¡Por el amor de Dios! ¿Qué es el valor intrínseco y por qué importa?
Por Chelsea Batavia y Michael P. Nelson
Por Chelsea Batavia y Michael P. Nelson
Este texto nos pareció interesante por el tema que trata: el concepto del valor intrínseco de la Naturaleza y su importancia a la hora de argumentar a favor de la conservación de ésta. Los autores en realidad están reaccionando a las críticas de corte antropocéntrico que, desde hace décadas se están llevando a cabo, incluso por parte de ciertos sectores ecologistas, no ya del concepto del valor intrínseco (VI) de la Naturaleza, sino incluso del propio concepto de Naturaleza en sí. No es la primera vez que publicamos textos denunciando la falsedad y los motivos ideológicos más o menos ocultos que se esconden detrás de estás críticas, pero nos parece que nunca está de más hacer hincapié en este tema y añadir nuevas perspectivas y detalles acerca de dichas denuncias.
Especialmente interesante nos parece el que los autores mencionen explícitamente el problema del animalismo en la conservación: en realidad, a pesar de su aparente antiantropocentrismo, los planteamientos, valores y fines animalistas son en última instancia incompatibles con los planteamientos, valores y fines conservacionistas. Es decir, el animalismo es, en el fondo, contrario a la conservación de la Naturaleza autónoma, y esto es algo que debería ser recordado y tenido en cuenta más a menudo por parte de aquellos que realmente quieran preservar lo salvaje.
También nos parece interesante y necesaria la crítica que los autores hacen de la deriva que ha tomado el concepto del “Antropoceno”, noción que en la actualidad está ideológicamente cargada de implicaciones y motivaciones humanistas, tecnófilas y progresistas.
Asimismo, hay que destacar lo acertado de la crítica que los autores hacen del monismo ecológico, es decir, de la idea ampliamente extendida en los círculos ecologistas y similares de que lo humano forma parte de la Naturaleza y de que no existe una diferencia fundamental entre lo humano y lo no humano, entre lo natural y lo artificial. Y de las contraindicaciones que implica este monismo.
Y aunque quizá no la hayan logrado expresar se forma suficientemente inequívoca (véase más adelante), resulta interesante también su crítica de la confusión entre antropogénesis y antropocentrismo.
Dicho esto, como de costumbre, pasamos a señalar también aquellos puntos del artículo que nos parecen discutibles:
- Para empezar, los autores (y muchos, si no todos, aquellos a quienes citan al respecto) confunden “valor positivo” con “bien” o “bondad”, pero en realidad ambos conceptos ni son necesariamente lo mismo, ni tienen las mismas implicaciones. Así, para ellos decir que la Naturaleza tiene un valor intrínseco positivo es lo mismo que decir que la Naturaleza es “buena” en sí misma y/o por sí misma. Sin embargo, en realidad, si bien las cosas con un valor intrínseco negativo sí que son siempre malas en sí mismas, las cosas con un valor intrínseco positivo simplemente son valiosas en sí mismas y, aunque no son malas, tampoco son (¿necesariamente?) buenas. Son simplemente como deben ser. Lo malo, el mal o, dicho de otro modo, lo que tiene valor intrínseco negativo es lo que amenaza inevitablemente la existencia de aquello que tiene valor intrínseco positivo. Y, por tanto, el concepto de valor intrínseco positivo implica el deber moral de evitar y combatir el mal, es decir, aquello que tiene valor intrínseco negativo. Al contrario del concepto de valor intrínseco positivo, que sólo implica moralmente que hay que preservar dicho valor frente a lo que lo amenaza (es decir, hay que evitar hacer el mal y hay que tratar de eliminarlo), el concepto de “bien” conlleva además el deber de “hacer el bien” y de añadir “mejoras” (incluso a aquellas cosas que ya tienen valor intrínseco positivo y no están amenazadas o degradadas por cosas malas). Es decir, cuando se considera que algo es “bueno” no sólo se insinúa que es como debe ser y que se debe combatir aquello que lo amenaza, sino que además siempre hay que tratar activamente de aumentar ese “bien”. Para quienes creen en él, el “bien” preexistente nunca es ni será suficiente. Hay que seguir creando y añadiendo “bien” suplementario artificialmente y de forma continuada e ilimitada. Esta obligación de hacer el “bien”, de “mejorar” constantemente incluso aquello que no es malo y es ya como debe ser, acaba siempre implicando la sustitución o destrucción (a menudo inconscientes) de cosas con valor intrínseco positivo, que no son malas. Es decir, el concepto de “bien” acaba siempre implicando, encubriendo, justificando e imponiendo un mal, un valor intrínseco negativo.
