Más allá de la crisis del clima

Nota: dado que algunos de los textos son bastante largos y, por tanto, su lectura directa en elta web podría resultar complicada, hemos añadido un enlace en cada uno de ellos para que los lectores puedan leerlos en formato pdf. Basta con hacer "click" en el título del artículo.

PRESENTACIÓN DE “MÁS ALLÁ DE LA CRISIS DEL CLIMA

El valor que le vemos al siguiente artículo radica en que su autora, partiendo de una crítica al modo en que normalmente se está enfocando el asunto del cambio climático, llega a la conclusión de que el problema fundamental es la sociedad tecnoindustrial (lo que ella llama la “sociedad industrial de consumo”).

No obstante, por desgracia, Crist declara tener como referencia intelectual a la pomposa y engañosamente llamada “Teoría crítica” (también conocida como “Escuela de Frankfurt”), una rama heterodoxa del marxismo que ha tenido una enorme influencia en el izquierdismo postmoderno contemporáneo. Hasta qué punto es cierto que el pensamiento de la autora está realmente influenciado en general por ese grupo de filósofos tardomarxistas, es algo que no está claro. Puede que la autora solamente esté tratando de ganarse a sus editores (la revista Telos en la que fue publicado este texto sí que muestra inequívocas señales de estar muy influida por la “Escuela de Frakfurt”). Ello, entre otras cosas malas, le lleva a complicar innecesariamente la exposición de sus argumentos, adoptando a veces un estilo, una terminología y unas expresiones abstrusos, nada convencionales y poco afortunados (como el uso de la expresión “racionalidad instrumental”, por ejemplo) y a confundir el sistema social o sociedad, en general, con la mera organización y la ideología sociales, en particular (es decir, a confundir el conjunto de una sociedad o cultura con sus meros subsistemas político y económico y/o con su mera cultura no material).

Aun dejando aparte la nefasta e innecesaria referencia a la “Escuela de Frankfurt”, la autora generalmente tiene la tendencia a complicar en exceso la exposición de sus argumentos, quizá buscando así dar una apariencia de mayor “respetabilidad intelectual”, lo que al final resulta en un oscurecimiento de los argumentos que desvía la atención respecto de los mismos y dificulta su comprensión. Un ejemplo claro de esto sería la referencia a la supuesta “relación interna entre idea y contexto” de Peter Winch. ¿Tan difícil es decir simplemente que hay términos que van cargados con un significado o unos valores debido a que convencionalmente se han usado asociados a dichos sentido y valores y que, por tanto, cuando se usan, aunque se pretenda hacerlo con otros significados y valores distintos, normalmente se siguen promoviendo el sentido y los valores convencionales? ¿Tan difícil es decir simplemente que hay términos y expresiones que suelen ser usados principalmente por cierto tipo de gente y en ciertos contextos y que, por tanto, cuando se usan, aunque sea fuera de dichos entornos, resulta inevitable que el público los asocie con ellos? Por ejemplo, ¿tan difícil es decir que, dado que el término “Antropoceno” ha sido normalmente usado por gente que desea justificar la total domesticación del planeta, es comúnmente asociado a dichos intentos de justificación y que, por tanto, usarlo tiende a reforzarlos, aunque se pretenda hacerlo de forma moralmente neutra y meramente descriptiva? Con tanto esnobismo, la autora acaba cayendo irónicamente en una especie de postmodernismo antipostmoderno, de lo más petulante y ridículo.

Tampoco está muy acertada la autora a la hora de referirse al presunto “fatalismo” de los promotores de la geoingeniería. Como mucha otra gente confunde “fatalismo” (considerar que no se puede hacer nada para cambiar el curso de los acontecimientos futuros) y “determinismo” (considerar que todos los acontecimientos vienen determinados por acontecimientos previos). Lo segundo no siempre implica lo primero.

Por último, la autora, como mucha otra gente radical que llega a darse cuenta de que el problema fundamental es la existencia de la sociedad tecnoindustrial, cae en el error de hablar de “alternativas al orden dominante”, cuando hay buenas razones para pensar que lo realmente eficaz sería tratar de destruir la sociedad actual sin más, y que es inútil o incluso contraproducente dedicarse a planificar, y más aún a tratar de llevar a cabo, modelos sociales alternativos que la sustituyan.

 

MÁS ALLÁ DE LA CRISIS DEL CLIMA: UNA CRÍTICA DEL DISCURSO DEL CAMBIO CLIMÁTICO

Por Eileen Crist[a]

 

El marco dominante del cambio climático

Desde que entramos en el siglo XXI, los avances en el conocimiento y en los modelos del cambio climático, junto con los efectos climáticos observables y medibles, han transformado la comprensión del cambio climático antrópico en un sólido terreno epistémico y experimental. Ya no queda siquiera el más mínimo atisbo de duda acerca de la realidad del calentamiento global, de sus causas y del cambio climático que ha provocado y augura.1

Sin embargo, aunque el cambio climático haya abandonado el reino de las hipótesis para entrar en el de los hechos, las incertidumbres acerca de sus consecuencias potenciales son legión. Tal y como apunta la experta en ciencias políticas Karen Litfin, “las incertidumbres giran en torno a cuándo y en qué grado se producirá el [cambio del] clima previsto, no a si el cambio climático se producirá”. De hecho, las predicciones sugeridas en las publicaciones científicas, los informes políticos y los libros populares están en gran medida limitadas por matizaciones referentes a la posibilidad o la probabilidad. Considérense, por ejemplo, los rangos medibles previstos para las tasas del incremento del dióxido de carbono, del incremento de la temperatura, de la subida del nivel del mar, de la frecuencia de los huracanes, de los cambios en la acidez de los océanos o de los cambios en los patrones de las precipitaciones (digamos, para el año 2050). La complejidad en la predicción de los patrones meteorológicos y climáticos, junto con las dificultades a la hora de pronosticar cómo responderá la humanidad durante la próxima década y más allá, han generado unos escenarios del cambio climático que van desde lo controlable hasta lo catastrófico.

Bajo muchas de las incertidumbres yace un inmenso desconocimiento: en algún punto situado entre el cambio climático manejable y el catastrófico, existen “puntos críticos” que nadie puede determinar con certeza ni asegurar que aún no se han sobrepasado. Los puntos críticos se refieren a umbrales climáticos más allá de los cuales se desatarían cambios (tales como un calentamiento extremo, la elevación del nivel marino u otros) que no seríamos capaces de resistir o revertir. El divulgador científico Eugene Linden usa la metáfora del “interruptor” para expresar la idea de los puntos críticos. “Aunque hemos estado tratando de consolarnos creyendo que el cambio climático es como girar un dial”, explica, “la verdad es que los cambios en el clima son más bien como apretar un interruptor”.

Los inminentes puntos críticos han ocupado las mentes de aquellos lo suficientemente informados como para entender que las consecuencias de traspasarlos –tales como tener que volver a dibujar los mapas del mundo o el colapso a gran escala de las sociedades- son posibilidades reales que exigen acciones preventivas. El que los hechos se estén produciendo más rápidamente de lo previsto (por ejemplo, la fusión de los glaciares y de los casquetes de hielo o la liberación de carbono por parte de los bosques y del permafrost[b]) no ha hecho más que añadir estridencia a las peticiones de urgencia. Cuanto más se sigan descargando gases de efecto invernadero en la atmósfera, más probable será que se materialicen los peores escenarios. Esta inferencia está basada en la mejor ciencia disponible acerca del cambio climático –especialmente en lo que sabemos acerca de la correlación entre los niveles de dióxido de carbono y la temperatura, así como en lo que ha sido deducido a partir del registro geológico acerca de otros episodios anteriores de perturbaciones climáticas. Por consiguiente, no es de extrañar que los escritos acerca del cambio climático, así como una creciente campaña para ralentizarlo, exhiban un tono de urgencia que excede incluso los alarmantes pronósticos del pensamiento medioambiental de los años 70 sobre “los límites del crecimiento”.  Mientras que el paradigma de los límites del crecimiento advertía de que el mundo estaba condenado al colapso debido al agotamiento de los recursos necesarios para la vida humana, el discurso en torno al cambio climático prevé un desplome a gran escala debido a que los sumideros están tan saturados que son incapaces de absorber los desechos de la civilización industrial.

La creciente probabilidad de que se materialicen los peores escenarios –si se sigue actuando como hasta ahora- ha reforzado un encuadre concreto para el cambio climático: su identificación como el problema medioambiental más urgente de nuestra época. Considérense algunos ejemplos destacados en la bibliografía actual. En un ensayo ampliamente leído, Michel Shellenberger y Ted Nordhaus proclamaban “la muerte del ecologismo” en base a que el movimiento ecologista y sus representantes profesionales no habían sido capaces de evitar “la crisis ecológica mundial más grave”, el calentamiento global. En su manifiesto a favor del activismo individualista, The Solution is You, Laurie David afirma que “el calentamiento global está amenazando este frágil caparazón [es decir, la atmósfera] y ahora se ha convertido en el problema más urgente de la época en que vivimos”. “Estamos al final de la cuerda, y la soga, cuyo trenzado determina nuestro destino, está a punto de romperse”, advierte James Lovelock en su última obra. “La humanidad” nos dice en relación al cambio climático, “se enfrenta a su mayor prueba”.10 A lo largo de este libro, Lovelock sostiene que “el acaloramiento global”[c] (como él prefiere llamar al calentamiento global) está amenazando a la propia civilización.

Tim Flannery está de acuerdo con él. “Si los seres humanos siguen actuando como hasta ahora durante la primera mitad de este siglo”, afirma, “creo que el colapso de la civilización a causa del cambio climático será inevitable”.11 Ross Gelbspan hizo el mismo pronóstico aún antes: “[E]l complicado tejido de las interrelaciones que constituyen la sociedad sería devastado en proporción a la magnitud de las perturbaciones. … [T]al golpe a nuestras altamente complejas instituciones … significaría que todos los logros de nuestra civilización conseguidos hasta la fecha dejarían básicamente de tener sentido”.12 Con un tono similar, Al Gore hace “advertencias alarmantes acerca de la peor catástrofe potencial de la historia de la civilización humana: una crisis climática global que se está agudizando y convirtiéndose rápidamente en algo más peligroso que cualquier otra cosa a la que nos hayamos enfrentado jamás”.13 En su último libro, Bill McKibben se hace eco del marco dominante que presenta el cambio climático como el problema principal de nuestro tiempo, llamándolo “el mayor problema al que se enfrenta el mundo”.14 El científico de la NASA, James Hansen, se expresa con un tono similar a lo largo de sus escritos, como cuando escribe: “La teoría científica [del calentamiento global] que está cuajando revela una emergencia planetaria inminente. Estamos en un punto crítico para el planeta”.15

Consecuencias del Marco Dominante

Aunque los peligros del cambio climático son reales, yo sostengo que presentarlo como el problema más urgente al que nos enfrentamos conlleva peligros incluso mayores. Ese modo de encuadrar el cambio climático merece ser puesto en entredicho por dos motivos: primero, porque promueve la restricción de las soluciones propuestas al campo técnico, al insinuar intensamente que los enfoques necesarios son aquellos que atacan el problema directamente; y, segundo, porque desvía la atención respecto a la problemática ecológica del planeta tomada en su conjunto, al reclamar todo el protagonismo para un solo asunto que eclipsa a todos los demás.  

