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El siguiente texto toca de una forma relativamente original e interesante una serie de puntos conflictivos en torno al concepto de lo salvaje y de las posturas, a menudo enfrentadas, que muchas personas interesadas en la relación de los seres humanos con la Naturaleza suelen plantear al respecto. Por desgracia, el autor, Bill Throop, no es muy bueno a la hora de usar el lenguaje para expresar sus ideas de forma sencilla y clara (esto se ha tratado de mejorar en la medida de lo posible en la traducción, pero aún así algunas frases siguen quedando demasiado enrevesadas). Así que ofreceremos a continuación un resumen del hilo argumental del artículo, para facilitar su posterior lectura:

Según el autor, en lo que respecta a la relación que el ser humano debe mantener con la Naturaleza, existen dos bandos, en gran medida enfrentados. Por un lado, están los preservacionistas, que suelen defender que lo humano y la Naturaleza salvaje son entidades diferentes e incluso opuestas que deben mantenerse separadas para poder preservar lo que queda de la segunda. Por el otro, los “integracionistas”, que basándose en la asunción (hasta cierto punto cierta) de que lo humano también forma parte de la Naturaleza, consideran que la forma de evitar que la destrucción de la Naturaleza avance es reconocer el hecho de que lo humano es también natural e integrar de forma “sostenible” a nuestra especie y sus obras en la Naturaleza (o viceversa), y no (tanto) declarar espacios naturales estrictamente protegidos, ya que esto último, según ellos, separa artificiosamente a los seres humanos de la Naturaleza.[1]

El autor trata de superar este conflicto, analizando diversas formas de entender a los seres humanos como parte de la Naturaleza salvaje y las limitaciones de cada una de ellas.

Para empezar, plantea tres principios o condiciones que debe cumplir toda descripción de los seres humanos como seres salvajes o naturales[2]:

a. Debe referirse a características que posean valor intrínseco en los seres humanos.

b. Debe ser coherente con el valor de los ecosistemas salvajes.

c. Debe ser coherente con los conocimientos biológicos e históricos actuales sobre los seres humanos.

Después sigue planteando y valorando sucesivamente cuatro formas de entender y describir el carácter salvaje en los seres humanos (cada una de ellas, supuestamente, sustituye, precisa y mejora a la anterior):

  1. El carácter salvaje humano como los rasgos y comportamientos humanos causados por condiciones en las que no intervienen los seres humanos.

  2. El carácter salvaje humano como los rasgos y comportamientos humanos espontáneos (no razonados ni deliberados).

  3. El carácter salvaje humano como los rasgos y comportamientos humanos no convencionales.

  4. El carácter salvaje humano como los rasgos y comportamientos humanos no causados por entornos humanizados.

Y acaba concluyendo que, según él, (4) es la forma más satisfactoria de plantear el carácter salvaje en los seres humanos, aunque no sin ciertos matices:

(i) El valor del carácter salvaje en los seres humanos puede ser anulado por otros valores. Por ejemplo, según el autor, el desarrollo tecnológico puede ser más importante que mantener el carácter salvaje, tanto de los ecosistemas como de los seres humanos.

(ii) El valor del carácter salvaje es contextual, es decir, depende del contexto y las circunstancias: en especial su valor parece estar en proporción inversa a su abundancia o predominio. Así, si lo salvaje predomina sobre la civilización, el carácter salvaje pierde valor frente a los rasgos civilizados y viceversa. Según el autor, debe haber un equilibrio entre ambos.

(iii) El valor del carácter salvaje es sistémico, es decir, el carácter salvaje ha de ir acompañado de otras propiedades para tener valor.

Por último, después de haber mareado la perdiz durante todo el texto pretendiendo ofrecer una solución o al menos aclarar las cosas respecto al conflicto entre preservacionismo e “integracionismo”, nos acaba dejando más o menos como al principio, diciendo que la solución es preservar ciertas zonas salvajes y desarrollar “sosteniblemente” el resto. Eso sí, ni siquiera nos dice cómo sería posible hacer esto, en caso de que lo fuese.

Como ya señalamos en el caso de otro texto de un colega de Throop[3], cuando los “filósofos” se proponen aclarar las cosas e iluminarnos a menudo lo acaban enturbiando todo aún más. O al menos, como en este caso, no aclaran mucho ni aportan ninguna solución en realidad.

Veamos a continuación algunos de los defectos de este texto:

El principal error consiste en que el conflicto entre el preservacionismo y lo que el autor llama “integracionismo” no tiene tanto que ver con la postura filosófica de fondo acerca de la pertenencia o no de los seres humanos a la Naturaleza, como con el habitual rechazo o desdén por parte de los “integracionistas” de la noción de lo salvaje (lo autónomo no artificial) y, sobre todo, de su valor intrínseco. O dicho de otro modo, los preservacionistas suelen ser ecocéntricos, mientras que los “integracionistas” suelen ser humanistas más o menos abiertamente antropocéntricos. Luego, la solución a este conflicto ideológico, si la hay y merece la pena buscarla, no pasa por encontrar formas de definir el carácter salvaje que sean compatibles con el “integracionismo” (que es lo que el autor ha pretendido lograr, con mayor o menor acierto, en este texto). En realidad, el autor, como “buen” filósofo, se está saliendo por la tangente para no tener que posicionarse abiertamente por uno de los bandos y poder dar así una falsa apariencia de imparcialidad (en realidad es obvio que se sitúa en el bando del preservacionismo; y, por cierto, ésta es una de sus virtudes); un viejo truco usado a menudo por intelectuales, políticos y demás charlatanes para hacer que sus interlocutores bajen la guardia.