Para que se entienda mejor: aunque los autores (citando a otro autor) asumen que “El VI […] puede ser positivo (intrínsecamente bueno), negativo (intrínsecamente malo) o neutro. […E]l VI negativo es un valor intrínsecamente negativo, algo que resta valor a la bondad general del mundo”, ésta es sólo una de las interpretaciones posibles del significado del valor intrínseco. De hecho, aunque es la más típica y habitual, no por ello es la más acertada. Otra, igualmente lógica, y a nuestro juicio más apropiada, sería: El VI [sólo puede ser positivo o negativo. El VI positivo implica necesariamente ser intrínsecamente “correcto”, “deseable” o “valioso” (aunque no “bueno”). El VI negativo implica necesariamente ser intrínsecamente “indeseable” o “incorrecto”. Lo moralmente neutro simplemente carece de valor intrínseco, positivo o negativo. El concepto de VI positivo no es sinónimo de “bondad intrínseca”. La “bondad intrínseca” o “bien intrínseco” no existe. Sin embargo, el concepto de VI negativo” sí existe. El VI negativo puede entenderse como la antítesis del VI positivo. El VI negativo es incompatible con el valor intrínseco negativo. En otras palabras, el VI negativo es aquello que resta valor intrínseco positivo a aquello que lo posee.
En concreto, en el caso que nos ocupa, el hecho de que la Naturaleza tenga valor intrínseco positivo y debamos reconocérselo no implica que sea intrínsecamente buena, sino solamente que no es intrínsecamente mala y que es como debe ser. Y, por tanto, no hace falta tratar activamente de mejorar la Naturaleza, basta con dejarla en paz y no interferir con ella. Basta con dejar de destruirla y someterla, y con dejarla recuperarse.
Y, en definitiva, creemos que muchas de las cosas que dicen los autores en el texto usando el término “bondad” se entenderían de una forma más adecuada e inequívoca si se sustituyese dicho término por “VI positivo”.
- Los autores hablan de mantener un “diálogo productivo”, pero nosotros dudamos mucho que se pueda mantener ningún “diálogo productivo” (es decir, que se pueda avanzar el la preservación de la Naturaleza salvaje a través del intercambio de argumentaciones racionales) con quienes cuestionan el valor intrínseco de la Naturaleza. La distancia entre los valores básicos en que se basan ambas partes es tan grande que no puede superarse mediante el uso de la lógica meramente.
Es más, ¿qué significa aquí “diálogo productivo”? ¿Entablar debates filosóficos en círculos académicos para obtener prestigio intelectual? ¿Negociar (es decir, entablar conversaciones para acordar la obtención de ciertos objetivos mediante la realización de concesiones y el relajamiento de los principios y fines propios originales)? ¿Qué tiene esto de productivo, si por “productivo” entendemos avanzar hacia los fines originales (los mismos que, por definición, deben ser relativizados, rebajados o incluso abandonados para “avanzar en el diálogo”)?
Por otro lado, el fin de quienes desean preservar lo que queda de Naturaleza salvaje y recuperar lo que se ha perdido de la misma, como los propios autores reconocen, no es ni debe ser conseguir caerle bien a nadie, llegar a más gente, ser más populares o vender mejor un “producto”. Por tanto, el fin no es ni debe ser “dialogar”, sea lo que sea que esto signifique. El fin debe ser precisa y exclusivamente preservar y recuperar la Naturaleza salvaje.