Etiquetar al cambio climático como la mayor amenaza para la civilización y situarlo en el centro de la palestra como el problema de más alta prioridad, ha impulsado la proliferación de propuestas técnicas que abordan el desafío concreto. Ha empezado una carrera por averiguar qué tecnologías, o qué ramas de las mismas, resolverán “el problema”. Da igual que lo que se proponga sea reavivar la energía nuclear, promover la instalación de turbinas eólicas, usar diversas energías renovables, aumentar la eficiencia del uso de combustibles fósiles, desarrollar tecnologías para secuestrar carbono o colocar espejos en el espacio para atenuar los rayos solares, el carácter estrecho de miras de semejantes propuestas es evidente: afrontar el problema de las emisiones de gases de efecto invernadero mediante la eliminación gradual, la sustitución o la captura de las mismas o mediante la mitigación de sus efectos térmicos.

En The Revenge of Gaia, por ejemplo, Lovelock menciona brevemente la necesidad de hacer frente al cambio climático “cambiando completamente nuestro modo de vida”.16 Sin embargo, la idea clave de esta obra, lo que los lectores y los políticos han sacado de ella, es su repetida y estridente llamada a aumentar la inversión en energía nuclear, la cual considera, en sus propias palabras, “el único salvavidas que podemos usar de forma inmediata”.17  En el campo de la política, se considera a menudo que el primer paso para arreglar el calentamiento global es poner en práctica el protocolo de Kyoto. El biólogo Tim Flannery hace campaña a favor del tratado, comparando la necesidad de que sea adoptado con éxito con la del protocolo de Montreal, que eliminó los CFCs que destruían la capa de ozono. “El protocolo de Montreal”, asegura, “marcó un hito histórico en el desarrollo de la sociedad humana, representando la primera victoria jamás lograda por la humanidad frente a un problema de contaminación global”.18 Tiene la esperanza de lograr una victoria similar en el caso del problema del cambio climático.

Sin embargo, la creciente comprensión de la amenaza que supone el cambio climático, prácticamente siguiendo la estela de la destrucción del ozono estratosférico, también sugiere que enfrentarse a los problemas globales a fuerza de tratados puntuales no es la solución para los problemas del planeta. Del mismo modo que a los riesgos de una destrucción imprevista del ozono les han seguido los peligros de una larga y, en gran medida, desapercibida crisis climática, sería ingenuo no prever que otra catástrofe (quizá incluso completamente impredecible) surgirá tras la (esperada) resolución de las otras dos mencionadas. Además, si los gases de efecto invernadero fuesen limitados con éxito por medio de transformaciones e innovaciones tecnológicas, la causa primera de la crisis ecológica en su conjunto seguiría sin ser afrontada. Los modelos destructivos de producción, comercio, extracción, uso de la tierra, proliferación de residuos y consumo, junto con el crecimiento poblacional, seguirían sin ser cuestionados y continuarían acabando con la belleza y la riqueza biológica de la Tierra.

La sociedad industrial de consumo ha consolidado una forma de vida que prácticamente no admite límites a su capacidad de, ni a su supuesto derecho a, expandirse sobre la totalidad del planeta.19 Sin embargo, por lo general, el cuestionamiento de esta civilización es dejado de lado en el discurso sobre el cambio climático, con su decidida búsqueda de una tecnosolución para el calentamiento global.20 En lugar de enfrentarse a las formas de organización social que están causando la crisis climática –entre otras múltiples catástrofes- la literatura sobre el cambio climático a menudo se centra en cómo el calentamiento global está poniendo en peligro a la culpable, y se atormenta pensando en qué medios tecnológicos podrían salvarla de los inminentes puntos críticos.21

El marco dominante del cambio climático encauza el trabajo cognitivo y pragmático para que aborde el calentamiento global en concreto, silenciando multitud de asuntos igualmente tremendos. El cambio climático se cierne de un modo tan amplio sobre las agendas medioambientales y políticas en la actualidad que ha contribuido a quitar importancia a otras facetas de la crisis ecológica: la extinción en masa de especies, la devastación de los océanos por la pesca industrial, la pertinaz deforestación de los bosques primarios, la pérdida de suelo y la desertificación, los trastornos hormonales, el desarrollo incesante, etc. se hace que parezcan problemas secundarios y más leves en comparación con “las peligrosas interferencias antrópicas” en el sistema del clima.

En lo que queda de artículo, voy a centrarme en concreto en cómo el discurso acerca del cambio climático alienta la marginalización permanente de la crisis de la biodiversidad –una crisis que ha sido sobriamente descrita como un holocausto22 y que, a pesar de décadas de demandas científicas y ecologistas, sigue prácticamente sin ser tomada en serio por la sociedad, los medios de comunicación, la literatura humanista y otras bibliografías académicas. Varios trabajos sobre el cambio climático (aunque de ningún modo todos ellos) examinan extensamente las consecuencias para la biodiversidad del calentamiento global23, pero rara vez se menciona que la biodegradación[d] fue anterior, en varias décadas, siglos o incluso más, a la peligrosa acumulación de gases de efecto invernadero y que no será detenida aunque se logre resolver tecnológicamente el calentamiento global.  El cambio climático amenaza con agravar la pérdida de especies y ecosistemas –de hecho, ya lo está haciendo en la actualidad. Sin embargo, aunque la evitación tecnológica de las peores consecuencias del cambio climático pueda impedir temporalmente algunas de dichas pérdidas, tal solución del dilema climático no parará la destrucción de la vida sobre la Tierra que ya está teniendo lugar –y apenas la tendrá en cuenta.

Digresión sobre la destrucción de la biodiversidad independiente del cambio climático

La disminución de la riqueza de la vida comenzó con el éxodo de los cazadores-recolectores desde África hace miles de años, y se fue agravando con la invención de la agricultura y las ciudades, el desarrollo de la guerra y la llegada de los grandes viajes de exploración de los europeos.24 Pero la biodegradación se aceleró enormemente tras la aparición de la civilización industrial, y especialmente a partir de mediados del siglo XX, con miles de millones de personas no sólo doblando su número cada pocas décadas, sino inclinándose –obligatoria, voluntaria o ilusoriamente- hacia una cultura del consumo fundada en la superproducción y el comercio global. La superproducción y el comercio global, a su vez, requieren la incesante conversión de los seres vivos y los sistemas naturales en objetos muertos, “recursos”, y en paisajes terrestres y marinos humanizados.25

Nunca podrá darse la importancia suficiente a la extinción provocada por el ser humano, ya que no sólo implica la muerte de las especies, sino también el fin de sus destinos evolutivos –de las formas de vida a las que al final habrían o podrían haber dado lugar. La extinción actual no trata sobre especies que desaparecen esporádicamente; es un espasmo global y creciente de pérdidas en masa que, según revela el registro geológico, constituye un suceso infrecuente en la historia natural de la Tierra. A pesar de la superficial sofistería que circula por ahí que proclama que la extinción es “natural” o “normal”, la extinción antrópica ni es natural (ya que incontables especies están desapareciendo, bien sea a causa de ataques directos o bien debido a que las presiones a que se ven sometidas sobrepasan su capacidad de adaptación) ni normal (ya que este nivel de pérdidas ocurre sólo en raras ocasiones como consecuencia de sucesos catastróficos).

Sin embargo, aun siendo la extinción algo tan trágico, las especies también están siendo devastadas sin ser aniquiladas: las pérdidas de poblaciones concretas y el desplome en el número de las mismas son un duro golpe para el vigor, la contribución ecológica, la conectividad y el potencial evolutivo de las especies. Hoy en día, son corrientes declives del 70, 80 y 90 por ciento, o más, en el número de plantas silvestres y animales salvajes, tanto en tierra firme como en los océanos. Estos descensos significan que las especies sobreviven como reliquias, con sus periodos de vida acortados o condenadas a la extinción, sin ser ya capaces de jugar papeles ecológicos y evolutivos significativos.

La caída en picado de la abundancia de plantas y animales salvajes trae a la palestra otra faceta más de la biodegradación: la simplificación de los ecosistemas. Desde un punto de vista paisajístico, el declive de la población y del número de razas geográficas de los organismos salvajes significa la constricción de sus antiguas zonas de distribución. A medida que las poblaciones van desapareciendo de los diferentes lugares, sus aportaciones locales se van perdiendo; las pérdidas repercuten a través de las comunidades de organismos a las que pertenecían los organismos extinguidos, dejando tras de sí unos ecosistemas degradados. Aunque la simplificación de los ecosistemas a menudo es drásticamente visible, también puede tomar la forma de un proceso gradual y apenas perceptible. Y no es sólo que los ecosistemas, aquí y allá, estén sufriendo de forma ocasional la simplificación debida a la pérdida de sus constituyentes locales. La biosfera está experimentando en todas partes una enorme reducción o eliminación de áreas que son, en ciertos casos, centros de diversificación –especialmente los bosques tropicales, los humedales, los manglares y los arrecifes de coral.

El menoscabo de la complejidad ecológica es una tendencia global y es el resultado de la transformación de los ecosistemas para usos humanos intensivos, las aniquilaciones de poblaciones ya mencionadas y la invasión de especies no nativas. Las especies no nativas son generalistas que viajan como polizones[e] en medio del bullicio de la globalización –desde los hongos, que favorecidos por el cambio climático, están matando a las ranas a los millones de gatos domésticos que hacen presa en las aves, entre innumerables ejemplos más.26 Las invasiones facilitadas por los seres humanos, junto con la desaparición de las especies nativas, llevan a que los lugares pierdan la constelación de formas de vida que en su día los constituían de forma única. El resultado inevitable de la extinción, del desplome de las poblaciones, de la pérdida y simplificación de los ecosistemas y de un mundo biohomogenizado no es sólo la demolición global de la naturaleza salvaje, sino también la detención de la especiación de gran parte de las formas de vida complejas.  Las condiciones para el nacimiento de nuevas especies en una amplia zona del espectro de la vida, en especial de las especies de gran tamaño que se reproducen lentamente, han quedado en suspenso.27

Todas estas dimensiones interconectadas constituyen lo que los biólogos de la conservación denominan crisis de la biodiversidad, una expresión que a los postmodernos les suena a retórica, mientras que el público en general la entiende (si es que siquiera ha oído algo acerca de ella), en gran medida de una forma inculta y vaga, como “la extinción”.28 Dejando aparte la frivolidad académica y la ignorancia del público, la crisis de la biodiversidad anuncia un empobrecimiento biosférico que será la situación en que deberán vivir todas las futuras generaciones humanas: se requieren entre 5 y 10 millones de años para que la biodiversidad se recupere tras una extinción masiva del alcance de la actual. En vistas de este hecho, creo que a menos que el calentamiento global desencadene terribles penalidades -en cuyo caso, la crisis climática y la biodegradación se juntarían en un solo suceso devastador para prácticamente la totalidad de la vida29- las implicaciones del impacto humano en la biodiversidad son tan extensas que puede que, en realidad, hagan que las repercusiones del cambio climático parezcan pequeñas en comparación.

Y sin embargo, el marco actual del cambio climático que lo presenta como el asunto prioritario fomenta que el desmantelamiento de la biodiversidad sea considerado como un tema menos crítico que las futuras repercusiones del calentamiento global. La atención que merece la ruina a largo plazo de la biodiversidad que se viene llevando a cabo desde hace tiempo es anulada de dos maneras en el discurso del cambio climático: o bien es suprimida centrándose en las ansiedades antropocéntricas respecto a cómo el cambio climático afectará en concreto a la gente y a los países; o bien la biodegradación es presentada como un corolario del cambio climático en los escritos que consideran detalladamente cómo el calentamiento global causará pérdidas de biodiversidad. El cambio climático está acelerando indudablemente el desmoronamiento de las interconexiones y la variedad de la vida. Sin embargo, si el calentamiento global tiene semejante poder para afectar al mundo natural, es porque el “sistema inmunitario” de este último ya se había visto gravemente debilitado previamente. El calentamiento global está golpeando sobre un mundo natural que ya se hallaba gravemente herido. Tener en cuenta el golpe adicional del cambio climático es importante, pero no deberíamos fijar la atención en él a costa de perder de vista otros daños causados a la vida de la Tierra independientemente del cambio climático, y tanto previa como simultáneamente a él.

