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¿Qué es la Naturaleza salvaje?

La Naturaleza salvaje es todo aquello que no es artificial y cuyo funcionamiento es autónomo. Lo salvaje es la parte de la Naturaleza que es indómita, que no está sometida al control y la gestión por parte de los seres humanos (o de sistemas tecnológicos fabricados por ellos). La influencia del ser humano en buena parte de los ecosistemas del planeta ha sido intensa en los últimos siglos (o incluso milenios) y esto es especialmente notable en la península ibérica, donde lo salvaje no tiene una presencia ni en el entorno ni en la cultura siquiera remotamente parecida a la de otros países (especialmente los de ascendencia germánica y nórdica, de donde proviene el término “wilderness”, del que hablaré después).

La noción de la Naturaleza salvaje y de su valor es algo poco conocido en nuestro país. Dichas cuestiones han sido muy poco desarrolladas teóricamente y apenas han tenido presencia e influencia en la cultura y la población en general, ni siquiera entre aquellos que dicen amar la Naturaleza y querer conservarla. Sin embargo, la Naturaleza salvaje sigue ahí, en todas partes, más o menos dominada según el lugar y, por el momento, sigue latente, pudiendo resurgir allá donde se libre de la injerencia de las sociedades humanas.

Una de las consecuencias de la escasa presencia de lo salvaje en nuestra cultura y entorno, es lo que se conoce como “el síndrome de las referencias cambiantes”, aplicado a nivel ecológico (Palau, 2019): a medida que los ecosistemas van perdiendo su carácter salvaje (la autonomía de los procesos naturales), las personas tienden a ir tomando como referencia de lo que es un ecosistema sano y bien conservado entornos que en realidad no son sino, en el mejor de los casos, estados degradados de lo que en su día hubo. Esto ha influido en la forma en que muchas personas dentro del ecologismo suelen plantear el ideal ecológico en España (un país intensamente humanizado desde hace muchos siglos): un mundo rural o urbano “verde”, con una “naturaleza” mayoritariamente domesticada y en gran medida dependiente del ser humano y de su cultura. Si todo lo que una persona llega a conocer en su entorno son calles de ciudades y pueblos, jardines, terrenos agrícolas o ganaderos, plantaciones de árboles y bosques secundarios, lo más normal es que esta persona acabe por pensar que eso es la verdadera Naturaleza, ya que el entorno no posee territorios salvajes que sirvan como referencia de lo que es un lugar verdaderamente natural, sano y bien conservado. Es necesario un esfuerzo mental (aparte de unos conocimientos a nivel ecológico) para darse cuenta de que la Naturaleza auténtica (es decir, salvaje) es otra cosa: lo que había antes de toda esa domesticación y degradación. Este “síndrome” favorece que se tomen como referencia de lo que son ecosistemas sanos y bien conservados, entornos cada vez más degradados.

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