- En la misma línea dialogante y tolerante, los autores sostienen que “la diversidad de perspectivas es buena” y que “están comprometidos con la idea de que la diversidad de perspectivas es valiosa (intrínsecamente, instrumentalmente o ambas cosas)”. Lo que no nos explican es por qué y para qué dicha diversidad es tan buena y valiosa. No nos dicen en qué mejora la eficiencia, la funcionalidad, el valor o la calidad de una organización o colectivo conservacionista el hecho de que en su seno haya una gran y marcada diversidad de perspectivas. No nos dicen de qué manera el desacuerdo profundo o incluso la incompatibilidad acerca de los principios, valores, ideas y fines básicos entre los integrantes de un grupo o movimiento hacen que éste sea más eficiente, fuerte y capaz de lograr sus objetivos (si es que logran primero llegar a ponerse de acuerdo sobre ellos). Y no nos lo dicen porque en realidad no existe forma de que una organización o movimiento sea muy plural y a la vez sea eficiente para lograr realmente objetivos generales definidos y que, sobre todo, merezcan la pena. Lo de exaltar el supuesto valor de la diversidad es meramente otra concesión de los autores a la narrativa políticamente correcta imperante. Simplemente queda bien decirlo, y queda mal decir o sugerir lo contrario.
Y esto explica también, en parte, por qué tanto los autores, como otros muchos conservacionistas dan tanto valor a la biodiversidad. Simplemente, en la ideología progresista imperante en muchas sociedades industriales modernas la “diversidad” es un concepto chupiguay cuya bondad se asume acríticamente (porque, en principio, favorece la perpetuación y el desarrollo de dichas sociedades).
- En estrecha relación con todo esto, los autores dicen que se debería “situar la ética en primera línea de la planificación y las políticas de conservación, para influir e inspirar el cambio moral transformador que sin duda es necesario que se produzca para dar pasos significativos hacia un futuro sostenible” y que “el cambio moral es una parte esencial de la misión de la conservación”. Aquí, de nuevo, nos vemos obligados a denunciar el idealismo que es casi omnipresente en el discurso conservacionista. Es decir, la ingenuidad de pensar que hay que cambiar las ideas de la población para cambiar la sociedad. En concreto para el caso que nos ocupa, las causas últimas de la destrucción y el sometimiento de la Naturaleza salvaje no son éticas o morales, sino materiales. No es que la gente destruya o someta lo salvaje principalmente porque tiene unos valores equivocados (antropocentrismo, negación del VI de la Naturaleza, etc.), sino porque ciertas circunstancias materiales (desarrollo tecnológico, población, nivel de vida y desarrollo social, etc.) empujan inevitablemente hacia ello. Y, por tanto, centrarse sólo o principalmente en cambiar los valores e ideas de la gente (aun en el caso de que fuese posible realmente lograrlo[1]) no va a evitar dicha destrucción y subyugación.
Eso sin entrar a discutir el disparate que supone confundir la sosteniblidad con la preservación de la Naturaleza salvaje (o, para el caso, el medioambientalismo con la conservación). Dudamos mucho que ese “futuro sostenible” del que nos hablan los autores sea algo deseable y que sea compatible con el VI de la Naturaleza.
- Otra cosa que nos suena extraña es la famosa expresión kantiana de que los seres con valor intrínseco son “fines en sí mismos”. A cualquiera que no sea un filósofo profesional, eso de “ser un fin en sí mismo” le suena muy raro cuando se aplica a cualquier cosa que no sea una acción. Que un ser no sea un medio (o que no sea solamente un medio) para obtener un fin es una cosa fácil de entender. Significa que algo o alguien no es (sólo) una herramienta o instrumento que (sólo) sirva para ser usada por otros. Pero no vemos que esto haya que expresarlo diciendo que “es un fin”. Esta forma de hablar/escribir, que por cierto es muy típica de los filósofos profesionales e intelectuales humanistas similares, oscurece y complica la formulación de una idea que, por lo demás, es muy sencilla de expresar. Bastaría con decir que algo o alguien “no es (solamente) un instrumento”.
Además, esto de “ser un fin en sí mismo” indica una comprensión muy limitada de la noción del valor intrínseco, como comentaremos más adelante, ya que el valor intrínseco no es sólo “valor no instrumental”, sino también es a la vez valor objetivo y valor absoluto.