Mirando a través del cristal del cambio climático

En lugar de centrarse en el calentamiento global como el promotor de una mayor pérdida de biodiversidad, el cambio climático puede ser considerado como un espejo que refleja cómo la capacidad de la naturaleza salvaje para adaptarse a los cambios en el clima se ha visto gravemente socavada. En otras palabras, más allá de intensificar la destrucción de la naturaleza, el cambio climático está haciendo patente la violencia que ya ha sido perpetrada. Hay un motivo para mirar a través del cambio climático en lugar de al cambio climático: el motivo es que el cambio climático no es “el problema”. El problema es una civilización expansiva que está destruyendo la biosfera y que continuará haciéndolo incluso después de superar (de un modo u otro) el fallo técnico principal: las consecuencias de la acumulación de gases de efecto invernadero.

La biosfera ha estado sufriendo una hemorragia debida a la transformación y destrucción de los hábitats, a la simplificación de los ecosistemas, a la fragmentación del paisaje, a la matanza masiva de la fauna salvaje, a la pesca industrial, a la invasión de especies exóticas y a la contaminación química. El cambio climático es el factor más reciente y está a punto de crear todo un nuevo nivel de consecuencias.30 Para la mayoría de las especies y ecosistemas que se están viendo y se verán afectados, el cambio climático es menos un factor adicional que un promotor sinérgico de la biodegradación. El científico Camilo Mora y sus colegas, por ejemplo, han estudiado el impacto adverso sinérgico de los distintos tipos de estrés sobre la vida. Aseguran que  la fragmentación del hábitat, la extracción y el calentamiento, tomados por separado, causan “efectos deletéreos”, pero que las sinergias entre estas causas someten a las especies “a mayores riesgos de extinción de los previstos en los análisis de cada una de esas amenazas”.31

La resiliencia intrínseca de la vida frente a los desafíos medioambientales –incluidos algunos severos, como las perturbaciones climáticas- se ha visto tan debilitada que muchas especies han sido despojadas de su capacidad para soportarlos. Según el biólogo de la conservación Reed Noss, las especies pueden adaptarse al cambio climático de tres maneras: la migración a lugares adecuados, la plasticidad fenotípica o aclimatación, y el desarrollo de rasgos adaptativos. “La única otra alternativa”, señala, “es el declive y, al final, la extinción”.32 El impacto humano ha debilitado gravemente los tres mecanismos de adaptación de las especies en respuesta al cambio climático.

Aunque las especies y los ecosistemas se han enfrentado a cambios en el clima a lo largo del tiempo que lleva existiendo la vida, nunca se han enfrentado a un cambio climático en un planeta dominado por el Homo sapiens. El registro geológico revela que la vida ha sido capaz de superar cambios climáticos del mismo rango que el actual (de momento).33 Una diferencia crucial es que la vida entonces, al contrario que ahora, tenía muchos más grados de libertad en que moverse. Los paleoecólogos, al estudiar las reacciones de las especies ante cambios climáticos previos han descubierto que su respuesta habitual ha sido cambiar de zonas de distribución; las distintas especies se trasladan a ritmos diferentes y en direcciones diferentes, tratando de seguir la pista a sus regímenes climáticos preferidos. La información clave del registro fósil es que las especies tienden a moverse más de forma individual que como agrupaciones ecosistémicas, dado que cada especie tiene diferentes “entornos climáticos” (es decir, necesidades y tolerancias en lo que respecta al clima). Los ecosistemas se desmontan a medida que las especies constituyentes de las comunidades se separan y, aunque al final se vuelven a juntar en otro lugar, lo hacen con nuevas configuraciones.

El descubrimiento de este patrón ha sido esclarecedor para la comprensión de las tendencias actuales y para prever cómo se desarrollarán las cosas durante este siglo y los siguientes. Hoy en día, el desplazamiento de las especies se ve bloqueado por las ciudades, las áreas residenciales, los asentamientos rurales, los paisajes agroindustriales, las cercas, las autopistas y carreteras, los aeropuertos, los grandes centros comerciales y otros entornos creados artificialmente. A medida que las especies tratan de seguir la pista a los regímenes climáticos que necesitan desplazándose –una tendencia que los científicos ya están viendo hoy34- cada vez hay menos lugares a los que puedan ir y cada vez abundan más los obstáculos en su camino. Tal es la sinergia del cambio climático en un mundo de paisajes transformados y fragmentados. Se auguran graves limitaciones para la biodiversidad en lo que respecta a la capacidad de las especies para dispersarse y reunirse formando nuevas ecologías. Por tanto, aunque los científicos no han encontrado pruebas de extinciones en masa a gran escala durante las importantes transiciones entre los periodos glaciales e interglaciales, prevén una avalancha de pérdidas como consecuencia del calentamiento global antrópico –con potencialmente un millón de especies víctimas de la extinción debida al cambio climático durante el siglo XXI33- a causa del efecto interactivo entre un cambio climático rápido y unos hábitats que dejan de estar disponibles o se degradan.

El espejo del cambio climático refleja claramente la medida en que la naturaleza salvaje[f] ha sido aniquilada o constreñida, especialmente en los últimos siglos. Las tierras salvajes y los cursos de agua productivos y accesibles raramente se han librado de ser transformados o explotados. A la naturaleza salvaje se la ha permitido seguir existiendo en áreas de difícil acceso, como las cadenas montañosas; en lugares demasiado fríos y desolados para un poblamiento humano amplio, como la tundra y los polos; en las profundidades de los mares, hasta donde siguen sin ser exploradas; y en las áreas naturales protegidas en las que se ha prohibido la actividad humana intensiva.36

A partir de que el cambio climático entrase en escena, todas ellas han pasado a estar en peligro o amenazadas. En lo que respecta a las montañas, Flannery señala que “nada en la ciencia predictiva del clima es más cierto que la extinción de muchas de las especies que habitan las montañas del mundo”.37 Los ecosistemas de montaña no sólo son únicos por derecho propio, sino que también han servido a las especies como refugios apartados de los sobreexplotados valles. Sin embargo, la vida de las montañas está en apuros, ya que a medida que las especies se trasladan hacia arriba en las laderas como respuesta al cambio climático, su territorio se va haciendo cada vez más pequeño, hasta llegar a desaparecer.38 El Ártico y la Antártida están también entre los últimos territorios salvajes[g] y sus paisajes y fauna están siendo diezmados por las chimeneas y los tubos de escape de la civilización.39 Las profundidades oceánicas puede que alberguen los lugares más salvajes que quedan en el planeta, con su prácticamente inexplorado repertorio de criaturas. Sin embargo, ni siquiera las inhóspitas profundidades están a salvo del cambio climático.40 El destino de los parques y reservas es similar por todo el mundo41, con las áreas protegidas perdiendo, o en peligro de perder, especies y hábitats. Los bordes de los parques naturales no pueden mantenerlos a salvo del nuevo clima: los animales y las plantas que traten de trasladarse a otros lugares es probable que descubran que los límites trazados alrededor de sus hogares no delimitan refugios sino trampas.

Lo que queda de la naturaleza salvaje o bien es demasiado inaccesible para que los humanos lo transformen o bien ha sido dejado aparte como recuerdo del estado libre de la naturaleza. En 1990, el filósofo Tom Birch escribió un ensayo titulado “The Incarceration of Wildness: Wilderness Areas as Prisons” en el cual describía las reservas naturales protegidas como algo similar a las reservas en las que los colonizadores acorralaron a los pueblos indígenas. Aparte de teóricamente chocante, se está viendo que este argumento era empíricamente profético.42 En su forma de “Dr. Jekyll”, la sociedad ha concedido algunos refugios a lo salvaje y, sin embargo, en el mismo proyecto, “Mr. Hyde” se ha dedicado a encarcelar la vida. Ambos, el mundo no humano y nosotros mismos estamos a punto de pagar el coste de la paradójica empresa de encarcelar a la naturaleza salvaje: las especies serán presionadas duramente para afrontar el calentamiento global desplazándose hacia arriba en las montañas, hacia el norte, hacia las profundidades en los mares o fuera de los parques. El espejo del cambio climático vuelve extraordinariamente visible, si es que no lo era ya, el hecho de que la naturaleza salvaje no puede seguir existiendo como unos cuantos lugares diseminados y desconectados entre sí –y que cualquier idea duradera de unos hábitats suficientemente protegidos o suficientemente remotos como para estar a salvo de ataques graves es un espejismo.43

La migración es el mecanismo más importante de adaptación de las especies en respuesta al cambio climático y ya he comentado los modos en que ha sido socavado. Sin embargo, hay dos formas más en que las especies se adaptan: mediante la plasticidad fenotípica y mediante el desarrollo de nuevos rasgos. La plasticidad fenotípica hace referencia a la capacidad de los individuos de las distintas especies para aclimatarse a circunstancias nuevas: a condiciones meteorológicas más frescas o más cálidas, a estaciones cambiantes y cambios fenológicos, a nuevos regímenes hidrológicos o a una dieta diferente. Hay dos limitaciones en lo que respecta a la plasticidad de las especies a la hora de afrontar el calentamiento global, y ambas tienen que ver con el impacto humano. Una es que cuanto mayor sea la velocidad del cambio ambiental más amenazada se ve la capacidad adaptativa de los organismos. El cambio climático antrópico se está produciendo más rápido que los episodios de cambio climático del pasado –mucho más rápido de lo que muchas especies son o serán capaces de soportar. La segunda limitación tiene que ver con el tipo de especies que exhiben la plasticidad fenotípica –y, por supuesto, éstas son las generalistas, o las especies-plaga, que la civilización moderna ya había estado fomentando. Se espera que el cambio climático las promueva aún más: simplemente, se adaptarán mejor a las condiciones cambiantes, colonizarán los nichos emergentes con mayor presteza y superarán en la competencia por los hábitats a las especialistas en sus propios antiguos hogares.44

No sólo el cambio en la distribución como respuesta al cambio climático se ha hecho más difícil por los modos en que los paisajes han sido modificados y no sólo los especialistas en hábitats concretos se han visto amenazados por la rapidez del cambio climático y han quedado en desventaja frente a los generalistas. También el potencial para las adaptaciones genéticas –por medio de la selección de variedades mejor adaptadas- se ha visto minado. En ciertos casos se producirán indudablemente cambios genéticos como consecuencia del cambio climático.45 Sin embargo, la reducción del número de poblaciones y de los tamaños de las mismas (ya comentada) que ha sido impuesta a las especies salvajes está forzándolas a enfrentarse al reto de un nuevo clima con unos recursos genéticos disminuidos. Como los científicos Thomas Lovejoy y Lee Hannah explican en la parte final de su libro Climate Change and Biodiversity, “las poblaciones pequeñas y fragmentadas reducen el acervo de individuos capaces de responder rápidamente al cambio climático o eliminan completamente las variaciones genéticas que posibilitan una respuesta rápida”.46

En resumen, las respuestas adaptativas de las especies al cambio climático –cambios en la distribución, aclimatación y cambio genético- se han visto, o bien viciadas, o bien imposibilitadas. El impacto del calentamiento global en el mundo natural puede por tanto equipararse al ataque de un agente patógeno sufrido por un organismo con el sistema inmunitario debilitado. La naturaleza es muy vulnerable al cambio climático –y lo seguiría siendo incluso si este episodio de cambio climático no fuese antrópico- debido a los patrones que los seres humanos modernos han impuesto a los paisajes y a los modos en que la diversidad de la vida ya ha sido reducida. Citando al ecólogo Alan Pounds: el cambio climático es una bala que amenaza con aniquilar muchas especies y ecosistemas, pero la civilización industrial de consumo está apretando el gatillo.47

El cambio climático como apocalipsis y el surgimiento de las propuestas geoingenieriles

El conocimiento de que la biodiversidad está en serios apuros ha estado disponible desde hace al menos tres décadas, sin embargo, este suceso trascendental nunca ha inspirado la misma urgencia que el cambio climático ha desencadenado en un puñado de años. Esto parece ser una descarada manifestación de antropocentrismo (la idée fixe de que los intereses humanos, incluidos los que son a corto plazo y no son vitales, siempre están por delante de los de los demás seres), ya que el cambio climático es percibido como algo que amenaza a la gente directamente –como la ola de calor que golpeó Europa en el verano del 2003, el huracán Katrina y otros ejemplos de meteorología extrema. Por otro lado, no se considera de forma generalizada que la pérdida de la diversidad y la abundancia de la vida alberguen ningún riesgo para la supervivencia de los seres humanos. Después de todo, innumerables especies, subespecies, ecosistemas, poblaciones de fauna salvaje y flora silvestre, bosques y humedales antiguos, etc. se han desvanecido o se han visto reducidos y, por citar un cliché antiecologista, aún “no se ha hundido el cielo”.