Además de este defecto fundamental, cabe poner seriamente en cuestión algunas de las asunciones del autor:

  • Throop parece aceptar la premisa “integracionista” de que, “desde una perspectiva ecológica, los seres humanos son miembros de las comunidades ecológicas, son interdependientes respecto a los demás miembros de las comunidades”. Se entiende que con lo de “comunidades ecológicas” se refiere a los ecosistemas naturales y salvajes. Pero, en tal caso, ¿de qué modo los seres humanos civilizados forman parte de dichas comunidades ecológicas salvajes? ¿Y de qué modo las comunidades ecológicas salvajes dependen de los seres humanos civilizados? Es cierto que los seres humanos, civilizados o no, dependen de la Naturaleza para seguir existiendo (aire, agua, alimentos, recursos, energía, espacio), pero no viceversa: la Naturaleza no nos necesita. Más bien al contrario, la existencia de sociedades humanas civilizadas inevitablemente destruye y degrada la Naturaleza y a ésta le va mucho mejor sin ellas.

  • El autor asume que los cazadores-recolectores paleolíticos y sus comportamientos eran “salvajes”, pero si la Naturaleza (o lo natural) es aquello que no es artificial, y si lo salvaje es lo natural que es autónomo, entonces ¿hasta qué punto se puede decir que los seres humanos (civilizados o no) y sus comportamientos son “naturales” o “salvajes”?

  • El autor, como suele ser habitual, confunde valor (positivo) con bondad, y no necesariamente son lo mismo siempre. El valor (positivo) de algo puede residir simplemente en que no es malo, aunque tampoco sea bueno. De hecho, es lo que sucede en el caso de la Naturaleza.

  • El autor considera que el valor de los presuntos beneficios que aporta la tecnología a los seres humanos, puede igualar o superar al valor de la Naturaleza salvaje, que lo salvaje y la civilización industrial pueden convivir en “equilibrio”, o incluso que la última puede desarrollarse “sosteniblemente” sin dañar a lo primero. Estas son posturas inaceptables para cualquiera que realmente tome el valor del carácter salvaje como valor fundamental[4] y denotan que el autor debe aún aclararse acerca de muchos aspectos de su propia teoría. Básicamente, debería decidir de parte de quién está realmente: de la Naturaleza salvaje o de la sociedad tecnoindustrial.

  • El autor afirma que el valor de lo salvaje es (y ha de ser) intrínseco, pero a la vez dice que es contextual. Sin embargo, si el valor del carácter salvaje es contextual, entonces no es intrínseco. Un valor intrínseco, por definición, es absoluto, objetivo, inherente e independiente del contexto. Si su existencia depende de quién lo asuma (o de si alguien lo asume), de las circunstancias (por ejemplo, de su abundancia o rareza), de otros valores, etc. ya no es intrínseco, sino extrínseco, relativo y/o subjetivo.

  • No queda nada clara la diferencia (si es que realmente la hay) entre las descripciones (1) y (4) del carácter salvaje humano ofrecidas por el autor. ¿Cuál es la diferencia entre “condiciones en las que no intervienen los seres humanos” y “entornos no humanizados”?

A pesar de estos defectos e incongruencias, o quizá en parte debido a ellos, el artículo sirve al menos para reflexionar, entre otras cosas, acerca del concepto del carácter salvaje, de los límites de su aplicabilidad a los seres humanos y de la validez y limitaciones de las teorías existentes acerca de la relación entre el ser humano y la Naturaleza salvaje.

[1] En principio, este conflicto es el contexto teórico en que se sitúan muchos otros textos publicados en la sección “Textos sobre el concepto de la Naturaleza salvaje y teoría ecocéntrica” (https://www.naturalezaindomita.com/textos/naturaleza-salvaje-y-teora-ecocntrica), en esta misma página web).

[2] El autor, aunque se decanta por el término “salvaje” (“Allá donde yo hablo del ‘carácter salvaje’ otros hablan de ‘ser natural’. Yo prefiero la primera expresión ya que los vendedores de comida y vitaminas aún no se han apropiado de ella y tiene un aire menos genérico que ‘natural’”), no parece tener siempre muy clara la diferencia entre los conceptos de “natural” y “salvaje”. Así, por un lado dice que “el carácter salvaje está en función del grado en que un ecosistema no ha sido alterado o controlado por los seres humanos”, es decir, lo salvaje es aquella parte de la Naturaleza que es autónoma y sigue sus propias dinámicas; pero por otro dice que “una característica … será salvaje en la medida que no haya sido causada por entornos humanizados”, o sea, que lo salvaje, según él, es todo lo que no es artificial, es decir, lo salvaje es lo mismo que lo natural. Sin embargo, en realidad, “natural” se refiere sólo al origen de ciertas cosas (cualquier cosa que no haya sido creada por el ser humano; que no sea artificial), mientras que “salvaje” se refiere al funcionamiento de sólo algunas (en realidad, la mayoría) de las cosas naturales (aquellas que funcionan de forma autónoma; que siguen sus propias dinámicas y procesos).

[3] “Respetar la autonomía de la naturaleza en relación con la humanidad”, del también filósofo Ned Hettinger: https://www.naturalezaindomita.com/textos/naturaleza-salvaje-y-teora-ecocntrica/respetar-la-autonoma-de-la-naturaleza-en-relacin-con-la-humanidad.

[4] Aunque sólo sea por sus implicaciones prácticas: a la hora de la verdad, implicarán siempre traicionar a la Naturaleza en favor del desarrollo tecnológico.