El Labrador y la Bahía de Hudson hasta Alaska. En Alaska, Olaus trabajó junto con su hermano Adolph, que en 1939 comenzaría su famoso estudio de los lobos del Parque Nacional Mount McKinley. En el verano de 1927, Olaus y su esposa Margaret fueron enviados por la Oficina a Jackson Hole, Wyoming, a estudiar el ciclo vital de los wapitíes y los factores que afectaban a su bienestar. Olaus estuvo trabajando para la OEB en el Refugio Nacional del Wapití durante casi veinte años y, durante todo ese tiempo –de hecho hasta 1963-, se las apañó de algún modo para mantenerse al margen de la filosofía oficial de la producción de especies cinegéticas, jugando el papel de un disidente tolerado al que no se le tenía muy en cuenta. No debió haber resultado fácil para un hombre tan apacible estar ahí afuera con tantos de sus colegas durante tanto tiempo. Sin embargo, era lo suficientemente fiero para persistir durante esas dos décadas en sus intentos de transformar la Oficina, llevándola desde los prejuicios antidepredadores hacia la “visión ecológica”.26

En ningún momento de su carrera rechazó Murie toda interferencia en la naturaleza ni todos los intentos de controlar a los depredadores. Aceptaba la necesidad de gestión, especialmente en los casos en que uno o dos animales acarreaban graves pérdidas al pequeño granjero que luchaba por tratar de ganarse modestamente la vida. Lo que ofendía el sentido de la justicia de Murie era que la Oficina tomase parte en incitar al odio irracional e intransigente contra todos los depredadores. En un memorándum de 1929 dirigido al director de la agencia, señalaba que los mismos conservacionistas del gobierno que estaban enseñando al público a restringir la caza de aves migratorias difundían a la vez “vistosos carteles, mostrando escenas sangrientas y desagradables” que instaban a la gente a erradicar a los carnívoros. “Me parece completamente innecesario e indeseable”, escribía, “matar con odio a aquellas criaturas que causan daños”. Un año después, recomendaba a la misma persona que “debería sentirse simpatía por la fauna en general y que deberíamos esforzarnos más por descubrir el bien que pueda haber en algunas especies que tienen mala reputación”. Simplemente, a Murie le gustaban las alimañas. Era parcial a favor de los grandes depredadores, y admitía que “también me gusta ver andar por ahí a los roedores llamados perjudiciales”. “No hay animal que me desagrade porque coma”, explicaba a Brazier Howell. “Si un animal come hasta el extremo de dañarme excesivamente, responderé, pero sólo en la medida justa para aliviar la situación, y sin odio”. A Milton Hildebrand del Sierra Club le dijo que era concretamente a los depredadores perjudiciales a los que quería preservar: “Son los que están realmente amenazados”. Poco después de abandonar la Oficina –o más bien su organismo sucesor, el Servicio de Pesca y Vida Salvaje[nn]- escribió una carta a su director asociado, Clarence Cottam, explicándole el meollo de su crítica:

Conozco ganaderos que son mucho más tolerantes con los coyotes de lo que lo es nuestro Servicio. Conozco muchos cazadores que son mucho más tolerantes. Conozco bastantes personas a quienes les gustaría tener un mundo tolerante, un mundo que podamos compartir con las criaturas salvajes. A mucha gente le gusta pensar en el lado beneficioso, los valores inspiradores y científicos, de criaturas como el coyote, tanto como en su lado destructivo. Esto es lo opuesto de nuestra postura oficial.

Por lo que parece, sus dos décadas de protesta no causaron mucho efecto; el discurso a favor del exterminio total había terminado, al menos en las altas esferas burocráticas, pero las alimañas seguían siendo alimañas. Y lo más frecuente era que para el hombre de la agencia que trabajaba en el campo la única alimaña buena fuese la alimaña muerta.27

Después de dimitir de su puesto en el Servicio de Pesca y Vida Salvaje, Murie ejerció como director y después como presidente de la Wilderness Society durante casi toda la década de los 50. Sus años en la agencia del gobierno federal, desde 1920 a 1946, coincidieron prácticamente con los años de agitación por parte de la Sociedad de Mastozoólogos. Y en un contexto más amplio, esos años fueron testigos de una transición gradual hacia una nueva era de conciencia ecológica popular. La experiencia del Dust Bowl[oo] fue un factor crucial en el surgimiento de esta nueva filosofía de la conservación; el asunto de los depredadores fue otro. A finales de este periodo, el público estaba más o menos preparado para tener en cuenta las apelaciones de Rachel Carson y Barry Commoner, quienes, al igual que activistas científicos como Clements, Murie y C. Adams, buscaban en la disciplina de la ecología la base para una nueva relación entre el hombre y la naturaleza, y para una nueva ética medioambiental.