Por el contrario, el marco dominante del cambio climático –la identificación del mismo como el problema más urgente al que nos enfrentamos- no hace más que declarar abiertamente que el cielo se está cayendo. El potencial apocalíptico del calentamiento global en un futuro no muy lejano se manifiesta de una forma mucho más vívida que un mero trasfondo entre las líneas de los escritos sobre el cambio climático. La diferencia entre las caracterizaciones del cambio climático como “el colapso de la civilización” o “una emergencia a nivel planetario” (citadas más arriba), por un lado, y la idea del apocalipsis, por el otro, es casi puramente semántica. Los trabajos sobre el cambio climático no emplean la palabra “apocalipsis”, pero a menudo implican o describen abiertamente algo que curiosamente recuerda a lo que la imaginería religiosa ha retratado como tal. Ross Gelbspan, por ejemplo, en una descripción verdaderamente típica de lo que el cambio climático anuncia, escribe sobre “la transformación del mundo en una incubadora para las enfermedades infecciosas, un mundo plagado de insectos y golpeado por las tormentas”, un mundo “con temperaturas extremas, extensas sequías y un calor sofocante”.48

The Revenge of Gaia puede que sea la obra impresa sobre el calentamiento global más abiertamente apocalíptica. Lovelock considera que todas las variables que afectan al clima están interactuando con retroalimentaciones positivas, lo cual indica, en sus propias palabras, que “cualquier adición de calor procedente de cualquier fuente se verá amplificada”.49 Entre las retroalimentaciones positivas, enumera la pérdida del albedo debida a la fusión del hielo polar, el declive de la cantidad de plancton que absorbe dióxido de carbono y produce nubes y la liberación del metano atrapado en la tierra y (posiblemente) en el fondo del mar –todas ellas son consecuencias del incremento de las temperaturas y, a su vez, actuarán para reforzar y acelerar  el “acaloramiento global”. Cualquiera de estas retroalimentaciones podría ser causa de preocupación, pero si las consideramos todas juntas surge una imagen alarmante, según Lovelock. Este autor predice un calentamiento descontrolado: “La evidencia procedente de los observatorios del mundo”, afirma, “trae noticias de un inminente cambio en nuestro clima hacia uno que puede ser fácilmente descrito como el Infierno: tan cálido y tan mortal que sólo sobrevivirá un puñado de individuos entre los varios miles de millones que ahora están vivos”.50 Este pronóstico es una elaboración de la idea referente a sobrepasar los umbrales del sistema Tierra y desatar consecuencias tanto fatales como incontrolables: en la literatura acerca del cambio climático, se refieren al hecho de sobrepasar dichos umbrales como “interferencia antrópica peligrosa”.

Aunque el pronóstico concreto de un Infierno en que perecerán miles de millones se sitúa entre las predicciones más extremas del cambio climático, la vaga insinuación de una calamidad en ciernes para un gran número de personas, y para la propia civilización, es algo generalizado en dicha literatura. Tanto manifiestas como implícitas, las insinuaciones apocalípticas abundan en el discurso sobre el cambio climático. El concepto del apocalipsis no es sólo una idea de andar por casa, sino que es algo tan vigente hoy en día (con los fundamentalismos de todo tipo y sus ideas en pleno apogeo) que la referencia explícita a un inminente apocalipsis resulta redundante para los lectores de los escritos sobre el cambio climático. Las advertencias alarmantes acerca de las consecuencias del uso continuado de combustibles fósiles, junto con las imágenes de mares que se elevan, crecientes olas de calor, violentos incendios forestales, enfermedades descontroladas y océanos acidificados, bastan para evocar vívidamente una visión del fin del mundo que la cultura judeocristiana lleva haciendo circular desde hace dos milenios.

El pensamiento apocalíptico se manifiesta en una estructura narrativa triple referente al momento exacto en que se producirán, la naturaleza que tendrán y las consecuencias que acarrearán los sucesos que se esperan si las emisiones de gases de efecto invernadero siguen adelante: uno, se pronostica (o se insinúa) la llegada de una calamidad que destruirá la Tierra en un tiempo futuro, aunque no especificado; dos, es nebulosamente retratada como una única catástrofe monumental (anunciada previamente, quizá, por una serie de catástrofes menores interconectadas) que afectarán a todos y a todo; y tres, se sugiere que están en juego la supervivencia y la viabilidad de la civilización, con unos niveles previstos de muerte, sufrimiento y colapso social sin precedentes.

Independientemente de si las advertencias apocalípticas están prediciendo una realidad inmanente o no, y de si el mundo está dirigiéndose realmente al calor y la anomia infernales que Lovelock tanto teme, el cambio climático presentado como apocalipsis puede ser condenado por favorecer directamente a los fundamentalismos religiosos que amenazan al mundo. De hecho, las narrativas apocalípticas de la literatura acerca del cambio climático se acercan mucho a las proclamas proféticas que tanto abundan en el Antiguo y el Nuevo Testamento.51 Es digna de mención una perversa consecuencia de la similitud entre los imaginarios del cambio climático y de la Biblia: muchos fundamentalistas (políticos, altos cargos o ciudadanos) bien pueden permanecer indiferentes e impávidos ante las advertencias acerca del cambio climático, que no hacen más que reafirmar sus visiones del fin del mundo, por un lado, y de la segunda venida, por el otro. Tal como observa Derrick Jensen acerca de este perturbador elemento vigente en la actualidad, “para muchos fundamentalistas, el asesinato del planeta no es algo que se deba evitar, sino alentar, ya que acelera la victoria de Dios sobre todas las cosas terrenales”.52 Las advertencias apocalípticas encajan en las fantasías del día del juicio de aquellos a quienes parece importarles poco el destino de la biosfera; y aunque sus fantasías puede que no sean creencias ampliamente aceptadas, poseen cierto tipo de credibilidad de facto debido a su enorme ubicuidad cultural.53[h]

La afinidad narrativa con los relatos bíblicos es el menos problemático de los aspectos de representar la crisis climática como un apocalipsis en el futuro cercano. La dimensión más perniciosa de esta representación es la de eclipsar la realidad en que nos hallamos inmersos aquí y ahora (y en la cual nos llevamos hallando inmersos desde hace ya tiempo) -a saber, la simplificación y la homogeneización de la vida en la Tierra. El cambio climático no está causando, sino acelerando, el declive del planeta y aunque el grial tecnológico resolviese finalmente la crisis climática simplemente permitiría, con toda probabilidad, que siguiese produciéndose el desmantelamiento de la biosfera.

Además de fomentar la tendencia de la humanidad a centrar en sí misma su preocupación, el pensamiento apocalíptico dirige su atención hacia algún tipo de cataclismo hollywoodense futuro, mientras que adormece la consciencia acerca del sufrimiento presente y real de los seres no humanos, de la gente desposeída y empobrecida y de los consumidores atormentados por la confusión y el malestar. La devastación en curso de la vida y el desequilibrio patológico de la humanidad respecto a la naturaleza salvaje, junto con las escisiones dentro de sí misma, son las problemáticas que estamos llamados a afrontar –no la predicción de cierto desastre imaginario en cierto futuro imaginario.

Dado el marco dominante del cambio climático, apenas resulta sorprendente que los proyectos de la llamada “geoingeniería” (o, en un lenguaje aún más orwelliano, “gestión de la radiación”) sean aireados cada vez más como soluciones razonables a la crisis climática; resultaría igualmente poco sorprendente si, dentro de poco, fuesen promovidos como inevitables. Un artículo reciente aparecido en Nature afirma que dada “la necesidad de enfoques drásticos con el fin de evitar los efectos de la subida de las temperaturas a nivel planetario … parece probable que crezca la curiosidad acerca de la geoingeniería”.54 Seis meses antes, un artículo publicado en Wired hablaba con entusiasmo de las perspectivas, asegurándonos que “afortunadamente, un número de científicos cada vez mayor está pensando de un modo más agresivo, desarrollando apaños técnicos increíblemente ambiciosos para refrescar el planeta”.55 Yendo a la zaga de los temores apocalípticos, la geoingeniería es fácilmente presentada como una idea a la que le ha llegado su momento; las atenciones que el físico Paul Crutzen ha brindado  a la geoingeniería la han imbuido de una credibilidad incluso mayor. Crutzen recibió el Premio Nobel por su trabajo sobre la destrucción de la capa de ozono y ahora está promoviendo cuidadosamente “una activa investigación científica” sobre la posibilidad de lanzar SO2 a la estratosfera, el cual, mediante su conversión en partículas de sulfato, enmascararía el calentamiento global por medio de un efecto conocido como oscurecimiento global; Crutzen lo llama “aumento estratosférico del albedo”.56 En esencia, esta estrategia promueve contrarrestar un tipo de contaminación con otro.

En un artículo de 1997 aparecido en el Wall Street Journal, el físico nuclear Edward Teller se adelantó en una década a la corriente medioambiental imperante en la actualidad con una solución geoingenieril para el calentamiento global. De hecho, la invitación a llevar a cabo, si se viese necesario, manipulaciones técnicas increíblemente ambiciosas con objeto de refrescar el planeta, que Teller planteaba como una empresa racional y económicamente defendible, puede que, en retrospectiva, haya sido pionera en el campo de la política. Parece posible que el mensaje seguro de sí mismo y medido en dólares (y coincidente con el año del protocolo de Kyoto) jugase un papel en la reticencia de la actual administración estadounidense a escuchar las llamadas a restringir las emisiones, ya que Teller afirmaba confiadamente que si el calentamiento global acabase volviéndose peligroso, la aplicación de algún ingenioso megaapaño[i] ingenieril sería más barata que abandonar el uso de combustibles fósiles.57

Ciertamente resultaría irónico que el ecologismo convencional estuviese poniéndose al día respecto a la solución promovida por Teller, y quizá apoyada durante todo el periodo que duró la administración de Bush. Sin embargo, la ironía es más profunda que las políticas de turno. La programada racionalidad de una solución geoingenieril, alimentada por los temores apocalípticos que rodean al cambio climático, promete consecuencias (tanto físicas como ideológicas) que no harán sino apresurar el auténtico final de la naturaleza salvaje: “descubrimos aquí”, señala Murray Bookchin, “la irónica perversidad de un ‘pragmatismo’ que no es distinto, en principio, a los problemas que espera resolver”.58 Incluso si funcionan exactamente como se espera, las soluciones de la geoingeniería se asemejan mucho más al cambio climático antrópico que a una fuerza contraria al mismo: su puesta en práctica constituye la realización de un experimento con la biosfera, que viene respaldado por la arrogancia tecnológica, la renuencia a cuestionar o poner límites a la sociedad de consumo y una sensación de tener derecho a metamorfosear el planeta que resulta pasmosa. Son, de hecho, estos tres elementos -la tecnoarrogancia, la renuencia a plantear cambios radicales y los derechos ilimitados-, junto con la profunda erosión de la admiración hacia el planeta que creó la vida (y nos dio a luz), lo que constituye el apocalipsis real –si es que queremos llamarlo así, aunque las palabras humanización, colonización u ocupación de la biosfera son mucho más adecuadas para describirlo. Una vez que entendemos la crisis ecológica como la creciente transformación del planeta en un “miserable lugar de paso”59, se hace evidente que inducir el “oscurecimiento global” para contrarrestar el “calentamiento global” no es una medida correctiva sino otro capítulo en el proyecto de colonización de la Tierra, de lo que los teóricos críticos llamaron la dominación global.