- Cuando los autores tratan de explicar el error que supone confundir “antropogénesis” con antropocentrismo, dicen:
El antropocentrismo se confunde a menudo, de forma incorrecta en nuestra opinión, con la antropogénesis, la idea de que todo lo que hagamos como seres humanos estará, por necesidad, centrado en lo humano […]. A veces, el reconocimiento antropogénico del valor intrínseco en el mundo no humano se denomina “antropocentrismo débil” […]. Según la definición anterior, esta posición no sería antropocéntrica, sino que podría considerarse más bien una forma de no-antropocentrismo subjetivista. Para aclararlo mediante una analogía, los seres humanos quizás seamos obviamente “egocéntricos”, en el sentido de que sólo podemos ver el mundo a través de nuestros propios ojos, pero no tenemos por qué ser moralmente “egocéntricos”, en el sentido de que sólo pensemos y nos preocupemos por nosotros mismos. De manera similar, el antropocentrismo se centra en los seres humanos porque sólo atribuye valor intrínseco a los seres humanos, no porque sólo los seres humanos atribuyamos valor intrínseco.
Aquí los autores nos muestran que el mal llamado “antropocentrismo débil” en realidad no es necesariamente antropocentrismo, en el sentido de considerar que sólo los seres humanos tienen valor intrínseco o que son lo más importante, sino que simplemente es una perogrullada que viene a decir que las valoraciones humanas están siempre realizadas por seres humanos. Sin embargo, en esta explicación ellos mismos confunden a su vez varias nociones diferentes.
Para empezar, la antropogénesis (o, como la llaman los autores, el “no-antropocentrismo subjetivista”) y el “antropocentrismo débil”, no son lo mismo ni van necesariamente juntos. Una cosa es creer que el valor de las cosas no humanas es siempre adjudicado por los seres humanos y no está en ellas mismas y otra muy distinta creer que las valoraciones del mundo no humano al ser realizadas por los seres humanos, al surgir de ellos, están siempre de algún modo centradas en lo humano de todos modos. Aun dejando a un lado el hecho de que “valor” no es lo mismo que “valoración” (las valoraciones son siempre obra de alguien, pero los valores no necesariamente lo son -o al menos no se puede demostrar empíricamente que lo sean o no-), una valoración, aun siendo realizada por seres humanos y estando impepinablemente influida en parte por el hecho de ser realizada por seres humanos, puede considerar sin embargo que el valor de algo no humano es intrínseco (es decir, no adjudicado) e incluso considerar que dicho valor es superior al valor de lo humano.
Pero es que el asunto no queda sólo ahí, para acabar de liar las cosas dicen también que la antropogénesis reconoce el valor intrínseco en el mundo no humano. Pero, ¿cómo puede alguien que defiende que el valor de lo no humano es exclusivamente “antropogénico” (es decir, es exclusivamente creado y adjudicado por el ser humano) reconocer a la vez que el valor de lo no humano es intrínseco? Esto se hace incluso más patente, cuando los autores citan acríticamente cosas como: “el valor intrínseco no es una propiedad intrínseca (es decir, no relacional) de la entidad en cuestión, sino más bien una función de su relación con un valorador humano […L]a ‘fuente’ del valor siempre será humana, ya que el valor (incluido el valor intrínseco) es un concepto esencialmente humano” (cursivas añadidas). O sea, que A no es A. El valor intrínseco no es una propiedad intrínseca, sino que es obra del ser humano y adjudicado por él. ¿Entonces por qué narices lo siguen llamando “intrínseco”? Parece que, en este caso, los autores (y aquellos a quienes citan) o bien han olvidado lo que significa realmente la palabra “intrínseco” de tanto usarla, o bien pretenden adulterar el significado original y convencional del término para ajustarlo a sus necesidades ideológicas. Normalmente el término “intrínseco” significa que algo forma parte inseparable de una cosa, que es “inherente”, que es parte de su esencia. Si un valor es intrínseco, es por definición un valor que existe en la cosa valorada de forma objetiva y que es absoluto. Es decir, el valor existe en dicha cosa, independientemente de si alguien valora o no dicha cosa, de cómo la valore y de cualquier otro factor ajeno a la cosa en sí. Un valor intrínseco no puede, por definición, ser a la vez extrínseco, es decir, ser un valor adjudicado, subjetivo y relativo a alguien que valora la cosa desde fuera, a cómo la valora o a cualquier otro factor externo a la cosa valorada. Por eso suena realmente extraño que los autores (u otros filósofos) hablen de que el “no-antropocentrismo subjetivista” o antropogénesis reconoce el valor intrínseco de lo no humano.