Murie y otros con sus mismas ideas puede que no prevaleciesen inmediatamente, en términos de resultados prácticos. Sin embargo, ganaron para su causa a uno de los principales fanáticos de la escuela de Pinchot, el hombre ampliamente considerado como el padre de la gestión de la fauna salvaje en Estados Unidos: Aldo Leopold. Leopold murió en 1948, mientras combatía un incendio forestal en Wisconsin, y por tanto perteneció a la generación intermedia de esa transición desde el enfoque utilitario de la conservación al ecológico. Justo antes de su muerte, sin embargo, terminó su hoy en día famoso ensayo “The Land Ethic”[pp]. Más que ninguna otra obra escrita, este texto marcó la llegada de la Era de la Ecología; de hecho, llegaría a ser considerado como una expresión única, y la más concisa, de la nueva filosofía ambiental. Aunaba un enfoque científico de la naturaleza, un alto grado de sofisticación ecológica y una ética biocéntrica[qq] y comunitaria[rr] que desafiaba la actitud económica dominante respecto al uso de la tierra.

La conversión de Leopold, tal como dije antes, no fue exactamente una toma de conciencia súbita como la de San Pablo camino de Damasco. Incluso mientras aún soltaba cifras sobre productividad y ardor agronómico, empezaba ya a salirse del marco mental progresista. Durante sus primeros años en el Servicio Forestal, por ejemplo, llegó a la conclusión, claramente contraria a Pinchot, de que las tierras públicas deberían ser conservadas como zonas salvajes[ss] o sin caminos[tt], para poder ser protegidas de todo futuro desarrollo económico. En 1924, principalmente gracias a su esfuerzo, más de medio millón de acres del Bosque Nacional de Gila en Nuevo México fueron declarados área salvaje[uu]. Para cuando Game Management apareció nueve años después, estaba claro que Leopold se sentía más descontento que nunca con su propio ideal de un entorno controlado. Trataba de argumentar en esa obra que la idea de cultivar y cosechar era sólo un preliminar de una relación más avanzada con la tierra, de una etapa más elevada en la “evolución moral” que algún día llegaría.

Veinte años de “progreso” han traído al ciudadano medio el voto, un himno nacional, un ford, una cuenta de banco y una alta opinión de sí mismo, pero no la capacidad de vivir en altas densidades sin ensuciar ni desnudar su entorno, ni la convicción de que es dicha capacidad, y no dicha densidad, el verdadero criterio que indica si está civilizado. La práctica de la gestión cinegética puede ser uno de los medios de desarrollar una cultura que cumpla este requisito.

Pero todavía, sin embargo, no había sido capaz de definir por sí mismo exactamente cuál debería ser esa cultura o actitud más capaz. De ahí que se viese obligado a hablar vagamente de “ese nuevo concepto social hacia el que la conservación camina a tientas”.28

Ese mismo año, Leopold también publicó un ensayo titulado “The Conservation Ethic”, el cual daba algunas nociones de hacia dónde le llevaban sus propias tentativas. En él seguía hablando de “cultivo o ‘gestión’ salvajes controlados”, de cosechar y se “explotación forestal industrial”. Sin embargo, también criticaba la actitud de que la tierra es meramente una propiedad que puede ser usada de cualquier forma que su dueño desee. “La relación con la tierra”, lamentaba, “es aún estrictamente económica, implicando privilegios, pero no obligaciones”. Una de las secciones del ensayo se titulaba “Ecología y economía”. Había empezado ya a pensar en que ambas cosas no eran del todo compatibles; se estaba apartando de la visión de la conservación basada en la oferta y la demanda de recursos e inclinándose hacia un intento de “armonizar nuestra civilización de las máquinas con la tierra, de donde procede su sustento” -hacia “una simbiosis universal”.29

Según la biógrafa de Leopold, Susan Flader, esta conversión a una base ecológica no sería completa hasta 1935, año en que se unió a otros para formar la Wilderness Society. Fue también ese año cuando conoció de primera mano los intensamente artificiales métodos alemanes de gestión, que le desagradaron tanto que se volvió receloso incluso de su propia inclinación a favor de la regulación de los paisajes. Y también durante ese año crucial, encontró una vieja cabaña abandonada cerca de Baraboo, Wisconsin, en donde, hasta el momento de su muerte, viviría en raros momentos la vida de un Gilbert White[vv] o de un Henry Thoreau -un naturalista rural viviendo apartado de la cultura tecnológica, buscando reforzar su vínculo con la tierra y con sus procesos. A partir de entonces, la principal preocupación de Leopold fue la necesidad de restablecer una relación personal de coexistencia con la naturaleza, en lugar de la gestión impersonal y gran escala de los recursos por parte de una élite profesional.30