La dominación tiene un enorme coste para el espíritu humano, un coste que puede incluir o no, el grado de riesgo y sufrimiento físico que los temores apocalípticos evocan. Los seres humanos pagan por la dominación de la biosfera –una dominación a la cual o bien están inclinados o bien están resignados- con la alienación respecto del resto de la vida de la Tierra.60 Esta alienación se manifiesta, ante todo y principalmente, en la invisibilidad de la crisis de la biodiversidad: la constante negación y represión, en el ámbito público, del hito histórico de la extinción en masa y de la destrucción acelerada de los tesoros biológicos de la tierra. Ha hecho falta la amenaza (para la gente y para la civilización) del cambio climático para permitir que la punta del iceberg de la biodegradación salga a la superficie en el discurso público, pero incluso esto ha sido tristemente inadecuado al no ser capaz de reconocer dos hechos cruciales: primero, que la crisis de la biodiversidad ha estado ocurriendo independientemente del cambio climático, y difícilmente será detenida con los molinos eólicos, las centrales nucleares y la captura de carbono, sea cual sea su cantidad y se combinen como se combinen entre sí; y, segundo, que es la devastación que las especies y los ecosistemas han experimentado hasta la fecha lo que permitirá, en gran medida, que ocurran aún más daños asociados al cambio climático.

La alienación humana respecto de la biosfera se manifiesta además en la obstinación de la racionalidad instrumental, la cual reduce todos los desafíos y problemas a variables que puedan ser controladas, reparadas, gestionadas o manipuladas a través de medios técnicos. La racionalidad instrumental es rara vez cuestionada de forma sustancial, salvo para poner de manifiesto las potenciales “consecuencias imprevistas” (por ejemplo, de poner en práctica las tecnologías geoingenieriles). La idea de que la racionalidad instrumental (en la forma de apaños tecnológicos para el calentamiento global) podría arreglar la cosas revolotea entre la tergiversación y el delirio: primero, porque  la racionalidad instrumental ha sido en sí misma la Némesis del planeta al mediar a la hora de considerar la biosfera como recurso y sancionar la transformación del Homo sapiens en una especie usuaria; y, segundo, porque la racionalidad instrumental tiende a inventar, ajustar y retocar los medios técnicos para que funcionen en ciertos contextos dados -cuando es lo dado, es decir, la civilización, tal y como está configurada económica y culturalmente en el presente, lo que necesita ser cambiado.

Contra el Antropoceno

“Habiendo golpeado el martillo humano”, escribe E. O. Wilson, “la sexta extinción ha dado comienzo. Se espera que esta oleada de pérdidas definitivas alcance a finales de este siglo, si nadie lo remedia, el nivel de la de finales del Mesozoico. Entonces habremos entrado en lo que tanto los poetas como los científicos podrán llamar la Era Eremozoica –la Era de la Soledad. La habremos creado enteramente nosotros mismos y lo habremos hecho siendo conscientes de lo que estaba sucediendo”.61 En el idioma griego moderno “eremo” también significa abandonado, vacío: Eremozoico también puede ser traducido como la “Era del Vacío”. Sin embargo, el nombre propuesto por Wilson no es el que ha tenido más gancho. En lugar de él, una reciente moda académica proclama la llegada del Antropoceno –“la Era del Hombre”– que se supone que ha sustituido al Holoceno que empezó al final de la última glaciación, hace unos 11.000 años. El hecho de que “las actividades de la humanidad” hayan crecido hasta convertirse “en una fuerza geológica y morfológica significativa”, que hoy en día da forma incluso a los parámetros del sistema climático, es la justificación que se ofrece para anunciar el Antropoceno –retrotrayéndolo incluso hasta el albor de la Revolución Industrial.62

El término Eremozoico evoca la inmensidad de lo que se está perdiendo y la desolación de la condición existencial humana en un mundo retocado en el que todo devuelve el reflejo de anthropos. El término Antropoceno, por otro lado, afirma lo que se está convirtiendo en algo omnipresente e ineludible: la ubicua marca de la humanidad moderna, el “frenesí civilizador de la era productiva y su furor por no dejar un solo trozo de terreno sin transformar, por ponerle a todo el sello de la producción”.63 Tanto “Eremozoico” como “Antropoceno” significan la inauguración de un mismo mundo; el hecho de que “Antropoceno” haya sido el término que ha prevalecido refleja la vanidad que caracteriza a nuestra especie en su forma moderna. Sin embargo, el empeño por bautizar la colonización de la biosfera con el nombre de “Antropoceno” sirve, de un modo más consecuente, para afianzar su realidad y sus consecuencias.

Hablar y actuar, como Peter Winch aclara en un texto clásico de sociología, son las dos caras de una misma moneda. No podemos ser tan ingenuos como para pretender que hablar del Antropoceno es meramente describir, porque, de hecho, es también actuar: dicho lenguaje lo ancla y participa en su consolidación. “La idea toma su sentido del papel que juega en el sistema”, explica Winch. “La relación entre la idea y el contexto es interna”.64 Proponer el uso del término “Antropoceno” como una descripción de la realidad (para lo cual está indudablemente justificado) es negar la responsabilidad respecto al modo en que, a su vez, el concepto propuesto actúa sobre la propia realidad que pretende estar meramente describiendo: reforzándola, agudizando sus contornos y finalmente, por medio del extraordinario poder del lenguaje para convertir el mundo en experiencia y significado, legitimándola. En resumen, proponer un concepto de esta magnitud no simplemente refleja el estado de las cosas, sino que también equivale a materializar y afirmar ese estado de las cosas.

La aceptación lingüística del Antropoceno refuerza conceptualmente los supuestos derechos de la humanidad moderna, y por tanto, refuerza el modo en que los seres humanos actúan dentro de la biosfera; por virtud de la relación interna entre idea y contexto (identificada por Winch), enunciar el Antropoceno además normaliza la interferencia humana en, y el uso de, todos los sistemas naturales del planeta. Enmascarada de realismo, la declaración del Antropoceno contribuye a fijar el curso de la historia en la dirección concreta que el propio concepto circunscribe. “Nuestra idea de lo que pertenece al reino de la realidad nos viene dada por el lenguaje que usamos”, escribe Winch. “Los conceptos que tenemos establecen para nosotros la forma de la experiencia que tenemos del mundo”.65 Esta afirmación no debe ser confundida con la noción simplista de que el lenguaje “construye el mundo”. Más bien, Winch (al igual que Wittgenstein en su última etapa, por quien se vio influido) afirma que los conceptos, las acciones, la realidad y la experiencia están tan profundamente entrelazados unos con otros como para ser mutuamente constituyentes. Cuando hablamos hemos de estar atentos no sólo a lo que estamos diciendo, sino a lo que estamos haciendo con lo que decimos –al poder de dar forma al mundo que tiene lo que estamos diciendo.

Aquellos que pregonan despreocupadamente el Antropoceno en los salones de la academia estampan discursivamente en la historia este resultado con el sello de “inevitable” e imprimen sobre la muerte del Holoceno la palabra “hecho”. Sin embargo, declarar la llegada del Antropoceno y el fin del Holoceno es arrogante y prematuro y debería ser desenmascarado como lo que es: la consagración de la dominación del planeta por parte de la humanidad o, en el mejor de los casos, una capitulación frente al fatalismo.

Para el pensamiento fatalista, la trayectoria de la civilización industrial de consumo parece seguir un curso que la humanidad no puede abandonar sin descarrilar; se da por hecho que, aunque los aspectos concretos del futuro puedan eludirnos, en líneas generales (para bien o para mal) sigue una dirección fija de “más de lo mismo”. Las proyecciones fatalistas ven el curso de la historia humana (y concomitantemente el de la historia natural) como el desenlace inevitable del impulso de las tendencias actuales. Según el punto de vista fatalista,66 los patrones actuales de la expansión económica global, el aumento del consumo, el crecimiento poblacional, la transformación u explotación de la tierra, el asesinato de la fauna salvaje, la extinción de las especies, la contaminación química, la devastación de los océanos, etcétera seguirán produciéndose, en mayor o menor medida, por virtud de la inercia que manifiestan las fuerzas masivas.67 Vemos aquí lo que Horkheimer y Adorno tenían en mente cuando señalaron que “la necesidad lógica … sigue atada a la dominación, como reflejo y como herramienta de la misma”.68

De hecho, el fatalismo es una mentalidad que refuerza las propias tendencias que la generan al fomentar el conformismo respecto a dichas tendencias. El conformismo que el fatalismo provoca es invisible para los propios pensadores fatalistas, los cuales no se consideran conformistas, sino simplemente realistas.69 Sin embargo, la fortificación conceptual y pragmática del sistema socioeconómico mediante el razonamiento fatalista es indiscutible, surgiendo como un efecto similar a lo que se llama “retroalimentación positiva” en cibernética,70 “acción en bucle” en filosofía 71 y “profecía autocumplida” en sociología.72

La complicidad del fatalismo a la hora de mantener el dominio de la civilización industrial de consumo merece un detallado escrutinio: el fatalismo puede que sea la forma de ideología más potente que exista. La ideología, según el modo en que Jürgen Habermas recapturó sucintamente dicho concepto, “sirve para impedir que las bases de la sociedad se conviertan en el objeto del pensamiento y la reflexión”.73 La declaración de que vivimos en el Antropoceno (por seguir con este ejemplo clave) tiene el efecto ideológico de impedir el cuestionamiento profundo y desechar incluso la discusión acerca de la acción revolucionaria. Más bien, se nos advierte indirectamente, nuestro destino es vivir nuestros días en la “Era del Hombre Moderno”, en la cual tendremos de apañárnoslas y gestionar el mundo lo mejor que podamos. Además, la estrecha y técnica concepción del cambio climático como “el problema” está en deuda con esa misma mentalidad fatalista. El problema real –el complejo industrial-consumista que está transformando el mundo en una orgía de explotación, superproducción y desechos- es tratado con guante de seda, dado por sentado y considerado como situado más allá del alcance del cuestionamiento eficaz.

Sin  embargo, esta civilización no está más allá del alcance de la acción radical –y ciertamente no está más allá del alcance de la crítica radical.74 Si el precio de “pensar en términos de alternativas al orden dominante [es] arriesgarse a la exclusión de la sociedad bienpensante[j]”, como observa el teórico social Joel Novel acerca de nuestra época, entonces paguemos el precio y preservemos nuestra claridad acerca de la irredimible realidad socioeconómica en que vivimos.75

 

Notas:

1.En lo referente al consenso científico acerca de cambio climático, véase el trascendental estudio de 2004 de Naomi Orestes, “Beyond the Ivory Tower: The Scientific Consensus on Climate Change”, Science 306, nº 1686 (3 de diciembre, 2004). Véase también el popular artículo de Bill McKibben, “The Debate is Over: No Serious Scientist Doubts that Humans Are Warming Up the Planet”, Rolling Stone, 3 de noviembre, 2005. Prácticamente todos los números de Science y Nature durante los últimos dos años han contenido algún artículo acerca de calentamiento global. Las publicaciones científicas ya no defienden la veracidad del cambio climático antrópico, sino que, dándola por cierta, informan acerca de sus diferentes dimensiones. Para un análisis de la persistente desconexión existente entre la percepción que el público estadounidense tiene acerca de la existencia de un “debate” acerca de la existencia del cambio climático y el estatus real que los científicos otorgan al cambio climático, véase el texto de Eugene Linden, “The Tides of Public Opinion”, en el capítulo 18 de Winds of Change: Climate, Weather, and the Destruction of Civilizations (Nueva York: Simon & Schuster, 2006), págs. 219–29.