Y por último, como los propios autores admiten, una cosa es creer que los seres humanos no podemos dejar de ver y valorar el mundo como lo que somos: seres humanos, y otra muy distinta actuar como si sólo los seres humanos tuviésemos valor o fuésemos el centro del universo. Esto último es el verdadero antropocentrismo al que se suele referir la ética ecológica no antropocéntrica. Lo primero no debería siquiera llamarse “antropocentrismo” en realidad, y hacerlo, como es el caso de los autores, es desviar la atención y sembrar confusión; o caer en ella.
- Los autores enumeran los, según ellos, principales enfoques en que se inspiran los filósofos “ecocéntricos” que defienden el valor intrínseco para desarrollar sus teorías éticas, diciendo que algunos de ellos “utilizan las propiedades conativas de los individuos vivos para fundamentar el VI de los colectivos ecológicos”, a los que reconocen intereses y derechos. Otros se basan en un concepto más general y no individual del término “vida” y en la “prosperidad” de la misma. Y otros, se basan en la idea de extender los sentimientos altruistas a la “comunidad biótica”. Sin embargo, éste es un repaso bastante incompleto y sesgado de todas las posibles interpretaciones y teorías en que se puede basar la noción de valor intrínseco. Es sesgado porque no todas las interpretaciones y teorías acerca del valor intrínseco se basan en el concepto de la “vida”, sea ésta tomada de forma individual o colectiva, o, peor aún, en conceptos más que discutibles tales como los “derechos”, los “intereses”, las “prosperidades” o la “extensión” de sentimientos prosociales más allá de los “grupos familiares humanos”. Y es, por lo mismo, incompleta, porque no tiene en cuenta, por ejemplo, a quienes valoramos la Naturaleza de forma intrínseca en base a su carácter natural (es decir, no artificial) y a su autonomía (es decir, su capacidad para desarrollar y seguir dinámicas propias). O sea, a su carácter salvaje. Independientemente de si la entidad valorada alberga vida o no, de extensiones injustificadas de conceptos éticos humanos aplicables más allá de las relaciones interpersonales y de dudosas elucubraciones como los conceptos de “derecho” o “interés”.
- Mención especial merece la referencia de los autores al ecofeminismo. El hecho de que tomen dicha corriente y sus retorcidas interpretaciones y proyecciones victimistas y “subjetivistas” (o lo que sean, que a menudo ni siquiera se entiende qué diantres son)[2] lo suficientemente en serio como para mencionarlas y hacerse eco de ellas en el artículo les delata como lo que son: intelectuales académicos tratando de lucirse. En este caso, tenían que citar la nefasta moda “ecofeminista” para mostrar que estaban “enterados” y “a la última”. Está más que claro que el ecofeminismo fue un intento de absorber y cooptar el ecologismo por parte de ciertas feministas iluminadas y con el beneplácito de la mayoría de los ecologistas progres (o viceversa; algunas ecologistas pánfilas y alucinadas trataron de buscar forzadamente, sin mucho éxito, por suerte, argumentos en el feminismo y entablar alianzas con él). Sea como sea, fue un auténtico dislate. Aunque sólo sea porque, en general, los asuntos sociales no deberían mezclarse con los asuntos ecológicos.
- Hablando de feminismo y de autores tratando de quedar bien y estar en la onda de la corrección política imperante, cuando los autores dicen que “incluso hoy en día las mujeres de todo el mundo siguen siendo oprimidas, explotadas y subordinadas” (cursiva añadida), parece que están bastante despistados (o mienten adrede). Insinuar que las mujeres (es decir, todas o la inmensa mayoría de las mujeres) son oprimidas en todo el mundo (es decir, en todos los países), es simplemente falso. De toda la historia de la humanidad, ésta es la época menos “sexista”, es decir, la época en que en el mundo se trata a las mujeres (y a los seres humanos en general) de forma más respetuosa, justa e igualitaria. De hecho, en muchos países (sobre todo en los más desarrollados social y tecnológicamente), la mayoría de las mujeres, no son “oprimidas, explotadas y subordinadas” en absoluto, sino que incluso disfrutan de ciertos privilegios sobre los varones (privilegios que, por cierto, son implantados y justificados en base a teorías feministas que, como los autores que se las creen, falsean y oscurecen la realidad a conveniencia).