El fruto de los años de Baraboo fue su Sand County Almanac, un conjunto de esbozos de historia natural rural publicados póstumamente en 1949. El desencanto hacia el mundo moderno excesivamente gestionado es el tema persistente de estos ensayos. “Nada podría ser más conveniente en esta etapa”, declaraba, “que un pequeño y saludable desdén por una plétora de bendiciones materiales. Quizá dicho cambio de valores se alcance reevaluando las cosas no naturales[ww], domadas y confinadas respecto a las cosas naturales, salvajes y libres”. Su propia granja de 120 acres, aunque malamente dañada por el abuso de muchas décadas de explotación descuidada, estaba ahora llenándose de brotes de robles[xx] y pinos, una mísera pero bienvenida profecía de la segunda venida de la naturaleza. Sin embargo, en otras partes, y en ningún sitio más que en el Medio Oeste alrededor de él, la tierra estaba cayendo en manos de granjeros con mentalidad científica formados en las facultades estatales por agentes de extensión agraria para maximizar la producción agrícola. Sustituyendo la diversidad de vegetación y la fauna salvaje de la pradera prehistórica, estandarizaban la tierra para cultivar maíz, trigo o soja -“agricultura limpia”, lo llamaban- justo del mismo modo que el propio Leopold en su día había querido criar ciervos en un mundo perfecto sin lobos. “¿Hemos aprendido el primer principio de la conservación: conservar todas las partes del mecanismo de la tierra?”, se preguntaba. “No, porque ni siquiera el científico conoce aún todas ellas”. La desilusión de Leopold con el paisaje demasiado estrictamente gestionado afectó incluso a su devoción por la ciencia. Había para entonces llegado a sentir que el típico investigador académico era demasiado estrecho en lo referente a sus percepciones como para captar la totalidad de la naturaleza, algo que debería ser esencial en la práctica de una forma de conservación más amplia. Uno de los ensayos del Sand County Almanac se titulaba “Natural History-The Forgotten Science”[yy]: era un alegato en pro de un retorno a la educación holística y en el exterior, a un estilo de ciencia abierto a los aficionados y a los amantes de la naturaleza sensatos; uno más sensible al “placer de estar rodeado por cosas salvajes”. Se temía que, de la forma que estaba siendo enseñada en laboratorios y universidades, “la ciencia servía al progreso”. Estaba en complicidad con la mentalidad tecnológica que regimentaba el mundo persiguiendo un avance meramente material. Había que cambiar eso, junto con la inclinación a gestionar.31

El ensayo culminante en el que resultó ser su último libro, y por tanto la palabra final de Leopold acerca del lugar del hombre en la naturaleza, fue “The Land Ethic”, escrito a finales de 1947 o principios de 1948. Su temática elaboraba ideas mencionadas de forma más breve en otros sitios: esencialmente, lo inadecuado de buscar beneficios económicos en la conservación. En el prefacio de  Sand County Almanac, por ejemplo, había señalado:

La conservación no está llegando a ninguna parte debido a que es incompatible con nuestro concepto abrahámico de la tierra. Maltratamos la tierra porque la consideramos una mercancía que nos pertenece. Cuando veamos la tierra como una comunidad a la cual pertenecemos, podremos empezar a usarla con amor y respeto.

La “ética de la tierra” que tenía en mente era precisamente este sentido de comunidad ecológica entre el hombre y todas las demás especies, reemplazando “al tedio de la actitud meramente económica respecto a la tierra”. Las normas éticas anteriores se habían preocupado sólo por las obligaciones del hombre hacia otros de su misma especie; como tales eran al menos la evidencia de un sentimiento de compañerismo, de interés común y de apoyo recíproco, “un tipo de instinto comunitario incipiente”. Ahora bien, argumentaba, el propio bienestar del  hombre requiere que el círculo de relaciones cooperativas y comunales se extienda hasta incluir a todos los seres. Esta ética ecológica cambiaría el papel del hombre, de amo de la tierra a “mero miembro y ciudadano de ella”. Era un ideal totalmente democrático, a su modo tan utópico como el deseo progresista de modernizar el mundo. Para entonces, Leopold ya había roto casi completamente con la escuela de la conservación al estilo de Pinchot, en base a que ésta no sentía “ninguna inhibición contra la violencia; su ideología es agronómica”. Por el contrario, la nueva conservación “siente la agitación de una conciencia ecológica”.32

Durante este largo proceso de conversión personal, Leopold volvía continuamente al problema de qué hacer con los carnívoros. En el destino de este orden de criaturas subyace en última instancia la viabilidad de su ética ecológica. Era bastante fácil tolerar a los carboneros[zz], o incluso a las culebras de jardín[aaa] y a los ratones campestres; además eran lo suficiente prolíficos como para soportar todas las interferencias humanas salvo las más violentas. Sin embargo, los carnívoros, irónicamente, eran mucho más vulnerables respecto al poder humano; en consecuencia su futuro como miembros integrales del orden biótico pendía del delgado hilo de la voluntad humana para acomodarlos. En “Round River”, Leopold escribía:

La armonía con la tierra es como la armonía con un amigo; no puedes acariciar su mano derecha y amputarle la izquierda. Es decir, no puedes amar a las presas de caza y odiar a los depredadores; no puedes conservar el agua y arruinar los terrenos; no puedes crear el bosque y socavar la granja. La tierra es un solo organismo.