2.Karen Litfin, “Environment, Wealth, and Authority: Global Climate Change and Emerging Modes of Legitimation”, International Studies Review 2, nº 2 (Verano 2000): 136 (en cursiva en el original).

3.Para un resumen actualizado de los datos de la ciencia del cambio climático, véase el informe del 2007 del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático (PICC)[k], “Climate Change 2007: The Physical Science Basis: Summary for Policymakers”, disponible “online” en la página web del PICC, http://www.ipcc.ch/. No citaré datos cuantitativos en este texto, ya que no son directamente relevantes para mi argumentación. Tim Flannery realiza un excelente trabajo en The Weather Makers: How Man is Changing the Climate and What it Means for Life on Earth[l] (Nueva York: Grove Press, 2005) a la hora de integrar las predicciones cuantitativas. Este libro es posiblemente el trabajo más exhaustivo realizado hasta la fecha acerca del cambio climático. Muchas de las discusiones y controversias más recientes radican en torno a las predicciones de la subida de los niveles marinos; véanse, por ejemplo, Richard Kerr, “A Worrying Trend of Less Ice, Higher Seas”, Science 311 , nº 5768 (24 de marzo, 2006): 1698–1701; y Stefan Rahmstorf, “A Semi-Empirical Approach to Projecting Future Sea-Level Rise”, Science 315, nº 5810 (19 de enero, 2007): 368–70. James Hansen ha puesto en cuestión las proyecciones del PICC del 2007 acerca de la subida del nivel del mar por considerar que son estimaciones potencialmente a la baja que “animarán al público a responder de forma predecible como si el cambio previsto en el nivel del mar fuese a ser moderado” y advierte del “peligro de ser excesivamente cautos” a la hora de realizar pronósticos en la ciencia del cambio climático. Hansen, “Scientific Reticence and Sea Level Rise”, Environmental Research Letters 2 (Abril-junio del 2007): 1 y 4.

4.El concepto del punto crítico está vinculado a la incipiente comprensión de la naturaleza no lineal de un clima forzado, lo que implica que una vez que se traspasa (traspasan) un umbral (o umbrales), las condiciones saltan a nuevos estados (posiblemente hostiles) tras un periodo de caos o perturbación. El “punto crítico” implica en gran medida una variable causal, a saber: un umbral de carga de carbono en la atmósfera (imposible de concretar), más allá del cual están aseguradas gigantescas e imparables consecuencias. Abundan los modelos climáticos o las especulaciones teóricas que muestran cuáles son dichas consecuencias potenciales. La posible interrupción de la “circulación termohalina” (una rama de la cual es más conocida como la Corriente del Golfo) y cuándo ésta podría ocurrir, reciben amplia atención. Un nivel del mar imposible de manejar y un calentamiento desbocado son también algunas de las posibles consecuencias de sobrepasar puntos críticos. Más recientemente se ha predicho la destrucción de la pluviselva amazónica como un resultado potencial del cambio climático. En su obra, Field Notes from a Catastrophe: Man, Nature, and Climate Change[m] (Nueva York: Bloomsbury, 2006), Elizabeth Kolbert cita a un glaciólogo que explica el punto crítico usando una imagen conmovedora: “Puedes llegar al punto y entonces simplemente retrocederás. Puedes llegar a él y volver atrás. Y, entonces, llegas a él y pasas al otro estado estable, que está completamente patas arriba” (pág. 34).

5.Linden, Winds of Change, pág. 31.

6.“Si empujamos al sistema del clima lo suficientemente fuerte, puede que adquiera un impulso”, advierte Hansen, “puede sobrepasar puntos críticos, de modo que los cambios climáticos continúen, sin control por nuestra parte. A menos que empecemos a frenar las fuerzas creadas por el ser humano, existe el peligro de que creemos un planeta diferente, uno muy alejado del rango que ha existido a lo largo del curso de la historia humana”. James Hansen, “Political Interference with Government Climate Change Science”, testimonio ante la Comisión para la Supervisión y la Reforma del Gobierno[n], Cámara de los Representantes de los Estados Unidos[o], 19 de marzo, 2007, pág. 10. Disponible “online” en:           http://oversight.house.gov/documents/20070319105800-43018.pdf.

7.Obras clásicas acerca de los límites del crecimiento son Limits to Growth: A Report for the Club of Rome’s Project on the Predicament of Mankind[p] de Donella Meadows et al. (Nueva York: Universe Books, 1972) y The Population Bomb[q] de Paul Ehrlich (Nueva York: Ballantine, 1971), que predijeron que los sucesos del agotamiento catastrófico de los recursos no renovables y de la superación de la capacidad de carga por parte de la población humana se producirían en unas pocas décadas. La aparición de la destrucción de la capa de ozono y del calentamiento global en los años 80 y 90, contribuyó a cambiar el discurso ecologista alejándolo de los miedos a sobrepasar la base de recursos hacia las consecuencias del colapso o el desequilibrio del sistema de la Tierra provocados por exceder la capacidad de los sumideros del planeta para absorber los productos de desecho globales.

8.Michael Shellenberger y Ted Nordhaus, “The Death of Environmentalism”, 29 de septiembre, 2004, pág. 6. Disponible “online” el la página “web” del Instituto Heartland:

http://www.heartland.org/Article.cfm?artId=16188.

9.Laurie David, The Solution is You! An Activist’s Guide (Golden, CO: Fulcrum, 2006), pág. 2.

10.  James Lovelock, The Revenge of Gaia: Earth’s Climate in Crisis and the Fate of Humanity (Londres: Penguin, 2006)[r], págs. 146 y 6.

11.  Flannery, The Weather Makers, pág. 209.

12.  Ross Gelbspan, The Heat is On: The Climate Crisis, the Cover-Up, the Prescription (Reading, MA: Perseus, 1998), pág. 173.

13.  Al Gore, An Inconvenient Truth: The Planetary Emergency of Global Warming and What We Can Do About It[s] (Emmaus, PA: Rodale, 2006), pág. 10.

14.  Bill McKibben, Deep Economy: The Wealth of Communities and the Durable Future (Nueva York: Times Books, 2007), pág. 20.

15.  James Hansen, “State of the Wild: Perspective of a Climatologist”, en preparación. Disponible online en:

http://www.giss.nasa.gov/~jhansen/preprints/Wild.070410.pdf.

16.  Lovelock, The Revenge of Gaia, pág. 11.

17.  Íbid.

18.  Flannery, The Weather Makers, pág. 220.

19.  A lo largo de este escrito uso el atajo conceptual “civilización industrial de consumo” como blanco de la crítica social. Esta expresión refleja la influencia de la Escuela de Frankfurt en mi pensamiento, especialmente la de los teóricos críticos Theodor Adorno, Max Horkheimer, y Herbert Marcuse. Estos pensadores elaboraron y revisaron sustancialmente el análisis de Marx del capitalismo como modo de producción, añadiéndole la dimensión del capitalismo como cultura, como modo de vida. La producción capitalista,  junto con los patrones e ideologías socioculturales del consumismo, son cómplices de la destrucción de la naturaleza y de la alienación de las relaciones sociales. La producción y el consumo, en otras palabras, constituyen un solo modo de vida literalmente totalitario, en el que la división social en grupos de “gobernantes” y “gobernados”, “perpetradores” y “víctimas”, se ha vuelto movediza cuando no absurda. Como señaló Marcuse en su, más actual que nunca, obra de 1964, la totalidad de la vida sociocultural y económica –desde las formas (reales o deseadas) de alimentación y habitación, hasta el transporte, pasando por el entretenimiento o la forma de sentir y pensar- “une, más o menos agradablemente, a los consumidores con los productores y, a través de estos últimos, con la totalidad”. Herbert Marcuse, One-Dimensional Man: Studies in the Ideology of Advanced Industrial Society[t] (Boston: Beacon, 1991), pág. 12. Horkheimer y Adorno siguieron la pista de los orígenes de la participación del colectivo en su propia dominación hasta el momento “histórico” en que el control mágico sobre la naturaleza (y sobre las deidades de la naturaleza) fue puesto en manos de una elite o minoría concreta a cambio de la preservación propia y social. Max Horkheimer y Theodor Adorno, Dialectic of Enlightenment[u], trad. John Cumming (Nueva York: Continuum, 1972), págs. 21–22. Tras este decisivo giro en que el cuerpo social se vio implicado en su propia dominación, “lo que unos pocos hagan a todos, siempre sucede como el sometimiento de los individuos por parte de la mayoría: la represión social siempre muestra la máscara de la represión por parte de un colectivo” (ibíd.). Y en otro lugar: “El extraviado amor de la gente común por el mal que se les hace tiene más fuerza que el ingenio de las autoridades” (ibíd., pág. 134). En vista de tales astutas observaciones por parte de los teóricos críticos, los análisis neomarxistas y anarquistas que acusan al poder de las grandes empresas y/o del estado de los problemas de los mundos natural y social son, en el mejor de los casos, sólo parcialmente ciertos.

20.  Hace más de treinta años, el filósofo medioambiental Arne Naess estableció la influyente distinción entre las ecologías “superficial” y “profunda”, que se caracterizan, respectivamente, por centrarse en los síntomas de la crisis medioambiental y por prestar una atención crítica a las causas que subyacen tras esos síntomas. A pesar de su desafortunado trasfondo elitista –que implicaba que algunos pensadores medioambientales eran capaces de reflexionar profundamente, mientras que otros se quedaban en discutir trivialidades- la distinción entre ecología superficial y profunda ha sido importante por dos motivos convincentes. Uno, aclaró cómo el estudio de la “sintomatología” lleva meramente a soluciones técnicas fragmentarias; y dos, mostró cómo, si se las deja sin tratar, las causas subyacentes acaban generando más síntomas desagradables. En otras palabras, el pensamiento ecológico superficial es técnico y estrecho de miras: cuando pensamos acerca del cambio climático como “el problema” –en vez de hacer frente al expansionismo ilimitado de la empresa capitalista como causa del problema– sin duda estamos siendo superficiales en nuestro pensamiento. Arne Naess, “The Shallow and the Deep, Long-Range Ecology Movements”, en George Sessions, ed., Deep Ecology for the Twenty-First Century (1973; Boston: Shambhala, 1995), págs. 151–55.

21.  Tal como señala el escritor medioambiental Derrick Jensen acerca de este tipo de razonamiento, acaba “discutiendo acerca de las técnicas que hacen falta para salvar la civilización, no acerca de los modos de salvar el planeta”. Endgame, vol. 2, Resistance (Nueva York: Seven Stories Press, 2006), pág. 757.