- Y lo mismo cabe decir de la frase: “El pragmatismo, la economía y la utilidad son valores dominantes que subyacen en la sociedad capitalista occidental globalizada (Arendt, 1958)”. Ya, en 1958, la sobrevalorada Hanna Arendt se equivocó al decir semejante sandez, pero es que tomar dicha bobada como referencia en 2017 clama al cielo. Es la cantinela de toda la vida de los idealistas humanistas y de los anticapitalistas (es decir, marxistas), que no sólo no aporta nada a la comprensión (y menos a la resolución) de los problemas del mundo, sino que la dificulta y empeora.
Para empezar, no se entiende qué problema tienen gente como Arendt y algunos otros intelectuales humanistas (y quienes los citan como referentes) con el “pragmatismo” (es decir, con tratar de ser prácticos y eficaces a la hora de lograr un fin), con la economía (es decir, con el intercambio y la distribución de bienes y servicios entre seres humanos?; y en este caso, se infiere, con la eficiencia en dichos procesos) y con la utilidad (es decir, con servir para algo). ¿Será mejor valorar el hecho de ser todos unos inútiles? ¿O tratar de hacer siempre las cosas mal para que no funcionen? ¿O no tener nunca en cuenta lo que se da y lo que se recibe? Es más, ¿es realmente posible lograr que los seres humanos no demos nunca ningún valor a ser prácticos, a la economía y a la utilidad? La gente como Arendt es incapaz de ver que el problema está en para qué se es eficaz o útil, no en la eficacia o la utilidad en sí.
Y, para continuar, lo de llamar “sociedad capitalista occidental globalizada” a la sociedad industrial moderna es un error, porque ni ninguna sociedad se reduce sólo a sus relaciones económicas, ni es nunca completamente “capitalista” (su economía siempre está de algún modo regulada e influida en parte por el Estado), ni sólo las sociedades “occidentales” tienen los problemas a que esta gente se suele referir. Ni siquiera está nada claro qué leches significa aquí “occidental”.
Por no volver a hablar de la tontería que supone centrarse en cuestionar supuestos valores como si fuesen el origen de los problemas materiales y reales de la sociedad, cuando su origen último es físico.
- O: “muchas culturas de todo el mundo valoran el mundo no humano de manera diferente”. ¿Seguro? Aquí los autores tratan de insinuar que no todas las culturas humanas son antropocéntricas y que algunas incluso reconocen el valor intrínseco de la Naturaleza. Supuestamente, los autores se refieren a las culturas “primitivas”, “indígenas”, “no occidentales”, etc. Bueno, pues esto tampoco es verdad. Es una mera idealización ignorante. Prácticamente todas las culturas humanas, son en mayor o menor medida antropocéntricas y valoran la Naturaleza de forma principal o exclusivamente extrínseca e instrumental. Incluso las culturas cazadoras-recolectoras y las tan aplaudidas culturas “orientales”.
- Por último: los autores caen en una contradicción cuando, por un lado, dicen que: “Los argumentos morales deben evaluarse basándose en un razonamiento sólido, no en su popularidad” (cursiva añadida) y por el otro sugieren que ser “democrático” es algo deseable.[3]
[1] De hecho, a pesar de querer “situar la ética en primera línea”, los propios autores reconocen en gran medida lo poco probable que es dicho cambio: “Los valores humanos están profundamente arraigados en nuestra psicología y es probable que ni siquiera las intervenciones más concertadas puedan cambiarlos”.
[2] Porque, ¿cómo denominar “perlas” como las siguientes?: “Las filósofas ecofeministas también han criticado las teorías éticas medioambientales predominantes acerca del valor intrínseco por presentar el valor como una cualidad conferida por un agente humano a un ‘otro’ no humano pasivo e inerte […]. El valor intrínseco subjetivo presupone una relación dicotomizada entre sujeto y objeto, que algunas ecofeministas rechazan como una estructura opresiva de la sociedad masculinista y antropocéntrica […]. En su lugar, sugieren que los seres humanos deberían relacionarse con los no humanos como cocreadores de significado y valor en el mundo […]. En esta reinterpretación radical, el ‘valor’ no es ni un hecho objetivo ni un juicio subjetivo, sino una realidad dinámica producida, interpretada y puesta en escena en la interacción entre agentes humanos y no humanos” (cursiva añadida).
[3] Como cuando dicen: “Aunque los servicios ecosistémicos puedan parecer un marco de valoración relativamente objetivo y, en general, democrático”.