Para que las alimañas fuesen aceptadas como parte legítima de la naturaleza orgánica, Leopold no estaba dispuesto a argumentar meramente en base a razones pragmáticas o utilitarias. El hecho de si los depredadores controlaban a los roedores para los granjeros o de si comían sólo especies “sin valor” era irrelevante. La razón “más honesta”, creía Leopold, era simplemente “que los depredadores son miembros de la comunidad, y que ningún interés particular tiene derecho a exterminarlos en aras de su propio beneficio, real o ficticio”.33

La ecología reveló a Leopold una nueva dimensión de la antiquísima noción de los derechos naturales. Esta idea, especialmente fuerte en la cultura angloamericana, había sido utilizada históricamente (como en la Declaración de Independencia[bbb]) para legitimar la reafirmación de los individuos o de las naciones frente a un poder controlador. Ciertos derechos inalienables correspondían a todos los hombres por el propio orden de la naturaleza, se aseguraba. Sin embargo, los derechos naturales nunca habían abarcado los derechos de la naturaleza. La consciencia ecológica, en cambio, extendería estos conceptos a todas las especies, incluso a la tierra misma. Los derechos a la vida y a la libertad -quizá incluso a la búsqueda de la felicidad- debían amparar a todos los seres, ya que todos eran parte de la comunidad biótica. Sin embargo, al contrario que en las apelaciones anteriores a los derechos naturales, ésta no era una demanda hecha o impuesta a la clase dominante por una minoría excluida; más bien requería una decisión moral por parte de esa élite poderosa en nombre de los órdenes inferiores que carecían de voz. Investir al orden imperante con el poder de determinar la justicia de sus propios actos es siempre un acto de fe y, ya sólo por esa razón, los derechos de la naturaleza siempre están en peligro. No obstante, en cierto modo, esta nueva doctrina tenía su propio poder de convicción, aparte del capricho humano. A menos que el hombre reconociese los derechos de la totalidad de la unidad familiar constituida por la tierra, Leopold advertía, podría ver su propia supervivencia amenazada por el colapso medioambiental. Ya había sucedido antes, en fechas tan cercanas como los años del Dust Bowl.

Había, sin embargo, una debilidad en la ética de la tierra de Leopold que él nunca sospechó siquiera: estaba demasiado vinculada a la ciencia de la ecología como para escapar del sesgo económico. De entre todas las ciencias, esta rama indudablemente era la que más se aproximaba a su ideal nostálgico de una historia natural unida a una compasión holística. De todos modos, justo en la época en que abrazó la ecología como modo de salir de la estrecha actitud económica hacia la naturaleza, ésta se estaba moviendo en la dirección contraria, buscando su propio nicho en la sociedad tecnológica moderna. Se estaba preparando para volverse abstracta, matemática y reduccionista. Además, los ecólogos estaban reasumiendo con una devoción creciente los propios conceptos de la conservación progresista y agronómica a los que Leopold quería restar importancia: la eficacia, la productividad, la extracción, el cultivo. A finales de los años 40, la ecología estaba lista para barrer todas las telarañas organicistas y comunitarias que había ido acumulando en sus rincones durante tanto tiempo y para adoptar un nuevo mecanicismo contundente como su postura predominante respecto a la naturaleza. Leopold no podía saberlo, por supuesto, pero todo esto pronto haría que su “conciencia ecológica” se convirtiese en un objetivo muy poco firme, quizá insostenible.

No obstante hay que decir que estas incompatibilidades entre la ciencia y el valor moral eran ya visibles, en cierta medida, en el propio pensamiento medioambiental de Leopold. Porque, a pesar de todo su desencanto, nunca rompió del todo con la visión económica de la naturaleza. En muchos aspectos, su ética de la tierra era meramente una prudencia más ilustrada y a largo plazo: un medio más seguro de alcanzar una expansión infinita de la riqueza material, tal y como prometía en “Natural History”. Si bien renunció a su ambición de hacer que la tierra produjese sólo las cosechas más deseables, siguió hablando en términos agronómicos; por tanto, la tierra entera se volvió un cultivo que debía ser cosechado, aunque no fuese totalmente plantado o cultivado por el hombre. La preocupación por el “funcionamiento saludable”, la productividad general y la estabilidad reemplazó al deseo de beneficios comerciales inmediatos. Además, si bien llegó a ver la tierra como “un solo organismo”, siguió describiéndola como “un mecanismo ecológico”, en el cual el hombre funciona como una pieza económica importante. “Conservar todas las piezas y engranajes”, escribió en un ensayo sin fecha, “es la primera precaución de un mecánico inteligente”[ccc]. Esta vacilación entre metáforas básicas puede ser entendida como algo casual o superficial, pero esta defensa ignora el hecho de que “organismo” y “mecanismo” han estado rondando por ahí desde hace al menos tres siglos, y a lo largo de ese tiempo han sido identificados de forma consistente con cosmovisiones antitéticas. Se podría objetar que Leopold estaba intentando reconciliar estas visiones rivales, por fin, en una nueva síntesis de la conservación; sus lectores tendrán que evaluar por sí mismos lo exitosa que fue esta reconciliación. De todos modos, no llegó a examinar en detalle la tensión entre estos dos conjuntos de valores históricamente opuestos; ni se enfrentó directa y plenamente al problema de si una solución genuina era realmente posible. En pocas palabras, no llegó a ser tan filósofo como debería haber sido para llevar a cabo la tarea que asumió. Como consecuencia, puede que oscureciese para la consciencia popular de la ecología una fuente fundamental e inevitable de ambigüedad y conflicto. Gentes que defiendan formas incompatibles de conservación podrían considerarlo un profeta aceptable -hasta que comiencen a aplicar la idea de la ética de la tierra a situaciones concretas.34