22.  E. O. Wilson, The Diversity of Life[v] (Nueva York: Norton, 1999), pág. 259.

23.  Me refiero aquí a los escritos sobre el cambio climático en general que incluyen importantes secciones acerca de la biodiversidad, no a las obras que se centran específicamente en la biodiversidad en relación al cambio climático. En The Weather Makers, Flannery examina el impacto del calentamiento global sobre la vida. En su profético libro, McKibben también dedicaba una atención considerable al destino de las especies y ecosistemas en relación al calentamiento global. Véase Bill McKibben, The End of Nature[w] (Nueva York: Random House, 1989). En su libro Laboratory Earth: The Planetary Gamble We Can’t Afford to Lose (Nueva York: Basic Books, 1997), el climatólogo Stephen Schneider tiene un capítulo sobre los efectos del cambio climático en la biodiversidad. Recientemente, Hansen y sus colegas han propuesto dos criterios para considerar “peligroso” al cambio climático: la subida de los niveles del mar y el exterminio de especies. Véase James Hansen et al., “Global Temperature Change”, PNAS 103, nº 39 (26 de septiembre, 2006): 14288–93. Para el volumen más completo hasta la fecha de todos los que tratan específicamente acerca del impacto del cambio climático en la biodiversidad, véase Thomas Lovejoy y Lee Hannah, eds., Climate Change and Biodiversity (New Haven, CT: Yale UP, 2005).

24.  Véanse David Burney y Tim Flannery, “Fifty millennia of catastrophic extinctions after human contact”, Trends in Ecology and Evolution 20, nº 7 (Julio 2005): 395–401; Dave Foreman, Rewilding North America: A Vision for Conservation in the 21st Century (Washington DC: Island, 2004); E. O. Wilson, The Creation: An Appeal to Save Life on Earth[x] (Nueva York: Norton, 2006); Wilson, The Future of Life[y] (Nueva York: Knopf, 2002); y Wilson, The Diversity of Life.

25.  Véanse Derrick Jensen, Endgame, vol. 1, The Problem of Civilization (Nueva York: Seven Stories, 2006); Joel Kovel, The Enemy of Nature: The End of Capitalism or the End of the World?[z] (Nueva Escocia: Fernwood, 2002); y Andy Fisher, Radical Ecopsychology: Psychology in the Service of Life (Albany: State Univ. of New York Press, 2002).

26.  La proliferación global de especies no nativas llevó a David Quammen a escribir un ensayo seminal acertadamente titulado “The Weeds Shall Inherit the Earth” [“Las malas hierbas heredarán la Tierra”], The Independent, 22 de noviembre, 1998.

27.  Algunos de los escritos recientes acerca del estado de la biodiversidad serían: Wilson, The Future of Life; Sharon Guynup, ed., 2006 State of the Wild: A Global Portrait of Wildlife, Wildlands, and Oceans (Washington, DC: Island, 2005); Burney y Flannery, “Fifty millennia of catastrophic extinctions”; Foreman, Rewilding North America; Michael J. Novacek, ed., The Biodiversity Crisis: Losing What Counts (Nueva York: The New Press, 2001); Norman Myers y Andrew Knoll, “The Biotic Crisis and the Future of Evolution”, PNAS 98, nº 10 (8 de mayo, 2001): 5389–92; Norman Myers “Conservation of Biodiversity: How are We Doing?” The Environmentalist 23, nº 1 (Marzo 2003): 9–15; Paul Ehrlich, “Intervening in Evolution: Ethics and Actions”, PNAS 98, nº 10 (8 de mayo, 2001): 5477–80; David Quammen, The Song of the Dodo: Island Biogeography in an Age of Extinctions (Nueva York: Scribner, 1996).

28.  Para una crítica del enfoque postmoderno acerca de los asuntos medioambientales, véase Eileen Crist, “Against the Social Construction of Nature and Wilderness”,[aa] Environmental Ethics 26, nº 1 (2004): 5–24.

29.  Toda la vida, con la probable excepción de los generalistas más resistentes (que bien podrían incluir a los seres humanos) y gran parte del reino microbiano.

30.  En su ultimo alegato a favor de la conservación de la vida, The Creation: An Appeal to Save Life on Earth, E. O. Wilson clasifica el impacto del cambio climático en la biodiversidad como una forma de “destrucción del hábitat” (pág. 81). Flannery destaca la misma idea cuando señala, acerca de la desaparición del sapo dorado[bb] (la primera extinción documentada debida al cambio climático), que destruimos la especie con centrales térmicas de carbón y vehículos utilitarios deportivos[cc] de un modo tan eficaz como si hubiésemos arrasado su hábitat con buldóceres. Flannery, The Weather Makers, pág. 11 9.

31.  Camilo Mora, Rebekka Metzger, Audrey Rollo y Ransom Myers, “Experimental simulations about the effects of overexploitation and habitat fragmentation on populations facing environmental warming”, Proceedings of the Royal Society B 274 (2007): 1023–28; aquí, pág. 1027.

32.  Reed Noss, “Beyond Kyoto: Forest Management in a Time of Rapid Climate Change”, Conservation Biology 15, nº 3 (Junio 2001): 578–90; aquí, pág. 581.

33.  Sin embargo, si la temperatura aumenta, durante este siglo, a un ritmo tan rápido como se predice (siempre que no actuemos para estabilizar el clima), excederá el “ritmo medio experimentado durante los últimos 120.000 años” y las condiciones paleoclimáticas ya no servirán como “referencias análogas cercanas con las que comparar un mundo rápidamente cambiante antrópicamente calentado” Lee Hannah, Thomas Lovejoy, y Stephen Schneider, “Biodiversity and Climate Change in Context”, en Lovejoy y Hannah, Climate Change and Biodiversity, pág. 5. Véase también Anthony Barnosky, “Effect of Climate Change on Terrestrial Vertebrate Biodiversity”, en A. D. Barnosky, ed., Biodiversity Response to Climate Change in the Middle Pleistocene: The Porcupine Cave Fauna from Colorado (Berkeley: Univ. of California Press, 2004), págs. 341–45.

34.  Gian-Reto Walther et al., “Ecological Responses to Recent Climate Change”, Nature 416, nº 28 (March 28, 2002): 389–95; Camille Parmesan y Gary Yohe, “A Globally Coherent Fingerprint of Climate Change Impacts Across Natural Systems”, Nature 421, nº 2 (January 2, 2003): 37–42; Camille Parmesan y John Matthews, “Biological Impacts of Climate Change”, en Martha J. Groom et al., eds., Principles of Conservation Biology, 3ª ed (Sunderland, MA: Sinauer Associates, Inc., 2005), págs. 333–74.

35.  En su informe sobre las extinciones estimadas como resultado del cambio climático, Chris Thomas y sus colegas sostienen que “el calentamiento antrópico desbanca, como mínimo, a otras amenazas conocidas para la biodiversidad … [y] es muy probable que sea la mayor amenaza en muchas, si es que no en la mayoría, de las regiones. Además, es muy probable que muchos de los graves impactos del cambio climático sean resultado de la interacción entre las distintas amenazas … en lugar de ser resultado del clima actuando en solitario”. Chris Thomas et al., “Extinction risk from climate change”, Nature 427 (8 de enero, 2004): 147. Una reseña anterior señalaba de forma similar que “la fragmentación de los hábitats, junto con el cambio climático, crean las condiciones idóneas para una oleada de extinciones incluso mayor de lo que previamente se pensaba”. Maarten Kappelle et al., “Effects of Climate Change on Biodiversity: A Review and Identification of Key Research Issues”, Biodiversity and Conservation 8, nº 10 (Octubre 1999): 1383–97. Véanse también Parmesan y Matthews, “Biological Impacts of Climate Change”; Noss, “Beyond Kyoto.”

36.  No estoy usando la expresión “naturaleza salvaje” [“wilderness”] con el sentido de naturaleza virgen, sino para referirme a las áreas que se han convertido en los últimos refugios a gran escala para la fauna, la flora y los ecosistemas salvajes. Es algo comúnmente aceptado en ecología que ningún lugar de la Tierra puede ya ser considerado virgen. Por ejemplo, el grado de contaminación acumulado en las profundidades marinas, uno de los lugares más inaccesibles del planeta (para visitarlo, no para verter residuos en él), es espeluznante. Véase Tony Konslow, The Silent Deep: The Discovery, Ecology, and Conservation of the Deep Sea, capítulo 7, “Dumping and Pollution” (Chicago: Univ. of Chicago Press, 2007).

37.  Flannery, The Weather Makers, pág. 172.

38.  Véanse Flannery, “Leveling the Mountains”, capítulo 18 de The Weather Makers; Stephen Williams, Elizabeth Bolitho, y Samantha Fox, “Climate change in Australian tropical rainforests: an impending environmental catastrophe”, Proceedings of The Royal Society B 270, nº 1527 (22 de septiembre, 2003): 1887–92.

39.  John Roach, “Penguin Decline in Antarctica Linked with Climate Change”, National Geographic News, May 9, 2001; Andrew Derocher et al., “Polar Bears in a Warming Climate”, Integrative and Comparative Biology 44, nº 2 (Abril 2004): 163–76.

40.  Véase Flannery, “Boiling the Abyss”, capítulo 20 de The Weather Makers; Koslow, “Climate Change”, capítulo 9 de The Silent Deep.

41.  Lee Hannah et al., “Conservation of Biodiversity in a Changing Climate”, Conservation Biology 16, nº 1 (Febrero 2002): 264–68; G. F. Midgley et al., “Assessing the Vulnerability of Species Richness to Anthropogenic Climate Change in a Biodiversity Hotspot”, Global Ecology and Biogeography 11 , nº 6 (Noviembre 2002): 445–51; J. Alan Pounds et al., “Case Study: Responses of Natural Communities to Climate Change in a Highland Tropical Forest”, en Lovejoy y Hannah, Climate Change and Biodiversity, págs. 70–74.

42.  Tom Birch, “The Incarceration of Wildness: Wilderness Areas as Prisons”, en J. Baird Callicott y Michael P. Nelson, eds., The Great New Wilderness Debate (Athens: Univ. of Georgia Press, 1998), págs. 443–70.

43.  Con esto no pretendo negar la importancia de las “áreas salvajes protegidas y de los parques nacionales [como] los fundamentos sobre los que se asientan la protección de la biodiversidad y la recuperación de lo salvaje[dd]” (Foreman, Rewilding North America, pág. 169). Las reservas de naturaleza salvaje serán la base para el siguiente paso de la “conservación profunda”: conectarlas entre sí para crear amplios patrones dinámicos a escala paisajística que permitan el flujo de las especies, los individuos y los genes de la fauna, la flora y los demás organismos. Véase Michael Soulé y Reed Noss, “Rewilding and Biodiversity: Complimentary Goals for Continental Conservation”, Wild Earth 8, nº 3 (Otoño 1998): 19–28; Reed Noss, “Wilderness Recovery: Thinking Big in Restoration Ecology”, en Callicott y Nelson, The Great New Wilderness Debate, págs. 521–39; Tom Butler, ed., Wild Earth: Wild Ideas for a World out of Balance (Minneapolis, MN: Milkweed Editions, 2002); Josh Donlan et al., “Pleistocene Rewilding: An Optimistic Agenda for 21st Century Conservation”, en Marcus Hall, ed., Restoria (Cambridge, MA: MIT Press, en preparación); Guynup, 2006 State of the Wild.

44.  Thomas Lovejoy y Lee Hannah, “Global Greenhouse Gas Levels and the Future of Biodiversity”, en Lovejoy y Hannah, Climate Change and Biodiversity, págs. 387–96.

45.  Chris Thomas, “Recent Evolutionary Effects of Climate Change”, en Lovejoy y Hannah, Climate Change and Biodiversity, págs. 75–88.

46.  Lovejoy y Hannah, Climate Change and Biodiversity, pág. 389.

47.  Respecto al hongo quitrido que ha llevado a la extinción a numerosas especies de ranas de Centroamérica y Sudamérica, Alan Pounds de la Estación Biológica de Monteverde, en Costa Rica, dice: “La enfermedad fue la bala que mató a las ranas, pero el clima fue quien apretó el gatillo” (citado en Mac Margolis, “Why the Frogs Are Dying”, Newsweek International, 16 de octubre, 2006).