Parecía que el que se pudiese permitir al coyote o al lobo ocupar un lugar en la América civilizada dependería, entonces, de si la economía seguiría dictando los valores medioambientales. La seguridad del futuro de las alimañas recaía en la posibilidad de un cambio hacia una filosofía de la conservación basada en la ecología -es lo que pensaban Leopold, Murie y varios otros científicos y entusiastas de la fauna salvaje. En ese momento, sin embargo, ninguno parecía sospechar que la propia ecología estaba evolucionando hacia una perspectiva económica, que estaba absorbiendo en su estructura teórica los mismos términos de la vieja conservación agronómica.

 

Notas:

1.      George Laycock, “Travels and Travails of the Song-Dog”, Audubon 76 (Septiembre 1974). Joe Van Wormer, the World of the Coyote (Philadelphia, 1964). Muy polémico aunque basado en evidencias es: Jack Olson, Slaughter the Animals, Poison the Earth (Nueva York, 1971). Sobre el lobo, véanse L. David Mech, The Wolf (Garden City, N.Y., 1970); Paul Errington, “Of Wilderness and Wolves”, Journal of Wildlife Management 33 (Otoño 1969); y Douglas Pimlott, “Wolves and Men in North America”, Defenders of Wildlife News 42 (Primavera 1967).

2.      J. Frank Dobie, The Voice of the Coyote (Lincoln, Nebr., 1961), p. x. Theodore Roosevelt, “A Cougar Hunt on the Rim of the Grand Canyon”, The Outllook 105 (Mayo 1913): 260. Véase también Frank Graham, jr., Man’s Dominion: The Story of Conservation in America (Nueva York, 1971), pp. 272-278.

3.      Una interpretación típica de la conservación progresista sería: Samuel Hays, Conservation and the Gospel of Efficiency: The Progressive Conservation Movement, 1890-1920 (Cambridge, Mass., 1959). Véase también J. Leonard Bates, “Fulfilling American Democracy: The Conservation Movement, 1907 to 1921”, Mississippi Valley Historical Review 44 (Junio 1957): 29-57.

4.      Jenks Cameron, The Bureau of the Biological Survey (Washington 1929), cap.1. Victor Shelford, “Biological Control of Rodents and Predators”, Scientific Monthly 55 (Octubre 1942) pp. 331-332. Robert Connery, Governmental Problems in Wild Life Conservation (Nueva York, 1935. Comisión Consultiva sobre Control de Depredadores (Stanley A. Cain, presidente), “Predator Control-1971” (informe dirigido al Consejo para la Calidad Medioambiental y al Departamento de Interior), pp. 1-2. Éste es el famoso Informe Cain que llevó a restringir del envenenamiento en las tierras públicas en 1972.

5.      Sigurd Olson, “A Study in Predatory Relationships, with Particular Reference to the Wolf”, Scientific Monthly 46 (Abril 1938): 323-336. Cameron, The Bureau, pp. 55-52. W. C. Henderson, “The Control of the Coyote”, Journal of Mammalogy 11 (Agosto 1930):336-350.

6.      La continua influencia de la industria ovejera en los programas para la fauna salvaje del gobierno se notaba aún en el Informe Leopold de 1964, “Predator and Rodent Control in the United States”, de la Junta Consultiva sobre la Gestión de la Fauna Salvaje (A. Stalker Leopold, presidente).

7.      Cameron, The Bureau, p. 40. Vernon Bailey, “Destruction of Wolves  and Coyotes: Results Obtained during 1907”, Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, Oficina para el Estudio Biológico, Circular nº 63 (1908). La actitud oficial respecto a las aves rapaces, sin embargo, era mucho más positiva, tal como se puede apreciar en el panfleto de A. K. FISE,  “Cause of the Prejudice Against Birds of Prey”[ddd], Circular de la OEB nº 61 (1907).

8.      Gifford Pinchot, Breaking New Ground (Nueva York, 1947), pp. 120, 342-343. Consúltense también Nelson McGeary, Gifford Pinchot, Forester-Politician (Princeton, N.J., 1960) y Elmo Richardson, The Politics of Conservation: Crusades and Controversies, 1897-1913 (Berkeley, Calif., 1962).

9.      Pinchot, Breaking New Ground, p. 31.

10.  John Lorain, Nature and Reason Harmonized in the Practice of Husbandry (Philadelphia, 1825), esp. pp. 24-27; véanse también Clarence Glacken, Traces on the Rodhian Shore (Berkeley, Calif., 1967)[eee], pp. 693-698 y George Perkins Marsh, Man and Nature: Or, Physical Geography as Modified by Man Action (1864; Cambridge, Mass., 1965), pp. 91-92. También, Davis Lowenthal, George Perkins Marsh, Versatile Vermonter (Nueva York, 1958). Para la reacción de Pinchot respecto a Marsh, véase Pinchot, pp. xvi-xvii.

11.  Sobre el desarrollo de la conservación cinegética consúltense James Trefethen, Crusade for Wildlife (Harrisburg, Pa., 1961) y Wildlife Management and Conservation (Boston, 1964).

12.  Emerson Hough, “The President’s Forest”, Saturday Evening Post 194 (14 de enero, 1922): 6-7; (21 de enero, 1922): 23. John Russo, “The Kaibab North Deer Herd – Its History, Problems, and Management”, Departamento de Pesca y Caza del Estado de Arizona, Wildlife Bulletin 7 (Julio 1964). D. Irwin Rasmussen, “Biotic Communities of Kaibab Plateau, Arizona”, Ecological Monographs 11 (Julio 1941): 229-275.

13.  Rasmussen, op. cit., pp.236-238. Véase también Walter P. Taylor (ed.), The Deer of North America (Harrisburg, Pa., 1956).

14.  Aldo Leopold, Game Management (Nueva York, 1933), p. 21. El único estudio de la carrera de Leopold al completo es el libro de Susan Flader, Thinking Like a Mountain: Aldo Leopold and the Evolution of an Ecological  Attitude Toward Deer, Wolves, and Forests (Columbia, Mo., 1974). Para informes más breves, véanse Roderick Nash, Wilderness and the American Mind, edición revisada (New Haven, Conn., 1973), cap. 11 y Donald Fleming, “Roots of the New Conservation Movement”, Perspectives in American History 6 (1972): 7-91.

15.  Leopold, Game Management, pp. viii, 3, 20 y 396.

16.  Flader, Thinking Like a Mountain, pp. 59-61 y 93-94.

17.  John Muir, el defensor más destacado de las tierras salvajes del oeste, parece ser que tenía poco interés en los depredadores. Otros conservacionistas, incluidos los fundadores de la Sociedad Nacional Audubon, en realidad sostenían la idea de una reducción de depredadores. De entre la fauna salvaje, favorecían a las aves y a los pequeños mamíferos y su noción de “refugios” para estas criaturas iba siempre dirigida a protegerlas de los depredadores así como de la explotación por parte de los humanos. Esta postura oficial de la Sociedad Audubon fue objeto de un feroz ataque por parte de Rosalie Edge en los años 30; véanse sus escritos en el Centro de Conservación de la Biblioteca Pública de Denver, Colorado.

18.  Charles C. Adams, “The Conservation of Predatory Mammals”, Journal of Mammalogy 6 (Mayo 1925): 83-96. “Symposium”, Journal of Mammalogy 11 (Agosto 1930). Las resoluciones de Yellowstone fueron reimpresas en The Living Wilderness (Verano 1950): 29.

19.  Lee Dice, “The Scientific Value of Predatory Mammals”, Journal of Mammalogy 6 (Febrero 1925): 25-27. Adams, “Conservation of Predatory Mammals”, pp. 90, 94 y “Rational Predatory Animal Control”, Journal of Mammalogy 11 (Agosto 1930): 357.

20.  Stanley Young a Arthur Carhart, 24 de noviembre, 1930, en los Escritos de Stanley Young, Centro de Conservación de la Biblioteca Pública de Denver, Colorado. Véase también el monográfico de Young, “The Saga of Predatory Animal Control”, texto mecanografiado, 1956 (?) en los mismos archivos. También su libro con  E. A. Goldman, The Wolves of North America (Washington, 1944).

21.  Un corolario de esta postura pragmática fue oponerse a los programas de regulación de depredadores basándose en que frecuentemente mataban accidentalmente especies que no eran objetivo del programa, sobre todo carnívoros cuya piel era valiosa, como el visón, el tejón o el armiño. Para un ejemplo de este argumento común, véase Joseph Dixon, “Fur-bearers Caught in Traps Set for Predatory Animals”, Journal of Mammalogy 11 (Agosto 1930): 373-376.

22.  Olaus Murie, “Memorandum to Mr. Redington”, 30 de agosto, 1929 (copia al carbón en los Escritos de Olaus Murie, Centro de Conservación de la Biblioteca Pública de Denver, Colorado). Henderson, “Control of the Coyote”, p. 347.