48.  Gelbspan, The Heat is On, pág. 172.

49.  Lovelock, The Revenge of Gaia, pág. 34.

50.  Íbid., pág. 147.

51.  Un ejemplo procedente del Nuevo Testamento: “Y habrá extraños sucesos en los cielos, señales en el sol, la luna y las estrellas. Y aquí abajo, en la tierra, las naciones estarán sumidas en la confusión, perplejas ante los rugientes mares y las extrañas mareas. A muchas personas les faltará el coraje debido al terrible destino que verán que se cierne sobre la tierra, debido a que la estabilidad de los mismos cielos será hecha pedazos … Cuando veáis que los sucesos que he descrito tienen lugar, podréis estar seguros de que el reino de Dios está cerca”, Lucas 21:25–33.

52.  Jensen, Endgame, pág. 226.

53.  Estas declaraciones no pretenden ser una condena total del cristianismo en lo que respecta a los asuntos ecológicos. Una relación de administración cuidadosa[ee] respecto a la naturaleza (como mensaje principal de la Biblia) ha sido promovida por algunos cristianos, especialmente después del trascendental ensayo del historiador Lynn White, “The Historical Roots of our Ecologic Crisis”, que hacía recaer gran parte de la culpa de la crisis ecológica sobre el antropocentrismo cristiano. Véase White, “The Historical Roots of our Ecologic Crisis”, Science 155, nº 3767 (Marzo 1967): 1203–7.

54.  Oliver Morton, “Is This What it Takes to Save the World?” Nature 447 (10 de mayo, 2007): 132–36.

55.  David Wolman, “Rebooting the Ecosystem”, Wired, diciembre 2006.

56.  Paul J. Crutzen “Albedo Enhancement by Stratospheric Sulfur Injections: A Contribution to Resolve a Policy Dilemma?” Climate Change 77, nº 3–4 (Agosto 2006): 211–19. “Para compensar la duplicación de la cantidad de CO2”, señala Crutzen, “la carga estratosférica continuada tendría que ser considerable … [E]l cielo se blanquearía algo, pero también habría amaneceres y atardeceres coloridos” (pág. 213).

57.  Edward Teller, “Sunscreen for Planet Earth”, Wall Street Journal, 17 de octubre, 1997. Teller acaba su artículo como sigue: “[S]i las políticas del calentamiento global requieren que ‘se haga algo’ cuando realmente aún no sabemos si hace falta hacer algo –por no hablar de qué hacer exactamente- aprovechemos nuestra fortaleza excepcionalmente estadounidense en lo que respecta a innovación y tecnología para contrarrestar cualquier calentamiento global al menor coste posible. Mientras los científicos siguen investigando acerca de los efectos climáticos globales de los gases de efecto invernadero, nosotros deberíamos estudiar los modos de contrarrestar cualquier posible efecto pernicioso. Inyectar partículas que difuminen la luz solar en la estratosfera parece ser un enfoque prometedor. ¿Por qué no hacerlo?”.

58.  Murray Bookchin, The Modern Crisis, 2ª ed. (Montreal: Black Rose Books, 1987), pág. 32.

59.  Paul Shepard, “Ecology and Man—A Viewpoint”, en Sessions, Deep Ecology, págs. 131–40; aquí, pág. 133.

60.  Esto es una paráfrasis de la afirmación de Horkheimer y Adorno: “Los hombres pagan por el aumento de su poder con la alienación respecto a aquello sobre lo que ejercen el poder”. Horkheimer y Adorno, Dialectic of Enlightenment, pág. 9.

61.  Wilson, The Creation, pág. 91.

62.  Paul J. Crutzen, “The ‘Anthropocene’”, en Eckart Ehlers y Thomas Krafft, eds., Earth System Science in the Anthropocene: Emerging Issue and Problems (Berlín: Springer 2006), págs. 13 y 16.

63.  Jean Baudrillard, Revenge of the Crystal: Selected Writings on the Modern Object and its Destiny, 1968–1983, eds. y trads. Paul Foss y Julian Pefanis (Londres: Pluto Press, 1990), pág. 103.

64.  Peter Winch, The Idea of a Social Science and its Relation to Philosophy[ff] (Londres: Routledge & Kegan Paul, 1977), pág. 107.

65.  Íbid., pág. 15.

66.  Como ejemplo paradigmático de fatalismo medioambiental, véase el ensayo de Stephen Meyer en forma de librito publicado en el 2006. “No hay nada que podamos hacer para evitar las principales manifestaciones del final de lo salvaje en los siglos venideros”, nos dice Meyer. “Hemos acumulado una deuda de extinción gigantesca que convierte la recuperación y la restauración en una ilusión –por muchos esfuerzos que se realicen”. Stephen M. Meyer, The End of the Wild (Cambridge, MA: MIT Press, 2006), pág. 73.

67.  Para los fatalistas medioambientales, las consecuencias destructivas de los patrones actuales podrían ser mitigadas o parcialmente contrarrestadas mediante las oportunidades tecnológicas, la gestión racional y ciertas victorias medioambientales aquí y allá. “Con suerte”, opina Crutzen, “en el futuro el ‘antropoceno’ no sólo se caracterizará por el continuo saqueo humano de los recursos de la Tierra y por el vertido de cantidades excesivas de productos de desecho al medioambiente, sino también por una tecnología y una gestión inmensamente mejoradas, por el uso prudente[gg] de los recursos de la Tierra, por el control de las poblaciones de seres humanos y de animales domésticos y por la manipulación y la restauración cuidadosas y generalizadas del entorno natural. Existen enormes oportunidades tecnológicas”. Crutzen, “The ‘Anthropocene’”, pág. 17 (cursiva añadida).

68.  Horkheimer y Adorno, Dialectic of Enlightenment, pág. 37.

69.  La clase de realismo que permanece prudentemente vinculada a los hechos y a la inercia de los mismos, que Horkheimer y Adorno amargamente denominaron “sagacidad seca” y “razón sin sueños” –un tipo de pensamiento que, sin una reflexión profunda ni una argumentación rigurosa, extirpa el aspecto imaginativo al pensamiento revolucionario por considerarlo algo irrelevante, romántico o infantil. 

70.  Lo que sé acerca del comportamiento de los “sistemas”, lo he aprendido por medio del estudio de la ciencia de Gaia, en particular del rico conjunto que forman las obras de James Lovelock. Véase, por ejemplo, James Lovelock, Healing Gaia: Practical Medicine for the Planet[hh] (Nueva York: Harmony Books, 1991).

71.  Las elecciones conceptuales que hacemos (en el lenguaje común o en la ciencia social) para denominar, por ejemplo, a ciertos “tipos de personas” pueden crear “fuertes interacciones” con esas mismas personas. “He llamado a este fenómeno el efecto bucle de los tipos humanos”, explica Hacking. Ian Hacking, The Social Construction of What?[ii] (Cambridge, MA: Harvard UP, 1999), pág. 34 (cursiva en el original).

72.  Robert Merton, Social Theory and Social Structure[jj] (Nueva York: Free Press, 1968).

73.   Jürgen Habermas, Toward a Rational Society: Student Protest, Science, and Politics, trad. Jeremy J. Shapiro (Boston: Beacon Press, 1971), págs. 111–12.

74.  La crítica es en sí misma una forma de praxis revolucionaria. Esta fue una perspicaz noción de la Teoría Crítica que parece ser olvidada a menudo por los académicos de hoy en día.

75.  Kovel, The Enemy of Nature, pág. ix.

 


[a] Traducción a cargo de Último Reducto de “Beyond the Cimate Crisis: A Critique of Climate Change Discourse”. Original publicado en Telos 141 (Invierno 2007): 29-55. www.telospress.com. N. del t.

[b] Capa de suelo helado que cubre las latitudes árticas. N. del t.

[c] “Global heating” en el original. Se ha traducido como “acaloramiento global” para diferenciarla de la expresión “global warming” que es la habitualmente usada en inglés para referirse al calentamiento global. N. del t.

[d] “Biodepletion” en el original. N. del t.

[e] “Hitching rides” en el original. N. del t.

[f] “Wilderness” en el original. Este término se refiere a las zonas poco o nada humanizadas. Según el contexto, puede traducirse de diversas formas. En este texto, ha sido traducido como “naturaleza salvaje”, salvo que se indique de otro modo. N. del t.

[g] “Wilderness” en el original. N. del t.

[h] Aquí conviene tener en cuenta que la autora es estadounidense y que en su país los fundamentalistas cristianos tienen un peso social y político importante. N. del t.

[i] “Mega-fix” en el original. N. del t.

[j] “Polite” en el original. N. del t.

[k]Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC)” en el original. N. del t.

[l] Existe edición en castellano: The Weathermakers. La Amenaza del Cambio Climático, Editorial Taurus, 2006. N. del t.

[m] Existe edición en español: La catástrofe que viene: apuntes desde el frente del cambio climático, Planeta, 2008. N. del t.

[n]Committee on Oversight and Government Reform” en el original. N. del t.

[o] “U.S. House of Representatives” en el original. N. del t.

[p] Existe traducción al castellano: Los límites del crecimiento, Fondo de Cultura Económica, 1973.  N. del t.

[q] Existe traducción al castellano: La explosión demográfica. Salvat, 1993. N. del t.

[r] Existe traducción al castellano: La venganza de la Tierra, Editorial Planeta, 2007. N. del t.

[s] Existe traducción al castellano: Una verdad incómoda: la crisis planetaria del calentamiento global y cómo afrontarla, Gedisa, 2009. N. del t.

[t] Existen varias ediciones en castellano. Por ejemplo: El hombre unidimensional, Ariel, 2010. N. del t.

[u] Existe edición en castellano: Dialéctica de la Ilustración, Akal, 2007. N. del t.

[v] Existe edición en castellano: La diversidad de la vida, Crítica, 2001  N. del t.

[w] Existe edición en castellano: El fin de la Naturaleza, Ediciones B, 1990. N. del t.

[x] Existe edición en castellano: La creación: salvemos la vida en la Tierra, Katz, 2007. N. del t.

[y] Existe edición en castellano: El futuro de la vida, Galaxia Guttenberg, 2003. N. del t.

[z] Existe edición en castellano: El enemigo de la naturaleza: ¿el fin del capitalismo o el fin del mundo?, Tesis 11 Grupo Editor, 2005. N. del t.

[aa] Existe traducción al castellano: “Contra la construcción social de la naturaleza salvaje” en esta misma página web. N. del t.

[bb] “Golden toad” en el original. Incilius periglenes. Extinto en 1989. N. del t.

[cc] “SUVs” en el original. N. del t.

[dd] “Rewilding” en el original. N. del t.

[ee] “Stewardship” en el original. El término “stewardship” suele utilizarse, sobre todo en ciertos contextos ecologistas anglófonos, para dar a entender un tipo de gestión o dominación benigna o paternal de la Naturaleza; algo así como proponer a los seres humanos como los “guardines” y “cuidadores” que se deberían hacer cargo de ella, para protegerla y cuidarla (cuando no para intentar “mejorarla”). N. del t.

[ff] Existe traducción al castellano: Ciencia social y filosofía, Amorrortu, 2012. N del t.

[gg] “Wise use” en el original. N. del t.

[hh] Existe traducción al castellano: Gaia: una ciencia para curar el planeta, Integral, 1992.  N. del. t.

[ii] Existe traducción al castellano: ¿La construcción social de qué?, Paidós, 2001. N. del. t.

[jj] Existe traducción al castellano: Teoría y estructura sociales, Fondo de Cultura Económica, 2003. N. del. t.