23.  Los estudios más completos sobre esta materia han sido los de Paul Errington; véanse sus artículos “What Is the Meaning of Predation?”, Annual Report of the Smithsonian  Institution, 1936 (Washington, 1937) y “A Question of Values”, Journal of Wildlife Management 11 (Julio 1947): 267-272, así como su libro Of Predation and Life (Ames, Iowa, 1967), especialmente pp. 204-205. También es útil Durward Allen, Our Wildlife Legacy, capítulos 14 y 15.

24.  E. A. Goldman, “The Predatory Mammal Problem and the Balance of Nature”, Journal of Mammalogy 6 (Febrero 1925): 28-33 y “The Coyote - Archpredator”, Journal of Mammalogy 11 (Agosto 1930): 330-331. New Mexico Conservationist (Abril 1930): 14-15.

25.  Walter Howard, “Means of Improving the Status of Vertebrate Pest Control”, Transactions of the 27th North American Wildlife and Natural Resource Conference (Washington, 1962). Goldman, “The Predatory Mammal Problem”, p. 31. Ira Gabrielson, Wildlife Conservation (Nueva York, 1948), p. 208.

26.  La carrera y el punto de vista de Olaus Murie acerca de la naturaleza están recogidos de forma inmejorable en el libro de memorias escrito a medias con su esposa, Margaret Murie, Wapiti Wilderness (Nueva York, 1966). El resumen dado aquí está basado también en extensas lecturas de sus cartas y de otros de sus escritos.

27.  “Memorandum to Redington”, p. 4. Carta de O. M. a Redington 11 de octubre, 1930. A A. Brazier Howell, 7 de mayo, 1931. A Hildebrand, 28 de agosto, 1950. A Cottam, 7 de diciembre, 1952, acerca de la subordinación del Servicio de Pesca y Fauna Salvaje respecto a los valores económicos en lugar de respecto a los ecológicos. Todas ellas en Escritos de Olaus Murie.

28.  Leopold, Game Management, pp. 422-423.

29.  Leopold, “The Conservation Ethic”, Journal of Forestry 31 (Octubre 1933): 634-643.

30.   Flader, Thinking Like a Mountain, pp. 28-30.

31.   Leopold, A Sand County Almanac, pp. xix, 124-127, 162-163, 190 y 202-210.

32.   Ibíd. pp. xviii y 237-264.

33.   Ibíd. pp. 189-190 y 247.

34.    Ibíd. pp. 190, 210 y 251.



[a] Traducción a cargo de Último Reducto de “The Value of a Varmint”, capítulo 13 del libro de Donald Worster Nature’s Economy: A history of Ecological Ideas (Cambridge University Press, 1985, páginas 258-290). © 1977, Donald Worster. N. del t.

[b] “Howling wilderness” en el original. Expresión procedente de la Biblia: Deuteronomio xxxii:10. N. del t.

[c] “Backcountry” en el original. N. del t.

[d] En español en el original. N. del t.

[e] Antilocapra americana. N. del t.

[f] “Wilderness” en el original. “Wilderness” es un termino imposible de traducir de forma exacta con un solo término castellano. Se refiere a las áreas en que los ecosistemas están poco o nada humanizados, es decir “zonas (o tierras) salvajes”. En este texto se ha traducido de diferentes modos según el caso. Generalmente, salvo en los casos que se indican explícitamente, se ha traducido como “naturaleza salvaje”. N. del t.

[g] Una milla cuadrada equivale aproximadamente a 2,6 km2. N. del t.

[h] “Gray wolf” en el original. “Lobo gris” es una expresión usada de forma habitual en inglés para referirse a los lobos en general, Canis lupus, independientemente de su color. N. del t.

[i] “Mountain lions” en el original. Típica forma de referirse a los pumas, Puma concolor, en inglés. N. del t.

[j] Ursus arctos. N. del t.

[k] Lynx rufus y Lynx canadensis. N. del t.

[l] Familia Mephitidae. N. del t.

[m] “The wild” en el original. N. del t.

[n] “Dispositivo que dispara cianuro directamente en la boca del depredador cuando éste trata de morder un cebo. N. del t.

[o] Una libra equivale aproximadamente a 453,6 gramos. N. del t.

[p] “The frontier” en el original. Este término se refiere a los márgenes de la expansión de los Estados Unidos en los territorios de Norteamérica, desde el origen de la colonización europea hasta principios del siglo XX. N. del t.

[q] “Progressive political movement” en el original. En este texto, el término “progresista” se refiere exclusivamente a dicho movimiento político estadounidense de principios del siglo XX.  N. del t.

[r] “Bureau of the Biological Survey” en el original. N. del t.

[s] “Life zones” en el original. N. del t.

[t] “Bureau of the Geological Survey” en el original. N. del t.

[u] Roedores del género Cynomys. N. del t.

[v] Se refiere a los programas oficiales de incentivos económicos para fomentar el exterminio de alimañas. N. del t.

[w] “National Forests” en el original. Constituyen una categoría de áreas públicas forestales protegidas y gestionadas por el gobierno federal de los Estados Unidos. N. del t.

[x] “Wildlife Services Division” en el original.  N. del t.

[y] “Bureau of Sport Fisheries an Wildlife” en el original. N. del t.

[z] “Destrucción de Lobos y Coyotes”. N. del t.

[aa] “National Forest Commission” en el original. N. del t.

[bb] “Tree farming” en el original. N. del t.

[cc] Lester Frank Ward (1841-1913) fue un botánico, paleontólogo y sociólogo estadounidense. Creía que la sociedad debía ser científicamente controlada y sus ideas al respecto influyeron en los intelectuales de la era progresista. N. del t.

[dd] Charles Townshend, Segundo Vizconde de Townshend, (1674-1738) hombre de estado inglés. Conocido como “Nabo” Townshend por su intenso interés en el cultivo de los nabos y por el papel que desempeñó en la Revolución Agrícola Británica. N. del t.

[ee] Arthur Young (1741-1820), escritor inglés experto en mejora agrícola. N. del t.

[ff] “Wise land use” en el original. N. del t.

[gg] “‘The Sucession of Forest Trees’” en el original. N. del t.

[hh] “Gestión Cinegética”. N. del t.

[ii] “Quail” en el original. Este término inglés se refiere en general a las aves de pequeño tamaño pertenecientes al orden Galliformes que suelen ser apreciadas presas de caza, no sólo a las codornices propiamente dichas (género Coturnix). N. del t.

[jj] Tipo de subdivisión de las regiones biogeográficas. N. del t.

[kk] Un acre equivale a unas 0,4 hectáreas. N. del t.

[ll] Título original: “Food Habits of the Coyote in Jackson Hole, Wyoming”. N. del t.

[mm] Se refiere al ideal basado en la idea de comunidad biológica. N. del t.

[nn] “Fish and Wildlife Service” en el original. N. del t.

[oo] Literalmente “Cuenco de Polvo”, “Dust Bowl” es el nombre por el que se conoce en inglés al fenómeno que en los años 30 del siglo XX afectó a las llanuras y praderas que se extienden desde el golfo de México hasta Canadá. Las gramíneas resistentes a la sequía del ecosistema original de las praderas habían sido reemplazadas por los cultivos de trigo que, al fallar debido a la sequía, dejaron el suelo desnudo, originando tormentas de polvo de una magnitud sin precedentes. N. del t.

[pp] “La Ética de la Tierra”. N. del t.

[qq] Entre los autores conservacionistas contemporáneos, como Worster, el término “biocentrismo”, a pesar de su etimología (“bios” es vida en griego), normalmente es más bien un sinónimo de “ecocentrismo” (tomar los sistemas y procesos ecológicos salvajes como valor fundamental) que de una defensa a ultranza de la vida individual. N. del t.

[rr] Véase nota de pie de página mm en este mismo artículo. N. del t.

[ss] “Wilderness” en el original. N. del t.

[tt] “Roadless” en el original. En la conservación de la Naturaleza, la ausencia de caminos y carreteras es uno de los criterios prácticos básicos empleados a la hora de evaluar si una zona es salvaje o en qué grado lo es. N. del t.

[uu] “Where so designated” en el original. En referencia a que fueron declarados “wilderness”. N. del t.

[vv] Gilbert White (1720- 1793), clérigo inglés, considerado el primer ecólogo de Inglaterra. N. del t.

[ww] “Unnatural” en el original. La traducción de “unnatural” puede ser o bien “no natural” (“innatural”) o bien “antinatural”. Aquí se ha traducido como “no naturales”, pero podría haberse traducido igualmente como “antinaturales”, con la consiguiente diferencia de significado. N. del t.

[xx] “Scrub oak” en el original. Probablemente Quercus ellipsoidalis. N. del t.

[yy] “Historia natural: la ciencia olvidada”. N. del t.

[zz] “Chickadees” en el original. Aves del género Poecile. N. del t.

[aaa] “Garden snakes” en el original. Probablemente género Thamnophis. N. del t.

[bbb] Se refriere a The unanimous declaration of the thirteen United States of America, la declaración de independencia de los Estados Unidos de América frente al dominio de Gran Bretaña. N. del t.

[ccc] “To keep every cog and wheel […] is the first precaution of intelligent tinkering” en el original. Se refiere a que si se enreda con una máquina desmontándola hay que tener cuidado de no perder ninguna pieza para poder volverla a montar y que siga funcionando. Es una frase famosa de Leopold. N. del t.

[ddd] “Causa del Prejuicio en Contra de las Aves de Presa”. N. del t.

[eee] Existe edición en español: Huellas en la playa de Rodas. Naturaleza y cultura en el pensamiento occidental desde la Antigüedad hasta finales del siglo XVIII. Barcelona, Ediciones del Serbal, 1996. N. del t.